Familia sin nombre · Parte 2
V
EL ÚLTIMO DE LOS SAGAMORES
A primera hora del siguiente día una nueva comitiva salió del cortijo para ir a la iglesia, observándose el mismo recogimiento a la ida y la misma alegría a la vuelta.
Los adolescentes Clemente y Cecilia Harcher, el primero con su traje negro, que le hacía parecer un hombrecito, y la segunda con su vestido blanco que le daba apariencia de novia, figuraban entre los niños de los cercanos cortijos que iban a hacer su primera comunión. Si los demás habitantes no eran tan ricos en progenitura como Tomás Harcher, tenían, sin embargo, un número muy respetable de retoños. El condado de Laprairie era, en verdad, bendito por el Señor, y hubiera podido luchar, en cuanto a la fecundidad de sus mujeres, con los pueblos de Nueva Escocia.
Aquel día Pedro no vio al forastero, cuya presencia la víspera le había causado cierta inquietud. En efecto, aquel agente se había marchado. ¿Habría sospechado algo respecto a Juan? ¿Habría ido a dar cuenta al jefe de la policía de Montreal? Pronto se sabría sin duda.
Cuando la familia estuvo de vuelta en el cortijo, no tuvo más que sentarse para almorzar, pues todo estaba pronto, merced a las múltiples amonestaciones que Tomás Harcher había recibido de Catalina. El cortijero había tenido que ocuparse sucesivamente de la mesa, de la despensa, de la cueva y de la cocina; se entiende, con ayuda de sus hijos, que tuvieron su buena parte en los regaños maternos.
-¡Bueno es que se acostumbren! solía decir Catalina. Cuando se casen sabrán lo que tienen que hacer.
-¡Excelente aprendizaje, en verdad!
Pero si tanto habían tenido que hacer para el almuerzo de aquel día, ¿qué sería para la comida del siguiente? Sería necesario poner una mesa para cien convidados, por lo menos, contando con los parientes y amigos del novio, y no olvidando tampoco al notario Nick y a su segundo pasante, que se esperaban para la firma del contrato.
Sería una boda sin igual, en la que Tomás pretendía rivalizar con el arrendador Camacho, de cervantesca memoria.
Pero eso se quedaba para el otro día, pues en el presente no se trataba mas que de hacer buena acogida al notario, que uno de los hijos Harcher tenía que ir a buscar a Laprairie a las tres en punto, con el buggie de familia.
A propósito del Sr. Nick, Catalina, creyó de su deber recordar a su marido que aquel tenia muy buen apetito y que era a la vez muy delicado para comer, que por consiguiente no entendía (esa era su manera de amonestar a su gente), que no entendía que el bueno del notario no estuviese servido a medida de sus deseos.
-¡Descuida! respondió el cortijero; puedes estar tranquila mi buena Catalina.
-No lo estoy del todo, respondió la matrona, ni lo estaré hasta que acaben las fiestas, porque en el último momento siempre falta algo, y no lo entiendo así.
Tomás Harcher se fue a sus quehaceres repitiendo:
-¡Tengo una excelente mujer!... ¡Algo machacona tal vez! ¡No entiendo esto!... ¡No entiende lo otro!... Y, sin embargo, no es sorda.
Desde la víspera el señor de Vaudreuil y Clary habían conversado largo tiempo con Juan respecto a su viaje a través de los condados del Bajo Canadá, y a su vez el joven patriota había sido puesto al corriente de lo que el Comité de Montcalm había hecho desde su partida. Andrés Farran, William Clerc y Vicente Hodge habían vuelto con frecuencia a la villa Montcalm, en donde el señor de Vaudreuil recibió también la visita de Sebastián Gramont, el abogado. Después éste habíase vuelto a Quebec para reunirse con los principales diputados de la oposición.
Después del almuerzo, que fue servido a la vuelta de la iglesia, el señor de Vaudreuil quiso aprovechar la salida del coche que iba en busca del notario para irse a la ciudad a conferenciar con el presidente del Comité de Laprairie, volviendo con el Sr. Nick para la firma del contrato de boda.
La señorita de Vaudreuil y Juan le acompañaron por ese bonito camino de Chipogán, sombreado por altísimos olmos, y que sigue por la orilla de un riachuelo de hermosa corriente, que es tributario del San Lorenzo.
Anduvieron así media legua, siendo alcanzados por el buggie, en el que subió el señor de Vaudreuil al lado de Pedro Harcher, y el vehículo desapareció pronto al trote rápido de los caballos.
Juan y Clary volvieron entonces sobre sus pasos a través de los bosques umbríos y tranquilos, cuyos árboles estaban agrupados en la ribera. Nada estorbaba su marcha, pues las malezas y las ramitas de los matorrales en los bosques canadienses, en vez de arrastrarse por el suelo siempre crecen en línea recta. De cuando en cuando el hacha de un leñador retumbaba al pegar contra el tronco de añosos árboles; algunos tiros se dejaban oír a lo lejos, o aparecían algunos gamos huyendo de los cazadores; pero ni éstos ni los leñadores salían de la espesura, y en medio de una soledad profunda la señorita de Vaudreuil y Juan caminaban hacia el cortijo.
Pronto iban a separarse... ¿En qué sitio volverían a verse? El corazón de ambos jóvenes se apretaba pensando en su próxima separación.
-¿No pensáis volver a la villa Montcalm? preguntó Clary.
-La casa del señor de Vaudreuil debe de ser objeto de particular vigilancia, respondió Juan, y, en su mismo interés, más vale que nuestras relaciones queden ignoradas.
-Sin embargo, podéis encontrar un asilo en Montcalm...
-No; más fácil es burlar las persecuciones en medio de una gran ciudad, y en ese caso más seguridad me ofrecerían las casas de Vicente Hodge, de Andrés Farran o de William Clerc, que la villa Montcalm...
-¡Pero no mejor acogida! replicó la joven.
-Lo sé, y nunca olvidaré que durante los pocos días que he pasado a vuestro lado, el señor de Vaudreuil y vos, señorita, me habéis tratado como hijo y como hermano.
-Hemos cumplido con un deber sagrado, respondió Clary. ¡Estar unidos por un mismo sentimiento patriótico es estarlo también por la sangre! Hasta me parece que siempre habéis formado parte de mi familia. Y ahora, si estáis solo en el mundo...
-¡Solo en el mundo! repitió Juan inclinando la cabeza. ¡Sí, solo... solo!...
-Pues bien; después del triunfo de nuestra causa, nuestra morada será la vuestra. Mientras no llegue ese dichoso día, comprendo que busquéis un retiro más seguro que Montcalm; lo encontrareis con seguridad, porque ¿cuál es el canadiense que no abriría su puerta a un proscrito?...
-Ninguno es capaz de tal cosa, lo sé, replicó Juan; ninguno tampoco sería capaz de venderme...
-¡Venderos! exclamó la señorita de Vaudreuil. ¡No!... ¡El tiempo de las traiciones se acabó! ¡Ya no se encuentra en todo el Canadá ni un Black ni un Simón Morgaz!...
Este nombre, pronunciado con horror, hizo subir el rubor de la vergüenza a la frente del joven, que tuvo que volver la cabeza para ocultar su turbación.
Clary de Vaudreuil de nada se enteró; pero al fijar después su mirada en el rostro de su compañero, vio que expresaba un sufrimiento tan grande, que le dijo llena de solícita inquietud:
-¡Dios mío!... ¿Qué tenéis?
-¡Nada... no es nada! respondió Juan. Palpitaciones que me atacan alguna que otra vez..., y durante las que parece que mi corazón va a estallar... Pero ya se acabó.
Clary le miró fijamente, como para leer hasta el fondo de su pensamiento.
El joven repuso entonces, para mudar el curso de una conversación tan dolorosa para él:
-Lo más prudente será refugiarme en un pueblo de uno de los condados más cercanos, desde el que seguir comunicándome con el señor de Vaudreuil y sus amigos.
-Sin alejaros mucho de Montreal, sir embargo, dijo Clary.
-No, pues es muy probable que la insurrección principie en las parroquias próximas a esa ciudad. Y, además, poco importa adónde vaya yo.
-El cortijo de Chipogán puede ser que sea para vos el asilo más seguro, repuso Clary.
-¡Sí... tal vez!...
-Sería difícil descubrir vuestro retiro en medio de la numerosa familia de nuestro arrendador...
-Sin duda; pero si por desgracia esto sucediera, podrían resultar de ello graves consecuencias para Tomás Hacher. ¡Ignora, que yo soy Juan-Sin-Nombre, cuya cabeza está pregonada!...
-¿Creéis, pues, replicó Clary con viveza, que si lo supiera titubearía?...
-No, no, repuso Juan. Sus hijos y él son buenos patriotas; los tengo bien probados durante nuestra campaña de propaganda. Pero no quisiera que Tomás Harcher fuese víctima de su afecto por mí, y si la policía me encontrara en su casa, le apresaría. Pues bien, no: me entregaría antes.
-¡Entregaros! murmuró Clary con una voz que expresaba dolorosamente lo que pasaba en su alma.
Juan bajó la cabeza, porque comprendía demasiado bien de que naturaleza era el sentimiento a que se entregaba a pesar suyo, y el lazo que le unía más y más a Clary de Vaudreuil. Y, sin embargo, ¿podía él amar a aquella joven? ¡El amor de un hijo de Simón Morgaz! ¡Qué oprobio! ¡Y qué traición también, puesto que no le había dicho a que familia pertenecía!... ¡No!... ¡Era preciso huir, no volverla a ver jamás!... Y cuando fue dueño de sí mismo, dijo:
-Mañana, durante la noche, abandonaré el cortijo de Chipogán y no volveré a aparecer hasta la hora de la lucha. ¡Entonces ya no tendré que ocultarme!
La cara de Juan, que se había animado un instante, tomó de nuevo su calma habitual.
Clary le miraba con una indefinible expresión de tristeza. Hubiera querido conocer mejor la vida del joven patriota. Pero ¿cómo interrogarle sin herirle, tal vez, con alguna pregunta indiscreta?
Sin embargo, después de tenderle la mano, que él apenas rozó con la suya, le dijo:
-Juan, perdonadme si mi simpatía para vos me hace abandonar una reserva que debiera guardar. Existe un misterio en vuestra vida, un pasado lleno de desgracias... ¡Juan, habéis sufrido mucho!...
-¡Muchísimo! respondió el joven.
Y como si esta confesión hubiera sido involuntaria, añadió en seguida:
-¡Sí, mucho he sufrido, puesto que todavía no he podido hacer a mi país todo el bien que tiene derecho a esperar de mí!
-¡El derecho de esperar de vos!... replicó la señorita de Vaudreuil. ¡El derecho de esperar de vos!...
-Sí, de mí, replicó Juan, como de todos los canadienses, cuyo deber es sacrificarse para devolver a su país su perdida independencia.
La joven comprendió cuántas angustias se ocultaban en ese arranque de patriotismo. Hubiera querido conocerlas, participar de ellas, para suavizarlas tal vez. Pero ¿qué podía hacer ella, persistiendo Juan en no responder más que con evasivas?
Sin embargo, Clary creyó poder añadir, sin faltar a la reserva que le imponía la situación del joven:
-Juan, tengo la esperanza de que la causa nacional obtendrá el triunfo.
Ese triunfo lo deberá, sobre todo, a vuestros sacrificios, a vuestro valor y al ardor que habéis sabido inspirar a sus partidarios. Entonces tendréis derecho a su agradecimiento.
-¡Su agradecimiento, Clary de Vaudreuil! exclamó Juan alejándose por un brusco movimiento. ¡No, jamás!
-¡Jamás!... Si los franco-canadienses que habréis hecho libres, os piden que seáis su jefe...
-Rehusaré.
-No podréis.
-¡Rehusaré, os digo! repitió Juan con tono tan afirmativo, que Clary se quedó cortada.
Entonces el joven repuso con más dulzura:
-Clary de Vaudreuil, no podemos prever el porvenir; espero, sin embargo, que los acontecimientos favorecerán nuestra causa. Pero lo mejor que pudiera sucederme sería el sucumbir defendiéndola...
-¡Sucumbir vos!... exclamó la joven cuyos ojos se llenaron de lágrimas. ¡Sucumbir Juan!... ¿Y vuestros amigos?
-¡Amigos yo, amigos!
Y su actitud era la de un miserable cubierto de oprobio ante la humanidad entera.
-Juan, repuso la señorita de Vaudreuil; habéis sufrido horriblemente, y sufrís todavía. Y lo que hace vuestra situación más dolorosa es no poder... no... no querer confiaros a nadie, ni siquiera a mí, que tanta parte tomaría en vuestras penas. Pues bien; sabré esperar, y en cambio no os pido más que una cosa, y es que creáis en mi sincera amistad.
-¡Vuestra amistad! murmuró Juan.
Y dio algunos pasos hacia atrás, como si sólo su amistad hubiese podido empañar la honra de la joven.
Sin embargo, ¿no hubiera encontrado en la intimidad de la señorita de Vaudreuil los únicos consuelos que le hubieran ayudado a soportar el peso de su horrible existencia? Durante el poco tiempo que había pasado en la villa Montcalm, su corazón se había sentido invadido por esa ardiente simpatía que inspiraba a la joven, y que él experimentaba para ella. ¡Pero no! ¡Era imposible, desgraciado! Si algún día Clary llegara a saber de quién era hijo... ¡le rechazaría horrorizada! ¡Un Morgaz! No le quedaba más recurso que hacer lo que había dicho a su madre en el caso en que Joann y él sobreviviesen a esta última tentativa: desaparecer. ¡Sí! Después de cumplir con su deber, la deshonrada familia se iría lejos; tan lejos, que jamás se volvería a oír hablar de ella. Silenciosa y tristemente, Clary y Juan volvieron al cortijo.
A eso de las cuatro de la tarde, un gran tumulto se oyó delante de la puerta del patio; era el coche que volvía, saludado por los gritos de alegría de los convidados; en él venían, con el señor de Vaudreuil, el notario y su joven pasante.
¡Qué recibimiento se hizo al amable notario de Montreal! Acogida en verdad de que era merecedor; tan felices eran por su visita en el cortijo de Chipogán.
-¡Felices días, Sr. Nick, muy felices! exclamaban los hijos mayores, mientras que los medianos le daban abrazos y los pequeños se agarraban a sus piernas.
-Si, amigos míos, yo soy, dijo sonriendo; yo en cuerpo y alma. Pero haya calma; no es necesario romper mi traje, para aseguraros de mi identidad.
-¡Vamos, chiquillos, basta ya! exclamó Catalina.
-En verdad que estoy encantado de veros y de verme también en casa de mi querido cliente Tomás Harcher.
-Señor Nick, ¡qué bueno sois! os agradezco infinito el haberos incomodado para venir aquí, respondió el cortijero.
-¡Bah! De más lejos hubiera venido si hubiese sido necesario, hasta de más allá del fin del mundo, del sol, de las estrellas. ¡Sí, Tomás, de las estrellas!
-Es demasiado honor para nosotros, señor Nick, dijo Catalina, indicando a sus once hijas que hicieran una reverencia.
-Y para mí un placer. ¡Ah, señora Catalina, os conserváis siempre hermosa!... Veamos. ¿Cuándo dejaréis de rejuvenecer?
-¡Nunca, nunca! exclamaron a una los quince hijos de la arrendadora.
-Es preciso que os dé un abrazo, señora Catalina, repuso el Jovial notario: ¿Me lo permitís? dijo a Tomás después de haber aplicado dos sonoros besos en las mejillas de su vigorosa esposa.
-Todos los que queráis, respondió el cortijero, y más aún, si así os place.
-Ahora te toca A ti, Lionel, dijo el señor Nick dirigiéndose a su pasante. Abraza a la señora Catalina.
-Con mucho gusto, respondió el joven, que recibió dos abrazos a cambio del suyo.
-Vaya, repuso el notario, espero que será muy alegre la boda de la encantadora Rosita, que tantas veces he tenido en mis rodillas cuando era niña. ¿En dónde está?
-Aquí estoy, Sr. Nick, respondió la joven, rebosando salud y buen humor.
-Sí, en verdad, es encantadora, repitió el notario; demasiado encantadora para que no la bese en ambos carrillos, dignos del nombre que lleva.
Y así lo hizo; pero esta vez con gran pesar de Lionel, que no fue invitado a participar de esa buena suerte.
-¿En dónde está el novio? preguntó entonces el Sr. Nick. ¿Habrá olvidado acaso que se firma hoy el contrato? ¿Dónde está el novio, dónde está?
-Presente, respondió Bernardo Miquelon.
-¡Ah, hermoso muchacho! ¡Bien plantado, exclamó. De buena gana le abrazaría también para concluir...
-Hacedlo, si así os place, Sr. Nick, respondió el joven abriendo los brazos.
-Bueno, respondió el notario sacudiendo la cabeza; me parece que Bernardo Miquelon tendrá más placer en recibir un abrazo de Rosita que dos de los míos. Por lo tanto, muchacha, abraza muy fuerte a tu futuro marido, de mi parte.
Lo que Rosa, algo confusa, hizo con aplauso de toda la familia.
-¡Eh! Ahora que me acuerdo, exclamó Catalina. Debéis necesitar tomar algo, señor Nick, y vuestro pasante también.
-Tengo mucha sed, mi buena Catalina.
-Muchísima es la mía también, añadió Lionel.
-Vamos, Tomás, ¿qué haces ahí mirándonos? Corre a la despensa y trae un buen toddy para el Sr. Nick y otro para ese joven. ¡Habré de decírtelo otra vez!...
No; una sola bastaba, pues el cortijero echó a correr ha-cia la despensa, seguido de dos o tres de sus hijas.
Mientras preparaban el refresco, el señor Nick, que acababa de ver a Clary de Vaudreuil, se acercó a ella.
-Querida señorita, la dijo, en la última visita que os hice en Montcalm, nos citamos para el cortijo de Chipogán, y soy en extremo feliz...
La frase del notario fue interrumpida por una exclamación de Lionel, cuya sorpresa era muy natural, porque se encontró de pronto enfrente del joven desconocido que algunas semanas antes había acogido con tanta benevolencia sus ensayos poéticos.
-Si no me equivoco, sois el señor... el señor... repetía.
El señor de Vaudreuil y Clary es miraron, dominados por viva inquietud. ¿Cómo era que Lionel conocía a Juan? Y si lo conocía, ¿sabría acaso lo que la familia Harcher ignoraba todavía, es decir, que aquel huésped del cortijo de Chipogán fuese Juan-SinNombre, perseguido por los agentes de Gilberto Argall?
-En efecto, dijo el notario volviéndose hacia el joven patriota. Os reconozco, caballero, hemos viajado juntos al principio del mes de Septiembre, un día que mi pasante y yo tomamos el coche para irnos a la villa Montcalm.
-No os equivocáis, Sr. Nick, respondió Juan; y con mucho gusto, creedlo, os vuelvo a ver aquí, en compañía de nuestro joven poeta...
-¡Cuya poesía ha sido premiada con una mención honorífica por la Lira Amical! exclamó el notario. Tengo decididamente la honra de poseer en mi estudio un poeta para emborronar mis actas.
-Recibid mi más cumplida enhorabuena, mi joven ami-go, dijo Juan. No he olvidado vuestro encantador estribillo: Nacer contigo, loquilla llama; morir contigo, fuego fatuo.
-¡Ah! ¡Mil gracias, caballero! respondió Lionel, muy orgulloso por los elogios que le valían esos dos versos, impresos en la memoria de un inteligente.
Oyendo este cambio de corteses palabras, el señor y la señorita de Vaudreuil se tranquilizaron respecto al joven proscrito.
El notario les refirió entonces en qué circunstancias se habían encontrado en el camino de Montreal a la isla de Jesús. Juan fue presentado como hijo adoptivo de la familia Harcher, y la explicación acabó con sendos apretones de manos por ambas partes.
Catalina seguía gritando con voz imperiosa:
-¡Vamos, Tomás, vamos!... ¿Acabarás? ¿Cuándo vas a traer esos dos toddys?... ¿Quieres que el Sr. Nick y el joven Lionel se mueran de sed?
-Ya voy, Catalina, ya voy, respondió el cortijero. No te impacientes, mujer.
Y Tomás, apareciendo en el umbral, invitó al notario a pasar al comedor.
Si el Sr. Nick no se hizo rogar, tampoco Lionel.
Ambos tomaron asiento en la mesa, provista de bonitas tazas y de servilletas de sin igual blancura, refrescaron con el toddy, agradable bebida compuesta de ginebra, azúcar y canela, a la que acompañaban dos soberbias tostadas. Este piscolabis les permitiría esperar la hora de la comida.
Después, cada cual se ocupó de los últimos preparativos para la gran fiesta del siguiente día, que daría que hablar mucho tiempo, sin duda, en el cortijo de Chipogán.
El notario iba de uno a otro, teniendo una palabra amable para cada cual, mientras el señor de Vaudreuil, Clary y Juan hablaban de cosas más serias, paseándose debajo de los árboles del jardín.
A las cinco de la tarde, parientes y convidados se reunieron en la gran sala para la firma del contrato de boda. No tenemos por qué decir que el Sr. Nick era quien iba a presidir esa importante ceremonia, en la que desplegaría toda la dignidad y gracia notarial de que era capaz.
En aquel momento, diversos regalos fueron entregados a los futuros esposos, pues todos los hermanos y cuñados habían comprado algo en provecho de Rosa Harcher y de Bernardo Miquelon. Tanto las alhajas como los utensilios para uso más práctico, bastarían con seguridad para empezar la vida matrimonial. Además, aun cuando Rosa sería en adelante la señora de Miquelon, no por eso pensaba en dejar el cortijo. Bernardo y los hijos, que seguramente no faltarían, era un nuevo personal que sería bien acogido en la morada de los Harcher.
Los presentes de más valor fueron ofrecidos por el señor y la señorita de Vaudreuil. Para Bernardo Miquelon, una carabina de caza que hubiera podido rivalizar con el arma favorita de Media de Cuero, y para Rosita, un collar que la hizo parecer más encantadora todavía.
En cuanto a Juan, entregó a la hermana de sus bravos compañeros un cofrecillo provisto de todos esos finos enseres de costura, de bordar en blanco y en tapicería, que hacen las delicias de una mujer trabajadora.
Y a cada nuevo regalo los gritos de sorpresa se unían a los aplausos que retumbaban en la sala, y que llegaron a su colmo cuando el Sr. Nick colocó solemnemente en el dedo de los novios el anillo de desposados, que él había comprado en casa del mejor joyero de Montreal, y cuyo círculo de oro llevaba grabado el nombre de Rosa y de Bernardo.
Después leyó el contrato en alta o inteligible voz; como se dice en estilo notarial. Los concurrentes se enternecieron algún tanto cuando el Sr. Nick dio parte de que el señor de Vaudreuil, para demostrar su afecto a Tomás Harcher, y en recompensa de sus buenos servicios, añadía una suma de quinientas piastras al dote de la novia.
¡Quinientas piastras cuando, medio siglo antes, una joven provista de un dote de cincuenta pesetas pasaba en las provincias canadienses por un magnifico partido!
-Ahora, mis buenos amigos, dijo el notario, vamos a proceder a la firma del contrato; los novios los primeros, después los padres, luego el señor, de Vaudreuil y su hija; los demás...
-Todos, todos firmaremos, exclamaron con tal alboroto, que el Sr. Nick se quedó ensordecido:
Y entonces, grandes y pequeños, parientes y amigos, fueron uno tras otro a poner su rúbrica en el acta que aseguraba el porvenir de los jóvenes cónyuges.
Esto necesitó bastante tiempo, pues además de las familias de los contrayentes, bastante numerosas, los que pasaban por delante del cortijo, atraídos por la algazara, entraban y firmaban también el acta, a la que sería preciso añadir pliegos sin fin, por poco que aquello continuase. ¿Y por qué no hubiera acudido todo el pueblo en masa, y también todo el condado, puesto que Tomás Harcher ofrecía a la elección de los firmantes las bebidas más variadas, cok-tails, vight caps, tom-jerries, hot-scotchs, y sobre todo ese whisky que corre tan naturalmente por las gargantas canadienses, como el San Lorenzo hacia el Atlántico?
El Sr. Nick se preguntaba, pues, cuándo acabaría la ceremonia, lo cual no era impedimento para que ese hombre dignísimo y en extremo alegre, dirigiese una broma a cada cual mientras que Lionel pasaba la pluma de uno a otro, haciendo observar que pronto habría que tomar una nueva, pues aquella se usaba con la interminable firma, que se alargaba más y más.
-¿No hay más? preguntó el Sr. Nick.
-Aún quedan por firmar, exclamó Pedro Harcher, que habíase adelantado hasta el umbral para ver si pasaba alguien por el camino.
-¿Quién viene todavía? preguntó el notario.
-Una tribu de hurones.
-¡Que entren, que entren! replicó el señor Nick. Sus fir-mas honrarán a los novios. ¡Qué contrato, amigos míos, qué contrato! ¡Centenares he escrito durante mi vida, pero ninguno ha reunido en su última hoja el nombre de tanta buena gente!
En aquel momento los salvajes aparecieron y fueron acogidos por alegres gritos de bienvenida. No fue necesario invitarlos para qué entrasen en el patio, porque allí era adonde venían, en número de unos cincuenta entre hombres y mujeres. Entre ellos, Tomás Harcher conoció al que se había presentado la víspera para preguntar si el Sr. Nick se hallaba en el cortijo.
¿Por qué habían salido aquellos hurones de Walhatta, su pueblo? ¿Por qué venían con gran ceremonia a visitar al notario de Montreal?
Era por un motivo de suma importancia, que pronto conoceremos.
Estos hurones ostentaban su traje de guerra, cosa que no hacen sino en ocasiones solemnes. Su cabeza iba adornada con plumas multicolores; sus largos y espesos cabellos flotaban sobre sus hombros, de los que caía el manto de lana de vivísimos colores; llevaban en el torso una casaca de piel de gamo, y los pies envueltos en cuero original; todos iban armados con esos largos fusiles que, desde hace muchos años, han reemplazado en las tribus indias al arco y la flecha de sus antepasados. Pero, sin embargo, el hacha tradicional, el tomahawk de guerra, pendía siempre de la correa de fibra de corteza de árbol que les ceñía la cintura.
Además, un detalle que acentuaba, todavía más la gravedad del asunto que los traía al cortijo de Chipogán, es que una capa de pintura fresca aún cubría su rostro. El azul, el negro de humo y el bermellón ponían un extraño relieve a su nariz aguileña, a su boca grande, adornada con dos filas de dientes encorvados y regulares, a sus pómulos salientes y cuadrados, a sus ojos pequeños y vivos, cuya negra órbita relucía como una brasa.
A esta comisión de la tribu se habían unido algunas mujeres de Walhatta, sin duda las más jóvenes y lindas entre las Mahogannias. Estas squaws llevaban un corpiño de tela bordada, cuyas mangas dejaban en descubierto el antebrazo; una falda de deslumbrantes colores y mitasses en cuero de caribou, guarnecidos de púas de erizo, y atadas en las piernas; y sus pies, cuya pequeñez hubiera podido envidiar una francesa, iban aprisionados en unos suaves mocassins, adornados con cuentas de vidrio de diferentes colores.
Estos indios habían doblado, si es posible, el aire de gravedad peculiar en ellos.
Avanzaron ceremoniosamente hasta el umbral de la sala en que se hallaban el señor y la señorita de Vaudreuil, el notario, Tomás y Catalina Harcher, mientras que los demás concurrentes se amontonaban en el patio.
Y entonces el que parecía jefe de esa tropa, un hurón de alta estatura, de unos cincuenta años de edad, teniendo en la mano una capa da fabricación indígena, dijo con voz grave al arrendador:
-¿Nicolás Sagamore está en el cortijo de Chipogán?
-Está, respondió Tomás Harcher.
-¡Aquí estoy! exclamó el notario, muy sorprendido por aquella visita hecha a su persona.
El hurón se volvió entonces hacia él, levantó fieramente la cabeza, y con tono todavía más imponente dijo:
-¡El jefe de nuestra tribu acaba de ser llamado por el gran Wacondah, el Mitsimanitou de nuestros padres! ¡Cinco lunas hace ya que recorre los felices territorios de las cacerías! ¡El heredero directo de su sangre es ahora Nicolás, el último de los Sagamores, y a él pertenece en adelante el derecho de enterrar el tomahawk de paz o de desenterrar el hacha de guerra!
Un largo silencio, producido por la estupefacción, acogió esta inesperada arenga. Bien se sabía en el país que el señor Nick era hurón de origen, y que descendía de los grandes jefes de la tribu de los Mahogannis; pero nadie, hubiera podido figurarse nunca, y él menos que nadie, que el orden hereditario le llamase para tomar el mando de una tribu india.
En medio del silencio, que ninguno de los presentes se había atrevido a interrumpir, el indio prosiguió en estos términos:
-¿Cuándo querrá mi hermano venir a sentarse al fuego del Gran Consejo de su tribu, revistiéndose con el manto tradicional de sus antepasados?
El que llevaba la palabra en nombre de la Comisión no dudaba, en modo alguno, de que aceptara el notario de Montreal el mando que se le ofrecía, y lo presentaba el manto mahoganni.
Y como el Sr. Nick, no sabiendo lo que le pasaba, no se decidía a contestar, se oyó una exclamación, a la que se unieron otras cincuenta a la vez:
-¡Honor! ¡Honor a Nicolás Sagamore!
Lionel, el joven pasante, era el que había dado ese grito de entusiasmo. Estaba orgulloso por lo que la sucedía a su principal, pensando que el brillo de su posición recaería algún tanto sobre sus pasantes, en particular, sobre él; y alegrándose con la idea de que marcharía en adelante al lado del gran jefe de los Mahogannis, no pudo contenerse y vitoreó a su principal.
El señor de Vaudreuil y su hija no pudieron disimular una sonrisa viendo la cara estupefacta del notario. ¡Pobre hombre! Mientras que el cortijero, su mujer, sus hijos y sus amigos le felicitaban sinceramente, no sabía a quién atender.
Entonces el indio preguntó de nuevo, y de un modo que no daba lugar a dudas:
-¿Consiente Nicolás Sagamore en seguir a sus hermanos al wigwam de Walhatta?
El Sr. Nick se quedó con la boca abierta, pues de ninguna manera pensaba en dejar su notaría para ir a reinar sobre una tribu hurona, y, por otra parte, no quería herir con una negativa la susceptibilidad de los indios de su misma raza, que le llamaban a tal honra por derecho de sucesión.
-Mahogannis, dijo por fin, yo no esperaba... ¡No soy digno, en verdad!... ¡Comprendedme... amigos míos... no estoy aquí sino como notario!...
Balbuceaba, buscaba las palabras, y no encontraba nada concreto que responder.
Tomás Harcher vino a apoyarle.
-Hurones, dijo: el Sr. Nick es aquí notario, por lo menos hasta que termine la ceremonia del casamiento. Si le conviene después dejar el cortijo de Chipogán para volver con sus hermanos a Walhatta, queda en libertad para hacerlo.
-¡Sí... eso es, después de la boda! exclamaron los concurrentes, que querían a toda costa que se quedara el notario.
El hurón movió suavemente la cabeza, y después de tomar el parecer de los demás diputados, dijo:
-Mi hermano no puede titubear; la sangre de los Mahogannis, que corre por sus venas, le impone derechos y deberes que no querrá desatender...
-¡Derechos... derechos... pase! murmuró el Sr. Nick. ¡Pero deberes!...
-¿Acepta mi hermano? respondió el indio.
-¡Si acepta!... exclamó Lionel: ¡ya lo creo! Y para dar fe de sus sentimientos, es preciso que se revista al instante con el manto real de los Sagamores.
-¡Este imbécil no se callará! repetía entre dientes el notario.
Y con mucho gusto hubiera calmado con un puntapié el entusiasmo intempestivo de su pasante.
El señor de Vaudreuil comprendió que el Sr. Nick no quería más que ganar tiempo; así es que, dirigiéndose al indio, le dijo que, de seguro, el descendiente de los Sagamores no pensaba en sustraerse a los deberes que le imponía su nacimiento, pero que necesitaba algunos días, tal vez algunas semanas, para arreglar sus negocios en Montreal, y que, por lo tanto, no convenía apremiarle.
-Esto es obrar con cordura, respondió el hurón; y puesto que mi hermano acepta, reciba, pues, como prenda de su compromiso, el tomahawk del gran jefe, llamado por el Wacondah para cazar en las felices praderas, y que le coloque en su cintura.
EL Sr. Nick tuvo que tomar el arma favorita de las tribus indias, y completamente aturrullado, no teniendo cinturón, se lo colocó en el hombro de un modo lastimoso.
La diputación hizo oír entonces el ¡hugh! tradicional de los salvajes de Far-West, especie da aclamación afirmativa, usada en el lenguaje indio.
Aun cuando su principal le pareciera en extremo contrariado por una situación que no daría poco que reír en el colegio de los notarios canadienses, Lionel no cabía en el de alegría, porque su naturaleza poética le hacía entrever que sería llamado un día a celebrar, en versos líricos, los altos hechos de los Mahogannis y el canto de guerra de los Sagamores; sin embargo, le asaltaba el temor de no encontrar un consonante a tomahawk.
Los hurones iban a retirarse, aun cuando sintieran que el Sr. Nick, teniendo que llenar sus funciones de notario, no saliera del cortijo con ellos, cuando Catalina tuvo una idea, que no le agradeció seguramente el descendiente de los Sagamores.
-Mahogannis, dijo la buena mujer: una boda es la que nos reúne aquí a parientes y amigos. ¿Queréis quedaros en compañía de vuestro nuevo jefe? Os ofrecemos con gusto la hospitalidad, y mañana tomaréis parte en el festín en que Nicolás Sagamore ocupará el sitio de honor.
Atronadores aplausos estallaron después que Catalina Harcher formuló esta invitación; aplausos que se prolongaron a porfía cuando los indios aceptaron el convite que se les ofrecía con tanta amabilidad.
Tomás Harcher no tenía más que añadir unos cincuenta cubiertos a la mesa; pero esto no ofrecía inconveniente alguno, porque la sala era tan vasta, que bastaba y aun sobraba para contener ese aumento de convidados.
El Sr. Nick, no pudiendo evitarle, tuvo que resignarse y recibir el abrazo de los guerreros de su tribu, que de buena gana hubiera enviado a todos los demonios.
Al anochecer, muchachos y muchachas se pusieron a bailar toda suerte de gigues, como se decía entonces en el Canadá, y en particular los corros, acompañados de este alegre estribillo: Bailemos en redondo, dondo, dondo; bailemos en redondo; y también los scotch-reelo, de origen escocés, tan en boga a principios del siglo.
Y de este modo terminó el segundo día de fiesta en el cortijo de Chipogán.