Capítulo 20
Seis semanas después de estos acontecimientos, hacia las cinco de la tarde, cuatro de los jóvenes colonos acababan de detenerse en el extremo meridional del lago Family.
Era el 10 de octubre. Se dejaba sentir la influencia del buen tiempo. Bajo los árboles, revestidos de una verdura del todo fresca, el suelo había recobrado su color primaveral. Una suave brisa rizaba levemente la superficie del lago, aún iluminada por los últimos rayos del sol que rozaban la vasta llanura de los South-moors, bordeada por una estrecha franja de arena. Numerosas aves pasaban en bandadas chillonas, regresando a sus refugios nocturnos en la sombra del bosque o en las grietas del acantilado. Distintos grupos de árboles de hoja perenne —pinos, encinas verdes— y, no lejos, una pinada de algunas hectáreas, rompían solos la monótona aridez de esa parte de la isla Chairman. El marco vegetal del lago se interrumpía en ese lugar y, para encontrar de nuevo el tupido telón de los bosques, habría hecho falta remontar varios kilómetros por una u otra de las dos orillas laterales.
En ese momento, una buena hoguera, encendida al pie de un pino marítimo, lanzaba su oloroso humo que el viento empujaba sobre el pantano. Un par de patos se asaban ante un fuego chispeante, dispuesto entre dos piedras. Tras la cena, los cuatro chicos no tendrían más que envolverse en sus mantas y, mientras uno de ellos velara, los otros tres dormirían tranquilamente hasta el día.
Eran Doniphan, Cross, Webb y Wilcox, y he aquí en qué circunstancias habían tomado la decisión de separarse de sus camaradas.
Durante las últimas semanas de aquel segundo invierno que los jóvenes colonos acababan de pasar en French-den, las relaciones se habían tensado entre Doniphan y Briant. No se ha olvidado con qué despecho había visto Doniphan que la elección recaía en su rival. Cada vez más celoso e irritable, no se resignaba de buen grado a someterse a las órdenes del nuevo jefe de la isla Chairman. Si no le resistió abiertamente fue porque sabía que la mayoría no le habría apoyado. Sin embargo, en diversas ocasiones había manifestado tal mala voluntad que Briant no había podido ahorrarle justas reconvenciones. Desde los incidentes del patinaje, en que su desobediencia había sido flagrante, ya fuera arrastrado por su instinto de cazador o porque hubiera querido obrar a su antojo, su insubordinación no había hecho sino crecer, y había llegado el momento en que Briant se vería obligado a tomar medidas.
Hasta entonces, muy preocupado por este estado de cosas, Gordon había conseguido de Briant que se contuviera. Pero este sentía bien que su paciencia estaba al límite y que, en el interés general y para mantener el buen orden, sería necesario un escarmiento. En vano había intentado Gordon reconducir a Doniphan a mejores sentimientos. Si en otros tiempos había tenido alguna influencia sobre él, debió reconocer que la había perdido por completo. Doniphan no le perdonaba haberse puesto con tanta frecuencia del lado de su rival. Así pues, la intervención de Gordon no tuvo ningún resultado, y fue con profundo pesar que previó complicaciones muy próximas.
De ese estado de cosas resultaba, pues, que la buena armonía, tan indispensable para la tranquilidad de los huéspedes de French-den, estaba rota. Se experimentaba un malestar moral que hacía muy penosa la vida en común.
En efecto, salvo en las horas de las comidas, Doniphan y sus partidarios —Cross, Webb y Wilcox, que cada vez se sometían más a su dominio— vivían aparte. Cuando el mal tiempo les impedía salir a cazar, se reunían en un rincón del salón y allí conversaban en voz baja entre ellos.
– Con toda seguridad —le dijo un día Briant a Gordon—, los cuatro se entienden para alguna maquinación…
– ¿Contra ti, Briant? —respondió Gordon—. ¿Intentar ocupar tu puesto?… ¡Doniphan no se atrevería!… Todos estaríamos de tu parte, ya lo sabes, y él no lo ignora.
– Quizá Wilcox, Cross, Webb y él estén pensando en separarse de nosotros…
– Eso es de temer, Briant, y no creo que tengamos derecho a impedírselo.
– ¿Los ves tú, Gordon, marchándose a instalarse lejos de aquí…
– Quizá no piensen en eso, Briant.
– ¡Al contrario, sí piensan! He visto a Wilcox sacar una copia del mapa del náufrago Baudoin, y evidentemente con la intención de llevárselo…
– ¿Wilcox ha hecho eso?…
– Sí, Gordon, y, en verdad, no sé si, para acabar con tales disgustos, no sería mejor que yo cediera el puesto a otro… a ti, Gordon, o incluso a Doniphan… Eso cortaría de raíz toda rivalidad…
– ¡No, Briant! —respondió Gordon con energía—. ¡No!… Eso sería faltar a tus deberes con quienes te eligieron… y a lo que te debes a ti mismo.
Fue en el transcurso de estas penosas disensiones como llegó el fin del invierno. Con los primeros días de octubre, desaparecido definitivamente el frío, la superficie del lago y la del río habían quedado del todo libres de hielo. Y fue entonces —en la tarde del 9 de octubre— cuando Doniphan hizo conocer su decisión de abandonar French-den junto con Webb, Cross y Wilcox.
– ¿Queréis abandonarnos? —dijo Gordon.
– ¿Abandonaros?… No, Gordon —respondió Doniphan—. Solo es que Cross, Wilcox, Webb y yo hemos formado el proyecto de ir a establecernos en otra parte de la isla.
– ¿Y por qué, Doniphan? —replicó Baxter.
– Sencillamente porque deseamos vivir a nuestro albedrío y, lo digo con franqueza, porque no nos conviene recibir órdenes de Briant.
– Querría saber qué tienes que reprocharme, Doniphan —preguntó Briant.
– Nada… salvo estar al frente de nosotros —respondió Doniphan—. ¿Ya hemos tenido a un americano como jefe de la colonia?… ¡Ahora es un francés quien nos manda!… De veras que ya solo faltaría nombrar a Moko…
– ¿Hablas en serio? —preguntó Gordon.
– Lo que sí es serio —respondió Doniphan con tono altanero— es que, si a nuestros camaradas les place tener por jefe a cualquiera que no sea inglés, eso no nos place ni a mis amigos ni a mí.
– ¡Bien! —respondió Briant—. Wilcox, Webb, Cross y tú, Doniphan, sois libres de marcharos y de llevaros la parte de los objetos que os corresponde.
– Nunca lo hemos dudado, Briant, y mañana mismo abandonaremos French-den.
– ¡Ojalá no tengáis que arrepentiros de vuestra decisión! —añadió Gordon, que comprendió que toda insistencia sobre el asunto sería vana.
En cuanto al proyecto que Doniphan había resuelto llevar a cabo, era el siguiente:
Pocas semanas antes, al relatar su excursión por la parte oriental de la isla Chairman, Briant había afirmado que la pequeña colonia habría podido instalarse allí en buenas condiciones. Las masas rocosas de la costa encerraban numerosas cavernas, los bosques al este del lago Family lindaban con la playa, el East-river proporcionaba agua dulce en abundancia, la caza mayor y de pluma abundaba en sus orillas; en fin, la vida allí debía de ser tan cómoda como en French-den, y mucho más que en Sloughi-bay. Además, la distancia entre French-den y la costa no era más que de diecinueve kilómetros en línea recta, de los cuales unos diez para cruzar el lago y otros tantos para descender el curso del East-river. Por tanto, en caso de absoluta necesidad, sería fácil comunicarse con French-den.
Fue después de haber reflexionado seriamente en todas estas ventajas cuando Doniphan convenció a Wilcox, Cross y Webb de ir a establecerse con él en el otro litoral de la isla.
Sin embargo, no era por agua como Doniphan se proponía llegar a Deception-bay. Descender la orilla del lago Family hasta su punta meridional, rodear esa punta, remontar la orilla opuesta para alcanzar el East-river, explorando un territorio del que aún no se conocía nada, y luego seguir el curso del río a través del bosque hasta su desembocadura: tal era el itinerario que pensaba seguir. Sería un recorrido bastante largo —unos veinticinco kilómetros—, pero sus camaradas y él lo harían como cazadores. De esa forma, Doniphan evitaría embarcarse en la yola, cuya maniobra habría requerido una mano más experta que la suya. El halkett-boat que quería llevarse bastaría para cruzar el East-river y, en caso necesario, para franquear otros ríos, si los hubiera en el este de la isla.
Por lo demás, esta primera expedición tendría como único objetivo reconocer el litoral de Deception-bay para elegir el lugar donde Doniphan y sus tres amigos regresarían a instalarse definitivamente. Así pues, sin querer cargarse de equipaje, resolvieron llevar solo dos fusiles, cuatro revólveres, dos hachas, municiones en cantidad suficiente, sedales de fondo, mantas de viaje, una de las brújulas de bolsillo, el ligero bote de goma y únicamente algunas conservas, no dudando de que la caza y la pesca habrían de satisfacer ampliamente sus necesidades. Además, esta expedición —creían— no duraría más que seis o siete días. Cuando hubieran elegido una vivienda, volverían a French-den, tomarían su parte de los objetos procedentes del Sloughi de los que eran legítimos propietarios y cargarían el carro con ese material. Si a Gordon o a algún otro le apetecía visitarles, sería bien recibido; pero en cuanto a continuar compartiendo la vida en común en las actuales condiciones, se negaban rotundamente, y en ese punto no consentirían en reconsiderar su decisión.
Al día siguiente, en cuanto salió el sol, Doniphan, Cross, Webb y Wilcox se despidieron de sus camaradas, que mostraron gran tristeza ante aquella separación. Quizás ellos mismos estaban más emocionados de lo que dejaban ver, aunque estaban muy firmemente decididos a llevar adelante su proyecto, en el que el orgullo tenía una gran parte. Tras cruzar el río Zealand en la yola, que Moko devolvió al pequeño embarcadero, se alejaron sin demasiada prisa, examinando a la vez esa parte inferior del lago Family, que se estrechaba poco a poco hacia su punta, y la inmensa llanura de los South-moors, cuyo final no se divisaba ni al sur ni al oeste.
Algunos pájaros fueron abatidos por el camino, a orillas mismas del pantano. Doniphan, comprendiendo que debía economizar sus municiones, se había contentado con la caza necesaria para la alimentación del día.
El tiempo estaba cubierto, sin amenaza de lluvia, y la brisa parecía fija en el nordeste. Durante esa jornada, los cuatro chicos no hicieron más de ocho o diez kilómetros y, llegados hacia las cinco de la tarde al extremo del lago, se detuvieron para pasar allí la noche.
Tales son los hechos que se habían producido en French-den entre los últimos días de agosto y el 11 de octubre.
Así pues, Doniphan, Cross, Wilcox y Webb estaban ahora lejos de sus camaradas, ¡de quienes ninguna consideración habría debido separarles jamás! ¿Se sentían ya solos? ¡Sí, quizás! Pero, decididos a llevar su proyecto hasta el final, solo pensaban en crearse una nueva existencia en algún otro punto de la isla Chairman.
La noche, que el fuego mantenido hasta el alba había hecho llevadera, tocaba a su fin; los cuatro se prepararon para partir. La punta meridional del lago Family trazaba un ángulo muy agudo en la confluencia de las dos orillas, de las cuales la derecha remontaba casi perpendicularmente hacia el norte. Al este, el territorio era aún pantanoso, aunque el agua no inundase su suelo herboso, elevado un metro o poco más por encima del lago. Unas ondulaciones tapizadas de hierba y sombreadas de árboles raquíticos lo accidentaban. Como ese territorio parecía formado principalmente de dunas, Doniphan le dio el nombre de Downs-lands (Tierra de las Dunas). Luego, no queriendo lanzarse a lo desconocido, resolvió continuar siguiendo la orilla para alcanzar el East-river y la parte del litoral ya reconocida por Briant. Ya se vería más adelante si explorar esa región de los Downs-lands hasta la costa.
Sin embargo, sus compañeros y él lo discutieron antes de ponerse en marcha.
– Si las distancias están marcadas con exactitud en el mapa —dijo Doniphan—, deberíamos encontrar el East-river a once kilómetros como máximo de la punta del lago, y podremos alcanzarlo sin demasiada fatiga al atardecer.
– ¿Por qué no cortar al nordeste para encontrar el río cerca de su desembocadura? —observó Wilcox.
– En efecto, eso nos ahorraría un buen tercio del camino —añadió Webb.
– Sin duda —respondió Doniphan—, pero ¿para qué aventurarse en medio de esos territorios pantanosos que no conocemos y arriesgarse a tener que volver atrás? En cambio, siguiendo la orilla del lago, hay muchas posibilidades de que ningún obstáculo nos cierre el paso.
– Y además —añadió Cross—, nos interesa explorar el curso del East-river.
– Evidentemente —respondió Doniphan—, porque ese río establece una comunicación directa entre la costa y el lago Family. Por lo demás, al bajar por él tendremos también la ocasión de visitar la parte del bosque que atraviesa.
Dicho esto, se pusieron en marcha a buen paso. Un estrecho camino dominaba de un metro a metro y veinte centímetros, por un lado, el nivel del lago, y por el otro, la larga llanura de dunas que se extendía a la derecha. Como el suelo ascendía sensiblemente, era de suponer que el aspecto del territorio cambiaría por completo algunos kilómetros más adelante.
En efecto, hacia las once, Doniphan y sus compañeros se detenían a almorzar a orillas de una pequeña ensenada, sombreada por grandes hayas. Desde allí, hasta donde alcanzaba la vista en dirección al este, no era más que una confusa masa de verdor que ocultaba el horizonte.
Un agutí, abatido por la mañana por Wilcox, corrió con los gastos del almuerzo, del que Cross —encargado más especialmente de sustituir a Moko como cocinero jefe— salió del paso como pudo. Tras tomar justo el tiempo de hacer unos asados en las brasas, de devorarlos y de aplacar a un tiempo la sed y el hambre, Doniphan y sus compañeros se internaron por la orilla del lago Family.
Ese bosque, cuya linde seguía el lago, estaba formado siempre de las mismas especies que los Traps-woods de la parte occidental. Solo que los árboles de hoja perenne crecían allí en mayor número. Se contaban más pinos marítimos, abetos y encinas verdes que abedules o hayas, todos soberbios por sus dimensiones.
Doniphan pudo comprobar también —con gran satisfacción— que la fauna no era menos variada en esa parte de la isla. Guanacos y vicuñas se mostraron en varias ocasiones, así como una manada de ñandúes que se alejaba después de haber bebido. Las liebres maras, los tucutucos, los pecaríes y la caza de pluma abundaban en los matorrales.
Hacia las seis de la tarde, fue preciso hacer alto. En ese lugar, la orilla estaba cortada por un curso de agua que servía de desagüe al lago. Debía de ser, y era en efecto, el East-river. Eso fue tanto más fácil de reconocer cuanto que Doniphan descubrió, bajo un grupo de árboles, en el fondo de una estrecha cala, huellas recientes de acampada, es decir, las cenizas de una hoguera.
Era allí donde Briant, Jacques y Moko habían desembarcado durante su excursión a Deception-bay, allí donde habían pasado su primera noche.
Acampar en ese lugar, avivar los carbones apagados y, tras la cena, tenderse bajo los mismos árboles que habían cobijado a sus camaradas: eso era lo mejor que podían hacer Doniphan, Webb, Wilcox y Cross, y eso fue lo que hicieron.
Ocho meses antes, cuando Briant se había detenido en ese lugar, estaba lejos de sospechar que cuatro de sus compañeros vendrían a su vez allí con la intención de vivir separados en esa parte de la isla Chairman.
Y quizás, al verse allí, lejos de esa confortable morada de French-den donde solo hubiera dependido de ellos quedarse, Cross, Wilcox y Webb tuvieron algún arrepentimiento de aquella temeridad. Pero su suerte estaba ahora ligada a la de Doniphan, y Doniphan tenía demasiado orgullo para reconocer sus errores, demasiada obstinación para renunciar a sus proyectos, demasiados celos para consentir en ceder ante su rival.
Llegado el día, Doniphan propuso cruzar inmediatamente el East-river.
– Así lo tendremos adelantado —dijo—, y la jornada nos bastará para llegar a la desembocadura, que no está a más de ocho o diez kilómetros.
– Y además —observó Cross—, es en la orilla izquierda donde Moko recogió sus piñones, y haremos provisión de ellos durante el camino.
El halkett-boat fue entonces desplegado y, en cuanto estuvo en el agua, Doniphan se dirigió hacia la orilla opuesta, largando una cuerda por la popa. Con unos pocos golpes de remo cruzó pronto los nueve o doce metros de anchura que el río medía en ese lugar. Luego, tirando de la cuerda cuyo extremo habían conservado, Wilcox, Webb y Cross se trajeron el ligero bote, en el que pasaron sucesivamente a la otra orilla.
Hecho esto, Wilcox deshinchó el halkett-boat, lo plegó como una bolsa de viaje, se lo cargó a la espalda y se reanudó la marcha. Sin duda, habría sido menos fatigoso dejarse llevar por la corriente del East-river en la yola, como habían hecho Briant, Jacques y Moko; pero el bote de goma no podía llevar más que a una persona a la vez, por lo que se había tenido que renunciar a ese modo de locomoción.
Esa jornada fue muy penosa. El espesor del bosque, su suelo erizado la mayor parte de las veces de hierba tupida y sembrado de ramas caídas por los últimos temporales, varios barrizales que hubo que rodear no sin esfuerzo, retrasaron la llegada al litoral. Por el camino, Doniphan pudo comprobar que el náufrago francés no parecía haber dejado huellas de su paso por esa parte de la isla, como las había dejado bajo los macizos de Traps-woods. Y, sin embargo, no había duda de que la había explorado, puesto que su mapa indicaba con exactitud el curso del East-river hasta Deception-bay.
Un poco antes del mediodía se hizo un alto para almorzar, precisamente en el lugar donde crecían los pinos piñoneros. Cross recogió cierta cantidad de esos frutos, de los que todos disfrutaron. Luego, durante otros tres kilómetros más, fue necesario deslizarse entre esos tupidos matorrales e incluso abrirse paso a hachazos para no alejarse del curso del agua.
A causa de estos retrasos, el límite extremo del bosque no fue sobrepasado hasta cerca de las siete de la tarde. Al llegar la noche, Doniphan no pudo reconocer la disposición del litoral. Sin embargo, si no vio más que una línea espumosa, oyó el largo y grave rugido del mar que rompía sobre la playa.
Se decidió hacer alto en ese lugar para dormir al raso. Para la noche siguiente, no había duda de que la costa ofrecería mejor abrigo en una de las cavernas, no lejos de la desembocadura del río.
Organizado el campamento, la cena —o, más bien, dado lo avanzado de la hora, la cena tardía— se compuso de algunos urogallos que fueron asados a la llama de una hoguera de ramas muertas y piñas recogidas bajo los árboles.
Por prudencia, se había convenido en que ese fuego se mantendría hasta el día, y durante las primeras horas fue Doniphan quien se encargó de ese cometido.
Wilcox, Cross y Webb, tendidos bajo el ramaje de un amplio pino parasol y muy fatigados tras esa larga jornada de marcha, se durmieron de inmediato.
Doniphan tuvo mucho trabajo para luchar contra el sueño. Resistió, sin embargo; pero, llegado el momento en que debía ser relevado por uno de sus compañeros, todos estaban sumidos en un sueño tan profundo que no pudo decidirse a despertar a nadie.
Por lo demás, el bosque estaba tan tranquilo en los alrededores del campamento que la seguridad no debía de ser menor allí que en French-den.
Así pues, tras echar algunos brazados de leña al fuego, Doniphan fue a tenderse al pie del árbol. Allí, sus ojos se cerraron al instante para no abrirse de nuevo hasta el momento en que el sol ascendía sobre un amplio horizonte de mar que se perfilaba al ras del cielo.