Dos años de vacaciones

Capítulo 19

Lo que sus compañeros habían querido al otorgar su voto a Briant era rendir justicia a su carácter servicial, al valor que demostraba en todas las ocasiones de las que dependía la suerte de la colonia, y a su infatigable entrega al bien común. Desde el día en que había tomado, por así decir, el mando de la goleta durante la travesía de Nueva Zelanda a la isla Chairman, jamás había retrocedido ante el peligro ni ante la fatiga. Aunque fuera de distinta nacionalidad, todos le querían, grandes y pequeños —éstos sobre todo, a quienes se había dedicado sin cesar con tanto celo, y que habían votado por él de forma unánime. Solo Doniphan, Cross, Wilcox y Webb se negaban a reconocer las cualidades de Briant; pero en el fondo sabían perfectamente que eran injustos con el más meritorio de sus camaradas.

Aunque preveía que aquella elección acentuaría aún más la disidencia ya existente, aunque pudiera temer que Doniphan y sus partidarios tomaran alguna resolución lamentable, Gordon no escatimó sus felicitaciones a Briant. Por un lado, tenía un espíritu demasiado ecuánime para no aprobar la elección realizada; por otro, prefería no tener que ocuparse de nada más que de la contabilidad de French-den.

Desde ese mismo día, sin embargo, resultó evidente que Doniphan y sus tres amigos estaban decididos a no tolerar ese estado de cosas, si bien Briant se había prometido no darles ocasión alguna de llegar a algún exceso.

En cuanto a Jacques, no había sido sin cierta sorpresa que vio a su hermano aceptar el resultado de la votación.

– ¿Quieres entonces…? —le dijo, sin terminar el pensamiento que Briant completó respondiéndole en voz baja:

– Sí, quiero estar en condiciones de hacer aún más de lo que hemos hecho hasta ahora para redimir tu falta.

– Gracias, hermano —respondió Jacques—, ¡y no me perdones nada!

Al día siguiente se reanudó el curso de aquella existencia que los largos días del invierno harían tan monótona.

Y, ante todo, antes de que los grandes fríos impidieran toda excursión a la bahía Sloughi, Briant tomó una medida que no carecía de utilidad.

Bien se sabe que había sido izado un mástil de señales en una de las cumbres más altas de Auckland-hill. Pues bien: del pabellón izado en lo alto de aquel mástil apenas quedaban jirones, sacudidos como habían estado durante semanas por los vientos del mar abierto. Importaba, pues, sustituirlo por un aparato capaz de resistir incluso las galernas invernales. Por consejo de Briant, Baxter fabricó una especie de globo trenzado con los juncos flexibles que bordeaban la marisma, y que podría resistir, pues el viento pasaría a través de él. Terminado este trabajo, se realizó una última excursión a la bahía el 17 de junio, y Briant sustituyó el pabellón del Reino Unido por esta nueva señal, visible en un radio de varios kilómetros.

Sin embargo, no estaba ya lejos el momento en que Briant y sus «administrados» quedarían acuartelados en French-den. El termómetro bajaba lentamente siguiendo una progresión continua —lo cual indicaba que los grandes fríos habrían de persistir.

Briant hizo poner el yole en tierra, en el ángulo del contrafuerte.

Entre tanto, Doniphan y dos o tres de sus camaradas, montados en sus zancos, hacían excursiones por los South-moors, de donde nunca volvían «de vacío», aunque sin malgastar la pólvora, pues en lo tocante a municiones Briant era tan parco como Gordon.

Durante los primeros días de julio, el río comenzó a helarse. Los pocos témpanos que se formaron en el lago Family derivaron con la corriente. Pronto, por su acumulación un poco aguas abajo de French-den, se formó un atasco de hielo, y la superficie del curso de agua no ofreció más que una gruesa costra helada. Con el mantenimiento del frío, que ya marcaba una docena de grados bajo cero centígrado, el lago no tardaría en solidificarse en toda su extensión. En efecto, tras un violento embate de rachas que hizo más lenta esa solidificación, el viento giró al sureste, el cielo se despejó y la temperatura bajó a casi veinte grados bajo cero.

El programa de la vida invernal se retomó en las condiciones en que había sido establecido el año anterior. Briant lo llevaba a rajatabla, sin pretender abusar de su autoridad. Le obedecían de buen grado, además, y Gordon facilitaba mucho su tarea dando ejemplo de obediencia. Por lo demás, Doniphan y sus partidarios nunca llegaron a la insubordinación. Se ocupaban del servicio diario de las trampas, cepos, lazos y collares que les habían sido asignados de modo especial, mientras seguían viviendo entre ellos, hablando en voz baja, mezclándose muy raramente a la conversación general, incluso durante las comidas, incluso durante las veladas nocturnas. ¿Tramaban algo? No se sabía. En suma, no había reproche alguno que hacerles, y Briant no tuvo que intervenir. Se contentaba con ser justo con todos, asumiendo a menudo las tareas más penosas y difíciles, sin eximir de ellas a su hermano, que rivalizaba con él en celo. Gordon pudo incluso observar que el carácter de Jacques tendía a modificarse, y Moko veía, no sin agrado, que, desde la aclaración que había tenido con Briant, el joven se mezclaba más abiertamente en las conversaciones y los juegos de sus camaradas.

Los estudios llenaban esas largas horas que el frío obligaba a pasar en el hall. Jenkins, Iverson, Dole y Costar hacían progresos notables. Al instruirlos, los mayores no dejaban de instruirse ellos mismos. Durante las largas veladas, se leían en voz alta relatos de viajes, a los que Service hubiera preferido con toda seguridad la lectura de sus Robinsones. A veces también, el acordeón de Garnett dejaba escapar alguna de esas melodías empalagosas que el desafortunado melómano «soplaba» con una convicción deplorable. Otros cantaban en coro algunas canciones de su infancia. Y cuando el concierto concluía, cada uno regresaba a su litera.

Sin embargo, Briant no cesaba de pensar en el regreso a Nueva Zelanda. Era su gran preocupación. En eso se diferenciaba de Gordon, que solo pensaba en perfeccionar la organización de la colonia en la isla Chairman. La presidencia de Briant había de estar marcada, pues, sobre todo por los esfuerzos que se realizarían con el fin de repatriarse. Pensaba siempre en aquella mancha blanquecina avistada frente a la bahía Deception. ¿No pertenecería a alguna tierra situada en las inmediaciones de la isla? se preguntaba. Y bien, si así era, ¿resultaría imposible construir una embarcación con la que intentar alcanzar esa tierra? Pero cuando lo comentaba con Baxter, este meneaba la cabeza, comprendiendo perfectamente que semejante tarea superaba sus fuerzas.

– ¡Ah! ¿Por qué no somos más que niños? —repetía Briant—. ¡Sí, niños, cuando haría falta ser hombres!

Y ese era su mayor pesar.

Durante aquellas noches de invierno, aunque la seguridad de French-den parecía asegurada, se produjeron algunas alarmas. En varias ocasiones, Phann lanzaba largos ladridos de alerta cuando manadas de carnívoros —casi siempre chacales— venían a rondar en torno al cercado. Doniphan y los demás se precipitaban entonces por la puerta del hall y, lanzando tizones encendidos a aquellas malditas bestias, lograban ponerlas en fuga.

Dos o tres veces también, varias parejas de jaguares y pumas se dejaron ver en los alrededores, aunque nunca se acercaron tanto como los chacales. A estos se les recibía a tiros de fusil, si bien desde la distancia a que se les disparaba no podían ser heridos de muerte. En suma, no fue sin esfuerzo que se logró preservar el cercado.

El 24 de julio, Moko tuvo por fin ocasión de desplegar nuevos talentos culinarios preparando una pieza de caza con la que todos se regalaron, unos como gourmets y otros como glotones.

Wilcox —y Baxter, que le ayudaba de buen grado— no se habían conformado con instalar trampas para los animales de pequeña especie, ya fueran aves o roedores. Doblando algunos de aquellos renuevos que crecían entre los matorrales de Traps-woods, habían podido instalar auténticos lazos corredizos para caza mayor. Este tipo de trampa se usa comúnmente en los bosques en los pasos de corzos, y no es raro que produzca buenos resultados.

En Traps-woods, no fue un corzo, sino un magnífico flamenco el que, en la noche del 24 de julio, vino a quedar atrapado en uno de esos lazos corredizos de los que sus forcejeos no pudieron liberarle. A la mañana siguiente, cuando Wilcox revisó sus trampas, el animal estaba ya estrangulado por la lazada que el renuevo, al enderezarse, le había apretado en torno al cuello. Aquel flamenco, bien desplumado, bien vaciado, bien relleno de hierbas aromáticas y asado en su punto, fue declarado excelente. Tanto de las alas como de los muslos, hubo para todos, e incluso cada uno tuvo su pequeña parte de la lengua, que es lo mejor que puede comerse bajo la bóveda del cielo.

La primera quincena del mes de agosto estuvo marcada por cuatro días de frío excesivo. Briant no vio sin aprensión cómo el termómetro caía a treinta grados centígrados bajo cero. La pureza del aire era incomparable y, como suele ocurrir con esos grandes descensos de temperatura, ni un soplo turbaba la atmósfera.

Durante ese período, salir de French-den significaba quedar traspasado hasta la médula de los huesos al instante. Se prohibió a los pequeños exponerse al aire, incluso un momento. Los mayores, por su parte, solo lo hacían en caso de absoluta necesidad, principalmente para alimentar día y noche los hogares del establo y el corral.

Por fortuna, aquellos fríos duraron poco. Hacia el 6 de agosto, el viento se fue al oeste. La bahía Sloughi y el litoral de Wreck-coast fueron entonces asaltados por temporales espantosos que, tras golpear de frente el reverso de Auckland-hill, rebotaban por encima de él con una violencia incomparable. Sin embargo, French-den no sufrió en absoluto. No habría hecho falta menos que un terremoto para dislocar sus sólidas paredes. Las ráfagas más irresistibles, las que arrojan contra la costa navíos de alto bordo o derriban edificios de piedra, no hacían mella en el inquebrantable acantilado. En cuanto a los árboles derribados, si bien fueron numerosos, representaban otro tanto de trabajo ahorrado a los jóvenes leñadores cuando llegara el momento de reponer su provisión de combustible.

En suma, esas tormentas tuvieron como resultado modificar profundamente el estado atmosférico, en el sentido de que trajeron el fin de los grandes fríos. A partir de ese momento, la temperatura subió de manera constante y, en cuanto cesaron los trastornos, se mantuvo en una media de siete u ocho grados bajo cero.

La última quincena de agosto fue muy llevadera. Briant pudo reanudar los trabajos al exterior, a excepción de la pesca, pues un grueso hielo cubría todavía las aguas del río y del lago. Se hicieron numerosas visitas a las trampas, lazos y cepos, donde la caza de marisma abundaba, y la despensa no dejó de estar provista de caza fresca.

Por lo demás, el cercado pronto contó con algunos huéspedes nuevos. Además de las nidadas de avutardas y pintadas, la vicuña parió una camada de cinco crías de las que Service y Garnett se ocuparon con esmero.

Fue en estas circunstancias, ya que el estado del hielo aún lo permitía, cuando a Briant se le ocurrió ofrecer a sus camaradas una gran partida de patinaje. Con una suela de madera y una lámina de hierro, Baxter logró fabricar algunos pares de patines. Aquellos muchachos, por lo demás, estaban todos más o menos acostumbrados a ese ejercicio, muy popular en los inviernos rigurosos de Nueva Zelanda, y se sintieron encantados de tener ocasión de lucir sus habilidades sobre la superficie del lago Family.

Así pues, el 25 de agosto, hacia las once de la mañana, Briant, Gordon, Doniphan, Webb, Cross, Wilcox, Baxter, Garnett, Service, Jenkins y Jacques, dejando a Iverson, Dole y Costar al cuidado de Moko y Phann, abandonaron French-den para ir en busca de un lugar donde la capa de hielo ofreciera una vasta extensión propicia al patinaje.

Briant había tomado uno de los cuernos de a bordo para llamar a su pequeña tropa en caso de que alguno se dejara llevar demasiado lejos sobre el lago. Todos habían almorzado antes de partir y contaban con regresar para la cena.

Hubo que remontar la orilla durante casi cinco kilómetros antes de encontrar un emplazamiento conveniente, pues el lago Family estaba obstruido por témpanos en las inmediaciones de French-den. Fue a la altura de Traps-woods donde los jóvenes colonos se detuvieron ante una superficie uniformemente solidificada que se extendía hasta perderse de vista hacia el este. Habría sido un magnífico campo de maniobras para un ejército de patinadores.

Huelga decir que Doniphan y Cross habían traído sus fusiles para disparar sobre alguna pieza de caza si se presentaba la ocasión. En cuanto a Briant y Gordon, que nunca habían sentido afición por ese género de deporte, solo habían venido con la intención de evitar imprudencias.

Sin duda alguna, los patinadores más diestros de la colonia eran Doniphan, Cross —y Jacques sobre todo, que los superaba tanto por su velocidad de desplazamiento como por la precisión con que trazaba complicadas curvas.

Antes de dar la señal de partida, Briant reunió a sus camaradas y les dijo:

– No necesito recomendaros que os portéis con sensatez ni que dejéis a un lado el amor propio. Si no hay que temer que el hielo se rompa, siempre hay que temer romperse un brazo o una pierna. ¡No os alejéis fuera de la vista! En caso de que os vierais arrastrados demasiado lejos, no olvidéis que Gordon y yo os esperamos aquí. Así pues, cuando yo dé la señal con el cuerno, cada uno deberá ponerse en camino para reunirse con nosotros.

Hechas estas recomendaciones, los patinadores se lanzaron sobre el lago, y Briant se tranquilizó al verlos desplegar una habilidad verdadera. Si al principio hubo algunas caídas, no provocaron más que carcajadas.

En verdad, Jacques hacía maravillas: hacia adelante, hacia atrás, sobre un pie, sobre dos, erguido o en cuclillas, describiendo círculos y elipses con una regularidad perfecta. ¡Y qué satisfacción para Briant ver a su hermano participar en los juegos de los demás!

Es probable que Doniphan, el deportista tan apasionado por todos los ejercicios del cuerpo, sintiera cierta envidia del éxito de Jacques, a quien aplaudían de corazón. Así que no tardó en alejarse de la orilla, haciendo caso omiso de las instantes recomendaciones de Briant. Y es más: en un momento dado, hizo una señal a Cross para que fuera a reunirse con él.

– ¡Eh, Cross! —le gritó—. ¡Veo una bandada de patos… allá… al este! ¿Los ves?

– Sí, Doniphan.

– ¡Tú tienes tu fusil! ¡Yo tengo el mío! ¡A cazar!

– Pero Briant lo ha prohibido…

– ¡Bah, déjame tranquilo con tu Briant! ¡En marcha… a toda velocidad!

En un abrir y cerrar de ojos, Doniphan y Cross habían recorrido casi un kilómetro, persiguiendo aquella bandada de aves que revoloteaban sobre el lago Family.

– ¿Adónde van? —dijo Briant.

– Habrán visto alguna pieza de caza por allá —respondió Gordon—, y el instinto de la caza…

– ¡O más bien el instinto de la desobediencia! —replicó Briant—. Es Doniphan otra vez…

– ¿Crees, Briant, que hay algo que temer por ellos?

– ¡Eh, quién sabe, Gordon! Alejarse siempre es una imprudencia… ¡Mira qué lejos están ya!

Y, en efecto, arrastrados en una carrera veloz, Doniphan y Cross no aparecían ya más que como dos puntos en el horizonte del lago.

Si tenían tiempo de volver, pues el día debía de durar todavía algunas horas, era sin embargo una imprudencia. En efecto, en aquella época del año, siempre había motivo para temer un cambio repentino en el estado de la atmósfera. Un cambio en la dirección del viento habría bastado para desencadenar ráfagas o nieblas.

Así que puede juzgarse cuáles fueron las aprensiones de Briant cuando, hacia las dos, el horizonte quedó bruscamente oculto bajo una espesa capa de brumas.

En ese momento, Cross y Doniphan no habían reaparecido todavía, y los vapores, acumulados ahora sobre la superficie del lago, ocultaban la orilla occidental.

– ¡Esto es lo que temía! —exclamó Briant—. ¿Cómo van a encontrar su camino?

– ¡Un toque de cuerno! ¡Da un toque de cuerno! —respondió Gordon con viveza.

Tres veces retumbó el cuerno, y su nota bronceada se prolongó por el espacio. Quizá fuera respondida con disparos de fusil —el único medio que tendrían Doniphan y Cross de dar a conocer su posición.

Briant y Gordon escucharon… Ninguna detonación llegó a sus oídos.

Ya, sin embargo, la niebla había ganado mucho en espesor y en extensión, y sus primeras volutas se desplegaban a menos de cuatrocientos metros de la orilla. Y como ascendía al mismo tiempo hacia las zonas más altas, el lago habría desaparecido por completo en pocos minutos.

Briant llamó entonces a quienes de sus camaradas permanecían al alcance de la vista. Momentos después, todos estaban reunidos en la orilla.

– ¿Qué decidir? —preguntó Gordon.

– Intentarlo todo para encontrar a Cross y Doniphan antes de que se pierdan del todo en la niebla. Que uno de nosotros vaya en la dirección que tomaron e intente reunirlos con toques de cuerno…

– ¡Estoy dispuesto a partir! —dijo Baxter.

– ¡Nosotros también! —añadieron dos o tres más.

– ¡No! ¡Iré yo! —dijo Briant.

– Seré yo, hermano —respondió Jacques—. Con mis patines, alcanzaré a Doniphan en un momento…

– ¡Bien! —respondió Briant—. Ve, Jacques, y escucha atentamente por si oyes disparos de fusil. Toma, llévate este cuerno, que te servirá para señalar tu presencia.

– Sí, hermano.

Un instante después, Jacques era invisible en medio de las brumas, que se volvían cada vez más opacas.

Briant, Gordon y los demás prestaron atenta oreja a los toques de cuerno lanzados por Jacques; pero la distancia los fue apagando pronto.

Transcurrió media hora. Ninguna noticia de los ausentes: ni de Cross ni de Doniphan, incapaces de orientarse en el lago, ni de Jacques, que había salido a su encuentro.

¿Y qué sería de los tres si llegaba la noche antes de que hubieran regresado?

– Si al menos tuviéramos armas de fuego —exclamó Service—, quizá…

– ¿Armas? —respondió Briant—. ¡Las hay en French-den! ¡Ni un instante que perder! ¡En marcha!

Era la mejor decisión que podía tomarse, pues, ante todo, importaba indicar tanto a Jacques como a Doniphan y a Cross qué dirección convenía seguir para encontrar la orilla del lago Family. Lo mejor era, pues, volver por el camino más corto a French-den, desde donde podrían hacerse señales mediante detonaciones sucesivas.

En menos de media hora, Briant, Gordon y los demás cubrieron los casi cinco kilómetros que les separaban de Sport-terrace.

En aquella ocasión, no se trataba de economizar pólvora. Wilcox y Baxter cargaron dos fusiles, que fueron disparados en dirección al este.

Ninguna respuesta. Ni disparo de fusil ni toque de cuerno.

Eran ya las tres y media. La niebla tendía a espesarse a medida que el sol se ocultaba detrás del macizo de Auckland-hill. A través de aquellos pesados vapores, imposible ver nada en la superficie del lago.

– ¡El cañón! —dijo Briant.

Una de las dos pequeñas piezas del Sloughi —la que estaba apuntada a través de una de las troneras abiertas cerca de la puerta del hall— fue arrastrada hasta el centro de Sport-terrace y convenientemente orientada hacia el nordeste.

Se la cargó con uno de los cartuchos de señales, y Baxter iba a tirar de la cuerda del cebador cuando Moko sugirió la idea de colocar un taco de hierba untada en grasa sobre el cartucho. Creía saber que eso daría más fuerza a la detonación, y no se equivocaba.

El disparo partió —no sin que Dole y Costar se taparan los oídos.

En una atmósfera tan perfectamente en calma, era inconcebible que aquella detonación no se oyera a varios kilómetros de distancia.

Se escuchó… ¡Nada!

Durante una hora más, la pequeña pieza fue disparada cada diez minutos. Que Doniphan, Cross y Jacques pudieran confundirse sobre el significado de esos disparos repetidos que indicaban la posición de French-den era imposible. Además, aquellas descargas debían oírse en toda la superficie del lago Family, pues las nieblas son muy propicias a la propagación lejana del sonido, propiedad que aumenta incluso con su densidad.

Por fin, un poco antes de las cinco, dos o tres disparos de fusil, todavía lejanos, fueron percibidos con bastante claridad en dirección al nordeste.

– ¡Son ellos! —exclamó Service.

Y al punto Baxter respondió con una última descarga a la señal de Doniphan.

Momentos después, dos sombras se recortaron entre las brumas, que eran menos espesas cerca de la orilla que sobre el lago. Pronto, los hurras se unieron a los hurras que salían de Sport-terrace.

Eran Doniphan y Cross.

Jacques no estaba con ellos.

Puede imaginarse qué angustias mortales debió de sufrir Briant. Su hermano no había podido encontrar a los dos cazadores, que ni siquiera habían oído sus toques de cuerno. En ese momento, en efecto, Cross y Doniphan, tratando de orientarse, ya se habían desviado hacia la parte meridional del lago Family, mientras Jacques se adentraba hacia el este para intentar reunirse con ellos. Ellos mismos, por otro lado, sin las detonaciones partidas de French-den, nunca habrían podido encontrar su camino.

Briant, absorto en el pensamiento de su hermano perdido entre las brumas, apenas pensaba en reprocharle nada a Doniphan, cuya desobediencia amenazaba con tener consecuencias tan graves. Que Jacques se viera obligado a pasar la noche sobre el lago con una temperatura que quizás bajara a quince grados bajo cero… ¿cómo resistiría a unos fríos tan intensos?

– Debería haber ido yo en su lugar… yo —repetía Briant, a quien Gordon y Baxter intentaban en vano infundir algo de esperanza.

Se dispararon algunos cañonazos más. Era evidente que, si Jacques se hubiera aproximado a French-den, los habría oído y no habría dejado de señalar su presencia con toques de cuerno.

Pero cuando sus últimos retumbos se perdieron a lo lejos, las detonaciones quedaron sin respuesta.

Y ya, al empezar a hacerse de noche, la oscuridad no tardaría en envolver toda la isla.

Sin embargo, se produjo entonces una circunstancia bastante favorable. La niebla parecía tener tendencia a disiparse. La brisa que había soplado del poniente, como ocurría casi cada tarde después de las calmas del día, empujaba las brumas hacia el este dejando libre la superficie del lago Family. Pronto, la dificultad de encontrar French-den solo se debería a la oscuridad de la noche.

En esas condiciones, no había más que una cosa por hacer: encender un gran fuego en la orilla para que pudiera servir de señal. Y ya Wilcox, Baxter y Service amontonaban leña seca en el centro de Sport-terrace cuando Gordon los detuvo.

– ¡Esperad! —dijo.

Con el catalejo en el ojo, Gordon miraba atentamente en dirección al nordeste.

– Me parece que veo un punto… —dijo—, un punto que se desplaza…

Briant había tomado el catalejo y miraba a su vez.

– ¡Gracias a Dios! ¡Es él! ¡Es Jacques! —exclamó—. ¡Lo veo!

Y todos a gritar a pleno pulmón, ¡como si pudieran oírse a una distancia que no debía evaluarse en menos de kilómetro y medio!

Sin embargo, aquella distancia disminuía a ojos vistas. Jacques, con los patines en los pies, se deslizaba con la rapidez de una flecha sobre la costra helada del lago, acercándose a French-den. Unos minutos más y habría llegado.

– ¡Parece que no viene solo! —exclamó Baxter, que no pudo contener un gesto de sorpresa.

En efecto, una observación más atenta hizo distinguir que otros dos puntos se movían detrás de Jacques, a unos treinta metros de él.

– ¿Qué es eso? —preguntó Gordon.

– ¿Hombres? —respondió Baxter.

– ¡No! Parecen animales —dijo Wilcox.

– ¡Fieras, quizás! —exclamó Doniphan.

No se equivocaba y, sin vacilar, fusil en mano, se lanzó sobre el lago al encuentro de Jacques.

En pocos instantes, Doniphan alcanzó al muchacho y descargó sus dos tiros sobre las fieras, que dieron media vuelta y desaparecieron enseguida.

Eran dos osos, que nadie habría esperado ver figurar en la fauna de Chairman. Puesto que esas temibles bestias rondaban por la isla, ¿cómo era posible que los cazadores no hubieran encontrado jamás rastro de ellas? ¿Habría que admitir entonces que no la habitaban, sino que, durante el invierno, ya fuera aventurándose sobre la superficie del mar helado, ya embarcando en témpanos flotantes, esos osos se atrevían a llegar hasta aquellos parajes? ¿Y no parecía esto indicar que había algún continente en las cercanías de la isla Chairman? Habría que reflexionar sobre ello.

Sea como fuere, Jacques estaba a salvo, y su hermano lo estrechaba entre sus brazos.

No faltaron felicitaciones, abrazos ni apretones de manos para el valiente muchacho. Después de haber tocado el cuerno en vano para llamar a sus dos camaradas, él también, perdido en lo más espeso de las brumas, se había visto en la imposibilidad de orientarse cuando estallaron las primeras detonaciones.

– ¡Solo puede ser el cañón de French-den! —se dijo, tratando de captar de dónde venía el sonido.

Se encontraba entonces a varios kilómetros de la orilla, en el nordeste del lago.

Al instante, a toda la velocidad de sus patines, echó a correr en la dirección que le señalaban.

De pronto, en el momento en que la niebla empezaba a disolverse, se encontró ante dos osos que se lanzaron hacia él. A pesar del peligro, la sangre fría no le abandonó ni un instante y, gracias a la rapidez de su carrera, pudo mantener a esos animales a distancia. Pero, de haber caído, habría estado perdido.

Y entonces, tomando a Briant aparte mientras todos regresaban a French-den:

– Gracias, hermano —le dijo en voz baja—, gracias, pues me has permitido…

Briant le apretó la mano sin responder.

Luego, en el momento en que Doniphan iba a cruzar la puerta del hall, le dijo:

– Te había prohibido alejarte y, ya lo ves, tu desobediencia podría haber causado una gran desgracia. Sin embargo, aunque hayas obrado mal, Doniphan, no debo dejar de agradecerte que hayas ido en socorro de Jacques.

– No he hecho más que mi deber —respondió fríamente Doniphan.

Y ni siquiera tomó la mano que su camarada le tendía con tanta cordialidad.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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