CAPÍTULO XX
QUE TAL VEZ SE LEERÁ CON SENTIMIENTO, PERO QUE EL RESPETO A LA VERDAD HISTÓRICA OBLIGÓ AL AUTOR A ESCRIBIR TAL Y COMO LO
REGISTRARON UN DÍA LOS ANALES ASTRONÓMICOS
UN un solo grito se fundieron los gritos individuales, y aquél fue como un rugido formidable que salió de la muchedumbre a la primera oscilación de la masa de oro.
Todas las miradas se dirigieron al mismo punto. ¿Qué ocurría? ¿Eran juguetes de una alucinación? ¿Había realmente hecho el meteoro un movimiento? En este caso, ¿cuál era la causa? ¿No iba el terreno inclinándose poco a poco, lo cual podría hacer que el tesoro se hundiese en el abismo?
– Sería éste un singular desenlace para ese asunto, que ha llegado a conmover el mundo
– hizo observar Mrs. Arcadia Walker.
– Un desenlace que no sería tal vez el peor —respondió Seth Stanfort.
No, no se habían engañado; el bólido continuaba deslizándose gradualmente hacia el mar; si el movimiento no cesaba, la esfera de oro acabaría por rodar hasta el borde de la plataforma, y se hundiría en las profundidades del océano.
Aquello fue un estupor general, mezclado con un poco de menosprecio hacia aquel suelo indigno de un tan maravilloso peso. ¡Qué lástima que la caída se hubiese producido sobre aquella isla y no sobre el inquebrantable promontorio basáltico del litoral groenlandés, donde aquellos millares de millones no habrían corrido el riesgo de perderse para siempre para la ávida Humanidad!
Sí; el meteoro se deslizaba; tal vez sólo fuese cuestión de horas, de minutos, el que el mar se tragase aquellas enormes riquezas.
En medio de todos los gritos provocados por la inminencia de semejante desgracia, ¡qué exclamación de espanto la que había lanzado Mr. Schnack…! ¡Adiós, aquella única ocasión de enriquecer fabulosamente a su país…! Adiós, aquella risueña perspectiva de enriquecer a todos los ciudadanos de Groenlandia!
En cuanto a Mr. Dean Forsyth y al doctor Sydney Hudelson, podían abrigarse temores por su razón. Tendían los brazos desesperadamente, pedían socorro, como si hubiera sido posible el responder a semejante llamamiento.
Un movimiento más pronunciado del bólido acabó de hacerles perder la cabeza; sin reflexionar en el riesgo que corría, el doctor Hudelson, rompiendo la línea de los guardias, corrió hacia la esfera de oro.
No pudo ir muy lejos. Sofocado por aquella atmósfera abrasadora, vaciló de repente, al cabo de cien pasos, y cayó como una masa inerte.
Mr. Dean Forsyth habría debido hallarse contento, pues la supresión de su competidor suprimía radicalmente toda ocasión de competencia para lo futuro.
Pero antes que un astrónomo apasionado, Mr. Dean Forsyth era un excelente hombre, y la intensidad de su emoción le volvió a su verdadera naturaleza. Su odio, puramente ficticio, desapareció, como desaparece una pesadilla al despertar, y sólo dejó en su razón el recuerdo de los antiguos días.
Por esto, sin siquiera pensar en ello, como se realiza un puro movimiento reflejo, el señor Dean Forsyth, dicho sea esto en su honor, en lugar de alegrarse de la muerte de un adversario, corrió veloz al socorro de un antiguo amigo en peligro.
Sus fuerzas no debían encontrarse a la altura de su valor. Apenas había alcanzado al doctor Hudelson, apenas hubo conseguido arrastrarle unos cuantos metros hacia atrás, cuando caía cerca de él, inanimado, sofocado por aquel ambiente infernal que asfixiaba totalmente.
Felizmente, Francis Gordon se había precipitado tras él, y Mr. Seth Stanfort no había vacilado en seguirle.
Es de creer que esta acción no dejó a Mrs. Arcadia Walker indiferente.
– ¡Seth…, Seth…! —gritó instintivamente, como espantada del peligro a que se exponía su antiguo marido.
Francis Gordon y Seth Stanford, seguidos de algunos valerosos espectadores, tuvieron que arrastrarse por el suelo, colocándose un pañuelo en la boca; tan irrespirable era el aire.
Llegaron por fin cerca de Mr. Forsyth y del doctor Hudelson; les levantaron y se los llevaron más allá del límite que no era lícito franquear, so pena de verse abrasado.
Afortunadamente, aquellas dos víctimas de su imprudencia habían sido salvadas a tiempo.
Gracias a los cuidados que no se les economizaron, volvieron a la vida, pero fue ¡ ay!, para asistir a la ruina de sus esperanzas.
El bólido continuaba resbalando lentamente… Su centro de gravedad iba aproximándose a la arista, más allá de lo cual el promontorio se hundía verticalmente en el mar.
Por todas partes se alzaron gritos, traduciendo la emoción de la muchedumbre, que se agitaba en todos sentidos, sin saber por qué. Algunos, entre los cuales se hallaban Mr. Seth Stanfort y Mrs. Arcadia Walter, corrieron a toda prisa al lado del mar, a fin de no perder, al menos, ningún detalle de la catástrofe.
Hubo, sin embargo, un momento de esperanza. La esfera de oro se había inmovilizado.
Pero no fue más que un momento. De repente, dejóse oír un espantoso crujido… La roca acababa de ceder y el meteoro se hundía en el mar.
Si los ecos del litoral no repercutieron el enorme clamor de la muchedumbre, fue porque aquel clamor viose al instante cubierto por el estampido de una explosión más violenta que los clamores de la muchedumbre, y más aún que el estampido del trueno. Al mismo tiempo, una especie de huracán barrió la superficie de la isla, y los espectadores, sin exceptuar a uno solo, fueron arrojados irresistiblemente al suelo.
El bólido acababa de hacer explosión. Penetrando el agua por los millares de poros de la superficie en los innumerables alvéolos de aquella esponja de oro, se había evaporado instantáneamente al contacto de aquel metal incandescente, y el meteoro había estallado como una caldera. Sus restos caían ahora sobre las olas en medio de ensordecedores silbidos.
Alzóse el mar por la violencia de esta explosión. Una ola prodigiosa subió al asalto del litoral y cayó con irresistible furor. Espantados los imprudentes que se habían acercado a la orilla, emprendieron la fuga, esforzándose por alcanzar la cima.
No todos debían llegar a ella. Cobarde y vilmente rechazada por ciertos compañeros, a quienes el miedo convertía en bestias feroces, Mrs. Arcadia Walker fue empujada, derribada… ¡Cuando la masa liquida volvióse, iba a ser arrastrada…!
Pero Mr. Seth Stanfort velaba.
Casi sin esperanza de salvarla, arriesgando su vida por ella, habíase lanzado en su socorro, en condiciones tales, que habría indudablemente que contar dos víctimas en vez de una.
No; Seth Stanfort logró alcanzar a la joven, y asiéndose como pudo a una roca, pudo resistir al monstruoso remolino.
Numerosos turistas corrieron en seguida en su ayuda y los arrastraron hacia atrás. Estaban en salvo.
Si Mr. Seth Stanfort no había perdido el conocimiento, Mrs. Arcadia Walker estaba inanimada. Los cuidados que todos se apresuraron a prestarle no tardaron en reanimarla.
Sus primeras palabras fueron para su ex marido.
– Desde el momento en que debía ser salvada, estaba indicando que lo sería por usted — dijo, oprimiéndole la mano y dirigiéndole una mirada llena del más tierno reconocimiento.
Menos afortunado que Mrs. Arcadia Walker, el maravilloso bólido no había podido escapar a su funesta suerte. Fuera del alcance de los hombres, sus restos reposaban ahora en las profundidades del mar. Aun cuando a costa de increíbles esfuerzos hubiese sido posible retirar aquella masa de esos insondables abismos, preciso era renunciar a semejantes esperanzas, ya que, convertido en millares de trozos, habían sido esparcidos del todo al azar.
En vano Mr. Schnack, Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson buscaron la más mínima partícula sobre el litoral; no, habíanse dispersado hasta el último céntimo los cinco mil setecientos ochenta y ocho millares de millones.
Nada quedaba del extraordinario meteoro.