La caza del meteoro

CAPÍTULO XIX

DONDE ZEPHYRIN XIRDAL EXPERIMENTA UNA AVERSIÓN CRECIENTE

HACIA EL BÓLIDO, Y LO QUE DE ELLO SE SIGUE

HABRÍA llegado sin percance ni tropiezos a su destino, Zephyrin Xirdal, de estar completamente solo? Posible es, porque todo es posible en este mundo.

Habríase, no obstante, dado pruebas de gran prudencia, apostando por la negativa.

Sea de ello lo que quiera, había faltado la ocasión de hacer apuestas a este respecto, toda vez que su buena estrella le había puesto bajo la salvaguardia de un mentor, cuyo espíritu práctico neutralizaba la desmesurada fantasía de este original.

No conoció, por consiguiente, Zephyrin Xirdal las dificultades de un viaje, bastante complicado en verdad, pero que Monsieur Robert Lecoeur había logrado nacer más sencillo que un paseo por los alrededores.

En El Havre, donde les había conducido el expreso en pocas horas, los dos viajeros fueron acogidos con apresuramiento a bordo de un magnífico steamer, que soltó en seguida sus amarras y ganó la alta mar sin esperar a otros pasajeros.

El Atlantic, en efecto, no era un paquebot, sino más bien un yate de quinientas a seiscientas toneladas, fletado por Monsieur Robert Lecoeur y a su exclusiva disposición.

En razón de la importancia de los intereses comprometidos, el banquero había juzgado conveniente poseer un medio de comunicarse a su gusto con el Universo civilizado.

Permitiéndole, por otra parte, los beneficios recogidos ya por él con sus especulaciones sobre las minas de oro las mayores audacias, habíase asegurado el disfrute de aquel buque, escogido en Inglaterra entre muchos otros.

El Atlantic, fantasía de un multimillonario, había sido construido con objeto de que alcanzase las más altas velocidades. De formas finas y alargadas, podía, bajo el impulso de los cuatro mil caballos de sus máquinas, alcanzar y hasta pasar de los veinte nudos.

La elección de Monsieur Lecoeur había obedecido a esta particularidad que, llegado el caso, tendría grandes ventajas.

Zephyrin Xirdal no manifestó ninguna sorpresa por tener de ese modo un buque a sus órdenes. Acaso, verdad es, no se dio siquiera cuenta de eso. Lo cierto es que penetró en el buque y se instaló en su camarote sin formular la más pequeña observación.

La distancia entre El Havre y Upernivik es de unas ochocientas leguas marinas, distancia que el Atlantic, marchando a toda velocidad, hubiera podido franquear en seis días. Pero no teniendo ninguna prisa, Monsieur Lecoeur consagró doce días a esta travesía y en la tarde del 18 de julio llegó ante Upernivik.

En esos doce días, apenas si Zephyrin Xirdal despegó los labios. Durante las comidas, que les reunían necesariamente, Monsieur Lecoeur se esforzó en muchas ocasiones en llevar la conversación al objeto del viaje; jamás pudo obtener respuesta. En vano se ponía a hablar del meteoro; su ahijado no parecía acordarse de él y ningún destello de inteligencia iluminaba sus miradas frías y mortecinas.

Xirdal, por el momento, miraba hacia dentro y perseguía la solución de otros problemas.

¿Cuáles…? No hizo ninguna confidencia sobre el particular. Pero, en alguna manera, debían de tener el mar por objeto, porque Xirdal se pasaba los días mirando constantemente las olas.

Al día siguiente de la llegada a Upernivik, Monsieur Lecoeur, que comenzaba a desesperarse, quiso hacer un ensayo para despertar la atención de su ahijado, poniéndole ante los ojos su máquina despojada de su envoltura protectora.

Había calculado bien y el medio fue radical. Al ver su máquina, Zephyrin Xirdal se sacudió como al salir de un ensueño y paseó en torno de sí una mirada en que se leía la firmeza y la lucidez de los grandes días.

– ¿Dónde estamos? —preguntó.

– En Upernivik.

– ¿Y mi terreno?

– Hacia él nos dirigimos —volvió a contestar Monsieur Robert Lecoeur.

No era esto del todo exacto. Preciso era antes pasar por casa de Monsieur Biarn Haldorsen, jefe de la Inspección del Norte.

Cambiadas las fórmulas de cortesía, entabláronse los negocios serios, por conducto de un intérprete, cuyo concurso había tenido el banquero el cuidado de procurarse.

Presentóse una primera dificultad.

No era que Monsieur Biarn Haldorsen tuviese el capricho de rechazar los títulos de propiedad que le habían sido sometidos; pero su interpretación no era evidente.

Según los términos de aquellos títulos, bien regularizados y cubiertos de todas las firmas y de todos los sellos oficiales que pudieran desearse, el Gobierno groenlandés, representado por su agente diplomático en Copenhague, cedía a Zephyrin Xirdal una superficie de nueve kilómetros cuadrados, con un punto central, situado en el 72° 53′ 30″ de latitud Norte y 55° 35′ 18″ de longitud Oeste, al precio de quinientos kroners el kilómetro cuadrado, o sea un total de poco más de seis mil francos.

Monsieur Biarn Haldorsen no dejaba de haber oído hablar de latitud y de longitud, y no ignoraba que semejantes cosas existían; pero a esto se limitaba todo su saber; que la latitud fuese un animal o un vegetal y la longitud un mineral o un mueble, parecíale igualmente plausible y se guardaba de manifestar ni admitir toda preferencia.

Zephyrin Xirdal completó en algunas palabras los conocimientos cosmográficos del jefe de la Inspección del Norte y rectificó lo que tenían de equivocado y erróneo.

En seguida ofreció proceder él mismo, con ayuda de los instrumentos del Atlantic, a realizar las observaciones y los cálculos que eran necesarios.

El capitán de un buque danés que entonces se hallaba en la rada, podría, por lo demás, inspeccionar los resultados, a fin de tranquilizar completamente a su excelencia Monsieur Biarn Haldorsen.

Así se decidió.

En dos días terminó Zephyrin Xirdal su trabajo, cuya meticulosa exactitud no piído menos de confirmar el capitán danés.

Entonces surgió la segunda dificultad.

El punto que había de constituir el centro de la propiedad estaba situado en plena mar, a doscientos cincuenta metros próximamente al norte de la isla Upernivik.

Monsieur Lecoeur, aterrado por este descubrimiento, hizo vehementes recriminaciones.

¿Qué se iba a hacer ahora…? ¡Haber llegado hasta aquellas comarcas para ver cómo el bólido se hundía en el mar…! ¿Cómo era posible que un sabio como Zephyrin Xirdal hubiese cometido tan terrible error?

La explicación del error era de las más sencillas: Zephyrin Xirdal se había servido para sus cálculos de un mapa sacado de un pequeño Atlas escolar que estaba equivocado.

– ¿Qué vas a hacer tú ahora? —preguntó el banquero a su ahijado.

Hizo éste una elocuente señal de ignorancia.

– Pues es preciso hacer algo… Es menester que nos saques de este callejón sin salida.

Zephyrin Xirdal reflexionó un momento.

– Lo primero que hay que hacer —dijo por fin— es cercar el terreno que nos corresponde fuera de la parte de mar y constituir en él una barraca suficiente para alojarnos.

Monsieur Lecoeur púsose a la obra.

En ocho días los marineros del Atlantic, ayudados por algunos naturales, a quienes había atraído lo elevado de la paga, alzaron una cerca de madera y alambre, cuyas dos extremidades terminaban en el mar, y construyeron una cabana, que fue amueblada con los objetos más indispensables.

El 26 de julio, tres semanas antes del día en que debía tener efecto la caída del bólido, Zephyrin Xirdal se puso a la tarea.

Luego de haber tomado algunas observaciones del meteoro en las altas zonas de la atmósfera, se sumió en las zonas de las matemáticas. Sus nuevos cálculos vinieron a demostrar la perfección de sus cálculos anteriores; ningún error se había cometido, ni se había producido ninguna desviación. El bólido iría a caer en el sitio previsto.

– En el mar, por lo tanto —dijo Monsieur Lecoeur, disimulando apenas su furor.

– En el mar evidentemente —contestó con gran serenidad Xirdal, que, como verdadero matemático, no experimentaba otro sentimiento que una gran satisfacción al comprobar lo exacto de sus cálculos.

Pero casi en el acto se le representó el otro aspecto que ofrecía el problema.

– ¡Diablo! —bufó, cambiando de tono y mirando a su padrino con aire indeciso.

Éste trató de recobrar la calma.

– Veamos, Zephyrin —repuso, adoptando el tono bondadoso que conviene emplear con los niños—; no vamos a estarnos con los brazos cruzados, se me figura a mí. Se ha cometido un error; menester es repararlo. Ya que tú has sido capaz de ir a buscar al bólido en pleno cielo, debe ser un juego para ti el hacerle sufrir una desviación de unos cuantos centenares de metros.

– ¿Lo cree usted así? —respondió Zephyrin Xirdal, moviendo la cabeza—. Cuando yo obraba sobre el meteoro, éste se hallaba a cuatrocientos kilómetros. A esta distancia la atracción terrestre se ejercía de tal manera, que la cantidad de energía que yo proyectaba sobre una de sus caras era capaz de provocar una ruptura de equilibrio apreciable. Pero ahora no ocurre así; el bólido está más cerca y la atracción terrestre lo solicita con tanta fuerza, que un poco de más o de menos no cambiaría gran cosa.

– ¿Nada puedes hacer entonces? —insistió Monsieur Lecoeur, mordiéndose los labios para no estallar.

– Yo no he dicho semejante cosa —rectificó Zephy rin Xirdal—; pero el asunto es difícil; por supuesto, puede intentarse hacer algo, a pesar de ello.

Lo intentó, efectivamente, y con tanta obstinación, que el 17 de agosto conceptuó como seguro el éxito de su tentativa.

El bólido, definitivamente desviado, caería de lleno sobre la tierra firme, a unos cincuenta metros de la orilla del mar, distancia suficiente para alejar todo riesgo.

Por desgracia, durante los días que siguieron se desencadenó aquella violenta tempestad de que hemos hablado, y Xirdal temió que la trayectoria del bólido se hubiese modificado por un tan furioso y arrebatado desplazamiento del aire.

Esta tempestad se calmó, como se sabe, en la noche del 18 al 19; pero los habitantes de la cabana no se aprovecharon de ese respiro que les dejaban los elementos desencadenados.

La espera del acontecimiento no les permitió tomar un minuto de reposo.

La caída se produjo a la hora precisa anunciada por Zephyrin Xirdal.

A las siete y cincuenta y siete minutos y treinta y cinco segundos, una luz fulgurante desgarró el espacio en la región del Norte, dejando medio ciegos a Monsieur Lecoeur y a su ahijado, que desde hacía una hora estaban espiando el horizonte desde el umbral de su puerta; casi al mismo tiempo oyóse un ruido sordo y la tierra tembló bajo un choque formidable.

El meteoro había caído.

Cuando Zephyrin Xirdal y su padrino hubieron recobrado el uso de la vista, lo primero que descubrieron fue el bloque de oro, a quinientos metros de distancia.

– Está ardiendo —balbució Monsieur Lecoeur, presa de viva emoción.

– Sí —respondió Zephyrin Xirdal, incapaz de articular otra cosa que este breve monosílabo.

El bólido, en efecto, se hallaba en estado de incandescencia. Su temperatura debía pasar de mil grados y estar próxima del grado de fusión.

Revelábase claramente su composición de naturaleza porosa, y el observatorio de Greenwich lo había comparado, con gran acierto, a una esponja.

Aun cuando el bólido se hubiese aplastado fuertemente en su caída vertiginosa, discerníase aún su forma esférica. La parte superior estaba bastante regularmente redondeada, mientras que la base aplastada presentaba las irregularidades del suelo ocupado.

– ¡Pero… va a deslizarse y resbalar hasta el mar! —exclamó Monsieur Lecoeur al cabo de algunos instantes.

Su ahijado guardó silencio.

– Tú habías anunciado que caería a cincuenta metros de la orilla.

– Ha caído a diez metros…, porque es preciso tener en cuenta su semidiámetro.

– Diez no son cincuenta.

– Le habrá desviado la tempestad.

Sin cambiar otras frases, ambos interlocutores se pusieron a contemplar en silencio la esfera de oro.

No dejaba, en verdad, de tener algún fundamento la inquietud que experimentaba Monsieur Lecoeur.

El bólido había caído a diez metros de la arista extrema del promontorio. Siendo su radio de cincuenta y cinco metros, como con razón había afirmado el observatorio de Greenwich, la mayor parte de la esfera estaba suspendida en el vacío, a poca distancia de la superficie del mar. Pero la otra parte, impresa materialmente en la roca, retenía al conjunto encima del océano.

Era seguro que, puesto que no caía era porque se hallaba en equilibrio; era, sin embargo, bien inestable este equilibrio, y se comprendía que el menor impulso habría bastado para precipitar en el abismo el fabuloso tesoro. Una vez lanzado sobre la pendiente, nada en el mundo sería capaz de detenerle, y resbalaría invenciblemente hasta el mar, que se cerraría sobre él.

«Razón de más para apresurarse», pensó de pronto el banquero, recobrando la conciencia.

Era una completa locura perder de aquella manera el tiempo en una necia contemplación, con grave riesgo de sus intereses. Pasando sin perder un minuto más detrás de la cabana, izó la bandera francesa a la extremidad de un mástil bastante elevado para que pudiera ser visto de los buques anclados ante Upernivik.

Sabemos ya que aquella señal debía ser vista y comprendida.

El Atlantic había marchado en seguida hacia alta mar, en ruta para la oficina de Telégrafos más próxima, desde la cual se dirigía a la casa de Banca de Robert Lecoeur, calle Druot, en París, un despacho redactado en lenguaje claro: “Bólido caído; vendan en seguida.»

En París se apresurarían a ejecutar esta orden, lo que valdría un enorme beneficio al banquero, que jugaba sobre seguro.

Zephyrin Xirdal, insensible a esos vulgares intereses, continuaba sumido en su contemplación, cuando un gran vocerío hirió sus oídos.

Al volverse, descubrió a la muchedumbre que se habían atrevido a penetrar en sus dominios. ¡He ahí una cosa que era verdaderamente intolerable!

Rápidamente se adelantó al encuentro de los invasores.

El delegado de Groenlandia le ahorró la mitad del camino.

– ¿Cómo es eso, señor mío —dijo Xirdal, abordándole—, que ha entrado usted en mi casa? ¿No ha visto usted los carteles?

– Perdone usted, caballero —respondió cortésmente Mr. Schnack—; les hemos visto perfectamente, pero hemos creído que en atención a las circunstancias, verdaderamente excepcionales, podríamos excusarnos de faltar a las reglas generalmente admitidas.

– ¿Circunstancias excepcionales? —preguntó Xirdal con candidez—. ¿Qué circunstancias excepcionales?

La actitud que entonces adoptó Mr. Schnack expresó, como es natural, cierta sorpresa.

– ¿Qué circunstancias excepcionales? —replicó—. ¿Necesitaré, por ventura, decirle, caballero, que el bólido de Whaston acaba de caer en esta isla?

– Lo sé perfectamente —declaró Xirdal—. Pero nada de excepcional hallo yo en ello. Es un hecho sumamente trivial el de la caída de un bólido.

– No, porque es de oro.

– De oro, lo mismo que de otra cosa cualquiera, un bólido será siempre un bólido.

– No es esa la opinión de esos caballeros y de esas señoras —replicó Mr. Schnack, señalando la multitud de turistas, la mayor parte de los cuales no comprendían una sola palabra de todo aquel diálogo—. Todas estas personas no se hallan aquí más que para asistir a la caída del bólido de Whaston. Confiese usted que era duro, tras un viaje semejante, el verse detenido Por una valla de alambre.

– Es cierto —reconoció Xirdal, dispuesto a la conciliación.

Hallábanse de esta suerte las cosas en buen camino, cuando Mr. Schnack cometió la imprudencia de añadir:

– En lo que me concierne, no podía detenerme ante su valla, por cuanto se oponía al incumplimiento de la misión oficial de que estoy investido.

– ¿Y esa misión consiste…?

– En tomar posesión del bólido, en nombre de Groenlandia, cuyo representante soy aquí.

Xirdal se había desobresaltado.

– ¡Tomar posesión del bólido! —gritó—. ¡Pero usted está loco, caballero!

– No veo por qué —replicó Mr. Schnack un tanto picado—; el bólido ha caído en terreno groenlandés; pertenece, pues, al Estado groenlandés, toda vez que no pertenece a nadie.

– Eso es un cúmulo de errores —protestó Zephyrin Xirdal, con una naciente violencia—.

El bólido, en primer lugar, no ha caído en territorio groenlandés, sino en un territorio mío, puesto que lo he comprado. El bólido, en segundo término, pertenece a alguien y ese alguien soy yo.

– ¿Usted?

– Yo.

– ¿A título de qué?

– Pues a todos los títulos posibles, mi querido señor. Sin mí, el bólido estaría gravitando aún en el espacio, en el cual, por muy representante que usted sea, hubiera tenido que irlo a buscar… ¿Cómo, por consiguiente, no había de ser mío estando como está en mi propiedad y habiendo sido yo el que le ha hecho caer?

– ¿Dice usted…?

– Digo que he sido yo quien lo ha hecho caer. Yo cuidé, por otra parte, de informar a la Conferencia Internacional que, según parece, se reunió en Washington. Presumo que mi despacho interrumpiría todos sus trabajos inmediatamente.

Mr. Schnack miraba a su interlocutor con inquietud. ¿Se trataba de un bromista o de un loco?

– Caballero —respondió—, yo formaba parte de la Conferencia Internacional y puedo afirmarle que continuaba reunida a mi salida de Washington. Puedo, por otra parte, afirmarle igualmente que ningún conocimiento tengo del despacho de que usted habla.

Mr. Schnack era sincero. Un poco sordo, no había oído una sola palabra de aquel despacho, leído, como es costumbre en todo Parlamento que se respeta, en medio del infernal vocerío de las conversaciones particulares.

– Pues yo lo envié —afirmó Zephyrin Xirdal, que empezaba a sulfurarse—. Que llegara o no a su destino, nada cambia eso en mis derechos.

– ¿Sus derechos? —replicó Mr. Schnack, a quien aquella inesperada discusión irritaba igualmente—. ¿Se atreve usted seriamente a sostener pretensiones sobre el bólido?

– ¡Ya lo creo!

– ¡Un bólido que vale seis trillones de francos!

– ¿Y qué…? Aun cuando valiera trescientos mil millones de millares de millones de billones de millares de trillones…, no le impediría ser mío.

– ¡Suyo…! Eso es una tontería… ¡Poseer un hombre solo más oro que el resto del mundo…! Eso no podría tolerarse.

– Yo no sé si podría o no tolerarse —gritó Zephyrin Xirdal, completamente encolerizado

– . No sé más que una cosa, y es que el bólido es mío.

– Eso es lo que nosotros habremos de ver —concluyó diciendo Mr. Schnack en tono seco

– . Por el momento, habrá usted de permitirnos que prosigamos nuestro camino.

Diciendo esto, el delegado tocó ligeramente el borde de su sombrero, y a una señal suya, el indígena se puso en marcha seguido de todos los demás invasores.

Zephyrin Xirdal, plantado sobre sus largas piernas, miró pasar a aquella muchedumbre; su indignación era enorme. ¡Entrar en su casa sin su permiso y conducirse como en país conquistado! ¡Negar sus derechos! Aquello pasaba de la raya.

Nada, empero, podía hacerse contra semejante multitud. Por eso, cuando todos habían desfilado, viose reducido a batirse en retirada. Pero si estaba vencido, no estaba convencido, y mientras iba andando daba rienda suelta a su enojo.

– ¡Esto es muy desagradable…! ¡Muy fastidioso! —exclamaba, gesticulando locamente.

La muchedumbre, sin embargo, tuvo que detenerse, pues el calor era verdaderamente insoportable.

Por lo demás, era perfectamente inútil seguir adelante.

A menos de cuatrocientos metros aparecía la esfera de oro, y todo el mundo podía contemplarla, como antes la habían contemplado Zephyrin Xirdal y Monsieur Robert Lecoeur. No irriadiaba ya lo mismo que cuando trazaba su órbita en el espacio, pero tal era su brillo, que podían apenas los ojos soportarlo.

– ¡Qué lástima! —no pudo dejar de exclamar Francis Gordon al observar la posición en que había quedado el bólido—; veinte pasos más, y se habría ido al fondo…

– De donde no se le habría sacado muy fácilmente —agregó Mrs. Arcadia Walker.

– ¡Eh! Mr. Schnack no lo tiene todavía —hizo observar, riéndose, Seth Stanfort.

Allí estaban los señores Dean Forsyth y Sydney Hudelson, inmóviles, hipnotizados, por decirlo así; ambos habían intentado adelantar algunos pasos, pero uno y otro tuvieron que retroceder lo mismo que el impaciente «Omicron».

– Pero, al fin…, allí está… No en el fondo del mar… No se ha perdido para todos… Se halla en las manos de ese afortunado groenlandés… Bastará esperar. —He ahí lo que repetían los curiosos, detenidos por aquel terrible calor.

Sí, esperar; pero ¿cuánto tiempo? ¿No resistiría el bólido un mes, dos meses al enfriamiento? Semejantes masas metálicas con una temperatura tan elevada pueden permanecer ardiendo mucho tiempo. Ya se ha visto eso con meteoritos muchísimo más pequeños que el que tenían ante su vista.

Pasaron tres horas y nadie pensaba abandonar el sitio.

– Mr. Stanfort —dijo Mrs. Arcadia Walker—, ¿cree usted que bastarán algunas horas para enfriar ese bloque incandescente?

– Ni algunas horas ni algunos días, Mrs. Walker.

– Voy, pues, a volver a bordo del Oregón.

– Tiene usted razón, y, por mi parte, me dirigiré al Mozik; creo que ha sonado la hora de almorzar.

Era éste el partido más prudente; pero a Jenny y Francis Gordon hubo de serles totalmente imposible hacérselo tomar a los señores Forsyth y Hudelson.

En vano fue que la muchedumbre desfilara poco a poco; en vano Mr. Schnack se decidió, el último, a regresar a Upernivik; los dos maníacos se empeñaron en quedarse solos frente a su meteoro.

– En fin, papá, ¿viene usted? —preguntó por décima vez Jenny Hudelson, hacia las dos de la tarde.

Por toda respuesta, el doctor Hudelson dio una docena de pasos hacia delante; pero viose obligado a retroceder precipitadamente; Mr. Dean Forsyth, que le había seguido, hubo también de batirse en retirada con no menor apresuramiento y celeridad.

– Vamos, querido tío —dijo a su vez Francis Gordon— vamos, Mr. Hudelson; ya es tiempo de que volvamos a bordo.

Vanos esfuerzos.

Tan sólo al caer la tarde, rendidos de cansancio y de inanición, se resignaron a abandonar la plaza, bien firmemente decididos, por supuesto, a volver al día siguiente.

Volvieron, en efecto, a primera hora, pero fue para tropezar con una cincuentena de hombres armados —todas las fuerzas groenlandesas— asegurando el servicio de orden en torno del precioso meteoro.

¿Contra quién tomaba el Gobierno aquella precaución…? ¿Contra Zephyrin Xirdal?

En ese caso, cincuenta hombres eran muchos; y tanto más cuanto que el bólido se defendía por sí solo; pues su infernal calor mantenía a los más audaces a respetuosa distancia; apenas si se había ganado un metro desde la víspera.

De seguir así las cosas, se necesitarían meses y meses para que Mr. Schnack pudiese tomar efectiva posesión del tesoro en nombre de Groenlandia.

No importaba; convenía guardar aquel tesoro; tratándose de cinco mil setecientos ochenta y ocho millares de millones toda precaución era bien poca.

A ruego de Mr. Schnack, había partido uno de los buques de la rada, a fin de llevar telegráficamente la gran nueva al Universo entero.

¿No destruiría los planes de Monsieur Lecoeur?

En manera alguna. Habiendo partido el Atlantic veinticuatro horas antes, y siendo notablemente superior la marcha del yate, disponía el banquero de treinta y seis horas de adelanto, plazo éste más que suficiente para llevar a feliz término su especulación financiera.

Si el Gobierno groenlandés se había sentido tranquilizado por la presencia de cincuenta guardias, ¿hasta qué punto no debió quedarlo en la tarde de aquel mismo día, sabiendo que setenta hombres vigilarían en lo sucesivo el meteoro?

Hacia mediodía, un crucero había anclado en Upernivik, ostentando la bandera estrellada de los Estados Unidos de América; apenas hubo su ancla tocado el fondo, cuando ese crucero había desembarcado veinte hombres, que acampaban ahora en los alrededores del bólido.

Al tener noticia Mr. Schnack de este crecimiento del servicio de orden, experimentó sentimientos contradictorios.

Si le satisfizo el saber que el precioso bólido estaba defendido con tanto celo, aquel desembarque de marinos americanos en armas sobre el territorio groenlandés no dejó de causarle serias inquietudes. El oficial que mandaba la fuerza desembarcada, a quien se dirigió, no pudo darle informes; obedecía a la orden de sus jefes y lo demás no le importaba.

Resolvióse, pues, Mr. Schnack a llevar al día siguiente sus quejas a bordo del crucero; pero al querer ejecutar su proyecto se halló en presencia de un doble trabajo.

Durante la noche, en efecto, había arribado un segundo crucero, esta vez inglés. El comandante, sabiendo que la caída del bólido era ya un hecho consumado, había desembarcado, a imitación de su colega americano, otra veintena de marinos, que se dirigieron también a paso acelerado hacia el Norte-Sudeste de la isla.

Mr. Schnack quedóse perplejo. ¿Qué significaba aquello?

Y sus perplejidades fueron aumentando a medida que el tiempo transcurría. Por la tarde llegó un tercer crucero, ostentando bandera tricolor, y dos horas más tarde veinte marineros franceses iban a montar, a su vez, la guardia en torno del bólido.

La situación, decididamente, se complicaba.

No debía, con todo, detenerse allí.

Sucesivamente fueron llegando otro crucero ruso, otro japonés, otro italiano, otro alemán, otro español, otro argentino, otro chileno, otro portugués y otro holandés.

El 25 de agosto, dieciséis buques de guerra, en medio de los cuales había vuelto discretamente a anclar él Atlantic, formaban ante Upemivik una escuadra internacional, como jamás habían visto otra aquellos parajes hiperbóreos.

Habiendo desembarcado cada uno de ellos veinte hombres, al mando de un oficial, trescientos veinte marineros y dieciséis oficiales de todas las nacionalidades ocupaban ahora un terreno que, a pesar de su valor, no habrían podido defender los cincuenta soldados groenlandeses.

Cada uno de los buques aportaba su contingente de noticias, noticias que no debían ser muy satisfactorias, a juzgar por sus efectos.

Si bien la Conferencia Internacional continuaba celebrando sus sesiones en Washington, sólo era por pura fórmula. La palabra ahora teníala la diplomacia, en espera de que se la concediese al cañón.

A medida que se iban sucediendo los buques, las noticias debían ser más inquietantes.

Nada de preciso se sabía, pero circulaban sordos rumores en los Estados Mayores, y entre los diversos tripulantes las relaciones hacíanse más tirantes cada vez.

Durante todo ese tiempo, Zephyrin Xirdal continuaba furioso. Monsieur Lecoeur estaba cansado de oír sus incesantes recriminaciones, y en vano trataba de apelar a su buen sentido.

– Debes comprender, mi querido Zephyrin —le decía—, que Mr. Schnack tiene razón y que es imposible dejar a una sola criatura la libre disposición de una suma tan colosal…

Pero déjame hacer a mí. Cuando la primera emoción se haya calmado, intervendré yo a mi vez, y juzgo imposible que no se tenga muy en cuenta la justicia de nuestra causa. Yo obtendré algo, sin duda…

– ¡Algo! —gritaba Xirdal—. ¡Me río yo de ese algo…! ¿Qué quiere usted que haga yo de ese oro…? ¿Es que yo tengo necesidad de él acaso…?

– Entonces, ¿por qué excitarte de esa manera? —objetaba Monsieur Lecoeur.

– Porque el bólido es mío. Me irrita que se me quiera arrebatar. No lo he de soportar.

– Pero, ¿qué vas a hacer tú solo contra toda la Tierra, mi pobre Zephyrin?

– Si yo lo supiese ya estaría hecho… Pero, paciencia… Cuando esa especie de delegado emitió la pretensión de atrapar mi bólido, era ya bastante fastidioso…; pero ahora… tantos países, tantos ladrones… ¡Si yo lo hubiese sabido…!

Xirdal no salía de esto.

Hacía mal, en todo caso, en irritarse contra Mr. Schnack. El infortunado delegado no se hallaba muy satisfecho; nada bueno auguraba aquella invasión del territorio groenlandés; pero, ¿qué hacer? ¿Podía con sus cincuenta hombres lanzar al mar a los trescientos veinte marinos extranjeros y cañonear a los dieciséis mastodontes acorazados que le rodeaban?

Indudablemente no, no podía hacerlo. Pero lo que sí podía, al menos, lo que hasta debía hacer, era protestar, en nombre de su país, contra la violación del territorio nacional.

Un día en que habían bajado juntos a tierra los dos comandantes inglés y francés, en concepto de simples curiosos, aprovechó Mr. Schnack aquella ocasión de pedir explicaciones y hacer representaciones oficiosas, cuya moderación diplomática no excluyera la vehemencia.

El comodoro inglés fue quien contestó a Mr. Schnack, diciéndole, en resumen, que no tenía por qué inquietarse.

Los comandantes de los buques en rada se conformaban sencillamente con las órdenes recibidas de sus respectivos almirantazgos; no les tocaba a ellos ni el discutir ni el interpretar esas órdenes, sino única y exclusivamente el ejecutarlas. Se presumía, no obstante, que el desembarco internacional no tenía otro objeto que el mantenimiento del orden, en presencia de una afluencia de curiosos, muy importante en realidad, pero que se había creído sin duda mucho mayor.

Por lo demás, Mr. Schnack debía estar tranquilo; la cuestión estaba estudiándose, y seguramente serían respetados los derechos de todos y de cada uno.

– Exacto —aprobó el comandante francés.

– Puesto que serán respetados todos los derechos, podré, por consiguiente, defender los míos —gritó de repente un personaje, interviniendo sin rebozo en la discusión.

– ¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó el comodoro.

– Mr. Dean Forsyth, astrónomo de Whaston, el verdadero padre y legítimo propietario del bólido —respondió el interruptor, dándose importancia, en tanto que Mr. Schnack alzaba desdeñosamente los hombros.

– ¡Ah, muy bien…! Conocía yo perfectamente su nombre ya, Mr. Forsyth… Pero si usted tiene derechos, ¿por qué no ha tratado de hacerlos valer?

– ¡Derechos! —gritó en tal momento un segundo interruptor—. Entonces, ¿qué diré yo de los míos…? ¿No he sido, por ventura, yo, yo, el doctor Sydney Hudelson, el primero en señalar el meteoro a la atención del Universo?

– ¡Usted! —protestó Mr. Dean Forsyth, volviéndose rápidamente, como si le hubiese picado una víbora.

– Yo.

– ¡Un medicastro de arrabal pretender haber realizado semejante descubrimiento…!

– ¡Lo mismo que un ignorante de su especie!

– ¡Un charlatán, que ni siquiera sabe por qué lado se mira en un anteojo!

– ¡Un farsante, que jamás ha visto un telescopio!

– ¡Ignorante yo…!

– ¡Yo un medicastro…!

– ¡De tal modo ignorante, que no sé desenmascarar a un cínico impostor!

– ¡Tan medicastro, que no encuentro el medio de confundir a un ladrón!

– ¡Esto es demasiado! —gritó, iracundo, Mr. Dean Forsyth, echando espumarajos de rabia—. ¡En guardia, caballero!

La escena habría tenido un funesto desenlace, si Jenny y Francis Gordon no se hubieran lanzado entre los combatientes, que con los puños en alto se dirigían miradas retadoras.

– ¡Tío! —gritaba Francis, sujetando a su tío con mano vigorosa.

– ¡Papá! ¡Papá! ¡Por Dios…! —imploraba Jenny, derramando abundantes lágrimas.

– ¿Quiénes son esos dos energúmenos? —preguntó a Seth Stanfort, a cuyo lado se encontraba por casualidad Zephyrin Xirdal, quien a alguna distancia asistía a aquella escena tragicómica.

– No habrá usted dejado de oír hablar de Dean Forsyth y del doctor Sydney Hudelson.

– ¿Los dos astrónomos de Whaston?

– Los mismos.

– ¿Los que descubrieron el bólido?

– Efectivamente.

– ¿Por qué disputan de esa manera?

– Porque no pueden ponerse de acuerdo acerca de la prioridad del descubrimiento.

Zephyrin Xirdal alzó desdeñosamente los hombros.

– ¡Vaya una tontería!

– Y uno y otro reclaman la propiedad del bólido —repuso Seth Stanfort.

– ¿So pretexto de que lo vieron por casualidad en el cielo?

– Así es.

– Se necesita tener tupé… Pero, ¿qué hacen ahí ese joven y esa muchacha?

Mr. Seth Stanfort expuso con suma complacencia la situación. Refirió por qué concurso de circunstancias los dos prometidos habían tenido que renunciar a su proyectada unión.

Cuando Seth Stanfort hubo dado fin a su relato, Zephyrin Xirdal, sin pensar en darle las gracias, lanzó un resonante: «Esta vez es demasiado fuerte», y se alejó a grandes pasos.

Estaba verdaderamente fuera de sí; con mano brutal abrió la puerta de su cabana.

– ¡Tío! —dijo a Monsieur Lecoeur, a quien este virulento apostrofe hizo dar un salto—.

Declaro que esto es demasiado fastidioso.

– ¿Qué sucede ahora? —preguntó el banquero.

– ¡El bólido, caramba; siempre el maldito bólido!

– ¿Qué te ha hecho el bólido?

– Lleva trazas de devastar la Tierra; así, tranquilamente. No contento con transformar a todas esas gentes en ladrones, va a sembrar la guerra y la discordia por todo el mundo… Y no es eso todo; se permite ya separar a los novios.

– ¿Qué novios…?

Xirdal no se dignó contestar.

– Sí, es muy desagradable y fastidioso —declaró con violencia—. ¡Ah! No lo consentiré… ¡Voy a ponerlos a todos de acuerdo y a reírme además…!

– ¿Qué tonterías vas a hacer, Zephyrin?

– ¡Pardiez, muy sencillo…! ¡Voy a arrojar el bólido al agua!

Monsieur Lecoeur se levantó de un salto; su semblante había palidecido bajo la intensa emoción que le paralizaba el corazón. Ni por un instante se le ocurrió la idea de que Xirdal obedecía a los impulsos de la cólera, y que profería amenazas vanas, cuya realización no estaba en su poder; no, había dado pruebas de este su poder; todo era de temer de él.

– Tú no harás eso, Zephyrin.

– Lo haré, por el contrario; nada me lo impedirá.

– Pero no piensas, desgraciado… —Monsieur Lecoeur se interrumpió bruscamente; un pensamiento de genio acababa de nacer en su cerebro; algunos instantes bastaron a aquel experto capitán de las batallas del dinero para examinar la parte fuerte y la débil. —¡A ello! —murmuró.

Un segundo esfuerzo de reflexión le confirmó en la excelencia de su proyecto.

Dirigiéndose entonces a Zephyrin Xirdal, manifestóse así:

– No te llevaré más tiempo la contra —dijo—. ¿Quieres echar el bólido al mar?

¡Bueno…! Pero, ¿no podrías darme algunos días de respiro?

– Estoy obligado a ello —dijo Xirdal—. Preciso es que introduzca algunas modificaciones en la máquina para el nuevo trabajo que he de emprender; esas modificaciones exigirán cinco o seis días.

– Lo cual nos llevará al tres de setiembre.

– Sí.

– Muy bien —dijo Monsieur Lecoeur, que salió y se dirigió inmediatamente a Upernivik, mientras que su ahijado ponía manos a la obra.

Sin pérdida de tiempo, Monsieur Lecoeur se hizo conducir a bordo del Atlantic, cuya chimenea empezó a vomitar en seguida torrentes de humo negro y compacto.

Dos horas más tarde, y vuelto el armador a tierra, el Atlantic se perdía en el horizonte.

Como todo lo que es genial, el plan del banquero era de una sublime sencillez.

Rechazada la idea de denunciar a su ahijado a condición de que se le reservase una parte del tesoro, que se salvaría así merced a su intervención —pues esa parte habría sido insignificante y de poco valor por la abundancia del oro—, decidióse a guardar el más absoluto silencio.

Siendo él el único en conocer durante cinco días semejante secreto, facilísimo le era sacar de él gran partido. Bastábale para esto el expedir, por medio del Atlantic, un nuevo telegrama, en el cual, después de descifrado, se leería lo siguiente en la calle Druot:

«Acontecimiento sensacional inminente. Compren minas en cantidad ilimitada.»

Esa orden sería fácilmente ejecutada.

Seguramente que la caía del bólido era conocida a aquella hora, y las acciones de minas de oro debían estar casi regaladas.

Digamos, desde luego, que Monsieur Lecoeur había tenido un buen golpe de vista. El telegrama había sido llevado a la calle Druot, y en la Bolsa del mismo día se cumplieron puntualmente sus instrucciones, comprando todas las minas de oro que se ofrecieron, haciendo lo mismo al día siguiente, llegando de esta forma hasta poseer la mitad del total de la producción aurífera del Globo.

Mientras estos acontecimientos tenían lugar en París, Zephyrin Xirdal utilizaba, para modificar su máquina, los accesorios de que había tenido cuidado de proveerse a su salida.

En la fecha indicada, el 3 de setiembre, todo se hallaba terminado y Zephyrin Xirdal se disponía a la acción.

La presencia de su padrino le aseguraba, por excepción, un auditorio verdadero; era una ocasión única de ejercer sus talentos oratorios.

No la dejó pasar.

– Mi máquina —dijo, cerrando el circuito eléctrico— no tiene nada de misterioso ni de diabólico: no es otra cosa que un órgano de transformación: recibe la electricidad bajo su forma ordinaria, y la devuelve bajo una forma superior, estudiada, meditada y descubierta por mí.

«Esta ampolla que ve usted aquí, y que comienza a girar velozmente, es la que ha servido para atraer el bólido. Con ayuda del reflector, en cuyo centro está situada, envía ella al espacio una corriente de una naturaleza particular, bautizada por mí con el nombre de corriente neutra helicoidal.

»Como su nombre lo indica, se mueve a la manera de una hélice. El conjunto de sus espiras constituye un cilindro del que el aire, lo mismo que toda otra materia, es expulsado de tal manera, que en el interior de este cilindro no hay nada.

»De este sitio único, en el que reina el vacío absoluto, se escapa la indestructible energía que el globo terrestre retiene prisionera en las pesadas mallas de la sustancia. Mi papel, por consiguiente, está limitado a suprimir un obstáculo.

Monsieur Lecoeur, vivamente interesado, concentraba toda su atención para seguir aquellas curiosas explicaciones.

– La única cosa delicada —prosiguió diciendo Xirdal— consiste en regular la longitud de la onda de la corriente neutra helicoidal; si llega al objeto que se desea gobernar, le rechaza, en vez de atraerle; se necesita, pues, orientarla a cierta distancia del objeto, pero lo más cerca posible, de tal suerte, que la energía irradie en su proximidad inmediata.

– Pero para hacer rodar el bólido al mar es menester empujarle y no atraerle —objetó Monsieur Lecoeur.

– Sí y no —respondió Zephyrin Xirdal—. Yo conozco la distancia precisa que nos separa del bólido, que es de quinientos once metros y cuarenta y ocho centímetros, y, en consecuencia, regulo el alcance de mi corriente.

Sin dejar de hablar, Zephyrin maniobraba con su máquina.

– Observe tío, que esta ampolla no gira como la otra. Los efluvios que emite son muy particulares; les llamaremos, si usted quiere, corrientes neutras rectilíneas, para distinguirlas de las anteriores.

»La longitud de estas corrientes rectilíneas no tiene necesidad de ser regulada; irían invisibles hasta el infinito, si yo no las proyectase sobre la convexidad sudoeste del meteoro, que las detiene; no le aconsejo que se ponga a su paso.

«Estas corrientes rectilíneas, como cualquiera otras corrientes de cualquier naturaleza que sean, como la luz, el calor, la luz misma, no son otra cosa que un transporte de átomos materiales en el último grado de simplificación.

«Tendrá usted una idea de la pequenez de esos átomos, cuando le diga que en este instante están golpeando la superficie del bloque de oro, en el que se incrustan, en número de setecientos cincuenta millones por segundo. Es, pues, un verdadero bombardeo, en el que la pequenez de los proyectiles se halla compensada por la infinidad del número y por la velocidad. Uniendo este impulso a la atracción ejercida sobre la otra cara, puede obtenerse, con toda seguridad, un resultado satisfactorio.

– El bólido no se mueve, sin embargo —objetó Monsieur Lecoeur.

– Ya se moverá —afirmó tranquilamente Zephyrin Xirdal—. Un poco de paciencia. Por añadidura, he aquí lo que va a apresurar las cosas. Con este tercer reflector expido yo otros obuses atómicos dirigidos, no sobre el bólido mismo, sino sobre el terreno que le sostiene del lado del mar. Va usted a ver cómo ese terreno se disgrega poco a poco, y ayudado por la gravedad, el bólido se deslizará por la pendiente.

Zephyrin Xirdal metió de nuevo su mano en el interior de la máquina; la tercera ampolla comenzó a girar.

– Mire usted bien, tío; creo que nos vamos a reír un poco.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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