César Cascabel · Parte 3
CAPÍTULO I
EN EL ESTRECHO DE BEHRING
s el canal o estrecho de Behring un pa
Eso bastante angosto, por el que se une el mar de este nombre con el océano Ártico. Dispuesto como el estrecho del Paso de Calais, entre la Mancha o Manga y el mar del Norte, tiene la misma orientación, en un ancho triple. Si no se cuenta más que de treinta y cinco a cuarenta kilómetros desde el cabo Gris-Nez, de la costa francesa, hasta el South-Foveland, de la costa inglesa, unos cien kilómetros largos separan a Numana de Port Clarence. Después de haber hecho su última parada en América, la Belle Roulotte se encaminaba hacia el puerto de Numana, punto más próximo del litoral asiático.
Sin duda un itinerario que hubiese cortado oblicuamente el estrecho de Behring, hubiera permitido a César Cascabel recorrer por un paralelo menos elevado, y sensiblemente por debajo del círculo polar. En este caso, la dirección debiera haber sido al Sudoeste, dirigiéndose hacia la isla San Lorenzo, bastante importante, y habitada por numerosas tribus de esquimales, no menos hospitalarios que los indígenas de Port Clarence. Después, más allá del golfo de Añadir, la compañía Cascabel hubiera doblado el cabo Navarin para aventurarse a través de los territorios de la Siberia meridional. Pero esto hubiera sido prolongar la parte del viaje que se hacía por mar, o, mejor, sobre la superficie de un icefield, y, por consiguiente, exponerse en mayor trayecto a los peligros que ofrecen estos campos de hielo. Se comprende que la familia Cascabel debía tener deseos de encontrarse en tierra firme. Convenía, pues, no modificar en nada las disposiciones del primer acuerdo, que consistía, en marchar hacia Numana, reservándose rodear el islote Diomedes, situado en medio del estrecho; islote tan sólido sobre su base de roca, como cualquier punto del Continente.
Si el señor Sergio hubiera tenido un bu que, a bordo del cual la pequeña caravana se hubiese embarcado con todo el material, el itinerario seguido habría sido diferente. Al dejar Port Clarence, el barco se hubiera hecho a la vela hacia el sur de la isla de Behring, sitio de invernada muy frecuentado por las focas v otros mamíferos marinos; desde allí hubiera alcanzado uno de los puertos de Kamchatka, y quizá el mismo Petropavlosk, capital de este gobierno. Pero, a falta de buque, era mejor tomar el camino más corto, a fin de entrar cuanto antes en el Continente asiático.
El estrecho de Behring no ofrece grandes profundidades. A consecuencia de los fenómenos geológicos que han sido observados desde el período glacial, podría llegar un día no muy lejano, en que se verificase por este punto la unión de Asia y de América. Este sería el puente soñado por Cascabel, o, más exactamente, un paso practicable para los viajeros. Pero, aunque muy útil para éstos, sería extremadamente perjudicial para los navegantes, y especialmente para los balleneros, puesto que les cerraría el paso a los mares árticos. Sería necesario entonces que algún futuro Lesseps cortase este istmo, restableciendo las cosas en su estado primitivo. Quizás a los descendientes de nuestros bisnietos les convenga preocuparse de esta eventualidad.
Sondeando las diversas partes del estrecho, han podido afirmar los hidrógrafos que la mayor profundidad corresponde a la costa de Asia, cerca de la península de los Chukchis. Allí circula la corriente fría, bajando del Norte, mientras que la corriente cálida sube a través del paso menos helado, limítrofe de la costa americana.
Al norte de esta península, cerca de la isla de Koliutchin, en la bahía de este nombre, doce años más tarde, el navío de Nordenskiold, el Vega, después de haber descubierto el Paso del Nordeste, iba a quedar aprisionado por los hielos durante un período de nueve meses, desde el 26 de setiembre de 1878 al 15 de julio de 1879.
La familia Cascabel había, pues, partido con fecha 21 de octubre, en bastantes buenas condiciones. Hacía un frío vivo y seco. La tempestad de nieve se había calmado; el viento había disminuido en fuerza, cambiándose al Norte en un cuarto. El cielo aparecía teñido de un gris mate y uniforme. Apenas si se sentía el sol detrás del velo de brumas, que sus rayos, muy débiles por su oblicuidad, no llegaban a romper. AI mediodía, en el máximo de su altura, no se elevaba más que algunos grados por encima del horizonte del Sur. De común acuerdo, se había tomado una gran decisión antes de la partida de Port Clarence: no se debía marchar durante la obscuridad. Aquí y allá el icefield presentaría amplias hendiduras, y en la imposibilidad de evitarlas, no viéndolas, hubiera podido producirse una catástrofe. Se había, pues, convenido que cuando la mirada se limitase a un centenar de pasos solamente, la Belle Roulotte suspendería su marcha. Más valía tardar quince días en franquear los cien kilómetros del estrecho, que aventurarse a ciegas, cuando la claridad no fuera suficiente.
La nieve, que no había dejado de caer durante veinticuatro horas, formando una alfombra bastante espesa, se había cristalizado bajo la acción del frío. Esta capa hacía la marcha menos difícil en la superficie del icefield. Si no nevaba más durante la travesía del estrecho, todo iría bien. Sin embargo, era de temer que en el encuentro de las dos corrientes, fría y caliente, que chocan para tomar cada una un canal diferente, los témpanos de hielo, interrumpidos en su deriva, se amontonaran unos sobre otros. En este caso, el camino se prolongaría por algunos rodeos.
Se ha dicho ya que Cornelia, Kayette y Napoleona habían subido al carruaje. A fin de aligerarlo tanto como fuera posible, los hombres harían el trayecto a pie.
Según el orden de marcha adoptado, Juan iría a la descubierta con el objeto de reconocer el estado del icefield; podían fiarse de él. Iba provisto de una brújula, y si bien le sería posible tomar puntos exactos de referencia, se dirigiría hacia el Oeste con la precisión suficiente.
A la cabeza del tiro marchaba Clou, dispuesto a sostener o a levantar a Vermout y Gladiador si daban un mal paso; pero la solidez de sus piernas estaba asegurada por las herraduras de clavos comunes de sus cascos. Por otra parte, esta unida superficie no presentaba ninguna aspereza con la cual pudieran tropezar.
Cerca del coche marchaban hablando el señor Sergio y César Cascabel, con los anteojos puestos, y bien cncapuchados como sus compañeros
En cuanto al joven Sandre, hubiera sido poco acertado señalarle un lugar en el coche, pues no hubiera podido estar quieto en él.
Iba, venía, corría, saltaba como los dos perros, y se daba el placer de pegar buenos resbalones. Sin embargo, su padre no le había permitido calzar las raquetas esquimales, y esto le disgustaba.
– Con estos patines –aseguraba– se hubiera atravesado el estrecho en algunas horas.
– ¿Y para qué –repuso, al fin, su padre–, si nuestros caballos no saben patinar?
– ¡Será necesario que les enseñe! –declaró el pilluelo, dando una voltereta.
Entretanto, Cornelia, Kayette y Napoleona se ocupaban de la cocina, y un ligero humo de buen agüero salía de la pequeña chimenea de fundición. Si no sufrían el frío en el interior de los departamentos herméticamente cerrados, era necesario pensar en los que estaban fuera, por lo que tenían siempre dispuestas algunas tazas de té caliente, adicionadas con el aguardiente ruso, el vodka, capaz de resucitar a un muerto.
El alimento de los caballos estaba asegurado por medio de los haces de hierba seca suministrados por los esquimales de Port Clarence. Bastarla para la travesía del estrecho. Wagram y Marengo tenían en abundancia carne de danta, con la que se mostraban satisfechos.
Además, el icefield no estaba tan desprovisto de caza como se pudiera creer.
Los dos perros levantaban a la carrera millares de ptarmigans, urías y otros volátiles especiales de las regiones polares. Estos volátiles, condimentados con cuidado y desprovistos de su gusto aceitoso, podían todavía suministrar un manjar aceptable. Pero como hubiera sido inútil cazarlos, puesto que la despensa de Cornelia estaba ampliamente provista, se decidió que las carabinas del señor Sergio y de Juan quedaran en reposo durante el viaje de Port Clarence a Numana.
En cuanto a los anfibios, focas y demás mamíferos marinos, muy numerosos en estos parajes, no se vio ni uno solo durante las primeras horas del viaje.
Si bien la partida se había hecho alegremente, Cascabel y sus compañeros no tardaron en sentir la indefinible impresión de tristeza que se desprende de estas llanuras sin horizonte, de estas superficies blancas hasta perderse de vista. Hacia las once no se divisaban ya más que las altas rocas de Port Clarence, los vértices del cabo del Príncipe de Gales, desvanecidos por un velo de lejanos vapores. Ningún objeto hubiera sido visible a la distancia de un par de kilómetros, y, por consiguiente, mucho tiempo había de pasar antes que se pudieran ver las alturas del cabo Oriental, en la península de los Chukchis. Estas alturas, sin embargo, hubiesen dado un excelente punto de referencia, por el que los viajeros se hubieran podido guiar.
El islote Diomedes, situado casi en medio del estrecho, no está dominado por ninguna prominencia rocosa. Como su masa se eleva poco sobre el nivel del mar, no se le reconocería más que en el momento en que las ruedas crujiesen sobre su suelo de roca, aplastando la capa de nieve. En suma, Juan dirigió sin trabajo la Belle Roulotte con la brújula en la mano, y si bien no iba deprisa, avanzaba al menos con completa seguridad.
Por el camino, el conde ruso y César Cascabel hablaban de la situación presente. La travesía del estrecho, que había parecido tan sencilla antes de la partida, y que no lo parecería menos después de la llegada, no dejaba de presentarse peligrosa ahora que estaban comprometidos en ella.
– Sin embargo, es bastante fuerte lo que hemos intentado –observó Cascabel.
– Sin duda –convino el señor Sergio–. Franquear el estrecho de Behring con un pesado carruaje, es una idea que no se le ocurriría a todo el mundo.
– ¡Lo creo, señor Sergio! ¿Qué queréis? Cuando se le pone a uno en la cabeza volver al país, no hay nada que le detenga. ¡Ah! Si no se tratase más que de marchar durante millares de kilómetros a través del Far West o de Siberia, no me asustaría... ¡Se marcha sobre un terreno sólido, que no se ha de entreabrir bajo los pies...! Mientras que cien kilómetros de mar helado, llevando un tiro, un material y todo lo que va dentro... ¡Diantre! ¡Quisiera haberlo hecho ya...! ¡Habríamos acabado con lo más difícil, o, por lo menos, con lo más peligroso del viaje!
– En efecto, querido Cascabel; sobre todo si la Belle Roulotte, ya más allá del estrecho, puede alcanzar rápidamente los territorios de la Siberia meridional. Tratar de seguir el litoral durante los grandes fríos del invierno, sería muy imprudente. Por consecuencia, cuando estemos en Numana será necesario cortar hacia el Sudoeste, con el fin de escoger un buen sitio de invernada en algún pueblecillo.
– ¡Eso es lo que haremos! Pero vos debéis conocer el país, señor Sergio.
– No conozco más que la parte comprendida entre Yakutsk y Ojotsk, por haberla atravesado después de mi evasión. En cuanto al camino que va de la frontera de Europa a Yakutsk, no me acuerdo más que de las terribles fatigas que oprimieron noche y día a los convoyes de los prisioneros. ¡Qué sufrimientos...! ¡No los desearía ni para mi más mortal enemigo!
– Y decidme, señor Sergio, ¿habéis perdido toda esperanza de volver a entrar en vuestro país con completa libertad? ¿Creéis que el Gobierno no os lo permitirá...?
– Es necesario, para eso –respondió el noble ruso, –que el zar proclame una amnistía que se extienda al conde Narkin como a todos los patriotas condenados con él. ¿Se presentarán circunstancias políticas tales que hagan posible esta determinación...? ¡Nadie puede decirlo, mi querido Cascabel!
– ¡Es triste vivir en vilo...! Parece que se ha sido arrojado de su propia casa.
– ¡No podéis comprenderlo! ¡Lejos de todo lo que se ama...! Y mi padre, tan anciano..., ¡cómo quisiera volverle a ver...!
– ¡Lo conseguiréis, señor Sergio! Creed en un viejo corredor de ferias, que a veces predice el porvenir echando la buenaventura. Haréis vuestra entrada en Perm con nosotros... ¡Qué!
¿No pertenecéis a la compañía Cascabel...? Será necesario que os enseñe algunas suertes de escamoteo; esto puede servir en ocasiones; sin contar que burlaremos a la Policía moscovita pasando por delante de sus narices.
Y César Cascabel no pudo contener la risa. ¡Figurábase al conde Narkin, un gran señor ruso, levantando pesos, haciendo de malabarista con las botellas, rebajándose a desempeñar el papel de payaso!
Hacia las tres de la tarde la Belle Roulotte se detuvo.
Aunque no era de noche todavía, una espesa bruma reducía el campo visual.
Así es que después de haber vuelto hacia atrás, Juan aconsejó la parada. Marchar en estas condiciones parecía extremadamente arriesgado.
Por otra parte, como lo había previsto el conde Narkin, en esta parte del estrecho, recorrida por ¡a corriente del canal del Este, el icefield presentaba asperezas, desigualdades en los témpanos y hendiduras bajo la nieve. El vehículo experimentaba violentas sacudidas. Los caballos tropezaban casi de continuo. Medio día de marcha había bastado para ocasionarles grandes fatigas.
En suma, eran diez kilómetros más los que había franqueado la pequeña caravana en esta primera etapa.
Cuando el tiro se paró, Cornelia y Napoleona bajaron, tapadas cuidadosamente desde los pies a la cabeza, por el brusco cambio de una temperatura de diez grados bajo cero. En cuanto a Kayette, acostumbrada a la crudeza de los inviernos alaskianos, no había pensado siquiera en envolverse en calientes pieles.
– Es necesario que te abrigues más –le dijo Juan. –¿Quieres pescar un resfriado?
– ¡Oh! No temo al frío –aseguró la muchacha–. Estoy acostumbrada a él en el valle del Yukón.
– No importa, Kayette.
– Juan tiene razón –terció Cascabel, interviniendo–. Ve a envolverte en una buena manta, mi pequeña codorniz. Por otra parte, te prevengo que, si coges un resfriado, yo me encargo de curarte, y eso será terrible... Llegaría, si fuera necesario, hasta a cortarte la cabeza para impedirte estornudar.
Ante semejante amenaza, la joven india no tenía más que obedecer, y esto fue lo que hizo.
Luego, se ocuparon del campamento.
Esto fue muy sencillo. No había madera que cortar en el bosque, ni hoguera que encender, porque faltaba el combustible, ni aun hierba que recoger para la comida de los animales. La Belle Roulotte estaba allí ofreciendo a los huéspedes su comodidad habitual, su buena temperatura, sus camas hechas, su mesa servida, su hospitalidad permanente.
No fue necesario más que proveer de alimentos a Vermout y Gladiador, con un puñado de forraje traído de Port Clarence. Hecho esto, se envolvió a los dos caballos en espesas mantas, y no tuvieron más que descansar hasta el día siguiente. El papagayo en su jaula y el mono en su cesto, no fueron olvidados, como tampoco los dos perros, que comían con verdadera glotonería la carne seca destinada para su alimento.
Por último, después de haber cuidado de los animales, el señor Sergio y sus compañeros cenaron, o, lo que es más justo, visto lo poco avanzado de la hora, comieron con buen apetito.
– ¡Eh...! ¡Eh...! –exclamó Cascabel–. Esta será quizá la primera vez que los franceses hacen una comida tan bien servida en medio del estrecho de Behring.
– Es lo probable –admitió el señor Sergio--. Pero antes de tres o cuatro días creo que podremos sentarnos a la mesa, en tierra firme esta vez.
– ¿En Numana? –preguntó Cornelia.
– No, sobre el islote Diomedes, donde permaneceremos uno o dos días. Nuestro tiro va tan despacio, que será necesario una semana por lo menos para llegar al litoral asiático.
Acabada la comida, aunque no eran más que las cinco de la tarde, nadie rehusó el marcharse a descansar. Toda una noche de estar extendido bajo las mantas de una buena cama, no era de despreciar después de tan costosa marcha a través de un campo de hielo. César Cascabel no creyó necesario velar por la seguridad del campamento. No había que temer malos encuentros en semejante desierto. Por otra parte, los perros harían buena guardia y descubrirían a los merodeadores, si los había, que se aproximasen a la Belle Roulotte.
Sin embargo, al poco rato, el señor Sergio se levantó con el fin de observar el estado del icefield, que un brusco cambio de temperatura podía siempre modificar; ésta era la más grave de sus preocupaciones. En nada había cambiado el tiempo, y una leve brisa del Nordeste corría por la superficie del estrecho.
Al día siguiente, el viaje se verificó en las mismas condiciones. No hubo dificultades, propiamente hablando. Solamente el cansancio Se hicieron quince o dieciséis kilómetros de camino hasta la hora del descanso, y se tomaron iguales disposiciones que la víspera.
Al día siguiente, que era el 25 de octubre, no fue posible partir antes de las nueve de la mañana, y aun en este momento apenas si era de día.
El señor Sergio anunció que el frío era menos intenso. Algunas nubes se acumulaban en desorden hacia el horizonte del Sudeste.
El termómetro marcaba cierta tendencia a subir, y aquellos lugares empezaban a ser invadidos por presiones más suaves.
– ¡No me gusta esto, Juan! –dijo el noble ruso–. Mientras estemos sobre el icefield no debemos quejarnos de que el frío aumente. Desgraciadamente, el barómetro se pone a bajar con el viento que sopla del Poniente. Lo que más debemos temer es un alza en la temperatura. Mira bien el estado del icefield, Juan; no desprecies ningún indicio, y enseguida ven a avisarnos.
– ¡Confiad en mí, señor!
Evidentemente, a partir del mes siguiente hasta mediados de abril, las modificaciones que atemorizaban al señor Sergio no se hubieran podido producir. El invierno se declararía entonces francamente. Pero como había sido tardío este año, sus efectos se notaban por alternativas de fríos y deshielos, que podían dar origen a la dislocación parcial del campo de hielo. ¡Sí! Más hubiera valido sufrir temperaturas de 25 a 30 grados bajo cero durante la travesía del estrecho.
Se partió al mediodía. Los suaves rayos del sol, proyectados muy oblicuamente, no lograban atravesar la espesa capa de brumas. Además, el cielo empezaba a rayarse hasta el cenit de nubes bajas y largas, que el cielo empujaba rápidamente hacia el Norte.
Juan, a la cabeza, observaba con cuidado la capa de hielo, algo reblandecida desde la víspera, y que cedía a cada paso bajo los pies de los caballos. Sin embargo, pudieron hacerse aproximadamente dos leguas en esta etapa, y la noche se pasó sin ningún incidente.
Al día siguiente, 27, se partió a las diez. Grande fue la inquietud del conde ruso al observar un nuevo aumento en la temperatura; fenómeno verdaderamente anormal en aquella época del año y bajo aquella latitud.
Como hacía menos frío, Cornelia, Napoleona y Kayette quisieron marchar a pie. Calzadas con botas esquimales, caminaban bastante alegremente.
Todos habían ocultado sus ojos detrás de un par de anteojos indios, y se acostumbraban a mirar por la estrecha abertura practicada en la ojera. Esto excitaba la burla del revoltoso Sandre, que, lejos de estar cansado, saltaba como una cabra montes.
En realidad, el coche no avanzaba rápidamente. Sus ruedas se hundían profundamente en los montones de nieve, lo que se hacía muy penoso al tiro.
Cuando tropezaban con las tumescencias y aristas rugosas de los témpanos, se producían choques, sin poderlos evitar. A veces, enormes bloques, amontonados unos sobre otros, cortaban el camino y obligaban a dar grandes rodeos para salvarlos. Pero esto no era más que una prolongación del camino, y era preferible que estuviese cortado por tumescencias que por hendiduras. Por lo menos, la solidificación del icefield no estaba comprometida. Sin embargo, el termómetro continuaba subiendo y el barómetro bajando con lentitud regular. El señor Sergio sentíase cada vez más inquieto. Poco antes del mediodía, las mujeres volvieron al coche. La nieve se puso a caer en abundancia, en pequeños copos transparentes, como si hubieran estado a punto de resolverse en agua. Parecía una lluvia de pequeñas plumas blancas, producida por millares de pájaros que estuvieran sacudiéndose en el espacio.
César Cascabel ofreció al emigrado ruso abrigo en la Belle Roulotte, pero éste rehusó. Lo que soportaban sus compañeros, ¿no podía soportarlo también? Esta caída de la nieve, medio fundida, le disgustaba soberanamente; al liquidarse acabaría por originar la disgregación del icefield. Era necesario buscar refugio en la inquebrantable base del islote Diomedes.
Por tanto, la prudencia aconsejaba no avanzar sino con grandes precauciones. El señor Sergio decidió reunirse con Juan a un centenar de pasos por delante del tiro, mientras papá Cascabel y Clou permanecerían a la cabeza de los caballos, cuyo pie fallaba con frecuencia. Cualquier accidente que hubiera sufrido el vehículo, les obligaría a abandonarlo en pleno campo de hielo, lo que hubiera sido una pérdida irreparable.
El noble ruso, provisto de su lente, al mismo tiempo que marchaba cerca de Juan, trataba de escudriñar el horizonte del Oeste, oscurecido por los torbellinos. El campo de vista era extremadamente limitado. Se marchaba al azar, y seguramente hubiera dado la señal de alto si la solidez del campo le hubiera parecido gravemente alterada.
– Cueste lo que cueste –dijo–, es preciso que hoy mismo lleguemos al islote Diomedes, donde nos veremos obligados a permanecer hasta la próxima vuelta del frío.
– ¿A qué distancia creéis que estamos todavía? –preguntó Juan.
– A unos diez kilómetros escasos, Juan. Puesto que nos quedan todavía dos horas de día, mejor dicho, de esta semiclaridad que nos permite marchar en su dirección, hagamos todos los esfuerzos posibles para llegar antes de que la oscuridad sea completa.
– Señor Sergio, ¿queréis que me adelante con el fin de reconocer la posición del islote?
– ¡No, Juan, no! Podrías perderte en medio de esta tormenta, y sería una nueva complicación... Tratemos de guiarnos por la brújula, porque si pasamos el islote Diomedes por el Norte o por el Sur, no sé lo que será de nosotros...
– ¿Oís, señor? –dijo de pronto Juan, que acababa de agacharse.
El señor Sergio le imitó, y pudo convencerse de que sordos crujidos, semejantes al ruido del vidrio cuando se rompe, corrían a través del icefield. ¿Era éste el indicio de un deshielo, o, por lo menos, de una disgregación parcial? Sin embargo, ninguna cortadura se veía sobre la superficie, tan lejos como podía extenderse la vista. La situación era extremadamente peligrosa. El pasar los viajeros la noche en estas condiciones era exponerse a ser víctimas de alguna catástrofe. El islote Diomedes era el único refugio que se les ofrecía, y había necesidad de alcanzarle a toda costa. ¡Cuánto sentía el señor Sergio no haberse quedado algunos días más en Port Clarence!
Juan y él volvieron al tiro, y comunicaron a César Cascabel la difícil situación en que se hallaban. No había para qué darla a conocer a las mujeres. Hubiera sido asustarlas inútilmente. Se decidió, pues, dejarlas en el coche, y cada cual se agarró a las ruedas con el objeto de aliviar a los extenuados caballos, medio muertos y sudando a pesar de las ráfagas.
Hacia las dos, la caída de la nieve disminuyó notablemente. Se redujo bien pronto a algunos copos sueltos que la brisa arremolinaba en el aire. Entonces fue más fácil conservar una dirección fija. Se empujó vigorosamente al tiro. El señor Sergio estaba resuelto a no pararse hasta que la Belle Roulotte reposase sobre las rocas del islote Diomedes.
Según sus cálculos, éste no debería estar más que a unos tres kilómetros, v dando un buen empujón, bastaría quizás una hora para pisar la arena.
Por desgracia, la claridad, ya tan dudosa, no tardó en debilitarse hasta el punto de reducirse a una vaga reverberación. ¿Estaban, o no, en buen camino? ¿Era necesario continuar marchando en ese sentido? ¿Cómo comprobarlo?
En aquel momento los dos perros dejaron oír vivos ladridos. ¿Señalaban la proximidad de un peligro? ¿No habrían olfateado alguna banda de esquimales o de Chukchis, de paso a través del estrecho? En este caso el señor Sergio reclamaría los servicios de estos indígenas, y por lo menos sabría fijamente la posición del islote.
Sin embargo, una de las ventanillas del coche acababa de abrirse, y se oyó a Cornelia preguntar por qué Wagram y Marengo ladraban de aquella manera.
Se le respondió que no se sabía todavía, pero que no había por qué alarmarse.
– ¿Es necesario que bajemos? –añadió
– ¡No, Cornelia! –respondió Cascabel–. ¡Estáis bien donde estáis...! ¡No os mováis de aquí!
– Pero..., ¿y si los perros han sentido la presencia de algún animal..., un oso, por ejemplo?
– ¡Pues bien, ya nos lo dirán! Por si acaso, ¡tened dispuestos los fusiles! Sobre todo, prohibido bajar.
– Cerrad vuestra ventana, señora Cascabel – agregó el noble ruso–. ¡No hay un minuto que perder! ¡Vamos a ponernos en camino al instante!
El tiro, que se había parado a los primeros ladridos de los perros, volvió a continuar su penosa marcha.
Durante media hora la Belle Roulotte pudo avanzar más deprisa, porque la superficie del icefield era menos rugosa.
Los caballos, verdaderamente fatigados, con la cabeza baja y los corvejones extendidos, tiraban valerosamente. Se veía que éste era el último esfuerzo, y que no tardarían en abatirse si tal esfuerzo se prolongaba.
Apenas se veía. Lo que quedaba de luz difusa a través del espacio, parecía más bien proceder de la superficie del campo que de la claridad de las altas zonas.
Los dos perros no cesaban de ladrar, corriendo hacia delante, parándose para olfatear el aire, con la cola recta e inmóvil, y volviendo después junto al tiro.
– Ocurre seguramente algo extraordinario – hizo observar papá Cascabel.
– ¡El islote Diomedes! –gritó Juan.
Y mostraba un conjunto de rocas que se percibían confusamente a algunos centenares de pasos hacia el Oeste.
Lo que le daba la razón a Juan era que este montón estaba sembrado de puntos negros, cuyo color resaltaba vivamente sobre el blanco de los témpanos.
– En efecto, debe de ser el islote –dijo el señor Sergio.
– ¡O es ilusión, o veo moverse aquellos puntos negros! –exclamó César Cascabel.
– ¿Moverse...?
– Sí.
– Sí; sin duda, son algunos millares de focas que han buscado refugio en el islote...
– ¿Algunos millares? –saltó Cascabel.
– ¡Ah, señor patrón! –exclamó Clou de Girofle–. ¡Qué fortunón, si pudiéramos cogerlas para enseñarlas en la feria!
– Y si todas dijeran «¡Papá!» –añadió Sandre.
¡En verdad que éste era el grito del corazón de un joven saltimbanqui!