César Cascabel · Parte 2
CAPÍTULO VII
ADIÓS AL NUEVO CONTINENTE
a sólo era menester poner en ejecución Y el plan convenido para encaminarse a Europa.
Bien considerado, este plan ofrecía probabilidades de éxito. Puesto que los azares de su vida errante forzaban a la familia Cascabel a atravesar Rusia, pasando precisamente por el gobierno de Perm, el conde Sergio Narkin no podía hacer nada mejor que sumarse a ella para el resto del viaje.
¿Cómo suponer que el condenado político, el evadido de Yakutsk, se encontraba entre los miembros de una compañía de saltimbanquis?
Si no se cometía ninguna indiscreción, el éxito estaba asegurado, y, llegado a Perm, después de haber visto al príncipe Wassili Narkin, el señor Sergio obraría como mejor conviniese a sus intereses. Puesto que había franqueado el Asia sin dejar tras él ninguna huella a la que la Policía pudiera agarrarse, decidiría según las circunstancias.
Verdad es que si, contra toda posibilidad, era reconocido a su paso por Siberia, esto podía tener terribles consecuencias para él, y también para la familia; pero ni César Cascabel ni su esposa querían tener en cuenta este peligro, y si hubieran consultado a sus hijos sobre este asunto, éstos habrían aprobado su conducta.
Pero el secreto del conde Narkin debía ser guardado con severidad, y únicamente el señor Sergio continuaría siendo su compañero de viaje.
Más tarde, el conde Narkin sabría reconocer la abnegación de aquellos honrados franceses, por más que papá Cascabel no ambicionase otra recompensa que el placer de haberle obligado a irse con ellos, burlando al propio tiempo a la policía moscovita.
Por desgracia, lo que ni el uno ni el otro podían imaginarse, era que su plan iba a verse gravemente comprometido desde el principio.
AI desembarcar en la otra orilla del estrecho, iban a verse expuestos a los mayores peligros, y detenidos, sin duda, por los agentes de Siberia.
En efecto, la mañana misma del día en que habían formado este proyecto, dos hombres hablaban, paseándose por la extremidad del puerto, en un sitio en que nadie podía escuchar su conversación.
Estos eran los dos agentes de que ya hemos hablado, y a quienes la presencia del ruso entre los huéspedes de la Belle Roulotte había, sorprendido y llamado la atención.
Establecidos en Sitka desde hacía muchos años, y encargados de la vigilancia de la provincia desde el punto de vista político, su deber, según sabemos, consistía en observar los movimientos de los refugiados en los alrededores de la frontera columbiana, en señalarlos al gobernador de Alaska y arrestar a los que intentaran franquearla.
Lo grave era que, si bien no conocían personalmente al conde Narkin, poseían su filiación, que les había sido dada en la época en que el prisionero se fugó de la ciudadela de Yakutsk.
Desde la llegada de César Cascabel a Port
Clarence, quedaron sorprendidos viendo aquel ruso que no tenía ni la facha ni las maneras de un artista ambulante.
¿Por qué se encontraba entre aquella compañía de titiriteros que, después de salir de Sacramento, seguía un itinerario tan extraño para volver a Europa?
Una vez despertadas sus sospechas, se informaron, observaron diestramente para no llamar la atención, y, aplicando al supuesto señor Sergio la filiación que correspondía al conde Narkin, sus dudas se cambiaron en certidumbre.
– ¡Sí, es el conde Narkin! –decía uno de los agentes–. Sin duda rondaba por la frontera de Alaska esperando a que se hiciese la anexión, cuando se ha encontrado con esa familia de titiriteros que le ha socorrido, y ahora se dispone a pasar a Siberia con ella.
Nada más exacto, como sabemos, y si el conde Narkin no había tenido, desde luego, el proyecto de aventurarse más allá de Port Clarence, los dos agentes no experimentaron ninguna sorpresa cuando supieron que se había decidido a seguir a la Belle Roulotte al otro lado del estrecho.
– Es una suerte para nosotros el que se haya decidido –afirmó el segundo agente–. Si el conde se hubiese quedado aquí, es decir, en territorio americano, no hubiéramos tenido el derecho de detenerle...
– Mientras que en el momento en que ponga el pie en la otra orilla del estrecho, se encontrará en territorio ruso, y no podrá escaparse si nos encontramos allí para recibirle.
– He aquí una detención que nos proporcionará honra y provecho –replicó el otro agente–. Un verdadero golpe maestro para nuestra entrada. Pero, ¿cómo nos arreglaremos?
– Nada más sencillo. La familia Cascabel no tardará en partir; y como tomará el camino más corto, no es dudoso que se dirigirá al puerto de Numana. Pues bien, si nosotros llegamos antes o al mismo tiempo que el conde Narkin, no tendremos más que echarle mano.
– Sea; pero preferiría adelantarle a fin de advertir a la policía del litoral para que nos ayude en caso necesario.
– Lo haremos, si es posible. Estos saltimbanquis se verán precisados a esperar que el hielo sea bastante sólido para aguantar su carruaje, mientras que a nosotros nos será fácil tomar la delantera. Quedémonos en Port Clarence y continuemos observando al conde Narkin sin que pueda sospecharlo. Si debe desconfiar de los funcionarios rusos que abandonan Alaska para volver a Europa, no puede figurarse que le hemos reconocido. Partirá, le arrestaremos en Numana, y no tendremos más que conducirle con nueva escolta a Petropavlosk o a Yakutsk...
– ¿Y si los titiriteros quieren defenderle? – observó el otro agente.
– Les costará caro por haber favorecido la entrada en Rusia de un evadido político.
Este plan, tan sencillamente concebido, debía dar su resultado, puesto que el conde Narkin ignoraba que había sido reconocido, y la familia Cascabel no podía figurarse que fuese objeto de una vigilancia especial
De manera que aquel viaje tan felizmente comenzado, amenazaba concluir mal para el señor Sergio y sus compañeros, que, mientras se tramaba aquella maquinación, no tenían otro pensamiento que dirigirse juntos hacia Rusia.
¡Qué alegría experimentaban todos, y particularmente Juan y Kayette!
Inútil es decir que los dos agentes habían guardado para sí el secreto que iban a explotar. Nadie en Port Clarence hubiera podido imaginarse que entre los huéspedes de la Belle Roulotte hubiese un personaje de la importancia del conde Sergio Narkin.
Aún no había podido fijarse definitivamente el día de la partida. Seguíanse con extrema impaciencia las modificaciones de aquella temperatura verdaderamente anormal, y, como decía papá Cascabel, jamás había deseado tan vivamente que hiciese un frío capaz de rajar las peñas.
Sin embargo, importaba mucho estar al otro lado del estrecho antes de que el invierno hubiese tomado definitivamente posesión de aquellos parajes; y como no estaría en todo su rigor hasta las primeras semanas de noviembre, la Belle Roulotte tendría tiempo de llegar a los territorios meridionales de Siberia. Allí, en cualquier aldea, se aguardaría la estación favorable para dirigirse a los montes Urales.
En estas condiciones, Vermout y Gladiador podrían, sin fatigarse mucho, bastar para la travesía de las estepas. La familia Cascabel llegaría demasiado pronto para tomar parte en la feria de Perm, es decir, en julio del año próximo.
¡Y siempre aquel desfile de témpanos que seguían subiendo hacia el Norte, arrastrados por la corriente cálida del Pacífico! ¡Siempre una flotilla de icebergs que derivaban entre las orillas del estrecho, en lugar de un inmóvil y sólido icefield!
El día 13 de octubre, observóse cierta disminución en la deriva. Probablemente se había acumulado hacia el Norte una gran porción de témpanos que se oponían a su marcha. En efecto, en los últimos límites del horizonte aparecía una línea continua de vértices blancos que indicaba la congelación total del mar ártico. La pálida reverberación del hielo llenaba el espacio, y la solidificación completa no tardaría en efectuarse.
Entretanto, el señor Sergio y Juan consultaban a los pescadores de Port Clarence. Ya habían creído varias veces que podía intentarse el paso; pero los marinos, que «conocían bien su estrecho», habían aconsejado esperar.
– No os apresuréis –decían–. ¡Dejad hacer al frío...! Aún no es bastante vivo para formar el icefield... Y, además, aunque el mar esté bien congelado en esta parte del estrecho, nada prueba que lo esté del otro lado, sobre todo en los sitios del islote de Diomedes.
– El invierno no es precoz este año – observó el señor Sergio un día a un viejo pescador.
– Sí, se retarda –confirmó este hombre–. Razón de más para no aventurarse antes de estar seguro de que es posible el paso. Y luego hay que contar con que vuestro carruaje es más pesado que un hombre, lo que exige mucha más solidez. Dejad que caiga una buena capa de nieve que nivele todos los témpanos, y entonces podréis marchar como sobre una carretera. Además, en poco tiempo ganaréis lo perdido sin exponeros a naufragar en el centro del estrecho.
Había que rendirse a estas razones, que procedían de gentes sumamente prácticas. Por lo cual el conde ruso procuraba calmar a César Cascabel, que era el más impaciente de toda la compañía. Lo importante, sobre todo, era no comprometerse por cualquier imprudencia que hubiera dado al traste con el viaje y con los viajeros.
– Vamos –le decía–, ¡un poco más de calma! Vuestra Belle Roulotte no es ningún barco, y si fuese sorprendida por una dislocación de los hielos, se iría irremisiblemente al fondo. La familia Cascabel no tiene necesidad de aumentar su celebridad yendo a zambullirse en las aguas del estrecho de Behring.
– ¿Se aumentaría por eso? –replicó, sonriendo, el glorioso Cascabel.
Cornelia intervino, diciendo que esperaba no se cometería ninguna imprudencia.
– ¡Pero si la prisa que tenemos es por vos, señor Sergio! –exclamó Cascabel.
– Desde luego, ya lo sé; pero ésta no es razón para que yo la tenga por vosotros – respondió el conde Narkin.
A pesar de la impaciencia general, Juan y Kayette no encontraban largos los días. Juan continuaba instruyendo a Kayette, que ya comprendía y hablaba con facilidad el francés. Entre ellos no existían dificultades para entenderse. Y luego, ¡se encontraba Kayette tan feliz entre aquella familia! ¡Tan dichosa al lado de Juan, que la rodeaba de tantos cuidados!
Decididamente, hubiera sido preciso que los esposos Cascabel estuviesen ciegos para no reconocer qué sentimientos inspiraba la india a su hijo. Así es que comenzaron a inquietarse. Sabían quién era el señor Sergio y lo que Kayette sería algún día.
Ya no era la pobre india que iba a mendigar a Sitka un miserable puesto de criada; era la hija adoptiva del conde Narkin, y a Juan se le preparaban grandes pesares para el porvenir.
– A fin de cuentas –observó un día papá Cascabel–, el conde tiene ojos para ver, y bien ve el viento que sopla. Y si nada dice, Cornelia, nosotros nada tenemos que decir.
Una noche Juan preguntó a la joven:
– ¿Estás contenta con ir a Europa, Kayette?
– ¿A Europa...? Sí –respondió–. ¡Pero lo estaría mucho más si fuese a Francia!
– Tienes razón. ¡Es un hermoso país el nuestro, y un buen país! Si llegara a ser el tuyo algún día, ¿estarías contenta?
– Lo estaría en cualquier parte donde estuviese tu familia, Juan, y mi mayor deseo sería el no separarme nunca de vosotros.
– ¡Mi querida Kayette!
– ¿Está muy lejos Francia?
– Todo está lejos, Kayette, cuando se tiene prisa por llegar. Pero tarde o temprano llegaremos; ¡tal vez demasiado pronto!
– ¿Por qué, Juan?
– ¡Porque tú te quedarás en Rusia con el señor Sergio! Si aquí no nos separamos, tendremos que hacerlo más allá. El señor Sergio te guardará a su lado, hará de ti una hermosa joven... ¡Y no volveremos a verte!
– ¿Por qué dices eso, Juan? El señor Sergio es bueno, es agradecido... No soy yo quien le ha salvado; sois vosotros, claro que vosotros. Si no hubieseis estado allí, ¿qué hubiera yo podido hacer por él? Si vive, a tu madre, a vosotros es a quien lo debe. ¿Piensas que el señor Sergio lo puede olvidar? ¿Por qué quieres, Juan, por qué quieres, si nos separamos, que sea para siempre?
– ¡Querida Kayette..., yo no lo quiero! – respondió Juan, que no podía contener su emoción–. Pero, ¡tengo miedo! ¡No volverte a ver, Kayette! ¡Si tú supieras cuan desgraciado sería! ¡Además, no es sólo verte lo que yo hubiera querido...! ¡Ah! ¿Por qué mi familia no habría de bastarte, puesto que no tienes padres? ¡Los míos te aman tanto...!
– No más de lo que yo les amo, Juan.
– Y también mi hermano y mi hermana. ¡Yo esperaba que hubieran sido una hermana y un hermano para ti!
– Lo serán siempre... ¿Y tú, Juan?
– Yo..., yo también..., Kayette... Sí, un hermano..., pero más solícito..., más amante...
Y Juan no continuó. Había cogido una mano de Kayette, y la apretaba entre las suyas... Luego escapó, no queriendo decir más. Kayette, conmovida, sentía latir su corazón apresuradamente, mientras una lágrima se escapaba de sus ojos.
El 15 de octubre, los miembros de Port Clarence advirtieron al señor Sergio que podía prepararse para la partida. El frío había aumentado hacía algunos días; la temperatura media rondaba siempre los 10° centígrados bajo cero.
El icefield parecía estar completamente inmóvil.
Ya no se oían aquellos significativos chasquidos que se producen cuando la cimentación no ha terminado aún.
Era probable que no tardaran en ver llegar algunos de aquellos indígenas asiáticos que atraviesan el estrecho durante el invierno y hacen cierto comercio entre Numana y Port Clarence. A veces, aquél es un camino bastante frecuentado. No es raro que algunos trineos, tirados por renos o por perros, se dirijan de un continente a otro, empleando dos o tres días en recorrer los cien kilómetros largos que separan ambas orillas entre los puntos más próximos del estrecho.
Hay, pues, un paso natural que se abre al principio y termina a la conclusión del invierno, es decir, practicable durante más de seis meses. Sólo es preciso no partir ni demasiado pronto ni demasiado tarde, a fin de evitar las espantosas catástrofes que resultarían de una dislocación del campo de hielo.
En previsión del viaje a través de los territorios siberianos hasta el día en que la Belle Roulotte se detuviera para invernar, el señor Sergio había adquirido en Port Clarence diversos objetos indispensables a una marcha durante los grandes fríos, entre otros, varios pares de raquetas que calzan los indígenas a guisa de patines, y que les permiten recorrer rápidamente vastos espacios.
No hacía falta a los hijos de un saltimbanqui un largo aprendizaje para servirse de ellos. En algunos días, Juan y Sandre habían llegado a ser hábiles patinadores, ejercitándose en los remansos solidificados que había a lo largo de la orilla.
El conde ruso había completado también la colección de pieles comprada en el fuerte Yukón. No se trataba únicamente de preservarse del frío vistiendo cálidas pieles; era preciso guarnecer interiormente los departamentos de la Belle Roulotte, cubrir las camas, tapizar las paredes y el piso, a fin de mantener el calor desarrollado por la estufa de la cocina.
Además, una vez atravesado el estrecho, el buen Cascabel contaba con pasar los meses más rigurosos del invierno en una de esas aldeas que nunca faltan en los distritos del Sur de la Siberia meridional.
Por fin, se fijó la partida para el día 21 de octubre.
Durante cuarenta y ocho horas, no cesó de caer la nieve de aquel cielo brumoso. Una extensa capa blanca hacía del vasto icefield una llanura uniforme. Los pescadores de Port Clarence afirmaban que la solidificación debía de extenderse de una a otra orilla. No tardaron en adquirir la prueba.
Algunos traficantes acababan de llegar del puerto de Numana, y su travesía se había efectuado sin obstáculos ni peligros.
Dos días antes de la fecha señalada para la partida, el señor Sergio supo que dos de los agentes rusos que se encontraban en Port Clarence no habían querido aguardar más tiempo para ganar el litoral siberiano, y habían partido aquella misma mañana con intención de detenerse en el islote Diomedes, para terminar al día siguiente el paso del estrecho.
Lo que hizo reflexionar lo siguiente a César Cascabel :
– He aquí dos individuos que se conoce tienen más prisa que nosotros. Bien hubieran podido esperarse un poco, ¡qué diablo!, y habríamos hecho el viaje en su compañía.
Después pensó que, sin duda, aquellos agentes habían temido retrasarse acompañando a la Belle Roulotte, que no podría marchar rápidamente sobre aquella capa de nieve.
En efecto, por más que Vermout y Gladiador estuviesen bien adiestrados, el pesado vehículo emplearía varios días en llegar a! litoral opuesto, teniendo en cuenta la parada que pensaban hacer en el islote Diomedes.
En realidad, si los dos agentes habían preferido adelantarse al conde Narkin, era con el objeto de tomar todas las medidas que estimaban necesarias para su detención.
La hora de la partida había sido fijada para el amanecer. Era preciso aprovecharse de las pocas horas de luz que el sol daba todavía. Al cabo de seis semanas, al llegar al solsticio del 21 de diciembre, una noche perpetua envolvería aquellas comarcas atravesadas por el círculo polar.
La víspera de la partida, un té ofrecido por los esposos Cascabel reunió, bajo un cobertizo dispuesto para aquella fiesta, a los notables de Port Clarence, funcionarios y pescadores, y también a varios jefes de familias esquimales que se interesaban vivamente por los viajeros.
La reunión fue muy alegre, y Clou de Girofle la entusiasmó con las truhanescas canciones de su repertorio. Cornelia había hecho un ponche caliente, en el cual, si había economizado el azúcar, no había escaseado el aguardiente. Aquella bebida fue aceptada con tanto mayor placer cuanto que los invitados, al volver a sus casas, iban a ser acometidos por un frío extremadamente vivo, uno de esos fríos que, durante ciertas noches de invierno, parecen caer de los últimos límites del espacio estrellado.
Los americanos bebieron por Francia; los franceses, por América.
Después se separaron tras haber cambiado fuertes apretones de manos con la familia Cascabel.
A la mañana siguiente, a las ocho, se engancharon los caballos. El mono John Bull había ocupado sitio en la baca, donde estaba sumergido hasta el hocico bajo las pieles, mientras que Wagram y Marengo trotaban alrededor de la Belle Roulotte. En el interior, Cornelia, Napoleona y Kayette se habían encerrado herméticamente, para entregarse a sus trabajos habituales. El señor Sergio, Cascabel, Juan, Sandre y Clou, los unos a la cabeza del tiro, y los otros yendo como exploradores, debían velar por la seguridad del vehículo.
Por fin se dio la señal de partida, que fue saludada por los hurras de la población de Port Clarence.
Un momento después, las ruedas de la Belle Roulotte hacían rechinar la capa de nieve del icefield.
El conde Narkin y la familia Cascabel acababan de abandonar definitivamente la tierra de América.