Capítulo XVII
¡En qué estado el doctor Johausen!
John Cort había encontrado en otro tiempo al doctor Johausen en Libreville. No podía equivocarse: era sin duda alguna dicho doctor quien reinaba sobre aquella tribu wagddiana.
Su historia, nada más fácil que resumir su comienzo en unas líneas, e incluso reconstruirla entera. Los hechos se encadenaban sin interrupción por aquel camino que iba de la jaula forestal al pueblo de Ngala.
Tres años antes, aquel alemán, deseoso de retomar la tentativa poco seria y, en todo caso, fracasada del profesor Garner, dejó Malimba con una escolta de negros, llevando consigo material, municiones y víveres para un tiempo bastante largo. Lo que pretendía hacer al este del Camerún, no se ignoraba. Había formado el inverosímil proyecto de establecerse entre los simios a fin de estudiar su lenguaje. Pero hacia qué lado contaba dirigirse, no se lo había confiado a nadie, siendo muy original, muy maniático y, por emplear una palabra que los franceses usan frecuentemente, medio chiflado.
Los descubrimientos de Khamis y sus compañeros durante su viaje de regreso probaban indubitablemente que el doctor había alcanzado en la selva el lugar por donde corría el río bautizado con su nombre por Max Huber. Había construido una balsa y, después de despedir a su escolta, se había embarcado en ella con un indígena que permaneció a su servicio. Luego, ambos descendieron el río hasta el pantano en cuyo extremo fue establecida la cabaña enrejada al abrigo de los árboles de la orilla derecha.
Ahí se detenían los datos ciertos relativos a las aventuras del doctor Johausen. En cuanto a lo que había seguido, las hipótesis se convertían ahora en certezas.
Se recordará que Khamis, al registrar la jaula vacía entonces, había puesto la mano sobre una cajita de latón que contenía un cuaderno de notas. Ahora bien, aquellas notas se reducían a unas líneas trazadas a lápiz, en diversas fechas, desde la del 27 de julio de 1894 hasta la del 24 de agosto del mismo año.
Quedaba, pues, demostrado que el doctor había desembarcado el 29 de julio, acabado su instalación el 13 de agosto, habitado su jaula hasta el 25 del mismo mes, o sea, en total, trece días completos.
¿Por qué la había abandonado? ¿Fue por voluntad propia? Evidentemente, no. Que los wagddis se aventuraban a veces hasta las orillas del río, Khamis, John Cort y Max Huber sabían a qué atenerse a ese respecto. Aquellos fuegos que iluminaban la linde de la selva a la llegada de la caravana, ¿no eran ellos quienes los paseaban de árbol en árbol? De ahí la conclusión de que aquellos primitivos descubrieron la cabaña del profesor, de que se apoderaron de su persona y de su material, de que todo fue transportado al pueblo aéreo.
En cuanto al criado indígena, se habría dado a la fuga sin duda a través de la selva. Si hubiese sido conducido a Ngala, John Cort, Max Huber y Khamis ya se lo habrían encontrado, puesto que no era rey y no habitaba la morada real. Además, habría figurado en la ceremonia de aquel día junto a su amo en calidad de dignatario, ¿y por qué no de primer ministro?
Así pues, los wagddis no habían tratado al doctor Johausen peor que a Khamis y a sus compañeros. Muy probablemente impresionados por su superioridad intelectual, lo habían convertido en su soberano, cosa que habría podido sucederle a John Cort o a Max Huber si la plaza no hubiese estado ya ocupada. De modo que, desde hacía tres años, el doctor Johausen, el padre Espejo —había sido él sin duda quien enseñó esta locución a sus súbditos— ocupaba el trono wagddiano bajo el nombre de Msélo-Tala-Tala.
Esto explicaba gran número de cosas hasta entonces bastante inexplicables: cómo varias palabras de la lengua congoleña figuraban en el lenguaje de aquellos primitivos, y también dos o tres palabras de la lengua alemana; cómo el manejo del organillo callejero les era familiar; cómo conocían la fabricación de ciertos utensilios; cómo cierto progreso se había extendido quizá a las costumbres de aquellos tipos situados en el primer peldaño de la escala humana.
He ahí lo que se dijeron los dos amigos cuando hubieron regresado a su choza.
Al instante, Khamis fue puesto al corriente.
– Lo que no me puedo explicar —añadió Max Huber— es que el doctor Johausen no se haya inquietado por la presencia de extranjeros en su capital... ¡Cómo! ¡No nos ha hecho comparecer ante él... y ni siquiera parece habernos advertido, durante la ceremonia, de que no nos parecemos a sus súbditos! ¡Pero vamos! No nos parecemos, sin embargo, a estos medio simios de Ngala, y, por haber vivido entre ellos durante tres semanas, ¡no hemos perdido aún, imagino, figura de hombres!
– Soy de su opinión, Max —respondió John Cort—, y me es imposible comprender por qué Msélo-Tala-Tala no nos ha mandado llamar todavía a su palacio...
– ¿Quizá ignore que los wagddis han hecho prisioneros en esta parte de la selva? —observó el foreloper.
– Es posible, pero es cuando menos singular —declaró John Cort—. Hay aquí alguna circunstancia que se me escapa y que habrá que esclarecer...
– ¿De qué modo? —preguntó Max Huber.
– ¡Buscando bien, lo conseguiremos! —respondió John Cort.
De todo esto resultaba que el doctor Johausen, venido a la selva del Ubangui para vivir entre los simios, estaba en manos de una raza superior al antropoide y cuya existencia nadie sospechaba. No había tenido que tomarse la molestia de enseñarles a hablar, puesto que hablaban; se había limitado a enseñarles algunas palabras de la lengua congoleña y de la alemana. Luego, prodigándoles sus cuidados como médico, sin duda, debió de adquirir cierta popularidad que lo llevó al trono. Y, a decir verdad, ¿no había constatado ya John Cort que los habitantes de Ngala gozaban de una salud excelente, que no se contaba entre ellos un solo enfermo y, como ya se ha dicho, que ni un wagddi había fallecido desde la llegada de los extranjeros a Ngala?
Lo que cabía admitir, en todo caso, era que, aunque hubiese un médico en aquel pueblo —un médico al que habían hecho rey—, no parecía que la mortalidad se hubiera incrementado. Reflexión un tanto irreverente para la Facultad, que se permitió Max Huber.
Y ahora, ¿qué partido tomar? ¿La situación del doctor Johausen en Ngala no debía modificar la de los prisioneros? ¿Vacilaría aquel soberano de raza teutona en devolverles la libertad si se presentaban ante él y le pedían que los enviase de vuelta al Congo?
– No puedo creerlo —dijo Max Huber—, y nuestra conducta está trazada de antemano... Es muy posible que nuestra presencia haya sido ocultada a este doctor-rey... Admito incluso, aunque sea bastante inverosímil, que durante la ceremonia no nos haya distinguido entre la multitud... Pues bien, razón de más para penetrar en la morada real...
– ¿Cuándo? —preguntó John Cort.
– Esta misma noche, y, puesto que es un soberano adorado por su pueblo, su pueblo le obedecerá, y, cuando nos haya devuelto la libertad, se nos acompañará hasta la frontera con los honores debidos a los semejantes de Su Majestad Wagddiana.
– ¿Y si se niega?
– ¿Por qué habría de negarse?
– Vaya usted a saber, querido Max... —respondió John Cort riendo—. ¡Razones diplomáticas, quizá!
– Pues bien, si se niega —exclamó Max Huber—, ¡le diré que a lo sumo era digno de reinar sobre los más inferiores de los macacos y que está por debajo del último de sus súbditos!
En suma, despojada de sus adornos fantasiosos, la propuesta merecía ser tomada en consideración.
La ocasión era propicia, por lo demás. Si la noche iba a interrumpir la fiesta, lo que se prolongaría, sin duda alguna, era el estado de embriaguez en que se hallaba la población del pueblo... ¿No había que aprovechar aquella circunstancia, que quizá no se repitiera en mucho tiempo? De aquellos wagddis medio borrachos, unos estarían dormidos en sus chozas, otros dispersos por las profundidades de la selva... Los propios guerreros no habían temido deshonrar su uniforme bebiendo hasta perder la cabeza... La morada real estaría menos severamente custodiada, y no debía de ser difícil llegar hasta los aposentos de Msélo-Tala-Tala...
Habiendo obtenido este proyecto la aprobación de Khamis, siempre de buen consejo, se esperó a que la noche estuviese cerrada y la embriaguez más completa en el pueblo. Huelga decir que Kollo, autorizado a unirse al festejo, no había regresado.
Hacia las nueve, Max Huber, John Cort, Llanga y el foreloper salieron de su choza.
Ngala estaba a oscuras, desprovista de todo alumbrado municipal. Los últimos resplandores de las antorchas resinosas, dispuestas en los árboles, acababan de apagarse. A lo lejos, tanto a su nivel como por debajo de Ngala, se propagaban rumores confusos, del lado opuesto a la vivienda del doctor Johausen.
John Cort, Max Huber y Khamis, previendo el caso en que les fuese posible huir aquella misma noche con o sin la conformidad de Su Majestad, se habían provisto de sus carabinas, y todos los cartuchos de la caja llenaban sus bolsillos. En efecto, si eran sorprendidos, quizá sería necesario hacer hablar a las armas de fuego, un lenguaje que los wagddis no debían de conocer.
Los cuatro fueron así entre las chozas, la mayoría de las cuales estaban vacías. Cuando llegaron a la plaza, sumida en las tinieblas, estaba desierta.
Una sola claridad salía de la ventana de la morada del soberano.
– Nadie —observó John Cort.
Nadie, efectivamente, ni siquiera ante la morada de Msélo-Tala-Tala.
Raggi y sus guerreros habían abandonado su puesto, y, aquella noche, el soberano no estaría bien custodiado.
Podía ser, sin embargo, que hubiese algunos «chambelanes de servicio» junto a Su Majestad y que fuese difícil burlar su vigilancia.
No obstante, Khamis y sus compañeros consideraban la ocasión demasiado tentadora. Una feliz casualidad les había permitido alcanzar la morada real sin ser vistos, y se dispusieron a penetrar en ella.
Reptando a lo largo de las ramas, Llanga pudo avanzar hasta la puerta y constató que bastaba con empujarla para entrar. John Cort, Max Huber y Khamis se reunieron con él al instante. Durante unos minutos, antes de entrar, prestaron oído, dispuestos a retirarse si era preciso.
Ningún ruido se dejaba oír ni dentro ni fuera.
Fue Max Huber quien, el primero, cruzó el umbral. Sus compañeros lo siguieron y cerraron la puerta tras de sí.
Aquella vivienda comprendía dos estancias contiguas, que formaban todo el aposento de Msélo-Tala-Tala.
Nadie en la primera, completamente a oscuras.
Khamis aplicó el ojo a la puerta que comunicaba con la segunda estancia, puerta bastante mal ajustada a través de la cual se filtraban algunos resplandores.
El doctor Johausen estaba allí, medio recostado en un diván.
Evidentemente, aquel mueble y algunos otros que amueblaban la estancia provenían del material de la jaula y habían sido trasladados a Ngala junto con su propietario.
– Entremos —dijo Max Huber.
Al ruido que hicieron, el doctor Johausen, volviendo la cabeza, se incorporó... Quizá acababan de sacarlo de un profundo sueño... Fuera como fuese, no pareció que la presencia de los visitantes produjera en él efecto alguno.
– Doctor Johausen, mis compañeros y yo venimos a ofrecer nuestros respetos a Vuestra Majestad... —dijo John Cort en alemán.
El doctor no respondió nada... ¿Es que no había entendido? ¿Es que había olvidado su propia lengua después de tres años de estancia entre los wagddis?
– ¿Me oye usted? —prosiguió John Cort—. Somos extranjeros que hemos sido conducidos al pueblo de Ngala...
Ninguna respuesta.
A aquellos extranjeros, el monarca wagddiano parecía mirarlos sin verlos, escucharlos sin oírlos. No hacía un movimiento, ni un gesto, como si estuviese en un estado de completo embotamiento.
Max Huber se acercó y, poco respetuoso hacia aquel soberano del África central, lo tomó por los hombros y lo sacudió vigorosamente.
Su Majestad hizo una mueca que no habría desautorizado el más gesticulante de los mandriles del Ubangui.
Max Huber lo sacudió de nuevo.
Su Majestad le sacó la lengua.
– ¿Es que está loco? —dijo John Cort.
– ¡Loco de atar, pardiez! —declaró Max Huber.
Sí... el doctor Johausen estaba en absoluta demencia. Ya medio desequilibrado en el momento de su partida del Camerún, había acabado de perder la razón desde su llegada a Ngala. ¿Y quién sabe si no fue precisamente aquella degeneración mental lo que le valió ser proclamado rey de los wagddis? ¿Acaso, entre los indios del Lejano Oeste, entre los salvajes de Oceanía, la locura no es más honrada que la cordura, y el loco no pasa, a los ojos de aquellos indígenas, por un ser sagrado, un depositario de la potencia divina?
La verdad era que el pobre doctor estaba desprovisto de toda intelectualidad. Y he ahí por qué no se preocupaba por la presencia de los cuatro extranjeros en el pueblo, cómo no había reconocido en dos de ellos a individuos de su especie, tan diferente de la raza wagddiana.
– No hay más que un partido que tomar —dijo Khamis—. No podemos contar con la intervención de este inconsciente para que nos devuelva la libertad...
– ¡Desde luego que no! —afirmó John Cort.
– Y estos animales no nos dejarán marcharnos nunca... —añadió Max Huber—. Así que, puesto que la ocasión se presenta de huir, huyamos...
– Al instante —dijo Khamis—. Aprovechemos la noche...
– Y el estado en que se encuentra todo este mundo de medio simios... —declaró Max Huber.
– Vengan —dijo Khamis dirigiéndose hacia la primera estancia—. Intentemos alcanzar la escalera y lancémonos a través de la selva...
– Convenido —replicó Max Huber—, pero... el doctor...
– ¿El doctor? —repitió Khamis.
– No podemos dejarlo en su soberanía wagddiana... Nuestro deber es liberarlo...
– Sí, por supuesto, querido Max —aprobó John Cort—. Pero este desgraciado ha perdido la razón... resistirá quizá... ¿Y si se niega a seguirnos?
– Intentémoslo de todas formas —respondió Max Huber acercándose al doctor.
Aquel hombre gordo —es fácil de imaginar— no debía de ser fácil de desplazar, y, si no se prestaba a ello, ¿cómo conseguir empujarlo fuera de la choza?
Khamis y John Cort, uniéndose a Max Huber, agarraron al doctor por el brazo.
Este, todavía muy vigoroso, los rechazó y se recostó cuan largo era, pataleando como un crustáceo al que han puesto boca arriba.
– ¡Diablos! —dijo Max Huber—. Él solo pesa tanto como toda la Triple Alianza...
– ¿Doctor Johausen? —gritó una última vez John Cort.
Su Majestad Msélo-Tala-Tala, por toda respuesta, se rascó de la forma más simiesca...
– Decididamente —dijo Max Huber—, ¡nada que obtener de esta bestia humana! Se ha vuelto simio... ¡que siga siendo simio y que siga reinando sobre simios!
No quedó más que abandonar la morada real. Por desgracia, sin dejar de hacer muecas, Su Majestad se había puesto a gritar, y tan fuerte que debía de haber sido oída si había wagddis en las cercanías.
Por otra parte, perder unos segundos era exponerse a dejar pasar una ocasión tan favorable... Raggi y sus guerreros iban quizá a acudir... La situación de los extranjeros, sorprendidos en la morada de Msélo-Tala-Tala, se agravaría, y tendrían que renunciar a toda esperanza de recobrar su libertad...
Khamis y sus compañeros abandonaron, pues, al doctor Johausen y, abriendo la puerta, se lanzaron al exterior.