El pueblo aéreo

Capítulo XVI

Su Majestad Msélo-Tala-Tala

Aquella jornada —o más bien aquella tarde del 15 de abril— iba a traer una alteración en los hábitos tan apacibles de los wagddis. Desde hacía tres semanas, ninguna ocasión se había presentado a los prisioneros de Ngala de retomar a través de la gran selva el camino del Ubangui. Vigilados de cerca, encerrados dentro de los límites infranqueables de aquel pueblo, no podían huir. Cierto es que les había sido posible —y más particularmente a John Cort— estudiar las costumbres de aquellos tipos situados entre el antropoide más perfeccionado y el hombre, observar por qué instintos pertenecían a la animalidad, por qué dosis de razón se acercaban a la raza humana. Era todo un tesoro de observaciones que verter en la discusión de las teorías darwinianas. Pero, para que el mundo científico se beneficiase de ellas, aún era preciso regresar a las rutas del Congo francés y volver a Libreville...

El tiempo era magnífico. Un sol poderoso inundaba de calor y claridad las copas que sombreaban el pueblo aéreo. Después de haber alcanzado casi el cénit a la hora de su culminación, la oblicuidad de sus rayos, aunque eran más de las tres, no disminuía su ardor.

Las relaciones de John Cort y Max Huber con los Maï habían sido frecuentes. No había pasado un día sin que aquella familia acudiese a su choza o ellos se hubiesen presentado en la suya. ¡Un verdadero intercambio de visitas! Solo faltaban las tarjetas. En cuanto al pequeño, apenas se separaba de Llanga y había cobrado un vivo afecto por el joven indígena.

Por desgracia, seguía siendo imposible comprender la lengua wagddiana, reducida a un corto número de palabras que bastaban para el corto número de ideas de aquellos primitivos. Si John Cort había logrado retener el significado de algunas, eso apenas le permitía conversar con los habitantes de Ngala. Lo que siempre le sorprendía era que diversas locuciones indígenas figurasen en el vocabulario wagddiano, una docena quizá. ¿No indicaba eso que los wagddis habían tenido relaciones con las tribus del Ubangui, aunque no fuese más que un congoleño que nunca habría regresado al Congo? Hipótesis bastante plausible, habrá que convenir. Y además, alguna que otra palabra de origen alemán escapaba a veces de los labios de Lo-Maï, siempre tan incorrectamente pronunciada que costaba reconocerla.

Ahora bien, este era un punto que John Cort tenía por absolutamente inexplicable. En efecto, suponiendo que los indígenas y los wagddis se hubiesen encontrado ya, ¿era admisible que estos últimos hubiesen tenido relaciones con los alemanes del Camerún? En tal caso, el americano y el francés no habrían tenido las primicias de aquel descubrimiento. Aunque John Cort hablaba con bastante fluidez la lengua alemana, nunca había tenido ocasión de servirse de ella, puesto que Lo-Maï no conocía más que dos o tres palabras.

Entre otras locuciones tomadas de los indígenas, la de Msélo-Tala-Tala, que se aplicaba al soberano de aquella tribu, era la más frecuentemente empleada. Ya se sabe el deseo que sentían los dos amigos de ser recibidos por aquella Majestad invisible. Cierto es que, cada vez que pronunciaban aquel nombre, Lo-Maï inclinaba la cabeza en señal de profundo respeto. Además, cuando su paseo los llevaba ante la morada real, si manifestaban la intención de entrar, Lo-Maï los detenía, los empujaba a un lado, los arrastraba a derecha o izquierda. Les hacía comprender a su manera que nadie tenía derecho a cruzar el umbral de la morada sagrada.

Pues bien, sucedió que aquella tarde, poco antes de las tres, el ngoro, la ngora y el pequeño vinieron a buscar a Khamis y a sus compañeros.

Y, ante todo, hubo que observar que la familia se había engalanado con sus mejores ropas: el padre, tocado con un gorro de plumas y envuelto en su manto de corteza; la madre, con su falda de aquella tela de agulí de fabricación wagddiana, unas hojas verdes en el cabello, al cuello un collar de baratijas de vidrio y menudas chatarras; el niño, un ligero taparrabos ceñido a la cintura... «Sus galas de domingo», dijo Max Huber.

Y, al verlos a los tres tan «endomingados»:

– ¿Qué significa esto? —exclamó—. ¿Han tenido la idea de hacernos una visita oficial?

– Es sin duda día de fiesta —respondió John Cort—. ¿Se trata, pues, de rendir homenaje a algún dios? Sería el punto interesante que resolvería la cuestión de la religiosidad.

Antes de que hubiese acabado la frase, Lo-Maï acababa de pronunciar como respuesta:

– Msélo-Tala-Tala...

– ¡El padre Espejo! —tradujo Max Huber.

Y salió de la choza con la idea de que el rey de los wagddis pasaba en aquel momento.

¡Completa desilusión! Max Huber no entrevió siquiera la sombra de Su Majestad. No obstante, hubo que constatar que Ngala estaba en movimiento. De todas partes afluía una multitud tan alegre, tan engalanada como la familia Maï. Gran concurso de populacho: unos siguiendo procesionalmente las calles hacia el extremo oeste del pueblo, estos tomados de la mano como aldeanos de juerga, aquellos cabriolando como simios de un árbol a otro.

– Hay algo nuevo... —declaró John Cort deteniéndose en el umbral de la choza.

– Vamos a verlo —replicó Max Huber.

Y, volviéndose hacia Lo-Maï:

– ¿Msélo-Tala-Tala? —repitió.

– ¡Msélo-Tala-Tala! —respondió Lo-Maï cruzando los brazos mientras inclinaba la cabeza.

John Cort y Max Huber se vieron llevados a pensar que la población wagddiana iba a saludar a su soberano, el cual no tardaría en aparecer en toda su gloria.

Ellos, John Cort y Max Huber, no tenían trajes de ceremonia que ponerse. Estaban reducidos a su único atuendo de caza, bien gastado, bien sucio, a su ropa blanca que mantenían lo más limpia posible. Por consiguiente, ningún arreglo que hacer en honor de Su Majestad, y, como la familia Maï salía de la choza, la siguieron con Llanga.

En cuanto a Khamis, poco deseoso de mezclarse con toda aquella gente inferior, «se quedó solo en casa». Se ocupó de ordenar los utensilios, de velar por la preparación de la comida, de limpiar las armas de fuego. ¿No convenía estar preparados para cualquier eventualidad, y no se acercaba quizá la hora en que sería necesario hacer uso de ellas?

John Cort y Max Huber se dejaron, pues, guiar por Lo-Maï a través del pueblo lleno de animación. No existían calles en el verdadero sentido de la palabra. Las chozas, distribuidas al capricho de cada cual, se conformaban a la disposición de los árboles o más bien de las copas que las cobijaban.

La multitud era bastante compacta. Al menos un millar de wagddis se dirigían ahora hacia la parte de Ngala en cuyo extremo se alzaba la morada real.

– ¡Es imposible parecerse más a una multitud humana! —observó John Cort—. Los mismos movimientos, la misma manera de manifestar su satisfacción con los gestos, con los gritos...

– Y con las muecas —añadió Max Huber—, ¡y eso es lo que emparenta a estos seres extraños con los cuadrumanos!

En efecto, los wagddis, de ordinario serios, reservados, poco comunicativos, nunca se habían mostrado tan expansivos ni tan gesticulantes. Y siempre aquella inexplicable indiferencia hacia los extranjeros, a los que no parecían prestar atención alguna, atención que habría sido molesta y obsesiva entre los denkas, los monbutus y demás tribus africanas.

¡Aquello no era muy «humano»!

Tras un largo paseo, Max Huber y John Cort llegaron a la plaza principal, que limitaban las ramas de los últimos árboles por el lado del oeste, y cuyas ramas verdeantes caían alrededor del palacio real.

Delante estaban formados los guerreros, con todas las armas fuera, vestidos con pieles de antílope sujetas por finas lianas, el jefe tocado con cabezas de steimbock cuyos cuernos les daban apariencia de rebaño. En cuanto al «coronel» Raggi, con casco de cabeza de búfalo, el arco al hombro, la hachuela al cinto, la lanza en la mano, desfilaba ante el ejército wagddiano.

– Probablemente —dijo John Cort— el soberano se dispone a pasar revista a sus tropas...

– Y si no viene —replicó Max Huber—, es que no se deja ver jamás por sus fieles súbditos... No se imagina uno el prestigio que la invisibilidad da a un monarca, y quizá este...

Dirigiéndose a Lo-Maï, haciéndose entender por un gesto:

– ¿Va a salir Msélo-Tala-Tala?

Signo afirmativo de Lo-Maï, que pareció decir:

– Más tarde... más tarde...

– Poco importa —replicó Max Huber—, con tal de que se nos permita contemplar al fin su faz augusta...

– Y, mientras tanto —respondió John Cort—, no nos perdamos nada de este espectáculo.

He aquí lo que ambos pudieron observar entonces de más curioso.

El centro de la plaza, enteramente desprovisto de árboles, quedaba libre en un espacio de media hectárea. La multitud lo llenaba con el propósito, sin duda, de tomar parte en la fiesta hasta el momento en que el soberano apareciese en el umbral de su palacio. ¿Se prosternaría entonces ante él? ¿Se desharía en adoraciones?

– Después de todo —hizo observar John Cort—, no habría que tener en cuenta esas adoraciones desde el punto de vista de la religiosidad, pues, al fin y al cabo, no se dirigirían más que a un hombre...

– A menos —replicó Max Huber— que ese hombre no sea de madera o de piedra... Si ese potentado no es más que un ídolo del tipo de las que veneran los naturales de la Polinesia...

– En ese caso, querido Max, no les faltaría ya nada a los habitantes de Ngala de lo que completa al ser humano... Tendrían derecho a ser clasificados entre los hombres tanto como esos naturales de los que habla usted...

– ¡Admitiendo que estos lo merezcan! —respondió Max Huber, en un tono poco halagüeño para la raza polinesia.

– Desde luego, Max, puesto que creen en la existencia de alguna divinidad, y jamás se le ha ocurrido ni se le ocurrirá a nadie la idea de clasificarlos entre los animales, ¡fuese incluso entre los que ocupan el primer rango de la animalidad!

Gracias a la familia de Lo-Maï, Max Huber, John Cort y Llanga pudieron situarse de modo que lo viesen todo.

Cuando la multitud hubo dejado libre el centro de la plaza, los jóvenes wagddis de ambos sexos se pusieron a bailar, mientras los más viejos comenzaban a beber, como los héroes de una kermés holandesa.

Lo que aquellos silvícolas absorbían eran bebidas fermentadas y especiadas elaboradas con vainas de tamarindo. Y debían de ser extremadamente alcohólicas, pues las cabezas no tardaron en calentarse y las piernas en tambalearse de forma inquietante.

Aquellas danzas no recordaban en nada las nobles figuras del pasepié o del minué, sin llegar tampoco al paroxismo de los contorneos y las aberturas de piernas en boga en los bailes populares de los suburbios parisinos. En total, se hacían más muecas que contorsiones, y también más volteretas. En una palabra, en aquellas actitudes coreográficas se encontraba menos al hombre que al mono. Y, entiéndase bien, no al mono adiestrado para las exhibiciones de feria, no... al mono entregado a sus instintos naturales.

Además, las danzas no se ejecutaban con acompañamiento de clamores públicos. Era al son de instrumentos de lo más rudimentario: calabazas cubiertas con una piel sonora y golpeadas a golpe redoblado, tallos huecos, tallados en forma de silbato, en los que una docena de vigorosos ejecutantes soplaban a reventarse los pulmones. ¡No! ¡Jamás cencerrada más ensordecedora desgarró unos oídos de blancos!

– No parecen tener el sentido del compás... —observó John Cort.

– Ni el de la tonalidad —respondió Max Huber.

– En suma, son sensibles a la música, querido Max.

– Y los animales también lo son, querido John, algunos al menos. En mi opinión, la música es un arte inferior que se dirige a un sentido inferior. En cambio, ya se trate de pintura, de escultura, de literatura, ningún animal experimenta su encanto, ¡y nunca se ha visto siquiera a los más inteligentes mostrarse emocionados ante un cuadro o al oír la tirada de un poeta!

Fuera como fuese, los wagddis se acercaban al hombre, no solo porque sentían los efectos de la música, sino porque ellos mismos ponían aquel arte en práctica.

Pasaron así dos horas, con extrema impaciencia de Max Huber. Lo que lo sacaba de quicio era que S. M. Msélo-Tala-Tala no se dignase molestarse para recibir el homenaje de sus súbditos.

Sin embargo, la fiesta continuaba con redoble de gritos y danzas. Las bebidas provocaban los furores de la embriaguez, y cabía preguntarse qué escenas de desorden amenazaban con seguirse, cuando, de pronto, el tumulto cesó.

Cada cual se calmó, se acuclilló, se inmovilizó. Un silencio absoluto sucedió a las ruidosas manifestaciones, al estruendo ensordecedor de los tamtanes, al silbido sobreagudo de las flautas.

En aquel momento, la puerta de la morada real se abrió, y los guerreros formaron dos filas a cada lado.

– ¡Por fin! —dijo Max Huber—. Vamos a verlo, pues, a este soberano de silvícolas.

No fue Su Majestad quien salió de la choza. Una especie de mueble, recubierto por un tapiz de follaje, fue traído al centro de la plaza. Y ¡cuál no fue la muy natural sorpresa de los dos amigos al reconocer en aquel mueble un vulgar organillo callejero! Muy probablemente, aquel instrumento sagrado solo figuraba en las grandes ceremonias de Ngala, y los wagddis escuchaban sin duda sus melodías más o menos variadas con un arrobamiento de dilettantes.

– ¡Pero si es el organillo del doctor Johausen! —dijo John Cort.

– No puede ser sino esa mecánica antediluviana —replicó Max Huber—. Y ahora me explico cómo, la noche de nuestra llegada bajo el pueblo de Ngala, tuve la vaga impresión de oír el implacable vals del Freischütz por encima de mi cabeza.

– ¿Y no nos dijo usted nada de eso, Max?

– Creí que lo había soñado, John.

– En cuanto a ese organillo —añadió John Cort—, son ciertamente los wagddis quienes lo trajeron de la cabaña del doctor...

– ¡Y después de maltratar a ese pobre hombre! —añadió Max Huber.

Un soberbio wagddi —evidentemente el director de orquesta del lugar— fue a colocarse ante el instrumento y comenzó a girar la manivela.

Al instante, el vals en cuestión, al que le faltaban sin duda algunas notas, comenzó a devanarse para muy real placer de la concurrencia.

Era un concierto que sucedía a los ejercicios coreográficos. Los oyentes lo escuchaban meneando la cabeza, a contratiempo, es cierto. De hecho, no parecía que experimentasen esa impresión giratoria que un vals comunica a los civilizados del viejo y del nuevo mundo.

Y, gravemente, como penetrado de la importancia de sus funciones, el wagddi seguía maniobrando su caja de música.

Pero, en Ngala, ¿se sabía que el organillo contuviera otros aires? Es lo que se preguntaba John Cort. En efecto, el azar no podría haber hecho descubrir a aquellos primitivos por qué procedimiento, pulsando un botón, se sustituía la pieza de Weber por otra.

Fuese como fuese, después de media hora consagrada al vals del Freischütz, el ejecutante pulsó un resorte lateral, tal como lo habría hecho un músico callejero con el instrumento colgado de su correa.

– ¡Ah! ¡Esto ya es demasiado! —exclamó Max Huber.

Demasiado, en verdad, a menos que alguien hubiera enseñado a aquellos silvícolas el secreto del mecanismo y cómo se podían extraer de aquel mueble barbaresco todas las melodías encerradas en su seno.

Después, la manivela se puso de nuevo en movimiento. Y entonces a la melodía alemana sucedió una francesa, una de las más populares, la lastimera canción de La Grâce de Dieu.

Se conoce esta «obra maestra» de Loïsa Puget. Nadie ignora que la estrofa se desarrolla en la menor durante dieciséis compases, y que el estribillo retoma en la mayor, siguiendo todas las tradiciones del arte de aquella época.

– ¡Ah! ¡El desgraciado! ¡Ah! ¡El miserable! —aulló Max Huber, cuyas exclamaciones provocaron murmullos muy significativos entre la concurrencia.

– ¿Qué miserable? —preguntó John Cort—. ¿El que toca el organillo?

– ¡No! ¡El que lo fabricó! Para economizar notas, ¡no ha metido en su caja ni los do ni los sol sostenidos! ¡Y ese estribillo, que debería sonar en la mayor, resulta que lo toca en do mayor!

– Eso... ¡es un crimen! —declaró John Cort riendo.

– ¡Y estos bárbaros que no se dan cuenta... que no dan un brinco como debería brincar todo ser dotado de oído humano!

¡No! ¡Aquella abominación, los wagddis no sentían todo su horror! ¡Aceptaban aquella criminal sustitución de un modo por otro! Si no aplaudían, pese a tener unas enormes manos de claqueurs, su actitud no dejaba de revelar un profundo éxtasis.

– Solo eso —dijo Max Huber— merece que se los rebaje al rango de las bestias.

Hubo motivos para creer que aquel organillo no contenía más piezas que el vals alemán y la canción francesa. Invariablemente se sucedieron durante media hora. Los demás aires estaban verosímilmente estropeados. Por fortuna, como el instrumento poseía las notas requeridas en lo tocante al vals, no le provocaba a Max Huber las náuseas que le había causado la estrofa de la romanza.

Cuando aquel concierto hubo terminado, las danzas se reanudaron con más brío, las bebidas corrieron más abundantes que nunca por las gargantas wagddianas. El sol acababa de descender tras las copas del poniente, y algunas antorchas se encendieron entre las ramas, de modo que iluminasen la plaza que el breve crepúsculo iba a sumir pronto en la sombra.

Max Huber y John Cort ya tenían bastante y pensaban en regresar a su choza, cuando Lo-Maï pronunció este nombre:

– Msélo-Tala-Tala.

¿Era cierto? ¿Iba Su Majestad a venir a recibir las adoraciones de su pueblo? ¿Se dignaba al fin salir de su divina invisibilidad? John Cort y Max Huber se guardaron mucho de irse.

En efecto, un movimiento se producía del lado de la morada real, al que respondió un sordo rumor de la concurrencia. La puerta se abrió, una escolta de guerreros se formó, y el jefe Raggi se puso a la cabeza del cortejo.

Casi al instante apareció un trono —un viejo diván cubierto de telas y follaje— sostenido por cuatro porteadores, y sobre el cual se pavoneaba Su Majestad.

Era un personaje de unos sesenta años, coronado de verdor, con la cabellera y la barba blancas, de una corpulencia considerable, y cuyo peso debía de ser gravoso para los robustos hombros de sus servidores.

El cortejo se puso en marcha, de manera que diese la vuelta a la plaza.

La multitud se inclinaba hasta el suelo, silenciosa, como hipnotizada por la augusta presencia de Msélo-Tala-Tala.

El soberano parecía harto indiferente, por lo demás, a los homenajes que recibía, que le eran debidos, a los que probablemente estaba habituado. Apenas se dignaba mover la cabeza en señal de satisfacción. Ni un gesto, salvo en dos o tres ocasiones para rascarse la nariz, una nariz larga que coronaban unas gruesas gafas, lo que justificaba su sobrenombre de «Padre Espejo».

Los dos amigos lo observaron con extrema atención cuando pasó ante ellos.

– Pero... ¡es un hombre! —afirmó John Cort.

– ¿Un hombre? —replicó Max Huber.

– Sí... un hombre... y... lo que es más... ¡un blanco!

– ¿Un blanco?

Sí, sin lugar a dudas, lo que se paseaba allí sobre su sedia gestatoria era un ser diferente de aquellos wagddis sobre los que reinaba, y no un indígena de las tribus del alto Ubangui... Imposible equivocarse: era un blanco, ¡un representante cualificado de la raza humana!

– Y nuestra presencia no produce ningún efecto en él —dijo Max Huber—, ¡y ni siquiera parece advertirnos! ¡Diablos! No nos parecemos, sin embargo, a estos medio simios de Ngala, ¡y, por haber vivido entre ellos durante tres semanas, no hemos perdido todavía, me imagino, figura de hombres!

Y estuvo a punto de gritar:

– ¡Eh! Señor mío... allá arriba... háganos el honor de mirar...

En aquel instante, John Cort le agarró del brazo y, con una voz que denotaba el colmo de la sorpresa:

– Lo reconozco... —dijo.

– ¿Lo reconoce?

– ¡Sí! ¡Es el doctor Johausen!

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