Capítulo VIII
Donde se verá que Robur decide responder a la importante cuestión que se le propone
En uno de los camarotes de la parte de popa, Uncle Prudent y Phil Evans habían encontrado dos excelentes catres, sábanas y trajes de repuesto en buena cantidad, mantas y cobertores para el viaje. Un transatlántico no les habría ofrecido mayor comodidad. Si no durmieron con descanso fue porque ellos no quisieron, o al menos, porque se lo impidieron tantas inquietudes. ¿En qué aventura se habían embarcado? ¿A qué serie de experimentos habían sido invitados, inviti, si se permite utilizar esta semejanza de palabras francesas y latinas? ¿Cómo terminaría el asunto? Por último, ¿qué quería el ingeniero Robur? Había en esto materia para dar que pensar.
Respecto a Frycollin, el criado, éste se había colocado en la proa, en un camarote contiguo al del cocinero del Albatros, cuya vecindad no podía desagradarle. Gustábale comunicarse con los «grandes» del mundo. Pero si concluyó por dormirse, fue para soñar caídas sucesivas, proyecciones a través del vacío, que convirtieron su sueño en una espantosa pesadilla.
Y sin embargo; nada fue más tranquilo que esta peregrinación en medio de una atmósfera cuyas corrientes se habían apaciguado con la noche. Fuera del ruido de las aspas de la hélice no se escuchaba ni el más leve rumor en esta zona. Algunas veces, el silbido que despedía alguna locomotora que se desliza sobre los rieles o los aullidos de animales domésticos. ¡Singular Instinto! Estos seres terrestres sentían la máquina voladora pasar encima de ellos y lanzaban gritos de espanto ante su aproximación.
A la mañana siguiente, 14 de junio, a las cinco, Uncle y Phil se paseaban sobre la plataforma, podría decirse que sobre el puente de la aeronave. Nada había cambiado desde la víspera: el centinela de guardia en la proa y el timonel en la popa.
¿Por qué había un centinela de guardia? ¿Por ventura era de temer algún choque con un aparato del mismo género? No, desde luego que no. Robur no había hallado todavía imitadores. En cuanto a encontrar algún aerostato viajando por los aires, esta eventualidad estaba tan lejana, que era lógico no pensar en ella. En este caso, esto hubiera sido tanto peor para el aerostato: uno era la olla de hierro y el otro la olla de barro. El Albatros no hubiera tenido nada que temer de semejante colisión.
Pero si no ésta, otra colisión, sí podía tener lugar.
No hubiera sido imposible que la aeronave corriese el peligro de topar con alguna montaña que no hubiera podido evitar. Estos eran los escollos del aire, y Robur debía prevenirlos, como una embarcación previene los escollos del mar.
El ingeniero había dado la dirección como lo hace un capitán, teniendo en cuenta la altura necesaria para dominar las altas montañas del territorio. Ahora bien, como la aeronave no debía tardar en mecerse sobre un país montañoso, era pues prudente la vigilancia, por si llegaba el caso de que ocurriese alguna desviación en el camino, digámoslo así.
Observando el país que atravesaban, Uncle y Phil distinguieron un extenso lago, a cuya punta inferior debía llegar el Albatros con dirección al Sur. Dedujeron de aquí, que durante la noche, el Erie había quedado atrás en toda su longitud. Y puesto que marchaba más directamente hacia el Oeste, la aeronave debía entonces sobrevolar la extremidad del lago Michigan.
-No cabe duda -dijo Phil-. Ese conjunto de tejados en el horizonte es Chicago.
No se equivocaba. Era, efectivamente, la ciudad en la cual funcionaban diecisiete ferrocarriles; la reina del Oeste, aquel vasto recipiente al que afluyen los productos de Indiana, del Ohio, de Wisconsin, del Missouri y de todas las provincias que constituyen la parte occidental de la Unión.
Uncle Prudent, gracias a un excelente catalejo marino que había encontrado en su camarote, reconoció con facilidad los principales edificios de la ciudad. Su compañero pudo indicarle iglesias, edificios públicos, numerosos elevators (graneros mecánicos), el inmenso hotel Sherman, parecido a un gran dado, por los centenares de puntos que figuraban ser los balcones de cada una de sus fachadas.
-Puesto que es Chicago -dijo Uncle Prudent-, esto prueba que nos han encaminado un poco más al Oeste de lo que convendría para volver a nuestro punto de partida.
En efecto, el Albatros se alejaba en línea recta de la capital de Pennsylvania.
Pero si Uncle Prudent hubiese querido poner a Robur en actitud de llevarle hacia el Este, no lo hubiera logrado en este momento. En la mañana de ese día, el ingeniero no se encontraba dispuesto a abandonar su camarote, bien porque estuviese ocupado en algunos trabajos, bien porque durmiese todavía. Los dos colegas tuvieron, pues, que desayunarse sin haberle visto.
La rapidez no se había alterado desde el día anterior. Dada la dirección del viento que soplaba del Este, esta rapidez no era molesta y, como el termómetro no bajaba más que un grado por cada ciento setenta metros de elevación, la temperatura era muy soportable. De manera que, bien reflexionado, hablando mientras se presentaba el ingeniero, Uncle Prudent y Phil Evans se paseaban bajo lo que podría llamarse, el ramaje de las hélices, agitadas a la sazón por un movimiento giratorio de tal manera, que el giro ondulante de sus aspas se confundía en un disco semitransparente.
El Estado de Illinois fue también atravesado en su frontera septentrional en menos de dos horas y media. Pasaron por encima del Padre de las Aguas, el Mississipi, cuyos steam-boats, de dos pisos, no pasaban del tamaño de canoas. Después, el Albatros se lanzó sobre el río Iowa, tras haber entrevisto Iowa City hacia las once de la mañana.
Algunas cadenas de colinas (bluffs) serpenteaban a través de este territorio, en una dirección oblícua de Sur a Noroeste. Su altitud media no le exigía ningún movimiento excepcional a la aeronave. Por otra parte, estos bluffs no debían tardar en descender para dar espacio a las llanuras de Iowa, extendidas sobre toda su parte occidental y sobre Nebraska, inmensas praderas que se desenvuelven hasta el pie de las Montañas Rocosas. Acá y allá, numerosos ríos, afluentes o subafluentes del Missouri. Sobre sus márgenes, ciudades y aldeas tanto más raras, en cuanto el Albatros avanzaba con una mayor rapidez por encima del Far-West.
Nada particular ocurrió durante este día. Uncle Prudent y Phil Evans se entregaron a sus propias reflexiones. Apenas si vieron a Frycollin tendido en la proa, cerrando los ojos para no ver nada. Y sin embargo, no se encontraba preso de un vértigo, como podría asumirse. Falto de señales, este vértigo no hubiera podido manifestarse, como sucede cuando se llega a la cima de un edificio elevado. El abismo no atrae más que cuando se le domina desde la barquilla de un globo o la plataforma de una aeronave; o más bien, éste no es un abismo que surge debajo del aeronauta: es el horizonte el que sube y le rodea por todas partes.
A las dos, el Albatros pasaba encima de Omaha, cerca a la frontera de Nebraska. Omaha City, verdadera cabeza de línea del camino de hierro del Pacífico, larga hilera de rieles de mil leguas, trazadas entre Nueva York y San Francisco. Por un momento se pudieron ver las aguas amarillentas del Missouri, luego la ciudad con sus casas de madera y ladrillo, colocadas al centro de este rico recinto como un anillo en la cadena de hierro que ata a la América del Norte por su talle. Sin duda, mientras los pasajeros de la aeronave observaban cada uno de estos pormenores, los habitantes de Omaha debieron distinguir el extraño aparato. Pero su asombro al verle caminar por los aires no podía ser más grande que la admiración del presidente y el secretario del Weldon Institute al encontrarse a su bordo.
En todo caso, éste era un hecho que los periódicos de la Unión iban a comentar. Esto sería la respuesta al inexplicable fenómeno del que se hablaba en todo el mundo y del que se preocupaba hacía algún tiempo.
Una hora después, el Albatros había pasado Omaha. Quedó entonces demostrado que se encaminaba al Oeste, separándose del Plate River, cuyo valle sigue el Pacific Railway a través de la pradera. Esto no era para dejar satisfechos a Uncle Prudent y a Phil Evans, que en realidad sentíanse despistados.
-¿Es serio este absurdo proyecto de querernos llevar a los antípodas?- dijo uno.
-¡Y en contra de nuestra voluntad! -agregó el otro-. ¡Ah! ¡Que se ande con mucho cuidado el señor Robur! Yo no soy hombre para permitir que se burlen de mí.
-¡Ni yo tampoco! -replicó Phil Evans-. Pero creedme, Uncle, procurad moderaros... Guardad vuestra cólera para el momento en que sea oportuno soltar su estallido.
A eso de las cinco, después de haber atravesado las Montañas Negras cubiertas de pinos y cedros, el Albatros volaba por encima de este territorio que con justicia se ha llamado las Malas tierras de Nebraska, un caos de colinas de color de ocre, pedazos de montañas que si se hubieran dejado caer al suelo, se habrían hecho pedazos en su caída. Acá y allá en medio de este enorme juego de huesos, se hallaban ruinas de ciudades de la Edad Media con fuertes castillos, torres con buhardas y garitas. Pero en realidad, estas Malas tierras no son más que un osario inmenso donde blanquean por miríadas los restos de paquidermos, quelonios, y hasta se dice que de hombres fósiles, depositados por algún cataclismo desconocido de las primeras edades11.
Cuando vino la noche, todo el recinto del Plate River se había atravesado. Ahora la llanura se desenvolvía hasta los límites extremos de un horizonte muy elevado por la altitud del Albatros.
Durante la noche, no fueron ya silbidos agudos de locomotoras, ni silbidos graves de los steam-boats los que turbaron la calma del firmamento estrellado. Prolongados gemidos subían algunas veces hasta la aeronave cuanto más cercanos se hallaban a tierra. Eran manadas de bisontes que atravesaban la pradera en busca de arroyos y pastos12. Y cuando callaban, el estremecimiento de las hierbas bajo sus pies producía un rumor sordo, semejante a una inundación, y muy diferente del temblor constante de las hélices.
Luego, de tiempo en tiempo, un aullido de lobo, de zorro o de gato salvaje, y el ladrido del perro.
Y lo mismo podía decirse de los olores penetrantes, la menta, la savia y el ajenjo, mezclados con los olores poderosos de las coníferas que se propagan a través del aire puro de la noche aromatizando la atmósfera.
En fin, para señalar todos los ruidos que procedían de la tierra, oyóse también un siniestro ladrido, que esta vez no era de los perros, sino el grito de un piel roja. Ni siquiera un pueblerino hubiera podido confundirlo con ningún otro grito.
A la mañana siguiente, 15 de junio, a las cinco, Phil Evans dejó su camarote. ¿Se encontraría esta vez con el ingeniero Robur?
En todo caso, deseoso de saber por qué no se había presentado el día anterior, se dirigió al contramaestre Tom Turner.
Tom Turner, de origen inglés, de cuarenta y cinco años, ancho de pecho y fuertes miembros, tenía una de esas cabezas enormes y características a lo Hogarth, tales como éste ha trazado todas las fealdades sajonas con la punta de su pincel. El que quiera examinar la cuarta plancha del Harlots Progress, allí encontrará la cabeza de Tom Turner, sobre los hombros del guardia de la prisión, y verá que su fisonomía no tiene nada de estimulante.
-¿Veremos hoy al ingeniero Robur? - dijo Phil Evans.
-No lo sé - respondió Tom Tumer, altivo.
-No os pregunto si ha salido.
-Puede ser.
-Ni cuándo volverá.
-Probablemente, cuando haya terminado sus excursiones.
Y sin decir más, Tom Turner entró en su departamento.
Fue necesario contentarse con tal respuesta, tanto menos tranquilizadora, cuanto que observada la brújula, vio que el Albatros seguía ascendiendo hacia el Noroeste.
¡Qué contraste entre el árido territorio de Malas tierras, abandonado por la noche, y el paisaje que se desenvolvía actualmente en la superficie del suelo!
La aeronave, después de haber volado mil kilómetros desde Omaha, se hallaba sobre una comarca que Phil Evans nunca había visitado. Algunos fuertes destinados a contener indios coronaban los bluffs con sus líneas geométricas, más bien formadas por empalizadas que por muros. Pocos pueblos, pocos habitantes en este país tan diferente de los territorios auríferos del Colorado, situados a muchos grados al Sur.
A lo lejos comenzaban a perfilarse, muy confusamente aún, una serie de crestas que el Sol de Levante destacaba con un rayo de fuego.
De repente, esa misma mañana, Uncle y Phil se sintieron sobrecogidos por un frío intenso. Este descenso de temperatura no era debido más que a una modificación del tiempo, pues el Sol brillaba con soberbia claridad.
-Esto debe consistir en la elevación del Albatros - dijo Phil Evans.
En efecto, el barómetro colocado exteriormente en la puerta de la sección central, había descendido quinientos cuarenta milímetros, lo que significaba una elevación de cerca de tres mil metros. La aeronave se sostenía entonces a una gran altura.
Por otra parte, una hora antes debía haber llegado a cuatro mil metros de altura, ya que a su espalda se veían montañas cubiertas por nieves eternas.
Ni Uncle Prudent ni su compañero podían precisar cuál era el territorio que habían recorrido durante la noche; el Albatros pudo girar de Norte a Sur con excesiva rapidez, y esto era suficiente para desorientarlos.
No obstante, después de haber discutido varias hipótesis más o menos plausibles, se detuvieron en ésta: este país encerrado en un círculo de montañas, debía ser aquél que un acta del Congreso en marzo de 1872, había sido declarado Parque Nacional de los Estados Unidos.
Era, en efecto, aquella curiosa región. Merecía sin duda, el nombre de parque; un parque con montañas por colinas, lagos por estanques, ríos por arroyos, círculos por laberintos, y por chorros de agua, torrentes de maravillosa potencia.
En pocos minutos el Albatros se deslizó por encima del Yellowstone River, dejando el monte Stevenson a la derecha, y abordó el gran lago que lleva el nombre de esta corriente de agua. ¡Qué variedad en el trazado de los ríos de este paraje, cuyas playas están sembradas de obsidianas y de pequeños cristales que reflejan al Sol sus millares de facetas! ¡Qué capricho en la disposición de las islas que aparecen en su superficie! ¡Qué reflejo azulado proyectado por este espejo gigante! Y alrededor del lago, uno de los más elevados del Globo, ¡cuántos miles de volátiles, pelícanos, cisnes, gaviotas, patos y somormujos! Ciertas porciones de ríos, muy escarpados, se ven revestidas de una especie de velloncillo de árboles verdes, pinos y alerces, y del pie de las escarpas brotan innumerables jirones de blanca gasa. Era el vapor que se escapaba del suelo como de un enorme recipiente donde el agua se detiene, vaporizándose merced a los fuegos interiores en estado de ebullición permanente.
Entonces hubiera sido para el contramaestre la ocasión de hacer gran provisión de truchas, el único pez que las aguas del lago Yellowstone alimenta por millares. Pero el Albatros se mantuvo siempre a una altura tal que no se produjo ocasión de emprender una pesca que ciertamente habría sido extraordinaria.
En tres cuartos de hora todo lo más, fue atravesado el lago, y un poco más lejos, la región de estos peces que rivalizan con los más hermosos de Islandia. Inclinados sobre la plataforma, Uncle y Phil observaban las columnas líquidas que se enlazaban como para suministrar a la aeronave otro elemento nuevo. Eran el «Abanico», cuyos géiseres surgen en brillantes chorros, el «Castillo fuerte» que pareciera defenderse a golpes de tromba, el «Viejo fiel» con proyección coronada de arco iris, el «Gigante», cuyo empuje interno vomita un torrente vertical de una circunferencia de veinte pies, y más de doscientos pies de altura.
Este espectáculo incomparable, que se puede llamar único en el mundo, lo conocía sin duda Robur con todas sus maravillas, ya que no se presentó sobre la plataforma. ¿Fue solamente por complacer a sus huéspedes por lo que había lanzado su aparato por encima de este dominio nacional? Del modo que fuera, se abstuvo de buscar los plácemes de sus viajeros. Tampoco experimentó la menor inquietud ni aún durante la audaz travesía de las Montañas Rocosas, que abordó el Albatros a eso de las siete de la mañana.
Sábese que esta gran cadena se extiende como una enorme espina dorsal desde los riñones hasta el cuello de América septentrional, prolongándose en las cordilleras mexicanas. Es un desenvolvimiento de tres mil quinientos kilómetros que domina el pico James, cuya cima alcanza casi doce mil pies.
Ciertamente, multiplicando su andar por el aire como ave de alto vuelo, el Albatros hubiera atravesado las cimas más elevadas de esta cordillera, para venir a caer de un salto en el Oregón o en Utah. Existen pasos que permiten cruzar esta barrera sin subir a la cresta. Hay muchos de estos cañones, especie de cuellos más o menos estrechos a través de los cuales se puede caminar, tales como el Bridger, que toma el ferrocarril de los mormones y otros que se abren más al Norte o más al Sur.
A través de estos cañones penetró el Albatros, tras haber moderado su rapidez, a fin de no tropezar contra las paredes de la garganta. El timonel, con gran firmeza de mano, que hacía más eficaz aún la extremada sensibilidad del timón, maniobró como lo hubiera verificado con una embarcación de primer orden en una regata del Royal Thames Club. Fue una cosa verdaderamente extraordinaria, y por despechados que se manifestasen los dos enemigos de la teoría del «más pesado que el aire», no pudieron menos de maravillarse de la perfección de semejante máquina de locomoción.
En menos de dos horas y media atravesaron la gran cordillera, y el Albatros volvió a tomar su primitiva velocidad, a razón de cien kilómetros. Repetía entonces su marcha hacia el Suroeste, a fin de cortar oblícuamente el territorio de Utah; acercándose a la tierra, hasta que descendió algunos centenares de metros. De repente algunos silbidos llamaron la atención de Uncle Prudent y Phil Evans.
Era un tren del Pacific Railway, que se dirigía a la ciudad del Gran Lago Salado.
En este momento, obedeciendo a una orden dada en secreto, el Albatros descendió más todavía, de suerte que pudiera perseguir al convoy que marchaba a todo vapor. Al punto lo distinguieron y algunas cabezas salieron de las portezuelas de los vagones, y después, numerosos viajeros se trasladaron a las plataformas de los vagones. Algunos no vacilaban en saltar sobre los imperiales13 a fin de ver mejor esta máquina voladora. Aclamaciones y hurras resonaron a través del espacio. Pero nada de esto hizo aparecer a Robur.
El Albatros descendió más todavía, moderando el juego de sus hélices suspensoras, retrasando su marcha para no dejar atrás el convoy, que hubiera podido tan fácilmente adelantar. Volaba encima como un enorme escarabajo, aunque hubiera podido ser una gigantesca ave de rapiña. Iba de derecha a izquierda, ora se colocaba por delante, ora volvía a su lugar, y orgullosamente enarboló su pabellón negro con un Sol dorado en el centro, al cual contestó el jefe del tren agitando la insignia de las treintisiete estrellas de la Unión americana14.
En vano los dos prisioneros quisieron aprovechar la ocasión que se les ofrecía para saber lo que iba a ser de ellos. En vano el presidente del Weldon Institute gritó con su robusta voz:
-¡Yo soy Uncle Prudent de Filadelfia!
Y el secretario:
-¡Yo soy Phil Evans, su colega!
Sus gritos se perdieron en los miles de hurras con los cuales los viajeros saludaron su tránsito.
Sin embargo, tres o cuatro tripulantes de la aeronave aparecieron en la plataforma. Después uno de ellos, como hacen los marinos que pasan delante de un buque menos rápido que el suyo, alargó al tren un cabo de cuerda; una manera irónica de ofrecerles remolque.
Casi enseguida, el Albatros retomó su marcha habitual, y en media hora dejó atrás al expreso, que no tardó en perderse en la lejanía.
A la una y media de la tarde apareció un vasto disco que refractaba a los rayos solares, del mismo modo que lo hubiera hecho un inmenso reflector.
-Esta debe ser la capital de los mormones, Salt Lake City - exclamó Uncle.
Era, en efecto, la ciudad del Gran Lado Salado, y este disco era el techo redondo del Tabernáculo, en donde pueden refugiarse fácilmente unos diez mil santos 15 . Como un espejo convexo, esparcía los rayos del Sol en todas direcciones.
Aquí se extendía la gran ciudad, al pie de los montes Wassatch, y cerca del Great Salt Lake. Bajo el aparato se desenvolvía el tablero de damas que figura en la mayor parte de las ciudades americanas, un tablero del cual puede decirse que tiene «más damas que casas», puesto que existe la poligamia entre los mormones. A su vez es un país bien ordenado, bien cultivado, rico en fibras textiles, y en el cual los rebaños de carneros se cuentan por millares.
Pero este conjunto se desvaneció como una sombra, y el Albatros se dirigió hacia el Noroeste con una rapidez tal, que fue bastante sensible, porque sobrepujaba a la del viento.
Bien pronto la aeronave voló por encima de las regiones de Sierra Nevada y de su territorio argentífero, al que únicamente superan los placeres auríferos de California.
-¡Decididamente -dijo Phil-, debemos llegar a ver la ciudad de San Francisco antes de la medianoche!
-¿Y después...? - preguntó Uncle Prudent. Eran las seis de la tarde cuando se atravesó la Sierra Nevada, precisamente por la garganta de Truckee, que le sirve de paso al ferrocarril16. No quedaban ya más que unos trescientos kilómetros por recorrer para llegar, sino a San Francisco, al menos a Sacramento, capital del Estado de California. Tal fue entonces la rapidez que adquirió el Albatros, que antes de dar las ocho, la cúpula del Capitolio asomó en el horizonte del Oeste, para desaparecer luego detrás del horizonte opuesto. Fue en este instante que Robur se presentó sobre la plataforma, y los dos colegas se le aproximaron.
-Ingeniero Robur -dijo Uncle Prudent-, ¡henos aquí en los confines de la América! Se nos figura que esta broma va a cesar...
-Yo no bromeo jamás - respondió Robur. Hizo una señal. El Albatros descendió rápidamente a tierra; pero al mismo tiempo tomó tal rapidez, que hubo necesidad de refugiarse en las garitas. Apenas se cerró la puerta del camarote de los dos colegas, dijo Uncle Prudent, ya con los nervios rotos:
-¡Si estoy un poco más con él le estrangulo!
-Será preciso intentar la fuga - decidió Phil Evans.
-¡Sí!... Cueste lo que cueste. Un prolongado murmullo llegó entonces hasta ellos. Era el bramido de las olas del mar, que se estrellaban contra las rocas del litoral. Era el Océano Pacífico.
Notas de la fuente
11. Tierras Malas (Bad Lands) están formadas por terrenos mesozoicos, arcillas margas, de superficie horizontal, pero sometidas a una intensa erosión que forman barrancos profundos y muy complejos, separados entre sí por aristas muy afiladas. Es un país estéril y desolado. Al Oeste de esta región se hallan las Montañas Negras (Black Mountains).
12. En la actualidad ya no hay bisontes en Estados Unidos, salvo en zoológicos y lugares especiales.
13. Sitio con asientos que algunos vehículos tienen sobre el techo.
14. Por entonces, la bandera de lo que hoy son los Estados Unidos ostentaba sólo treintisiete estrellas, una por cada Estado.
15. El autor se refiere al nombre vulgar que recibieron los adeptos al mormonismo.
16. El nombre correcto es Donner Pass. Truckee es una población inmediata al Paso.