Robur el conquistador

Capítulo VII

En el cual Uncle Prudent y Phil Evans rehúsan todavía dejarse convencer

El presidente del Weldon Institute estaba estupefacto, y su compañero absorto.

Pero ni el uno ni el otro quisieron aparecer dominados de tan natural asombro.

Frycollin no disimulaba su admiración al sentirse llevado en el espacio a bordo de semejante máquina, y de ninguna manera procuraba ocultarlo.

Durante este tiempo, las hélices suspensoras giraban rápidamente por encima de sus cabezas. Por considerable que fuese entonces esta rapidez de rotación, se hubiera podido triplicar en caso que el Albatros hubiera querido levantarse a más altas zonas.

En cuanto a los dos propulsores, lanzados a una marcha moderada, no imprimían al aparato más que un andar de veinte kilómetros por hora.

Inclinándose fuera de la plataforma, los pasajeros del Albatros pudieron distinguir una larga y sinuosa cinta líquida que serpenteaba como un simple arroyo a través de un paisaje fragoso, en medio del centelleo de algunos lagos heridos oblícuamente por los rayos del Sol. Este arroyo era en realidad un río, y uno de los más importantes de aquel territorio. Y en la margen izquierda se dibujaba una cordillera montañosa, cuya prolongación se perdía de vista.

-Y nosotros, decid, ¿dónde estamos? - preguntó Uncle Prudent, con un acento que la cólera hacía tembloroso.

-No tengo necesidad de decíroslo - respondió Robur.

-¿Y nos diréis adónde vamos? - añadió Phil Evans.

-A través del espacio.

-¿Y esto va a durar mucho? - preguntó con ira reconcentrada Uncle Prudent.

-El tiempo que sea necesario.

-¿Se trata, pues, de dar la vuelta al mundo? - preguntó irónicamente Phil Evans.

-Más que eso - contestó Robur.

-¿Y si el viaje no nos conviene? - replicó Uncle Prudent.

-Será menester que os convenga.

He aquí un preludio respecto a la clase de relaciones que iban a entablarse entre el dueño del Albatros y sus huéspedes, por no decir sus prisioneros. Pero, sin duda, quiso primero darles tiempo para reponerse y poder admirar el maravilloso aparato que los llevaba por los aires, y acaso para cumplimentar a su inventor. Por lo tanto, se paseó con indiferencia de una punta a otra de la plataforma. Los dejó en libertad para examinar la disposición de las máquinas y el arreglo de la aeronave, y fijar la atención en el paisaje cuyo relieve se desplegaba bajo sus ojos.

-Uncle Prudent -dijo entoncesl Phil Evans-; si no me equivoco debemos hallarnos sobre la parte central del territorio canadiense. Aquel río que corre al Noroeste debe ser el San Lorenzo, y la ciudad que dejamos a la espalda será la de Quebec.

Era, en efecto, la antigua ciudad de Champlain, cuyos techos de plomo brillaban con los reflejos del Sol. El Albatros se había elevado a 46° de latitud Norte, lo que explicaba el avance prematuro del día y la prolongación anormal del alba.

-Sí -replicó Phil Evans-; aquí veo la ciudad en forma de anfiteatro, la colina que sostiene su ciudadela; ¡el Gibraltar de América del Norte! ¡También veo la catedral inglesa y la francesa! ¡He aquí veo la aduana con su cúpula, tremolando el pabellón británico!

Apenas había pronunciado Phil Evans las anteriores frases, cuando la capital del Canadá comenzó a perderse a lo lejos. La aeronave de Robur entraba en una zona de pequeñas nubes que ocultaban poco a poco los rayos del Sol.

El ingeniero Robur, viendo entonces que el presidente y el secretario del Weldon Institute dirigían su atención sobre la disposición exterior del Albatros, se aproximó, y dijo:

-Y bien, caballeros: ¿creéis en la posibilidad de la locomoción aérea por medio de aparatos más pesados que el aire?

Habría sido difícil no someterse ante la evidencia. Sin embargo, Uncle Prudent y Phil Evans no respondían.

-¿Os calláis? -prosiguió el ingeniero- ¡Sin duda os impide hablar el hambre! Pero si me he encargado de hacerlos viajar por el aire, creed que no los alimentaré con este fluido tan poco nutritivo. Vuestro desayuno os espera, ciudadanos.

Como ambos sentían que el hambre les aguijoneaba vivamente, no se hallaban en el caso de andar con ceremonias. Una comida no obliga a nadie, y cuando Robur les hubiera llevado a tierra, contaban recuperar seguidamente su entera libertad de acción.

Ambos fueron llevados hacia una especie de garita en la popa, donde había un pequeño dinning-room (comedor). Allí se veía una mesa limpiamente servida, en la que debían de comer durante el viaje. Había platos de diferentes conservas y, entre otros, una especie de pan, compuesto en partes iguales de harina y carne reducida a polvo, mezclado con un poco de manteca la cual, hervida en agua, proporciona una sopa excelente; después lonjas de jamón frito, y té por bebida.

Por su parte, Frycollin no había sido olvidado. En la proa había encontrado una gran sopa de pan. En verdad, era necesario que tuviese mucha hambre para comer, pues sus mandíbulas temblaban de miedo y hubieran podido negarle la facultad de masticar.

-¡Si esto se rompiera!... ¡Si esto se rompiera! - repetía el negro, acobardado.

De aquí, zozobras continuas. ¡Hay que pensar en ello! ¡Una caída a quinientos cincuenta metros!

Una hora después Uncle Prudent y Phil Evans reaparecieron sobre la plataforma. Robur no se encontraba allí ya. En la popa, el timonel en su garita acristalada, con la vista fija en la brújula, seguía imperturbable sin la menor vacilación, en el camino trazado por el ingeniero.

En cuanto al resto del personal, el desayuno los detenía muy probablemente en su puesto. Sólo un ayudante mecánico, destinado a la vigilancia de las máquinas, se paseaba de una a otra torrecilla.

No obstante si la rapidez del aparato era considerable, los dos colegas no podían juzgarla sino imperfectamente, aunque el Albatros había a la sazón salido de la zona de las nubes, y el suelo se mostraba a quinientos metros de distancia.

-¡Esto parece increíble! - dijo Phil Evans.

-No lo creamos - decidió Uncle Prudent.

Encamináronse para colocarse en la proa, y dirigieron sus miradas hacia la parte oeste del horizonte.

-¡Ah! Otra ciudad - dijo Phil Evans.

-¿La podéis reconocer?

-¡Sí! Me parece que es Montreal.

-¿Montreal? ¡Si apenas hace dos horas que hemos dejado atrás a Quebec!

-Eso prueba que esta máquina anda con una rapidez de veinticinco leguas por hora, por lo menos.

En efecto, aquella era la rapidez de la aeronave; y si los pasajeros no se sentían molestados, era porque marchaban entonces en la misma dirección del viento. Con un tiempo tranquilo, esta rapidez los hubiese incomodado ostensiblemente, porque era casi la de un expreso. Con viento contrario, hubiera sido imposible soportarla.

Phil Evans no se engañaba. Debajo del Albatros aparecía Montreal, muy conocido por el Victoria-Bridge, puente tubular lanzado sobre el San Lorenzo, como el viaducto del ferrocarril encima de las lagunas de Venecia. Además, se distinguían sus anchas calles, sus inmensos almacenes, los palacios de sus Bancos, y su catedral basílica, recién construida según el modelo de San Pedro de Roma; y en fin, el Mont-Royald, que domina el conjunto de la ciudad y del cual se ha hecho un parque magnífico.

Era una ventaja que Phil Evans ya hubiese visitado antes las principales ciudades de Canadá. Pudo, por consiguiente, reconocer algunas de ellas sin preguntar nada a Robur. Luego de Montreal, a la una y media de la tarde pasaron sobre Ottawa, cuyas cascadas, vistas desde lo alto, se asemejaban a una vasta caldera en ebullición que presentaba con su hervidero el efecto más grandioso digno de contemplarlo.

-¡He aquí el palacio del Parlamento! - dijo Phil Evans. Y mostraba una especie de juguete de Nüremberg, plantado sobre una colina. Este juguete, con su arquitectura polícroma, se parecía al Parlamento de Londres, así como la catedral de Montreal se parecía a San Pedro de Roma. Pero poco importaba, era una cosa incontestable que lo que se veía era Ottawa.

Bien pronto esta ciudad se redujo en el horizonte, y no formó ya más que una mancha luminosa sobre la tierra.

Eran las dos aproximadamente, cuando Robur reapareció. Su contramaestre, Tom Turner, le acompañaba. No le dijo más que tres palabras. Este se las transmitió a los dos ayudantes colocados en las torres de proa y de popa. A una señal, el timonel modificó la dirección del Albatros, para llevarle a dos grados al Sudoeste. Al mismo tiempo Uncle y Phil pudieron entender que una rapidez mayor acababa de imprimirse a los propulsores de la aeronave.

En realidad, esta rapidez hubiera podido duplicarse y sobrepujar a todo lo que se ha obtenido hasta hoy con las máquinas más rápidas de la locomoción terrestre10.

Júzguese. Los torpederos pueden hacer veintidós nudos, osea cuarenta kilómetros por hora; los trenes sobre rieles cien; los buques patines sobre los ríos helados de los Estados Unidos, ciento quince; una máquina construida en los talleres Patterson con ruedas de engranaje, ha andado ciento treinta sobre la línea del lago Erie, mientras que otra locomotora, entre Trenton y Nueva Jersey, ciento treinta y siete.

Ahora bien: el Albatros, usando el máximo de potencia de sus propulsores, podía lanzarse a razón de doscientos kilómetros por hora, esto es cerca de cincuenta metros por segundo.

Pues bien, esta rapidez es la del huracán que arranca a los árboles de raíz, la del vendaval que durante la tormenta del 21 de septiembre de 1881, en Cahors, alcanzó ciento noventa y cuatro kilómetros. Esta es la rapidez media de la paloma viajera, la cual, sin embargo, no sobrepuja al vuelo de la golondrina ordinaria, sesenta y siete metros por segundo, ni la del martinete, ochenta y nueve metros.

En resumen, como lo había dicho Robur, el Albatros, desarrollando toda la fuerza de sus hélices, hubiera podido darle la vuelta al mundo en doscientas horas, es decir, en menos de ocho días.

Que el Globo terráqueo posea en esta época 450.000 kilómetros de vías férreas, o sea unas once veces la vuelta de la Tierra por el Ecuador, ¿qué le importaba a esta máquina voladora? ¿No tenía ella por punto de apoyo todo el aire del espacio?

¿Será menester añadirlo ahora? Aquel fenómeno, cuya aparición había asombrado tanto al público de ambos mundos, era la aeronave del ingeniero. Aquella trompeta que lanzaba sus ruidosas vibraciones por medio de los aires, era la del contramaestre Tom Turner. Aquel pabellón enarbolado sobre los principales monumentos de Europa, de Asia y de América, era el pabellón de Robur el Conquistador y de su Albatros.

Y si hasta entonces el ingeniero había tomado algunas precauciones para que no se le conociese; si con preferencia viajaba durante la noche, alumbrándose algunas veces con sus fanales eléctricos; si durante el día desaparecía sobre la capa de las nubes, en este momento parecía no querer ocultar ya el secreto de su conquista. Y si había venido a Filadelfia, si se había presentado en el salón de sesiones del Weldon Institute, ¿no daba acaso este paso crucial para revelar su prodigioso descubrimiento, para convencer ipso facto a los incrédulos?

Se sabe de qué manera fue recibido: se verá cuáles eran las represalias que ahora pretendía ejercer sobre el presidente y el secretario del referido club.

Sin embargo, Robur se aproximó a los dos colegas. Estos fingían no experimentar ningún género de sorpresa acerca de lo que veían, ni lo de que a su pesar sentían. Evidentemente, bajo el cráneo de estas dos cabezas anglosajonas se incrustaba una tenacidad que habría sido difícil desarraigar.

Por su parte, Robur no quiso todavía demostrar que él lo había notado, y como si continuara una conversación que, sin embargo, había sido interrumpida hacía ya más de dos horas, dijo:

-Señores; acaso se preguntan, sin duda, si este aparato maravillosamente apropiado para la locomoción aérea, es susceptible de desarrollar una velocidad mayor: no sería digno de conquistar el espacio si fuese incapaz de devorarlo. Yo he comprendido que para luchar contra el viento no había más que ser más fuerte que él, y yo lo soy. No he tenido necesidad de velas para conducirme, ni de remos, ni de ruedas para llevarme, ni de rieles para formarme un camino rápido. Aire, y nada más. Aire que me circunde, así cómo el agua circunda al barco submarino, y en el cual mis propulsores se apuntalen como las hélices de una embarcación. He aquí cómo es que yo he resuelto el problema de la aviación. He aquí lo que no hará jamás el globo, ni cualquier otro aparato más ligero que el aire.

Mutismo absoluto de los dos colegas, lo que no desconcertó en ningún instante al ingeniero. Contentóse con sonreír a medias, y continuó en forma interrogativa:

-Acaso me preguntaréis también si a esta capacidad de avanzar horizontalmente, el Albatros junta una potencia igual de camino vertical; en una palabra, si, hasta cuando se trata de visitar las altas zonas de la atmósfera, puede luchar con un aerostato. Pues bien, no os obligo a hacer entrar el Go ahead en lucha con él.

Los dos colegas se limitaron a encogerse de hombros.

Puede ser que esto significase que escuchaban o entendían al ingeniero.

Robur hizo una señal. Las hélices propulsoras se detuvieron al punto. Luego, tras haber corrido sobre sus huellas durante más de una milla, el Albatros quedó inmóvil.

A un segundo gesto que hizo Robur, las hélices suspensoras se movieron entonces con tal rapidez, que se hubiera podido comparar a la de las sirenas en los experimentos de acústica. Su frrr subió cerca de una octava en la escala de los sonidos, disminuyendo en intensidad siempre a causa de la rarefacción del aire, y el aparato aéreo se levantó verticalmente como una calandria que lanza un grito agudo a través del espacio.

-¡Amo mío, amo mío!... -repitió Frycollin-. ¡Con tal de que esto no se rompa!... Una sonrisa de desdén fue toda la respuesta de Robur. Durante algunos minutos, el Albatros ascendió dos mil setecientos metros, lo que ampliaba el radio de vista a setenta millas. Después, cuatro mil metros, lo que indicó el barómetro que descendió a cuatrocientos ochenta milímetros.

Entonces, hecho este experimento, el Albatros volvió a descender. La disminución de la presión de las altas capas trae la disminución del oxígeno en el aire, y por lo tanto, en la sangre. Esta es la causa de los graves accidentes que han sucedido a ciertos aeronautas. Robur juzgaba inútil exponerse a ellos.

El Albatros volvió, pues, a la altura que prefería, y sus propulsores, puestos en marcha, lo arrastraron con una rapidez mayor hacia el Sudoeste.

-Ahora señores, si se os ocurre haceros alguna pregunta -dijo el ingeniero Robur, vosotros mismos podréis contestaros.

Luego, inclinándose sobre la barandilla, quedó absorto en su contemplación.

Cuando levantó la cabeza, el presidente y secretario del Weldon Institute estaban ante él.

-Ingeniero Robur -dijo Uncle Prudent, que procuraba en vano dominarse-; no nos hemos preguntado nada de lo que vos parecéis creer. Sin embargo, os haremos una pregunta a la cual suponemos que tendréis la bondad de contestarnos.

-Hablad.

-¿Con qué derecho nos habéis atacado en Filadelfia, en el parque Fairmont? ¿Con qué derecho nos habéis encerrado en este recinto? ¿Y con qué derecho nos lleváis contra nuestra voluntad a bordo de esta máquina voladora?

-¿Y con qué derecho, señores globistas -repuso el ingeniero Robur-, me habéis insultado, gritado, amenazado en vuestro club, hasta el punto de que yo mismo me asombro de haber salido de allí con vida?

-Interrogar no es responder -contestó Phil Evans-. Y repito: ¿con qué derecho?

-¿Queréis saberlo?

-Sí, queremos.

-Pues bien; ¡con el derecho del más, fuerte!

-¡Qué cinismo!

-Pero, ¡qué verdad!

-¿Y por espacio de cuánto tiempo, ciudadano ingeniero -preguntó Uncle Prudent, que estalló al fin-, durante cuánto tiempo tiene usted pretensión de ejercer vuestro derecho?

-¡Cómo, señores! -respondió irónicamente Robur-. ¿Cómo os atrevéis a hacerme semejante pregunta, cuando vosotros no tenéis más que bajar vuestra mirada para gozar de un espectáculo que no tiene igual en el mundo?

El Albatros se reflejaba entonces en el inmenso espejo del lago Ontario. Acababa de atravesar el país tan poéticamente cantado por Cooper. Después siguió la costa meridional de este vasto estanque y se dirigió hacia el célebre río que derrama sus aguas en el lago Erie, rompiéndolas contra sus enormes y maravillosas cataratas.

Por un instante, un ruido majestuoso, un estallido sordo de tempestad se subió hasta él. Y como si alguna bruma húmeda se hubiese proyectado sobre los aires, la atmósfera se refrescó súbitamente.

Abajo, con un sonido que recordaba el que produce la herradura de un caballo, se precipitaban masas líquidas. Se habría dicho que era una enorme ola de cristal, en medio de millares de arco iris que producían la refracción, descomponiendo los rayos solares. Aquello era un espectáculo sublime.

Frente a estos saltos de agua, un puente, tendido como un hilo, unía un río con otro. Más abajo, a unas tres millas de distancia, había un puente colgante que en aquel momento cruzaba un tren que iba desde el río canadiense al río americano.

-¡Las cataratas del Niágara! - exclamó Phil Evans, a pesar suyo.

Porque este grito se le escapó. Uncle Prudent a su vez, hacía el mayor esfuerzo para no admirarse de ninguna de aquellas maravillas.

Un minuto después, el Albatros había atravesado el río que separa a los Estados Unidos de la tierra canadiense y se lanzaba por encima de los vastos territorios de la América del Norte.

Notas de la fuente

10. Téngase en cuenta la época en que fue publicado este libro: 1886.

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