El pueblo aéreo

Capítulo XV

Tres semanas de estudios

Y ahora, ¿cuánto tiempo permanecerían John Cort, Max Huber, Khamis y Llanga en aquel pueblo? ¿Vendría un incidente a modificar una situación que no dejaba de ser inquietante? Se sentían muy vigilados, no habrían podido huir. Y, por otra parte, suponiendo que lograsen evadirse, en medio de aquella impenetrable región de la gran selva, ¿cómo alcanzar su linde, cómo reencontrar el curso del río Johausen?

Después de haber deseado tanto lo extraordinario, Max Huber estimaba que la situación perdería singularmente su encanto de prolongarse. Así que iba a mostrarse el más impaciente, el más deseoso de regresar a la cuenca del Ubangui, de alcanzar la factoría de Libreville, de donde John Cort y él no debían esperar socorro alguno.

Por su parte, el foreloper rabiaba de aquella mala suerte que los había hecho caer en las garras —en su opinión eran garras— de aquellos tipos inferiores. No disimulaba el perfecto desprecio que le inspiraban, porque no se diferenciaban sensiblemente de las tribus del África central. Khamis experimentaba una especie de celos instintivos, inconscientes, que los dos amigos percibían muy bien. A decir verdad, estaba no menos impaciente que Max Huber por abandonar Ngala, y todo lo que fuese posible hacer al respecto, lo haría.

Era John Cort quien menos prisa mostraba. Estudiar a aquellos primitivos le interesaba de forma muy especial. Profundizar en sus costumbres, su existencia en todos sus detalles, su carácter etnológico, su valor moral, saber hasta qué punto descendían hacia la animalidad, unas cuantas semanas habrían bastado. Pero ¿se podía afirmar que la estancia entre los wagddis no duraría más allá, meses, quizá años? ¿Y cuál sería el desenlace de una aventura tan asombrosa?

En todo caso, no parecía que John Cort, Max Huber y Khamis estuviesen amenazados de malos tratos. Sin duda alguna, aquellos silvícolas reconocían su superioridad intelectual. Además, singularidad inexplicable, nunca habían parecido sorprendidos al ver a representantes de la raza humana. No obstante, si estos pretendían emplear la fuerza para huir, se expondrían a violencias que más valía evitar.

– Lo que hay que hacer —dijo Max Huber— es entablar negociaciones con el padre Espejo, el soberano con gafas, y obtener de él que nos devuelva la libertad.

En suma, no debía de ser imposible tener una entrevista con S. M. Msélo-Tala-Tala, a menos que a los extranjeros les estuviese prohibido contemplar su augusta persona. Pero si se llegaba a su presencia, ¿cómo intercambiar preguntas y respuestas? ¡Ni siquiera en lengua congoleña se entenderían! Y además, ¿qué resultaría de ello? ¿El interés de los wagddis no era, reteniendo a aquellos extranjeros, asegurar el secreto de aquella existencia de una raza desconocida en las profundidades de la selva ubanghiana?

Y sin embargo, en opinión de John Cort, aquel encarcelamiento en el pueblo aéreo tenía circunstancias atenuantes, puesto que la ciencia de la antropología comparada sacaría provecho de ello, puesto que el mundo científico se conmovería con aquel descubrimiento de una raza nueva. En cuanto a saber cómo acabaría aquello...

– ¡Me lleve el diablo si lo sé! —repetía Max Huber, que no tenía la madera de un Garner o de un Johausen.

Cuando los tres, seguidos de Llanga, hubieron regresado a su choza, advirtieron varias modificaciones de naturaleza satisfactoria.

Y, para empezar, un wagddi estaba ocupado en «hacer la habitación», si cabe emplear esta expresión demasiado francesa. Por lo demás, John Cort ya había notado que aquellos primitivos tenían instintos de limpieza de los que la mayoría de los animales carecen. Si hacían su habitación, también hacían su aseo. Se habían depositado brazadas de hierbas secas al fondo de la choza. Ahora bien, como Khamis y sus compañeros nunca habían tenido otro lecho desde la destrucción de la caravana, aquello no cambiaría sus hábitos.

Además, diversos objetos estaban colocados en el suelo, pues el mobiliario no comprendía ni mesas ni sillas, sino solo algunos utensilios toscos, vasijas y cántaros de fabricación wagddiana. Aquí frutas de varias clases, allí un cuarto de órix que estaba cocido. La carne cruda solo conviene a los animales carnívoros, y es raro encontrar en el grado más bajo de la escala seres cuya alimentación sea invariablemente esa.

– Ahora bien, quienquiera que sea capaz de hacer fuego —declaró John Cort— se sirve de él para la cocción de sus alimentos. No me extraña, pues, que los wagddis se alimenten de carne cocida.

Así, la choza poseía un hogar, compuesto de una piedra plana, y el humo se perdía a través del ramaje del cailcedrat que la cobijaba.

En el momento en que los cuatro llegaron ante la puerta, el wagddi suspendió su trabajo.

Era un joven de unos veinte años, de movimientos ágiles y fisonomía inteligente. Con la mano señaló los objetos que acababan de ser traídos. Entre estos objetos, Max Huber, John Cort y Khamis —con no poca satisfacción— vieron sus carabinas, un poco herrumbrosas, que sería fácil poner a punto.

– ¡Pardiez! —exclamó Max Huber—. Son bienvenidas... y llegado el caso...

– Las usaríamos —añadió John Cort—, si tuviéramos nuestra caja de cartuchos...

– Aquí está —respondió el foreloper.

Y mostró la caja metálica dispuesta a la izquierda junto a la puerta.

Aquella caja, aquellas armas, se recordará, Khamis había tenido la presencia de ánimo de lanzarlas sobre las rocas de la barrera en el momento en que la balsa chocó contra ellas, y fuera del alcance de las aguas. Es allí donde los wagddis las encontraron para transportarlas al pueblo de Ngala.

– Si nos han devuelto nuestras carabinas —hizo observar Max Huber—, ¿es que saben para qué sirven las armas de fuego?

– Lo ignoro —respondió John Cort—, pero lo que sí saben es que no hay que quedarse con lo que no es de uno, y eso ya habla en favor de su moralidad.

No importa: la pregunta de Max Huber no dejaba de tener su importancia.

– ¡Kollo... Kollo!

Esta palabra, pronunciada con claridad, resonó repetidas veces, y, al pronunciarla, el joven wagddi se llevaba la mano a la altura de la frente y luego se tocaba el pecho, como diciendo:

– Kollo... ¡soy yo!

John Cort presumió que debía de ser el nombre de su nuevo criado, y, cuando lo hubo repetido cinco o seis veces, Kollo manifestó su alegría con una risa prolongada.

Pues reían, aquellos primitivos, y había que tenerlo en cuenta desde el punto de vista antropológico. En efecto, ningún ser posee esta facultad excepto el hombre. Entre los más inteligentes —en el perro, por ejemplo— si se sorprenden algunos indicios de risa o de sonrisa, es solo en los ojos, y quizá en las comisuras de los labios. Además, aquellos wagddis no se abandonaban a ese instinto, común a casi todos los cuadrúpedos, de olfatear su comida antes de probarla, de empezar por comer lo que más les gusta.

He aquí, pues, en qué condiciones iban a vivir los dos amigos, Llanga y el foreloper. Aquella choza no era una prisión. Podrían salir de ella a su antojo. En cuanto a abandonar Ngala, no cabía duda de que se lo impedirían, a menos que obtuviesen esa autorización de S. M. Msélo-Tala-Tala.

Necesidad, pues, provisionalmente quizá, de morderse el freno, de resignarse a vivir en medio de aquel singular mundo silvestre en el pueblo aéreo.

Aquellos wagddis parecían, por lo demás, apacibles por naturaleza, poco pendencieros y —hay que insistir en ello— menos curiosos, menos sorprendidos por la presencia de aquellos extranjeros de lo que habrían estado los más atrasados de los salvajes de África y Australia. La vista de dos blancos y de dos indígenas congoleños no los asombraba tanto como habría asombrado a un indígena africano. Los dejaba indiferentes, y no se mostraban indiscretos. En ellos, ningún síntoma de curiosidad callejera ni de esnobismo. Eso sí, en materia de acrobacia, para trepar a los árboles, saltar de rama en rama, bajar a toda velocidad la escalera de Ngala, habrían dado lecciones a los Billy Hayden, los Joe Bib, los Foottit, que detentaban por aquella época el récord de la gimnasia circense.

Al mismo tiempo que desplegaban aquellas cualidades físicas, los wagddis mostraban una extraordinaria precisión de ojo. Cuando se dedicaban a la caza de aves, las abatían con pequeñas flechas. Sus disparos no debían de ser menos certeros cuando perseguían a los gamos, los alces, los antílopes, y también los búfalos y los rinocerontes en las arboledas vecinas. Fue entonces cuando Max Huber habría querido acompañarlos, tanto para admirar sus proezas cinegéticas como para intentar darles esquinazo.

¡Sí! Huir: en eso piensan sin cesar los prisioneros. Ahora bien, la fuga solo era practicable por la única escalera, y, en el rellano superior, montaban guardia unos guerreros cuya vigilancia habría sido difícil de burlar.

Varias veces, Max Huber sintió el deseo de tirar a las aves que abundaban en los árboles: sou-mangas, chotacabras, pintadas, abubillas, gríots y otras muchas, de las que aquellos silvícolas hacían gran consumo. Pero sus compañeros y él eran provistos a diario de caza, particularmente de la carne de diversos antílopes —órixes, inyalas, sasabíes, waterbucks— tan numerosos en la selva del Ubangui. Su criado Kollo no los dejaba carecer de nada; renovaba cada día la provisión de agua fresca para las necesidades del hogar y la provisión de leña seca para el mantenimiento de la lumbre.

Y además, usar las carabinas como armas de caza habría tenido el inconveniente de revelar su potencia. Más valía guardar ese secreto y, llegado el caso, utilizarlas como armas ofensivas o defensivas.

Si sus huéspedes estaban provistos de carne, era porque los wagddis también se alimentaban de ella, unas veces asada sobre brasas, otras hervida en las vasijas de barro fabricadas por ellos. Era incluso lo que Kollo hacía por su cuenta, aceptando la ayuda de Llanga, no así la de Khamis, que se habría negado en su orgullo de indígena.

Conviene señalar —y esto para viva satisfacción de Max Huber— que la sal ya no faltaba. No era el cloruro de sodio que se halla en disolución en las aguas del mar, sino sal gema, muy extendida en África, en Asia, en América, y cuyas eflorescencias debían de cubrir el suelo en las inmediaciones de Ngala. Aquel mineral —el único que entra en la alimentación— bastaba el puro instinto para que su utilidad les fuese conocida a los wagddis como a cualquier animal.

Una cuestión que interesó a John Cort fue la cuestión del fuego. ¿Cómo lo obtenían aquellos primitivos? ¿Era por el frotamiento de un trozo de madera dura sobre un trozo de madera blanda según el método de los salvajes? No, no procedían de ese modo, y empleaban el sílex, del que sacaban chispas por percusión. Estas chispas bastaban para encender la pelusa del fruto del rentenier, muy común en las selvas africanas, que goza de todas las propiedades de la yesca.

Además, la alimentación nitrogenada se completaba, en las familias wagddianas, con una alimentación vegetal de la que la naturaleza hacía todos los gastos. Eran, por un lado, raíces comestibles de dos o tres clases; por otro, una gran variedad de frutos, como los que da la acacia adansonia, que lleva indistintamente el nombre justificado de pan de hombre o de pan de mono; como el karita, cuya castaña se llena de una materia grasa capaz de sustituir a la mantequilla; como el kijelia, con sus bayas de sabor un poco insípido, que compensa su cualidad nutritiva y también su tamaño, pues no miden menos de sesenta centímetros de largo; como, en fin, otras frutas, plátanos, higos, mangos, en estado silvestre, y también el tso, que da frutos bastante buenos, todo ello aderezado con vainas de tamarindo a modo de condimento. Además, los wagddis hacían uso igualmente de la miel, cuyos panales descubrían siguiendo al cuco indicador. Y, ya con este producto tan precioso, ya con el jugo de diversas plantas —entre ellas el lutex destilado por cierta liana— mezclado con el agua del río, componían bebidas fermentadas de alto grado alcohólico. Que nadie se extrañe: ¿no se ha reconocido que los mandriles de África, que no son sino simios, tienen una marcada debilidad por el alcohol?

Hay que añadir que un curso de agua, muy rico en peces, que pasaba bajo Ngala, contenía las mismas especies que las encontradas por Khamis y sus compañeros en el río Johausen. Pero ¿era navegable, y los wagddis se servían de embarcaciones? Eso era lo que habría sido importante saber en caso de fuga.

Pues bien, aquel curso de agua era visible desde el extremo del pueblo opuesto a la morada real. Apostándose junto a los últimos árboles, se divisaba su cauce, de diez a doce metros de ancho. A partir de aquel punto, se perdía entre hileras de árboles soberbios: bombax de cinco fustes, magníficos mparamousis de nudosas trenzas, admirables msoukoulios cuyo tronco se envolvía en lianas gigantescas, esas epífitas que lo estrechaban entre sus repliegues de serpientes.

Pues bien, sí, los wagddis sabían construir embarcaciones, un arte que no ignoran ni siquiera los últimos naturales de Oceanía. Su artilugio flotante era más que la balsa, menos que la piragua: un simple tronco de árbol ahuecado con fuego y hacha. Se gobernaba con una pala plana y, cuando la brisa soplaba favorable, con una vela tendida en dos espares, hecha de una corteza ablandada por un batido regular con mazos de una madera de hierro extremadamente dura.

Lo que John Cort pudo constatar, no obstante, fue que aquellos primitivos no hacían uso de legumbres ni cereales en su alimentación. No sabían cultivar ni sorgo, ni mijo, ni arroz, ni mandioca, tarea que es corriente entre las tribus del África central. Pero no había que pedirles a aquellos sujetos lo que se encontraba en la industria agrícola de los denkas, los fundj, los monbutus, a quienes se puede clasificar con justicia dentro de la raza humana.

Finalmente, hechas todas estas observaciones, John Cort se preocupó de reconocer si aquellos wagddis tenían en sí el sentimiento de la moralidad y la religiosidad.

Un día, Max Huber le preguntó cuál era el resultado de sus observaciones al respecto.

– Cierta moralidad, cierta probidad, la tienen —respondió—. Distinguen sin duda lo que está bien de lo que está mal. Poseen también el sentimiento de la propiedad. Ya lo sé, numerosos animales están provistos de él, y los perros, entre otros, no se dejan quitar de buena gana lo que están comiendo. En mi opinión, los wagddis tienen la noción de lo tuyo y lo mío. Lo he observado a propósito de uno de ellos que había robado unas frutas en una choza en la que acababa de entrar.

– ¿Lo citaron ante el juez de faltas o ante el tribunal correccional? —preguntó Max Huber.

– Ríase, querido amigo, pero lo que digo tiene su importancia, y el ladrón fue apaleado de buena ley por el robado, al que sus vecinos prestaron ayuda. Añado que estos primitivos se distinguen por una institución que los acerca a la humanidad...

– ¿Cuál?

– La familia, que está regularmente constituida entre ellos: la vida en común del padre y la madre, los cuidados dados a los hijos, la continuidad del afecto paterno y filial. ¿No lo hemos observado en Lo-Maï? Estos wagddis tienen incluso impresiones de orden humano. Fíjese en nuestro Kollo... ¿No se sonroja bajo la acción de una influencia moral? Ya sea por pudor, por timidez, por modestia o por confusión, las cuatro eventualidades que llevan el rubor a la frente del hombre, es incontestable que ese efecto se produce en él. Luego un sentimiento..., ¡luego un alma!

– Entonces —preguntó Max Huber—, puesto que estos wagddis poseen tantas cualidades humanas, ¿por qué no admitirlos en las filas de la humanidad?

– Porque parecen carecer de una concepción que es propia de todos los hombres, querido Max.

– ¿Y qué entiende usted por eso?

– La concepción de un ser supremo, en una palabra, la religiosidad, que se encuentra en las tribus más salvajes. No he constatado que adoren divinidades... Ni ídolos ni sacerdotes...

– A menos —respondió Max Huber— que su divinidad sea precisamente ese rey Msélo-Tala-Tala del que no nos dejan ver ni la punta de la nariz...

Habría sido el caso, sin duda, de intentar una experiencia concluyente: ¿resistían aquellos primitivos a la acción tóxica de la atropina, a la que el hombre sucumbe mientras que los animales la soportan impunemente? Si sí, eran bestias; si no, eran humanos. Pero la experiencia no podía hacerse, a falta de dicha sustancia. Hay que añadir, además, que durante la estancia de John Cort y Max Huber en Ngala no hubo ningún fallecimiento. La cuestión queda, pues, sin resolver de si los wagddis quemaban o enterraban los cadáveres, y si tenían el culto a los muertos.

No obstante, si sacerdotes, o siquiera hechiceros, no se encontraban en medio de aquella tribu wagddiana, sí se veía cierto número de guerreros, armados de arcos, azagayas, lanzas y hachuelas, un centenar aproximadamente, elegidos entre los más vigorosos y mejor plantados. ¿Estaban únicamente al servicio de la guardia del rey, o se empleaban tanto a la defensiva como a la ofensiva? Podía ser que la gran selva albergase otros pueblos de la misma naturaleza, del mismo origen, y, si aquellos habitantes se contaban por millares, ¿por qué no habrían hecho la guerra a sus semejantes como la hacen las tribus de África?

En cuanto a la hipótesis de que los wagddis hubiesen tomado ya contacto con los indígenas del Ubangui, del Barguimi, del Sudán o con los congoleños, era poco admisible, ni siquiera con aquellas tribus de enanos, los bambustis, que el misionero inglés Albert Lloyd encontró en las selvas del África central, industriosos cultivadores de los que Stanley ha hablado en el relato de su último viaje. Si el contacto hubiese tenido lugar, la existencia de aquellos silvícolas se habría revelado hacía tiempo, y no habría estado reservado a John Cort y Max Huber el descubrirla.

– Pero —prosiguió este último—, si resulta que los wagddis se matan entre sí, querido John, ¡eso permitiría sin discusión clasificarlos entre la especie humana!

Por lo demás, era bastante probable que los guerreros wagddianos no se abandonasen a la ociosidad y que organizasen razias en los alrededores. Después de ausencias que duraban dos o tres días, regresaban, algunos heridos, trayendo objetos diversos, utensilios o armas de fabricación wagddiana.

En varias ocasiones, el foreloper hizo tentativas para salir del pueblo: tentativas infructuosas. Los guerreros que custodiaban la escalera intervinieron con cierta violencia. En una ocasión sobre todo, Khamis habría sido maltratado si Lo-Maï, atraído por la escena, no hubiese acudido en su auxilio.

Hubo, por cierto, una fuerte discusión entre este último y un robusto individuo llamado Raggi. Por el traje de piel que llevaba, las armas que colgaban de su cintura, las plumas que adornaban su cabeza, cabía creer que aquel Raggi debía de ser el jefe de los guerreros. Solo por su aire feroz, sus gestos imperiosos, su brutalidad natural, se sentía que estaba hecho para el mando.

A raíz de aquellas tentativas, los dos amigos habían esperado que serían enviados ante Su Majestad, y que verían al fin a aquel rey que sus súbditos ocultaban con celoso cuidado en el fondo de la morada real... Se quedaron con las ganas. Probablemente, Raggi tenía plena autoridad, y más valía no exponerse a su cólera reincidiendo. Las posibilidades de evasión quedaban, pues, muy reducidas, a menos que los wagddis, si atacaban algún pueblo vecino, fuesen atacados a su vez, y, al amparo de una agresión, se ofreciera la ocasión de abandonar Ngala... Pero después, ¿qué sería de ellos?

Por lo demás, el pueblo no fue amenazado durante aquellas primeras semanas, si no es por ciertos animales que Khamis y sus compañeros no habían encontrado todavía en la gran selva. Si los wagddis pasaban su existencia en Ngala, si regresaban a él al caer la noche, poseían sin embargo algunas chozas a orillas del río. Se habría dicho un pequeño puerto fluvial donde se reunían las embarcaciones de pesca, que tenían que defender contra los hipopótamos, los manatíes y los cocodrilos, bastante numerosos en las aguas africanas.

Un día, el 9 de abril, se produjo un violento tumulto. Resonaban gritos en dirección al río. ¿Era un ataque dirigido contra los wagddis por seres semejantes a ellos? Sin duda, gracias a su situación, el pueblo estaba al abrigo de una invasión. Pero, suponiendo que se prendiese fuego a los árboles que lo sostenían, su destrucción habría sido cuestión de unas horas. Ahora bien, los medios que aquellos primitivos habían empleado quizá contra sus vecinos, no era imposible que estos intentaran emplearlos contra ellos.

Desde los primeros clamores, Raggi y una treintena de guerreros, dirigiéndose hacia la escalera, descendieron con una rapidez simiesca. John Cort, Max Huber y Khamis, guiados por Lo-Maï, ganaron el lado del pueblo desde el que se divisaba el curso de agua.

Era una invasión contra las chozas establecidas en aquel lugar. Una banda, no de hipopótamos, sino de queropotamos, o más bien de potamoqueros, que son más particularmente los cerdos de río, acababan de lanzarse fuera de la arboleda y lo destrozaban todo a su paso.

Estos potamoqueros, a los que los bóeres llaman «bosch-wark» y los ingleses «bush-pigs», se encuentran en la región del cabo de Buena Esperanza, en Guinea, en el Congo, en el Camerún, y causan en ellos grandes daños. De menor talla que el jabalí europeo, tienen el pelaje más sedoso, el manto parduzco tirando a anaranjado, las orejas puntiagudas rematadas por un penacho de pelo, la crin negra mezclada con hilos blancos que les recorre el lomo, el hocico desarrollado, la piel levantada entre la nariz y el ojo por una protuberancia ósea en los machos. Estos porcinos son temibles, y lo eran tanto más cuanto que se encontraban en condiciones de superioridad numérica.

En efecto, aquel día se habrían contado bien un centenar de ellos precipitándose sobre la orilla izquierda del río. Así que la mayoría de las chozas habían sido ya derribadas antes de la llegada de Raggi y su tropa.

A través de las ramas de los últimos árboles, John Cort, Max Huber, Khamis y Llanga pudieron ser testigos de la lucha. Fue breve, pero no sin peligro. Los guerreros desplegaron en ella un gran valor. Sirviéndose de lanzas y hachuelas con preferencia a los arcos y las azagayas, cargaron con un ardor que igualaba la furia de los asaltantes. Los atacaron cuerpo a cuerpo, golpeándolos en la cabeza a hachazos, atravesándoles los flancos con sus lanzas. En fin, después de una hora de combate, aquellos animales estaban en fuga, y arroyos de sangre se mezclaban con las aguas del pequeño río.

Max Huber bien había tenido la idea de tomar parte en la batalla. Traer su carabina y la de John Cort, descargarlas desde lo alto del pueblo sobre la banda, abrumar con una lluvia de balas a aquellos potamoqueros, para extrema sorpresa de los wagddis, no habría sido ni largo ni difícil. Pero el prudente John Cort, apoyado por el foreloper, calmó a su impetuoso amigo.

– No —le dijo—, reservémonos para intervenir en circunstancias más decisivas... Cuando se dispone del rayo, querido Max...

– Tiene usted razón, John, no hay que fulminar sino en el momento oportuno... Y, puesto que aún no es hora de tronar, ¡guardemos nuestro trueno!

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