El pueblo aéreo

Capítulo XIV

Los wagddis

Su Majestad Msélo-Tala-Tala, rey de aquella tribu de los wagddis, gobernando aquel pueblo aéreo: he ahí, ¿no era cierto?, lo que debía bastar para satisfacer los desiderata de Max Huber. En la furia francesa de su imaginación, ¿no había entrevisto, bajo las profundidades de aquella misteriosa selva del Ubangui, generaciones nuevas, ciudades desconocidas, todo un mundo extraordinario cuya existencia nadie sospechaba? Pues bien, estaba servido a medida.

Fue el primero en felicitarse por haber acertado de lleno y no se detuvo sino ante esta no menos justa observación de John Cort:

– Convenido, querido amigo, usted es, como todo poeta, doble de adivino, y ha adivinado...

– Justo, querido John, pero sea cual sea esta tribu semihumana de los wagddis, mi intención no es acabar mis días en su capital...

– ¡Vaya, querido Max! Hay que permanecer aquí el tiempo suficiente para estudiar esta raza desde el punto de vista etnológico y antropológico, a fin de publicar un grueso volumen en cuarto que revolucionará los institutos de los dos continentes...

– Sea —replicó Max Huber—, observaremos, compararemos, estudiaremos a fondo todas las tesis relativas a la cuestión del antropomorfismo, con dos condiciones, no obstante...

– ¿La primera?

– Que se nos deje, así lo espero, la libertad de ir y venir por este pueblo...

– ¿Y la segunda?

– Que, después de haber circulado libremente, podamos marcharnos cuando nos convenga...

– ¿Y a quién dirigirnos? —preguntó Khamis.

– A Su Majestad el padre Espejo —respondió Max Huber—. Pero, a todo esto, ¿por qué lo llaman así sus súbditos?

– ¿Y en lengua congoleña? —replicó John Cort.

– ¿Es que Su Majestad es miope o présbita... y lleva gafas? —prosiguió Max Huber.

– Y, para empezar, esas gafas, ¿de dónde habrían salido? —añadió John Cort.

– No importa —continuó Max Huber—, cuando estemos en condiciones de conversar con ese soberano, ya sea porque él haya aprendido nuestra lengua, ya porque nosotros hayamos aprendido la suya, le ofreceremos firmar un tratado de alianza ofensiva y defensiva con América y Francia, ¡y no podrá hacer menos que nombrarnos grandes cruces de la orden wagddiana!

¿No se pronunciaba Max Huber con excesiva seguridad al contar con que tendrían plena libertad en aquel pueblo y luego lo abandonarían a su conveniencia? Pues si John Cort, Khamis y él no reaparecían en la factoría, ¿a quién se le ocurriría ir a buscarlos a aquel pueblo de Ngala en lo más profundo de la gran selva? Al no ver regresar a nadie de la caravana, ¿quién dudaría de que había perecido entera en las regiones del alto Ubangui?

En cuanto a la cuestión de si Khamis y sus compañeros permanecerían o no prisioneros en aquella choza, quedó zanjada casi al instante. La puerta giró sobre sus ataduras de liana y Li-Maï apareció.

Lo primero que hizo el pequeño fue ir derecho a Llanga y prodigarle mil caricias que este devolvió de buen grado. John Cort tenía, pues, la ocasión de examinar más atentamente a aquella singular criatura. Pero, como la puerta estaba abierta, Max Huber propuso salir y mezclarse con la población aérea.

Helos, pues, afuera, guiados por el pequeño salvaje —¿no se le puede calificar así?— que daba la mano a su amigo Llanga. Se encontraron entonces en el centro de una especie de encrucijada por la que pasaban y repasaban wagddianos «yendo a sus quehaceres».

Aquella encrucijada estaba plantada de árboles, o más bien sombreada por copas de árboles cuyos robustos troncos soportaban aquella construcción aérea. Reposaba a unos treinta metros sobre el suelo, sobre las ramas maestras de aquellas poderosas bauhinias, bombax y baobabs. Hecha de piezas transversales sólidamente unidas por clavijas y lianas, una capa de tierra apisonada se extendía por su superficie, y, como los puntos de apoyo eran tan sólidos como numerosos, el suelo postizo no temblaba bajo el pie. E incluso cuando las violentas ráfagas soplaban a través de aquellas altas copas, apenas si el armazón de aquella superestructura experimentaba un ligero estremecimiento.

Por los intersticios del follaje penetraban los rayos del sol. El tiempo era bueno aquel día. Amplias manchas de cielo azul se mostraban por encima de las últimas ramas. Una brisa, cargada de penetrantes aromas, refrescaba la atmósfera.

Mientras el grupo de extranjeros deambulaba, los wagddis, hombres, mujeres y niños, los miraban sin manifestar sorpresa alguna. Intercambiaban entre sí diversos comentarios, con voz ronca, frases breves pronunciadas precipitadamente y palabras ininteligibles. No obstante, el foreloper creyó oír algunas expresiones de la lengua congoleña, y no había por qué asombrarse, puesto que Li-Maï se había servido varias veces de la palabra «ngora». Aquello, sin embargo, parecía inexplicable. Pero lo que lo era mucho más es que John Cort quedó sorprendido por la repetición de dos o tres palabras alemanas, entre otras la de «vater», y comunicó esta particularidad a sus compañeros.

– ¿Qué quiere usted, querido John? —respondió Max Huber—. Me espero cualquier cosa, incluso que estos seres me den una palmadita en el estómago diciendo: «¿Qué tal... amigo?»

De vez en cuando, Li-Maï, soltando la mano de Llanga, iba hacia uno u otro, como un niño vivo y alegre. Parecía orgulloso de pasear a los extranjeros por las calles del pueblo. No lo hacía al azar —eso se veía—, los llevaba a alguna parte, y no había más que seguirlo, a aquel guía de cinco años.

Aquellos primitivos —así los designaba John Cort— no estaban completamente desnudos. Sin contar el pelaje rojizo que les cubría en parte el cuerpo, hombres y mujeres se envolvían en una especie de taparrabos de un tejido vegetal, más o menos semejante, aunque de fabricación más tosca, a los de agulí en hilo de acacia que se tejen comúnmente en Porto-Novo, en Dahomey.

Lo que John Cort observó especialmente fue que aquellas cabezas wagddianas, redondeadas, reducidas a las dimensiones del tipo microcefálico, muy próximas al ángulo facial humano, presentaban escaso prognatismo. Además, las arcadas superciliares no ofrecían ninguna de esas prominencias que son comunes a toda la raza simiesca. En cuanto a la cabellera, era la lana lisa de los indígenas del África ecuatorial, con la barba poco poblada.

– Y nada de pie prensil... —declaró John Cort.

– Y nada de apéndice caudal —añadió Max Huber—, ¡ni el menor asomo de cola!

– En efecto —respondió John Cort—, y eso ya es un signo de superioridad. Los simios antropomorfos no tienen cola, ni bolsas en las mejillas, ni callosidades. Se desplazan horizontal o verticalmente a su antojo. Pero se ha hecho una observación, y es que los cuadrumanos que caminan erguidos no se sirven de la planta del pie y se apoyan sobre el dorso de los dedos replegados. Pues bien, no sucede así con los wagddis, y su marcha es absolutamente la del hombre, hay que reconocerlo.

Muy acertada, aquella observación, y, sin duda alguna, se trataba de una raza nueva. Por lo demás, en lo que concierne al pie, ciertos antropólogos admiten que no hay diferencia alguna entre el del simio y el del hombre, y este último tendría incluso el pulgar oponible si el empeine no estuviese deformado por el uso del calzado.

Existen además similitudes físicas entre las dos razas. Los cuadrumanos que poseen la postura humana son los menos petulantes, los menos gesticulantes, en una palabra, los más graves y serios de la especie. Ahora bien, precisamente, aquel carácter de gravedad se manifestaba en la actitud como en los actos de aquellos habitantes de Ngala. Además, cuando John Cort los examinase atentamente, podría constatar que su sistema dental era idéntico al del hombre.

Estas semejanzas han podido, pues, hasta cierto punto, engendrar la doctrina de la variabilidad de las especies, la evolución ascensional preconizada por Darwin. Se las ha considerado incluso como decisivas, por comparación entre los ejemplares más elevados de la escala simiesca y los primitivos de la humanidad. Linneo sostuvo la opinión de que había habido hombres trogloditas, expresión que, en cualquier caso, no habría podido aplicarse a los wagddis, los cuales viven en los árboles. Vogt llegó incluso a pretender que el hombre procede de tres grandes simios: el orangután, tipo braquicéfalo de largo pelaje pardo, sería según él el antecesor de los negritos; el chimpancé, tipo dolicocéfalo, de mandíbulas menos macizas, sería el antecesor de los negros; finalmente, del gorila, especializado por el desarrollo del tórax, la forma del pie, el andar que le es propio, el carácter osteológico del tronco y las extremidades, descendería el hombre blanco. Pero, a estas similitudes, se pueden oponer disimilitudes de una importancia capital en el orden intelectual y moral, disimilitudes que deben hacer justicia a las doctrinas darwinianas.

Conviene, pues, tomando los caracteres distintivos de estos tres cuadrumanos, sin admitir no obstante que su cerebro posea los doce millones de células y los cuatro millones de fibras del cerebro humano, creer que pertenecen a una raza superior en la animalidad. Pero nunca se podrá concluir de ello que el hombre sea un mono perfeccionado o el mono un hombre en degeneración.

En cuanto al microcéfalo, del que se quiere hacer un intermediario entre el hombre y el mono, especie vanamente predicha por los antropólogos y vanamente buscada, ese eslabón que falta para enlazar el reino animal con el reino «hominal», ¿había motivos para admitir que estuviese representado por aquellos wagddis? ¿Habían reservado las singulares casualidades de su viaje a aquel francés y a aquel americano el descubrirlo?

Y, aun cuando esta raza desconocida se aproximase físicamente a la raza humana, aún sería preciso que los wagddis poseyesen esos caracteres de moralidad y religiosidad propios del hombre, sin hablar de la facultad de concebir abstracciones y generalizaciones, de la aptitud para las artes, las ciencias y las letras. Solo entonces sería posible pronunciarse de forma perentoria entre las tesis de los monogenistas y los poligenistas.

Una cosa cierta, en suma, era que los wagddis hablaban. No limitados a los meros instintos, tenían ideas —lo que supone el empleo de la palabra— y vocablos cuya reunión formaba un lenguaje. Mejor que gritos acompañados de mirada y gesto, empleaban una palabra articulada, basada en una serie de sonidos y figuras convencionales que debían de haber sido legados por atavismo.

Y es lo que más impresionó a John Cort. Aquella facultad, que implica la participación de la memoria, indicaba una influencia congénita de raza.

Sin embargo, sin dejar de observar las costumbres y hábitos de aquella tribu silvestre, John Cort, Max Huber y Khamis avanzaban por las calles del pueblo.

¿Era grande aquel pueblo? En realidad, su circunferencia no debía de ser inferior a cinco kilómetros.

«Y, como dijo Max Huber, si no es más que un nido, ¡al menos es un nido vasto!»

Construida por las manos de los wagddis, aquella instalación denotaba un arte superior al de las aves, las abejas, los castores y las hormigas. Si vivían en los árboles, aquellos primitivos que pensaban y expresaban sus pensamientos, era porque el atavismo los había impulsado a ello.

– En todo caso —hizo observar John Cort—, la naturaleza, que nunca se equivoca, ha tenido sus razones para empujar a estos wagddis a adoptar la existencia aérea. En vez de arrastrarse por un suelo insalubre al que el sol no penetra jamás con sus rayos, viven en el medio salutífero de las copas de esta selva.

La mayoría de las chozas, frescas y verdeantes, dispuestas en forma de colmenas, estaban ampliamente abiertas. Las mujeres se entregaban en ellas con actividad a los cuidados muy rudimentarios de su hogar. Los niños se mostraban numerosos, los más pequeños amamantados por sus madres. En cuanto a los hombres, unos hacían entre las ramas la recolección de frutos, otros bajaban por la escalera para atender a sus ocupaciones habituales. Estos subían con algunas piezas de caza, aquellos traían los cántaros que habían llenado en el cauce del río.

– Es una lástima —dijo Max Huber— que no sepamos la lengua de estos naturales... Jamás podremos conversar ni adquirir un conocimiento exacto de su literatura... Por cierto, aún no he avistado la biblioteca municipal... ni el instituto de chicos o de chicas.

Sin embargo, puesto que la lengua wagddiana, según lo que se le había oído a Li-Maï, se mezclaba con palabras indígenas, Khamis probó con algunas de las más usuales dirigiéndose al niño.

Pero, por inteligente que pareciese Li-Maï, no pareció comprender.

Y, sin embargo, delante de John Cort y Max Huber había pronunciado la palabra «ngora» cuando estaba acostado en la balsa. Y, desde entonces, Llanga afirmaba haber sabido por su padre que el pueblo se llamaba Ngala y el jefe Msélo-Tala-Tala.

Por fin, después de una hora de paseo, el foreloper y sus compañeros alcanzaron el extremo del pueblo. Allí se alzaba una choza más importante. Establecida entre las ramas de un enorme bombax, con la fachada enrejada de cañas, su techumbre se perdía en el follaje.

Aquella choza, ¿era el palacio del rey, el santuario de los hechiceros, el templo de los genios, como los que poseen la mayoría de las tribus salvajes, en África, en Australia, en las islas del Pacífico?

Se presentaba la ocasión de sacarle a Li-Maï algunos datos más precisos. Así pues, John Cort, tomándolo por los hombros y girándolo hacia la choza, le dijo:

– ¿Msélo-Tala-Tala?

Un gesto de cabeza fue toda la respuesta que obtuvo.

Luego, allí moraba el jefe del pueblo de Ngala, Su Majestad Wagddiana.

Y, sin más ceremonia, Max Huber se dirigió resueltamente hacia la susodicha choza.

Cambio de actitud del niño, que lo retuvo manifestando un verdadero espanto.

Nueva insistencia de Max Huber, que repitió varias veces: «¿Msélo-Tala-Tala?»

Pero, en el momento en que Max Huber iba a alcanzar la choza, el pequeño corrió hacia él y le impidió avanzar más.

¿Estaba prohibido, pues, acercarse a la morada real?

En efecto, dos centinelas wagddis acababan de levantarse y, blandiendo sus armas, una especie de hacha de madera de hierro y una azagaya, defendieron la entrada.

– Vamos —exclamó Max Huber—, aquí como en todas partes, en la gran selva del Ubangui como en las capitales del mundo civilizado, guardias de corps, guardias de honor, pretorianos de facción ante el palacio, ¡y qué palacio... el de una Majestad homo-simiesca!

– ¿Por qué asombrarse, querido Max?

– Pues bien —declaró este—, ya que no podemos ver a este monarca, le pediremos una audiencia por carta...

– Bien —replicó John Cort—; si hablan, estos primitivos, ¡no creo que hayan llegado a saber leer y escribir! Más salvajes todavía que los indígenas del Sudán y del Congo, los fundj, los chilucs, los denkas, los monbutus, no parecen haber alcanzado ese grado de civilización que implica la preocupación de enviar a los hijos a la escuela...

– Me lo sospechaba un poco, John. Además, ¿cómo cartearse con gentes cuya lengua se desconoce?

– Dejémonos guiar por el pequeño —dijo Khamis.

– ¿No reconoces la choza de su padre y de su madre? —preguntó John Cort al joven indígena.

– No, mi amigo John —respondió Llanga—, pero... seguramente... Li-Maï nos lleva a ella... Hay que seguirle.

Y entonces, acercándose al niño y tendiendo la mano hacia la izquierda:

– ¿Ngora... ngora? —repitió.

Sin duda alguna, el niño comprendió, pues su cabeza se inclinó y se levantó vivamente.

– Lo que indica —hizo observar John Cort— que el gesto de negación y de afirmación es instintivo e idéntico en todos los humanos... una prueba más de que estos primitivos están muy cerca de la humanidad...

Unos minutos después, los visitantes llegaban a un barrio del pueblo más sombreado donde las copas entrelazaban estrechamente su follaje.

Li-Maï se detuvo ante una choza aseada, cuyo techo estaba hecho de las anchas hojas del enseté, aquel platanero tan extendido en la gran selva, las mismas hojas que el foreloper había empleado para el toldo de la balsa. Una especie de adobe formaba las paredes de aquella choza, a la que se accedía por una puerta abierta en aquel momento.

Con la mano, el niño se la señaló a Llanga, que la reconoció.

– Es ahí —dijo.

En el interior, una sola estancia. Al fondo, un lecho de hierbas secas, que era fácil renovar. En un rincón, unas piedras a modo de hogar donde ardían unos tizones. Por únicos utensilios, dos o tres calabazas, un cuenco de barro lleno de agua y dos vasijas de la misma sustancia. Aquellos silvícolas no habían llegado aún a los tenedores y comían con los dedos. Aquí y allá, sobre un estante fijado a las paredes, frutas, raíces, un trozo de carne cocida, media docena de aves desplumadas para la próxima comida y, colgadas de fuertes espinas, tiras de tela de corteza y de agulí.

Un wagddi y una wagddiana se levantaron en el momento en que Khamis y sus compañeros penetraron en la choza.

– ¡Ngora!... ¡ngora!... ¡Lo-Maï... La-Maï! —dijo el niño.

Y el primero añadió, como si hubiese pensado que se le entendería mejor:

– ¡Vater... vater!

Aquella palabra de «padre» la pronunciaba en alemán, muy mal. Por lo demás, ¿qué podía haber más extraordinario que una palabra de aquella lengua en la boca de estos wagddis?

Apenas entrado, Llanga se había acercado a la madre, y esta le abrió los brazos, lo estrechó contra sí, lo acarició con la mano, testimoniando toda su gratitud hacia el salvador de su hijo.

He aquí lo que observó más particularmente John Cort:

El padre era de alta estatura, bien proporcionado, de apariencia vigorosa, los brazos un poco más largos de lo que habrían sido unos brazos humanos, las manos anchas y fuertes, las piernas ligeramente arqueadas, la planta de los pies enteramente aplicada sobre el suelo.

Tenía la tez casi clara de aquellas tribus de indígenas que son más carnívoras que herbívoras, una barba coposa y corta, una cabellera negra y crespa, una especie de vellón que le cubría todo el cuerpo. Su cabeza era de tamaño mediano, sus mandíbulas poco prominentes; sus ojos, de pupila ardiente, brillaban con un vivo fulgor.

Bastante graciosa, la madre, con su fisonomía afable y dulce, su mirada que denotaba una gran afectuosidad, sus dientes bien alineados y de una blancura notable, y —¿en qué individuos del sexo débil no se manifiesta la coquetería?— flores en la cabellera, y también —detalle en suma inexplicable— cuentas de vidrio y perlas de marfil. Aquella joven wagddiana recordaba el tipo de las cafres del Sur, con sus brazos redondos y bien modelados, sus muñecas delicadas, sus extremidades finas, unas manos regordetas, unos pies que darían envidia a más de una europea. Sobre su pelaje lanoso llevaba echada una tela de corteza que la ceñía por la cintura. De su cuello colgaba la medalla del doctor Johausen, semejante a la que llevaba el niño.

Conversar con Lo-Maï y La-Maï no era posible, para vivo disgusto de John Cort. Pero fue visible que aquellos dos primitivos buscaron cumplir con todos los deberes de la hospitalidad wagddiana. El padre ofreció algunas frutas que tomó de un estante, unos matofés de penetrante sabor que provienen de una liana.

Los huéspedes aceptaron los matofés y comieron algunos, con la extrema satisfacción de la familia.

Y entonces hubo ocasión de reconocer la exactitud de estas observaciones hechas ya desde hacía tiempo: que la lengua wagddiana, a semejanza de las lenguas polinesias, ofrecía paralelismos llamativos con el balbuceo infantil, lo que ha autorizado a los filólogos a pretender que hubo para todo el género humano un largo período de vocales anterior a la formación de las consonantes. Estas vocales, combinándose al infinito, expresan sentidos muy variados, tales como ori oriori, oro oroora, orurna, etc. Las consonantes son la k, la t, la p; las nasales son ng y m. Solo con las vocales ha, ra, se forma una serie de vocablos que, sin consonancias reales, expresan todos los matices y desempeñan el papel de nombres, pronombres, verbos, etc.

En la conversación de estos wagddis, las preguntas y las respuestas eran breves, dos o tres palabras, que comenzaban casi todas por las letras ng, mgou, ms, como entre los congoleños. La madre parecía menos locuaz que el padre, y probablemente su lengua no tenía, como las lenguas femeninas de los dos continentes, la facultad de dar doce mil vueltas por minuto.

Cabe señalar también —y es lo que más sorprendió a John Cort— que estos primitivos empleaban ciertos términos congoleños y alemanes, casi desfigurados por otra parte por la pronunciación.

En total, es verosímil que estos seres no tuviesen más ideas de las que les hacían falta para las necesidades de la existencia y, de palabras, solo las necesarias para expresar esas ideas. Pero, a falta de la religiosidad, que se encuentra en los salvajes más atrasados y que ellos no poseían sin duda, se podía tener por seguro que estaban dotados de cualidades afectivas. No solo sentían por sus hijos esos sentimientos de los que los animales no están desprovistos mientras sus cuidados son necesarios para la conservación de la especie, sino que tales sentimientos se prolongaban más allá, como lo mostraban el padre y la madre con Li-Maï. Además, existía la reciprocidad. Intercambio entre ellos de caricias paternas y filiales... La familia existía.

Después de un cuarto de hora pasado en el interior de aquella choza, Khamis, John Cort y Max Huber salieron bajo la guía de Lo-Maï y de su hijo. Regresaron a la choza donde habían sido encerrados y que iban a ocupar durante... Siempre aquella pregunta, y quizá no se dejaría solo en sus manos el resolverla.

Allí se despidieron unos de otros. Lo-Maï abrazó por última vez al joven indígena y tendió, no su pata como lo habría hecho un perro, ni su mano como lo habría hecho un cuadrumano, sino sus dos manos, que John Cort y Max Huber estrecharon con más cordialidad que Khamis.

– Querido Max —dijo entonces John Cort—, uno de sus grandes escritores ha pretendido que en todo hombre hay un yo y el otro... Pues bien, es probable que uno de los dos les falte a estos primitivos...

– ¿Y cuál, John?

– El otro, seguramente... En todo caso, para estudiarlos a fondo, ¡habría que vivir años entre ellos! Ahora bien, dentro de unos días espero que podamos partir...

– Eso —respondió Max Huber— dependerá de Su Majestad, ¿y quién sabe si el rey Msélo-Tala-Tala no quiere hacer de nosotros chambelanes de la corte wagddiana?

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