Las Indias negras

Capítulo XXI

La boda de Nell

Se separaron, pero antes quedó convenido que los moradores del cottage estarían más alerta que nunca. La amenaza del viejo Silfax era demasiado directa para no tenerla en cuenta. Cabía preguntarse si el antiguo penitente no disponía de algún medio terrible capaz de aniquilar toda Aberfoyle.

Se apostaron, pues, guardias armados en las diversas salidas de la mina de carbón, con orden de vigilar día y noche. Todo forastero a la mina debía ser conducido ante James Starr, para que este pudiese comprobar su identidad. No se tuvo reparo en poner al corriente a los habitantes de Coal-city de las amenazas de que era objeto la colonia subterránea. Como Silfax no tenía ningún cómplice en el lugar, no había traición alguna que temer. Se dieron a conocer a Nell todas las medidas de seguridad que se acababan de tomar, y, sin quedar del todo tranquilizada, recobró cierta serenidad. Pero la resolución de Harry de seguirla dondequiera que fuese había contribuido, más que ninguna otra cosa, a arrancarle la promesa de no huir.

Durante la semana que precedió a la boda de Nell y Harry, ningún incidente turbó la Nueva Aberfoyle. Así, los mineros, sin abandonar la vigilancia organizada, fueron recobrándose de aquel pánico que había estado a punto de comprometer la explotación.

Entretanto, James Starr continuaba haciendo buscar al viejo Silfax. Como el vengativo anciano había declarado que Nell jamás se casaría con Harry, había que admitir que no retrocedería ante nada para impedir aquella boda. Lo mejor habría sido apoderarse de su persona, respetando al mismo tiempo su vida. Se reanudó, pues, minuciosamente, la exploración de la Nueva Aberfoyle. Se registraron las galerías hasta en los pisos superiores que afloraban a ras de las ruinas del castillo de Dundonald, en Irvine. Se suponía, con razón, que era por el viejo castillo por donde Silfax se comunicaba con el exterior y se abastecía de las cosas necesarias para su mísera existencia, ya comprándolas, ya hurtándolas. En cuanto a las «Damas de fuego», a James Starr se le ocurrió que algún chorro de grisú que se producía en aquella parte de la mina de carbón podía haber sido encendido por Silfax y producir aquel fenómeno. No se equivocaba. Pero las pesquisas fueron infructuosas.

James Starr, en aquella lucha de todos los instantes contra un ser inasible, fue, sin dejarlo traslucir, el más desdichado de los hombres. A medida que se acercaba el día de la boda, sus temores aumentaban, y había creído que debía, por excepción, participárselos al viejo capataz, quien pronto se mostró más inquieto que él.

Por fin llegó el día.

Silfax no había dado señales de vida.

Desde por la mañana, toda la población de Coal-city estaba en pie. Los trabajos de la Nueva Aberfoyle habían sido suspendidos. Jefes y obreros querían rendir homenaje al viejo capataz y a su hijo. No era sino pagar una deuda de gratitud a aquellos dos hombres audaces y perseverantes que habían devuelto a la mina la prosperidad de antaño.

Era a las once, en la capilla de San Gil, alzada en la orilla del lago Malcolm, donde iba a celebrarse la ceremonia.

A la hora señalada, se vio salir del cottage a Harry, dando el brazo a su madre, y a Simon Ford, dando el brazo a Nell.

Los seguían el ingeniero James Starr, impasible en apariencia, pero temiéndose en su fuero interno lo peor, y Jack Ryan, espléndido con su traje de gaitero.

Después venían los demás ingenieros de la mina, los notables de Coal-city, los amigos, los compañeros del viejo capataz, todos los miembros de aquella gran familia de mineros que formaba la peculiar población de la Nueva Aberfoyle.

Fuera hacía uno de esos días tórridos del mes de agosto, particularmente penosos en los países del Norte. El aire tormentoso penetraba hasta las profundidades de la mina de carbón, donde la temperatura se había elevado de manera anormal. La atmósfera se saturaba allí de electricidad, a través de los pozos de ventilación y del vasto túnel de Malcolm.

Se habría podido comprobar —fenómeno bastante raro— que el barómetro, en Coal-city, había bajado una cantidad considerable. Cabía preguntarse, en verdad, si no iba a estallar alguna tormenta bajo la bóveda de esquisto que formaba el cielo de la inmensa cripta.

Pero la verdad es que nadie, en el interior, se preocupaba de las amenazas atmosféricas del exterior.

Todos, ni que decir tiene, se habían puesto sus mejores galas para la ocasión.

Madge llevaba un traje que recordaba los de antaño. Se tocaba con un toy, como las antiguas matronas, y sobre sus hombros flotaba el rokelay, una especie de mantilla a cuadros que las escocesas lucen con cierta elegancia.

Nell se había prometido no dejar traslucir nada de la agitación de su pensamiento. Prohibió a su corazón que latiera, a sus secretas angustias que se traicionaran, y la valerosa muchacha logró mostrar a todos un rostro sereno y recogido.

Iba vestida con sencillez, y la sencillez de su atuendo, que había preferido a otros adornos más ricos, aumentaba aún el encanto de su persona. Su único tocado era un snood, cinta de colores variados con que suelen adornarse las jóvenes caledonias.

Simon Ford llevaba un traje que no habría desdeñado el digno bailío Nicol Jarvie, de Walter Scott.

Toda aquella gente se dirigió hacia la capilla de San Gil, que había sido decorada con lujo.

En el cielo de Coal-city, los discos eléctricos, avivados por corrientes más intensas, resplandecían como otros tantos soles. Una atmósfera luminosa llenaba toda la Nueva Aberfoyle.

En la capilla, las lámparas eléctricas proyectaban también vivos resplandores, y las vidrieras de colores brillaban como caleidoscopios de fuego.

Era el reverendo William Hobson quien debía oficiar. A la misma puerta de San Gil, aguardaba la llegada de los novios.

El cortejo se acercaba, después de haber bordeado majestuosamente la orilla del lago Malcolm.

En ese momento se dejó oír el órgano, y las dos parejas, precedidas por el reverendo Hobson, se dirigieron hacia el ábside de San Gil.

Se invocó primero la bendición celestial sobre toda la concurrencia; luego, Harry y Nell quedaron solos ante el ministro, que tenía en la mano el libro sagrado.

– Harry —preguntó el reverendo Hobson—, ¿queréis tomar a Nell por esposa, y juráis amarla siempre?

– Lo juro —respondió el joven con voz firme.

– Y vos, Nell —repuso el ministro—, ¿queréis tomar por esposo a Harry Ford, y...?

La joven no había tenido tiempo de responder, cuando un inmenso clamor resonó fuera.

Una de aquellas enormes rocas, en forma de terraza, que dominaba la orilla del lago Malcolm, a cien pasos de la capilla, acababa de abrirse de repente, sin explosión, como si su caída hubiese sido preparada de antemano. Debajo, las aguas se precipitaban en una excavación profunda, cuya existencia nadie conocía.

Luego, de pronto, entre las rocas desprendidas, apareció una barca, que un vigoroso empujón lanzó a la superficie del lago.

En aquella barca, un anciano, envuelto en un sombrío capuz, los cabellos erizados, una larga barba blanca cayéndole sobre el pecho, estaba de pie.

Tenía en la mano una lámpara Davy, en la que brillaba una llama protegida por la tela metálica del aparato.

Al mismo tiempo, con voz potente, el anciano gritaba:

– ¡El grisú! ¡El grisú! ¡Ay de todos! ¡Ay!

En ese momento, el leve olor característico del hidrógeno protocarbonado se difundió por la atmósfera.

Y si así ocurría, era porque la caída de la roca había dado paso a una enorme cantidad de gas explosivo, almacenado en enormes sopladeros cuyo orificio obturaban los esquistos. Los chorros de grisú brotaban hacia las bóvedas de la cúpula, bajo una presión de cinco a seis atmósferas.

El anciano conocía la existencia de aquellos sopladeros, y los había abierto bruscamente, de manera que la atmósfera de la cripta se volviese detonante.

Entretanto, James Starr y algunos otros, saliendo precipitadamente de la capilla, se habían lanzado hacia la orilla.

– ¡Fuera de la mina! ¡Fuera de la mina! —gritó el ingeniero, que, comprendiendo lo inminente del peligro, fue a lanzar ese grito de alarma a la puerta de San Gil.

– ¡El grisú! ¡El grisú! —repetía el anciano, empujando su barca más adentro en las aguas del lago.

Harry, arrastrando consigo a su prometida, a su padre y a su madre, había salido precipitadamente de la capilla.

– ¡Fuera de la mina! ¡Fuera de la mina! —repetía James Starr.

¡Era demasiado tarde para huir! El viejo Silfax estaba allí, dispuesto a cumplir su última amenaza, dispuesto a impedir la boda de Nell y Harry, sepultando a toda la población de Coal-city bajo las ruinas de la mina.

Sobre su cabeza volaba su enorme harfang, cuyo plumaje blanco estaba manchado de puntos negros.

Pero entonces un hombre se precipitó en las aguas del lago y nadó vigorosamente hacia la barca.

Era Jack Ryan. Se esforzaba por alcanzar al loco, antes de que este hubiese consumado su obra de destrucción.

Silfax lo vio venir. Rompió el cristal de su lámpara, y, tras arrancar la mecha encendida, la agitó en el aire.

Un silencio de muerte flotaba sobre toda la concurrencia, aterrada.

James Starr, resignado, se asombraba de que la explosión, inevitable, no hubiese aniquilado ya la Nueva Aberfoyle.

Silfax, con los rasgos crispados, se dio cuenta de que el grisú, demasiado ligero para mantenerse en las capas bajas, se había acumulado hacia lo alto de la cúpula.

Pero entonces el harfang, a una señal de Silfax, asiendo con su garra la mecha incendiaria, como hacía antaño en las galerías de la mina Dochart, comenzó a remontar hacia la alta bóveda que el anciano le señalaba con la mano.

¡Unos segundos más, y la Nueva Aberfoyle habría dejado de existir!...

En ese instante, Nell se escapó de los brazos de Harry.

Serena e inspirada a la vez, corrió hacia la orilla del lago, hasta el borde mismo del agua.

– ¡Harfang! ¡Harfang! —gritó con voz clara—. ¡A mí! ¡Ven a mí!

El fiel pájaro, atónito, había vacilado un instante. Pero de pronto, al reconocer la voz de Nell, dejó caer la mecha encendida en las aguas del lago, y, trazando un amplio círculo, vino a posarse a los pies de la joven.

¡Las capas altas explosivas en las que el grisú se había mezclado con el aire no habían sido alcanzadas!

Entonces un grito terrible resonó bajo la cúpula. Fue el último que lanzó el viejo Silfax.

En el instante en que Jack Ryan iba a poner la mano sobre la borda de la barca, el anciano, al ver que su venganza se le escapaba, se había precipitado en las aguas del lago.

– ¡Salvadle! ¡Salvadle! —exclamó Nell con voz desgarradora.

Harry la oyó. Arrojándose a su vez al agua, no tardó en alcanzar a Jack Ryan y se sumergió repetidas veces.

Pero sus esfuerzos fueron inútiles.

Las aguas del lago Malcolm no devolvieron su presa. Se habían cerrado para siempre sobre el viejo Silfax.

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