Capítulo XX
El penitente
Aquel nombre había sido toda una revelación para el viejo capataz.
Era el del último «penitente» de la mina Dochart.
Antaño, antes de la invención de la lámpara de seguridad, Simon Ford había conocido a aquel hombre huraño que, a riesgo de su vida, iba cada día a provocar las explosiones parciales de grisú. Había visto a aquel ser extraño, rondando por la mina, siempre acompañado de un enorme harfang, una especie de búho monstruoso, que lo ayudaba en su peligroso oficio llevando una mecha encendida allí donde la mano de Silfax no podía llegar. Un día, aquel anciano había desaparecido, y, al mismo tiempo que él, una pequeña huérfana, nacida en la mina y que no tenía más pariente que él, su abuelo. Aquella niña, evidentemente, era Nell. Desde hacía quince años, ambos habrían vivido, pues, en algún abismo secreto, hasta el día en que Nell fue salvada por Harry.
El viejo capataz, presa a la vez de un sentimiento de piedad y de cólera, comunicó al ingeniero y a su hijo lo que la vista de aquel nombre de Silfax acababa de revelarle.
Aquello aclaraba toda la situación. ¡Silfax era el ser misterioso buscado en vano en las profundidades de la Nueva Aberfoyle!
– ¿De modo que lo conoció usted, Simon? —preguntó el ingeniero.
– Sí, en verdad —respondió el capataz—. ¡El hombre del harfang! Ya no era joven entonces. Debía de tener quince o veinte años más que yo. ¡Una especie de salvaje, que no trataba con nadie, y que pasaba por no temer ni al agua ni al fuego! Fue por gusto por lo que había elegido el oficio de penitente, del que pocos se ocupaban. Aquella peligrosa profesión le había trastornado las ideas. Se decía que era malo, y quizá no era más que un loco. Su fuerza era prodigiosa. Conocía la hullera como nadie, al menos tan bien como yo. Se le atribuía cierto desahogo económico. A fe mía, lo creía muerto desde hacía muchos años.
– Pero —repuso James Starr—, ¿qué quiere decir con estas palabras: «Me has robado el último filón de nuestras viejas hulleras»?
– ¡Ah, eso! —respondió Simon Ford—. Hace ya tiempo, Silfax, cuyo cerebro, ya se lo he dicho, siempre estuvo trastornado, pretendía tener derechos sobre la antigua Aberfoyle. Así que su humor se volvía cada vez más hosco a medida que la mina Dochart —¡su mina!— se agotaba. Parecía que fueran sus propias entrañas lo que cada golpe de pico le arrancaba del cuerpo. ¿Te acuerdas de eso, Madge?
– Sí, Simon —respondió la vieja escocesa.
– Eso me vuelve ahora a la memoria —repuso Simon Ford—, desde que he visto el nombre de Silfax en esa puerta; pero, lo repito, lo creía muerto, y no podía imaginar que aquel ser maligno, al que tanto hemos buscado, fuese el antiguo penitente de la mina Dochart.
– En efecto —dijo James Starr—, todo se explica. Un azar reveló a Silfax la existencia del nuevo yacimiento. En su egoísmo de loco, habrá querido constituirse en su defensor; viviendo en la hullera, recorriéndola noche y día, habrá sorprendido su secreto, Simon, y sabido que me mandaba usted llamar con tanta urgencia al cottage. De ahí esa carta que contradecía la suya; de ahí, tras mi llegada, el bloque de piedra lanzado contra Harry y las escalas destruidas del pozo Yarrow; de ahí la obturación de las fisuras en la pared del nuevo yacimiento; de ahí, en fin, nuestro secuestro, y luego nuestra liberación, que se llevó a cabo gracias a la providencial Nell, sin duda, sin que ese Silfax lo supiera y a pesar suyo.
– Acaba usted de contar las cosas tal como sin duda debieron de suceder, señor James —respondió Simon Ford—. ¡El viejo penitente está sin duda loco ahora!
– Más vale así —dijo Madge.
– No lo sé —repuso James Starr moviendo la cabeza—, porque la suya debe de ser una locura terrible. ¡Ah! Comprendo que Nell no pueda pensar en él sin espanto, y comprendo también que no haya querido denunciar a su abuelo. ¡Qué años tan tristes habrá pasado junto a ese anciano!
– ¡Muy tristes! —respondió Simon Ford—, entre ese salvaje y su harfang, no menos salvaje que él. Porque, desde luego, ¡ese pájaro no ha muerto! No puede ser sino él quien apagó nuestra lámpara, él quien estuvo a punto de cortar la cuerda de la que colgaban Harry y Nell...
– Y comprendo —dijo Madge— que la noticia de la boda de su nieta con nuestro hijo parezca haber exasperado el rencor y redoblado la rabia de Silfax.
– La boda de Nell con el hijo de aquel a quien acusa de haberle robado el último yacimiento de las Aberfoyle no puede, en efecto, sino haber llevado su irritación al colmo —repuso Simon Ford.
– ¡Pero tendrá que resignarse a esta unión! —exclamó Harry—. Por ajeno que sea a la vida en común, se acabará por llevarlo a reconocer que la nueva existencia de Nell vale más que la que él le hacía llevar en los abismos de la hullera. Estoy seguro, señor Starr, de que si pudiéramos echarle mano, conseguiríamos hacerle entrar en razón...
– Con la locura no se razona, mi pobre Harry —respondió el ingeniero—. Sin duda es mejor conocer a su enemigo que ignorarlo, pero no todo está terminado porque hoy sepamos quién es. Estemos alerta, amigos míos, y para empezar, Harry, hay que interrogar a Nell. Es preciso. Ella comprenderá que, a estas alturas, su silencio ya no tendría razón de ser. En interés mismo de su abuelo, conviene que hable. Tanto para él como para nosotros importa que podamos frustrar sus siniestros planes.
– No dudo, señor Starr —respondió Harry—, de que Nell se adelantará por sí misma a sus preguntas. Ya lo sabe usted ahora, ha sido por conciencia, por deber, por lo que ha callado hasta ahora. Por deber, por conciencia, hablará en cuanto usted lo desee. Mi madre ha hecho bien en llevarla de vuelta a su habitación. Tenía gran necesidad de recogerse, pero voy a buscarla...
– Es inútil, Harry —dijo con voz firme y clara la joven, que entraba en ese mismo instante en la sala grande del cottage.
Nell estaba pálida. Sus ojos decían cuánto había llorado; pero se la sentía resuelta al paso que su lealtad le imponía en ese momento.
– ¡Nell! —había exclamado Harry, lanzándose hacia la joven.
– Harry —respondió Nell, que con un gesto detuvo a su prometido—, tu padre, tu madre y tú, es preciso que hoy lo sepáis todo. Es preciso que usted tampoco ignore nada, señor Starr, de lo que concierne a la niña que acogieron sin conocerla y que Harry, para su desdicha, ¡ay!, sacó del abismo.
– ¡Nell! —exclamó Harry.
– Deja hablar a Nell —dijo James Starr, imponiendo silencio a Harry.
– Soy la nieta del viejo Silfax —repuso Nell—. No conocí a una madre hasta el día en que entré aquí —añadió, mirando a Madge.
– ¡Bendito sea ese día, hija mía! —respondió la vieja escocesa.
– No conocí a un padre hasta el día en que vi a Simon Ford —repuso Nell—, ni a un amigo hasta el día en que la mano de Harry tocó la mía. Sola, viví durante quince años, en los rincones más apartados de la mina, con mi abuelo. Con él es mucho decir. Por él sería más justo. Apenas lo veía. Cuando desapareció de la antigua Aberfoyle, se refugió en aquellas profundidades que solo él conocía. A su manera, era entonces bueno conmigo, aunque temible. Me alimentaba con lo que iba a buscar afuera; pero tengo el vago recuerdo de que, al principio, en mis primeros años, tuve por nodriza a una cabra, cuya pérdida me apenó mucho. Mi abuelo, al verme tan afligida, la sustituyó primero por otro animal, un perro, me dijo. Por desgracia, aquel perro era alegre. Ladraba. A mi abuelo no le gustaba la alegría. Detestaba el ruido. A mí me había enseñado el silencio, y no había podido enseñárselo al perro. El pobre animal desapareció casi enseguida. Mi abuelo tenía por compañero a un pájaro huraño, un harfang, que al principio me dio horror; pero aquel pájaro, a pesar de la repulsión que me inspiraba, me tomó tal cariño que acabé por corresponderle. Había llegado a obedecerme mejor que a su amo, y eso mismo me inquietaba por él. Mi abuelo era celoso. El harfang y yo nos ocultábamos todo lo que podíamos para no parecer demasiado unidos. ¡Comprendíamos que era necesario!... ¡Pero os hablo demasiado de mí! De vosotros se trata...
– No, hija mía —respondió James Starr—. Diga las cosas tal como le vengan.
– Mi abuelo —repuso Nell— siempre había visto con muy malos ojos vuestra vecindad en la hullera. No faltaba espacio, sin embargo. Era lejos, muy lejos de vosotros donde se buscaba refugio. Le disgustaba sentiros allí. Cuando yo le preguntaba por la gente de allá arriba, se le ensombrecía el rostro, no respondía y se quedaba como mudo durante mucho tiempo. Pero donde estalló su cólera fue cuando se dio cuenta de que, no conformándoos ya con el antiguo dominio, parecíais querer invadir el suyo. Juró que si lograbais penetrar en la nueva hullera, conocida hasta entonces solo por él, pereceríais. A pesar de su edad, su fuerza sigue siendo extraordinaria, y sus amenazas me hicieron temblar por vosotros y por él.
– Continúa, Nell —dijo Simon Ford a la joven, que se había interrumpido un instante, como para reunir mejor sus recuerdos.
– Después de vuestro primer intento —repuso Nell—, en cuanto mi abuelo os vio penetrar en la galería de la Nueva Aberfoyle, tapió la entrada e hizo de ella una prisión para vosotros. Yo no os conocía sino como sombras, vagamente entrevistas en la oscura hullera; pero no pude soportar la idea de que unos cristianos fueran a morir de hambre en aquellas profundidades, y, a riesgo de ser sorprendida in fraganti, conseguí procuraros durante algunos días un poco de agua y de pan... Habría querido guiaros hacia fuera, pero era tan difícil burlar la vigilancia de mi abuelo... ¡Ibais a morir! Llegaron Jack Ryan y sus compañeros... ¡Dios quiso que me los encontrara aquel día! Los llevé hasta vosotros. Al volver, mi abuelo me sorprendió. Su cólera contra mí fue terrible. ¡Creí que iba a morir a sus manos! Desde entonces, la vida se me hizo insoportable. Las ideas de mi abuelo se extraviaron por completo. ¡Se proclamaba el rey de la sombra y del fuego! Cuando oía vuestros picos golpear esos filones que él consideraba suyos, se ponía furioso y me pegaba con rabia. Quise huir. Fue imposible; me vigilaba demasiado de cerca. Por fin, hace tres meses, en un acceso de demencia sin nombre, me bajó al abismo donde me encontrasteis, y desapareció, después de haber llamado en vano al harfang, que se quedó fielmente a mi lado. ¿Desde cuándo estaba yo allí? Lo ignoro. Todo lo que sé es que me sentía morir, cuando tú llegaste, Harry mío, y cuando tú me salvaste. Pero, ya lo ves, la nieta del viejo Silfax no puede ser la esposa de Harry Ford, puesto que os va la vida, la vida de todos vosotros.
– ¡Nell! —exclamó Harry.
– No —repuso la joven—. Mi sacrificio está hecho. No hay más que un medio de conjurar vuestra ruina: que yo vuelva junto a mi abuelo. ¡Amenaza a toda la Nueva Aberfoyle!... Es un alma incapaz de perdón, y nadie puede saber lo que el genio de la venganza le habrá inspirado. Mi deber está claro. Sería la más desdichada de las criaturas si vacilara en cumplirlo. ¡Adiós, y gracias! ¡Me habéis hecho conocer la felicidad ya en este mundo! Pase lo que pase, pensad que mi corazón entero quedará en medio de vosotros.
Ante estas palabras, Simon Ford, Madge y Harry, loco de dolor, se habían levantado.
– ¡Cómo, Nell! —exclamaron con desesperación—, ¿querrías dejarnos?
James Starr los apartó con un gesto lleno de autoridad y, yendo derecho hacia Nell, le tomó las dos manos.
– Está bien, hija mía —le dijo—. Ha dicho usted lo que debía decir; pero esto es lo que tenemos que responderle. No la dejaremos partir, y, si es preciso, la retendremos por la fuerza. ¿Nos cree usted, pues, capaces de esa cobardía de aceptar su generosa oferta? ¡Las amenazas de Silfax son temibles, de acuerdo! Pero, después de todo, un hombre no es más que un hombre, y tomaremos nuestras precauciones. Sin embargo, ¿puede usted, en interés del propio Silfax, informarnos sobre sus costumbres, decirnos dónde se esconde? No queremos más que una cosa: dejarlo fuera de condiciones de hacer daño, y quizá devolverlo a la razón.
– Usted quiere lo imposible —respondió Nell—. Mi abuelo está en todas partes y en ninguna. Nunca he conocido sus escondites. Jamás lo he visto dormido. Cuando había encontrado algún refugio, me dejaba sola y desaparecía. Cuando tomé mi resolución, señor Starr, sabía todo lo que usted podía responderme. ¡Créame! No hay más que un medio de desarmar a mi abuelo: que yo logre encontrarlo. Él es invisible, pero lo ve todo. Pregúntese cómo habría descubierto sus pensamientos más secretos, desde la carta escrita al señor Starr hasta el proyecto de mi boda con Harry, si no tuviera la inexplicable facultad de saberlo todo. Mi abuelo, por lo que puedo juzgar, es, incluso en su locura, un hombre poderoso de espíritu. Antaño llegó a decirme grandes cosas. Me enseñó a Dios, y solo me engañó en un punto: cuando me hizo creer que todos los hombres eran pérfidos, cuando quiso inspirarme su odio contra la humanidad entera. Cuando Harry me trajo a este cottage, pensasteis que yo era solamente ignorante. Era más que eso. ¡Estaba aterrorizada! ¡Ah, perdonadme! Pero, durante algunos días, me creí en poder de los malvados, y quería huir de vosotros. Lo que empezó a devolver mi espíritu a la verdad fuiste tú, Madge, no por tus palabras, sino por el espectáculo de tu vida, cuando te veía amada y respetada por tu marido y tu hijo. Luego, cuando vi a esos trabajadores, felices y buenos, venerar al señor Starr, a quien al principio creí sus esclavos; cuando por primera vez vi a toda la población de Aberfoyle acudir a la capilla, arrodillarse en ella, rezar a Dios y darle gracias por sus infinitas bondades, entonces me dije: «¡Mi abuelo me ha engañado!». Pero hoy, esclarecida por lo que me habéis enseñado, pienso que él mismo se engañó. Voy, pues, a retomar los caminos secretos por los que antaño lo acompañaba. Debe de estar acechándome. Lo llamaré... me oirá, y ¿quién sabe si, al volver junto a él, no lo devolveré a la verdad?
Todos habían dejado hablar a la joven. Cada uno sentía que debía de sentarle bien abrir por entero su corazón a sus amigos, en el momento en que, en su generosa ilusión, creía que iba a dejarlos para siempre. Pero cuando, agotada, los ojos llenos de lágrimas, calló, Harry, volviéndose hacia Madge, dijo:
– Madre, ¿qué pensarías del hombre que abandonara a la noble muchacha que acabas de oír?
– Pensaría —respondió Madge— que ese hombre es un cobarde, y, si fuera hijo mío, lo repudiaría, lo maldeciría.
– Nell, has oído a nuestra madre —repuso Harry—. Adondequiera que vayas, te seguiré. Si persistes en partir, partiremos juntos...
– ¡Harry! ¡Harry! —exclamó Nell.
Pero la emoción era demasiado fuerte. Se vio palidecer los labios de la joven, y cayó en brazos de Madge, quien rogó al ingeniero, a Simon y a Harry que la dejaran a solas con ella.