Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO XIX

EL SEGUNDO DIENTE DEL ENGRANAJE

AL día siguiente, a las seis de la mañana, los cuatro turistas ponían el pie sobre el muelle, en donde debían encontrar un guía y caballos reunidos, merced a los cuidados de Roberto y de Roger.

Una verdadera sorpresa les aguardaba allí.

No era, no, que los caballos hubieran dejado de hallarse presentes a la cita. Estaban, por el contrario, allí, pero multiplicados de una manera totalmente imprevista. Podían contarse quince, más el del guía, cargado ya con su jinete.

El fenómeno explicábase en seguida por sí mismo. Sucesivamente, Mrs. Lindsay y sus compañeros vieron llegar a Saunders y la familia Hamilton, seguidos de algunos otros pasajeros, entre los cuales se hallaba Tigg, cuyos siniestros proyectos hacía ya días que habían sido olvidados.

Por fortuna, no todo el mundo daba muestras de ese espíritu ligero y movedizo. Las señoritas Blockhead, por lo menos, persistían en su caritativa vigilancia. Todo el que viera a Tigg podía estar siempre seguro de verlas a ellas.Y, en efecto, también aquella vez aparecieron a diez pasos detrás del objeto de su solicitud y cuidados, precediendo a su padre, que, obligado de buen o mal grado a someterse al capricho de sus hijas, contemplaba a la sazón con alguna inquietud el lote de monturas, entre las cuales iba él a hacer una elección temeraria.

Era indudable que había corrido el secreto de la excursión y el paseo íntimo se transformaba en cabalgata, con gran disgusto de las dos americanas y los dos franceses.

Pero la suerte teníales preparado un disgusto suplementario.

Llegando el último, completamente solo, adelantábase el decimoquinto caballero bajo la forma de Jack Lindsay.

Si al descubrirle Dolly y Roger hicieron sencillamente una mueca de contrariedad, Alice y Roberto, por análogas razones que no se confiaron, ofrecieron un semblante enrojecido por la cólera.

Jack, sin parar mientes ni en la frialdad ni en la hostilidad con que se le acogiera, montó tranquilamente. Todo el mundo le imitó sin tardanza y en un momento la caravana entera se halló dispuesta para la partida.

No toda ella, sin embargo. Uno de los jinetes se esforzaba aún por escalar su montura. En vano se agarraba a las crines, en vano se aferraba a la silla; siempre volvía a caer, vencido siempre en aquella lucha desigual contra la gravedad. Sudoroso, resoplando, se fatigaba en esfuerzos grotescos, y el espectáculo, de una gran comicidad, parecía ser sumamente grato a los espectadores.

– ¡Vamos, papá! –dijo con entonación de animoso reproche Miss Mary Blockhead.

– ¡Sí. sí, vamos, vamos; eso se dice muy pronto! –respondió con voz áspera Absyrthus Blockhead–. ¿Creéis que yo soy tan ligero? Y además, decidme, os lo ruego, ¿es este mi oficio? Yo no soy un caballista, yo siento horror a todo esto, no tengo por qué ocultároslo. ¡Franco como el oro, hija mía, franco como el oro!

Y Blockhead, posando definitivamente ambos pies en el suelo, enjugó con aire de resolución su frente sudorosa. No haría, en verdad, nuevas e inútiles tentativas.

A una señal de Roberto el guía acudió en socorro del desmañado turista. Con su ayuda fue Blockhead izado hasta la cima que en vano intentara alcanzar; y hasta fue izado demasiado vivamente, no faltando apenas nada para que fuera a caer del otro lado; pero por fin se le evitó este nuevo contratiempo, y la cabalgata pudo ponerse en camino.

Al frente marchaba el guía seguido de Roberto y Alice, y luego Roger y Dolly. La tercera línea se enorgullecía con Sir y Lady Hamilton y en la quinta cabalgaba Tigg al lado de Miss Margaret.

Si las señoritas Blockhead no habían, en efecto, podido impedir aquella escandalosa clasificación, se habían, cuando menos, arreglado de manera que rodeaban a la sacrílega pareja. En la cuarta línea Miss Bess se imponía a la compañía de Saunders, mientras que en la sexta Miss Mary confortaba a su desventurado padre, que, con los ojos azorados, crispados los dedos sobre la crin del caballo, dejábase conducir con docilidad, lamentando amargamente el día que naciera. De esta suerte no podría escapar Tigg a una vigilancia incesante. En torno suyo, oídos ávidos recogían todas, sus palabras, y ojos penetrantes sabrían aprovecharse de la menor debilidad del adversario, y pronto sería reconquistada la plaza momentáneamente perdida.

El último de los turistas, Jack Lindsay, avanzaba silencioso y solo, como de costumbre.

De tiempo en tiempo, su mirada seguía la fila de sus compañeros, fijándose por un segundo sobre la joven pareja que formaba la primera línea. Un relámpago brillaba entonces en su mirada, que apartaba rápidamente de ellos.

Sin verlas, Roberto adivinaba aquellas miradas. La presencia de Jack, inspirándole una sorda inquietud, era la que le había decidido a tomar posesión del lugar que ocupaba. De no haber estado Jack Lindsay allí, Roberto se hubiera colocado en la última fila de la pequeña caravana.

Otra razón habíale también impulsado a colocarse a la cabeza. Un instinto le empujaba a vigilar al guía, que le inspiraba una vaga desconfianza. No era que la conducta de éste se hubiese prestado hasta entonces a la crítica;

pero Roberto hallaba en él un aire ambiguo, el aspecto de un redomado bribón, y había resuelto no quitarle el ojo con objeto de hallarse pronto a intervenir si algún acto venía a confirmar sus sospechas en el transcurso de la excursión.

Por lo demás, no abusaba Roberto de la situación que las circunstancias le imponían. Sin mostrar frialdad, no hablaba más que lo puramente necesario. Después de algunas frases sobre la hermosura del tiempo, se había callado, y Alice imitó un silencio que parecía ser de su gusto. Los ojos de Roberto, cierto es, menos esclavos que su lengua, hablaban por ésta y se dirigían con frecuentes intervalos hacia el fino perfil de su compañera.

Mas no por ser silenciosa deja la intimidad de realizar su trabajo en el fondo de las almas.

Cabalgando de aquella suerte, uno al lado del otro, en el suave ambiente de la mañana y cambiando rápidas e involuntarias miradas, ambos jóvenes sentíanse penetrados de ternura. Un imán invisible atraía sus corazones tan próximos. Aprendían ellos ese maravilloso lenguaje del silencio, y a cada paso oían, comprendían un poco mejor, palabras que no habían pronunciado.

Rápidamente se salió por el noroeste de Las Palmas, cuyos habitantes apenas si habían despertado a la sazón. Menos de una hora después de la partida, el casco de los caballos golpeaban el piso de uno de los excelentes caminos que rodeaban la capital. El que entonces se seguía comenzaba por una avenida entre dos hileras de villas, ocultas tras la verdura. Toda clase de plantas se descubrían en sus jardines, en los cuales las palmeras agitaban sus penachos.

Por aquel camino frecuentado, numerosos campesinos se cruzaban con los viajeros. Montados sobre camellos, que se han aclimatado perfectamente en Canarias, conducían a la ciudad los productos, de sus tierras. De complexión delgada, de mediana estatura, con grandes ojos negros adornando semblantes con regularidad de rasgos, no carecían de una verdadera e innata distinción.

Cuanto más avanzaban, más larga se hacía la caravana. Intervalos irregulares surgían entre las diversas filas. Pronto más de doscientos metros separaron a Alice y Roberto de Jack, solo siempre a la cola de la columna.

Desde su sitio continuaba este último vigilando a la pareja que marchaba al frente, y la cólera iba poco a poco invadiendo más cada vez su corazón. El odio es clarividente, y Jack era rico de odio; ni una siquiera de las atenciones de Roberto para con Alice pasaba inadvertida al vigilante espía; pescaba al vuelo la menor y más insignificante mirada y analizaba su impalpable e instintiva ternura. Adivinaba casi las palabras, y poco a poco iba descubriendo la verdad.

De manera, pues, que era por sí mismo por lo que aquel miserable intérprete hacía tan cuidadosa guarda, y Mrs. Lindsay morder en aquel grosero anzuelo. Lejos y apartada de él ya cuando su corazón estaba libre, ¿cómo amando a otro no había de resultar hostil para Jack?

Dando vueltas a aquellos pensamientos sentíase lleno de rabia. ¿No habría, por necio, sacado él las castañas del fuego para el intrigante que le suplantaba? ¿Hubiera, en efecto, desempeñado éste el hermoso papel que representó, si Jack, tendiendo la mano a su cuñada en peligro, hubiera hecho inútil la intervención de un sacrificio interesado?

Sí, él, él mismo se había creado ese rival. ¡Y qué rival! Instruido de todo lo que había pasado en el «Curral das Freias», Roberto Morgand tenía conciencia de su fuerza, ya que había llegado hasta la amenaza.

Muy dudoso era, en verdad, que hubiese puesto en ejecución aquellas amenazas. Nada hasta entonces en la actitud de Alice autorizaba a Jack Lindsay para creer que su cuñada se hallara mejor informada que al siguiente día de la escena del torrente. Pero lo que no se había hecho aún, podía hacerse más tarde; y tal vez en aquel mismo instante escuchaba Alice la temida confidencia.

Era un peligro permanente suspendido sobre la cabeza de Jack, y a semejante peligro no quedaba otro remedio que la supresión del temible y único testigo.

Por desgracia, no era Roberto Morgand de esos hombres a quienes se les puede atacar a la ligera. No podía Jack desconocer que en una lucha a pecho descubierto tenía él muy pocas probabilidades de salir vencedor. No; era menester de otro modo y tener en cuenta la astucia más bien que la audacia y el valor. Pero aún hallándose resuelto a realizar un acto de tortuosa traición, era muy dudoso que pudiera hallarse una ocasión favorable en medio de aquella quincena de turistas.

De esta suerte iba cambiando poco a poco de dirección y de objetivo el odio de Jack Lindsay. Por el contrario, cuando menos, se separaba de Alice para caer por entero sobre Roberto.

Era éste el segundo diente del engranaje. Asesino de su cuñada, era cierto, pero asesino meramente pasivo, llegaba ahora a premeditar seria y formalmente el asesinato de Roberto, igualmente impotente contra los dos jóvenes a quienes detestaba con tanto furor.

Durante todo ese tiempo, Alice y Roberto, siguiendo una corriente opuesta, se olvidaban hasta de su existencia; mientras que la cólera tomaba tanto incremento en él, el amor comenzaba a nacer en los corazones de aquéllos.

Si la columna de los excursionistas se había deshecho un poco al salir de Las Palmas, tres filas, por lo menos, permanecían en pelotón cerrado, y Tigg, rodeado por todas partes, no hubiera podido concebir un medio de escapar a sus vigilantes guardianes. Presa de una sorda cólera, las señoritas Blockhead no se apartaban de él ni el cuerpo de un caballo. Incluso más de una vez había llegado Miss Mary a su ardor hasta empujar su caballo, que chocaba con el de Miss Margaret. Entonces venía aquello de «¡tenga usted cuidado, señorita!», y «¡ya lo tengo, señorita!», cambiados con una voz acerada, sin que las respectivas posiciones de las beligerantes se hubiesen aún modificado.

La campiña por la que se atravesaba era fértil y bien cultivada; unos campos sucedían a otros, ofreciendo a las miradas todos los productos de Europa y de los trópicos, y particularmente vastas plantaciones de chumberas.

Si los canarios no eran grandes admiradores de ese minotauro que se llama el Progreso, no debía ello causar grande extrañeza. Dedicados exclusivamente en otro tiempo al cultivo de la caña de azúcar, el aprovechamiento del azúcar de remolacha vino a privarles del fruto de sus afanes. Valerosamente cubrieron entonces su país de viñedo; la filoxera, plaga contra la cual no han encontrado remedio los sabios, les asaltó sin tardanza. Arruinados en sus tres cuartas partes, reemplazaron entonces la planta querida a Baco por plantaciones de chumberas de cochinilla, y en poco tiempo se convierten en los principales proveedores del precioso insecto tintóreo. Pero la ciencia, que hizo se despreciaran sus cañas de azúcar, la ciencia, que no supo defenderse de) microscópico enemigo de la vid, vino a atacarles en seguida en sus nuevas tentativas, creando los colores químicos, derivados de la anilina, y amenaza con un último y próximo desastre a los infortunados cultivadores de cochinilla.

Las numerosas transformaciones que han sufrido sus cultivos muestran, en todo caso, el espíritu de iniciativa de los habitantes. Es seguro que nada podría resistir a su paciente trabajo, si no tuvieran que luchar contra la sequía.

En esas regiones quemadas por el sol y en las cuales se pasan muchas semanas, muchos meses y hasta muchos años a veces sin que el cielo conceda una gota de lluvia, ¡a verdadera calamidad es la sequía. Así, ¡qué de ingeniosos esfuerzos para librarse de ella! Es aquello una red tupida de acueductos conduciendo a los valles las aguas de las cumbres; ya son otras veces cisternas cavadas al pie de los nopales y de los áloes, cuyas anchas hojas recogen la humedad de las noches bajo la forma de una blanca escarcha, que funden y liquidan los primeros rayos del sol.

Hacia las ocho, la caravana penetró por un extenso bosque de euforbios; el camino se desplegaba subiendo por entre dos hileras de esas plantas espinosas, de extraño aspecto y cuya savia constituye un veneno mortal.

Media hora más tarde se llegaba a la cima de la Caldera de Bandana, cráter perfectamente redondo, de una profundidad de doscientos metros y en cuyo fondo se encuentra un cortijo con sus campos.

Visitóse otro cráter cegado y del que no subsiste más que una chimenea sin fondo, a la cual se entretuvieron los turistas en arrojar piedras y oír los numerosos ecos; y hacia las once se llegó por fin a San Lorenzo, villa de 2.000 habitantes, y en el cual, según aseguraba el guía, encontrarían con qué almorzar.

Hallóse, en efecto, pero a condición de no mostrarse muy exigentes y escrupulosos.

Abundante en frutas deliciosas, San Lorenzo carece un poco de recursos bajo otros aspectos.

Era una suerte que la caminata hubiera aguzado el apetito de los excursionistas, haciendo así que hallasen algunos encantos en lo que constituyó el plato fuerte y principal, el gofio, especie de mezcla de harina de maíz o de trigo muy torrefacta y diluida en leche; pero en realidad aquel manjar nacional es de un sabor no muy agradable. Todos, empero, ayudados del hambre, lo acogieron con placer, salvo, no obstante, el irreconciliable Saunders, que inscribió severamente gofio en su inseparable cuaderno. ¡ Imponerle el gofio! ¡ Eso valía lo menos cien libras esterlinas de indemnización!

Terminado el almuerzo se reemprendió la marcha, cuyo orden había experimentado algunas inevitables modificaciones. Una de las filas contaba ahora con tres jinetes: Tigg y sus dos vigilantes guardias.

Sí; gracias a una sabia maniobra, Miss Margaret Hamilton había sido vergonzosamente eliminada, y, lo mismo que Absyrthus Blockhead, trotaba a la sazón solitaria, mientras que sus victoriosas rivales velaban sobre su conquista con celosos ojos.

No sin lucha, por lo demás, se había llevado a término aquella revolución. Cuando Miss Margaret, habiendo montado, vio ocupado su puesto, una protesta había nacido en su alma irritada.

– Pero, señorita –había ella dicho, dirigiéndose indiferentemente a las dos hermanas–, ese es mi puesto, creo yo.

– ¿A quién de nosotras hace usted el honor... –había comenzado a decir Miss Bess con agria entonación.

– ...de dirigirse, señorita? –había terminado Miss Mary, igualmente ácida.

– ¡Vuestro puesto no está...

– ...numerado, supongo yo!

En cuanto a Tigg, nada había oído de aquel diálogo en sordina. Ignorante de la guerra desencadenada a propósito de él, dejaba hacer, como de costumbre, con una amable indolencia, feliz, después de todo, porque así se le disputaran.

Otro cambio había tenido también lugar en la sucesión primitiva de los excursionistas; Jack Lindsay había pasado de la retaguardia a la vanguardia; precediendo a su cuñada, escoltada siempre por Roberto Morgand, caminaba a la sazón muy cerca del guía canario y parecía sostener con él una animada conversación.

Semejante circunstancia no dejaba de excitar la curiosidad de Roberto. ¿Conocía, pues, el guía, el inglés? Viendo que la conversación se prolongaba no tardó en mezclarse una vaga inquietud en la curiosidad de Roberto. Jack Lindsay, en efecto, parecía huir y evitar los oídos indiscretos, y se mantenía con su interlocutor unos cien metros delante del primer turista.

¿Qué complot podrían tramar aquel pasajero, del que tenía tan excelentes razones para sospechar, y aquel indígena de aspecto inquietante? He aquí lo que a sí mismo se preguntaba Roberto, sin hallar respuesta satisfactoria.

A punto estuvo de confiar sus sospechas a su compañera. Según Jack acertadamente supusiera, Roberto no se había decidido hasta entonces a poner en ejecución sus amenazas.

Mrs. Lindsay no sabía nada. Había Roberto vacilado en turbar a la joven con semejantes confidencias, en demostrar que se hallaba enterado de un asunto tan delicado, y confiando, después de todo, en la eficacia de su vigilancia, había guardado silencio. Una vez más retrocedió en el momento de ir a entablar conversación sobre tan espinoso asunto, y se resolvió simplemente a vigilar con mayor cuidado aún.

En menos de tres horas se llegó a Galdar, residencia de antiguos reyes berberiscos, sobre la costa Noroeste; después, habiendo atravesado la villa de Agaete, se llegó hacia las cinco a Artenara.

Situado en la pendiente interior de la Caldera de Tejada en una altitud de 1.200 metros, el pueblo de Artenara es el más elevado de toda la isla, ofreciendo una vista espléndida. El circo, sin hundimiento, sin ningún desplome, sin ninguna cortadura, desarrolla ante las miradas atónitas su elipse de treinta y cinco kilómetros, de cuyos lados convergen hacia el centro arroyos y colinas bajas, a cuyo abrigo se han construido aldeas y caseríos.

La villa es de las más singulares. Poblada única y exclusivamente de carboneros que, de no evitarlo, pronto habrán hecho desaparecer de la isla los últimos vestigios de vegetación.

Artenara es una población de trogloditas. Tan sólo la iglesia eleva su campanario al aire libre.

Las casas de los hombres están cavadas en las murallas del circo, colocadas las unas encima de las otras e iluminadas por aberturas que desempeñan el papel de ventanas. El suelo de estas casas se halla recubierto de esteras, sobre las que se sientan para las comidas. En cuanto a los demás asientos y a los lechos, la naturaleza misma era la que hacía el gasto, y los ingeniosos canarios se han contentado con aprovecharse de esas ventajas de la naturaleza.

No podía pensarse en pasar la noche en Artenara, pues la hospitalidad de aquellos trogloditas hubiera sido necesariamente muy rudimentaria. Impúsose una hora de marcha todavía y hacia las seis pudieron echar pie a tierra definitivamente en Tejeda, pequeña villa a que ha dado su nombre de Caldera.

Era tiempo. Algunos de los turistas no podían literalmente más. Para los tres Blockhead, especialmente, hubiera sido por completo imposible su suplemento de marcha Sucesivamente rojas, verdes, blancas, Miss Mary y Miss Bess habían necesitado un alma heroica para cumplir hasta el fin la tarea que su humanidad les había impuesto. ¡Qué de gritos, a que sus monturas les obligaban, tuvieron que ahogar o disimular, dándoles otro significado! Pero en cambio, ¡qué suspiro de alivio lanzaron cuando ganaron el puerto, es decir, el albergue, cuyo propietario miraba aturdido aquella plétora desacostumbrada de viajeros!

El guía, en efecto, había conducido a los turistas a un albergue; un miserable albergue.

Muy suficiente para él mismo, habíalo juzgado suficiente para los demás, y nada comprendió a través de las muecas de disgusto que acogieron la señal de «alto». En todo caso era ya demasiado tarde para hacer recriminaciones. Toda vez que Tejeda no tenía nada mejor que aquel albergue, menester era contentarse con él.

La realidad, por otra parte, era superior a la apariencia. Los quince turistas y su guía consiguieron comer a costa de un nuevo gofio que sirvió de pretexto para una nueva mención en el cuaderno de Saunders. Pero las cosas se complicaron al tratarse del alojamiento.

Si a fuerza de ingenio se logró encontrar un abrigo suficiente para las señoras, los hombres, liados en mantas, en cubiertas, hasta en sacos, tuvieron que contentarse con el duro suelo o con la hierba al aire libre. Aun cuando el clima sea suave en las islas Canarias, la madrugada no deja de aportar cierto frescor, muy perjudicial para los reumáticos. Sir Hamilton adquirió por experiencia propia el conocimiento de este pormenor climatológico. Habiendo despertado desde el alba a causa de agudos dolores articulares, fuéle preciso friccionarse con ardor, no sin alzar maldiciones contra el condenado Thompson a quien debía todos sus males.

Saunders durante todo ese tiempo le miraba con ojo envidioso entregarse a aquel ejercicio. ¡ Qué no habría él dado por tropezar en su persona con algún dolor anormal! ¿Qué mejor argumento podría más adelante aducirse? Y Saunders examinaba sus articulaciones, las hacía funcionar, se doblaba, se encorvaba...

¡Trabajo inútil! En aquel cuerpo, nudoso como un roble, el mal no había hecho presa, así tuvo que reconocerlo con disgusto.

No dejó, sin embargo, de anotar en su cuaderno aquel nuevo contratiempo que afligía a su compañero. ¿Que él no padecía reumatismo...? ¡Sea; pero hubiera podido padecerlo, puesto que el baronet lo había padecido! Juzgaba que el riesgo que había corrido no era cosa de despreciar en labios de un hábil abogado.

El sueño de las señoritas Blockhead había estado cálidamente abrigado y, no obstante, desde que amaneció parecieron bien enfermas.

Secas, ojerosas, los labios torcidos por el sufrimiento, avanzaban fatigosamente, ayudándose con todo lo que hallaban al alcance de su mano, muebles, paredes o personas. Tigg, que fue el primero en informarse de su salud, fue también el primero en conocer la triste verdad: las señoritas Blockhead padecían de lumbago.

Era preciso, sin embargo partir. A pesar de todo, aquellas dos víctimas de la caridad fueron izadas sobre sus caballos, no sin lamentables gemidos, y la cabalgata entera se puso en marcha.

En tal momento, Roberto hizo una observación bien singular. Al paso que todos los caballos de la caravana, bien atendidos y arreglados por los cuidados del posadero, parecían completamente descansados por aquella noche de reposo, las monturas del guía indígena y de Jack Lindsay parecían, por el contrario, postradas por la fatiga. Ante la amalgama de polvo y de sudor que cubría la piel de estos animales, hubiérase jurado que durante la noche habían realizado rápidamente una larga caminata.

No pudiendo ser resuelto este punto sin un interrogatorio directo que le repugnaba, Roberto guardó dentro de sí mismo la sospecha rápidamente concebida.

Por otra parte, si Jack Lindsay había urdido algún complot con el guía, era ya demasiado tarde para intervenir con eficacia.

Los dos presuntos cómplices nada tenían ya que decirse. Mientras que el uno permanecía en su puesto a la cabeza, el otro había recobrado su sitio favorito en la extremidad opuesta de la pequeña tropa.

No formaba ya, con todo, la extrema retaguardia, en la que le remplazaban ahora Absyrthus Blockhead y sus agradables hijas.

¡Cruel situación la de las señoritas Blockhead! Mientras que el amor al prójimo las empujaba hacia delante, una aguda molestia les obligaba a contenerse a toda costa. Poco a poco, a pesar de su energía, escapó Tigg a su débil vigilancia, y pronto ambas hermanas, cien metros detrás del último turista, pudieron comprobar, contenidas en las crueles sillas, el triunfo de una rival aborrecida.

Habiendo partido a buena hora llegóse a buena hora también a la cima de Tirajana. El camino penetra en este antiguo cráter por una de las estrechas cortaduras de la muralla del Oeste, y después, remontando en zigzag, sigue la pared del Este,

Hacía ya algún tiempo que se seguía fatigosamente la ascensión, cuando el camino se bifurcó en otros dos, de direcciones casi paralelas y formando entre sí un ángulo agudo...

Alice y Roberto, que marchaban al frente, se detuvieron y buscaron con la mirada al guía indígena.

El guía había desaparecido.

En un momento se hallaron todos los turistas reunidos en el cruce de ambos caminos formado un grupo y comentando con viveza aquel singular incidente.

Mientras sus compañeros se extendían en palabras, Roberto reflexionaba silenciosamente.

¿No constituiría aquella desaparición el comienzo del sospechado complot? De lejos observaba a Jack Lindsay, que parecía compartir muy sinceramente la sorpresa de sus compañeros. Nada había en su actitud que fuera de naturaleza a propósito para justificar los temores que a cada momento con mayor fuerza se alzaban en el ánimo del intérprete del Seamew,

En todo caso, antes de pronunciarse y decidirse era conveniente esperar. La ausencia del guía podía obedecer a causas sumamente sencillas. Tal vez de un momento a otro se le viera regresar tranquilamente.

Más de media hora transcurrió sin que estuviera de regreso, y los turistas comenzaron a perder la paciencia. ¡Qué diablo! ¡No iban a permanecer eternamente en aquel sitio! En la duda, no había más que penetrar resueltamente por uno de los dos caminos, a la ventura. A alguna parte se iría al fin y al cabo.

– Tal vez fuera preferible –objetó Jack Lindsay con muy buen sentido– que uno de nosotros fuese a explorar alguno de esos caminos.

De este modo podría orientarse mejor acerca de su dirección general. Los otros continuarían donde estamos y esperarían al guía que, después de todo, puede llegar aún.

– Tiene usted razón –respondió Roberto, a quien correspondía aquel papel de explorador, mirando fijamente a Jack Lindsay–. ¿Qué camino cree usted que debo elegir?

Jack se recusó con un gesto.

– ¿Éste, por ejemplo? –insinuó Roberto, indicando el camino de la derecha.

– Como usted quiera –respondió Jack con indiferencia.

– Vaya por éste –concluyó diciendo Roberto, en tanto que Jack apartaba sus ojos, en los que, a pesar suyo, brillaba una mirada de placer.

Antes de partir, Roberto llevó aparte a su compatriota Roger de Sorgues, y le recomendó la mayor vigilancia.

– Ciertos hechos –vino a decirle en sustancia–, y más especialmente esta inexplicable desaparición del guía, me hacen temer alguna celada. Así, pues, vigile con gran cuidado.

– Pero, ¿y usted? –objetó Roger.

– ¡Bah! –replicó Roberto–. Si ha de tener lugar una agresión, no es verosímil que se dirija contra mí. Por lo demás, obraré con prudencia.

Hechas estas recomendaciones a media voz, aventuróse Roberto por el camino que él mismo había elegido, y los turistas continuaron su espera.

Los diez primeros minutos se deslizaron tranquilamente; necesitábase ese tiempo para explorar un kilómetro de camino al trote largo de un caballo. Por el contrario, los diez minutos siguientes parecieron más largos y cada uno de ellos hacía más extraño el retraso de Roberto.

Roger no pudo contenerse.

– No podemos esperar más –declaró terminantemente–. La desaparición del guía no presagia nada bueno, y estoy persuadido de que alguna cosa le ha sucedido a Mr. Morgand. Por lo que a mí hace, marcho a su encuentro sin esperar ni un minuto más.

– Mi hermana y yo iremos con usted –dijo Alice con voz firme.

– Iremos todos –exclamó sin vacilar la unanimidad de los turistas.

Cualesquiera que fuesen sus ocultos pensamientos, Jack no hizo ninguna oposición a aquel proyecto, y, al igual que los demás, lanzó su caballo al galope.

El camino rápidamente seguido por la cabalgata se deslizaba entre dos murallas cortadas perpendicularmente.

– ¡ Una verdadera madriguera! –gruñó Roger entre dientes.

Sin embargo, nada anormal aparecía. En cinco minutos llegó a franquearse un kilómetro sin encontrar a ningún ser viviente.

Al llegar a un recodo del camino, detuviéronse repentinamente los turistas prestando oído alentó a un tumulto confuso, semejante al murmullo de una muchedumbre, que llegaba hasta donde ellos se encontraban.

– ¡Despachemos! –gritó Roger, sacando de nuevo su caballo al galope.

En pocos segundos la tropa de los turistas llegó a la entrada de una aldea, de donde salía el ruido que llamara su atención.

Aldea de las más singulares, no contaba con casas; era una nueva edición de Artenara.

Sus habitantes se alojaban a expensas de las murallas que bordeaban el camino.

Por el momento, aquellas moradas de trogloditas estaban vacías. Toda la población, compuesta única y exclusivamente de negros, había invadido la calzada y se agitaba lanzando increíbles vociferaciones.

La aldea se encontraba evidentemente en ebullición. ¿A causa de qué? Los turistas no pensaban en preguntárselo. Toda su atención estaba monopolizada por el espectáculo imprevisto que ante sus ojos se ofrecía. A menos de cincuenta metros veían a Roberto Morgand, sobre el que parecía converger la cólera general;

Roberto había echado píe a tierra, y, arrimado a una de las murallas transformada en colmena humana, defendíase como mejor podía, resguardándose con su caballo.

El animal, nervioso, se movía en todos sentidos, y las coces que lanzaba por doquier mantenían libre un amplio espacio en torno de su dueño.

No parecía que los negros poseyesen armas de fuego. Sin embargo, cuando los turistas llegaron al terreno de la lucha, tocaba éste a su término. Roberto Morgand iba debilitándose sensiblemente. Después de haber descargado su revólver, y desembarazándose así de dos negros, que permanecían tendidos en el suelo, no contaba ya como arma defensiva más que con su látigo, cuyo pesado mango había bastado hasta entonces para salvarle. Pero, asaltado a un tiempo por tres lados a la vez, apedreado por una turba de hombres, de mujeres y de chiquillos, era dudoso que pudiese resistir por más tiempo. La sangre corría por su frente.

La llegada de los turistas le aportaba un socorro, pero no la salvación. Entre éstos y Roberto se interponían centenares de negros, gritando, aullando, con tanta excitación, que no se habían dado cuenta de la presencia de los recién llegados.

Roger, como a un regimiento, iba a ordenar la carga a todo riesgo, cuando uno de sus compañeros previno la orden.

De repente, saliendo de las últimas filas de los excursionistas, lanzóse un jinete como un alud, y cayó como el rayo sobre los negros.

A su paso, los turistas habían podido reconocer con estupefacción a Mr. Blockhead que, pálido, lívido, lanzando lamentables gritos de angustia, se aferraba al cuello de su caballo, asustado por los clamores de los negros.

A aquellos gritos respondieron los negros con exclamaciones de terror. El caballo, enloquecido, galopaba, saltaba, pisoteaba todo lo que encontraba a su paso.

En un instante el camino se halló libre.

Buscando refugio en el fondo de sus casas, todos los negros en estado de combatir habían huido ante aquel rayo de la guerra.

No todos, sin embargo; uno de ellos había permanecido en su puesto.

Solo, en medio del camino, éste, verdadero gigante, con musculatura de Hércules, parecía menospreciar el pánico de sus conciudadanos.

Blandía con orgullo una especie de viejo fusil, algún trabuco naranjero español, que desde hacía un cuarto de hora estaba llenando de pólvora hasta la boca.

El negro alzó aquel arma, que sin duda iba a reventar entre sus manos, y la dirigió hacia Roberto.

Roger, seguido por todos sus compañeros, se había lanzado en el espacio despejado por la brillante acometida del estimado tendero honorario.

¿Llegaría a tiempo para detener el golpe pronto a partir?

Felizmente un héroe se le adelantaba. Blockhead y su caballo, ansioso de libertad.

De pronto hallóse éste a dos pasos del gigante negro, absorto en el desacostumbrado manejo de su antiguo escopetón. Aquel obstáculo imprevisto intimidó al asustado caballo, que, aferrándose en el suelo con sus cuatro patas, relinchó rabiosamente y se paró en seco.

Absyrthus Blockhead prosiguió, por el contrario, su carrera. Arrastrado por su ardor, y un poco también, fuerza es reconocerlo, por la velocidad adquirida, Blockhead franqueó el cuello de su noble corcel, y describiendo una sabia y armoniosa curva, fue, a la manera de un obús, a dar al negro el pleno pecho.

Proyectil y bombardeado rodaron de consuno por el suelo.

En este mismo instante Roger y todos sus compañeros llegaban al sitio de aquel memorable combate.

Blockhead fue recogido y atravesado en una silla, mientras otro turista se apoderaba del caballo. Habiendo montado Roberto sobre el suyo, la pequeña tropa huyó al galope de la aldea negra, por la extremidad opuesta a la que diera entrada.

Menos de un minuto después del momento en que se había visto a Roberto Morgand, todo el mundo estaba en seguridad.

Sí; aquel tan breve espacio de tiempo había bastado a Absyrthus Blockhead para ilustrarse para siempre en los fastos de la caballería, inventar una nueva arma arrojadiza y salvar, por añadidura, a uno de sus semejantes.

Por el momento, aquel valeroso guerrero no parecía hallarse en brillante condición. Una violenta conmoción cerebral habíale sumido en un desmayo, que no mostraba ninguna tendencia a disiparse.

Tan pronto como se hallaron lo bastante alejados del pueblo negro para no tener ya que temer un retorno ofensivo, echaron pie a tierra, y algunas abluciones de agua fría bastaron para devolver el sentido a Blockhead. Muy en breve se declaró dispuesto a partir.

Antes, sin embargo, fuéle preciso aceptar las acciones de gracias de Roberto, ante las cuales, por un exceso sin duda de modestia, el estimable tendero honorario no dio muestras de que hubiera comprendido el porqué de la gratitud.

Marchando al paso, rodeóse durante una hora el pico central de la isla, el Pozo de la Nieve, así llamado en razón de las neveras que los canarios han establecido en sus flancos, y luego se atravesó una vasta meseta sembrada de rocas pasándose sucesivamente, por entre las de Saucillo del Hublo, bloque monolítico de ciento doce metros, de Rentaigo y de la Cuimbre.

Ya fuese un resto de la emoción causada por los negros, ya el resultado de la fatiga, ya otro motivo cualquiera, lo cierto es que muy pocas palabras se cruzaron mientras se atravesó aquella meseta. La mayor parte de los turistas avanzaban en silencio, casi en el mismo orden que al partir. Solamente algunas filas habían sufrido una ligera modificación. Saunders, por una parte, se había unido al valeroso Blockhead, y Roberto, por otra, cabalgaba al lado de Roger, en tanto que Alice y Dolly formaban la segunda fila.

Los dos franceses hablaban del incomprensible acontecimiento, que estuvo a punto de costar la vida a uno de ellos.

– Había adivinado usted con exactitud –dijo Roger– previendo una emboscada; sólo que el peligro estaba delante y no a la espalda.

– Es verdad –reconoció Roberto–. Pero ¿podía yo suponer que se atentase a mi humilde persona? Además, estoy convencido de que la casualidad ha sido la que lo ha hecho todo, y que usted habría tenido igual acogida, si en mi lugar hubiera usted ido a aquel pueblo de negros.

– En realidad, ¿qué clase de colonia es esa, negra en pleno país de raza blanca?

– Una antigua república de negros – respondió Roberto–. Hoy, hallándose como se halla abolida la esclavitud en todo país dependiente de un Gobierno civilizado, esta república ha perdido su razón de ser. Pero los negros tienen cerebros obstinados, y los descendientes persisten en las costumbres de los antepasados, y así continúan enterrados en el fondo de sus cavernas salvajes, viviendo en un aislamiento casi absoluto, sin aparecer a veces en las poblaciones próximas durante más de un año.

– No son muy hospitalarios –observó Roger, riendo–. ¿Qué diablos pudo usted hacerles para ponerles de aquel modo en revolución?

– Absolutamente nada –dijo Roberto–. La revolución había estallado antes de mi llegada.

– ¡Hombre! ¿Y por qué motivo?

– No me lo han contado; pero he podido adivinarlo fácilmente por las injurias con que me han abrumado. Para comprender sus razones, precisa saber que los canarios ven con malos ojos como los extranjeros llegan a su país cada vez en mayor número, pues creen que todos esos enfermos dejan en sus islas algo de sus enfermedades, y que acabarán por hacerlas mortales. Ahora bien, aquellos negros se imaginaban que nosotros acudíamos a su pueblo con objeto de fundar en él un hospital de leprosos y de tísicos. De ahí su furor.

– ¡Un hospital...! ¿Y cómo ha podido nacer semejante idea en sus crespas cabezas?

– Alguno se la habrá inspirado –respondió Roberto–, y puede usted calcular el efecto de semejante amenaza en sus cerebros infantiles, imbuidos de prejuicios locales.

– ¿Alguno. .? ¿De quién, pues, sospecha usted?–Del guía.

– ¿Con qué objeto?

– Con un objeto de lucro; esto es natural. El bandido contaba con apoderarse de la parte correspondiente en nuestros despojos.

Verdaderamente aquella explicación parecía bastante plausible, y no era dudoso que las cosas hubiesen pasado así.

En el transcurso de la noche anterior debió el guía de preparar aquella emboscada y sembrar la cólera entre aquellos sencillos habitantes, fáciles de inflamar y de ser engañados.

Lo que Roberto se callaba era la parte que con toda seguridad había tomado Jack en aquel complot, y eso con un objetivo muy distinto del pillaje inmediato.

Después de reflexionar, había, en efecto, adoptado la resolución de no decir nada de sus sospechas. Para semejante acusación se requerían pruebas y Roberto no las tenía; tan sólo presunciones; pero, faltando el guía, no tenía medios de procurarse ninguna prueba material.

En semejantes condiciones, era preferible guardar silencio sobre la aventura.

Aun cuando se hallase más armado de pruebas, hubiera callado, por una parte, por entender que era preferible dejar impune el ataque sufrido a sacar de él una venganza que recaería sobre Mrs. Lindsay al recaer sobre su miserable autor.

Mientras que ambos franceses debatían aquella interesante cuestión, Saunders había cogido por su cuenta a Blockhead.

– ¡Mi enhorabuena, caballero! –díjole poco después de ponerse en marcha.

Blockhead permaneció silencioso.

– ¡Qué condenada caída, caballero! – exclamó Saunders con armoniosa befa.

Silencio igual de Blockhead. Saunders se le acercó, manifestando un vivo interés.

– Veamos, querido señor, ¿cómo se encuentra ahora?

– ¡Bastante mal! –suspiró Blockhead.

– Sí, sí; su cabeza...

– Nada de la cabeza.

– ¿Dónde, pues?

– ¡Del otro lado...! –gimió Blockhead, tendido boca abajo sobre el caballo.

– ¿Del otro lado...? –repitió Saunders–. ¡Ah!

¡ Bueno, bueno! –dijo, comprendiendo–. Es absolutamente lo mismo.

– ¡No, no...! –murmuró Blockhead.

– ¡Pardiez! ¿No es en todo caso por culpa de la agencia Thompson? Si nosotros hubiésemos sido ciento, en vez de ser quince, ¿habríamos sido atacados y tendría usted dolor de cabeza...? Si en lugar de ir a caballo, hubiéramos tenido nosotros los conductores anunciados en sus impudentes programas, ¿tendría usted dolor... en otro sitio? Comprendo perfectamente que esté usted indignado, furioso...

Blockhead halló fuerzas para protestar.

– ¡Encantado, caballero, diga usted, por el contrario, encantado! –murmuró con voz doliente, arrastrado por la fuerza del hábito.

– ¿Encantado...? –repitió Saunders, completamente estupefacto.

– Sí, señor; encantado –afirmó Blockhead más vigorosamente–. Caballos que te llevan de aquí para allá; islas con negros... ¡Esto es extraordinario, caballero, positivamente extraordinario!

En su exuberancia admirativa, olvidábase Blockhead de su contusión. Enderezóse imprudentemente sobre una silla extendió la mano solemnemente.

– Franco como el oro, señor; Blockhead es franco... ¡Ay...! –gritó, cayendo súbitamente boca abajo, excitado por un vivo dolor que le trajo al sentido de la realidad, en tanto que Saunders se alejaba, despechado de aquel incorregible optimista.

Hacia las once se llegó a uno de los numerosos pueblos escondidos entre los contrafuertes de la Cuimbre. Cuando el camino desembocó bruscamente en una plazoleta sin otra salida que aquella por la que se había entrado, se detuvo muy embarazada la cabalgata.

Sin duda que se habían equivocado dos horas antes en el cruce de ambos caminos, y el único remedio parecía ser el de desandar lo andado.

Quiso Roberto informarse sobre los habitantes del pueblo, pero tropezó con una muy grave dificultad; el español de Roberto parecía ininteligible para aquellos campesinos, mientras que el español de éstos parecía misterioso para Roberto.

No se mostró éste muy sorprendido, pues no desconocía la increíble diversidad de los patois del interior.

Con ayuda de una animada pantomima, a fuerza de repetir la palabra «Telde», nombre de la ciudad a la que se deseaba ir, y en donde se pensaba almorzar, acabó Roberto por obtener un resultado satisfactorio.

El indígena, dándose una palmada en la frente con aire de inteligencia, llamó a un muchacho, le soltó un largo e incomprensible discurso, y luego, con un gesto, invitó a la caravana a que siguiera al improvisado guía.

Durante dos horas caminaron tras las huellas del muchacho, que avanzaba silbando entre dientes.

Siguiéndole, se penetró por un sendero, se descendió por otro, se atravesó un camino, volvió a entrarse por otro sendero... ¡aquello no se acababa nunca! Mucho tiempo hacía que debían haber llegado a su destino. Roberto iba a esforzarse, aunque sin esperanzas, en obtener algunas luces del joven conductor, cuando en el momento de llegar a un nuevo camino, agitó éste alegremente su gorra e indicó la dirección del Sur, y entrando rápidamente por un sendero de cabras, desapareció en un instante.

Los turistas se quedaron llenos de estupor y asombro. ¿Qué diablos había entendido el campesino canario? Fuera lo que quisiera, de nada sirvió lamentarse; no había que hacer sino marchar, y se marchó, en efecto, no hacia el Sur, sino hacia el Norte, única dirección en que había probabilidades de encontrar la ciudad de Telde.

Las horas, no obstante, pasaron sin que el campanario de la población apareciese ante los cansados y hambrientos pasajeros. Las señoritas Blockhead inspiraban verdaderamente lástima. Abrazadas al cuello de sus caballos, dejábanse transportar, no teniendo fuerzas ni aun para gemir.

Hacia las seis, los turistas más valerosos hablaban ya de renunciar a proseguir caminando y acampar al aire libre, cuando por fin se distinguieron casas. La marcha de los caballos se activó inmediatamente. ¡Oh, sorpresa! ¡Estaban en Las Palmas! Una hora después atravesaban rápidamente la ciudad y llegaban al Sea- mew, sin que hubieran podido comprender lo que había acontecido.

Apresuráronse los viajeros a tomar asiento en la mesa, cuando se comenzaba a servir la comida, y atacaron con ansia los primeros platos. Por desgracia, continuaban todavía en vigor los principios que regulaban la mesa del Seamew desde hacía dos días, y la comida fue notoriamente poca cosa para aquellos estómagos hambrientos.

Semejante inconveniente pareció llevadero.

Una cuestión urgía más que todas. ¿En qué estado se hallaban las reparaciones de la máquina? No habían terminado, indudablemente;

el ruido de los martillos hablaba con bastante elocuencia a este respecto; aquel ruido se metía por todas partes: en el comedor, interrumpiendo las conversaciones, y en los camarotes, haciendo huir el sueño. Toda la noche duró, llevando al colmo la exasperación de los pasajeros.

Roberto, a causa de la fatiga, había terminado por quedarse adormecido; a las cinco de la mañana despertóle un súbito silencio; todo había callado a bordo del buque.

Vestido de cualquier modo, Roberto salió sobre cubierta. Solos, bajo el spardek, conversaban el capitán Pip y Bishop. Iba a descender Roberto a su encuentro para adquirir informes, cuando la voz del capitán llegó hasta él:

– Así, pues, ¿está usted preparado, caballero? – decía.

– Sí, comandante –respondió Mr. Bishop.

– Y... ¿está usted satisfecho de sus reparaciones? –preguntó el capitán.

– ¡Hum! –dijo Mr. Bishop–. Artimón os diría, comandante, que nada nuevo puede hacerse con una cosa vieja.

– ¡Justo! –aprobó el capitán–. Pero, al fin, yo supongo que podremos partir...

– Cierto, comandante, pero... llegar...

Un nuevo silencio se hizo, más largo que el anterior. Roberto, inclinándose, vio al capitán ponerse bizco de un modo terrible, según su costumbre cuando le agitaba una emoción. Pellizcóse luego la punta de la nariz, y estrechando la mano del primer maquinista exclamó:

– ¡ Esta es una peripecia, caballero!

Juzgó inútil Roberto dar cuenta a sus compañeros de los tristes presagios que acababa de conocer. En cuanto a la nueva de la partida, no necesitó transmitirla; las volutas de humo que pronto coronaron la chimenea informaron de ello a todos los pasajeros.

Sólo la certidumbre de una próxima partida pudo salvar al administrador general del furor de sus administrados, exasperados por un almuerzo verdaderamente detestable. Nadie empero protestó, limitándose a poner en recíproca cuarentena al culpable director de la agencia. Todos los semblantes se despejaron cuando, hacia el final del almuerzo, se oyeron las primeras órdenes de aparejar, que permitían esperar una más soportable comida.

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