CAPÍTULO XVIII
EN EL CUAL EL SEAMEW SE DETIENE
POR COMPLETO A L asomar la aurora del 4 de junio habrían podido ver los pasajeros lejanas todavía las altas orillas de la Gran Canaria. Allí iba el Seamew a hacer su primera escala en el archipiélago. Tenerife sería la segunda y la última, a la vez, del viaje.
El archipiélago de las Canarias se compone de once islas o islotes, dispuestos en una semicircunferencia que presenta su concavidad hacia el Norte. Comenzando por la extremidad nordeste, para acabar en la extremidad noroeste, se encuentran sucesivamente Alegranza,
Montaña Clara, Graciosa, Lanzarote, Lobos,
Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, Gomera, Hierro y La Palma.
Habitadas por una población de 280.000 almas, aproximadamente, esas diversas islas, las más orientales de las cuales se hallan separadas del África por un brazo de mar de unos 100 kilómetros, reúnen entre sí una superficie de más de 275 leguas cuadradas.
Bajo el gobierno de un comandante, que reside en Santa Cruz de Tenerife, y de dos alcaldes mayores, las Canarias forman una provincia de España; provincia lejana, verdad es, y un tanto descuidada, por ende. Forzoso es admitir este abandono de la metrópoli para explicarse la mediocridad del comercio en este archipiélago, que, a causa de su situación geográfica, debiera constituir una de las principales escalas de la gran ruta del Océano.
Diferentes por las dimensiones, las Canarias se asemejan todas por lo salvaje y agreste de su aspecto; por doquier se encuentran promontorios de basalto, cortados a pico, apenas bordeados de estrechos arenales. Al ver aquellas murallas de hierro, admírase uno del epíteto de Afortunadas, aplicado en otro tiempo a esas islas. Pero cesa la admiración, o más bien cambia de naturaleza, cuando se penetra en el interior de las tierras.
De igual origen volcánico, hállanse todas talladas, sobre el mismo modelo. Casi siempre se eleva en la periferia un cinturón de volcanes secundarios rodeando a un volcán principal en el centro. En los cráteres de esos volcanes, apagados hoy, abrigados por sus paredes circulares de los vientos tórridos del África; en los valles que separan unas de otras las cimas; en las mesetas cóncavas que coronan ciertas cumbres, en todo ello es donde se encuentra la justificación de aquel epíteto. Allí reina una primavera perpetua; allí casi sin cultivo, la naturaleza procura al hombre hasta tres cosechas anuales.
No es la Gran Canaria la más vasta de las islas que componen el archipiélago; el valor desplegado por sus primeros habitantes, cuando la conquista de Juan de Bethencourt, es el que la ha valido el ser designada así. ¿No es verdaderamente esta una manera de ser «grande», que vale tanto como cualquiera otra?
La agencia Thompson había dado muestras de muy buen juicio eligiéndola como punto de parada. La Gran Canaria es el resumen de las otras islas. Si bien no posee una cima tan prodigiosa como Tenerife, ocupa a este respecto un buen lugar y el primero bajo todos los demás.
Ella es la que posee las costas más inaccesibles, los valles más abrigados, los barrancos más profundos, y en general, la más curiosas particularidades naturales.
No obstante, una curiosa observación hubiera podido hacerse a la agencia Thompson.
Para ver todas las cosas interesantes que encierra la Gran Canaria, ¿no hubiera sido conveniente hacer una excursión al interior de la isla?
La agencia Thompson había descuidado completamente este pormenor.
«El día 2 de junio, llegada a las Palmas a las cuatro de la mañana. A las ocho, visita a la ciudad. Partida para Tenerife el mismo día a medianoche.» He aquí todo lo que anunciaba el programa Se llegaría, es cierto, el 4 de junio; pero eso no era razón, antes al contrario, para modificar los planes de la agencia en el sentido de una prodigalidad ruinosa. Que fuese el 2 o que fuese el 4, se partiría en el mismo día para Tenerife. ¡Tanto peor para los pasajeros, si apenas podían ver algo de la Gran Canaria!
Aquéllos, por lo demás, aceptaban fácilmente esa perspectiva; su entorpecimiento no habría dejado a ninguno fuerzas para manifestar descontento; descontento que no hubiera tenido sobre qué fundarse en un caso como aquél, en el cual la agencia, después de todo, se limitaba a cumplir sus compromisos. Puesto que se debía partir el mismo día, se partiría. Si Thompson hubiera de pronto propuesto alargar la detención, la mayor parte de los pasajeros habríanse negado a ello.
Hacia los once hallábanse el Seamew frente a la capital, Las Palmas, que pudo contemplarse a satisfacción, ya que el buque no podía marchar con mayor lentitud.
Por primera vez desde la partida de Londres pudieron los pasajeros experimentar una franca sensación de exotismo. Edificada a la salida del barranco de Guiniguada, en una sucesión de terrenos muy desiguales, la ciudad ofrece un aspecto totalmente oriental. Sus calles estrechas, sus casas blancas y de techos planos, justifican hasta cierto punto el epíteto de Kasbah con el que Roger de Sorgues creyó deber gratificarla.
Hacia mediodía el Seamew anclaba por fin en el puerto de La Luz, distante unos tres kilómetros de la ciudad.
Era preciso hacer y volver a hacer en sentido inverso aquellos tres kilómetros; así que, apenas terminado el amarre, Thompson se había plantado en el muelle, donde es esforzaba para formar a sus pasajeros en columna a medida que iban desembarcando. Era la repetición de la maniobra, a la que, tras numerosos ejercicios, habíanse habituado los excursionistas desde las primeras escalas en las Azores.
Pero, ¡ay! ¿Dónde estaba la hermosa disciplina de otro tiempo? Aquellos individuos tan dóciles se rebelaban; los movimientos indicados por Thompson cumplíanse con evidente mala voluntad; la tropa no cesaba de murmurar; las líneas se rompían apenas formadas.
Tras un cuarto de hora de esfuerzos, había llegado Thompson a reunir exactamente una docena de fieles, entre los cuales se encontraban el plácido Piperboom, de Rotterdam, y Absyrthus Blockhead, vuelto a su habitual buen humor desde que no se trataba de la edad de su retoño.
El grueso de los turistas había quedado detrás. Formando un grupo compacto, oponían una invencible inercia a los esfuerzos del administrador general.
– ¡ Veamos, señores...! ¡ Señores, veamos...!
– decía tímidamente Thompson a aquellos recalcitrantes.
– Está visto todo, caballero –respondió brutalmente Saunders, tomando la palabra en nombre de sus compañeros–. Estamos esperando pacientemente los vehículos y conductores prometidos por su programa.
Y Saunders, diciendo esto, blandía el impreso en que aquellas falaces promesas se destacaban efectivamente con todas sus letras.
– Pero, señores, ¿dónde quieren ustedes que los busque? –preguntó lastimosamente Thompson.
– ¡ Muy bien! –replicó Saunders, con su voz más agria–. Voy, pues, yo solo a tratar de encontrar un carruaje.
Sacó entonces de su bolsillo su fiel cuaderno.
– ¡Pero lo alquilaré a sus expensas! Es esta una cuenta que arreglaremos en Londres, caballero –añadió, echando a andar, mientras sus articulaciones producían los más belicosos rozamientos.
– ¡Yo le sigo, querido señor, yo le sigo! – exclamó en seguida Sir George Hamilton, quien, seguido a su vez de Lady Hamilton y de Miss Margaret, echó a andar tras su jefe de línea.
Esta adhesión dio lugar a otras, y pocos instantes después las dos terceras partes de los turistas se habían separado del resto de sus compañeros.
En las cercanías del puerto de La Luz se ha creado una pequeña ciudad, que ofrece todos los recursos necesarios a los buques anclados.
Saunders iba ciertamente a encontrar sin esfuerzo lo que buscaba. Delante de las casas más próximas se estacionaban, en efecto, tres o cuatro carruajes. Saunders no necesitó más que hacer un leve signo para que aquellos coches se adelantaran a su encuentro.
Desgraciadamente aquellos cuatro carruajes no podían ser suficientes. Cuando, tomados al asalto, se hubieron alejado, la mayoría de los disidentes tuvo que retroceder, formando de ese modo un inesperado aumento a la tropa del general en jefe.
En ese instante, Mrs. Lindsay, acompañada de su hermana y de Roger, dejaba a su vez el Seamew. M descubrirles golpeó Thompson las manos para activar el movimiento.
– ¡Vamos! Señores, a su puesto, si ustedes gustan –exclamó.
Mrs. Lindsay era de ordinario una viajera tranquila. Fuese, no obstante, por sugestión de sus compañeros o fuese más bien que ella juzgase haber paladeado ya bastante los encantos de un paseo en aquella ridícula alineación, no pareció acoger con su buen humor acostumbrado la proposición que indirectamente se le hiciera.
– ¡Cómo! –murmuró, recorriendo con la mirada el largo camino polvoriento, huérfano de casas y de sombra–. ¿Vamos a recorrer eso a pie?
– Tendré mucho placer, señora, en ir, si usted lo desea, a buscar un coche por la ciudad – propuso Roberto.
Si había permanecido indiferente ante las protestas anteriores y al movimiento separatista que las había seguido juzgando que todo ello, al fin y al cabo, no le concernía, ¡ qué peso, por el contrario, había encontrado él en la observación de Mrs. Lindsay! La galante oferta había brotado espontáneamente de sus labios.
En el acto viose recompensado por su buen pensamiento.
Sin regatear el auxilio ofrecido, Mrs. Lindsay lo aceptó como una cosa debida.
– Si tiene usted esa amabilidad –respondió, pagando anticipadamente con una sonrisa al benévolo comisionado Iba a partir Roberto, cuando se vio detenido por una nueva petición.
– Puesto que el señor profesor va hacia la ciudad–decía Lady Heilbuth–, ¿querría hacerme el obsequio de proporcionarme también un carruaje?
Pese a la forma cortés de la demanda, no dejó de pensar Roberto que Lady Heilbuth podía haberse servido de su larga y estirada doncella, que detrás de su ama sostenía en sus brazos el perrillo que en la actualidad había sido elevado al rango de favorito.
Inclinándose, empero, respetuosamente ante la anciana pasajera, díjole que se hallaba por entero a sus órdenes.
En el acto hubo de lamentarse de la amabilidad de su respuesta. Todos los pasajeros le encargaron que les prestase el mismo servicio ofrecido a Mrs, Lindsay y otorgado a Lady Heilbuth.
Hizo Roberto un gesto de contrariedad.
Hacerse el correo de Mrs. Lindsay era para él un placer; encargarse de las comisiones de Lady Heilbuth, pase todavía, pero verse obligado por los encargos de todo el mundo, eso cambiaba singularmente la cuestión. No podía rehusar, sin embargo.
Roger de Sorgues acudió generosamente en su ayuda.
– Yo iré con usted, mi querido amigo –le dijo–, y nos traeremos todos los carruajes de la ciudad.
Aquel gesto desató un concierto de «bravos», mientras Roberto estrechaba calurosamente las manos de su compatriota, cuyas marcadas muestras de delicada atención eran innumerables.
Recorrido el camino con paso acelerado, no tuvieron que esforzarse mucho ambos emisarios para proporcionarse vehículos en número suficiente.
Volvían los dos en uno de ellos, cuando a mitad de camino se encontraron con Thompson a la cabeza de una miserable columna, compuesta, a lo sumo, de quince soldados, los más pobres o los más avaros de su antes tan nutrido regimiento.
Dejando a su compañero al cuidado de terminar la comisión aceptada, Roberto fue a unirse a aquella reducida tropa, a cuyo lado le llamaban sus funciones.
Decir que se encontraba satisfecho de aquella combinación sería exagerado. Pero como, después de todo, no podía elegir, ocupó, aunque sin entusiasmo, su puesto al lado de Thompson, y se puso a la cabeza de la pequeña columna.
La llegada a las primeras casas de la ciudad le guardaba una sorpresa.
También Thompson experimentó la misma sorpresa cuando dirigió una mirada hacia atrás.
¿Dónde estaba la columna? Desparramada, dispersa, desvanecida. Cada recodo del camino, cada grupo de árboles umbrosos había servido de pretexto para alguna defección, y poco a poco los turistas se habían disgregado, desde el primero hasta el último. No había nadie detrás de Thompson; nadie, si se exceptúa al monumental Van Piperboom, de Rotterdam, que se había detenido plácidamente con su jefe y esperaba sin ninguna impaciencia. Roberto y Thompson cambiaron una mirada no desprovista de ironía.
– ¡Dios mío, señor profesor –dijo, al fin, éste con forzada sonrisa–, en estas condiciones no puedo menos de devolverle su libertad! Por lo que respecta a mí, que no me cuido para nada de Las Palmas, voy, con permiso de usted, a regresar tranquilamente a bordo.
Y Thompson deshizo el camino, seguido obstinadamente del impenetrable holandés, que, al parecer, tampoco se preocupaba de Las Palmas.
Roberto, sin saber qué hacerse, pensaba aún en aquella aventura, cuando se sintió llamar por una voz alegre y gozosa.
– ¡Eh...! ¿Qué diablos hace usted ahí...?
¿Dónde ha ido a parar su regimiento? – preguntaba Roger desde el coche en que había tomado asiento, frente a las dos americanas.
– ¿Mi regimiento...? –respondió Roberto en el mismo tono–. Tendría curiosidad por saber nuevas de él. El coronel acaba de regresar a bordo con la esperanza de encontrar allí sus soldados.
– Sólo encontrará allá al inapreciable Johnson –dijo Roger, riendo–, ya que este excéntrico se obstina en evitar el contacto con tierra. Pero ¿y usted, qué está haciendo?
– Absolutamente nada, como usted ve.
– Bueno, pues entonces –añadió Roger, haciendo sitio a su lado– véngase con nosotros.
Usted nos pilotará, señor profesor.
El río Guiniguada divide a Las Palmas en dos partes desiguales: la ciudad alta, habitada solamente por la nobleza y los funcionarios, y la ciudad baja, más especialmente comercial, que va a morir en el promontorio del Oeste, en cuya extremidad se alza la fortaleza del Castillo del Rey.
Durante tres horas recorrieron los cuatro turistas, ya a pie, ya en coche, las calles de la capital; después, acometidos del cansancio, se hicieron conducir al Seamew.
He aquí lo que habrían podido responder a quien les hubiese interrogado;
Las Palmas es una ciudad bien construida, con calles estrechas y sombrías, pero en la cual la naturaleza del terreno convierte el paseo en una perpetua subida, a la que sigue un perpetuo descenso. Fuera de la catedral, de estilo renacimiento español, posee pocos monumentos interesantes. En cuanto al aspecto morisco de la ciudad, vista desde el mar, suscita esperanzas engañosas, pues mirada de cerca el encanto se desvanece. Nada menos morisco que las calles, las casas, los habitantes, ofreciendo estos últimos a la admiración pública elegancias exclusivamente europeas, hasta francesas.
A esto se limitaban sus impresiones de viaje. ¿Y cómo hubiera podido ser de otro modo?
¿Habían vivido ellos la vida de aquel pueblo para poder apreciar su cortesía y su finura, corregidas por una vivacidad natural, que es causa con demasiada frecuencia de que los cuchillos salgan de sus vainas? ¿Habían penetrado en aquellas moradas de fachadas correctas, pero que no contenían más que habitaciones pequeñas y destartaladas, estando reservado todo el espacio al salón de recibir, en cuyas dimensiones se cifra el orgullo de los canarios? ¿Podían conocer el alma de aquel pueblo, en la que se mezcla la fiereza y altivez del antiguo hidalgo con la orgullosa sencillez del guanche, otro de sus abuelos, desdeñado este último?
Esta es la consecuencia de los viajes rápidos. El hombre, en demasía complicado, no cae bajo su dominio. Solamente la naturaleza se deja penetrar con una mirada.
Pero, por lo menos, ¡es preciso mirarla! Y el programa de la agencia Thompson se oponía terminantemente a ello.
Roberto no poseía siquiera las vagas nociones que los turistas llevaban de su paseo a través de Las Palmas; nada había visto en el transcurso de aquella tarde, pasada en la intimidad de Mrs. Lindsay.
Sus ojos no conservaban más que una sola imagen, la de la joven americana, trepando o bajando las calles en cuesta, preguntándole o respondiéndole con una sencillez sonriente.
Olvidado de sus resoluciones habíase abandonado a la felicidad del momento.
Pero apenas hubo puesto el pie en el Sea- mew, volvieron las preocupaciones que por un instante se disiparan ¿Por qué jugar con su conciencia? ¿Por qué penetrar por un camino que no quería seguir hasta el fin? Aquella tarde tan dichosa le dejaba una amargura, la angustia de no haber sabido quizá disimular. ¿Que sentimientos, qué miras ambiciosas no iba a suponer la rica americana en él, acosado por la miseria?
Ante tales pensamientos sentíase enrojecer por la vergüenza y se prometía guardar mejor su corazón en el porvenir, dispuesto incluso a perder la amistosa simpatía que, no obstante, ganara con creces.
Pero la suerte había decidido que sus generosas resoluciones permaneciesen en letra muerta.
En el momento de llegar a bordo los cuatro turistas, Thompson y el capitán Pip conversaban con animación; tratábase, sin duda, de alguna discusión grave. Thompson, congestionado, ardoroso, se entregaba, como de costumbre, a gestos y movimientos exagerados.
El capitán, tranquilo y sosegado, por el contrario, le respondía por breves monosílabos o por gestos enérgicos, signos evidentes de negativas absolutas.
Intrigados, Mrs. Lindsay y sus dos compañeros se detuvieron a pocos pasos de los dos interlocutores.
No eran, además, los únicos en interesarse por aquel debate.
Sobre el spardek, colocados en tres líneas apretadas, los demás pasajeros, cuya mayor parte ya habían regresado, seguían atentamente la discusión.
Un hecho que contribuía a excitar la curiosidad general era que la chimenea del Seamew no arrojaba humo. Nada parecía dispuesto para aparejar, operación que estaba fijada, no obstante, para la medianoche. Perdíanse todos en conjeturas y esperaban con impaciencia que terminase la discusión entre Thompson y el capitán Pip para obtener algunas explicaciones del uno o del otro.
Cuando la campana dio la señal de la comida, la discusión continuaba aún.
Rápidamente los pasajeros fueron a ocupar sus puestos habituales. Sin duda que durante la comida conocerían la solución del enigma.
Pero la comida empezó, siguió y se terminó sin que Thompson hubiera creído conveniente satisfacer la curiosidad de los comensales.
Aquella curiosidad, además, se atenuaba, dominada por otro cuidado más urgente.
La mesa de a bordo había dado un paso enorme en la marcha descendente que desde algunos días iba siguiendo. Envalentonado por la impunidad, Thompson había, al parecer, creído que todo le era permitido.
Pero aquella vez rebasaba los límites. El menú, digno de un verdadero figón, pecaba ya hasta por la cantidad. Apenas si se había despertado el apetito de los comensales, cuando comenzaron a servirse los postres.
Mirábanse unos a otros, miraban a Thompson, que parecía perfectamente tranquilo. Nadie, sin embargo, se había atrevido aún a formular reclamaciones, cuando Saunders, según su costumbre, tiró bruscamente de la manta.
– ¡Camarero! –llamó con su agria voz.
– ¿Señor? –respondió Mr. Bistec, acercándose.
– ¡Camarero! Volveré a tomar un poco de ese execrable pollo. Bien pesado todo, vale más morir por el veneno que por el hambre.
Mr. Bistec no pareció comprender toda la ironía de aquella excelente broma.
– No hay más, señor –respondió tranquilamente.
– ¡ Tanto mejor! –exclamó Saunders–. En ese caso, déme usted otra cosa. No podrá ser peor.
– ¡ Otra cosa, señor! ¡ El señor ignora que no hay ya a bordo con qué llenar un diente hueco!
¡Los señores pasajeros no han dejado siquiera comida para los dependientes!
¡Con cuánta amargura había pronunciado Bistec estas palabras!
– ¡Ah, ah, Mr. Bistec! ¿Se estaría usted burlando de mí por casualidad? –preguntó Saunders con una voz amenazadora.
– ¡ Yo, señor! –imploró Bistec.
– Entonces, ¿qué significa esta broma? ¿Estamos aquí nosotros sobre la almadía de la Medusa} Alzó Bistec los hombros en señal de ignorancia. Y su gesto declinaba toda responsabilidad, arrojándola entera sobre Thompson, que se limpiaba los dientes con aire despreocupado.
Saunders, indignado ante aquella actitud, dio un golpe sobre la mesa, cuyos vasos saltaron.
– A usted es a quien hablo, caballero –dijo dirigiéndose a Thompson en tono irritado.
– ¿A mí, Mr. Saunders? –respondió Thompson, simulando candidez.
– Sí, a usted. ¿Se ha propuesto matarnos de hambre? Es verdad que ese sería el mejor medio de ahogar nuestras quejas.
Thompson abrió, admirado, unos ojos tamaños.
– Hace tres días –continuó diciendo Saunders colérico– que la alimentación se ha hecho indigna del perro de un mendigo. Hasta aquí hemos tenido paciencia; pero hoy lo que pasa es demasiado fuerte; yo apelo a todos estos señores.
La interpelación de Saunders obtuvo un éxito, que los diarios parlamentarios habrían calificado de «viva aprobación» y de «aplausos frenéticos». Todo el mundo se puso a hablar a un tiempo. Se aprobaba calurosamente. Los «¡perfectamente!» se cruzaban con los «¡tiene usted razón sobrada!» Durante cinco minutos hubo allí un ruido formidable.
En medio del vocerío, Roger reía con toda su alma. Aquel viaje resultaba de una comicidad irresistible. Alice, Dolly y Roberto compartían la hilaridad del gozoso oficial. Ninguno de ellos hubiera querido renunciar a aquella mala pero divertida comedia.
Durante ese tiempo, Thompson, sin manifestar ninguna verdadera emoción, se esforzaba por obtener un poco de silencio. Acaso, después de todo, tuviera en reserva alguna razón poderosa.
– Reconozco –dijo cuando al fin se restableció un silencio relativo–; reconozco que esta comida ha sido un poco menos buena que las precedentes...
Un tumulto general vino a cortarle la frase.
– ¡Que las precedentes! –prosiguió Thompson con tranquilidad–; pero la agencia no tiene en absoluto la culpa, y Mr. Saunders lamentará sus censuras cuando conozca la verdad.
– ¡Palabrería! –replicó brutalmente Saunders–. No me pago yo de esa moneda. Necesito otra, otra que proporcionará, cuando estemos en Londres, este carnet en el cual anoto, ante todos, este nuevo agravio que se nos hace.
– Sepan, pues, estos señores –prosiguió Thompson, sin hacer caso de la interrupción–, que el leste que sufrimos en Madera se ha hecho sentir aquí, pero de una manera mucho más violenta, a causa de la situación geográfica de estas islas y su proximidad al África. Para colmo de desdichas el leste ha traído consigo una nube de langostas llegadas del continente.
Esta invasión, muy rara aquí, se ha producido justamente a nuestra llegada. Ambas plagas reunidas lo han destruido y devastado todo Si la agencia se ha mostrado algo parca en los víveres es porque éstos son muy escasos en la Gran Canaria.
– ¡Vamos, pues! –replicó el implacable Saunders–. ¡Diga usted que los víveres están caros!
– Pero ¿no es lo mismo una cosa que otra? – preguntó ingenuamente Thompson, dejando ver así el fondo íntimo de su alma.
Aquella ingenua exclamación sumió en el estupor a todos los pasajeros.
– ¡ Verdaderamente! –replicó Saunders–.
Pero, en fin, ya arreglaremos eso en Londres.
Mientras tanto, no hay más que una cosa que hacer. Partamos en el acto. Si no se puede comer en la Gran Canaria, vamos a cenar a Tenerife.
– ¡Bravo! –dijeron de todos lados.
Thompson, con un ademán, reclamó silencio.
– Sobre ese punto, nuestro digno comandante va a responderles, señores.
– Él os contestará que no se puede partir – dijo el capitán Pip–, y esto con gran disgusto de su parte; pero la máquina tiene necesidad de una limpieza y arreglos serios, y ese trabajo, comenzado hoy, exigirá, cuando menos, tres días. No podremos, por consiguiente, abandonar este puerto hasta el día siete de junio, hacia mediodía.
La comunicación del capitán había venido a helar todos los ardores Los pasajeros cambiaban miradas lánguidas. ¡Tres días aún que pasar allí sin una excursión, sin un paseo!
– ¡Y con esta alimentación! –añadió el encarnizado Saunders.
A la tristeza sucedió pronto la cólera. ¿Era admisible que la agencia Thompson se burlase de aquella forma de sus suscriptores? Un murmullo amenazador corrió entre los pasajeros al abandonar la mesa y subir al spardek.
En el mismo instante un gran vapor entraba en el puerto. Era uno de los paquebotes que hacían con regularidad el servicio entre Inglaterra y la colonia de El Cabo. Volvía de regreso a Londres. La nueva fue conocida inmediatamente a bordo del Seamew.
Cinco o seis pasajeros se aprovecharon de aquella inesperada ocasión, y desembarcaron resueltamente con sus equipajes; entre ellos figuraba Lady Heilbuth seguida de su querida trope. Tenían ellos bastante ya, y lo probaban.
No pareció Thompson darse cuenta de esas defecciones, que, por lo demás, fueron poco numerosas.
Por razón de economía, o por cualesquiera otra, la mayor parte de los pasajeros permaneció fiel al Seamew. De esos fieles era Saunders, sin que la economía entrase para nada en su decisión. ¿Dejar a Thompson? ¡Quiá! No, él se sostendría hasta el fin a su lado. ¿Era, pues, el odio lo que llenaba el corazón de aquel inquietante pasajero?
Pero no todo el mundo tenía las razones excelentes, sin duda, de Saunders o las mejores aún de las gentes de modesta fortuna. Mrs.
Lindsay, por ejemplo. ¿Por qué se empeñaría ella en terminar aquel viaje tan fecundo en disgustos y contratiempos de toda clase? ¿Qué motivo podría retenerla bajo la administración de la agencia Thompson?
Roberto, a algunos pasos de Alice, a quien contemplaba a través de la noche, se hacía las anteriores preguntas lleno de angustia e inquietud. Mrs. Lindsay, sin embargo, permanecía a bordo. Había visto pasar al gran paquebote sin concederle la menor atención.
No, no partiría; Roberto tuvo la prueba de ello cuando la oyó decir a Roger:
– Supongo que nosotros no vamos a permanecer a bordo esos dos días...
– Evidentemente –respondió Roger riendo aún.–Este retraso –prosiguió Alice– tendrá, cuando menos, de bueno que nos permitirá conocer el país, si usted quiere, como yo, dedicarle una excursión.
– Ciertamente –respondió Roger–. Esta misma noche podemos Mr. Morgand y yo buscar medios de transporte. Veamos. Somos cinco, ¿no es así?
Roberto esperaba aquel momento. Creía que no estaba en el caso de dejarse arrastrar por la servicial amistad de su compatriota. Fuese el que fuese su disgusto, no se uniría a la pequeña caravana y permanecería estrictamente en su puesto.
– Permítame... –comenzó a decir.
– No, cuatro tan sólo –interrumpió Alice con tranquila voz–. Mi cuñado no vendrá.
Roberto sintió que su corazón latía más de prisa. Así, pues, era Mrs. Lindsay misma la que decidía de su presencia; ella le asignaba un papel; quería que fuera a su lado...
El placer desvaneció sus escrúpulos; mil pensamientos confusos bailaban en torno de él.
Dejando sin acabar su protesta, aspiró a sus anchas el aire de la noche y alzó los ojos al cielo, donde le parecía que habían surgido estrellas nuevas.