Segunda patria

XXVII

UNA GRUTA AL PIE DE LA CORDILLERA - RECUERDOS DEL PASADO - POR EL BOSQUE - CAPTURA DE UN ANTÍLOPE - EL RÍO MONTROSE - EL VALLE DE GRÜNTHAL - EL DESFILADERO DE CLUSE - UNA NOCHE EN EBERFURT.

La gruta en la que mister Wolston, Ernest y Jack habían pasado la noche cuatro meses antes, cuando su excursión a la montaña, la víspera del día en que el pabellón inglés se arbolaba en la cúspide del pico Jean Zermatt, estaba llena aquella noche de la más viva y legítima animación. La alegría se desbordaba. Si al llegar la noche nadie dormía, no era debido al insomnio, a disgustos ni tristezas, sino a la agitación de espíritu, al tumulto de las ideas provocadas por los últimos sucesos.

Después de dar las gracias al cielo, el capitán Gould, Fritz, François, James, el contramaestre, Jenny, Doll y Suzan Wolston no permanecieron un minuto más en la cima del cono. Faltaban dos horas para la noche, y este tiempo era bastante para llegar al pie de la cordillera.

– Sería asombroso —dijo Fritz— que no encontráramos alguna cueva donde refugiarnos todos.

– Y si no la encontramos dormiremos bajo los árboles…, ¡bajo los árboles de la Nueva Suiza! —respondió François, que no pudo por menos de repetir este nombre, bendecido por todos.

– Repítelo… repítelo, querida Doll —añadió—. ¡Quiero oírlo otra vez!

– Sí… ¡La Nueva Suiza! —dijo la joven, cuyos ojos brillaban de alegría.

– ¡La Nueva Suiza! —repitió a su vez Jenny, estrechando la mano de Fritz.

Hasta Bob se hizo eco de este nombre, lo que le valió numerosos besos.

– Amigos míos —dijo el capitán Harry Gould—, si decidimos bajar al pie de la montaña no hay tiempo que perder.

– ¿Y comer? —preguntó John Block.

– Dentro de cuarenta y ocho horas estaremos en Felsenheim —afirmó François.

– Además, la caza abunda en los campos de la Nueva Suiza —añadió Fritz.

– Pero ¿cómo cazar sin fusil? —preguntó Harry Gould—. Por diestros que sean Fritz y François, supongo que haciendo solamente el ademán de disparar…

– ¡Bah! —respondió Fritz—. ¡Tenemos buenas piernas…! Ya veréis, capitán… Mañana, antes del mediodía, tendremos buena y verdadera carne en vez de esta carne de tortuga…

– Fritz… No hablemos mal de las tortugas, aunque sólo sea por gratitud —dijo Jenny.

– Tienes razón, querida esposa…; pero partamos… Bob no quiere estar aquí más tiempo… ¿Verdad, Bob?

– No… no… —respondió el niño—. Si papá y mamá vienen conmigo.

– Sí… contigo irán —aseguró Jenny—, y no serán los últimos que se pongan en camino.

– ¡Partamos! ¡Partamos!

Tal fue el grito general.

– Y pensar —dijo con malicia el contramaestre—, pensar que allá abajo… al sur… dejamos una hermosa playa donde abundan las tortugas y los moluscos… una hermosa gruta donde hay provisiones para varias semanas, y en esa gruta tenemos hermosas camas de hierba… y que vamos a abandonar todo esto por…

– Más tarde volveremos a buscar nuestros tesoros —dijo Fritz.

– Sin embargo… —insistió John Block.

– ¿Quieres callar, maldito? —ordenó el capitán riendo.

– Me callo, mi capitán… y sólo pido añadir dos palabras.

– ¿Cuáles?

– ¡En marcha!

Siguiendo su costumbre, Fritz se puso a la cabeza; los otros se agruparon como en otras ocasiones lo habían hecho. Después de bajar sin dificultades por los flancos del cono, llegaron al pie de la montaña. Un feliz instinto, verdadero sentido de orientación, les había hecho tomar el camino que mister Wolston, Ernest y Jack habían seguido, y eran apenas las ocho cuando estuvieron en el límite del extenso bosque.

En fin, por una no menos dichosa casualidad (¿por qué extrañarse de ello si se había entrado en el período de la buena suerte?), el contramaestre descubrió la gruta en la que mister Wolston y los dos hermanos habían encontrado refugio. Poco importaba que fuese de reducidas dimensiones desde el momento en que bastaba para albergar a Jenny, a Dolí, a Suzan y a Bob. Los hombres dormirían al raso, Por las cenizas de su hogar se comprendió que la gruta había sido ocupada antes.

¿De modo que monsieur Zermatt, Wolston, Ernest y Jack. tal vez las dos familias, habían atravesado el bosque y subido al cono sobre el que floraba el pabellón británico? ¡Quizá, de retrasarse unos o adelantarse otros hubieran podido encontrarse en aquel sitio!

Después de la comida, y dormido Bou en un rincón de la gruta, la conversación, no obstante la fatiga de la jornada, recavo sobre los incidentes del flag.

Sí… Durante los ocho días que el capitán Gould, el contramaestre, Fritz. François y James estuvieron presos, el navío se había dirigido hacia el norte. Esto no podía explicarse más que por la persistencia de los vientos contrarios, pues el interés de Robore Borupt y de la tripulación era llegar a los lejanos mares del Pacífico. Si no lo habían hecho, era por no habérselo permitido el tiempo. Todo indicaba que el flag se había dirigido hacia los parajes del océano índico, en la proximidad de la Nueva Suiza. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido y la dirección seguida desde que la chalupa fue abandonada, era evidente que dicho día Harry Gould, y sus compañeros debían de encontrarse más que a unas cien leguas de la isla que tan lejos suponían toda vez que tras una semana de navegación la chalupa arribaba a la Nueva Suiza.

Fritz y François no conocían esta parte del sur del litoral. ¿Quién hubiera podido imaginar que existía tan gran diferencia entre la rica comarca situada al norte de la cordillera y la árida meseta que se extendía desde el cono hasta el mar?

De esta manera se explicaba igualmente la llegada del albatros.

Después de la marcha de Jenny Montrose el pájaro habría, probablemente, vuelto a la Roca Humeante, de donde a veces volaría a las costas de la Nueva Suiza, sin llegar a Falkenhorst o Felsenheim… Realmente el fiel pájaro había tenido mucha parte en la salvación común pues a él se debía el descubrimiento de la segunda gruta donde lo había acompañado Bob y por consecuencia el del paso que terminaba en la meseta.

¡Sí! Tal era el encadenamiento de circunstancias y hechos en los que los corazones, llenos de gratitud, veían la intervención de la Providencia. Verdad que, a pesar de tantas pruebas y miserias, aun ante la terrible amenaza de una invernada, jamás habían perdido su confianza en Dios.

Esta conversación se prolongó mucho tiempo; pero al fin, venció el cansancio y las últimas horas de la noche se dedicaron al sueño. Al amanecer se pusieron en camino con tanta alegría como impaciencia.

Tras los restos del hogar en la gruta los expedicionarios iban a encontrar nuevas huellas en el bosque y en el campo. La hierba hundida y las ramas despojadas indicaban el paso de los animales rumiantes o fieras; pero encontrando algunos vestigios de campamento era imposible engañarse.

– Además —dijo Fritz—, ¿quiénes sino mi padre, mis hermanos y mister Wolston hubieran podido colocar el pabellón en la cúspide del cono?

– ¡A no ser que él haya ido a plantarse solo…! —respondió riendo ti contramaestre.

– ¡Lo que no sería muy asombroso en un pabellón inglés! —añadió François en el mismo tono—, pues son innumerables los sitios en que parece haberse plantado solo.

El capitán Gould sonrió al escuchar esta salida. Sin embargo, por muy dotado de cualidades vegetativas que esté el pabellón de la Gran Bretaña, no había duda de que el del cono lo había arbolado la mano del hombre; de donde resultaba que monsieur Zermatt y los suyos habían hecho una excursión hasta la cordillera por el camino más corto, y lo más sencillo era seguir sus huellas.

Guiados por Fritz, sus compañeros bajaron las primeras pendientes, que el bosque cubría en parte.

No parecía probable que hubiera obstáculos ni peligros en el trayecto entre la cordillera y la Tierra Prometida. La distancia entre ambos puntos se podía calcular en unas ocho leguas. Haciendo cuatro por día, con un descanso de dos horas al mediodía, y durmiendo durante la noche, no sería imposible llegar al día siguiente por la tarde al desfiladero de Cluse, y desde el desfiladero a Felsenheim o a Falkenhorst, sería cuestión de algunas horas.

– ¡Ah! —decía François—. Sí contáramos no más que con nuestros dos valientes búfalos Sturm y Brummer, o con Rash, el onagro de Fritz, o con Brausewind, el avestruz de Jack, con sólo un día de camino estaríamos ante Felsenheim.

– Segura estoy —respondió Jenny bromeando— de que François se habrá olvidado de echar al correo la carta en que decíamos que nos enviasen esos bichos.

– ¡Cómo, François! —añadió Fritz—. ¡Tú…! ¡Un hombre tan serio… tan cuidadoso!

– ¡No! —respondió François—. Jenny ha sido la que se ha olvidado de atar una carta a la pata de su albatros antes de que éste tendiera el vuelo.

– ¡Qué aturdida soy! —dijo la joven.

– Puede —dijo Doll— que el mensajero hubiera llevado el mensaje a su dirección.

– ¡Quién sabe! —respondió François—. ¡Es tan extraordinario cuanto ahora nos sucede!

– En fin —dijo el capitán Gould—, puesto que no podemos contar ni con Sturm, ni con Brummer, ni con Rash, ni con Brausewind, lo mejor es no contar más que con nuestras piernas…

– Y alargar el paso —concluyó John Block.

Partieron con la intención de no detenerse hasta el mediodía.

De vez en cuando, James, François y el contramaestre llevaban a Bob en brazos, aunque el niño quería caminar. No hubo, pues, retraso en lo que duró la travesía del bosque.

Mientras caminaban, James y Suzan Wolston, que no conocían nada de las maravillas de la Nueva Suiza, no cesaban de admirar aquella poderosa vegetación, muy superior a la de la colonia del Cabo.

¡Y no estaban más que en la parte de la isla abandonada a sí misma, en la que la mano del hombre no había transformado nada! ¿Qué sería, pues, cuando visitasen la región cultivada del distrito, las granjas de Eberfurt, de Zuckertop, de Waldegg, de Prospect-Hill, aquel rico dominio de la Tierra Prometida?

La caza abundaba: agutíes, pécaris, cabieles, antílopes, conejos, y también avutardas, perdices, gallos salvajes, pintadas, ortegas y ánades. Fritz y François tenían motivo para lamentar la falta de sus fusiles de caza. ¡Ah, si los perros Braun y Falb, y aun el viejo Turco, saltasen, a su lado! Y hasta si el águila de Fritz no hubiese muerto y estuviera con su amo, no habría tardado mucho en cazar media docena de tan hermosas piezas, Pero como los cobayos, los pécaris y agutíes no les esperaban, todas las tentativas que se hicieron no produjeron resultado en la primera etapa, y probablemente nuestros amigos se verían reducidos a devorar, en la próxima comida, el resto de las provisiones.

No sucedió así. Véase por qué feliz incidente la cuestión de la alimentación quedó resuelta.

A las once, Fritz, que marchaba delante, hizo señal de detenerse en el límite de un pequeño claro, atravesado por un estrecho río, a orillas del que bebía un animal de gran talla.

Era un antílope. Si lograban apoderarse de él, tendrían carne sana y apetitosa.

Lo más sencillo pareció cercar el claro sin dejarse ver, y cuando el antílope intentase salir cerrarle el camino, aun a riesgo de recibir algunas cornadas, y después sujetarlo y echarlo por tierra.

Era esta operación difícil de ejecutar sin que la advirtiera un animal de vista tan aguda, oído tan fino y tan sutil olfato.

Mientras Jenny, Simón, Doll y Bob permanecían aparte tras unas matas, Fritz, François, James, el capitán. Gould y el contramaestre, que no poseían más armas que sus cuchillos, comenzaron a cercar el claro, ocultándose tras los árboles.

El antílope continuaba bebiendo tal el arroyo sin mostrar inquietud cuando Fritz surgió repentinamente lanzando un gran grito.

El animal se irguió, tendió el cuello y se lanzó al bosque, encontrándose con François y John Block, que lo esperaban cuchillo en mano. Si no conseguían impedir que saltase por encima de sus cabezas, el animal estaría pronto libre.

La bestia salto; peto habiendo tornado mal la distancia, cayó, derribando al contramaestre, e intentando levantarse de nuevo para huir a través del bosque, donde no quedaría probabilidad de capturarlo.

En este instante llegó Fritz, y arrojándose sobre el antílope le hundió el cuchillo en el costado. No hubiera bastado el golpe de no secundarle Harry Gould con otro en la garganta.

El animal quedó inmóvil sobre las ramas, mientras el contramaestre se levantaba lentamente.

– ¡Bestia del diablo! —exclamó John Block, que sólo había recibido algunas contusiones—. ¡He sentido más de un golpe de mar, pero ninguno me ha hecho rodar de este modo!

James, Jenny, Doll y Suzan acababan de acercarse.

– Espero que no sera grave el daño, Block —dijo Harry Gould.

– No. Algunos arañazos, y esto no vale la pena, mi capitán… Lo desagradable y hasta humillante es haber sido derribado de este modo.

– Pues bien, en compensación se os reservará el mejor trozo —dijo Jenny.

– No, madame Zermatt: prefiero el que me hizo caer por tierra… y como fue la cabeza del animal, pido comerme su cabeza.

Se despedazó al antílope, separando las partes comestibles. Asegurado el alimento hasta el día siguiente por la noche… no había que preocuparse por este punto antes de la llegada al desfiladero de Cluse.

Fritz y François no tenían necesidad de recibir lecciones tratándose de preparar la caza, pues habían adquirido teoría y practica durante los once años de cazadores, a trasvés de los campos y montes de la Tierra Prometida, Además, tampoco era torpe el contramaestre en estos menesteres, y en la ocasión presente parecía experimentar cierto placer vengándose de la bestia despojándola. En menos de un cuarto de hora, los pemiles, costillas y otros sabrosos bocados estaban en disposición de ser puestos sobre las brasas.

Como era cerca del mediodía, pareció conveniente acampar en el claro donde el nos suministraría agua limpia y fresca. Harry Gould y James encendieron luego, y sobre las brasas Fritz colocó los mejores trozos del antílope, dejando a Suzan y Doll el cuidado de vigilar el asado.

Por feliz casualidad, Jenny acababa de descubrir gran cantidad de raíces, que asadas bajo las cenizas son comestibles, y que completarían el almuerzo de aquel día.

Nada más delicado que la carne de antílope, a la vez tierna y sabrosa. Fue un verdadero regato para todos.

– ¡Qué bueno es —exclamó John Block— comer al fin carne de verdad… que ha andado, en vez de arrastrarse pesadamente por el suelo…!

– No hablemos mal de las tortugas —respondió el capitán—, ni aun para celebrar los méritos del antílope.

– Mister Gould tiene razón —añadió Jenny—. Sin estas excelentes bestias, ¿de qué nos hubiéramos alimentado desde nuestra llegada a la isla, y qué hubiera sido de nosotros?

– Entonces… ¡vivan las tortugas! —exclamó el contramaestre—, pero dadme otra chuleta.

Terminado el sabroso almuerzo, volvieron a ponerse en camino.

No había instante que perder para que la jornada de la tarde completase las cuatro leguas del día.

Seguramente, de haber estado solos Fritz y François, hubieran caminado por la noche sin concederse punto de reposo. Tal vez tuvieron la tentadora idea de hacerlo así, pues a la tarde del siguiente día hubieran llegado a Felsenheim. Pero sabiendo que no les dejarían adelantarse solos, no se atrevieron a proponerlo a sus compañeros.

Además, ¡qué alegría llegar juntos al fin tan deseado…! ¡Arrojarse todos en los brazos de aquellos parientes y amigos que les aguardaban hacía tanto tiempo, que tal vez desesperaban de volverlos a ver! ¡Con qué emoción, con qué explosión de alegría exclamarían!

– ¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!

La segunda parte de la jornada se efectuó en las mismas condiciones que la primera, en forma de no agotar las fuerzas de las mujeres, y, sin incidente digno de relatarse, a las cuatro de la tarde los viajeros llegaron a la orilla del bosque. Fértil campo se extendía más allá. La vegetación era únicamente debida al poder productivo del suelo. Verdes praderas, bosques y grupos de árboles se extendían hasta la entrada del valle de Grünthal.

Algunas manadas de ciervos y gamos pasaban a lo lejos. No se trató de darles caza. Viéronse también numerosos avestruces, cuya presencia trajo a la memoria de Fritz y de François su expedición a los alrededores de la torre de los Árabes.

Varios elefantes aparecieron igualmente. Caminaban con reposado andar; ¡y qué miradas de envidia les hubiera arrojado Jack, de estar allí!

– Durante nuestra ausencia —dijo Fritz— es posible que Jack haya logrado capturar algún elefante y domesticarlo, como hicimos nosotros con Sturm. Brummer y Leichtfuss.

– Es posible —respondió Jenny—. Después de catorce meses de ausencia, es de esperar que encontraremos grandes novedades en la Nueva Suiza…

– ¡Nuestra segunda patria! —dijo François.

– Yo me figuro —dijo Dolí— que posee otras casas… otras granjas… tal vez un pueblo.

– ¡Eh! —dijo el contramaestre—. Yo me contentaré con lo que veamos… y no creo que haya en vuestra isla campo más hermoso que éste…

– Esto no es nada comparado con la Tierra Prometida, mister Block —afirmó Dolí.

– Nada —añadió Jenny—; y sí monsieur Zermatt le ha dado este nombre bíblico, es porque lo merece; y nosotros, más favorecidos que los hebreos, vamos a poner el pie en la tierra de Canaán.

John Block tuvo que dejarse convencer de la verdad de tales elogios.

A las seis Fritz organizó la parada de la noche, aunque con disgusto suyo y de su hermano, pues los dos hubiesen doblado la jornada hasta el valle de Grünthal. En aquella época el tiempo no amenazaba modificarse y el frío no era de temer. El capitán Gould y sus compañeros habían, más bien, sentido calor durante la jornada, a pesar del abrigo que en las horas del mediodía les prestaron los grandes árboles. Más allá, algunos bosques aislados habían permitido caminar a la sombra, sin apartarse mucho del camino derecho, y por consecuencia, sin experimentar grandes retrasos.

Ante el hogar formado de leña seca, preparóse la comida como la de la mañana. Aquella noche no había gruta en que cobijarse, pero el natural cansancio les haría dormir a todos.

Sin embargo, por prudencia, Fritz y François quisieron vigilar. Con la oscuridad, algunos rugidos se dejaban oír a lo lejos, y no había que olvidar que las fieras frecuentaban aquella parte de la isla.

Al siguiente día, al amanecer, se volvió a emprender el camino. Era fácil franquear el desfiladero de Cluse en la segunda jornada si no se presentaba ningún obstáculo en aquel camino, donde seguían apareciendo huellas de fecha reciente.

Aquel día no ofreció la marcha mayores dificultades que el anterior. Se caminaba de unos a otros macizos para defenderse de los rayos solares.

Después del almuerzo, a orillas de un río de nueve a diez toesas de anchura y de rápido curso, que huía hacia el norte, no hubo más que seguir por la ribera izquierda.

Ni Fritz ni François conocían este río, puesto que en sus excursiones nunca llegaron a la parte central de la isla. No sospechaban, en verdad, que hubiera va recibido nombre; que se llamase el río Montrose, como tampoco conocían el del pico de Jean Zermatt, sobre el que flotaba el pabellón británico. ¡Qué satisfacción sentiría Jenny cuando supiera que aquel río, uno de los más importantes de la Nueva Suiza, llevaba el nombre de su familia!

Después de una hora de marcha, se alejaron del Montrose, que torcía bruscamente hacia el este. Dos horas más tarde, Fritz y François, que se habían adelantado, ponían el pie en un sitio ya conocido por ellos.

– ¡El valle de Grünthal! —exclamaron todos, saludándolo efusivamente con un viva. Era, en efecto, el valle de Grünthal, y no había más que subir hasta el parapeto que cerraba la Tierra Prometida para encontrarse en el desfiladero de Cluse. Esta vez, ninguna consideración, ni la fatiga ni el hambre hubieran podido detener a ninguno de ellos. Tras Fritz y François todos avanzaban con rápido paso, aunque el camino fuera difícil. Iban como empujados por misteriosa tuerza, ya cerca del Pin al que habían desesperado llegar. ¡Ah! ¡Si por buena suerte monsieur Zermatt y mister Wolston estuvieran en Eberfurt, y sus familias les acompañasen como era costumbre en la buena estación! Pero, como vulgarmente se dice, esto hubiera sido demasiada dicha, y ni el mismo John Block la esperaba, Al fin, el extremo noroeste del valle de Grünthal apareció junto a la muralla de rocas, y Fritz se dirigió al desfiladero. Las vigas de la entrada estaban en su sitio, sólidamente sujetas a los intersticios de las rocas, de forma que resistieran los esfuerzos de los más vigorosos cuadrúpedos.

– ¡He aquí nuestra puerta! —exclamó Fritz.

– Sí —dijo Jenny—; ¡la puerta de esta Tierra Prometida, donde viven todos los que amamos! No había más que separar un madero. Al fin, el desfiladero fue franqueado, y todos experimentaron el sentimiento de que entraban en su casa en aquella casa, de la que hacía tres días se creían a centenares y centenares de leguas. Fritz, François y John Block volvieron a colocar las vigas en su sitio, a fin de que no pudieran pasar por allí ni las fieras ni los paquidermos. Eran las siete y media, la noche caía con la rapidez propia de las zonas tropicales, cuando Fritz y sus compañeros llegaron a Eberfurt. No había nadie en la granja; lo que no era para disgustar, ni para causar sorpresa. La casita estaba en buen estado. Abiertas las puertas y ventanas, se procedió a una instalación que no debía prolongarse más de diez horas. Siguiendo la costumbre de monsieur Zermatt, la casa estaba dispuesta para recibir a las dos familias, que la visitaban vanas veces por año. Las alcobas fueron destinadas a Jenny, Dolí, Suzan, Bob y al capitán Gould El suelo, cubierto de hierbas secas, bastaría a los otros para aquella última noche que precedía al regreso. Por lo demás, en Eberfurt había siempre provisiones para una semana. Jenny no tuvo más que el trabajo de abrir los grandes cestos de paja, que encerraban víveres de distinta especie, sopa, cazabe o harina de yuca, carne y pescado en conserva. Frutas había de distinta especie: higos, mangos, bananas, peras, manzanas; y no era preciso más que dar algunos pasos para cogerlos de los árboles, lo mismo que para hacer abundante recolección de legumbres en el huerto.

No hay que decir que la cocina estaba provista de los utensilios necesarios. Encendióse un buen fuego, y sobre él colocóse la olla, sacando el agua de una derivación del río Oriental, que alimentaba el depósito de la granja. Lo que particularmente regocijó a todos, fue el poder regalarse con algunos vasos de vino de palma.

– ¡Vaya… vaya! —exclamo el contramaestre—. Hacía tiempo que estábamos a régimen de agua clara.

– Así es que vamos a hacer los honores a este vino —exclamó Fritz.

– Todos los honores que queráis —respondió el contramaestre—. Nada más agradable que beber a la mutua salud con este excelente vino del país.

– Bebamos, pues… —dijo François—. ¡Bebamos a la dicha de volver a ver a nuestros parientes y amigos en Falkenhorst o en Felsenheim!

Al chocarse los vasos, tres burras fueron lanzados en honor de las familias Zermatt y Wolston.

– A decir verdad —hizo observar John Block—, hay en Inglaterra muchas posadas que no valen lo que la casa de Eberfurt.

– Y notad, Block —añadió Fritz—, que aquí el hospedaje no cuesta nada.

Terminada la comida, Jenny, Doll, Suzan y el niño en una alcoba, el capitán Gould en otra, Fritz, François, james y el contramaestre sobre el suelo, fueron a tomar el descanso, de que tanta necesidad tenían tras una jornada tan fatigosa.

Aquella noche se pasó en las mejores condiciones de seguridad, y todos durmieron sin pausa hasta la salida del sol.

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Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

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