Segunda patria

XXVI

NADIE QUIERE ABANDONAR EL SITIO - LA NOCHE EN LA MESETA - EN MARCHA HACIA EL NORTE - EL MÁSTIL DEL PABELLÓN - LOS COLORES BRITÁNICOS - EL VELO DE BRUMAS - UN GRITO DE FRITZ.

Todos inmóviles, con el corazón palpitante de emoción y la mirada fija en el horizonte del norte, escuchaban casi sin respirar. No… no era admisible que hubieran sido juguetes de una ilusión… Algunas lejanas descargas sonaron aún, traídas por los débiles soplos del viento.

– ¡Es un barco que pasa al largo de esta costa! —dijo al fin Harry Gould.

– Sí… Esos cañonazos no pueden provenir más que de un navío —respondió John Block— y cuando llegue la noche ¿quién sabe si veremos sus fuegos…?

– Sin embargo, ¿por qué no han de venir de tierra esos cañonazos? —hizo observar Jenny.

– ¿De tierra, mi querida Jenny? —respondió Fritz—. ¿Suponemos que haya una tierra cercana a este islote?

– Yo creo más bien que un barco se encuentra en alta mar, al norte —repitió el capitán Gould.

– ¿Y con qué objeto hubiera disparado? —preguntó James.

– En efecto…, ¿por qué? —repitió Jenny.

Admitiendo la última hipótesis, era preciso deducir que el navío no debía de estar muy lejos del litoral. Tal vez en plenas tinieblas se distinguiría la luz de las descargas si éstas continuaban. Tal vez pronto se verían sus fuegos de posición. Verdad que, como los cañonazos sonaban de la parte norte, el barco podía no ser visto, pues la mar no se distinguía de este lado.

Y ahora no se trataba ya de aventurarse a través de la quebrada, ni volver a la bahía de las Tortugas. Hiciese el tiempo que hiciese, todos permanecerían en aquel lugar hasta el día. Desgraciadamente, en el caso de que un navío descendiese por el oeste o por el este, no sería posible, por falta de leña, encender fuego en la cúspide del acantilado a fin de ponerse en comunicación con él.

La verdad era que aquellas lejanas detonaciones habían removido hasta el fondo del ser a los que acababan de oírlas. Parecía como si ellas les hubiesen unido a sus semejantes y que aquel islote estuviera menos abandonado.

Y entonces acometióles un irresistible afán de discutir nuevas probabilidades, en las que veían su salvación. Lo que hubieran deseado sin esperar al día siguiente, hubiera sido ganar la extremidad de la meseta y observar en dirección norte aquella parte del mar de donde habían partido los cañonazos. Pero la tarde avanzaba, y no tardaría la noche, una noche sin luna, sin estrellas, espesada por las nubes bajas que el viento empujaba hacia el sur… Y en medio de la sombra, ¿cómo arriesgarse entre las rocas? Lo que ya sería difícil de día, sería imposible por la noche.

Al fin, decididos a instalarse en aquel sitio, se hicieron los preparativos necesarios para ello. Después de explorar el terreno, el contramaestre acabó por encontrar un espacio entre dos bloques, donde Jenny, Suzan y Doll y el niño podrían tenderse a falta de hierba. Allí había un refugio contra el viento si refrescaba, y aun contra la lluvia si caía en aquel sitio.

En primer lugar sacáronse las provisiones de los sacos, y cada cual comió a su gusto. Había víveres para varios días, y tal vez no sería preciso volver a la gruta a renovarlos. Además, no debía pensarse en la vuelta a la bahía de las Tortugas.

La noche era cerrada, interminable noche cuyas largas horas no olvidaría ninguno de los náufragos, a excepción de Bob, que se durmió en los brazos de su madre. Reinaba profunda oscuridad, y por la parte del mar, los fuegos de un navío hubiesen sido vistos a varias leguas.

El capitán Gould y la mayor parte de los suyos insistieron en permanecer en pie hasta el alba. Sus miradas escudriñaban incesantemente el este, el oeste, el sur, con la esperanza de que un barco pasase ante el islote, aunque con el temor de que lo dejase atrás.

Si los náufragos hubieran estado en aquellos momentos en la bahía de las Tortugas, habrían encendido una hoguera en la cúspide del promontorio… Allí, donde estaban, era imposible.

Ninguna luz brilló antes del alba; ninguna detonación turbó el silencio de aquella noche; ningún navío se mostró a la vista del islote.

Así es que el capitán Gould, Fritz, François y el contramaestre se preguntaban si no se habían engañado; si no habrían tomado por descargas de artillería lo que podía ser el ruido lejano de la tempestad.

– No… No… —aseguraba Fritz—. No hemos podido equivocarnos. Es el cañón lo que ha sonado en dirección norte, a bastante distancia.

– Estoy seguro de ello —respondía el contramaestre.

– ¿Pero, por qué han sonado esos cañonazos? —repetía James Wolston.

– Para saludar o para defenderse —decía Fritz—. No conozco otra circunstancia en que se haga uso de la artillería.

– Tal vez —observó François— ha habido un desembarco y ataque de salvajes en este islote.

– En todo caso —respondió el contramaestre—, no son salvajes los que han disparado esos cañonazos.

– ¿Estará, pues, el islote habitado por americanos o europeos? —dijo James.

– En primer lugar, ¿esto es sólo un islote? —respondió el capitán Gould—. ¿Sabemos lo que hay más allá del acantilado? ¿No estamos sobre una isla…, una gran isla…?

– ¿Una gran isla en estos parajes del Pacífico? —preguntó Fritz—. ¿Cuál…? Yo no la conozco.

– En mi opinión —dijo John Block, no sin buen sentido—, es inútil la discusión. Lo cierto es que ignoramos si esta tierra es un islote o una isla del océano Pacífico o del océano índico. Un poco de paciencia hasta el día, que no tardará, e iremos a ver lo que hay por la parte norte.

– Tal vez todo… tal vez nada —dijo James.

– Y bien —replicó el contramaestre—, algo será el saberlo.

A las cinco de la mañana empezó a amanecer. El tiempo estaba en calma, pues el viento había caído durante la segunda parte de la noche.

A las nubes que la brisa empujaba, había sustituido una cortina de brumas, que el sol traspasó al fin. El espacio se aclaraba poco a poco. La raya de fuego, claramente dibujada al este, se extendió redondeándose sobre la línea formada por el agua y el cielo. El disco solar apareció proyectando sus rayos luminosos en la superficie del mar.

Las miradas se dirigieron ávidamente a la parte visible del océano.

Ningún navío se mostraba a lo lejos.

En este instante Jenny. Doll y Suzan Wolston, que llevaba a su hijo de la mano, se reunieron con el capitán Gould.

El albatros iba y venía, saltando de roca en roca, y alejándose en dirección norte como si indicara el camino.

– Parece que nos muestra el camino —dijo Jenny.

– Es preciso seguirle —añadió Dolí.

– Pero no sin haber almorzado —respondió Harry Gould—; tal vez tendremos que caminar durante algunas horas, y conviene tomar fuerzas.

Almorzaron rápidamente, pues la impaciencia era grande, y antes de las siete se habían puesto en camino, siguiendo la dirección norte.

El camino, entre las rocas, fue de los más penosos. Se saltaba sobre las pequeñas y se daba vuelta a las grandes. A la cabeza de los expedicionarios, el capitán Gould y el contramaestre indicaban los pasos practicables. Tras ellos iban Fritz ayudando a Jenny, François a Doll y james a Suzan y al niño. En ninguna parte encontraba el pie arena ni hierba. No había allí más que un amontonamiento caótico, vasta extensión cubierta de bloques graníticos. Por encima pasaban los pájaros, gaviotas y golondrinas de mar, a cuyo vuelo el albatros unía a veces el suyo.

Fue preciso hacer alto para descansar un poco.

Fritz propuso entonces adelantarse con el capitán Gould y John Block. Esto evitaría a los demás nuevas fatigas.

Esta proposición fue rechazada por todos. No se separarían… Todos querían estar juntos en el momento en que la mar apareciese al norte… si es que aparecía.

A las nueve se continuó la marcha. La bruma atemperaba los ardores del sol, que en aquella época hubieran sido irresistibles sobre aquel terreno pedregoso, herido perpendicularmente por ellos al mediodía.

Desarrollándose hacia el norte, la meseta se ensanchaba por las partes este y oeste, y el mar, visible hasta entonces en estas dos últimas direcciones, acabaría por ocultarse… Por lo demás, ni un árbol, ni trazas de vegetación, la misma esterilidad, la misma soledad… Aquí y allá, en la parte norte, se dibujaban algunas tumescencias.

A las once una especie de cono mostró su cima desnuda que dominaba aquella parte de la meseta en unos trescientos pies.

– Ésa es la cumbre a la que tenemos que subir —dijo Jenny.

– Sí —respondió Fritz—, y desde allí nuestra mirada se extenderá sobre horizonte más amplio; pero tal vez sea ruda la ascensión.

Sí… Sin duda, pero era tal el irresistible deseo de conocer definitivamente la situación, que nadie hubiera querido quedar atrás, por grande que fuera la fatiga. ¡Quién sabía, sin embargo, si aquellas pobres gentes no iban a encontrar otra decepción que disiparía su última esperanza!

Se continuó el camino con dirección hacia el cono, distante entonces unos tres cuartos de legua. ¡Qué de dificultades a cada paso, y cuán lenta fue la marcha por entre aquellos centenares de bloques que era preciso rodear o franquear! Camino de cabras monteses más que de peatones. El contramaestre cargó con Bob. Fritz y Jenny, François y Doll, James y Suzan iban juntos con el fin de ayudarse en los pasos peligrosos.

Eran más de las dos de la tarde cuando llegaron a la base del cono. Fue preciso descansar, pues se había tardado tres horas en franquear mil quinientas toesas desde la parada anterior.

Veinte minutos después, la ascensión comenzó.

Seguramente el capitán Gould tenía el pensamiento de rodear el cono a fin de evitar una subida demasiado fatigosa; pero se reconoció que la base era impracticable… Después de todo no se trataba más que de una ascensión de trescientos pies.

Al principio, entre las rocas, el pie pudo encontrar apoyo sobre un suelo donde vegetaban mezquinas plantas, a las que la mano podía agarrarse.

Media hora bastó para llegar a la mitad del cono. Entonces Fritz, que iba delante, lanzó un grito de sorpresa.

Todos se detuvieron, mirándole.

– ¿Qué hay allí? —dijo él señalando con la mano a la cúspide… En aquel sitio, en efecto, y entre las últimas rocas, se alzaba un palo de cinco a seis pies.

– Será una rama de un árbol despojada de sus hojas —dijo François.

– No… No es una rama —dijo el capitán Gould.

– Es un bastón… Un bastón de viaje —afirmó Fritz—, un bastón que ha sido colocado en ese sitio.

– Y al que se ha fijado un pabellón —añadió el contramaestre—, y el pabellón está ahí todavía. ¡Un pabellón en la cima de aquel cono! Sí… y el viento comenzaba a desplegar el pabellón, cuyos colores no se podían apreciar a aquella distancia.

– ¡Hay, pues, habitantes en este islote! —exclamó François.

– No hay duda. Está habitado —afirmó Jenny.

– Y si no lo está, es, por lo menos, cierto que se ha tomado posesión de él —dijo Fritz.

– ¿Pero, qué islote es éste? —preguntó James Wolston.

– O más bien: ¿de quién es ese pabellón? —añadió Harry Gould.

– ¡El pabellón inglés! —gritó el contramaestre—. ¡Ved el color rojo con el yate en el ángulo! El viento acababa de desplegarlo y se vio que era el pabellón de la Gran Bretaña. Entonces todos se lanzaron de roca en roca. Ciento cincuenta pies les separaban aún de la cúspide, pero ya no sentían cansancio, no pensaban tomar aliento, y subían sin detenerse arrastrados por sobrehumano empuje. Al fin, a las tres, el capitán Gould y sus compañeros estaban reunidos en la punta del cono. ¡Qué descorazonamiento experimentaron cuando sus miradas se dirigieron hacia el norte! Espesa bruma se extendía hasta perderse de vista. Imposible reconocer si la meseta terminaba por aquella parte en un acantilado vertical, como en la bahía de las Tortugas, o si se prolongaba más allá. A través de la espesa neblina nada se distinguía. Sobre la zona de los vapores, en el cielo brillaban aún los rayos del sol. Pues bien: no se abandonaría aquel sitio, aunque fuera preciso permanecer en él hasta el siguiente día; se acamparía allí en espera de que el viento disipase la niebla. ¡No! Nadie volvería atrás sin haber observado el islote en su parte septentrional. ¿No era el pabellón británico el que flotaba a impulso del viento? ¿No indicaba que aquella tierra ocupaba su sitio en la nomenclatura geográfica, y que ahora debía figurar en los mapas ingleses? ¡Quién sabía si los cañonazos oídos la víspera no procedían de barcos ingleses que al pasar saludaban al pabellón inglés! ¡Quién podía asegurar que no existiese un puerto de escala en aquella parte del litoral, y que algunos barcos no estaban anclados en él!

En fin, aun en el caso de que aquella tierra no fuera más que un islote, ¿había que extrañar que, dada su situación, entre los límites del océano índico y el océano Pacífico, la Gran Bretaña hubiera tomado posesión de él…? Y… ¿por qué no había de pertenecer esta tierra al continente australiano, en aquella parte, poco conocida que se unía al dominio británico? Todas estas hipótesis se presentaban a la imaginación; eran expuestas y discutidas… y ¡con qué impaciencia esperaban todos el momento en que se hiciera luz en el asunto!

En este instante se oyó un grito de pájaro, seguido de rápido batir de alas.

Era el albatros de Jenny que tendía el vuelo y se dirigía hacia el norte.

¿Dónde iba el pájaro…? Su partida produjo tristeza y angustia… Parecía como si les abandonase…

Entretanto avanzaba el tiempo y los intermitentes soplos del viento no lograban disipar las brumas. ¿Llegaría la noche antes de que el horizonte del norte se hubiese revelado a las miradas de nuestros amigos?

No estaba perdida toda esperanza… Como los vapores comenzaban a descender, Fritz pudo advertir que el cono dominaba, no un acantilado, sino grandes pendientes, que, probablemente, se extenderían hasta el nivel del mar.

Después aumentó el viento, los pliegues del pabellón se extendieron, y a ras de la bruma se pudo observar el talud en un centenar de pies.

No era un montón de rocas, sino el reverso de unas montañas, donde aparecía una vegetación que los ojos no habían visto desde hacía muchos meses.

¡Con qué avidez miraron todos aquellas extensiones de verdor, aquellos arbustos, áloes, lentiscos y mirtos que por todas partes aparecían! Seguramente no se aguardaría a que la neblina se hubiera disipado por completo, y era menester llegar a la base de aquella montaña antes de que la noche la envolviera en sus sombras.

Pero he aquí que a ochocientos o novecientos pies más abajo, entre las desgarraduras de los vapores, aparecieron los altos árboles de un bosque, que se extendía varias leguas… Después una fértil llanura sembrada de árboles y macizos, con amplios campos y praderas, atravesados por ríos, el principal de los cuales se dirigía al este hacia una bahía del litoral.

Al mismo tiempo al levante y al poniente la mar continuaba hasta el horizonte sin faltar más que hacia el norte para formar aquella tierra… no un islote… sino una isla… una gran isla.

En fin, a mayor distancia dibujábanse las vagas líneas de un baluarte rocoso, que corría de oeste a este… ¿Era una costa?

– ¡Partamos…! ¡Partamos! —exclamó Fritz.

– Si… partamos… —repitió François—. Antes de la noche estaremos allá abajo…

– Y la pasaremos al abrigo de los árboles —dijo el capitán Gould.

Jenny iba a reunirse con Fritz para suplicarle que no se retrasase más tiempo cuando los últimos vapores se disiparon. El océano apareció entonces en toda su inmensidad a distancia de siete a ocho leguas.

¡Una isla…! ¡Era una isla!

Pudo entonces verse que la costa se recortaba por tres bahías de desigual extensión, la más considerable al noroeste, la mediana al norte y la más pequeña al nordeste.

El brazo de mar que daba acceso a este sitio terminaba en dos lejanos cabos, uno de los cuales se apoyaba en un promontorio bastante elevado.

A lo largo ninguna tierra… Ni una vela en el horizonte.

Descendiendo de nuevo al sur, la mirada era detenida a dos leguas de allí por la cúspide del acantilado que cerraba la bahía de las Tortugas.

¡Qué contraste entre la árida región que el capitán Gould y sus compañeros acababan de recorrer y la que ahora se extendía ante sus ojos! Veían un campo fértil y variado, con bosques y praderas, presentando por todas partes la exuberante vegetación de las zonas tropicales. Por lo demás, no había rastro de cabaña, ni casa… Y entonces un grito… un grito de revelación repentina, que no hubiera podido contener, se escapó del pecho de Fritz, mientras tendía los brazos hacia el norte.

– ¡La Nueva Suiza!

– ¡Sí…! ¡La Nueva Suiza! —exclamó a su vez François.

– ¡La Nueva Suiza! —exclamaron con voz alterada por la emoción Jenny y Dolí.

Ante ellos, más allá del bosque y de las llanuras veían la barrera rocosa, el baluarte donde se abría el desfiladero de Cluse, sobre el valle de Grünthal. ¡Y más allá estaba la Tierra Prometida, con sus bosques, sus granjas, y el arroyo de los Chacales…! ¡Falkenhorst en medio de sus macizos de nopales… Felsenheim y los árboles de su cercado! La bahía de la derecha era la bahía de las Perlas… y más lejos, como un punto negro, la Roca Humeante, coronada de vapores volcánicos… y la bahía de los Nautilos, de donde se proyectaba el cabo de la Esperanza Perdida, y al fin la bahía del Salvamento, defendida por el islote del Tiburón… ¿Y por qué los cañonazos que se oyeron no habían de haber sido disparados por la batería del islote, puesto que no se veía navío alguno ni en la bahía, ni en alta mar?

¡Penetrados de indescriptible alegría, con el corazón palpitante y los ojos llenos de lágrimas de gratitud, todos se unieron a François en la oración que se elevó al cielo!

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