El pais de las pieles · Parte 2

V

DEL 25 DE JULIO AL 20 DE AGOSTO

El primer cuidado de Jasper Hobson al volver al fuerte fue preguntar a Tomás Black por el estado de la pequeña colonia. Ningún cambio había ocurrido en las veinticuatro horas últimas; mas la isla, según puso de manifiesto una nueva observación, había descendido un grado en latitud, es decir, que había bajado hacia el Sur, avanzando al mismo tiempo hacia el Oeste. Encontrábase a la altura del cabo de los Hielos, pequeña punta de la Georgia occidental, y a doscientas millas de la costa americana.

La velocidad de la corriente en aquellos parajes parecía ser algo menor que en la parte oriental del mar Ártico; pero la isla seguía desplazándose, y con gran contrariedad de Jasper Hobson, avanzaba hacia el estrecho de Behring. Corría el 24 de julio y bastaría una corriente algo rápida para arrastrarla en menos de un mes a través del estrecho de Behring hasta las cálidas aguas del Pacífico, donde se fundiría como un terrón de azúcar dentro de un vaso de agua.

Paulina Barnett dio cuenta a Madge del resultado de la exploración alrededor de la isla, indicándole la disposición de las capas estratificadas en la parte quebrada del istmo, el espesor el campo de hielo, apreciado en cinco pies bajo el nivel del mar, el incidente del sargento Long y su baño involuntario, y, en fin, todas las razones que podían provocar a cada instante la rotura o la depresión de la isla.

En la factoría reinaba, entretanto, la idea de una seguridad completa. Jamás se le hubiese ocurrido a aquellas buenas gentes la idea de que el fuerte Esperanza flotaba sobre un abismo, y que la vida de todos sus habitantes se hallaba a cada minuto en inminente peligro. Disfrutaban de excelente salud, el tiempo era magnífico, el clima vivificante y sano, y hombres y mujeres rivalizaban en alegría y buen humor.

El pequeño Miguel medraba maravillosamente; comenzaba ya a hacer pinos por el recinto del fuerte, y el cabo Joliffe, que estaba loco con él, quería enseñarle ya el manejo del fusil y los primeros principios de la instrucción del soldado. ¡Ah! ¡si la señora Joliffe hubiérale obsequiado con un hijo como aquél! ¡qué gran guerrero hubiera hecho de él! Pero la interesante familia Joliffe no procreaba, y el Cielo, hasta entonces, al menos, habíales rehusado la bendición que imploraban cada día.

En cuanto a los soldados, nunca les faltaba qué hacer. El carpintero Mac-Nap y sus peones Petersen, Balcher, Garry, Pond y Hope, trabajaban con ardor en la construcción de la barca, tarea larga y difícil que debía durar varios meses. Pero como esta embarcación no podía ser utilizada hasta el verano próximo, después del deshielo, no se desatendieron por ella los trabajos más especialmente relacionados con la factoría. Jasper Hobson dejábales obrar como si la duración del fuerte estuviese asegurada por tiempo ilimitado, resuelto a mantener en sus gentes la ignorancia de su situación.

Varias veces había sido tratada esta grave cuestión por lo que podríamos llamar el estado mayor del fuerte Esperanza. Paulina Barnett y Madge no participaban, en este punto concreto, de las ideas de Hobson, pareciéndoles que sus compañeros, decididos y enérgicos, no desesperarían fácilmente; y que, en.todo caso, el golpe sería más rudo cuando los peligros de la situación se hicieran tan patentes, que fuese necesario revelárselos. Pero, a pesar del valor de este argumento, no se dio por vencido Jasper Hobson, siendo el sargento Long de su mismo parecer. Y tal vez tuvieran razón ambos, porque, bien considerado, poseían la experiencia de las cosas y de los hombres.

Prosiguiéronse también los trabajos de consolidación y defensa. Reforzóse la empalizada con nuevas estacas supletorias, y se elevó en muchos puntos su altura, quedando así formado un recinto formidable. Mac-Nap llegó a ejecutar uno de los proyectos que más acariciaba y que mereció, por fin, la aprobación de su jefe. En los dos ángulos que avanzaban hacia el lago, construyó dos garitas, de techo puntiagudo, que completaron su obra, y el cabo Joliffe anhelaba que llegase el momento de efectuar en ellas el relevo de los centinelas. Esto daba al conjunto de los edificios un aspecto militar que le prestaba mayor animación.

Una vez concluida la empalizada, recordando Mac-Nap los rigores del invierno anterior, construyó, un nuevo cobertizo de madera apoyado en el costado derecho de la casa principal, de tal suerte que podía comunicarse con él por medio de una puerta sin necesidad de aventurarse al exterior. De este modo los habitantes del fuerte tendrían siempre a mano el combustible.

Adosada al costado izquierdo, construyó el carpintero después una amplia sala destinada a alojar a los soldados, con objeto de poder quitar el camastro de campaña que había en el salón de la casa, el cual, en lo sucesivo, dedicóse exclusivamente a las comidas, los juegos y el trabajo. El nuevo alojamiento sirvió exclusivamente de habitación a los tres matrimonios, para los que se construyeron alcobas separadas, y a los otros soldados que constituían la colonia. Construyóse además un almacén especial para las pieles, detrás de la casa, cerca del polvorín, con lo que quedó desembarazado todo el desván, cuyas tablas y vigas sujetáronse por medio de grapas de hierro a fin de prevenir toda agresión.

Mac-Nap tenía intención de construir una capillita de madera. Este edificio formaba parte también de los planos primitivos de Jasper Hobson, y debía completar el conjunto de la factoría; pero se aplazó su erección para el verano inmediato.

¡Con qué cuidado, qué celo y qué actividad hubiera el teniente Hobson seguido, en otro tiempo, todos estos detalles de su establecimiento! Si hubiese sido edificado sobre un terreno sólido, ¡con qué placer habría visto aquellas casas, aquellos cobertizos, elevarse en torno suyo! ¡Y el proyecto, inútil ya, de coronar el cabo Bathurst con. una obra de fortificación que hubiese asegurado la defensa del fuerte Esperanza! ¡El fuerte Esperanza! ¡Éste nombre le oprimía el corazón! El cabo Bathurst había abandonado para siempre el continente americano, y el tal fuerte hubiera debido ser rebautizado con el nombre de fuerte Desesperación.

Estos trabajos ocuparon la estación toda entera, y los brazos no permanecieron ociosos. La construcción del buque marchaba regularmente. Segtín los cálculos de Mac-Nap debería desplazar unas treinta toneladas, capacidad suficiente para que, a la llegada del buen tiempo, pudiese transportar unos veinte pasajeros durante algunos centenares de millas. El carpintero había tenido la suerte de encontrar algunas maderas curvadas que le permitieron colocar las primeras cuadernas de la embarcación, y bien pronto la roda y el codaste se irguieron en las extremidades de la quilla, dando aspecto de astillero a la explanada que existía al pie del cabo Bathurst, donde se ejecutaban las obras.

Mientras los carpinteros no daban paz a las hachas, las sierras y las azuelas, los cazadores dedicábanse a la captura de la caza doméstica, consistente en renos y liebres polares que abundaban en los alrededores de la factoría.

Jasper Hobson ordenó previamente a Marbre y a Sabine que no se alejaran del fuerte, dándoles por excusa que, mientras el establecimiento no se hallase terminado, no quería dejar huellas en los alrededores que pudiesen atraer a alguna partida enemiga; pero, en realidad, porque no quería que nadie sospechase los cambios que había experimentado la península.

Llegó, por fin, un día en que, preguntándole Marbre si no había llegado el momento de ir a la bahía de las Morsas con objeto de reanudar la caza de estos anfibios, cuya grasa suministraba un combustible excelente, respondióle Jasper Hobson con viveza:

– No, no; es inútil, Marbre.

El teniente sabía perfectamente que la bahía de las Morsas demoraba a más de doscientas millas al Sur, que aquellos anfibios no frecuentaban actualmente las playas de la isla.

No se crea, sin embargo, que Jasper Hobson consideraba la situación como desesperada. Lejos de ello, en más de una ocasión se había desahogado con entera franqueza, bien con Paulina Barnett, bien con el sargento Long, afirmándoles del modo más categórico que abrigaba la convicción de que la isla resistiría hasta que los fríos del invierno viniesen a un mismo tiempo a espesar la capa de hielo que la sostenía y a detener su marcha.

En efecto, después de su viaje de exploración, Jasper Hobson había trazado con toda exactitud el plano de la isla, que medía más de cuarenta millas (unos 52 kilómetros o 13 leguas) de perímetro, con una superficie de 140 millas cuadradas, por lo menos. Es decir, que la isla Victoria era un poco mayor que la de Santa Elena. Su perímetro igualaba casi al de la línea de fortificaciones de París. Aun en el caso de que se dividiesen en fragmentos, podrían éstos conservar una gran extensión que los haría habitables durante algún tiempo.

Admirábase Paulina Barnett de que un campo de hielo tuviese una superficie tan grande; pero Hobson le respondía con las observaciones mismas de los navegantes árticos. En más de una ocasión, Parry, Penny y Franklin, en sus travesías por las regiones polares, habían encontrado campos de hielo de 100 millas de longitud por 50 de ancho. El capitán Kellet abadonó su buque en un campo de hielo que no medía menos de 300 millas cuadradas. ¿Qué era, en comparación de esto, la isla Victoria?

Su extensión, sin embargo, era ya suficiente para que resistiese hasta la llegada de los fríos del invierno, antes de que las corrientes de agua templada hubiesen disuelto su base. Jasper Hobson no dudaba de ello, y es preciso confesar que el único pesar que sentía era el ver tantos trabajos inútiles, tantos esfuerzos perdidos, tantos planes deshechos, y sus ensueños frustrados cuando estaban ya a punto de realizarse. Se comprenderá fácilmente que no le interesaran lo más mínimo los trabajos actuales, limitándose simplemente a dejar que los otros obrasen.

Paulina Barnett hacia de tripas corazón, como suele decirse. Animaba a sus compañeros en sus trabajos y aun tomaba parte en ellos como si el porvenir le hubiese pertenecido. Así, al ver el interés con que la señora Joliffe se ocupaba en sus siembras, ayudábala diariamente con sus consejos. Las acederas y las coclearias habían producido una buena cosecha, gracias al cabo, quien, con la tenacidad y el fiero continente de un verdadero maniquí, defendía las sementeras contra los obstinados ataques de millares de aves.

La domesticación de los renos se había llevado a cabo de una manera perfecta. Varias hembras habían tenido crías, y Miguelito fue criado, en parte, con leche de estos animales. El rebaño componíase a la sazón de unas treinta cabezas, y se le llevaba a pastar al cabo Bathurst, almacenándose además una buena provisión de la hierba corta y seca que crecía en sus vertientes, para las necesidades del invierno. Estos renos, familiarizados ya con los habitantes del fuerte, y muy fáciles de domesticar, no se alejaban mucho del recinto, habiéndose utilizado algunos de ellos en el tiro de los trineos para el arrastre de la leña.

Además, cierto número de sus congéneres que erraban por las cercanías del fuerte cayeron en la trampa cavada a la mitad del camino que conducía al Puerto Barnett. Recordará el lector que el año precedente había caído en esta trampa un oso gigantesco; pero durante la temporada actual sólo renos fueron cazados en ella. La carne de estos animales fue salada y secada para la alimentación futura. Cogiéronse a lo menos veinte de estos rumiantes, a quienes el invierno debería pronto acosar hacia las regiones de más baja latitud.

Pero un día, a consecuencia de la conformación del suelo, quedó inutilizada la trampa, y, el 5 de agosto, al volver el cazador Marbre de pasarle revista, encaróse con Jasper Hobson, diciéndole con acento especial:

– Vengo de pasar la revista cotidiana a la trampa, mi teniente.

– Bien, Marbre —respondió Jasper Hobson—; supongo que habrá usted sido hoy tan afortunado como ayer, y que habrá usted hallado en ella una pareja de renos.

– No, mi teniente, no — respondió el cazador algo turbado.

– ¡Cómo! ¿no ha rendido la trampa su producto acostumbrado?

– No; y si algún animal hubiese caído en ella, habría perecido ahogado.

– ¡Ahogado! — exclamó el teniente, mirando al cazador con inquietud.

– Sí, mi teniente —respondió Marbre, que observaba atentamente a su jefe—; el hoyo está lleno de agua.

– No es extraño —respondió Jasper Hobson, con e! acento del hombre que no da importancia al hecho—; ya sabe usted que ese hoyo estaba abierto, en parte, en el hielo. Las paredes se habrán derretido con el calor del sol...

– Perdone usted que le interrumpa, mi teniente —respondió Marbre—; pero el agua que hay dentro del hoyo no puede provenir de la fusión del hielo.

– ¿Por qué, Marbre?

– Porque si el hielo la hubiese producido, esta agua sería dulce, como en cierta ocasión me explicó usted, en tanto que la que llena el hoyo es salada.

Por muy dueño que fuese de sí mismo, Jasper Hobson palideció ligeramente y nada respondió. .

– Además —añadió el cazador—, he querido sondar el hoyo para averiguar la altura del agua, y, con gran sorpresa mía, no he podido hallarle el fondo.

– Pues bien, Marbre, ¿qué quiere usted que le diga? —respondió vivamente Jasper Hobson—; no encuentro en este fenómeno motivo para asombrarse. Alguna fractura del suelo habrá establecido una comunicación entre la trampa y el mar. Eso ocurre algunas veces... hasta en los terrenos más sólidos. No se inquiete usted, pues, amigo mío; renuncie por el momento al empleo de esa trampa, y conténtese con tender lazos alrededor del fuerte.

Marbre saludó militarmente, y, girando sobre sus talones, alejóse del teniente, no sin haber dirigido a su jefe una extraña mirada.

Jasper Hobson permaneció pensativo durante algunos instantes. Era una noticia muy grave la que acababa de darle el cazador. Evidentemente, el fondo del hoyo, adelgazado de continuo por las aguas más calientes, se había hundido, formando en la actualidad la superficie del mar la parte inferior de lá trampa.

Jasper Hobson buscó al sargento Long y le comunicó la noticia, y ambos, sin que los demás lo advirtiesen, trasladáronse al lugar de la playa, al pie del cabo Bathurst, donde habían colocado las señales.

Al consultarlas, vieron con la natural alarma que el nivel de la isla flotante había bajado seis pulgadas desde la última observación.

– ¡Nos hundimos poco a poco! —murmuró el sargento Long—. El campo de hielo se gasta por la parte inferior.

– ¡Oh, el invierno! ¡el invierno! — exclamó Jasper Hobson, golpeando con el pie aquel suelo maldito.

Pero ningún síntoma anunciaba todavía la aproximación de los fríos. El termómetro marcaba por término medio 59° Fahrenheit (15° centígrados sobre cero), y durante las pocas horas que duraba la noche, la columna mercurial apenas si bajaba de tres a cuatro grados.

Los preparativos para la próxima invernada se siguieron haciendo con gran celo. No se carecía de nada, y, a decir verdad, aunque el fuerte Esperanza no había sido aprovisionado por el destacamento del capitán Craventy, podían esperarse con toda tranquilidad las interminables horas de la noche ártica. Sólo hubo que economizar las municiones. En cuanto a las bebidas alcohólicas, cuyo consumo, por otra parte, no era grande, y a la galleta, que no podían ser reemplazadas, aun quedaban existencias bastante considerables. Pero la caza fresca y la carne conservada renovábanse sin cesar, y esta alimentación abundante y sana, a la que se agregaban algunas plantas antiescorbúticas, mantenía en excelente estado de salud a todos los miembros de la pequeña colonia.

Hiciéronse importantes talas en los bosques que bordeaban la costa oriental del lago Barnett. Numerosos abedules, abetos y pinos cayeron bajo la hacha de Mac-Nap, encargándose los renos de conducir al almacén todo aquel combustible. El carpintero talaba sin piedad, convencido de que la madera no faltaría en lo que él consideraba aún como península; y, en efecto, toda la comarca vecina al cabo Miguel era rica en diversas especies.

Por eso el maestro Mac-Nap se extasiaba con frecuencia, y solía felicitar a su teniente por haber descubierto aquel territorio bendecido por el cielo, donde el nuevo establecimiento tendría que prosperar forzosamente. Madera, caza, animales de pieles preciosas que acudían voluntariamente a llenar los almacenes de la Compañía, una laguna para pescar, cuyos productos variaban de manera agradable la comida ordinaria, pasto para los animales y doble paga para los hombres, como hubiera añadido en seguida el cabo Joliffe, ¿no era aquel cabo Bathurst un rincón privilegiado de la tierra, como no se encontraría jamás otro igual en los dominios del continente ártico? ¡Ah! verdaderamente el teniente Hobson había tenido buena mano, y era preciso dar por ello las gracias a la Providencia; porque, como aquel territorio, no debía existir ningún otro en el mundo.

¡Desdichado Mac-Nap! ¡qué ajeno estaba de las espantosas angustias que despertaban sus palabras en el corazón de su teniente, al expresarse así!

Tampoco se descuidó en la pequeña colonia la confección de la ropa dé invierno. Paulina Barnett y Madge, las señoras Mac-Nap y Rae, y la esposa de Joliffe, cuando el fogón les dejaba ratos desocupados, trabajaban asiduamente. La viajera sabía que el fuerte tendría que ser abadonado, y en previsión de una larga marcha sobre los hielos, cuando, en el corazón del invierno, tratasen de llegar al continente americano, quería que todos fuesen perfectamente vestidos y abrigados. Tendrían que afrontar fríos terribles durante la larga noche polar, por espacio de muchos días, si la isla Victoria se detenía a gran distancia del litoral. Para atravesar centenares de millas en estas condiciones, era preciso no olvidar ni el vestido ni el calzado. Por eso Paulina Barnett y Madge pusieron sus cinco sentidos en estas confecciones.

Como probablemente sería imposible salvar las pieles, empleáronlas en todas las formas imaginables. Las cosieron en doble, de manera que los vestidos presentasen el pelo lo mismo al interior que al exterior; de suerte que, cuando llegase el momento de ponérselas, aquellas dignas esposas de unos simples soldados, y los soldados mismos, al igual que los oficiales, irían vestidos con pieles valiosísimas que les hubieran envidiado las más acaudaladas inglesas y las más opulentas princesas rusas. Sin duda causó extrañeza a las señoras Mac-Nap, Rae y Joliffe aquel inusitado derroche de las riquezas de la Compañía; pero la orden del teniente Hobson no podía ser más terminante. Por otra parte, bien veían que las martas, los visones, las ratas almizcleras, los castores y las zorras pululaban por el territorio, de suerte que sería bien fácil reemplazar las pieles que se utilizaban. Sobre todo, cuando vio la mujer de Mac-Nap el soberbio traje de armiño que Madge le hizo a su hijo, parecióle todo aquello lo más natural del mundo.

Así transcurrieron los días hasta mediados de agosto. El tiempo había sido bueno siempre; y aunque en ciertas ocasiones las brumas empañaron el cielo, el sol las había disipado con presteza.

Jasper Hobson calculaba cada día la situación de la isla, teniendo buen cuidado de alejarse del fuerte para efectuar las observaciones, a fin de no despertar las sospechas de sus compañeros. Visitaba también las diversas partes de la isla, sin que, afortunadamente, observase ninguna modificación importante.

El día 16 de agosto se encontraba la isla Victoria a 167° 27' de longitud y 70° 47' de latitud, es decir, que había derivado algo hacia el Sur, aunque sin aproximarse a la costa, pues ésta recurvaba también en la misma dirección y seguía distando aún más de doscientas millas de ella, en dirección Sudoeste.

En cuanto al camino recorrido por la isla desde la ruptura del istmo, o por mejor decir, desde el último deshielo, podía ya calcularse en unas mil doscientas millas hacia el Oeste.

Pero, ¿qué era esta distancia comparada con la inmensidad de los mares? ¿No se habían visto ya a ciertos buques derivar, bajo la acción de las corrientes, varios miles de millas, como, por ejemplo, el navio inglés Resolute, el bergante americano Advance y, por último, el Fox, que fueron arrastrados con los campos de hielo que los aprisionaban por espacio de varios grados, hasta el instante en que el invierno detúvolos en su marcha?

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