El pais de las pieles · Parte 2
IV
UN CAMPAMENTO DE NOCHE
Así, pues, Jasper Hobson no se había equivocado en lo tocante al punto de ruptura. Era el istmo el que había cedido a las sacudidas del terremoto. No quedaba traza alguna del continente americano; volcanes y acantilados habían desaparecido al Oeste de la isla. Sólo el mar ser veía por todas partes.
El ángulo producido al Sudoeste de la isla por el desgajamiento del témpano formaba en la actualidad un cabo bastante agudo que, socavado por las aguas más cálidas y expuesto a todos los choques, no podía evidentemente escapar a una destrucción bien próxima.
Los exploradores reanudaron, pues, su marcha siguiendo la línea de ruptura que corría casi recta de Oeste a Este. La sección aparecía limpia, cual si hubiese sido producida por un instrumento cortante. Podíase en ciertos puntos observar la disposición del suelo que, formado en parte de hielo y en parte de tierra y arena, emergía unos diez pies fuera del agua. Era el corte acantilado, careciendo de latitud y presentando en algunos puntos señales evidentes y frescas de desmoronamientos recientes.
El sargento Long señaló dos o tres pequeños témpanos, desprendidos de la orilla, que se iban acabando de disolver en el mar. Era evidente que en sus movimientos de resaca, el agua más templada socavaría con mayor facilidad aquel corte reciente que el tiempo todavía no había tenido lugar de revestir, como el res,to del litoral, de una especie de mortero de nieve y arena. No resultaba, pues, muy tranquilizador aquel estado de cosas.
Paulina Barnett, el teniente Hobson y el sargento Long, antes de entregarse al reposo, quisieron terminar el examen de esta arista meridional de la isla. El sol no debía ocultarse hasta las once de la noche, de suerte que no les faltaría claridad. Su disco brillante arrastrábase con lentitud sobre el horizonte del Oeste, y sus oblicuos rayos proyectaban de un modo desmesurado las sombras de los exploradores ante sus propios pasos. En ciertos instantes, animábase la conversación de aquéllos, permaneciendo silenciosos después por espacio de largos intervalos, escudriñando el mar con la vista y pensando en lo porvenir.
La intención del teniente Hobson era acampar aquella noche en la bahía de Washburn. Al llegar a este punto habrían caminado aproximadamente unas dieciocho millas, es decir, la mitad de su viaje circular, si sus suposiciones eran justas. Después, tras algunas horas de reposo, cuando su compañera se hubiese repuesto de la natural fatiga, pensaba regresar, por la orilla occidental, al fuerte Esperanza.
Ningún incidente notable hubo que señalar durante la exploración del nuevo litoral comprendido entre la bahía de las Morsas y la de Washburn. A las ocho de la noche llegó Jasper Hobson al sitio donde había resuelto acampar, encontrando allí también modificaciones análogas. De la bahía de Washhburn sólo quedaba la amplia curva formada por la costa de la isla, la cual antiguamente la limitaba por el Norte, y que se extendía sin alteración y en una longitud de siete millas, hasta el cabo que había sido bautizado con el nombre de cabo Miguel. Esta porción de la isla no parecía haber sufrido lo más mínimo a consecuencia de la ruptura del istmo. Los bosques de pinos y sauces, que se extendían algo adentro, hallábanse cubiertos de verdes hojas en esta época del año. Veíanse aún gran número de animales de piel fina retozar a través de la planicie.
Los tres exploradores detuviéronse en aquel lugar, donde, si bien sus miradas se hallaban limitadas por el Norte, al menos por el Sur podían abrazar la mitad del horizonte. El sol describía un arco tan extraordinariamente abierto, que sus rayos, interceptados por los relieves del suelo, que se hacían más pronunciados hacia el Oeste, no llegaban hasta las playas de la bahía de Washburn. Pero aún no era de noche, ni aun siquiera había llegado la hora del crepúsculo, toda vez que el astro radiante no había desaparecido.
– Mi teniente —dijo entonces el sargento Long, con el tono más serio del mundo—, si en virtud de un milagro, sonase una campana ahora mismo, ¿a qué cree usted que tocaría?
– A comer —respondió Jasper Hobson—. Creo, señora, que usted será también de mi opinión, ¿no es verdad?
– Por completo —rsepondió la viajera—; y supuesto que, para disponernos a comer sólo tenemos que sentarnos, sentémonos. He aquí una alfombra de musgo, algo estropeada, es verdad, pero que la Providencia parece haber extendido para nosotros de intento.
Abierto el saco de las provisiones, pusiéronse a devorar un pastel de liebre, preparado por la señora Joliffe, cecina y algunas galletas.
Terminada la comida en un cuarto de hora, volvió el teniente Hobson al ángulo Sudeste de la isla, mientras Paulina Barnett permanecía sentada al pie de un raquítico abeto, que casi no tenía ramas, y el sargento Long preparaba el campamento para pasar la noche.
Deseaba Jasper Hobson examinar la estructura del témpano que constituía la isla, y estudiar, si era posible, de qué modo se había formado. Un pequeño declive producido por un derrumbamiento permitióle descender hasta el nivel del mar, desde donde pudo observar el acantilado que formaba el litoral.
En aquel punto, el suelo se elevaba tres pies apenas sobre el nivel del Océano. Componíase, en su parte superior, de una capa bastante delgada de tierra y arena, mezcladas con conchas reducidas a polvo. Su parte inferior consistía en un bloque de hielo duro, compacto y como metalizado, que servía de base a la tierra vegetal de la isla.
La capa de hielo sobresalía sólo un pie sobre el nivel del mar, pudiéndose distinguir de la manera más clara en aquel corte reciente las estratificaciones que dividían uniformemente el campo de hielo, las cuales parecían indicar que las heladas sucesivas que las habían formado habíanse producido en aguas relativamente tranquilas.
Sabido es que la congelación se inicia en la parte superior de los líquidos, y después, si el frío persevera, el espesor de la corteza sólida va aumentado de arriba abajo. Esto es lo que ocurre, al menos, con las aguas tranquilas. Por el contrario, en las aguas corrientes se ha observado que se forman en el fondo hielos que suben a la superficie en seguida.
Pero, por lo que respecta al témpano base de la isla Victoria, estaba fuera de duda que su congelación habíase efectuado en aguas tranquilas, habiéndose evidentemente producido de arriba abajo, siendo necesario admitir, en buena lógica, que se operaría su deshielo comenzando por su parte inferior. El témpano disminuiría de espesor cuando fuese disuelto por aguas más calientes, y entonces descendería proporcionalmente la superficie de la isla con respecto al nivel del mar.
Este era el peligro más grave.
Repetimos que Jasper Hobson había observado que la capa solidificada de la isla, el témpano propiamente dicho, elevábase tan sólo un pie aproximadamente sobre la superficie del mar. Ahora bien, es sabido que las cuatro quintas partes del volumen de cualquier hielo flotante permanecen sumergidas; es decir, que por cada pie de elevación que presente un iceberg o campo de hielo sobre la superficie del mar, tiene cuatro debajo del agua. Conviene advertir, sin embargo, que la densidad, o, si se quiere, el peso específico de los témpanos flotantes varía con su origen o manera como se han formado. Los constituidos por el agua del mar, porosos, opacos, matizados de verde o azul, según los rayos luminosos que los atraviesan, son más ligeros que los formados por el agua dulce; de suerte que sobresalen más sobre la superficie del Océano. Teniendo, pues, en cuenta que el témpano que servía de base a la isla Victoria habíase formado de agua salada, dedujo Jasper Hobson, habida consideración del peso de la capa mineral y vegetal que lo cubría, que su espesor bajo el nivel del mar debía ser de cuatro a cinco pies sobre poco más o menos. En cuanto a los diversos relieves de la isla, a sus protuberancias y eminencias, no afectaban evidentemente más que a su superficie terrosa, debiéndose admitir, por tanto, de un modo general, que la isla errante no tenía de profundidad arriba de cinco pies.
Esta observación dio bastante que pensar a Jasper Hobson. ¡Solamente cinco pies! Y, además, aparte de las causas de disolución a que el témpano podía hallarse sometido, ¿no podría ocasionar el menor choque la ruptura de su superficie? Una violenta agitación de las aguas, producida por una tempestad, por un viento huracanado, ¿no podría provocar la dislocación del campo de hielo, su ruptura en varios témpanos y su completa descomposición? ¡Ah! ¡el invierno, el frío, la columna mercurial helada dentro de su cubeta de vidrio! ¡He aquí lo que Jasper Hobson anhelaba con toda su alma! Sólo el terrible frío de las regiones polares, el frío de un invierno ártico podría consolidar, aumentar el espesor de la base de la isla, estableciendo al mismo tiempo una vía de comunicación entre ella y el continente.
El teniente Hobson regresó después al lugar donde se habían detenido. El sargento trabajaba en la organización de un campamento, porque no tenía intención de pasar la noche al raso, a lo que la viajera, sin embargo, no hubiera puesto reparo, y consultó al teniente su intención de cavar en el suelo una gruta de hielo que les preservaría del frío de la noche de un modo maravilloso.
– En el país de los esquimales —le dijo—, nada más natural que conducirse como ellos.
Jasper Hobson le dio su aprobación, pero recomendóle que no profundizara demasiado el hielo, pues éste no debía medir arriba de cinco pies de espesor.
Long comenzó su tarea. Valiéndose del hacha y el cuchillo de nieve, practicó en la tierra una especie de corredor de pendiente suave, que iba a parar a la base de hielo, y empezó a perforar en seguida aquella masa deleznable que la tierra y arena cubrían desde muchos siglos atrás.
Una hora bastaría para construir aquella madriguera de paredes de hielo, tan propia para conservar el calor, y, por lo tanto, de una habitabilidad suficiente para pasar en ella algunas horas.
Mientras trabajaba el sargento sin descanso, comunicaba el teniente Hobson a su compañera el resultado de sus observaciones relativas a la constitución física de la isla Victoria, sin ocultarle los temores que el examen había dejado en su espíritu. El poco espesor del témpano debía provocar, según él, antes que transcurriese mucho tiempo, grietas en su superficie, y rupturas después que no era posible prever ni, por consiguiente, evitar. La isla errante podía a cada momento, o sumergirse poco a poco, por efecto de la alteración de su peso específico, o dividirse en islotes, más o menos numerosos, cuya duración debía ser necesariamente efímera. Resolvió, pues, ordenar que los habitantes del fuerte Esperanza no se alejasen de la factoría y permaneciesen siempre reunidos en el mismo punto a fin de participar todos juntos de los mismos azares.
Estando en esta conversación, oyéronse de repente unos gritos.
Paulina Barnett y él levantáronse presurosos y escudriñaron con la vista el bosque, el mar, la llanura.
Nadie.
Los gritos, sin embargo, se hacían más angustiosos cada vez.
– ¡El sargento! ¡el sargento! — exclamó Jasper Hobson.
Y, seguido de Paulina Barnett, corrió hacia el campamento.
Apenas llegaron a la abertura anchurosa de la gruta de nieve, vieron el sargento Long, fuertemente agarrado con ambas manos al mango de su cuchillo, cuya hoja había hundido en la pared de hielo, y que pedía socorro con estentórea voz, aunque sin perder su serenidad.
No se veían más que la cabeza y los brazos del sargento. Mientras ahondaba, había cedido el piso de hielo de repente debajo de sus pies, quedando sumergido en el agua hasta la cintura.
Jasper Hobson contentóse con decirle:
– ¡Agárrese usted bien!
Y, arrastrándose por la rampa, llegó al borde del agujero y tendió la mano al sargento que, apoyándose en ella, logró salir de la excavación.
– ¡Dios mío, sargento Long! —exclamó Paulina Barnett—, ¿qué le ha sucedido a usted?
– Me ha sucedido, señora —respondió el sargento Long, sacudiéndose como un perro de aguas—, que el piso de hielo ha cedido bajo el peso de mi cuerpo y he tomado un baño a la fuerza.
– Pero —observó Jasper Hobson—, ¿no ha tenido usted en cuenta mi recomendación de no ahondar demasiado debajo de la capa de tierra?
– Sí, señor, mi teniente; ya puede usted mismo ver que apenas he profundizado unas quince pulgadas en el hielo; pero sin duda habría debajo alguna voluminosa ampolla, formando una especie de bóveda interior, de manera que el hielo no reposaba sobre el agua, y me he hundido como por escotillón. Si no tengo la suerte de poderme asir al mango de mi cuchillo, me hallaría a estas horas debajo de la isla, lo cual hubiera sido bastante lamentable, ¿no es cierto, señora?
– ¡Muy lamentable, sargento! — respondió la viajera, tendiéndole la mano al valeroso militar.
La explicación dada por el sargento Long era exacta. En aquel punto, a consecuencia, sin duda, de algún almacenamiento de aire, o por otra causa cualquiera, el hielo había formado por su parte inferior una verdadera bóveda, y, por eso, su pared ya poco espesa, debilitada además por la labor del sargento, no había tardado en romperse bajo el peso de este último.
Esta disposición especial, que debía reproducirse, sin duda, en otros muchos puntos del campo de hielo, no era muy tranquilizadora. ¿Dónde sentar el pie en lo sucesivo con entera confianza? ¿No podía el suelo hundirse a cada paso? Y al pensar que debajo de aquella delgada capa de fierra y hielo abríanse, voraces, los abismos del Océano, ¿qué corazón no había de sentirse oprimido, por enérgico que fuese?
Entretanto, el sargento Long. sin dar la menor importancia al baño que acababa de tomar, quería reanudar en otro punto sus trabajos de minero; pero, en esta ocasión, Paulina Barnett no quiso tolerarlo. Importábale muy poco el pasar una noche al raso. El abrigo del bosque vecino bastaríale, lo mismo que a sus compañeros, y se opuso en absoluto a que el sargento Long reanudase su tarea. El bravo militar tuvo que obedecer y resignarse.
Establecieron, pues, el campamento a un centenar de pies de la orilla, sobre un pequeño cerro donde crecían algunos grupos aislados de pinos y abedules, cuyo conjunto no merecía ciertamente el nombre de bosque, y encendieron una buena hoguera, alimentada con ramas secas, a eso de las diez de la noche, en el momento preciso en que el sol lamía los bordes de aquel horizonte bajo el cual iba a ocultarse sólo por muy pocas horas.
El sargento aprovechó la ocasión para secarse las piernas, y conversó con el teniente hasta el momento en que el crepúsculo reemplazó a la luz del día. Paulina Barnett metía baza en la conversación de vez en cuando, tratando de hacer olvidar a Jasper Hobson sus ideas un tanto sombrías.
Aquella hermosa noche, sumamente estrellada en el cénit, como todas las noches polares, era muy a propósito para infundir tranquilidad al espíritu. El viento murmuraba a través de los abetos. El mar parecía dormir en el litoral. Apenas si alteraba la paz de su superficie alguna anchurosa ola, que venía a expirar, silenciosa, en las playas de la isla. No se oía ni un grito de ave en el aire, ni un gemido en la llanura. Sólo los chisporroteos que producían al arder las resinosas ramas de abeto, y también, de vez en cuando, el murmullo de las voces que se perdía en el espacio, turbaban el silencio de la noche, acrecentando su sublimidad.
– ¡Quién diría —exclamó Paulina Barnett— que vamos navegando sobre la superficie del océano! La verdad es, señor Hobson, que necesito hacer un gran esfuerzo para rendirme a la evidencia; porque ese mar nos parece que está inmóvil, y, no obstante, nos arrastra con irresistible poder.
– Sí, señora —respondió Jasper Hobson—, y confieso que si el fondo de nuestro vehículo fuese sólido, si la obra viva no debiese faltar, tarde o temprano, a nuestro buque, si no debiese algún día abrirse su cascarón, y si supiera, por último, a donde nos ha de llevar, me agradaría no poco navegar de esta manera a través de estos océanos.
– En efecto, señor Hobson —replicó la viajera—; ¿existe, por ventura, un medio de locomoción más cómodo y agradable que el nuestro? Navegamos sin darnos cuenta de ello. Nuestra isla se halla animada de la misma velocidad exactamente que la corriente que la arrastra. ¿No es éste un fenómeno análogo al de un globo en el aire? ¡Qué encanto no sería el poder navegar de este modo, en compañía de su casa, su jardín, su parque y hasta su propio país! Una isla errante, pero entiéndase bien, una isla verdadera, con una base sólida, insumergible, sería verdaderamente el más cómodo y maravilloso vehículo que pudiera imaginarse. La historia nos habla de jardines suspendidos en el aire; pues bien, ¿por qué, con el tiempo, no se llegará a hacer parques flotantes que puedan transportarnos a todos los países del mundo? Su colosal magnitud los haría insensibles a los movimientos del mar y nada tendrían que temer de las tempestades. ¿Quién sabe si, con vientos favorables, podría dirigírseles con colosales velas orientadas convenientemente? ¡Qué milagros de vegetación contemplarían los viajeros cuando de las zonas templadas pasasen a las tropicales! Hasta creo que, con hábiles pilotos, conocedores de las corrientes oceánicas, sería posible mantenerse en latitudes convenientemente elegidas donde se disfrutase de una eterna primavera. Jasper Hobson no podía reprimir una sonrisa al oir los ensueños de la entusiasta Paulina. La viva imaginación de aquella audaz mujer transportaba su mente a las regiones de la fantasía, cual la isla flotante arrastraba su cuerpo a través del océano de una manera insensible. Dada su situación, no había ciertamente motjvo para quejarse de aquella extraña manera de cruzar los mares; pero con la condición de que la isla no amenazase a cada instante con fundirse y sepultarse para siempre en el abismo.
Llegada la noche, durmieron algunas horas. Al despertar, almorzaron con excelente apetito. El calor de una hoguera encendida con malezas reanimó sus piernas, entumecidas por el frío de la noche.
A las seis de la mañana, los tres reanudaron la marcha.
La costa, desde el cabo Miguel hasta el antiguo puerto Barnett, corría casi en línea recta de Sur a Norte, en una longitud de once millas aproximadamente, no ofreciendo ninguna particularidad ni presentando señales de haber sufrido ninguna variación desde la ruptura del istmo. Formaba una ladera generalmente baja y poco ondulada, en la que el sargento Long, por orden del teniente, clavó algunas señales, algo apartadas de la playa, que permitirían más tarde hacerse cargo de sus modificaciones.
Jasper Hobson, con su cuenta y razón, deseaba llegar aquella misma tarde al fuerte Esperanza. Por su parte, Paulina Barnett sentía prisa por volver a ver sus compañeros y amigos, y, en las condiciones en que se hallaban, no debía prolongarse la ausencia del jefe de la factoría.
Caminaron, pues, aprisa, cortando por una línea oblicua, y, a mediodía, daban vuelta al pequeño promontorio que defendía en otro tiempo el Puerto Barnett contra los vientos del Este...
Desde allí al fuerte Esperanza había sólo ocho millas, las cuales quedaron salvadas antes de las cuatro de la tarde, siendo saludada la vuelta de los expedicionarios por los entusiastas mirras del cabo Joliffe.