Familia sin nombre · Parte 2

I

DESDE QUEBEC A MONTREAL

A media noche, la balandra había andado ya algunas millas. Pedro Harcher maniobraba con toda seguridad en medio de la noche, alumbrada por la luna llena, aun cuando tenía que correr algunas bordadas, porque el viento, que soplaba del Oeste, no era más que una fresca brisa.

El Champlain no se detuvo hasta poco tiempo antes de amanecer. Ligeras brumas ocultaban a la vista, en aquel momento, las anchas praderas que se hallaban más allá de los ribazos; pero pronto la cima de los árboles, agrupados más allá, salió por encima de esos vapores que el sol empezaba a disolver, y el curso del río se hizo más visible.

Numerosos pescadores habían empezado ya su faena, arrastrando sus redes y sus cañas a remolque de esas pequeñas embarcaciones que no abandonan casi nunca el alto cur-so del San Lorenzo o sus afluentes de la derecha y de la izquierda. El Champlain se perdió en medio de esta flotilla, entregada a sus matutinas ocupaciones, entre las riberas de los condados de Port-Neuf y de Lothinière.

Los hermanos Harcher se pusieron también al trabajo, después de haber echado el ancla del lado septentrional. Necesitaban algunas banastas de pescado para ir a venderlo en los pueblos en cuanto la marea permitiese remontar el río a pesar de la corriente.

Durante la pesca, algunas canoas hechas con cortezas de árboles, abordaron al Champlain. Eran dos o tres de esos esquifes tan ligeros que pueden llevarse al hombro cuando hay que pasar los portages, o sea el espacio en que una corriente de agua no se puede atravesar por causa de las rocas que obstruyen el paso, las caídas o saltos que ofrecen una barrera infranqueable, las corrientes demasiado rápidas y las ollas que turban con tanta frecuencia los ríos canadienses.

Los tripulantes de estas canoas eran la mayor parte de raza india; venían a comprar pescado, que transportaban después a las aldeas y pueblos del interior, en donde penetraban sus embarcaciones por los múltiples ríos de su territorio.

Varias veces también fueron canadienses los que se aproximaron al Champlain. Hablaban algunos minutos con Juan, dirigiéndose después a la orilla para cumplir la misión que les había sido confiada. Si los hermanos Harcher no hubiesen buscado en la pesca, durante aquella mañana, más que la ganancia o el placer, su ambición hubiese quedado ampliamente satisfecha, pues redes y cañas hicieron maravillas cogiendo un sinnúmero de solios, tencas y otras especies que abundan en los ríos del. Canadá, los maskinongis y touradis, muy apreciados en el Norte de América.

Pescaron también bastante cantidad de esos peces blancos que buscan con afán, por la fineza de su carne, las personas de gusto delicado. Por lo tanto, se haría buena acogida en los pueblos a los pescadores del Champlain, y así sucedió, en efecto.

Los favorecía además un tiempo magnífico; ese tiempo especial, si así puede decirse, del feliz e incomparable valle del San Lorenzo. ¡Qué delicioso aspecto presentaban los campos desde los ribazos del río hasta el pie de la sierra de los Laurentidas! Y, según la poética expresión de Fenimore Cooper, eran más hermosos que nunca por haberse revestido de su librea otoñal, verde y amarilla, que duraría basta los primeros fríos.

El Champlain arribó en primer lugar en el límite del con-dado de Port-Neuf, situado en la orilla izquierda. En el pueblo de este nombre, así como en los de Santa Ana y de San Estanislao, nuestros pescadores hicieron negocios bastante buenos, por más que en algunos puntos el Champlain dejara más dinero que el que recogía como producto de la pesca; pero los hermanos Harcher no pensaban siquiera en quejarse.

Durante los dos días siguientes, Juan navegó así de una a otra orilla. En el condado de Lothinière, en la ribera derecha, estuvo en Lothinière y en San Pedro de los Bosquecillos; en el condado de Champlain, en la opuesta orilla, en Batiscan; después, volviendo otra vez a la derecha, visitó Gentilli, Doucette, y los principales reformistas recibieron sus órdenes. En Nicolet se puso en relación con uno de los personajes más influyentes, ardoroso partidario de la causa nacional; éste era el señor Aubineau, juez de paz y comisario del distrito. Allí, como en Quebec, Juan tuvo noticia de que el abate Joann acababa de recorrer las parroquias del condado de Nicolet, y de que sus predicaciones habían inflamado los espíritus hasta tal punto, que los habitantes deseaban empuñar las armas para libertar la patria. Después el Sr. Aubineau le enteró minuciosamente de cuanto le hacía falta en municiones y armas para el día de la insurrección.

-Pronto recibiréis todo lo necesario, le dijo Juan. Un tren de maderas ha debido salir de Montreal la noche pasada, y no puede tardar en llegar aquí; trae fusiles, pólvora y plomo. Estaréis, por consiguiente, armados desde luego; pero no os mováis antes de tiempo, y si fuera preciso, podéis comunicaros con el Comité de la villa Montcalm, en la isla Jesús, escribiendo a su presidente.

-¿No es éste el señor de Vaudreuil?

-EL mismo.

-Seguiré vuestras órdenes.

-¿No me habéis dicho, repuso Juan, que el abate Joann había estado en Nicolet?

-Aquí se hallaba hará unos cinco o seis días.

-¿Sabéis hacia dónde se ha dirigido?

-Al condado de Verchères, y en seguida, si no me equivoco, irá al de Laprairie.

Juan se despidió del juez de paz y volvió a bordo del Champlain, al mismo tiempo que los hermanos Harcher se retiraban después, de haber vendido todo el pescado que poseían. Atravesaron entonces el río en línea oblicua, navegando hacia el condado de San Mauricio.

En la embocadura del río de este nombre se eleva uno de los más antiguos pueblos del país; el burgo de los Tres-Ríos, situado al principio de un valle fertilísimo. En aquella época acababan de establecer allí una fundición de cañones dirigida por una Sociedad franco-canadiense, que no empleaba sino obreros del mismo origen.

Esta fundición, recientemente creada, estaba aún en su periodo de organización: algunos meses más tarde, los reformistas hubieran podido, tal vez, abastecerse allí de esas bocas de fuego, de las que desgraciadamente carecían. Sin embargo, era posible que, trabajando día y noche, pudiesen oponer a la artillería de las tropas reales los primeros cañones fundidos en San Mauricio. Juan tuvo respecto de esto una importante conferencia con los jefes del Comité de aquella ciudad, pues si las piezas se fabricasen con tiempo, no faltarían brazos para servirlas..

Al salir de los Tres-Ríos, el Champlain siguió a la izquierda la ribera del condado de Maskinongi, arribó a la pequeña ciudad del mismo nombre y después desembocó, en la noche del 24 al 25 de Septiembre, en un ensanche bastante grande del San Lorenzo, que llaman el lago de San Pedro.

Allí se desarrolla, en efecto, una especie de lago de cinco leguas de longitud, sirviéndole de límite, río arriba, una serie de islotes que se extienden desde Berthier, pueblo del con-dado del mismo nombre, hasta Lorel, que pertenece al de Richelieu.

En dicho sitio los hermanos Harcher tendieron sus re-des, o más bien las pusieron en reata, y, servidos por la corriente; continuaron remontando el río con pequeña velocidad.

Espesas nubes cubrían el cielo, y la oscuridad era tan profunda, que se hacía imposible distinguir las orillas ni en el Sur.

Un poco antes de media noche, Pedro Harcher, de guardia en la proa, divisó una luz que brillaba en lontananza.

-Será sin duda el farol de un buque que sigue la corriente, dijo Remigio, quien había ido a juntarse con su hermano.

-¡Atención a las redes! replicó Santiago; hay treinta brazas fuera y se perderían si ese buque nos cogiera de costado.

-Pues bien, naveguemos a estribor, dijo Miguel; a Dios gracias, el espacio no nos falta..

-No, respondió Pedro; pero el viento no nos ayuda y vamos a perder el rumbo.

-Más valiera recoger las redes, dijo Tony; sería más seguro...

-Tienes razón, no perdamos tiempo, replicó Remigio.

Los hermanos Harcher se preparaban a retirar sus artefactos a bordo, cuando Juan les dijo:

-¿Estáis ciertos de que lo que veis es un buque que se deja conducir por la corriente?

-No, puedo asegurarlo, respondió Pedro; pero, sea lo que fuere, se aproxima con mucha lentitud y la luz está muy cerca del agua.

-Tal vez sea una cage... dijo Santiago.

-Si así fuera, replicó Remigio, es un motivo más para evitarla. Difícil sería desenredarnos si nos cogiese. ¡Vamos, recojamos pronto!

Y, en efecto, el Champlain hubiera con seguridad perdido sus redes, si los hermanos Harcher no se hubiesen apresurado a subirlas a bordo sin darse siquiera el tiempo de sacar los peces enredados entre las mallas. No había un instante que perder, pues la luz se encontraba apenas a doscientas o trescientas brazas de distancia.

Se llaman cages en el Canadá, a las balsas de madera compuestas de sesenta o setenta cribs, es decir, secciones a manera de trenes, cuyo conjunto comprende por lo menos mil pies cúbicos. Desde el día; en que el deshielo permite navegar por él río, numerosos cages bajan hacia Montreal o Quebec, procedentes de aquellos inmensos bosques del Oeste, que son una de las inagotables riquezas de la provincia canadiense.

Esas cages, esas balsas enormes; se forman con troncos de árboles escuadrados en el bosque por el hacha del leñador, o con vigas y tablas aserradas en las fábricas establecidas, utilizando las caídas de las Calderas en el río Outaouais.

Millares de esos trenes bajan así desde Abril hasta mediados, de Octubre, evitando las corrientes demasiado fuertes o los saltos del agua, por medio de resbaladeros construidos sobre el fondo de estrechos canales de rápida pendiente. Si bien algunas de estas cages se detienen en Montreal para proveer al cargamento de los buques que transportan aquellas maderas a los mares de Europa, la mayor parte siguen hasta Quebec, pues es donde está el centro de explotación de los buques, cuyo rendimiento suma cada año veinticinco o treinta millones de pesetas en provecho del comercio canadiense.

Esos trenes de madera son un gran estorbo para la navegación por el río, sobre todo cuando penetran en alguno de los brazos intermedios, cuya anchura suele ser muy reducida. Abandonados a la corriente del reflujo, mientras dura es casi imposible dirigirlos. Los buques, barcas pescadoras y otros tienen que tener, pues, el cuidado de separarse de su paso si no quieren arriesgar un abordaje que les causaría serias averías. Se comprende por qué los hermanos Harcher no titubearon en recoger sus redes, tendidas al paso de la cage, que la calma les impedía evitar.

Santiago no se había equivocado; era, en efecto, una balsa que bajaba el río. Un farol, colocado a proa, indicaba el rumbo que seguía, y no estaba más que a unas veinte brazas de distancia cuando nuestros pescadores acabaron de recoger sus redes.

Entonces, en medio del silencio de la noche, una voz bien timbrada entonó esa antigua canción del país, que es, según hace notar el Sr. Reveillaud, un verdadero canto nacional, si bien (preciso es confesarlo), lo es más por el tono que por las palabras. Era fácil conocer por su acento y por el modo de pronunciar con la boca muy abierta el diptongo ai, que el cantor, que no era otro que el patrón de la cage, era canadiense de origen francés.

He aquí lo que cantaba: Volviendo de las bodas estaba muy cansado, y a la clara fuente me fui a descansar...

Juan conoció sin duda la voz del que cantaba, porque acercándose a Pedro Harcher en el momento en que el Champlain dejaba caer sus remos para apartarse de la cage:

-Aborda, le dijo.

-¿Que aborde?... replicó Pedro.

-¡Sí!... ¡es Luis Lacasse !...

-¿Vamos a conversar con él?...

-Cinco minutos nada más, respondió Juan. No tengo más que decirle algunas palabras.

En un instante Pedro Harcher, después de un golpe dado en el timón, se aproximó al tren de madera, en el que amarró al Champlain por la proa.

El cantor, viendo esa maniobra, interrumpió su canción para gritar:

-¡Eh, los de la balandra!... ¡Tened cuidado!

-¡No hay peligro, Luis Lacasse! respondió Pedro Harcher; es el Champlain.

De un salto Juan acababa de subir al tren de maderas, reuniéndose con el patrón, que le dijo en cuanto pudo conocerle, merced a la luz del farol:

-Siempre estoy pronto a serviros, señor Juan.

-Gracias, Lacasse.

-Contaba encontraros en el camino y estaba decidido a esperar al Champlain en mi próxima parada durante la marea alta; pero puesto que estáis aquí...

-¿Está todo a bordo? preguntó Juan.

-¡Todo, y bien oculto entre los maderos y las vigas!... Está muy bien arreglado, os lo aseguro, añadió Luis Lacasse, sacando un eslabón para encender su pipa.

-Los aduaneros, ¿han practicado algún registro?

-Sí... en Verchères... Se quedaron lo menos media hora charla que te charla... Pero nada han visto... está todo como en una caja...

-¿Cuánto?... preguntó Juan.

-Doscientos fusiles.

-¿Y sables?

-Doscientos cincuenta.

-¿De dónde vienen?...

-Del Vermont. Nuestros amigos los americanos han trabajado bastante y no nos cuesta muy caro, sólo que han tenido mucho que hacer para transportarlo hasta el fuerte Ontario, en donde nos lo han entregado; pero ya se vencieron todas las dificultades.

-¿Y las municiones?...

-Llevo tres toneles de pólvora y algunos miles de balas. Si cada una de ellas mata a un hombre, pronto veremos el Canadá limpio de uniformes encarnados. ¡Serán comidos por los comedores de ranas, como nos llaman los anglosajones!

-¿Y sabes, preguntó Juan, a qué parroquia están destinadas esas armas y municiones?

-Perfectamente, respondió el marinero. ¡No temáis, no hay miedo de que me sorprendan! Durante la noche, en la marea más baja, anclaré mi cage, y unas canoas vendrán a buscar cada cual su parte.

Pero os advierto que no voy más allá de Quebec, donde tengo que cargar mis maderas, a bordo del Moravian, con destino a Hamburgo.

-Está entendido, respondió Juan. Antes de llegar a Quebec ya habrás entregado los últimos fusiles y el último barril de pólvora.

-Entonces todo va bien.

-Dime, Luis Lacasse, ¿tienes confianza en los hombres que te acompañan?

-Como en mí mismo. Son verdaderos Juan Bautista; mas no se quedarán atrás cuando haya que tirar tiros.

Juan le entregó entonces cierta cantidad de piastras, que el bravo marinero dejó caer, sin contarlas, en el bolsillo de su ancha blusa.

Después, vigorosos apretones de mano se cambiaron con la tripulación de la balandra.

Juan se embarcó de nuevo en el Champlain, que se alejó en dirección a la orilla izquierda, y mientras que la balsa seguía la corriente, se oyó de nuevo la voz sonora de Luis Lacasse, que repetía: Y a la clara fuente me fui a descansar.

Una hora más tarde la brisa volvió con la pleamar, y el Champlain penetró entre esos numerosos islotes que sirven de límite al lago San Pedro, y siguió sucesivamente el litoral de los condados Joliete y de Richelieu, situados enfrente uno de otro. Después hizo escala en los pueblos de la ribera, de los condados de Montcalm y de Verchères, cuyas mujeres tan valerosamente se batieron a fines del siglo XVII para defender un fuerte atacado por los salvajes.

Juan visitó a los jefes reformistas, y pudo asegurarse por sí mismo del estado de ánimo de los habitantes. Le hablaron varias veces de Juan-Sin-Nombre, cuya cabeza estaba pregonada. ¿En dónde estaría en la actualidad? ¿Aparecería cuando empezara la lucha? Los patriotas contaban con él, y, a pesar de la orden del Gobernador general, podía, sin temor alguno, venir al condado, donde, bien fuera por una hora o por veinticuatro, todas las casas se abrirían para recibirle.

Ante esas muestras de una adhesión que podía llegar hasta el último sacrificio, Juan se sentía profundamente conmovido. ¡Sí; era esperado como un Mesías por la población canadiense! Pero se contentaba con responder:

-No sé en dónde se halla Juan-Sin-Nombre; pero cuando llegue el día de la lucha, estará donde deba estar.

A la mitad de la noche del 26 al 27 de Septiembre, el Champlain llegó al brazo meridional del San Lorenzo, que separa la isla de Montreal de la ribera Sur.

La balandra tocaba entonces al término de su viaje, y los hermanos Harcher iban a desarmarla dentro de pocos días para la estación invernal, que hace completamente impracticable la navegación en el río. Después, Juan y ellos se irían al condado de Laprairie, al cortijo de Chipogán, donde debía reunirse toda la familia para la celebración del casamiento proyectado.

Entre la isla de Montreal y la orilla derecha, el brazo del San Lorenzo está formado por varias corrientes muy rápidas que se pueden considerar como una de las curiosidades del país. En aquel sitio se desarrolla una especie de lago, semejante al de San Pedro, donde el Champlain encontró la cage del patrón Luis Lacasse. Se le llama el Salto de San Luis, y está situado enfrente de Lachina, pequeño burgo edificado más arriba que Montreal, y que es el sitio predilecto de los montrealeses para pasar el verano. Este lago parece un mar tumultuoso, en el que desembocan las aguas de uno de los brazos del Outauais. Espesos bosques cubren la orilla derecha; alrededor de un pueblo de iroqueses convertidos al cristianismo, el Caughnawaga, cuya pequeña iglesia levanta su modesta flecha poco más arriba que la copa de los árboles.

En esta parte del río, si la subida es difícil, la bajada lo es mucho más, puesto que basta una falsa maniobra para precipitar una embarcación en medio de las corrientes. Pero los marineros, acostumbrados a tan peligrosos pasos, y sobre todo, los pescadores que cogen allí sollos a millares, son muy hábiles en la maniobra en medio de aquellas aguas furiosas.

Con la condición de no apartarse de la orilla meridional y de sirgar, no es imposible llegar a Laprairie, capital del con-dado del mismo nombre, en donde el Champlain tenía costumbre de invernar.

A eso del medio día, Pedro Harcher se encontraba un poco más abajo de Lachina. ¿De dónde le viene ese nombre, que es del vasto Imperio asiático? Pues sencillamente de los primeros navegantes del San Lorenzo, que al llegar cerca del país de los grandes lagos, creyeron hallarse en el litoral del Océano Pacífico, y, por consiguiente, cerca del reino de los Celestes.

El patrón del Champlain maniobró, por lo tanto, para llegar a la orilla derecha del río, que alcanzó a eso de las cinco de la tarde, cerca del límite que separa el condado de Montreal del de Laprairie.

En aquel momento le dijo Juan:

-Voy a desembarcar, Pedro.

-¿No vienes con nosotros hasta Laprairie? preguntó Pedro Harcher.

-No; es necesario que visite la parroquia de Chambly, y desembarcando en Caughnawaga, tendré menos camino que recorrer para llegar allí.

-Es arriesgarte mucho, dijo Pedro, y no te veré alejarte sin inquietud. ¿Por qué nos dejas, Juan? Espera siquiera un par de días y partiremos juntos después de desarmar la balandra.

-No puede ser, hermano, repuso Juan; tengo precisión de estar en Chambly esta misma noche.

-¿Quieres que dos de nosotros te acompañemos?

-No; vale más que vaya sólo.

-¿Y te quedarás mucho tiempo en Chambly?

-Algunas horas nada más, Pedro; pienso salir de allí mañana al amanecer.

Y como Juan no parecía deseoso de entrar en explicaciones respecto a lo que iba a hacer en aquella ciudad, Pedro no insistió, contentándose con añadir:

-¿Te esperamos en Laprairie?

-Es inútil. Haced cuanto tengáis que hacer sin inquietaros por mi ausencia.

-¿En dónde nos encontraremos?

-En el cortijo de Chipogán.

-Ya sabes, repuso Pedro, que debemos estar allí todos en la primera semana de Octubre.

-No lo he olvidado.

-No faltes a la cita, Juan, pues sabes que tu ausencia apesadumbraría mucho a mi padre, a mi madre y a todos. Nos esperan para una fiesta de familia, y puesto que te dices hermano nuestro, es preciso que te halles allí para que la familia esté completa.

-Iré con oportunidad, Pedro.

Juan apretó la mano de los hijos Harcher, después bajó al camarote, se puso el traje que llevaba el día de su visita a la villa Montcalm, y se despidió de sus buenos compañeros.

Un momento después saltó al ribazo, y dando un último adiós, desapareció debajo de los árboles, cuyas espesuras rodean el pueblecillo iroqués.

Pedro, Remigio, Miguel, Tony y Santiago se pusieron en seguida a la maniobra, y no sin grandes esfuerzos y rudas fatigas llegaron a halar su barca contra la corriente, aprovechando los remolinos que se formaban detrás de las puntas.

A las ocho de la noche, el Champlain estaba sólidamente amarrado en una pequeña caleta, al pie de las primeras casas del burgo de Laprairie.

Los hermanos Harcher habían acabado su campaña de pesca, después de haber recorrido durante seis meses doscientas leguas, subiendo y bajando las aguas del gran río.

Telegramm

Aufgabeamt: World Wide Web · Ziel: an Bord der Nautilus

0 Wörter · Gebühr: 0 Kreuzer (Punkte werden zu STOP)