Familia sin nombre · Parte 1
VI
EL SAN LORENZO
El pintoresco valle del San Lorenzo es quizá uno de los más vastos que las convulsiones geológicas hayan dibujado en la superficie del globo. M. de Humboldt, le atribuye una superficie de doscientas setenta mil leguas cuadradas, superficie poco más o menos igual a la de Europa entera. El río, en su caprichoso curso, sembrado de islas, lleno de pendientes y de caídas, atraviesa ese rico valle que forma el Canadá francés por excelencia. Esos territorios, en que se establecieron los primeros individuos de la nobleza emigrante, están repartidos en la actualidad en condados y distritos. En la embocadura del San Lorenzo, en aquella ancha bahía, se hallan el archipiélago de la Magdalena, las islas del cabo Bretón y del príncipe Eduardo y la gran isla de Anticosti, que las cuestas de tan diversos aspectos del Labrador, de Terranova y de la Acadia o Nueva Escocia, abrigan contra los temibles vientos del Atlántico septentrional.
Hacia mediados de Abril es cuando empiezan a deshacerse los hielos amontonados por el riguroso y largo período invernal del clima canadiense; entonces el San Lorenzo se hace navegable, y los navíos de gran tonelaje pueden remontarlo hasta la región de los lagos, esos mares de agua dulce que se desarrollan a través de aquel poético país que con tanta justicia han llamado el país de Cooper. En dicha época el río, teniendo flujo y reflujo, se anima cual una rada en los momentos de levantarse un bloqueo. Buques de vela, steamers, steam-boats, balsas cargadas de maderas, barcos pilotos, de cabotaje y de pesca, buques de recreo y canoas de todas clases, se deslizan en la superficie de sus aguas, libres ya de su espesa corteza.
Es la vida por medio año, después de una muerte de seis meses.
El 13 de Septiembre, a eso da las seis de la mañana, una embarcación con aparejos de balandra dejaba el puertecito de Santa Ana, situado en la embocadura del San Lorenzo, en la orilla meridional y en la parte redonda del golfo. La tripulación de esa barca se componía de cinco de esos pescadores que ejercen su fructuosa profesión en las partes del río que más corriente tiene, cerca de Montreal, hasta los remansos, y que después de tender sus redes o sus cañas allí en donde el instinto profesional los guía, se van a vender la pesca que han cogido de pueblo un pueblo, o más bien de casa en casa, pues ambas orillas del río están cubiertas por una serie apenas interrumpida de habitaciones hasta el límite Oeste de la provincia.
Un extranjero hubiera, sin fijarse mucho en ello, conocido que esos pescadores eran de Acadia, por las formas de su lenguaje y por la pureza de su tipo conservado en esa Nueva Escocia, en donde tanto se ha desarrollado la raza francesa. Remontando la escala de las edades, se encontraría con seguridad entre sus antepasados a algunos de aquellos proscritos que medio siglo antes habían sido diezmados por las tropas reales, y de los que Longfellow ha cantado las desgracias en su encantador poema Evangelina. En cuanto al oficio de pescador, es tal vez, el mejor mirado en el Canadá, y sobre todo en las parroquias de la ribera, en la que se cuenta de diez a quince mil barcas pescadoras y más de treinta mil marinos que explotan las aguas del río y de sus afluentes.
La embarcación de que hemos hablado antes contenía un sexto pasajero, que, aun cuando iba vestido como sus compañeros, no tenía de pescador más que el traje. Nadie hubiera podido sospechar que bajo aquel disfraz se ocultaba el joven que durante cuarenta y ocho horas había sido el huésped de los dueños de la villa Montcalm. Era, en efecto, Juan-Sin -Nombre.
Durante su estancia en aquella morada se cuidó mucho de no descubrir el incógnito que ocultaba su nombre y su familia. Juan fue el único que le dieron el señor y la señorita de Vaudreuil.
En la tarde del mismo día 3 de Septiembre, después de acabada su conferencia, los señores Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran se retiraron para marcharse a Montreal; y dos días después de su llegada a la villa, Juan se despidió del señor de Vaudreuil y de su hija.
¡Cuántas horas pasaron, durante esta corta hospitalidad, hablando de la nueva tentativa que iba a verificarse para arrancar al Canadá a la dominación inglesa! ¡Con qué pasión oía Clary al joven proscrito glorificar la causa que les era tan querida a ambos! Él abandonó poco a poco la frialdad que demostró en un principio; tal vez sufriera la influencia del alma ardiente de la joven, cuyo patriotismo concordaba tan bien con el suyo.
En la tarde del 5 de Septiembre Juan dejó al señor y a la señorita de Vaudreuil para tomar de nuevo su vida errante y acabar la campaña de propaganda reformista en los condados del Bajo Canadá. Antes de separarse, acordaron los tres reunirse otro día en el cortijo de Chipogán, en casa de Tomás Harcher, de cuya familia, según veremos, formaba parte el denodado patriota. ¿Pero la joven y él se volverían a ver, siendo así que tantos peligros amenazaban su cabeza?
Nadie en la finca, excepción hecha de sus dueños, había sabido que fuese Juan-SinNombre el que había estado cuarenta y ocho horas hospedado en la villa Montcalm; y además, el jefe de la casa Rip y Compañía, lanzado sobre falsas huellas, no había podido descubrir su retiro. Juan, por lo tanto, pudo sin peligro abandonar en secreto la villa, atravesar el San Lorenzo en la barca de paso al extremo de la isla Jesús y llegar al interior del territorio por la frontera americana, con el fin de atravesarla, si necesario fuese para su seguridad. Como en medio de las parroquias del río alto era donde se hacían las pesquisas, y con razón, puesto que Juan acababa de recorrerlas, alcanzó, sin que nadie le conociera ni lo persiguiera, el río San Juan, cuyo curso sirve en parte de límite a Nueva Brunswick; allí, en el puertecito de Santa Ana, le esperaban los atrevidos compañeros asociados a su obra, y en los que podía confiar sin reserva alguna.
Estos eran cinco hermanos: los mayores gemelos, Pedro y Remigio, de treinta y dos años de edad, y los tres restantes, Miguel, Tony y Santiago, de veintinueve, veintiocho y veintisiete respectivamente, cinco de los numerosos hijos de Tomás Harcher y de su mujer Catalina, domiciliados en el condado de Laprairie y arrendatarios del cortijo de Chipogán.
Algunos, años antes, después de la insurrección de 1831, Juan-Sin-Nombre, perseguido de cerca por la policía, encontró asilo en aquella alquería, que ignoraba perteneciera al señor de Vaudreuil. Tomás Harcher recibió al fugitivo, le admitió en su familia como a hijo, sabiendo que daba asilo a un patriota, pero ignorando que ese patriota, era Juan-Sin-Nombre.
Mientras permaneció en el cortijo, Juan, a quien se lo conocía sólo con este nombre se unió estrechamente con los hijos mayores de Tomás Harcher, pues sus sentimientos eran en un todo iguales a los suyos, siendo intrépidos partidarios de la reforma y encerrando en su corazón ese odio instintivo contra todo lo que pertenecía a la raza anglosajona, lo que olía a inglés, como se decía entonces en el Canadá.
Cuando el joven patriota abandonó a Chipogán, se embarcó con los cinco hermanos, que recorrían el río desde Abril hasta Septiembre. Para todo el mundo era pescador; esto le daba entrada en todas las casas de las parroquias de la ribera; así es como pudo burlar constantemente las pesquisas de la policía y preparar un nuevo movimiento insurreccional.
Antes de su llegada a la villa Montcalm había recorrido los condados del Outaouais, en la provincia del Ontario, y ahora, remontando el río desde su embocadura hasta Montreal, daría las últimas instrucciones a los habitantes de los condados del Bajo Canadá, que tantas veces repetían, acordándose de los franceses de antaño: «¡Cuándo volveremos a ver a nuestra buena gente!»
La embarcación acababa de dejar el puerto de Santa Ana, y aun cuando la marea empezaba a bajar, una fresca brisa que soplaba del Este permitía navegar contra la corriente, con ayuda de la vela mayor, la flecha y los foques, mandados izar por Pedro Harcher, patrón del Champlain, que así se llamaba la barca pescadora.
El clima del Canadá, menos templado que el de los Estados Unidos, es muy cálido en verano y muy frío en el invierno, por más que su territorio se halle en la misma latitud que Francia. Esto consiste probablemente en que las aguas templadas del Gulf-stream, apartadas de su litoral, no moderan los excesos de su temperatura.
Durante la primera quincena de Septiembre el calor fue sumamente fuerte, y las velas del Champlain se hinchaban a impulsos de una brisa ardiente.
-El día será rudo hoy, dijo Pedro, sobre todo si el viento cae a la hora de la siesta.
-Sí, respondió Miguel; y ¡ojalá el demonio se llevara los mosquitos y los cínifes negros, cuya picadura es insufrible! Los hay a millares en esta playa de Santa Ana.
-Hermanos, pronto terminarán los calores y gozaremos de las dulzuras del verano indio.
El que acababa de dar a sus compañeros esa fraternal calificación, era Juan. Y tenía razón alabando la hermosura del indian summer del Canadá, que se verifica más particular-mente en los meses de Septiembre y de Octubre.
-¿Pescamos esta mañana, le preguntó Pedro Harcher, o continuamos remontando el río?
-Echemos las cañas hasta las diez, respondió Juan. Después vamos a vender el pescado a Matane.
-Entonces demos una bordada hacia la punta de Mons, replicó el patrón del Champlain. Las aguas son allí mejores, y volveremos sobre Matane durante la pleamar.
Tendieron las escotas, y la embarcación orzó, bien apoyada por la brisa, mientras que la corriente la empujaba por la cala, y se dirigió en línea oblicua hacia la punta de Mons, situada en la orilla septentrional del río, cuya anchura mide en ese sitio nueve o diez leguas.
Después de una hora de navegación, el Champlain disminuyó su velocidad, y con el foque barloventado empezaron a pescar. La barca se encontraba en el centro de aquel magnífico remanso, rodeado por una zona de terrenos cultivables que se extiende al Norte hasta la base de las primeras ondulaciones de la sierra de los Laurentidas, al Sur hasta los montes Nótre-Dame, cuyos picos más elevados dominan en mil trescientos píes de altura el nivel del mar.
Pedro Harcher y sus hermanos eran muy hábiles en su oficio, que ejercían en todo el curso del río. En medio de las más rápidas corrientes y las barras de Montreal, cogían multitud de sábalos por medio de haces de ramaje.
En los alrededores de Quebec pescaban salmones y otros peces, arrastrados en la época de la cría, a las aguas más dulces del alto río. Era muy raro que su pesca no fuese en extremo fructuosa.
Durante aquella mañana, la cata fue abundantísima, y varias veces las redes se llenaron de tal modo, que estuvieron a punto de romperse; así es que a eso de las diez, el Champlain, abriendo sus velas, puso la proa al Noroeste para nave-gar hacia Matane.
Y, en efecto, les convenía dirigirse cuanto pudieran a la ribera meridional, pues al Norte las aldeas y los pueblos, están muy lejos unos de otros, y la población es muy escasa en aquella árida región. Y esto se comprende, siendo, dicho territorio formado por un amontonamiento de rocas caóticas; el rendimiento de los vegetales es casi nulo, si se exceptúa el valle del Saguenay, que es terreno de aluvión, por el que corre el sobrante de las aguas del lago San Juan, y los ricos bosques que cubren alguna parte del polo.
Lo contrario sucede al Sur; allí la tierra es muy fecunda, las parroquias tienen más importancia, los pueblos son más numerosos, y, como lo hemos dicho ya, aquella ribera parece un panorama de habitaciones que se desarrolla desde las bo-cas del San Lorenzo hasta la altura de Quebec. Si los viajeros, son atraídos por pintoresco del valle del Saguenay o de la Malbaie, los bañistas canadienses o americanos, particularmente aquellos que huyen de la ardiente temperatura de la Nueva Inglaterra, buscando las frescas zonas del gran río, frecuentan con preferencia su orilla meridional.
Al mercado de Matane llevó el Champlain sus primeras cargas de pescado. Juan y dos de los hermanos Harcher, Miguel y Tony, fueron de puerta en puerta ofreciendo el producto, de su pesca.
Si alguien se hubiese fijado en ciertos detalles, hubiera podido observar que Juan se quedaba en algunas de aquellas casas más tiempo del que necesitaba en realidad su tráfico; que penetraba en lo interior de las habitaciones, y que hablaba algunas palabras, no con los criados, sino con los amos, y también que en ciertas viviendas de modestas condiciones entregaba a veces más dinero que el que sus compañeros recibían como precio de su mercancía.
Lo mismo sucedió, durante varios días en los diversos pueblos de la costa meridional, en Rimouski, en Bic, en Trois-Pistoles y en la playa de Caconna, una de las estaciones balnearias más preferidas en aquella orilla del San Lorenzo.
En la Rivière-du-Loup, pequeña ciudad en la que Juan se detuvo en la mañana del 17 de Septiembre, el Champlain recibió la visita de los agentes encargados de la vigilancia especial del río; pero nada sucedió, porque hacía algunos años ya que figuraba Juan en el rol de la balandra como uno de los hijos de Tomás Harcher, y jamás hubiera sospechado la policía que, debajo del traje de pescador acadiense, se ocultaba el proscrito cuya cabeza valía ahora seis mil piastras para cualquiera que la entregase.
Luego, cuando los agentes terminaron su visita, dijo Pedro Harcher:
-Tal vez fuera mejor que buscásemos un refugio en la orilla opuesta.
-Ese es también nuestro parecer, dijo Miguel.
-¿Y por qué? preguntó Juan. ¿Nuestra harca ha parecido acaso sospechosa a esos hombres? ¿Ha ocurrido alguna novedad durante la visita? ¿O es que pueden dudar de que yo pertenezca a la familia Harcher, como tú y como tus hermanos?
-¡Pues me parece que perteneces a ella de verdad! exclamó Santiago, el más joven de los cinco, y que poseía un carácter muy alegre. Nuestro buen padre tiene tantos hijos, que uno más no le estorbaría mucho, y bien podría equivocarse en el número.
-Además, añadió Tony, te quiero como si lo fueras en realidad, y nosotros como si una misma sangre corriera por nuestras venas.
-Y así sucede Juan. ¿No somos, como tú, de raza francesa? dijo Remigio.
-Es cierto, respondió Juan. Sin embargo, creo que nada tenemos que temer por parte de la policía.
-¡Nadie se arrepiente nunca por haber tenido prudencia! replicó Tony.
-No, sin duda, respondió Juan, y si es únicamente la prudencia el motivo que induce a Pedro a proponer que atravesemos el río...
-¡Por prudencia, sí, replicó el patrón del Champlain, porque el tiempo va a cambiar!
-Eso ya es otra cosa, contestó Juan.
-Mira, repuso Pedro. La borrasca de Noreste no tardará en levantarse, y tengo así como un presentimiento de que ya a ser muy dura. Lo adivino. ¡Oh! hemos arrostrado otras muchas, pero es menester pensar en nuestra barca, y no quiero exponerla a que se pierda en las rocas de la Rivière-du-Loup o de Kamouraska.
-¡Pues bien, sea! respondió Juan. Alcancemos la orilla del Norte por el lado de Tadousac, si es posible, y desde allí remontaremos la corriente del Saguenay hasta Chicoutini; no perderemos ni mucho tiempo ni gran trabajo.
-¡Vamos pronto, entonces! Exclamó Miguel. Pedro tiene razón, ese bribón de Noreste no tardará en llegar, y si tomara al Champlain por el costado hacíamos cien veces más camino hacia Quebec que el que hay basta Tadousac.
Las velas fueron orientadas lo mejor posible, y poniendo la proa en dirección del Norte, la balandra empezó a ir en contra del viento, que se alargaba cayendo poco a poco.
Las tempestades de Noreste no son allí, desgraciadamente, raras, aun en el verano: bien sea que no duren sino dos o tres horas, o que se desencadenen durante una semana entera, traen siempre consigo, las heladas brumas del Golfo e inundan el valle con lluvias torrenciales.
Eran los ocho de la noche. Pedro Harcher no se había equivocado a la vista de ciertas nubes, agudas como flechas, diciendo que iba a haber borrasca y que el tiempo apremiaba para buscar un abrigo en la orilla septentrional.
Cinco o seis leguas, a lo sumo, separan Rivière-du-Loup de la embocadura del Saguenay; pero costó mucho trabajo recorrerlas. Un golpe de aire se lanzó como una tromba en el Champlain cuando estaba, a la tercera parte del camino, haciéndose preciso reducir el velamen al bajo rizo; y, sin embargo, la balandra se vio acometida de tal modo por el viento, que hubo temores de que los mástiles se rompiesen al nivel del puente. La superficie del río, agitada como debía serlo el mar en el Golfo, se levantaba en olas enormes, que pegaban contra la roda del Champlain y lo cubrían por completo. Era, un tiempo muy duro para una embarcación de una docena de toneladas; pero su tripulación tenía mucha sangre fría y era hábil en la maniobra.
Varias veces había arrostrado grandes tempestades cuando se aventuraba a navegar entre Terranova y el cabo Bretón, y era permitido, por lo tanto contar con sus cualidades marineras, como con la solidez de su casco.
Sin embargo, Pedro Harcher se vio muy apurado para llegar a la embocadura del Saguenay y tuvo que luchar durante tres horas mortales, y cuando llegó el reflujo, si bien favoreció la marcha de la balandra, hizo también más temible el choque de las olas.
Quien no haya presenciado una de esas borrascas del Noreste a través del valle del San Lorenzo, desenvuelto en tanta anchura, no puede imaginarse su extremada violencia. Son un verdadero azote para los condados situados más abajo de Quebec.
Felizmente el Champlain, después de haber hallado el abrigo de la orilla septentrional, pudo refugiarse, antes de que cerrara por completo la noche, en la embocadura del Saguenay.
La borrasca no duró más que algunas horas; así es que al amanecer del 19 de Septiembre, Juan pudo continuar su campaña remontando el Saguenay, cuyo curso se desarrolla al nivel de aquellos altos acantilados de los cabos de la Trinidad y de la Eternidad, que miden mil ochocientos pies de altura. Aquel pintoresco país ofrece a las miradas los más hermosos sitios, las más extrañas vistas de la provincia canadiense, y entre otras, aquella maravillosa bahía, de ¡Ha-H! nombre onomatopéyico que le ha dado la admiración de los viajeros.
El Champlain llegó a Chicoutini, en donde Juan pudo entrar en relación con los miembros del Comité reformista, y al día siguiente, aprovechando la marea de la noche, tomó la dirección de Quebec.
Pero Pedro Harcher y sus hermanos, no olvidaban que eran pescadores de oficio, y todas las noches tendían sus redes y sus cañas, y a la madrugada arribaban a los numerosos pueblos de ambas orillas. De este modo recorrieron la ribera septentrional, de un aspecto casi salvaje, a lo largo del condado de Charlevoix, desde Tadoussac hasta la bahía de San Pablo, los pueblos de La Malbaie, San Ireneo, Nuestra Señora de los Desplomamientos, cuyo nombre significativo está por demás justificado por su situación en medio de un caos de rocas. Visitaron también las costas de Beauport y de Beaupré, en donde Juan trabajó con utilidad para el partido, desembarcando en Chateau Richer y después en la isla de Orleáns, situada más abajo de Québec.
En la orilla meridional el Champlain hizo escala sucesivamente en San Miguel y en la Punta Levis. En estos últimos tuvieron que tomar ciertas precauciones, por la excesiva vigilancia que se ejercía en aquella parte del río, y, tal vez hubiera sido más prudente no detenerse en Quebec, adonde llegó la balandra a la caída de la tarde del 22 de Septiembre; pero Juan estaba citado con el abogado Sebastián Gramont, uno de los más ardientes diputados de la oposición canadiense.
Cuando la oscuridad se hizo completa, Juan se dirigió hacia los barrios altos y llegó, por la calle del Petit-Champlain, a la casa de Sebastián Gramont.
Las relaciones del joven patriota con el abogado tenían ya algunos años de fecha, pues el diputado, de treinta y seis años de edad, se había mezclado en todas las manifestaciones políticas de los últimos años, y en particular en 1835, en las que figuró personalmente. De esto resultó que ambos se conocieran y simpatizaran, pero Juan- SinNombre no descubrió nunca nada ni de su origen ni de su familia, y Sebastián Gramont no sabía más que, llegada la hora propicia, el joven se pondría a la cabeza de los insurrectos; así es que, no habiéndole vuelto a ver desde la tentativa que abortó en 1835, le esperaba con la mas viva impaciencia.
Cuando Juan llegó, fue cordialmente acogido.
-No puedo estar aquí más que algunas horas, dijo.
-Entonces, respondió el abogado, empleémoslas en hablar del pasado y del presente.
-¡Del pasado!... ¡no! repuso Juan. De presente... del porvenir... sobre todo de porvenir.
Sebastián Gramont, desde que conocí a Juan, había reflexionado muchas veces respecto a la conducta de éste, y sospechaba que existía en la vida del joven patriota un sufrimiento del que no adivinaba la causa, pues guardaba con él una reserva tal, que hasta evitaba darle la mano cuando se veían. El abogado no le preguntó nunca nada, diciéndose que cuando conviniera a su amigo confiarle sus secretos, estaría siempre pronto para escucharle y consolarle, si necesario fuese.
Durante las pocas horas que estuvieron juntos, ambos no hablaron más que de la situación política. El abogado participó a Juan el estado de los espíritus en el Parlamento, y éste a su vez puso a Sebastián Gramont al corriente de las medidas ya tomadas, en previsión de un próximo levantamiento; la formación de un Comité de concentración en la villa Montcalm, los resultados de su viaje en el Alto y el Bajo Canadá, no quedándole ya sino recorrer el distrito de Montreal para acabar su campaña propagandista.
El abogado le escuchó con extremada atención y auguró favorablemente de los progresos que la causa nacional había hecho durante las últimas semanas, pues no existía ni una aldea ni un pueblo en el que no se hubiera repartido dinero para comprar armas y municiones, y que no esperara la señal de la insurrección para tomar en ella parte activa.
Juan supo entonces cuáles eran las últimas disposiciones adoptadas por las autoridades de Quebec.
-En primer lugar, mi querido Juan, le dijo Sebastián Gramont, ha corrido el rumor de que estuvisteis aquí hará cosa de un mes. Muchas pesquisas se hicieron para descubrir vuestro retiro, y hasta vinieron a mi casa, en donde decían que habíais estado. A ese propósito recibí la visita de varios agentes, y entre otros la de cierto Rip...
-¡Rip! exclamó Juan con voz ahogada, como si este nombre hubiera quemado sus labios al pronunciarlo.
-Sí; el jefe de la casa Rip y Compañía respondió Sebastián Gramont, y no olvidéis que ese polizonte es de los más peligrosos.
-¡Peligroso! murmuró Juan.
-Es preciso que desconfiéis de él, añadió Sebastián Gramont.
-¡Desconfiar! replicó Juan. ¡Sí, hay que desconfiar, porque es un miserable!
-¿Le conocéis?
-Le conozco, replicó Juan que había recuperado su sangre fría; pero él a mí no.
-¡Esto es lo más importante! añadió el abogado, algo sorprendido por la actitud de Juan.
Pero éste, llevando la conversación a otro terreno, interrogó al abogado respecto a la marcha de la política en el Parlamento durante las últimas semanas.
-En la Cámara, respondió el abogado, la oposición ha llegado al período álgido. Papineau, Cuvillier, Quesnal y Bourdage atacan todos los actos del Gobierno. Lord Gosford quisiera prorrogar la Cámara, pero comprende que esto daría lugar a una sublevación.
-¡Dios quiera que no lo haga antes de que estemos prontos! replicó Juan. ¡Ojalá los jefes no precipiten imprudentemente las cosas!
-Se les avisará, y no harán nada que pueda contrariar nuestros proyectos. No obstante, en previsión de un próximo movimiento, han sido tomadas ciertas medidas por el Gobernador general; sir John Colborne ha concentrado las tropas de que pueda disponer, de modo que pueda mandarlas a toda prisa a los principales pueblos de los condados del San Lorenzo, en donde, según dicen, ha de principiar la lucha
-Allí y en otros veinte puntos a la vez; así lo espero por lo menos, respondió Juan. Importa que la población canadiense se levante en masa en el mismo día y a la misma hora, y que los burócratas sean agobiados por el número. Si el movimiento no fuera más que local, se correría el riesgo de que le ahogaran en su principio, y en esta convicción, para generalizarlo, he recorrido las parroquias del Este y del Oeste, y voy a visitar las del Centro. Pienso partir esta misma noche.
-Partid, pues, amigo Juan; pero no echéis en olvido que los soldados y los voluntarios de sir John Colborne están con intención y estratégicamente acantonados alrededor de Montreal, al mando de los coroneles Gore y Witherall. Allí será, sin duda, en donde tengamos que sufrir el más temible choque.
-Todo estará combinado para que obtengamos ventaja desde los primeros tiros, respondió Juan. Precisamente, el comité de la villa Montcalm está muy bien situado en previsión de una común acción, y conozco la energía del señor de Vaudreuil que lo dirige, y además en los condados de Verchères, de San Jacinto, de Laprairie, cercanos al de Montreal, los más ardientes Hijos de la Libertad han comunicado a los habitantes de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas, el fuego de su patriotismo.
-El mismo clero lo aviva también, replicó Sebastián Gramont. En público y en particular, en los sermones como en las conversaciones, nuestros sacerdotes predican en contra de la tiranía anglosajona. Hace algunos días que, aquí mismo, en la catedral, un joven predicador se ha atrevido a hacer un llamamiento al sentimiento nacional, y sus palabras han tenido tal resonancia, que el ministro de Policía ha querido mandarlo prender. Mas por prudencia, lord Gosford, deseoso de atraerse al clero canadiense, se ha opuesto a tal rigor, contentándose con obtener del Sr. Obispo que ese sacerdote saliese de la ciudad (como lo ha hecho), y ahora prosigue su misión en las parroquias del condado de Montreal. Es un verdadero tribuno de la cátedra sagrada; posee una elocuencia que arrastra las masas y no le detiene ninguna consideración personal. Seguramente que ese joven sacrificaría, en pro de la causa nacional, su libertad y hasta su vida.
-¿Y decís que ese sacerdote de quien habláis es joven? preguntó Juan.
-Apenas tendrá treinta años.
-¿A qué Orden pertenece?
-A los sulpicianos.
-¿Y cómo se llama?
-El abate Joann.
¿Evocó este nombre un recuerdo en el espíritu de Juan? Sebastián Gramont debió pensarlo así porque el joven patriota quedó silencioso durante algunos instantes, y después se despidió del abogado y se marchó, no obstante las instancias de éste para que se quedase en su casa hasta el día siguiente.
-Mil gracias, mi querido Gramont, dijo. Importa mucho que me reúna a mis compañeros antes de la medianoche, porque tenemos que partir durante la marea alta.
-Id, pues, Juan, respondió el abogado. Que vuestra, empresa tenga o no éxito, siempre seréis uno de los que más habrán trabajado en favor del país.
-¡Nada habré hecho mientras esté bajo el yugo de Inglaterra! exclamó el joven patriota; y si algún día llegara a libertarle, aun a costa de mi vida...
-Os debería eterno agradecimiento, respondió Gramont.
-¡Nada me debería!
Tras estas palabras, ambos amigos se separaron, y después de volver al Champlain, que estaba anclado a poca distancia de la orilla, Juan y sus compañeros siguieron la corriente hacia Montreal. FIN DEL CUADERNO PRIMERO CUADERNO SEGUNDO