CAPÍTULO XVI
CONFESIÓN
L
A víspera de aquel día el ventero Kroff había sucumbido rápidamente, víctima de una congestión pulmonar.
Antes de morir, torturado por los remordimientos desde hacía cinco meses, llamó al pope Axief, que había acudido a recibir su confesión, que el sacerdote escribió, firmándola Kroff con su nombre, encargando que después de su muerte se hiciera pública.
Era la completa rehabilitación de Dimitri Nicolef.
He aquí lo que contenía aquella confesión del autor del crimen, y se verá por qué encadenamiento de circunstancias Kroff había conseguido echar toda la responsabilidad sobre el infeliz Nicolef.
En la noche del 13 al 14 de abril Dimitri Nicolef y Poch habían llegado al kabak de la Cruz Rota.
Al ver la cartera de Poch, el posadero, cuyos negocios iban bastante mal hacía tiempo, concibió el proyecto de robarle. La prudencia aconsejábale a esperar que se marchara el otro viajero, que había anunciado su partida para las cuatro de la mañana. Pero no pudiendo dominar su impaciencia, a las dos de la madrugada penetró en el cuarto de Poch, creyendo no ser advertido.
Poch no dormía, y se incorporó sobre el lecho, alumbrado por el farol de Kroff. Éste, que no quería más que robarle, al verse descubierto, se precipitó sobre el desgraciado, y con el cuchillo que llevaba al cinto le dio una puñalada mortal.
Inmediatamente registró la cartera de la víctima, encontrando quince mil rublos en billetes de banco de cien rublos cada uno.
Pero de sus labios escapóse una imprecación, cuando en un pliegue de la cartera encontró una nota con las siguientes palabras:
«Lista de los números de los billetes, de la cual ha quedado un duplicado en poder de los señores Johausen. »
Era una precaución que tomaba siempre Poch cuando iba a hacer alguna entrega de valores por cuenta de la banca. Así es que aquellos billetes, cuyos números se conservaban, no los podría circular sin correr el riesgo de ser detenido… El asesinato no le iba a aprovechar.
Entonces se le ocurrió la idea de hacer recaer la responsabilidad del crimen sobre el viajero que ocupaba la otra habitación.
Salió de la casa, hizo las rozaduras por debajo de la ventana de la habitación de Nicolef, forzó la de Poch con un atizador y volvió a entrar.
Loco de rabia al pensar que aquellos billetes serian inútiles entre sus manos, le cruzó el pensamiento la mas criminal de las inspiraciones. , Penetrar en la habitación del viajero para deslizar en su bolsillo los billetes de la víctima, robando de paso los que indudablemente llevaría Nicolef.
Ya se sabe que el profesor era portador de veinte mil rublos que había de entregar a Vladimir Yanof. El profundo sueño en que estaba sumido Nicolef permitió al asesino registrarle los bolsillos y sustituir por los billetes de Poch quince mil rublos de los veinte mil que el profesor llevaba, y los números de los cuales no eran conocidos. Luego salió de la habitación sin ser advertido, y en un agujero, al pie de un árbol, ocultó el dinero y el cuchillo con que había matado a Poch, tan hábilmente que escapó a todas las pesquisas de la policía.
A las cuatro de la mañana Dimitri Nicolef salió de la Cruz Rota, dirigiéndose a Pernau, donde le esperaba Vladimir Yanof.
Compréndese, pues, por qué serie de hábiles maquinaciones las sospechas iban a recaer sobre Dimitri Nicolef, cambiándose pronto en certidumbres.
Kroff, poseedor de los billetes de Nicolef, que no podía advertir la sustitución, estaba en disposición de gastarlos sin peligro. Sin embargo, obrando con prudencia extremada, no lo hizo, y solamente gastó lo necesario para cubrir sus necesidades inmediatas.
En el curso de la instrucción del proceso. confiado al señor Kerstorf, Dimitri Nicolef fue reconocido por el cabo Eck. El profesor, negando ser el autor del crimen, rehusó revelar el motivo de su viaje, e indudablemente hubiera sido preso sin la oportuna llegada de Vladimir.
Al ver que las presunciones alejábanse de Nicolef, Kroff empezó a tener miedo, comprendiendo que iban a volverse contra él. Aunque estaba de continuo bajo la vigilancia de los agentes que custodiaban la casa, ideó una nueva maquinación, que había de hacer nuevas sospechas sobre el viajero y declararle convicto del crimen. Después de manchar de sangre y quemar uno de los billetes, pudo, durante la noche, gatear al tejado de la casa y arrojar el fragmento del billete por el tubo de la chimenea.
A consecuencia del hallazgo, Dimitri Nicolef fue interrogado de nuevo, pero el señor Kerstorf, que se resistía a admitir la culpabilidad del profesor, no decretó su encarcelamiento.
Kroff, sumamente intranquilo, estaba al tanto de lo que decían los defensores de Nicolef, que le acusaban a él de ser el asesino de Poch, de haberlo preparado todo para predisponer la opinión contra el inocente, de haber colocado, después de la partida del viajero, el atizador en su habitación, y mezclado el fragmento del billete a las cenizas del hogar, donde había escapado a las primeras investigaciones… Consecuencia de esto: que todo lo que ganaba Nicolef en favor de la opinión, Kroff lo perdía.
Esperaba, sin embargo, que la presentación de los billetes robados sería para Nicolef el golpe de gracia, del que no había de levantarse, pero el tiempo pasaba y los billetes no salían a la luz.
Por último, Kroff comprendió que iba a ser preso, y su prisión era su pérdida.
¡Ah! Si él hubiese sabido que el 14 de mayo los billetes robados iban a entregarse a los Johausen, que iban a ser reconocidos, que arrastrarían la pérdida definitiva de Nicolef, no se le hubiera ocurrido la infernal idea de justificarse de un crimen cometiendo un segundo.
Pero no lo supo hasta después de cometer el segundo asesinato. El ventero iba con frecuencia a Riga, llamado por el juez de instrucción. Aquel día, después de anochecer, rondó alrededor de la casa de Nicolef, resuelto a matarle para hacer creer en un suicidio.
Las circunstancias le favorecieron. Vio salir a Nicolef, escapando como un loco, después de la terrible escena con Vladimir ante sus hijos. Le siguió a través del campo, y allí, sobre el desierto camino, le hirió con el mismo cuchillo con que había matado a Poch, dejando el arma cerca de la víctima.
¿Quién hubiese podido dudar que Nicolef se había dado muerte, espantado por el descubrimiento de los billetes robados, y, por lo tanto, que fuese el asesino de la Cruz Rota?
Nadie, y este nuevo crimen iba a tener para su autor el resultado que se esperaba.
Así es que la causa se dio por terminada, y Kroff, libre de toda sospecha, ya que no de remordimientos, pudo gozar tranquilamente del fruto de su doble asesinato.
Los billetes de banco que poseía y que cambiara por los de Poch, podía emplearlos sin correr el menor riesgo, puesto que sus números no eran conocidos.
Kroff no gozó mucho tiempo del beneficio de sus crímenes.
Bajo el zarpazo de una congestión, atemorizado al ver aproximarse la muerte, había dictado su confesión al pope, pidiéndole que la hiciera pública, y entregándole casi intacto el depósito que constituía legítimamente la propiedad de Vladimir Yanof.
La rehabilitación de Dimitri Nicolef fue completa. ¡Pero qué dolor para sus hijos y para sus amigos no poderlo redimir de la muerte, después de verlo redimido de la deshonra!
Así concluyó este drama sensacional, de tan gran resonancia en los anales judiciarios de las provincias bálticas.
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