Un drama en Livonia

CAPÍTULO XV

SOBRE UNA TUMBA

H

ABÍA terminado este drama judicial, que había apasionado a la población de las provincias bálticas y sobreexcitado la lucha de los partidos en vísperas de medir sus fuerzas en el terreno electoral. Después de la muerte violenta del hombre que representaba el elemento eslavo, los alemanes cobraron nuevos bríos. De todos modos, el antagonismo había de manifestarse tarde o temprano, y la rusificación acabaría por imponerse bajo la influencia del gobierno.

Y no solamente Dimitri Nicolef se había suicidado, sino que este suicidio, realizado en tan terribles circunstancias, a raíz de producirse el incidente de los billetes robados, no daba lugar a la menor duda acerca de su culpabilidad. De suerte que cuando él salió de Riga a consecuencia de la carta de Vladimir Yanof, no poseía el depósito confiado a su custodia… ¿Dirigíase en busca del hijo de su amigo para decirle la verdad, o su proyecto era huir después de este abuso de confianza que no le era posible reparar…? Difícil era fijar la idea acerca de este punto. Lo más verosímil era que Nicolef había sido sorprendido por el inesperado regreso del proscrito escapado de las minas de Siberia, y se sentía cogido en un engranaje: entre Vladimir Yanof, a quien no podía entregar la herencia de su padre, y los señores Johausen, a quienes le era imposible reembolsar en unas cuantas semanas la cantidad que les adeudaba… Y entonces Poch se cruzó en su camino, y pudo llevar a Pernau la suma que había disipado… La primera deuda estaba saldada, ¡pero a qué precio…! A costa de un doble crimen, un asesinato y un robo.

Luego, cuando todo fue descubierto, cuando se hizo la luz sobre este proceso, hasta entonces tan oscuro, cuando, gracias a los números, los billetes presentados por Vladimir Yanof habían sido reconocidos ser los mismos que guardaba la cartera de Poch, Dimitri Nicolef, el culpable, Dimitri Nicolef, el asesino, habíase dado muerte con el mismo cuchillo con que cometiera el crimen.

El desenlace del proceso devolvió al ventero Kroff la más completa tranquilidad. Y lo hizo muy a tiempo, pues el juez estaba dispuesto a firmar su mandamiento de prisión.

Desde el momento en que la causa de Nicolef se sobreseyera, Kroff quedaba en inminente riesgo de perder su libertad.

Nicolef o Kroff: la justicia no podía buscar otros culpables. Ya se sabe que el juez en su fuero interno estaba en contra del posadero, y cuando el señor Kerstorf supo lo sucedido en la casa de los señores Johausen, su sorpresa fue grande al tener que proclamar la inocencia de Kroff y la culpabilidad de Nicolef.

El ventero reanudó su existencia habitual en su viejo kabak, y supo sacar partido de su situación. ¿Acaso no era como un condenado rehabilitado, después de reconocerse la injusticia de los cargos contra él dirigidos?

Se habló del caso durante unos días; luego, la pública atención encontró nuevos sucesos en que fijarse.

La deuda contraída por Nicolef con los banqueros Johausen no estaba pagada, pero, al menos, habían recuperado los dieciocho mil rublos que Vladimir Yanof había dejado entre sus manos.

Después del entierro del profesor, Ilka y Jean, que no había de volver a la Universidad de Dorpat, volvieron a su casa, cuyos umbrales no habían de pisar casi ninguno de los numerosos amigos que en vida tuvo el profesor. Tres solamente estuvieron a su lado en este desastre: Vladimir Yanof - era inútil nombrarle- , el señor Delaporte y el doctor Hamine.

Los infelices hermanos hallábanse sumidos en la desesperación. Todo lo veían oscuro, incluso lo que concernía a Dimitri Nicolef, a quien, por razón natural, habían de creer inocente. Ellos llegaban hasta a pensar que tal vez su razón hubiese sucumbido en aquella lucha con la persistente fatalidad, que tal vez se hubiese vuelto loco, y que en un acceso de enajenación se había suicidado, sin que esto quisiera decir que era el autor del crimen de la Cruz Rota.

Así pensaba también Vladimir Yanof, resistiéndose a admitir la demostración material de los hechos. Y, sin embargo, ¿cómo iba a tener en su poder Dimitri Nicolef aquellos billetes numerados, de no haberlos cogido sobre el cadáver del pobre Poch?

Y cuando discutía con el doctor Hamine, el amigo más antiguo de la familia, éste contestaba con una irrefutable lógica:

– Yo lo admitiría todo, mi querido Vladimir, admitiría que no hubiera sido Nicolef el autor del robo, aunque su producto estuviese entre sus manos, admitiría que el suicidio no era una prueba de su culpabilidad, y que ha podido matarse en una crisis de locura, crisis provocada por las espantosas pruebas sufridas… Pero hay un hecho que lo domina todo…

Dimitri aparece muerto por la misma arma que mató a Poch, y ante esto preciso es rendirse a la evidencia, por espantosa, por inverosímil que parezca.

– Y si es así - repuso Vladimir haciendo una última observación- , resulta que Dimitri Nicolef poseía un cuchillo que no lo conocía ni su hija ni nadie. ¡No, doctor, eso es muy extraño; aquí hay algo…!

– Yo no puedo decirle a usted más que una cosa, Vladimir: Nicolef poseía evidentemente ese cuchillo, puesto que lo ha usado contra Poch y contra sí mismo.

Vladimir Yanof inclinaba la cabeza, no sabiendo qué responder.

El doctor Hamine dijo entonces:

– ¿Y ahora qué va a ser de estos desgraciados hermanos?

– Jean será mi hermano cuando Ilka sea mi mujer.

El doctor cogió vivamente la mano de Vladimir y la estrechó entre las suyas.

– ¿Ha creído usted, doctor, que iba a renunciar a casarme con Ilka?

– No, Vladimir, nunca lo he creído… ¿Acaso la infortunada es responsable de su gran desgracia?

– ¡Qué ha de serlo! Para mí es la más santa, la más noble de las criaturas, la más digna del amor de un hombre honrado. Nuestro matrimonio se ha demorado, pero se celebrará.

Luego, si es necesario dejar esta población, nos marcharemos.

– Vladimir, reconozco su gran corazón. Usted está decidido a casarse con Ilka, pero

¿ella querrá?

– Si rehusa es que no me ama.

– Si rehusa, Vladimir, es que ella le ama con un amor que no quiere que le avergüence a usted jamás.

Esta conversación no modificó en modo alguno los sentimientos de Vladimir Yanof, decidido, por el contrario, a apresurar el matrimonio todo cuanto lo permitieran las conveniencias. Lo que pudiera decir la gente, lo que se pensaría de él, las censuras de sus amigos, nada le arredraba. Otra cosa le preocupaba más que la opinión ajena: su situación económica.

Del depósito que le entregara Dimitri Nicolef le quedaba poca cosa, unos dos mil rublos, después de la restitución hecha a los hermanos Johausen. Pero esta fortuna, ¿no la había ya sacrificado al entregarla en la casa de banca…? Pues si entonces no le asustaba el porvenir, tampoco ahora debía inquietarle. Trabajaría para su mujer y para él. Con el amor de Ilka nada le sería imposible.

Transcurrieron quince días. Jean, Ilka, Vladimir y el doctor Hamine apenas se habían separado. El doctor Camine, y algunas veces el señor Delaporte, eran los únicos que siguieron frecuentando la casa del profesor.

Vladimir no había pronunciado aún ni una palabra relativa al matrimonio, pero su presencia hablaba por él. Dicho está que ni Jean ni Ilka habían hecho la menor alusión.

Generalmente los hermanos guardaban silencio, y durante largas horas permanecían encerrados en la misma habitación.

Vladimir resolvió poner un punto final a aquella reserva, y aquel día le dijo con voz emocionada:

– - Ilka, cuando yo dejé Riga, hace cuatro años, cuando me separaron de aquí para enviarme a Siberia, te prometí que no te olvidaría jamás. ¿Lo he cumplido?

– - Sí, Vladimir.

– - Prometí amarte siempre. ¿Han cambiado mis sentimientos?

– - Ni los míos tampoco, Vladimir, y si me hubieran concedido la autorización, yo hubiera ido al destierro para ser allí tu mujer…

– - ¿La mujer de un condenado, Ilka?

– - La mujer de un desterrado - rectificó la joven.

Vladimir comprendió todo el alcance de la contestación, pero hizo como que no se había dado cuenta, y’ prosiguió:

– Pues bien, no tienes que ir tan lejos para ser mi mujer. Las circunstancias han cambiado, y soy yo quien vengo para ser tu marido.

– Tienes razón al decir que las circunstancias han cambiado… ¡Sí, horriblemente…!

Ilka pronunció esta última palabra con tal expresión de dolor, que todo su cuerpo se estremeció.

– Querida Ilka, aun a cambio de exacerbar el terrible recuerdo, he querido hablar contigo. No quiero prolongar la conversación… Quiero solamente que mantengas tus promesas…

– ¡Mis promesas, Vladimir, mis promesas…! - exclamó la infeliz, conteniendo a duras penas los sollozos- . Cuando las hice era digna para hacerlas… hoy…

– ¡Hoy, como siempre, eres la más digna de las mujeres!

– No, Vladimir, es necesario abandonar los proyectos que teníamos formados.

– Ya sabes que yo no los olvidaré jamás… ¿No se habría realizado hace quince días?

¿No seríamos el uno del otro sin la desgracia ocurrida en vísperas de nuestra boda…?

– ¡Sí - contestó Ilka con resignación- . Y Dios sea loado por no haberse cumplido nuestro propósito…! ¡Yo no quiero que puedas nunca arrepentirte, avergonzarte de haber entrado en una familia deshonrada para siempre…!

– Ilka - dijo gravemente Vladimir- , yo no me arrepentiré jamás, lo juro; no tendré por qué avergonzarme de ser el marido de Ilka Nicolef, puesto que a ella no alcanza esta deshonra.

– Está bien, Vladimir, te creo - dijo la joven, cuyo corazón desbordaba- ; conozco la nobleza de tu carácter. No, no te arrepentirías, no te avergonzarías de mí… ¡Me amas con toda tu alma, pero no más que yo a ti…!

– ¡Ilka, mi adorada Ilka! - exclamó Vladimir, que quiso cogerle la mano.

Ilka la retiró dulcemente y prosiguió:

– Sí, nos amamos, nuestro amor era la felicidad, pero nuestro matrimonio resulta imposible.

– ¡Imposible! - repitió Vladimir- . Éste es un asunto del que yo debo ser, del que soy el único juez… Yo no soy un niño, Ilka… Mi vida no ha sido tan fácil, tan dichosa hasta ahora como para no haber adquirido la costumbre de reflexionar antes de decidirme a un acto. Me pareció, puesto que te amo, puesto que me correspondes, que tocaba al fin la dicha deseada… Creí que tendrías confianza en mí, hasta el punto de tener por justo lo que yo así creo, de aceptar mi solución en un caso que tú no estás en condiciones de juzgarlo tal como debe ser.

– Lo juzgo como lo juzgará todo el mundo, Vladimir.

– ¡Y qué me importa la opinión de los demás, querida Ilka…! El mundo para mí eres tú, tú sola, como para ti el mundo entero debo ser yo… Dejaremos Riga, si así lo quieres.

Jean nos acompañará, y dondequiera que vayamos seremos dichosos. ¡Ilka, mi querida Ilka, di que quieres ser mi mujer!

Vladimir se arrojó a sus pies rogando, suplicando. Pero parecía que Ilka sentía más horror de sí misma al verle en esta actitud.

– ¡Levanta, levanta…! - suplicó la infeliz- . No se debe nadie arrodillar ante la hija de un…

Vladimir no la dejó concluir.

– ¡Ilka, Ilka exclamó el enamorado con acento de desesperación, anegados los ojos de lágrimas- , sé mi mujer!

– ¡Jamás! contestó- . ¡Jamás la hija de un asesino será la esposa de Vladimir Yanof!

Aquella dolorosa escena había abatido a los dos. Ilka se retiró a su habitación.

Vladimir, en el paroxismo del dolor, salió de la casa, erró al azar por las calles a través del campo, refugiándose, al fin, en casa del doctor Hamine.

Éste comprendió que había tenido lugar una explicación entre los dos prometidos, separados ahora por un infranqueable abismo, el de las conveniencias sociales.

Vladimir refirió la escena, sus razonamientos, sus ruegos para que Ilka cambiara de resolución.

– ¡Ay! mi querido Vladimir - repuso el doctor Hamine- ; ya se lo decía yo a usted…

Conozco a Ilka, y nada la obligará a volver sobre su acuerdo.

– ¡Por Dios, doctor! ¡No me quite usted el último resto de esperanza…! Ilka consentirá al fin y al cabo.

– ¡Jamás, Vladimir…! Es un alma intransigente… Se considera deshonrada y nunca será su esposa, nunca, puesto que es la hija de un asesino…

– ¿Y si no lo fuese? - exclamó Vladimir- ; ¿si su padre no hubiese sido el autor del crimen?

El doctor volvió la cabeza para no verse obligado a contestar a aquella pregunta hecha de modo tan resuelto y firme.

Entonces Vladimir, dominándose, recobrando la absoluta posesión de sí mismo, explicó con voz grave impregnada de una extraordinaria resolución:

– He aquí sencillamente lo que quería decirle a usted, doctor Considero a Ilka como mi esposa ante - ¡Jamás! - contestó

Dios… y esperaré.

– ¿A qué, Vladimir?

– ¡A que Dios intervenga.

Transcurrieron los meses. La situación no había cambiado. El trágico suceso fue desvaneciéndose en la memoria de la gente, sin que ya se hablara de él. El partido germánico había ganado las elecciones municipales, reeligiendo a Frank Johausen, que afectaba no ocuparse de la familia Nicolef.

Pero Jean e Ilka acordábanse de la obligación suscrita por su padre a favor del banquero, considerando como un deber rehabilitar su memoria, al menos respecto a este punto.

Mas para conseguirlo necesitaban algún tiempo. Era necesario realizar lo poco que poseían: vender la casa paterna, la biblioteca del profesor, todo lo que fuera realizable.

Sacrificando los últimos recursos, tal vez llegarían a saldar por completo la deuda.

Luego, ya verían. Ilka procuraría dar lecciones, aunque fuera saliendo de Riga, y Jean buscaría el medio de entrar en una casa de comercio.

Era preciso vivir. Los recursos se agotaban. Las escasas economías hechas por Ilka iban disminuyendo de día en día. Lo que importaba era realizarlo todo lo más pronto posible. Entonces se decidiría la continuación en Riga.

No hay para qué advertir que, después de la negativa de la joven, Vladimir tuvo que salir de la casa, siquiera para guardar las conveniencias. Pero alojado en la misma calle, la frecuentaba con tanta asiduidad, que parecía que continuaba viviendo en ella. Ofrecía sus consejos para la realización de todo lo que se destinaba a saldar la deuda con los banqueros. Sus observaciones eran recibidas como del amigo más fiel de la familia. Puso, además, a disposición de los hermanos lo que aún le quedaba de la herencia paterna; pero Ilka no quiso aceptar.

Y entonces Vladimir, admirando aquella grandeza de alma, subyugado por la nobleza de su carácter, adorando a aquella angelical criatura, reiteraba sus súplicas para que aceptara el matrimonio, para que no se obstinara en creerse indigna de él, para que se rindiese a las vivas instancias de los amigos de su padre… Nada podía obtener de ella, ni siquiera la esperanza para el porvenir, estrellándose todos sus ruegos contra aquella férrea voluntad.

El doctor Hamine, testigo de la desesperación de Vladimir, trataba de convencer a Ilka, sin conseguirlo.

– La hija de un asesino - repetía la joven- no puede ser la esposa de un hombre honrado.

Todo el mundo conocía esto en Riga, y admiraba esta enérgica naturaleza, que inspiraba, al propio tiempo, los más sinceros sentimientos de piedad.

El tiempo pasaba, sin que la situación variara. Ningún incidente habíase producido, cuando el 17 de septiembre llegó una carta dirigida a Jean e Ilka Nicolef. Estaba firmada por el pope de Riga, un anciano de setenta años, venerado por toda la población ortodoxa, y a quien Ilka iba, de vez en cuando, a buscar consuelos que únicamente la religión podía proporcionarle.

El pope invitaba a los dos hermanos para que aquella misma tarde, a las cinco, comparecieran en el cementerio de Riga.

Al mismo tiempo el doctor Hamine y Vladimir Yanof, que habían recibido idéntico aviso, dirigiéronse por la mañana a casa de Nicolef.

Jean les enseñó la carta firmada por el pope Axief.

– ¿Qué significa esta cita en el cementerio? - preguntó a sus amigos.

Era el cementerio donde habían sido depositados los restos de Dimitri Nicolef, sin que la Iglesia hubiera tomado parte en los funerales del suicida.

– ¿Qué opina usted, doctor? - preguntó Vladimir.

– Opino que debemos ir donde el pope nos llama. Es un venerable sacerdote, de gran prudencia y cordura, y si nos ha enviado este aviso es que tiene graves razones para ello.

– ¿Vendrás con nosotros, Ilka? - dijo Vladimir dirigiéndose a la joven, que permanecía silenciosa.

– He rogado más de una vez sobre la tumba de mi padre - contestó Ilka- . Iré; y que Dios nos escuche cuando unamos a las suyas nuestras plegarias.

– Estaremos, pues, a las cinco en el cementerio - dijo el doctor, retirándose con Vladimir.

A la hora indicada Ilka y su hermano llegaron al cementerio, donde se encontraron sus amigos, que les esperaban en la puerta. Juntos se dirigieron al lugar donde reposaban los restos de Dimitri Nicolef.

El pope, arrodillado sobre esta tumba, rogaba por el alma del desventurado. Al ruido de los pasos levantó la cabeza, completamente blanca, y se puso en pie. Sus ojos brillaban con extraordinaria lucidez y sus dos manos se tendieron para indicar que se aproximaran los cuatro recién llegados.

Cuando Vladimir e Ilka hubiéronse colocado uno a cada lado de la modesta tumba, el pope dijo:

– Vladimir Yanof, su mano.

Luego, dirigiéndose a la joven:

– Ilka Nicolef, su mano.

Las unió por encima de la tumba, y tal fue la energía de su mirada, la expresión de bondad de toda, su fisonomía, que la joven no tuvo valor para resistir.

Entonces el pope pronunció con voz grave estas solemnes palabras:

– Vladimir Yanof e Ilka Nicolef, quedáis unidos ante Dios.

La joven no pudo dominar un estremecimiento que la hizo retirar la mano de la de Vladimir.

– Déjela, Ilka Nicolef, en la del hombre que la ama.

– ¿A mí? - exclamó Ilka- . ¿A la hija de un asesino…?

– ¡La hija de un inocente, que tampoco fue culpable de suicidio! - respondió el pope elevando la vista al cielo, como poniendo a Dios por testigo.

– Entonces, ¿quién es el asesino? - preguntó lean, temblando de emoción.

– Kroff, el posadero de la Cruz Rota.

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