Clovis Dardentor

IX

EN EL QUE EL PLAZO TRANSCURRE SIN RESULTADO NI PARA MARCEL LORNANS NI PARA JUAN TACONNAT.

No está un gallo más alegre a las primeras horas de la mañana que Juan Taconnat al saltar de su lecho, despertando a Marcel Lornans con sus trinos matinales. Tenía ante sí quince días para transformar en su padre adoptante a aquel hombre bimillonario.

Clovis Dardentor no abandonaría a Orán antes de la celebración del matrimonio de Agatocles Desirandelle con Luisa Elissane. ¿Acaso no serviría de testigo al hijo de sus antiguos amigos de Perpignan? Por lo menos transcurrirían cuatro o cinco semanas hasta que la ceremonia nupcial se efectuase. Pero, a decir verdad, ¿se celebraría?

Aquel sí y aquel pero revoloteaban en el cerebro de Marcel Lornans. Parecíale a éste inverosímil que el insípido mozuelo llegase a ser marido de aquella adorable joven, pues por poco tiempo que la hubiere visto a bordo del Argelés, creía que era faltar a sus deberes no adorarla. Se explica que el señor y la señora de Desirandelle viesen en su Agatocles un esposo conveniente para Luisa. Un padre y una madre están dotados de un «golpe de vista especial», como diría el señor Dardentor, en lo que a sus hijos se refiere. Pero era inadmisible que el señor Dardentor no se diera cuenta, más tarde o más temprano, de la nulidad de Agatocles, y que no reconociera que dos seres tan diferentes no habían nacido el uno para el otro.

A las ocho y media el señor Dardentor y los parisienses se encontraron en el comedor para desayunarse. El primero estaba de buen humor. La víspera había comido bien y dormido perfectamente por la noche. Con un magnífico estómago, un excelente sueño y una conciencia tranquila, se puede estar bien seguro del día de mañana... ¿Cuándo, si no?

-Jóvenes- dijo el señor Dardentor mojando su bollo en una taza de excelente chocolate-, desde ayer por la tarde no nos hemos visto, y la separación me ha parecido muy larga.

-Usted se nos ha aparecido en sueños, señor Dardentor, con la cabeza rodeada de un nimbo- respondió Juan Taconnat.

-¡Cómo un santo! ¿Y cuál?

-Algo como el patrón de los Pirineos Orientales.

-Vamos, señor don Juan, ¿ha recobrado usted su alegría de costumbre?

-Como usted lo dice- afirmó Marcel Lornans-; pero está expuesto a volverla a perder.

-¿Por qué causa?

-Porque va a ser preciso que nos separemos de nuevo, señor Dardentor.

-¡Cómo! ¡Separarnos!- Sin duda, puesto que la familia Desirandelle le reclamará a usted.

-¡Poco a poco! ¡Yo no consiento que se me monopolice de ese modo! ¡Que de cuando en cuando acepte un rato de conversación en casa de la señora de Elissane, sea! ¡Pero que se me sujete allí para siempre, eso no! La mañana y la tarde me las reservo, y confío en que las emplearemos recorriendo juntos la ciudad y sus alrededores.

-Con mucho gusto, señor Dardentor- exclamó Juan Taconnat.- No quisiera separarme de usted ni un paso.

-¡Ni un paso!- respondió Clovis-. Me agrada la juventud, y me parece que me quito la mitad de los años de encima cuando estoy con amigos que tienen la mitad de mi edad. Y bien contado, yo podría ser padre de ustedes.

-¡Ah, señor Dardentor!- exclamó Juan Taconnat sin poderse contener.

-¡Permanezcamos, pues, juntos, jóvenes! Ya es bastante conque tengamos que separarnos cuando yo salga de Orán para ir... a fe mía que no sé dónde.

-¿Después del casamiento?- preguntó Marcel Lornans

-¿Qué casamiento?

-El de Agatocles.

-Es verdad; ya no me acordaba. ¡Ah, qué joven más hermosa es la señorita Luisa Elissane!

-Tal la hemos encontrado desde que fue a bordo del Argelés- añadió Marcel Lornans.

-También yo, amigos míos. Pero desde que la he visto en casa de su madre tan graciosa, tan atenta, tan... en fin, ¡que ha ganado un ciento por ciento para mí! Verdaderamente, ese mentecato no tiene motivos para quejarse.

-Si él agrada a la señorita Elissane-, insinuó Marcel Lornans.

-Sin duda... Ambos se han conocido desde la infancia.

-¡Y aun desde antes!- dijo Juan Taconnat.

-Agatocles es un buen muchacho, aunque algo... algo...

-Algo mucho- dijo Marcel Lornans.

-Y hasta más de mucho- añadió Juan Taconnat.

Y murmuró aparte:

-¡No es el que conviene a la señorita Elissane!

No creyó que era el momento oportuno para afirmar esta opinión ante el señor Dardentor, que continuó la frase comenzada.

Si..., algo..., convengo en ello. Pero se despabilará como una marmota después del invierno.

-¡Y no quedará menos marmota!- no pudo menos de decir Marcel Lornans.

-¡Un poco de indulgencia, jóvenes, un poco de indulgencia!- exclamó el señor Dardentor.- Si Agatocles viviese solamente con parisienses como ustedes, estaría domesticado antes de dos meses; ustedes debían darle lecciones.

-¡Lecciones de talento a cien sueldos!- exclamó Juan Taconnat.- Esto sería robarle el dinero.

El señor Dardentor no se dio por vencido. Aunque el heredero de los Desirandelle fuese más pesado que el plomo, añadió:

-Basta, señores, basta. Olvidan ustedes que el amor es huésped de los espíritus más ineducados, y hasta de los animales, y él llenará el de joven...

-¡Gagatocles!- acabó Juan Taconnat.

Al oír este chiste el señor Dardentor, no pudo menos de soltar la carcajada.

Marcel Lornans volvió a hablar de la señorita Elissane. Preguntó la clase de vida, que llevaba en Orán. ¿Qué tal, había el señor Dardentor encontrado su casa?

-Una lindísima casa alegrada por la presencia de un pájaro encantador. Ustedes lo verán.

– Si no es una indiscreción- observó Marcel Lornans.

-Si yo les presento a ustedes, no. Pero hoy no puede ser. Preciso es dejar que Agatocles tantee el terreno. Mañana veremos. Ahora no nos ocupemos más que de nuestras expediciones; la ciudad, su puerto, sus monumentos.

-¿Y nuestro alistamiento?- dijo Marcel Lornans.

-No corre prisa. No ha de ser hoy, ni mañana, ni pasado... Al menos esperen a la boda.

-Esto podría tal vez significar que esperáramos hasta la edad de la reserva.

-¡No, no tanto! ¡Qué montón de frases que hubieran hecho torcer el gesto al ceremonioso Patricio!

-Así, pues- exclamó Clovis Dardentor-, no se hable más de alistamiento por ahora.

-Seguramente- dijo Juan Taconnat.- Nos hemos dado un plazo de quince días. Si hasta entonces no ha cambiado nuestra situación, si nuevos intereses...

-¡Bien, amigos míos, no discutamos!- exclamó Clovis Dardentor.- Se han dado ustedes un plazo de quince días. Yo los tomo y los doy por recibidos; durante este tiempo me pertenecen ustedes. Realmente, yo no me he embarcado en el Argelés sino porque sabía que había de encontrarles a ustedes a bordo.

-¡Y a pesar de eso ha faltado usted en el momento de la partida, señor Dardentor!- respondió Juan Taconnat.

En el colmo del buen humor, Dardentor se levantó de la mesa y pasó al salón donde estaba Patricio.

-¿Tiene el señor algo que mandarme?

-¡Órdenes!... ¡Órdenes!... Te doy licencia durante todo el día. ¡Métete esto en la cabeza y no vuelvas hasta las diez!

Mohín desdeñoso de Patricio, que no agradeció a su amo licencia dada en tan vulgares términos.

-¿De forma que el señor no desea que le acompañe?

-Lo que deseo, Patricio, es perderte de vista... ¡Conque vuelve tus talones!

-El señor me permitirá hacerle una advertencia.

-Sí... Con tal de que desaparezcas en cuanto me la hagas.

-Pues bien: el consejo se reduce a que el señor no suba a un coche antes de que el cochero esté en el pescante. Esto podría acabar, no en una bendición, sino en un vuelco.

-¡Anda al diablo!

Y Clovis Dardentor bajó la escalera de la fonda entre los dos parisienses.

-¡Tiene usted un buen tipo de criado!- dijo Marcel Lornans.- ¡Qué correcto! ¡Qué distinguido!

-Y ¡qué afectado en sus maneras! Pero es un mozo honrado, que se arrojaría al fuego por salvarme.

-¡No sería él solo, señor Dardentor! exclamó Juan Taconnat, que, llegado el caso, hubiera procurado disputar a Patricio el papel de salvador.

Aquella mañana, Clovis Dardentor y los dos primos vagaron por los muelles de la ciudad baja. El puerto de Orán ha sido construido sobre el mar. Un largo muelle le cubre, y está dividido en ensenadas. El total comprende una superficie de veinticuatro hectáreas.

Si los dos jóvenes no se entusiasmaron con el movimiento comercial que da a Orán el primer puesto entre las ciudades argelinas, el antiguo industrial de Perpignan, manifestó un vivísimo interés. El cargamento de las alfas, que son objeto de una explotación considerable, y que suministran en abundancia los vastos territorios del Sur de la provincia; la expedición de las bestias, de los cereales, del azúcar; el embarco de los minerales extraídos de la región montañosa; todo esto era para agradar al señor Dardentor.

Aseguro a ustedes que pasaría muchos días entre el tumulto de estos negocios. Me encuentro aquí como me encontraba en otra época en mis almacenes repletos de mercancías. No es posible que Orán pueda ofrecer nada más curioso.

-Si no es sus monumentos, su catedral sus mezquitasrespondió Marcel Lornans.

-¡Bah!- dijo Juan Taconnat, queriendo lisonjear los intereses de su padre en perspectiva-, yo no estoy lejos de pensar como el señor Dardentor. Este movimiento es de los más interesantes; esos navíos que entran y salen, esos camiones cargados de mercancías, esas legiones de mandaderos de tipo árabe... Ciertamente que en el interior de la ciudad hay edificios que ver, y nosotros los veremos... Pero este puerto, este mar, esa agua azulada donde se reflejan los mástiles...

Marcel Lornans le lanzó una mirada burlona.

-¡Bravo!- exclamó Clovis Dardentor... - ¡Cuando no hay agua en un paisaje, me parece que falta algo! En mi casa de la plaza de la Loge tengo varios cuadros de excelentes firmas, y siempre está el agua en primer lugar. Sin esto no los compraría.

-¡Lo entiende usted, señor Dardentor!- respondió Marcel Lornans-Así es que vamos a buscar esos sitios en que haya agua. ¿Prefiere usted que sea dulce?

-Poco importa eso, puesto que no se trata de beberla.

-¿Y a ti Juan?

-Tampoco... ¡Con tal que me sirviera para lo que deseo!- respondió Juan Taconnat, mirando a su amigo.

-Pues bien- añadió Marcel Lornans- encontraremos agua; además de que en el puerto, y después del Joanne, hay el torrente de Rehhi, cubierto en parte por el boulevard Oudinot.

Aquella mañana fue empleada en recorrer los muelles del puerto, después de cuya visita el señor Dardentor y los dos parisienses regresaron a la fonda para almorzar. Tras de dos horas dedicadas a la siesta y a la lectura de los periódicos, Clovis Dardentor hizo el siguiente razonamiento, que comunicó a sus jóvenes amigos:

-Lo mejor sería dejar para mañana el paseo por el interior de la ciudad.

-Y ¿por qué?- preguntó Marcel Lornans.

-Porque tal vez los Desirandelle censurarían mi falta. Esta noche como en casa de la señora de Elissane. Desde mañana será otra cosa. Hasta la vista, pues.

Y Clovis Dardentor tomó el camino de la calle del Castillo Viejo.

-Cuando no estoy a su lado- dijo Juan Taconnat-, temo siempre que le suceda alguna desgracia.

-¡Buen corazón!- respondió Marcel Lornans.

Inútil sería insistir en que el señor Dardentor fue recibido con placer vivísimo en casa de la señora de Elissane, y que Luisa, que simpatizaba instintivamente con el excelente hombre, le demostró gran amistad. En cuanto al hijo de los Desirandelle, no estaba allí, pues prefería vagar por fuera, y no aparecía más que a las horas de las comidas. Tomó asiento en la mesa a la derecha de Luisa, pero apenas si la dirigió la palabra. Realmente, el señor Dardentor, sentado junto a ella, no era hombre que dejase languidecer la conversación. Habló de todo: de su departamento, de su ciudad natal, de su viaje a bordo del Argelés, de sus aventuras en Palma, de su galera arrastrada por los caballos desbocados, de su soberbia entrada en la iglesia de Santa Eulalia, de sus jóvenes amigos de veinte años, por más que sólo los conociera de tres días, con lo que se veía en la necesidad de fechar aquella amistad en el año siguiente al del nacimiento de los dos primos.

El resultado fue que Luisa Elissane sintió un secreto deseo de que su madre admitiese en su casa a los dos parisienses, y no pudo contener un gesto de aprobación cuando el señor Dardentor propuso presentarles.

-Se los presentaré a usted, señora de Elissane- dijo-, se los presentaré a usted mañana. Son jóvenes muy apreciables, y no sentirá usted haberlos recibido.

Tal vez la señora de Desirandelle encontró aquella proposición, por lo menos inoportuna. No obstante, la señora de Elissane creyóse en el deber de acceder No tenía nada que rehusar al señor Dardentor.

-¡Nada que rehusarme!- exclamó éste.- Le cojo a usted la palabra, querida señora. Aparte de esto, nunca pido más que cosas razonables. Lo mismo a mí que a los demás..., y se me pueden conceder como yo me las concedo... Pregúnteselo usted al amigo Desirandelle.

-Sin duda- respondió sin mucha convicción el padre de Agatocles.

– Está convenido- añadió el señor Dardentor.- Los señores Marcel Lornans y Juan Taconnat vendrán mañana a pasar la velada aquí... Y a propósito, Desirandelle, será usted de los nuestros para visitar la ciudad desde las nueve hasta el medio día.

-Usted me dispensará, Dardentor. Deseo no abandonar a estas señoras y hacer compañía a nuestra querida Luisa.

-Como usted guste... como usted guste. Lo comprendo. ¡Ah!, señorita Luisa, ¡cuánto la quiere a usted ya esta excelente familia, en la que va usted a entrar!... Y bien, Agatocles, hijo mío, ¿no dices nada? ¿ No encuentras encantadora a Luisa?

Agatocles creyó muy espiritual responder que no decía en voz alta lo que pensaba, y que pensaba que valía más decirlo bajo... En fin, una frase vulgar que nada significaba y en la que se hubiera embrollado de no ayudarle el señor Dardentor.

Y Luisa, que no procuraba ocultar el desencanto que aquel imbécil la producía, miraba al señor Dardentor con ojos asombrados, mientras la señora de Desirandelle decía para animar a su hijo:

-¡Es gentil!

Y el señor Desirandelle:

-¡Y cuánto la quiere!

Evidentemente, Clovis Dardentor procuraba no ver nada. En su opinión, estando decidido el matrimonio era como si se hubiera efectuado, y no concebía que no se efectuara.

Al segundo día, siempre jovial, resplandeciente y dispuesto, Clovis Dardentor, en compañía de los dos parisienses, se encontraba ante su taza de chocolate.

Y antes de nada les comunicó que pasarían juntos la velada en casa de la señora de Elissane.

-Ha tenido usted una excelente idea- respondió Marcel Lornans.- Durante nuestra estancia de guarnición, tendremos al menos una casa agradable que visitar.

-¡Agradable!... ¡Muy agradable! –respondió Clovis Dardentor.- Verdad que después del matrimonio de Luisa...

-Es verdad- respondió Marcel Lornans... - Hay el matrimonio.

-Al que serán ustedes invitados.

-Señor Dardentor- respondió Juan Taconnat-, usted nos confunde. No sé cómo podremos agradecerle... Usted nos trata...

-¡Cómo a hijos! ¿Acaso mi edad no me permitiría ser padre de ustedes?

-¡Ah, señor Dardentor, señor Dardentor!- exclamó Juan Taconnat con acento que indicaba muchas cosas.

Emplearon todo el día en recorrer la ciudad. Pasearon por el paseo de Turín, plantado de hermosos árboles; por el bulevar Oudinot, por la plaza de la Carrera y las del Teatro, de Orleans, de Nemours.

Tuvieron ocasión de observar los diversos tipos de la población de Orán, mezclados con soldados y oficiales, de los que un regular número vestía el uniforme del 7.º de cazadores de África.

-Es muy elegante ese uniforme- repetía Clovis Dardentor.- Les sentará a ustedes admirablemente... Les veo a ustedes ya brillantes oficiales en camino de un buen matrimonio. Decididamente el oficio de soldado es soberbio... cuando se tiene vocación... y pues ustedes la tienen...

-¡Eso está en la sangre!- respondió Juan Taconnat.- ¡Heredamos esto de nuestros abuelos, bravos comerciantes de la calle de Saint- Denis!

Encontraron judíos con traje marroquí, judíos vestidos de telas bordadas en oro, moros paseando su indolencia por las calles llenas de sol; en fin, franceses y francesas.

No hay que decir que Clovis Dardentor se manifestaba entusiasmado por cuanto veía; pero tal vez sentía acrecentarse su interés cuando los azares de la excursión le llevaban ante algún establecimiento industrial, tonelería, fábrica de fideos o de tabaco.

En efecto: ¿por qué no confesarlo? Su admiración se contuvo en los límites moderados en presencia de los monumentos de la ciudad; la catedral, que fue reedificada en 1839, sus tres naves, la Prefectura, el Banco, el teatro, edificios modernos por lo demás.

Respecto a los dos jóvenes, prestaron seria atención a la iglesia de San Andrés; una antigua, mezquita rectangular, cuyas bóvedas reposan sobre los arcos de hierro de la arquitectura morisca, y que termina en un elegante minarete. Esta iglesia, sin embargo, les pareció menos curiosa que la mezquita del Bajá, cuyo pórtico en forma de “koubba” es muy admirado por los artistas. Tal vez se hubiesen detenido más tiempo ante la mezquita de Sidi- el Haouri y sus tres arcadas, si Clovis Dardentor no les hubiera advertido que el tiempo urgía.

Al salir, Marcel Lornans vio en el balcón del minarete un personaje que, armado de un anteojo de larga vista, recorría el horizonte.

-¡Calla!- dijo.- ¡El señor Oriental!.

-¿Cómo? ¿Ese descubridor de estrellas? ¿Ese registrador de planetas?- exclamó Clovis Dardentor.

-El mismo... y su anteojo.

-¡El anteojo podrá ser, pero él no! afirmó Juan Taconnat.- Desde el momento en que no come no es el señor Oriental.

Sí que era el Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar, que seguía al astro radioso en su carrera diurna.

En fin, los señores Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat tenían gran necesidad de descanso cuando entraron en la fonda a la hora de la comida.

Patricio, aprovechándose, sin abusar, de la licencia de su amo, había vagado metódicamente por las calles, no creyéndose obligado a verlo todo en un solo día, y enriqueciendo su memoria con preciosos recuerdos.

Así es que se permitió censurar la conducta de su amo, que, en su opinión, no demostraba la necesaria moderación en sus actos, arriesgando fatigarse. Obtuvo por respuesta que la fatiga no hacía presa en un natural de los Pirineos Orientales, el que le envió a la cama. Lo que hizo el sirviente a eso de las nueve, no metafóricamente, sino de un modo material, después de encantar con sus perfectos modales a la gente de la cocina.

A dicha hora el señor Dardentor y los dos primos llegaban a la casa de la calle del Castillo Viejo. Las familias Desirandelle y Elissane se encontraban en el salón. Presentados por Clovis, Dardentor, Marcel Lornans y Juan Taconnat fueron recibidos con gran amabilidad.

La velada fue una de tantas veladas burguesas: una ocasión de hablar, de tomar una taza de té y hacer un poco de música. Luisa Elissane tocaba el piano con exquisito gusto y con verdadero sentimiento artístico. Y ¡lo que es la casualidad! Marcel Lornans poseía, para emplear la palabra al uso, una buena voz; de forma que los dos jóvenes pudieron ejecutar algunos trozos de una partitura nueva.

Clovis Dardentor adoraba la música, y la escuchaba con ese fervor inconsciente de las personas que no la entienden gran cosa. Basta que les entre por un oído y les salga por otro, y no está demostrado que su cerebro sufra impresión. No obstante, Clovis Dardentor cumplimentó, aplaudió con entusiasmo meridional.

-¡Dos talentos que se casan, lindamente!- ,concluyó.

Sonrisa de la joven pianista, ligera confusión del cantante, fruncimiento de ceño de los señores Desirandelle. En verdad, su amigo no era muy acertado en la elección de sus frases, y la última estaba fuera de tono en aquellas circunstancias.

En efecto: en Agatocles no había nada que casar, ni talento, ni gracia, ni persona aun tratándose de un matrimonio de conveniencia, como Juan Taconnat pensaba.

Hablóse del paseo que el señor Dardentor y los dos parisienses habían dado por la ciudad. Luisa Elissane, muy instruida, respondió sin pedantería a algunas preguntas que la hicieron: la ocupación de los árabes durante tres siglos, la toma de posesión de Orán por Francia hacía sesenta años, su comercio, que le da el primer lugar entre las ciudades argelinas.

-Pero- añadió la joven- nuestra ciudad no ha sido siempre dichosa, y su historia es fecunda en calamidades. Después de los ataques musulmanes, los siniestros naturales. También el temblor de tierra de 1790 la ha casi destruido...

Juan Taconnat prestó oído.

-Y- continuó la joven- después de los incendios que este siniestro ocasionó, fue entrada a saco por los turcos y los árabes. Su tranquilidad no data más que desde la dominación francesa.

Juan Taconnat pensó:

-¡Temblores de tierra, incendios, ataques!... Vamos... ¡Llego con cien años de tardanza!... Y diga usted, señorita, ¿se experimentan aún esas sacudidas?

-No, señor- respondió Luisa.

-¡Es una lástima!

-¿Cómo... una lástima?- exclamó el señor Desirandelle.- ¿Le son a usted precisos temblores de tierra, cataclismos de ese género, caballero?

-No hablemos más de eso- dijo secamente la señora Desirandelle, pues acabaré por volver a sentir el mareo. Estamos en tierra firme; ¡basta con los balanceos de los barcos, sin que las ciudades se muevan!

Marcel Lornans, al oír la reflexión de la señora, no pudo menos de sonreír.

-Siento haber hablado de esos recuerdos- dijo Luisa-, puesto que la señora Desirandelle se ha impresionado.

-¡Oh, hija mía- respondió el señor Desirandelle-, no se la reprocha a usted!

-Y además- exclamó el señor Dardentor-, si sobreviniese un temblor, de tierra yo sabría destruir sus efectos... Un pie aquí, otro aquí, como el coloso de Rodas, y nada se menearía.

Y Clovis, con las piernas separadas, hacía temblar el piso con sus botas, presto a luchar contra toda conmoción del suelo africano. De su boca abierta salió una tan estrepitosa carcajada que todo el mundo tomó parte en su hilaridad.

Llegada la hora de retirarse, separáronse, no sin que las dos familias se diesen cita para el día siguiente, a fin de visitar la Kasbah. Al entrar en la fonda, Marcel Lornans, muy pensativo, se decía que un alistamiento en el 7º de cazadores no era tal vez el ideal de la dicha aquí abajo.

Al día siguiente por la mañana, las familias Elissane y Desirandelle, el señor Dardentor y los dos parisienses recorrían las sinuosidades de la antigua Kasbah de Orán, ahora un vulgar cuartel que comunica por dos puertas con la ciudad. Después prolongóse el paseo hasta el pueblo de los Djalis, justamente considerado como una de las curiosidades de Orán. Durante esta excursión, la casualidad, ¡oh!, la casualidad solamente hizo que Luisa conversara muy gustosa con Marcel Lornans, con vivo descontento de la señora de Desirandelle.

Por la noche, Clovis Dardentor convidó a comer a «toda la compañía» Una comida magnífica dirigida por Patricio, muy entendido en esa materia.

La señorita Elissane agradó extraordinariamente a aquel gentleman de librea, que reconoció en ella una persona de rara distinción.

Transcurrieron varios días, y la situación respectiva de los huéspedes de la casa del Castillo Viejo no tendía a modificarse.

Varias veces la señora de Elissane había hablado a su hija respecto a Agatocles. Como mujer positiva, hacía valer las ventajas presentadas por las dos familias; Evitaba Luisa responder a las insinuaciones de su madre, la que a su vez no sabía que responder a las de la señora de Desirandelle.

Y adviértase que ésta espoleaba de continuo a su hijo.

-¡Sé más vivo!- le repetía diez veces por día.- Se procura dejarte junto a Luisa, y estoy segura que permaneces a su lado mirando al través de los cristales en lugar de cumplimentarla.

-Pero si yo hablo.

-Sí, mueves y remueves la lengua, y no pronuncias diez palabras en diez minutos.

-¡Diez minutos!... es mucho.

-¡Pero piensa en tu porvenir, hijo mío!- añadía la madre sacudiéndole por un brazo.- Se trata de un matrimonio que debía marchar como sobre ruedas, puesto que las dos familias están de acuerdo, y, sin embargo, no está arreglado más que a medias.

-Sí, puesto que yo he dado mi consentimiento- respondía inocentemente Agatocles.

-No, puesto que Luisa no ha dado el suyo- replicaba la señora de Desirandelle.

Y las cosas no avanzaban; y aunque el señor Dardentor se mezclaba en ellas alguna vez, no conseguía sacar chispa del mozo.

-¡Es una piedra mojada en vez de un pedernal presto a hacer fuego!- pensaba.- Sin embargo, bastaría una ocasión. Verdad que en esta casa tan apacible...

No es faltando el paso como se sube al asalto. Además, las distracciones cuotidianas comenzaban a faltar. La ciudad había sido visitada hasta sus últimos barrios. Al presente el señor Dardentor sabía de ella tanto como el erudito Presidente de la Sociedad Geográfica de Orán, la más importante de la región argelina. Y al mismo tiempo que se desesperaban los Desirandelle, desesperábase no menos Juan Taconnat en aquella ciudad bien cimentada, cuyo inquebrantable suelo gozaba de un reposo absoluto que no dejaba hacer nada.

Por fortuna, Clovis Dardentor tuvo una idea, una idea tal como se podía esperar de semejante hombre.

La Compañía de los Caminos de Hierro argelinos acababa de anunciar un viaje circular, a precios reducidos, al Sur de la provincia de Orán. Había para tentar a los más perezosos. Se partía por una línea y se volvía por otra. Entre las dos, cien leguas que atravesar por un país soberbio, en unos quince días muy bien empleados.

Sobre los carteles multicolores de la Compañía destacábase un mapa de la región atravesado por una gruesa línea en ziszás. Por camino de hierro se iba a Tlelat, a Saint- Denis del Sig, a Perregaux, a Mascara, a Saida. De aquí, en carruaje o en caravana, se visitaba Daya, Magenta, Sebdou, Tlemcen, Lamoricière, Sidi- bel- Abbes. En fin, por camino de hierro se volvía de Sidi- bel- Abbes a Orán.

Pues bien: la idea de este viaje produjo en Clovis Dardentor el entusiasmo que caracterizaba los actos más insignificantes de este hombre extraordinario. Los Desirandelle aceptaron sin dificultad el proyecto. Los azares del camino, la vida en común, los servicios que prestar; ¡qué de ocasiones que Agatocles aprovecharía para agradar a la encantadora Luisa!

La señora de Elissane se hizo rogar un poco. El viaje la asustaba, y después, esto y aquello. Pero ¿ quién era capaz de resistir al Sr. Dardentor? La excelente señora le había dicho que no podía rehusarle nada, y él se lo recordó en el momento oportuno. En fin, su argumentación fue decisiva. Durante aquella excursión, Agatocles se revelaría bajo un nuevo aspecto. La señorita Luisa le apreciaría en su valor y el matrimonio se efectuaría al regreso.

-Y- preguntó la señora de Elissane- ¿serán de la partida los señores Lornans y Taconnat?

-¡No, por desgracia!- respondió el señor Dardentor.- Dentro de algunos días deben alistarse, y esto les retrasaría demasiado.

La señora de Elissane pareció satisfecha.

Pero después del de la madre, preciso era obtener el consentimiento de la hija.

Gran trabajo le costó al señor Dardentor. La joven experimentaba gran repugnancia por aquel viaje, durante el cual había de estar en contacto continuo con la familia de Desirandelle.

Al menos en Orán las ausencias de Agatocles eran frecuentes. No se le veía más que a las horas de las comidas, las únicas durante las que abría seriamente la boca... y no para hablar. En el vagón, en el carruaje, en la caravana, estaría siempre allí. Siempre allí; perspectiva que no era para agradar a Luisa. Disgustábala el mozo, y tal vez hubiera obrado cuerdamente declarando a su madre que jamás consentiría en casarse con él. Pero conocía a aquella mujer resuelta, tenaz, poco dispuesta a abandonar sus proyectos. Realmente, lo mejor era esperar a que la buena señora llegase a conocer por sí misma la nulidad del pretendiente.

El señor Dardentor desplegó una elocuencia irresistible. Procedía de buena fe, imaginando que el viaje daría ocasión en provecho del heredero de los Desirandelle, y esperaba que el deseo de sus antiguos amigos acabaría por realizarse. ¡Qué disgusto más grande para ellos si no lo conseguían!... Aunque esto no fuera cosa que pudiera conmover a la joven, Clovis obtuvo al fin de ella la promesa de ocuparse en los preparativos de la partida.

-¡Me lo agradecerá usted más tarde!- le repetía.- ¡Me lo agradecerá usted!

Patricio, al corriente de lo que se trataba, no ocultó a su amo que aquel viaje no merecía su completa aprobación. Habría, sin duda, otros turistas, no se sabía quiénes; habría que vivir en común, y tal promiscuidad, etc., etc.

Su amo le ordenó que tuviera dispuestos los equipajes para la noche del 10 de Mayo, en cuarenta y ocho horas.

Cuando el señor Dardentor hizo conocer a los dos jóvenes la resolución tomada por las familias Elissane y Desirandelle, así como por él mismo, apresuróse a manifestarles su disgusto ¡oh!, muy vivo, muy sincero, de que ellos no pudiesen acompañarles. Con ellos se completaría el encanto de aquella «caravana en común», tales fueron sus palabras, durante algunas semanas al través de la provincia de Orán.

Marcel Lornans y Juan Taconnat mostraron también su disgusto, no menos sincero y vivo; pero ya habían transcurrido diez días desde su llegada a Orán, y era hora de que regularizaran su situación.

No obstante, he aquí las preguntas y respuestas que los dos primos cambiaron al siguiente día, víspera de la proyectada partida, después de haberse despedido del señor Clovis Dardentor.

-¿Qué hay, Juan?

-¿Qué hay, Marcel?

-Pues que un retraso de dos semanas...

-¿Duraría más de quince días? Creo que no, ni aun en Argelia.

-Si partiésemos con el señor Dardentor...

-¡Partir, Marcel! ¿ Eres tú el que me hace esa proposición? ¿Tú, que no me has concedido más que quince días para mis pruebas de salvamento?

-Sí... Juan... La verdad es que tú... aquí... en esta población tan tranquila... nada conseguirás... Mientras que en ese viaje circular... ¿quién sabe? Habrá ocasiones...

-Sí, Marcel. Se pueden encontrar. El agua, el fuego, el combate sobre todo. ¿Y esa idea ha nacido para buscarme ocasiones nada más?

-¡Sólo por eso!- respondió Marcel Lornans.

-¡Farsante!- respondió Juan Taconnat.

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