Clovis Dardentor

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EN EL QUE SE OFRECE UNA PRIMERA Y FORMAL OCASIÓN EN EL CAMINO DE HIERRO DE ORÁN A SAIDA.

El viaje organizado por la Compañía de ferrocarriles argelinos era para agradar a los turistas de Orán. Así es que el público aceptó con gusto aquel itinerario de seiscientos cincuenta kilómetros al través de la provincia, o sea trescientos en vagón y trescientos cincuenta en carruajes u otros medios de transporte entre Saida, Daya, Sebdou, Tlemcen y Sidi- bel- Abbes. Como se ve, un simple paseo que los aficionados podían efectuar a su elección desde Mayo a Octubre, es decir, durante los meses del año en que no son sensibles las variaciones atmosféricas.

Además, conviene insistir en ello, no se trataba de ninguno de esos viajes económicos de las agencias Lubin, Cook, u otras que sujetan al viajero a un itinerario imperioso y le obligan a visitar en el mismo día y a la misma hora las mismas ciudades y los mismos monumentos, programa molesto que se había procurado evitar. No, y Patricio se engañaba en esto. Ninguna obligación, ninguna promiscuidad. Los billetes eran valederos para toda la buena época. Se partía cuando se quería, y cada uno se detenía a su gusto. De esta facultad común a todos, resultó que la expedición del 10 de Mayo no se componía más que de unos treinta excursionistas. El itinerario había sido elegido cuidadosamente. De las tres subprefecturas que posee Orán, Mostaganem, Tlemcen y Mascara, dicho itinerario atravesaba las dos últimas, y de las subdivisiones militares, Mostaganem, Saida, Orán, Mascara, Tlemcen y Sidi- belAbbes, se comprendían tres. En estos límites, la provincia que limita al N. el Mediterráneo, al E. el departamento de Argel, al O. el Maroc, y el Sahara al S., presenta aspectos variados, montañas de una altura superior a mil metros, bosques cuya superficie total no es inferior a cuatrocientas mil hectáreas, lagos, ríos, el Macta, el Habra, el Chelif, el Mekena y el Sig. Si la caravana no recorría toda la provincia, por lo menos visitaría los más hermosos territorios.

Aquel día Clovis Dardentor no faltó al tren, como había faltado a la salida del paquebote. Antes que ninguno estaba en la estación. Iniciador del viaje, cumplía con su deber adelantándose a sus compañeros, los que estaban de acuerdo en ver en él al jefe de la expedición.

Frío y silencioso, Patricio estaba junto a su amo, en espera de los equipajes que debía facturar, equipajes no muy molestos. Algunas maletas; algunos sacos y mantas; nada más que lo preciso.

Eran ya las ocho y media, y el tren partía a las nueve y cinco.

-Y bien- exclamó Dardentor.- ¿En qué piensa nuestra smala que no asoma la nariz?

Por encontrarse en país árabe, Patricio aceptó aquella palabra indígena, y respondió que veía un grupo que se acercaba a la estación.

Era la familia de Desirandelle con la señora y la señorita Elissane. Dardentor les saludó cordialmente. ¡Se consideraba tan feliz con que sus antiguos amigos de Francia y sus nuevos amigos de África hubieran aceptado su proposición! A creerle, aquel viaje les dejaría recuerdos imperecederos. La señora de Elissane parecíale que gozaba de excelente salud aquella mañana. La señorita Luisa estaba deliciosa con su traje de turista. ¡Que nadie se molestase en buscar sitio! Esto era cosa suya. Él tomaría billetes para todos. Después arreglarían cuentas. Respecto a los equipajes, era este asunto de la incumbencia de Patricio. Se podía confiar en el minucioso cuidado que ponía en sus actos más insignificantes. En lo que se refiere a él, a Dardentor, de todo su ser brotaba como una fuente de buen humor.

Las dos familias entraron en la sala de espera, abandonando a Patricio algunos bultos que no deseaban llevar en el vagón. Lo mejor sería dejarles en consigna durante las paradas en Saint- Denis del Sig, en Mascara, hasta la llegada a la estación de Saida.

Después de suplicar a la señora de Desirandelle y a Agatocles que permaneciesen con la señora de Elissane y Luisa, Clovis Dardentor, con paso ligero- un silfo-, y el señor Desirandelle con paso pesado- un paquidermo-, se colocaron ante el despacho en que se expendían los billetes circulares. Unos veinte, viajeros impacientes formaban cola.

Y entre ellos, ¿a quién vio primero el señor Desirandelle? Al señor Eustache Oriental en persona, al Presidente de la Sociedad Astronómica de Montelimar, con su inseparable anteojo en banderola. ¡Sí! Aquel original se había dejado seducir por el incentivo de un viaje de quince días a precios reducidos.

-¡Cómo!- murmuró el señor Dardentor.- ¡También va él! Será preciso procurar que no ocupe el mejor sitio en la mesa, ni se sirva los mejores trozos. ¡Qué diablo! ¡Las señoras ante todo!

No obstante, cuando el señor Oriental y el señor Dardentor se encontraron ante la ventanilla del despacho, creyeron deber cambiar una inclinación de cabeza. El señor Dardentor tomó seis billetes de primera clase para la familia Desirandelle, la familia Elissane y él, y otro de segunda para Patricio, qué no hubiese aceptado viajar en tercera.

Casi en seguida sonó la campana, abriéronse las puertas de la sala de espera, y los viajeros afluyeron todos al andén en que esperaba el tren

Los pasajeros son bastante numerosos en este tren directo de Orán a Argelia, que, como de ordinario, no se componía más que de una media docena de carruajes. Por lo demás, los turistas debían abandonarle en Perregaux a fin de tomar la vía férrea que baja hacia el Sur, en dirección de Saida.

Seis personas no encuentran fácilmente asiento en un mismo departamento cuando hay afluencia de viajeros. Por fortuna, Clovis Dardentor, fácil para dar propinas, consiguió, gracias al celo de un empleado, acomodarse con sus compañeros en un departamento cuyos dos sitios sobrantes estuvieron ocupados en seguida. Así, pues, quedó completo. Acomodáronse las señoras y caballeros. Conviene advertir que Clovis Dardentor estaba frente a Luisa Elissane, y que ambos ocupaban los ángulos de aquel lado del vagón.

Al Sr. Oriental no se le había vuelto a ver, ni esto inquietaba a nadie. Debía de haber subido al primer vagón, y seguramente se vería su anteojo saliendo por la ventanilla.

Aquella parte del trayecto es de unos setenta kilómetros, entre Orán y Saint Denis del Sig, sitio en que el indicador marcaba la primera parada. A las nueve y cinco en punto, señal del jefe, ruido de las portezuelas al cerrarse, silbido estridente de la locomotora y trepidación del tren al pasar por las placas giratorias.

Al salir de la capital de Orán, lo que primeramente llama la atención del viajero es un cementerio y un hospital situados a la derecha de la vía; dos edificios del que el uno es complemento del otro y cuyo aspecto no tiene nada de recreativo; a la derecha una serie de almacenes más allá aparece la verde campiña, de más alegre aspecto.

Este era el paisaje que se ofrecía a las miradas del señor Dardentor y de su graciosa vecina. Seis kilómetros más allá y costeado el lago Morselli, detúvose el tren en la estación de la Senia. A decir verdad apenas si puede distinguirse el pueblo situado a mil doscientos metros en el punto en que se bifurca el camino departamental de Orán a Mascara.

Cinco kilómetros más allá, después de haber dejado a la derecha el antiguo fuerte de Abd- el- Kader, hubo una parada en la estación de Valmy, donde la línea férrea corta el camino indicado.

A la izquierda se extiende un ancho segmento del lago de Sebgha, cuya altura llega a cerca de noventa y dos metros sobre el nivel del mar.

Desde sus asientos, Clovis Dardentor y Luisa no vieron aquel lago más que imperfectamente. En todo caso, y por vasto que sea, no hubiera obtenido más que una desdeñosa mirada de Juan Taconnat, pues sus aguas se encontraban ya muy bajas en aquella época, y no tardarían en secarse por completo a los ardores de la estación cálida.

Hasta entonces la dirección de la línea había sido SE., pero cambióse cerca del pueblo de Tlélat, donde pronto llegó el tren.

Clovis Dardentor se había provisto de un plano de tela a pliegues rectangulares, que comprendía el itinerario del viaje, cosa que no era para asombrar tratándose de un hombre tan práctico.

Dirigiéndose a sus compañeros dijo:

-Aquí se une la línea de Sidi- bel- Abbes, que nos volverá a Orán al regreso de nuestra excursión.

-Pero- preguntó el señor Desirandelle-, ¿acaso esta línea no se prolonga hasta Tlemcen?

-Debe prolongarse después de bifurcarse en Boukhanefes, pero no está aún terminada.

-Es fastidioso- dijo la señora de Elissane.- Si hubiéramos podido...

-¡Bondad divina, mi querida señora!- exclamó Clovis Dardentor.- Eso hubiera sido suprimir nuestro camino en caravana. Desde el interior de un vagón poco es lo que se ve... ¡Así es que estoy deseando llegar a Saida! ¿No piensa usted así, señorita Luisa?

¿Cómo no había de ser la joven de la opinión del señor Dardentor?

A partir de Tlélat, el camino de hierro se dirigió directamente hacia el E., atravesando los arroyos sinuosos y murmuradores tributarios del Sig. Descendió el tren hacia Saint- Denis, después de franquear el río Macta, que va a arrojarse en una vasta bahía entre Arzeu y Mostaganem.

Los viajeros llegaron a Saint- Denis a las once y algunos minutos; la mayor parte se apeó de los vagones.

El programa particular del señor Dardentor indicaba un día y una noche pasados en aquel pueblo, del que se partiría al día siguiente a las diez. Como sus compañeros dejaban a su cargo los detalles del viaje, estaba decidido a seguir punto por punto su divisa: transire videndo.

Clovis fue el primero que abandonó el vagón, no dudando que sería seguido por Agatocles, y que éste se apresuraría a ofrecer la mano a Luisa. Pero el deplorable joven fue adelantado por Luisa, que con ayuda de Dardentor descendió rápidamente.

-¡Ah!- dijo ella, dejando escapar un débil grito al volverse.

-¿Se ha hecho usted daño, señorita?- preguntó Dardentor.

-No... no... - respondió Luisa.- Muchas gracias... Pero creí que...

-¿Qué?...

-Yo creía que los señores Lornans y Taconnat no formaban parte de la expedición.

-¡Ellos!- exclamó Dardentor con voz recia.

Y dando una vuelta, se encontró en presencia de sus amigos, a los que abrió los brazos, mientras los jóvenes saludaban a la señora de Elissane y a su hija.

-¡Ustedes!... ¡Ustedes!...- repetía.

-¡Nosotros!- respondió Juan Taconnat.

-¿Y el alistamiento al 7.º de cazadores?

-Hemos pensado que disponíamos de quince días... y con objeto de aprovecharlos... - dijo Marcel.

-Nos ha parecido que un viaje circular... - añadió Juan.

-¡Ah! ¡Excelente idea!- exclamó Dardentor.- Y ¡qué alegría nos produce a todos!

¿A todos? Era mucho decir... Sin hablar de Luisa, ¿qué efecto producía el incidente a la señora de Elissane y a los Desirandelle?

Muy malo. De forma que los saludos que con los dos parisienses cambiaron fueron muy fríos. Respecto a Clovis, no había duda que procedía de buena fe cuando dijo a la señora de Elissane que ni Marcel Lornans ni Juan Taconnat les acompañarían... Pero tal vez se mostraba satisfecho en demasía.

-¡Ha sido una inspiración!- exclamó.

-Cuando llegamos a la estación, el tren iba a partir- dijo Juan Taconnat. Me había costado trabajo decidir a Marcel..., a menos que no haya sido él quien haya luchado para decidirme. En suma, vacilaciones hasta última hora.

En fin, Clovis Dardentor y su smala estaban en SaintDenis del Sig, la primera etapa del viaje, y los dos jóvenes fueron admitidos en la caravana. En el momento era preciso buscar una fonda donde almorzar, comer y dormir de modo conveniente... No se separarían, no habría dos grupos: el grupo Dardentor y el grupo Lornans- Taconnat. No.

Esta resolución alegró a unos y desagradó a otros; pero nadie manifestó sus impresiones.

-Decididamente- murmuró Juan Taconnat-, este hombre tiene para nosotros entrañas de padre.

De haber desembarcado los turistas en Saint- Denis del Sig cuatro días antes- el domingo, en vez del miércoles-, hubieran encontrado algunos millares de árabes, y por ser día de mercado, la cuestión de la fonda se habría resuelto con menos facilidad. De ordinario, la población de aquel punto se reduce a seis mil habitantes, cuya quinta parte es de origen judío, más cuatro mil extranjeros.

En la fonda se almorzó alegremente, con alegría inmensa, de la que Dardentor hizo el mayor gasto. Con la idea de llegar poco a poco a una franca intimidad con sus compañeros de viaje, los dos parisienses se mantuvieron en una discreta reserva.

-Vamos... no les conozco a ustedes- observó Dardentor.- El viaje les ha transformado... Ustedes... tan alegres.

-Es efecto de la edad- respondió Juan.- No somos tan jóvenes como usted.

-¡Ah!... Y ahora que recuerdo... No he visto al señor Oriental en la estación.

-¿Es que ese personaje planetario iba en el tren?- preguntó Marcel.

-Sí..., e indudablemente habrá continuado hacia Saida.

-¡Diablo!...- dijo Juan.- Un hombre de su especie va a devorarlo todo a su paso.

Terminado el almuerzo, y como no se debía partir hasta la mañana del siguiente día, convinieron en dedicar el día a visitar a Saint- Denis del Sig. Estos pueblos argelinos se parecen extremadamente a las capitales de cantón de la madre patria, y nada falta en ellos, ni comisario de policía, ni juez de paz, ni notario, ni recaudador de contribuciones, ni gendarmes.

Saint- Denis del Sig posee algunas calles bastantes bellas, plazas regularmente trazadas, excelentes plantaciones, plátanos sobre todo, una bonita iglesia de ese estilo gótico del siglo XII. En realidad, sus alrededores son los que merecen la atención de los turistas.

Pasearon, pues, por los alrededores. El señor Dardentor hizo admirar a aquellas señoras que por nada se interesaban, y a los dos primos, cuya imaginación estaba en otra parteprobablemente en el porvenir-, tierras de excepcional fertilidad, soberbias viñas, que tapizaban el macizo abandonado, sobre el que se apoya el pueblo, especie de fortaleza natural fácil de defender. Nuestro héroe pertenecía a esa categoría de gentes que se admiran únicamente porque no están en su casa, y a los que no se debe confiar la redacción de una Guía de viajeros.

El paseo fue favorecido por un buen tiempo. Se subió por el río Sig hasta el punto en que las aguas refluyen sobre cuatro kilómetros, y cuya cabida es de catorce millones de metros cúbicos, destinados al riego de los cultivos industriales. Alguna vez ha cedido, y cederá más; pero los ingenieros vigilan, y desde el momento en que vigilan los representantes de este docto cuerpo... nada hay que temer... según ellos.

Después de tal excursión, la excusa del cansancio era muy admisible. Así es que, cuando Clovis Dardentor habló de una visita que exigiría una caminata de algunas horas, la señora de Elissane y la de Desirandelle, a la que creyó deber unirse su marido, pidieron compasión.

Luisa les debía acompañar a la fonda bajo la protección de Agatocles.

¡Qué ocasión para que el pretendiente ofreciera el brazo a su futura, de no estar amputado de los dos... en lo moral, se entiende!

Marcel Lornans y Juan Taconnat hubieran deseado regresar con las señoras, pero les fue preciso resignarse a seguir al señor Dardentor.

Habíasele a éste puesto en la cabeza ir a visitar, a ocho kilómetros de allí, una granja de dos mil hectáreas, la Unión del Sig, cuyo origen falansteriano remonta al año 1844. Por fortuna, el trayecto pudo efectuarse en mulas sin gran retraso ni fatiga. Al atravesar aquel campo rico y tranquilo, Juan Taconnat dijo:

– ¡Esto es desesperante! Hace sesenta y cuatro años, cuando la gente se batía para tomar posesión de la provincia de Orán, tal vez hubiera yo podido...

En fin, ninguna ocasión de salvamento se había presentado cuando los tres regresaron a la fonda para comer... La velada no se prolongó mucho tiempo. A las nueve, cada uno se fue a su cuarto. Agatocles, que no soñaba jamás, no soñó con Luisa, y Luisa, que tenía sueños deliciosos... no soñó con Agatocles.

Al día siguiente, a las ocho, Patricio llamó a todas las puertas con golpes discretos. Obedecióse a la señal del puntual criado y se tomó un desayuno de café o chocolate, según el gusto de cada cual. Pagóse la cuenta de la fonda, y todos, pedestremente, se dirigieron a la estación.

Esta vez el señor Dardentor y sus compañeros ocuparon un departamento para efectuar el corto trayecto entre Saint Denis del Sig y la estación del Perregaux.

Tras una breve parada en Mocta-Douz, aldea europea situada a diez y siete kilómetros de Saint Denis, detúvose el tren ocho kilómetros más allá.

Perregaux, simple aldea de tres mil habitantes, de los que mil doscientos son indígenas, es regada por el Habra, en el centro de una planicie de treinta y seis mil hectáreas de una fecundidad maravillosa.

En este punto se cruzan el camino de hierro de Orán a Argel y el de Arzeu, puerto de la costa septentrional que desciende hasta Saida.

Trazado de Norte a Sur al través de la provincia, y sirviendo a los inmensos terrenos en que se recoge el alfa, se prolongará hasta Ain-Safra, casi la frontera marroquí.

Los turistas tuvieron, pues, que cambiar de tren en esta estación, y veintiún kilómetros más allá detuviéronse en Crève- Cæur.

En efecto: la línea de Arzeu a Saida deja a Mascara a la derecha. Quemar, como se dice a esta capital, tal vez hubiera correspondido al estado de ánimo de Juan Taconnat en busca de incendios. Pero Clovis Dardentor hubiera protestado, pues el programa circular comprendía a Mascara. Para los veinte kilómetros que había que andar, los coches preparados por la Compañía esperaban ante la estación a disposición de los turistas.

El mismo ómnibus recibió a la sociedad Dardentor, y la casualidad hizo que Marcel Lornans ocupase el asiento junto al de Luisa. Jamás veinte kilómetros le parecieron tan cortos, no obstante la lentitud con que caminó el ómnibus, por la razón de que el camino sube hasta la curva ciento treinta y cinco metros sobre el nivel del mar.

En fin, corto o no, a las tres horas y media se terminó el viaje. Conforme al plan adoptado, los viajeros debían pasar en Mascara la noche del 11 y el día 12, y partir para Saida.

-¿Por qué no tomamos el tren esta noche?- preguntó la señora de Elissane.

-¡Oh, querida señora!- respondió Dardentor... - No lo querrá usted, y si lo quiere y yo tuviera la debilidad de obedecerla, me lo reprocharía usted toda la vida.

-Madre- dijo Luisa riendo-, ¿podrías exponer al señor Dardentor a tan largos reproches?

-Y tan justificados- añadió Marcel Lornans, cuya intervención pareció complacer a la señorita Elissane.

-¡Sí, justificados!- respondió el señor Dardentor-, pues Mascara es una de las más lindas ciudades de Argel, y no será perdido el tiempo que la consagremos. Yo quiero que el lobo me coma desde la nuca al lomo...

-¡Hum!- dijo Patricio.

-¿Estás constipado?- le preguntó su amo.

-No... He querido cazar a tiempo el lobo del señor.

-¡Animal!

En fin, la caravana se avino a los deseos de su jefe.

Mascara es una ciudad fuerte. Acostada sobre la vertiente meridional de la primera cordillera del Atlas, al pie de Chareber- Rih, domina la espaciosa llanura de Eghris. Tres ríos afluyen a ella: el Oued- Toudman, el Ain- Beida y el Ben- Arrach. Conquistada en 1835 por el Duque de Orleans y el mariscal Clauset, y abandonada casi en seguida, no fue reconquistada hasta 1.841 por los generales Bugeaud y Lamoricière.

Antes de comer, los turistas pudieron reconocer que el señor Clovis Dardentor no había exagerado. Mascara está en una posición deliciosa, entre dos colinas, por las que corre el Oued- Toudman. Pasearon por sus cinco barrios, de los que cuatro están rodeados por un boulevard plantado de árboles, y por la dicha muralla de seis puertas defendida por diez torres y ocho baluartes. Al cabo los viajeros se detuvieron en la Plaza de Armas.

-¡Qué fenómeno!- exclamó el señor Dardentor, plantándose con las piernas separadas y los brazos en alto ante un árbol enorme de doscientos o trescientos años.

-¡El solo forma un bosque!- respondió Marcel Lornans.

Era un moral que merecía tener su leyenda, y sobre el que sin abatirle han pasado varios siglos.

Clovis Dardentor le arrancó una hoja.

-¡El primer traje de los elegantes del Paraíso terrenal! dijo Juan Taconnat.

-¡Y que se confecciona sin modistas!- añadió Dardentor.

En fin, una excelente y copiosa comida devolvió las fuerzas a los turistas. No se escatimó ese vino de Mascara, que ocupa un sitio privilegiado en las bodegas de los aficionados verdaderos. Después, como la víspera, las señoras se retiraron temprano. No se les exigía que permaneciesen en pie hasta el alba. A los señores Desirandelle, padre e hijo, se les pegaban las sábanas. Se les vería a la hora del almuerzo.

La tarde sería dedicada a los principales edificios de la ciudad en una visita en común.

En consecuencia de este plan, al día siguiente, a las ocho, los tres inseparables estaban en el barrio del comercio. Los antiguos instintos de negociante o industrial habían atraído al tonelero, excitado por el burlón de Taconnat, con gran disgusto de Marcel, al que los molinos de aceite y harina, y las fábricas indígenas no interesaban gran cosa. ¡Ah! ¡Si la señorita Elissane hubiera sido confiada a los paternales cuidados del señor Dardentor! Pero no estaba allí, y a aquella hora apenas si empezaban a abrirse sus lindos párpados.

Durante el paseo por las calles de aquel barrio,, Clovis Dardentor hizo algunas compras, entre ellas un par de zerdanis, con los que contaba vestirse en oportuna ocasión como los árabes del África de Sur.

Al mediodía, reconstitución de la sociedad y visita a las tres mezquitas de la ciudad; la primera, la de Ain- Beida, que data de 1761, y en la que Abd- el- Kader predicaba la guerra santa; la segunda transformada en iglesia para la fabricación del pan del alma; la tercera en tahona para la fabricación del pan del cuerpo (textual de Juan Taconnat). Después de la plaza de Gambetta, adornada con elegante fuente de pilón de mármol blanco, visitaron sucesivamente el Beylik, que es un antiguo palacio de arquitectura árabe; la oficina árabe, de construcción morisca; el jardín público y sus plantaciones de olivos e higueras, con cuyas frutas hacen una especie de torta, de la que Clovis Dardentor se hizo servir en la comida, declarándola excelente, y Juan Taconnat de excelentísima.

A las ocho el ómnibus recogió sus viajeros y abandonó a Mascara.

Esta vez el vehículo, en lugar de volver a Crive- Cæur, subió hacia la estación de Tizi, atravesando la llanura de Eghris, cuyas viñas producen un vino blanco de gran fama.

El tren partía a las once. Aquella noche, aunque Clovis Dardentor sembrara las monedas de cuarenta sueldos al paso de los empleados, se produjo la división de su gente.

En efecto: el tren, compuesto de cuatro coches, estaba casi lleno. De aquí que la señora de Desirandelle, la de Elissane y su hija no pudieron encontrar sitio más que en el reservado de señoras, ya ocupado por dos viejas. El señor Desirandelle intentó que se le admitiera en el mismo departamento; pero bajo la reclamación de las dos irreductibles viajeras, que su edad hacía feroces, tuvo que desistir.

Clovis Dardentor le hizo subir con él al departamento de fumadores, refunfuñando:

-¡Qué Compañías! ¡En África se es tan estúpido como en Europa! ¡Economía en los coches, sin hablar de las economías de empleados!

Como en aquel departamento había ya cinco viajeros, quedaba sólo un sitio vacante, instalados los señores Desirandelle y Dardentor.

-¡Por mi fe!- dijo Juan Taconnat a su primo.- Prefiero ir con él.

No tenía Marcel Lornans necesidad de preguntar a quién se aplicaba aquel pronombre personal, y riendo respondió:

-Tienes razón... Sube... No se sabe lo que puede suceder.

En cuanto a él, no le disgustaba ir a un carruaje menos ocupado, donde podría soñar a su gusto. El último del tren contenía tres viajeros solamente, y ocupó un sitio en él.

La noche era obscura, sin luna ni estrellas, el horizonte brumoso. Por lo demás, el país no ofrecía nada de curioso por aquella parte, que atraviesan los territorios de colonización. Sólo granjas, envueltas entre la bruma.

Marcel Lornans, reclinado en su rincón, se abandonó a esos sueños que se tienen sin dormir. Pensaba en Luisa Elissane, en el encanto de su conversación, en las gracias de su persona. ¡No era posible que se casase con Agatocles! ¡El universo entero protestaría, y el señor Dardentor acabaría por hacerse eco del universo!

– ¡Froha!... ¡Froha!...

Este nombre, que parece un grito de cuervo, fue arrojado por la voz estridente del conductor. Ningún viajero bajó de su departamento, en el que el joven se mecía en sus pensamientos... ¡Él la amaba!...¡Sí!...¡Amaba a aquella joven encantadora! Esto databa desde el día en que la había visto por vez primera sobre el puente del Argelés. Fue como el rayo que desgarra las nubes cuando el cielo está sereno...

-¡Thiersville!... ¡Thiersville!- gritaron veinte minutos después.

El nombre de este célebre estadista aplicado a una estación de poca importancia- una aldea de algunas casas árabes-, no sacó a Marcel Lornans de su sueño, y Luisa Elissane eclipsó por completo al «ilustre libertador del territorio»

Caminaba el tren a poca velocidad, subiendo hacia la estación de Traria, sobre el río del mismo nombre, cuya altura es de ciento veintiséis metros.

En dicha estación se apearon los tres compañeros de Marcel Lornans, que quedó solo en el departamento.

De la posición vertical pasó a la horizontal, mientras el tren, después del pueblo de Charrier, rodeaba la base de las montañas llenas de árboles hasta las cumbres. Sus párpados se entornaron, y aunque procuró resistir al influjo de un sueño que tal vez desvaneciera la dulce imagen de su pensamiento, sucumbió al fin, y el nombre de Franchetti fue el último que oyó.

¿Cuánto tiempo durmió y por qué, medio despierto, sintió un principio de sofocación? De su pecho se escapaban gemidos precipitados... se ahogaba; faltábale el aliento. Un humo acre llenaba el departamento, al que se mezclaban llamas fuliginosas que subían activadas por la marcha del tren.

Marcel Lornans quiso levantarse a fin de romper un cristal... Cayó medio asfixiado.

Y una hora después, cuando el joven recobró el sentido en la estación de Saida, gracias a los cuidados que se le suministraron, cuando volvió a abrir los ojos, vio al señor Dardentor, a Juan Taconnat y también a Luisa Elissane.

El incendio se había declarado en su vagón, y cuando el tren se detuvo a una señal del conductor, Clovis Dardentor no dudó en arrojarse en medio de las llamas, arriesgando su vida por salvar la de Marcel Lornans.

-¡Ah, señor Dardentor!- murmuró éste con voz llena de agradecimiento.

-¡Vaya, vaya!- respondió éste.- ¿ Cree usted que yo iba a dejar a usted que se asara como un pollo?... Su amigo Juan o usted, hubieran hecho lo mismo por mí.

-¡Ciertamente!- exclamó Juan.- Pero esta vez... ha sido usted...; lo que no es lo mismo.

Y añadió en voz baja al oído de Marcel:

-Decididamente, ¡no tengo suerte!

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