XXV
LA SEGUNDA GRUTA - ESPERANZA PERDIDA - LA ANTORCHA DE FRITZ - AL TRAVÉS DEL MACIZO - VARIAS PARADAS - LA MESETA SUPERIOR - NADA AL SUR, NI AL ESTE, NI AL OESTE - EN EL MOMENTO DE BAJAR.
Mistress Wolston iba a tardar algún tiempo en reponerse de la terrible sacudida que acababa de experimentar. Pero, en fin, Bob había aparecido, y el mejor remedio para las tristezas de la madre son las caricias del hijo.
Fácil es comprender lo que había sucedido. Jugando con el albatros, Bob le siguió al fondo de la gruta. El pájaro entró por el estrecho corredor, y Bob también. Más allá se abría una excavación sombría, de la cual no pudo salir el pequeño cuando intentó hacerlo. Primero llamó. Las voces no fueron oídas. Perdió el sentido, y no se sabe cuáles hubieran podido ser las consecuencias del suceso si, por la más feliz de las casualidades, el grito del albatros no hubiera atraído la atención de Fritz.
– En fin —dijo el contramaestre—, Bob está en los brazos de su madre y las cosas marchan bien, pues gracias a él hemos descubierto otra gruta. Verdad que con una teníamos de sobra, y hasta deseamos dejarla.
– Sin embargo —dijo Harry Gould—, deseo saber si se prolonga…
– ¿Hasta el otro lado del acantilado, mi capitán?
– ¡Quién sabe, Block!
– Muy bien —respondió el contramaestre—, pero incluso admitiendo que atraviese el macizo, ¿qué encontraríamos más allá? Arenas, rocas, ensenadas, promontorios, y ni el tamaño de mi sombrero de tierra vegetal o verdor.
– Probable es —declaró Fritz—. Sin embargo, es preciso verla.
– Se vera, monsieur Fritz, se verá… y el verla no costará nada.
Como de este examen pudiera resultar algo bueno, lo mejor era practicarlo sin perder tiempo, y lo comenzaron en el mismo instante. El capitán, Fritz y François volvieron al fondo de la gruta. El contramaestre, provisto de gruesas candelas, marchaba tras ellos. A fin de facilitar el paso, los primeros agrandaron la abertura retirando algunas piedras que se habían desprendido. La operación quedó terminada en un cuarto de hora. Ni Harry Gould ni sus compañeros habían engordado desde su desembarco en la isla. Tres meses cié aquella penosa existencia no era para tomar carnes, a no ser que la naturaleza lo quisiera así, como le había sucedido al contramaestre, que, a despecho de las miserias sufridas, había aumentado algunas libras desde que había abandonado el Flag.
Cuando todos hubieron franqueado la abertura, las candelas dieron luz suficiente para permitir examinar la segunda gruta.
Era más profunda que la primera y bastante menos ancha; su longitud, de unos cien pies. Para hablar más propiamente, era más bien una especie de corredor de un diámetro de diez a doce pies, y de altura casi igual. Tal vez otros se unían a éste formando en el interior del macizo una especie de laberinto, cuyas ramas se prolongaban en distintas direcciones. ¿Y por qué, como Harry Gould pensaba, una de estas ramas no conduciría, si no a la meseta superior, por lo menos a alguna de las otras caras laterales del acantilado, más allá del cerro o del contrafuerte?
Y como el capitán insistiera de nuevo en ello, John Block dijo:
– Es posible; y ¿quién sabe si por el interior podemos llegar a la meseta?
Después de avanzar unos cincuenta pasos por el corredor que se estrechaba poco a poco, el capitán Gould, el contramaestre y Fritz llegaron ante una pared rocosa donde se detuvieron.
El contramaestre, tras pasear la luz por la superficie del muro, desde el suelo a la bóveda, no encontró más que estrechas hendeduras por las que no cabía la mano. Así pues, se desvanecía la esperanza de ir más lejos a través del macizo.
Las paredes laterales del corredor no presentaban orificio alguno en toda su extensión. La segunda excavación, tras la primera, era, pues, el único descubrimiento que resultaba del incidente que se ha relatado.
– Vamos —dijo el capitán—. Tampoco por aquí franquearemos el acantilado.
– -Ni subiremos a la meseta —añadió el contramaestre.
No quedaba, pues, más que dar la vuelta de nuevo.
En suma, aunque era una decepción, nadie hubiera podido creer en serio que se encontrase un paso interior; y, no obstante, cuando el capitán, Block y Fritz estuvieron de vuelta, se les antojó que estaban más imposibilitados que nunca para abandonar aquella playa.
En los días siguientes, el tiempo, bueno hasta entonces, mostró tendencia a modificarse. El cielo se oscurecía con nubes, al principio ligeras, pero que no tardaron en espesarse, impulsadas sobre la meseta superior por el viento norte, que en la noche del 22 de enero se acentuó, soplando recio.
La dirección del viento hacía que nada se temiese para la bahía de las Tortugas, que, al abrigo del acantilado, no estaría expuesta al golpe de las olas como en la época de la furiosa tempestad que causó la pérdida de la chalupa. La mar quedaba en calma a lo largo de la ribera, y no sentiría la fuerza del viento más que a medía legua hacia alta mar, de lo que se desprende que, aunque se desencadenase el huracán, no había nada que temer.
La noche del 22 al 23 se declaró una violenta tempestad. A la una todos fueron bruscamente despertados por un trueno de tal fuerza, que una pieza de artillería, disparada a la entrada de la gruta, no hubiera hecho más ruido. Fritz, François y el contramaestre saltaron de sus menguados lechos y se dirigieron a la entrada.
– El rayo ha caído cerca —dijo François.
– Sobre la cúspide, sin duda —respondió John Block, avanzando algunos pasos al exterior. Suzan y Dolí, muy impresionadas durante estas tormentas, que tan profundamente afectan a las personas nerviosas, habían seguido a Jenny fuera de la gruta.
– ¿Y bien? —preguntó Dolí.
– No hay ningún peligro, mi querida Doll —respondió François—. Entrad de nuevo y cerrad los ojos y los oídos. Pero en aquel momento Jenny dijo a su marido:
– ¡Cómo huele a humo, Fritz!
– No es de extrañar… Hay fuego… allá abajo —exclamó el contramaestre.
– ¿Dónde? —preguntó el capitán Gould.
– En aquel montón de hierba que está al pie del acantilado. En efecto: el rayo había incendiado aquel montón de hierba seca. Algunos instantes bastaron para que el fuego se comunicase a la masa de plantas marinas acumuladas en la base del acantilado. Ardieron como paja, chisporroteando al soplo del viento y extendiendo acre olor por toda la playa. Felizmente, la entrada de la gruta estaba lejos y el fuego no podía llegar a ella.
– ¡Nuestra reserva de combustible que arde! —exclamó John Block.
– ¿No podemos salvar nada? —dijo Fritz.
– ¡Es imposible! —respondió el capitán Gould. Las llamas se propagaban con rapidez tal, que no permitía poner en lugar seguro aquellos montones que constituían el único combustible de los náufragos. Ciertamente, lo que el mar arrojaba a la playa era poco, y se necesitaría mucho tiempo para reunir alguna cantidad de hierba, pues la marea ascendente no depositaba en la arena más que algunas brazadas dos veces al día, y las que había en la playa eran la obra de muchos años. ¿Quién sabía si, durante las semanas anteriores a la mala estación, las olas llevarían lo bastante para las necesidades del invierno? En menos de un cuarto de hora nada quedó, salvo algunos montones a lo largo del promontorio. Este golpe de la mala suerte agravaba la ya difícil situación.
– Decididamente esto va mal. Y en boca del contramaestre, tan confiado de costumbre, estas palabras tenían excepcional importancia.
¡Ah! ¿No se derrumbarían los muros de aquella prisión para permitir huir a los náufragos? Al siguiente día, 23 de enero, el tiempo, aunque no tormentoso, quedó malo, y el viento norte continuó barriendo violentamente la meseta. La primera ocupación a que se dedicaron nuestros amigos, fue a reconocer si las hierbas marinas, amontonadas a lo largo del contrafuerte, habían sido respetadas por el incendio. En parte, sí. John Block, Fritz, François y james se pusieron a la tarea, llevando varias brazadas que bastarían para una semana, sin contar con las que las mareas arrojarían diariamente. Verdad que, mientras el viento soplase del norte, aquellas masas flotantes serían arrastradas hacia alta mar; pero, cuando saltase al sur, la recolección se efectuaría con más abundancia. Sin embargo, el capitán Gould hizo observar que era preciso tomar algunas medidas para el porvenir.
– Tenéis razón, mi capitán —respondió John Block—; convendrá poner en buen sitio la hierba que resta, en previsión de una invernada.
– ¿Por qué no almacenarla en la segunda gruta que acabamos de descubrir? — añadió Fritz. Esto era lo indicado, y aquel mismo día, por la mañana, Fritz quiso volver a la gruta con objeto de reconocer con más minuciosidad su disposición interior. Provisto de una antorcha, franqueó la estrecha abertura que ponía en comunicación las dos grutas. ¿Quién sabía si la segunda no tenía salida más allá del macizo? Al llegar al extremo del largo corredor, Fritz sintió un soplo más fresco, al mismo tiempo que a su oído llegó un silbido continuo.
– ¡El viento…! —murmuró—. ¡Es el viento! Aproximó la cabeza a la pared, y su mano encontró algunas hendiduras.
– Es el viento —repitió—. ¡Llega hasta aquí cuando sopla del norte…! Existe, pues, un paso, sea sobre el flanco o la cumbre del acantilado… ¿No habrá comunicación con la parte septentrional? En aquel instante, la candela que Fritz. paseaba a lo largo de la pared se apagó bruscamente bajo un soplo más vivo que atravesaba una de las grietas. Fritz no se preguntó más. Su convicción estaba formada. Franqueando aquella pared se tendría acceso a la parte de afuera. En un momento volvió a la caverna, donde todos le esperaban, les dio noticia de su descubrimiento y les llevó con él para que se aseguraran de que no había error en lo que decía. Algunos instantes después, Fritz, el capitán Gould, John Block, François y james pasaban de la primera cavidad a la segunda, encendiendo varias candelas, que esta vez no fueron acercadas a la pared del fondo.
Fritz no se había engañado. Un viento fresco corría al través del corredor. Entonces el contramaestre, proyectando la luz a raíz del suelo, observó que el corredor no estaba cerrado más que por un montón de piedras, caídas sin duda a lo largo de una especie de pozo natural.
– ¡La puerta! —exclamó—. ¡Aquí tenemos la puerta! Y no hay necesidad de llave para abrirla… ¡Ah, mi capitán, teníais razón!
– ¡A la faena! ¡A la faena! —se contentó con responder Harry Gould. Fue fácil abrir el paso obstruido de piedras. Pasaron éstas de mano en mano en buena cantidad, pues el montón se elevaba cinco o seis pies sobre el suelo. A medida que avanzaba el trabajo, la corriente de aire se acentuaba. Seguramente existía una especie de garganta en el interior del macizo. Un cuarto de hora bastó para dejar libre el paso por completo. Fritz lo franqueó el primero, y seguido de sus compañeros subió unos diez o doce pasos por una pendiente muy estrecha y vagamente alumbrada. No había pozo vertical. A cielo abierto, entre dos murallas que se perdían a gran altura, se abría una garganta de cinco a seis pies. Por esta garganta penetraba el viento que se deslizaba a través de las hendeduras de la pared hasta el fondo del corredor. Así pues, el acantilado, ¿estaba hendido en todo su espesor? ¿Pero dónde terminaba la hendedura? Sólo podría saberse después de haberla recorrido hasta su extremidad, en el supuesto de que esto fuera posible. No hay para qué hablar de la impresión que produjo el descubrimiento. Todos quedaron como prisioneros a los que se acababa de abrir la puerta de su prisión. Apenas eran las ocho de la mañana, y no faltaría el tiempo. No hubo ni aun cuestión respecto a enviar antes a Fritz o al contramaestre. Todos querían subir por el paso sin perder un instante.
– Pero, al menos —dijo Jenny—, llevemos algunos víveres. ¿Quién sabe si nuestra ausencia se prolongará?
– Y además —dijo François—, ¿sabemos dónde vamos?
– ¡Fuera! —respondió el contramaestre. Esta sencilla palabra, que de modo tan cabal expresaba el sentimiento general, respondía a todo. Sin embargo, el capitán Gould exigió que se tomase el desayuno y, en previsión de algún retraso, que se llevaran provisiones para varios días. Tomóse rápidamente el desayuno. Apenas se habló para no perder tiempo. Después de cuatro meses pasados en el fondo de aquella bahía, era natural que Harry Gould y sus compañeros tuvieran prisa por saber si su situación se había mejorado y tal vez modificado por completo.
Por lo demás, siempre habría tiempo de volver si la meseta superior era tan árida como el litoral y si no se prestaba a una instalación para algún tiempo, o si desde la cúspide no se veía ninguna tierra próxima. Si los abandonados del Flag estaban en un islote o en una isla, regresarían a la gruta y tomarían las disposiciones necesarias para la invernada.
Realmente, antes de subir por aquella garganta, que no se sabía dónde terminaba, lo más razonable hubiera sido dejar que Harry Gould, Fritz y el contramaestre reconociesen si había en ella camino practicable. Pero nadie hubiera consentido en ello. Secreto presentimiento les arrastraba a todos a aquella tentativa. Jenny, Doll y Suzan no eran las que mostraban menor ardimiento, y puesto que no había ningún inconveniente para partir juntos, no hubo discusión sobre este punto.
Terminado el almuerzo, los hombres se cargaron con algunas provisiones. La primera gruta fue abandonada, y seguidos del albatros, que marchaba junto a Jenny, franquearon el orificio del corredor. Llegados a la entrada de la garganta, Fritz y François pasaron primero. Tras ellos Jenny, Doll y Suzan, que llevaba de la mano a Bob. El capitán Gould y James les siguieron, y John Block cerraba la marcha.
En su nacimiento la garganta era tan estrecha, que hubo que caminar en fila… Si se ensanchaba más lejos, irían de dos en dos o de tres en tres.
En realidad, aquel camino no era más que una hendedura del macizo, con dirección norte, entre dos paredes verticales de ochocientos a novecientos pies de altura.
Andando un centenar de pasos, casi en línea recta, el suelo presentó una pendiente bastante practicable, por lo que la ascensión no sería muy penosa. Verdad que se alargaría el camino, pues, admitiendo que terminara en la meseta, hubiera podido evitarse la diferencia de ochenta toesas que existía entre el nivel de la playa y la parte superior del acantilado. Aparte de esto, las sinuosidades de la garganta aumentaron sensiblemente el trayecto. Parecían las bruscas y caprichosas vueltas de un laberinto. Pero, por la luz que se propagaba de lo alto, Harry Gould podía creer que la dirección general de la garganta era de sur a norte. Las paredes laterales se separaban poco a poco, lo que haría más fácil la marcha.
A las diez fue necesario hacer alto para tomar aliento. Se detuvieron en una especie de ensanche semicircular, sobre el que aparecía un trozo de cielo.
Harry Gould calculaba en doscientos pies solamente la altura de aquel sitio sobre el nivel del mar.
– De modo —dijo— que nos serán precisas de cinco a seis horas para llegar a la meseta.
– Pues bien —dijo Fritz—. Será aún muy de día cuando lleguemos, y en caso de necesidad tendremos tiempo de bajar antes de la noche.
– Tenéis razón —respondió Harry Gould—. Pero ¿estamos seguros de que las vueltas de esta garganta no prolongarán el camino?
– ¿Y de que dé acceso al desfiladero? —añadió François.
– Que conduzca a la cúspide o a los lados del acantilado es igual —dijo el contramaestre—. Aceptemos las cosas como son… En lo alto, si es en lo alto. En lo bajo, si es en lo bajo… Poco importa, después de todo.
Seguramente; ¡pero qué decepción y, como consecuencia de ella, qué desaliento, si, cerrado por obstáculo infranqueable, el camino no ofrecía salida afuera!
Tras un descanso de media hora, volvieron nuestros amigos a ponerse en marcha. La garganta, cada vez más sinuosa, y que medía ahora de diez a doce pies de anchura, estaba tapizada de arena, entreverada de piedrecillas, sin rastro de vegetación. Entonces pensaron todos que la cúspide debía de ser árida, pues algún grano, algún germen arrastrado por las lluvias hubiera echado raíces… Y ¡nada! ni una brizna de hierba ni un trozo de césped.
A las dos de la tarde hubo un nuevo alto, no solamente para descansar, sino también para tomar algún alimento. Sentáronse en un claro, sobre cuyas paredes pasaba el sol declinando al oeste. La altura alcanzada debía de ser entonces de setecientos a ochocientos pies desde el punto de partida, y de aquí la esperanza de que se podría llegar a la meseta superior.
Terminada la comida, dijo Fritz:
– Jenny, te suplico que te quedes aquí con mistress Wolston y Doll.
François os acompañará… El capitán Gould, John Block y yo procuraremos llegar a la cúspide del acantilado. No hay el temor de extraviarse… Volveremos a encontraros en este mismo sitio… Con esto os evitaréis fatigas tal vez inútiles.
Pero Jenny, apoyada por Doll y Suzan, suplicó con insistencia tal a su esposo, que éste tuvo que retirar su proposición, aunque Harry Gould la hubiera aprobado.
A las tres emprendióse de nuevo el camino, y desde el principio se advirtió que las dificultades aumentaban. Pendiente muy estrecha, suelo lleno de piedras, que hacían la ascensión muy penosa. Harry Gould y Fritz tomaban extremas precauciones ahora que la garganta, muy abierta, formaba una quebrada, cuyos taludes se alzaban todavía de doscientos a trescientos pies. Era preciso ayudarse los unos a los otros, tirándose del brazo. Por lo demás, todo parecía indicar que se llegaría a la meseta… El albatros, desplegando sus alas, se elevó de un salto como en invitación de que le siguieran. ¡Y que no fuera esto posible…!
Al fin, y después de grandes esfuerzos, un poco antes de las cinco todos estaban sobre el acantilado.
Nada ante ellos… Ni al sur… Ni al este… Ni al oeste. ¡Nada más que la inmensidad de la mar…!
Extendiéndose al norte, la meseta desenvolvía una extensión que era imposible de determinar, pues no se distinguía el pinito en que terminaba… ¿Sería preciso ir hasta su extremidad pata encontrar el horizonte del mar?
En suma, aquello era una decepción para los que esperaban poner el pie en una región fértil, llena de árboles y verdor. La misma aridez, la misma desolación que en la bahía de las Tortugas, que era menos triste, si no menos estéril, puesto que el césped la tapizaba por todos lados y las plantas marinas no faltaban en sus arenosas márgenes. Además, al volverse a levante o a poniente, en vano se buscaban los perfiles de un continente o de una isla. Todo indicaba que se trataba de un islote solitario en medio de aquellos parajes. Cierto que, puesto que la mar no aparecía en dirección norte, la meseta se desarrollaba en una distancia de varias leguas… Y claro es que, para distinguirse la alta mar, sería preciso franquear esta distancia.
Ni una palabra fue pronunciada ni por el capitán Gould ni por sus compañeros ante el derrumbamiento de su última esperanza. Aquellas tristes soledades no ofrecían recurso alguno, y no había más sino desandar lo andado y regresar a la gruta, instalándose en ella durante los largos meses de la invernada, no esperando la salvación más que de fuera. Eran las cinco y no había tiempo que perder, pues pronto el sol desaparecería. Sin duda se tardaría menos tiempo en descender que el que se había empleado en subir, pero entre sombras no sería fácil caminar.
Ahora bien; puesto que quedaba por reconocer la parte septentrional de la meseta, ¿convenía hacerlo en lo que restaba de día o se debía acampar durante la noche entre las rocas? Esto último no hubiera sido prudente, pues sí cambiaba el tiempo sería difícil encontrar abrigo en ninguna parte. La prudencia exigía, pues, que se diese la vuelta, y cuanto antes mejor.
Fritz hizo entonces la proposición siguiente:
– Querida Jenny —dijo—. Lo más acertado será que François os acompañe a la gruta a ti, a Suzan, a Doll y al niño… El capitán Gould, John Block y yo quedaremos aquí, y mañana al amanecer acabaremos la exploración de estos lugares.
Jenny no respondió. Suzan y Doll la consultaron con la mirada.
– Lo que Fritz propone es lo prudente —añadió François—. Y además, ¿qué podemos esperar permaneciendo aquí?
Jenny seguía guardando silencio y observando el inmenso mar… Tal vez buscaban sus ojos un navío… El sol declinaba rápidamente entre las nubes que el viento impulsaba del norte, y para llegar a la bahía de las Tortugas en medio de la oscuridad, se necesitarían dos horas por lo menos.
Fritz añadió:
– Jenny… Yo te lo ruego… Vete… El día de mañana nos bastará… Por la noche estaremos de vuelta… y si hay motivo para que volvamos aquí… volveremos.
Jenny miró por última vez en torno a ella. Todos se habían levantado prestos a partir… El fiel albatros revoloteaba de roca en roca, mientras que los otros pájaros volvían en busca de las grietas del desfiladero.
La joven comprendía que era preciso seguir el consejo de su marido, y así es que dijo, no sin disgusto:
– Partamos.
– Partamos —repitió François. De repente el contramaestre se levantó de un salto, y poniéndose en la oreja la mano para escuchar mejor, atendió en dirección norte. Una detonación, debilitada por la distancia, acababa de dejarse oír…
– ¡Un cañonazo! —exclamó John Block.