XVI
RELACIÓN DE JACK - PERDIDO EN EL BOSQUE - LOS SALVAJES EN LA ISLA - CRECIENTE INQUIETUD - EL RETRASO DE LA LICORNE - TRES SEMANAS DE ESPERA
– EN LA CAPILLA DE FELSENHEIM.
Las dos familias entraron en el comedor con el corazón desbordando de alegría, a pesar de la inquietante noticia traída por Jack… No se pensaba más que en esto: ¡Jack estaba de regreso!
Y, sin embargo, no se podía imaginar suceso más grave. ¡Algunos salvajes frecuentaban la costa de la Nueva Suiza! Como pudo reconocerse, la ligera niebla advertida por mister Wolston cuando la pinaza había abandonado Ja desembocadura del Montrose, y más tarde desde la cima del pico, era la humareda de un campamento establecido en aquella parte del litoral.
Jack se caía de hambre. Sentóse a la mesa en compañía de todos, y refirió sus aventuras en los siguientes términos:
– Queridos padres: os pido perdón por el disgusto que os he causado… Sí… Me he dejado arrastrar por el deseo de cautivar a un joven elefante… No he atendido ni a Ernest, ni a mister Wolston, que me llamaban, y por milagro he vuelto vivo y sano. Pero mi imprudencia ha producido algo bueno, pues nos va a permitir organizar una formal defensa para el caso de que los salvajes avancen hacia Tierra Prometida y descubran Felsenheim.
»Habíame, pues, hundido en lo más espeso del bosque en persecución de los tres elefantes, sin darme cabal cuenta, lo confieso, del medio que emplearía para apoderarme del más pequeño. El padre y la madre caminaban tranquilamente, abriéndose paso por entre la maleza y sin advertir que yo les seguía. Verdad que yo me ocultaba lo mejor posible, y seguía tras ellos sin preguntarme en qué dirección me arrastrarían con Falb, no menos loco que yo, ni cómo efectuaría el regreso. Una fuerza irresistible me empujaba hacia adelante, y así me alejé durante más de dos horas, buscando inútilmente el medio de atraer aparte al elefante.
»Efectivamente. El intento de matar al padre y a la madre me hubiera costado todas mis municiones, sin lograr más resultado que enfurecer a las dos bestias y que éstas me atacasen.
»Entretanto me hundía cada vez más en el bosque, sin darme cuenta ni del tiempo transcurrido, ni de la distancia recorrida, ni de las dificultades que tendría para reunirme con mister Wolston y Ernest, ni de la difícil situación en la que les ponía si ellos se lanzaban en mi busca.
»Calculo que debí de andar unas dos leguas sin haber conseguido nada… Tal vez entonces, con el sentimiento de la situación, y aunque algo tarde, volvió a mí el juicio; pero como los tres animales no manifestaban intención de detenerse, yo me dije que lo mejor sería volver atrás.
»Serían las cuatro. En torno mío, más descubiertos, los árboles se espaciaban… Y, entre paréntesis, mi opinión es que cuando se intente llegar al pico de Jean Zermatt, lo conveniente es dirigirse derechamente hacia el sudeste.
– Sí… La carta de Ernest nos ha hecho saber que le habéis dado mi nombre — dijo monsieur Zermatt.
– Padre —respondió Ernest—, mister Wolston fue el que lo propuso.
– ¿No es natural, amigo mío —añadió mister Wolston—, que la cima más alta de la Nueva Suiza haya recibido el nombre del jefe de la familia?
– ¡Vaya, pues, por el pico de Jean Zermatt! —dijo éste dando las gracias a mister Wolston—. Continúa, Jack, tu relato, y háblanos de los salvajes.
– No están lejos —afirmó Jack.
– ¿No están lejos? —exclamó madame Zermatt.
– En mi historia… en mi historia, querida madre, pues en realidad deben de hallarse aún a unas diez leguas de Felsenheim.
Esta respuesta era tranquilizadora hasta cierto punto. Jack continuó su relato:
– Encontrábame entonces ante un claro del bosque, e iba a detenerme, decidido a no pasar más allá, cuando los elefantes se detuvieron también. En seguida contuve a Falb, que quería lanzarse sobre ellos.
»¿Era en aquella parte del bosque donde los animales tenían la costumbre de albergarse? Precisamente en aquel sitio y entre altas hierbas corría un río. Los míos… ¡ya les llamaba los míos!, bebieron, agitando el agua con las trompas.
»¿Qué queréis? Al verlos, inmóviles y sin desconfianza, mis instintos de cazador aparecieron de nuevo. Adueñóse de mí un irresistible deseo de apoderarme del pequeño, después de echar por tierra a los otros dos, aunque para ello me fuera preciso quemar hasta mi último cartucho. Además, tal vez con un par de balas bastaría para mi intento si iban bien dirigidas; ¿y qué cazador no cree en un golpe feliz? Respecto a la cuestión de la captura del elefante, una vez muertos el macho y la hembra, y al modo de transportarlo a Felsenheim, no pensaba en ello. Preparé mi fusil, que estaba cargado con balas. Sonó una doble detonación, y si los elefantes quedaron heridos, no fue de gravedad al parecer, pues se contentaron con sacudir las orejas y beber un último sorbo de agua.
»Ni se volvieron para ver de qué parte había salido el tiro, ni los ladridos de Falb les inquietaron. Antes de que yo pudiera disparar por segunda vez volvieron a emprender su marcha con paso tan rápido, casi al galope de un caballo, que me fue preciso renunciar a seguirlos.
»Durante un minuto se mostraron entre los árboles, con las trompas erguidas destrozando las ramas bajas. Después desaparecieron.
»No me quedaba más que desandar lo andado, y antes de nada determinar qué dirección me convenía tomar. Declinaba rápidamente el sol, y la oscuridad no tardaría en envolver el bosque. Era evidente que tenía que caminar hacia poniente, pero nada me indicaba si hacia la derecha o hacia la izquierda. Yo no tenía la brújula de Ernest, y carezco del sentido de orientación que él posee como un verdadero chino. De aquí mis dudas.
»En fin, tal vez no me sería imposible hallar algunas huellas de mi paso, o más bien de las de los elefantes, aunque el reconocimiento fuera difícil por efecto de la oscuridad que sobre el bosque caía. Además, numerosas huellas se cruzaban por todas partes; y yo percibía a lo lejos algunos trompetazos, lo que sin duda indicaba que en las márgenes del río que he mencionado se reunían los elefantes por la noche.
»Comprendí que no lograría encontrar mi camino antes de que apareciese el sol, y al mismo Falb le sucedía lo propio a pesar de su instinto.
»Durante una hora erré por el bosque, sin saber si me acercaba al litoral o me separaba de él. ¡Oh, querida madre, puedes creer que yo me acusaba por mi imprudencia, causándome gran pena el pensamiento de que mister Wolston y Ernest, no resolviéndose a abandonarme, me buscaban en vano! Por mi culpa retrasarían su vuelta a Felsenheim, ¿y qué pensaríais vosotros del retraso? ¡Qué inquietud sentiríais no viéndonos volver en el plazo fijado en la carta de Ernest! En fin, nuevas fatigas para éste y para mister Wolston, ¡y todo por culpa mía!
– Sí, por tu culpa, hijo mío —dijo monsieur Zermatt—, y ya que al abandonarlos no pensaste en ti, debiste pensar en ellos… y en nosotros.
– Está bien —respondió madame Zermatt abrazando a su hijo—. Ha cometido una gran imprudencia que le ha podido costar la vida. Pero, puesto que está aquí… perdonémosle.
Jack continuó:
– Llego ahora a la parte de mis aventuras donde la situación se agravó.
»Ciertamente, hasta entonces yo no había corrido ningún peligro serio. Con mi fusil tenía la seguridad de procurarme alimento, aunque tardase una semana en encontrar el camino de Felsenheim. Nada más que siguiendo la costa llegaría más pronto o más tarde. Respecto a las fieras, que deben de ser numerosas en aquella parte de la isla, yo confiaba, en caso de ataque, dar buena cuenta de las más feroces, como en más de una ocasión había sucedido.
»¡No! Lo que me irritaba contra mí era pensar que mister Wolston y Ernest se desesperaban buscando inútilmente mi pista. En mi opinión debían de haberse dirigido a través de la parte oriental del bosque que era menos espesa. En este caso podía suceder que no estuvieran muy lejos del sitio donde yo acababa de detenerme.
»Lo peor era que no tardaría en llegar la noche. Pensé que lo más indicado en aquel trance era acampar en aquel sitio y encender fuego, tanto para que mister Wolston y Ernest pudieran advertirlo, como para que la claridad alejase a las fieras cuyos rugidos resonaban en los alrededores.
»Pero antes llamé muchas veces, volviéndome en todos sentidos.
»Nadie respondió a mis voces.
»Quedaba el recurso de disparar mi fusil, y lo hice dos veces.
»Ninguna detonación llegó a mis oídos.
»Sin embargo, a la derecha me pareció percibir ruido, como si alguien se arrastrase entre las hierbas.
»Escuché y estuve tentado a gritar… pero me contuvo la reflexión de que no eran mister Wolston ni Ernest, pues éstos me hubieran llamado, y ya estaríamos unos en brazos de otros.
»Había, pues, allí animales… Fieras… Tal vez una serpiente.
»No tuve tiempo de ponerme a la defensiva. Cuatro enormes cuerpos surgieron de la sombras, cuatro criaturas humanas; no monos, como al principio creí. Saltando a mí, vociferaban en una lengua que no pude entender. Eran salvajes.
»¡Salvajes en nuestra isla!
»Derribado en el suelo, sentí que dos rodillas se apoyaban en mi pecho, Me ataron las manos y me hicieron levantar, empujándome hacia adelante para que caminase con rapidez.
»Uno de aquellos hombres se había apoderado de mi fusil y otro de mi morral. No parecía que quisieran matarme, por el momento al menos.
»Toda la noche caminamos así, sin que pudiera yo darme cuenta de la dirección. Únicamente notaba que el bosque se aclaraba cada vez más. La luz de la luna penetraba hasta el suelo, y seguramente debíamos de acercarnos a la costa.
»¡Ah! ¡Yo no pensaba en mí, queridos amigos! ¡Pensaba en vosotros; pensaba en los peligros que resultarían de la presencia de estos salvajes en nuestra isla! ¡No tenían más que remontar el litoral hasta el río Montrose y luego franquear éste, para llegar al cabo del Este y bajar a Felsenheim! ¡Si llegaban antes que la Licorne estuviese de vuelta, entonces no tendríais fuerzas suficientes para rechazarlos!
– ¿Pero no acabas de decir —preguntó monsieur Zermatt— que esos salvajes deben de estar muy lejos de Tierra Prometida?
– Efectivamente, padre, a cinco o seis leguas al sur del Montrose, es decir, a más de diez de aquí.
– Pues bien; antes de quince días, quizás antes de ocho, la Licorne anclará en la bahía del Salvamento y nada tendremos que temer —dijo monsieur Zermatt—. Pero acaba tu relato.
Jack continuó:
– Por la mañana, después de una larga jornada sin haber tenido punto de reposo, llegamos a los acantilados que dominan la costa.
»A1 pie estaba establecido un campamento ocupado por un centenar de esos indígenas, negros como el ébano, medio desnudos, y que habitan en grutas agujereadas en la parte baja. Eran pescadores, así lo creí al menos, que debían de haber sido arrastrados hacia nuestra isla por los vientos del este, y cuyas piraguas estaban sobre la arena.
»Todos corrieron hacia mí, considerándome, con tanta sorpresa como curiosidad, cual si fuera la primera vez que veían un hombre blanco; lo que realmente no es de extrañar, puesto que los navíos europeos no atraviesan esta parte del océano índico.
»Después de haberme examinado de cerca, volvieron a su natural indiferencia… No me maltrataron. Me dieron algunos pescados salados, que comí ávidamente, pues me moría de hambre, y calmé mi sed con el agua de un río que descendía del acantilado.
»Experimenté cierta satisfacción al ver que mi fusil, cuyo uso no conocían los salvajes, y mi morral, que habían dejado intacto, estaban al pie de una roca. Así es que me prometí, si se presentaba ocasión para ello, regalar a aquellos indígenas con algunos tiros.
»Inesperada circunstancia cambió la situación.
»A las nueve de la noche, y en la orilla del bosque que confinaba con el acantilado, produjese gran tumulto, que sembró el espanto entre los naturales…
»¡Cuál no sería mi sorpresa al reconocer que este tumulto era debido a la llegada de unos treinta elefantes! que caminaban con tranquilo paso por el lecho del río.
»¡Sí…! ¡Qué espanto el de los salvajes…! Sin duda éstos se encontraban por vez primera en presencia de estos gigantescos animales… con una nariz descomunal y una especie de mano al final de ella.
»Cuando las trompas se irguieron, se encorvaron, chocaron entre sí, cuando de ellas salió un estrepitoso ruido de trompetería, hubo un general «¡sálvese el que pueda!» Los unos saltaron por las rocas; los otros procuraron poner a flote sus piraguas, en tanto que los elefantes presenciaban tranquilamente la desbandada…
»Yo no vi en aquel suceso más que una ocasión que aprovechar para huir, y sin intentar saber el resultado del encuentro entre los elefantes y los naturales, corrí a las rocas, remonté la quebrada y me lancé a través del bosque, donde encontré a mi bravo Falb, que me esperaba. Ocioso es advertir que me había apoderado de mi fusil y de mi morral, que debían servirme para mucho.
»Caminé durante toda la noche y todo el siguiente día, manteniéndome de la caza, y sin detenerme más que para comer, y al cabo de veinticuatro horas llegué a la orilla derecha del Montrose.
»Entonces, sabiendo ya dónde estaba, bajé hasta el río, cuyo curso hemos remontado mi padre y yo… Franqueé las llanuras y bosques que van en dirección al valle de Grünthal, y llegué a este punto hoy por la tarde. Atravesé el desfiladero de Cluse. ¡Qué disgusto el mío, queridos padres y amigos, si hubieseis ya partido en mi busca siguiendo el litoral…! ¡Si no os hubiera encontrado en Felsenheim…!
Tal fue la minuciosa relación que hizo Jack.
Lo primero que había que preguntarse era lo siguiente: ¿Quiénes eran aquellos naturales? ¿De dónde venían? Evidentemente de la costa occidental de Australia, la más cercana de aquellos parajes —a menos que no existiese algún grupo de islas tan desconocidas en aquella parte del océano índico, como lo era la Nueva Suiza antes de la llegada de la corbeta inglesa—. Si aquellos salvajes eran australianos, si pertenecían a la raza que ocupa el último grado en la escala humana, difícilmente se explicaba que hubiesen podido efectuar una travesía de trescientas leguas a bordo de sus piraguas, aunque muy bien podía admitirse que malos temporales les hubiesen arrojado a tal distancia.
De todo lo anterior resultaba que Jack había aparecido, y que nuestros amigos sabían que la isla estaba habitada por hombres de raza distinta a la suya… ¿Qué hacer? ¿Podía temerse que sus piraguas se diesen de nuevo a la mar, y que, navegando a lo largo del litoral, acabasen por descubrir la bahía del Salvamento y la morada de Felsenheim? Es verdad que el regreso de la Licorne no podía tardar. Lo más tarde, dentro de una o dos semanas se oiría el estampido de sus cañones… Y cuando estuviera anclada a algunas encabladuras de la costa, nada habría que temer.
Efectivamente, en aquella fecha, 5 de octubre, había transcurrido cerca de un año desde la partida de la corbeta.
Habíase convenido que su ausencia no se prolongaría más de un año. Así es que todos los días se esperaba verla aparecer, y la batería del islote del Tiburón estaba presta a responder a las salvas que el teniente Littlestone dirigiría al pabellón arbolado en la punta del pico de Jean Zermatt.
Parecía, pues, que los preparativos de defensa contra un ataque de los salvajes no se imponían, con gran urgencia. Podía además suponerse que, por efecto del espanto que les causó la presencia de los elefantes, ellos hubieran embarcado inmediatamente, a fin de volver a la costa australiana o a alguna otra isla de aquellos parajes. En estas condiciones nada había que cambiar en los hábitos de las dos familias, y bastaría con vigilar la mar a lo largo de Felsenheim.
Así es que desde el siguiente día continuáronse los trabajos, especialmente los que se referían a la terminación de la capilla.
Todos se pusieron manos a la obra, pues importaba que estuviera terminada para cuando llegara la Licorne. Los cuatro muros, agujereados con ventanas laterales, se elevaban ya a la altura del tejado.
Mister Wolston se ocupó en instalar el maderaje, y fue cubierta con cañas de bambú, que los más violentos huracanes no podrían arrancar. Respecto al interior de la capilla, madame Zermatt, mistress Wolston y Annah se habían encargado de adornarla de forma conveniente, y podía confiarse en el buen gusto de dichas señoras.
Esta tarea continuó hasta el 15 de octubre, fecha en la que se había fijado el regreso de la Licorne. Teniendo en cuenta la distancia de la travesía, el que se dilatase el regreso de ocho a quince días no era motivo para producir inquietud… Impaciencia, sí…; pero nada más que impaciencia. Y, preciso es confesarlo, en Felsenheim aumentaba por momentos.
El 19 ninguna detonación había señalado la presencia de la corbeta. Así es que Jack, montando en el onagro, fue a Prospect-Hill y al cabo de la Esperanza Perdida… La mar estaba desierta hasta en los últimos límites del horizonte.
Esta excursión, renovada el 27, no produjo resultado.
Entonces —y no es de extrañar— la inquietud comenzó a sustituir a la impaciencia.
– Vamos… vamos —repetía monsieur Zermatt, que quería tranquilizar a su gente.
– Ni quince días… ni aun tres semanas constituyen retraso serio…
– Además —añadió mister Wolston—, ¿tenemos la seguridad de que la Licorne haya podido abandonar Inglaterra en la época convenida?
– Sin embargo —afirmó ingenuamente madame Zermatt—, el almirantazgo debía tener prisa en tomar posesión de su nueva colonia…
¡Mister Wolston sonrió al oír que el almirantazgo pudiera nunca tener prisa por nada!
Al mismo tiempo que se observaba el mar por la parte del cabo de la Esperanza Perdida, no se descuidaba observar también la parte del cabo del Este. Varias veces al día los catalejos eran colocados en dirección a la bahía de los Elefantes, nombre atribuido a la parte de la costa donde acampaban los salvajes.
Pero hasta entonces ninguna piragua había sido vista. De no haberse dado de nuevo a la vela, al menos parecía que los salvajes no se habían atrevido a abandonar su campamento. Por lo demás, si, contra todas las esperanzas, ellos se mostraban en la punta del cabo del Este y se dirigían hacia la bahía del Salvamento, ¿no sería posible detenerles con la batería del islote del Tiburón y las piezas colocadas en las alturas de Felsenheim? En todo caso, preferible era defenderse de ellos por la parte del mar que por tierra, y el mayor peligro consistía en que viniesen por el interior después de haber forzado el desfiladero de Cluse.
Efectivamente, la invasión de un centenar de aquellos negros, el asalto que dieran a Felsenheim, probablemente no hubiera podido ser rechazado. Tal vez, entonces, hubiera sido preciso refugiarse en el islote del Tiburón, donde se podría resistir hasta la llegada de la corbeta.
¡Y la Licorne no aparecía, y el fin de octubre se aproximaba, el duodécimo mes desde su partida!
Todas las mañanas, monsieur Zermatt, Ernest y Jack esperaban ser despertados por algunas salvas de artillería. El tiempo era soberbio. Las transparentes brumas del horizonte se disipaban con la salida del sol. Y tan lejos como la vista podía extenderse, las miradas buscaban la Licorne.
El 7 de noviembre, después de una excursión a Prospect-Hill, en la que todos tomaron parte, ni una vela se distinguió entre los dos cabos. En vano, las miradas recorrieron el horizonte, al este, al oeste, al norte… ¿No era por el cabo de la Esperanza Perdida por donde se esperaba la realización de los más vivos deseos, y por el cabo del Este por donde podía venir el desastre?
Así es que todos quedaron silenciosos en la cúspide de la montaña, bajo el influjo de un sentimiento en el que se mezclaban el temor y la esperanza.