El secreto de Maston

CAPÍTULO XVIII

EN QUE LOS HABITANTES DEL WAMASAI ESPERAN QUE EL PRESIDENTE BARBICANE GRITE «¡FUEGO!» AL CAPITÁN NICHOLL

Era la noche del 22 de setiembre, fecha memorable, a la que la opinión pública atribuía una influencia tan nefasta como la de 1.° de enero del año 1000.

Doce horas después del paso del Sol por el meridiano del Kilimanjaro; es decir, a medianoche, debía ser disparado el terrible aparato por la mano del capitán Nicholl.

Conviene decir aquí que, situado el Kilimanjaro a treinta y cinco grados al Este del meridiano de París, y Baltimore a setenta y nueve grados al Oeste de dicho meridiano, esto constituye una diferencia de ciento catorce grados, o sea, entre ambos lugares, cuatrocientos cincuenta y seis minutos de tiempo, o siete horas veintiséis minutos, de modo que, en el momento en que se efectuara el disparo, serían las cinco y veinticuatro de la tarde en la gran ciudad del Maryland.

El tiempo era magnífico. El Sol acababa de ponerse en las llanuras del Wamasai detrás de un horizonte purísimo. No se podía desear una noche más hermosa, ni más tranquila ni más estrellada para lanzar un proyectil a través del espacio. Ni una nube se mezclaría a los vapores artificiales formados por la deflagración de la meli-melonita.

¡Quién sabe! ¡Acaso el presidente Barbicane y el capitán Nicholl lamentaban no poder ocupar un sitio en el proyectil! ¡Desde el primer segundo, habrían franqueado dos mil ochocientos kilómetros! ¡Después de haber penetrado los misterios del mundo selenita, penetrar los misterios del mundo solar, y en condiciones más interesantes que el francés Héctor Servadac, arrastrado por el cometa Galia7.

El sultán Bali-Bali; los personajes más importantes de su corte; es decir, su ministro de Hacienda y su verdugo, y el personal negro que había contribuido al gran trabajo, hallábanse reunidos para seguir las diferentes fases del disparo. Pero, por prudencia, toda aquella gente había tomado posición a tres kilómetros de la galería abierta en el Kilimanjaro, de manera que no tuviesen nada que temer de la espantosa agitación de las capas de aire.

Algunos millares de indígenas, procedentes de Kisongo y de las aldeas diseminadas por el Sur de la provincia, se habían apresurado –por orden del sultán Bali-Bali– a venir a admirar aquel sublime espectáculo.

Un hilo establecido entre una batería eléctrica y el detonador de fulminante colocado en el fondo de la galería, estaba presto a lanzar la corriente que haría estallar el cebo y provocaría la deflagración de la meli-melonita.

Como preludio, una excelente cena había reunido a una misma mesa al sultán, a sus huéspedes americanos y a los notables de la capital, todo a expensas de Bali-Bali, que hizo las cosas tanto mejor cuanto estos gastos le deberían ser reembolsados por la caja de la Sociedad Barbicane y Compañía.

Eran las once cuando el festín, comenzado a las siete y media, terminó con un brindis del sultán por los ingenieros de la North Polar Practical Association y por el éxito de la empresa.

Una hora más, y la modificación de condiciones geográficas y climatológicas de la Tierra sería un hecho consumado.

El presidente Barbicane, su colega y los diez contramaestres colocáronse entonces alrededor de la cabaña en cuyo interior estaba montada la batería eléctrica.

7 El autor se refiere a su propia obra Héctor Servadac.

Barbicane, con su cronómetro en la mano, contaba los minutos –y jamás le parecieron tan largos–; minutos de esos que parecen, no años, sino siglos.

A las ocho menos diez, el capitán Nicholl y él aproximáronse al aparato que el hilo ponía en comunicación con la galería del Kilimanjaro.

El sultán, su corte y la multitud de indígenas formaban un numeroso círculo en derredor de ellos.

Importaba que el disparo fuese hecho en el momento preciso indicado por los cálculos de J. T. Maston; es decir, en el instante que el Sol cortaría aquella línea equinoccial que ya no abandonaría nunca en su órbita aparente alrededor del esferoide terrestre.

¡Las doce menos cinco! ¡Menos cuatro! ¡Menos tres! ¡Menos dos! ¡Menos uno!

El presidente Barbicane seguía las agujas de su reloj, iluminado por una linterna que presentaba uno de los contramaestres, mientras que el capitán Nicholl, con el dedo levantado sobre el botón del aparato, estaba presto a cerrar el circuito de la corriente eléctrica.

¡Sólo faltaban veinte segundos! ¡Sólo diez! ¡Cinco! ¡Uno!

No se habría notado el más ligero temblor en la mano del impasible Nicholl. ¡ Su colega y él no estaban más conmovidos que en el momento en que esperaban, encerrados en su proyectil, que el Columbiad los enviase a las regiones lunares. ..

– ¡Fuego! –gritó el presidente Barbicane.

Y el índice del capitán Nicholl oprimió el botón.

Se produjo una espantosa detonación, cuyo horrísono ruido propagaron los ecos hasta los últimos límites del horizonte del Wamasai. Oyóse el agudo silbido de una masa que atravesó los aires impulsada por millares de millones de litros de gases desarrollados por la deflagración instantánea de dos mil toneladas de meli-melonita. ¡Se habría dicho que pasaba por la superficie de la Tierra uno de esos meteoros en los cuales se acumulan todas las violencias de la naturaleza! ¡Y el efecto no habría sido más terrible aunque todos los cañones de todas las artillerías del globo se hubieran unido a todas las tempestades del cielo para tronar a la vez!

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