Robur el conquistador

Capítulo IV

Donde, a propósito del criado Frycollin, el autor trata de rehabilitar la Luna

Más de una vez había sucedido que después de discusiones tempestuosas, al salir de sus sesiones, los miembros del Weldon lnstitute habían llenado con sus clamores Walnut Street y las calles adyacentes. Más de una vez, los habitantes de ese barrio se habían quejado con buen fundamento de esas ruidosas colas de discusión que venían a alborotar sus mismas casas. En más de una vez, en fin, la policía había tenido que intervenir para proteger la circulación de los transeúntes, en su mayoría indiferentes a esa cuestión de la navegación aérea. Pero hasta aquella noche jamás el tumulto había tomado tales proporciones; jamás hubieran estado mejor fundadas las quejas y nunca tanmpoco habría sido más necesaria la intervención de la policía.

Fuerza es admitir, sin embargo, que los miembros del Weldon Institute tenían esta vez alguna excusa. Se habían atrevido a atacarlos hasta en su propia casa. A aquellos apasionados del «más ligero que el aire», un no menos apasionado del «más pesado» les había dicho cosas agresivamente irritantes. Y en el momento que iban a tratarlo como se merecía, se había eclipsado.

Esto pedía a gritos venganza. ¡Para dejar sin castigar unas injurias como éstas, era preciso no tener en las venas sangre norteamericana! ¡Los hijos de Américo tratados de hijos de Cabot! ¿No era éste un insulto; tanto más imperdonable cuanto que había sido justo históricamente hablando?1

Los miembros del club se dividieron en varios grupos y recorrieron Walnut Street y las calles vecinas, y por fin todo el barrio. Despertaron a los vecinos. Les obligaron a que les dejasen buscar por las casas, a cambio de una indemnización que se les daría más adelante por la molestia causada en la vida privada de cada cual, pues ésta se respeta en particular entre los pueblos de origen anglosajón. Pero en vano molestaron y buscaron. No encontraron a Robur por ninguna parte. No había dejado huella. Si se hubiera marchado en el Go ahead, el globo del Weldon Institute, no se le habría por eso encontrado mejor. Luego de una hora de pesquisas, tuvieron que renunciar, y los socios se separaron, no sin haber jurado extender los registros a todo el territorio de esa doble América que constituye el Nuevo Continente.

Hacia las once aproximadamente, quedó tranquilo el barrio. Filadelfia iba, pues, a poder de nuevo consagrarse al sueño que nada interrumpe en las ciudades que tienen la felicidad de no ser industriales. Los distintos miembros del club no tuvieron entonces más objeto que irse a acostar cuanto antes. Sólo citaremos a algunos de los principales, como William T. Forber, quien se dirigió hacia su gran fábrica de azúcar de trapos, en donde miss Doll y miss Mat le habían preparado el té de la noche, azucarado con su propia glucosa; Truck Milnor, que tomó el camino de su fábrica, cuya bomba de fuego se oye de día y de noche, en el más apartado de los arrabales. El tesorero, Jem Cip, públicamente acusado de tener casi un pie más de intestinos que los que existen en la máquina humana, se dirigió hacia el comedor, en donde le esperaba su cena vegetal.

Dos de los más importantes globistas, únicamente, no tenían ganas de marchar a casa. Habían aprovechado la ocasión para hablarse con más acrimonia todavía. Eran los irreconciliables Uncle Prudent y Phil Evans, presidente y secretario del Weldon Institute.

En la puerta del club, el criado Frycollin esperaba a Uncle Prudent, su amo. Se puso a seguirle, sin inquietarse por el tema y el tono con que discutían tan vivamente los dos colegas.

Se ha empleado por eufemismo el verbo «hablar» para expresar el acto al cual se entregaban de concierto el presidente y el secretario del club. En realidad, disputaban con una energía que tenía su origen en la antigua rivalidad que los separaba.

-¡No, señor! -repetía Phil Evans- ¡Si yo hubiera tenido el honor de presidir el Weldon Institute, jamás, jamás, se hubiera producido un escándalo semejante!

-¿Y qué hubierais hecho si hubieseis tenido ese honor? - preguntó Uncle Prudent.

-¡Hubiera cortado la palabra a ese insultador público, antes de abrir la boca!

-¡Me parece que para cortar la palabra es preciso, al menos, haber dejado antes de hablar!

-¡En América, no, señor mío! ¡En América, no!

Y mientras cambiaban esas palabras más agrias que dulces, ambos personajes iban tomando las calles que más les alejaban de sus casas; cruzaban barrios cuya situación les obligaría a dar un gran rodeo.

Frycollin les seguía siempre, pero no las tenía todas consigo al ver que su amo se paseaba por sitios tan retirados. No le gustaban esos sitios al criado Frycollin y menos tan cerca ya de las doce de la noche. En efecto, la oscuridad era profunda, y la Luna, en su creciente, comenzaba apenas a hacer «sus veintiocho días».

Frycollin miraba a derecha e izquierda, por si acaso les espiaban algunas sombras sospechosas. Y justamente pareció ver a unos cinco o seis hombretones que parecían irles siguiendo.

Instintivamente, Frycollin se acercó a su amo; pero por nada del mundo se hubiera atrevido a interrumpirle en medio de una conversación que le hubiera valido entonces también a él algunos golpes de rechazo.

En suma, la casualidad quiso que el presidente y el secretario del Weldon Institute se dirigiesen, sin percatarse, hacia Fairmont Park; cuando con más calor disputaban, atravesaron el Schuylkill River sobre el famoso puente metálico; sólo se encontraron algunos transeúntes retrasados, y se hallaron, por fin, en medio de vastos terrenos, unos desenvolviéndose en inmensos prados, otros cubiertos de hermosos árboles que convierten ese parque en un sitio único en el mundo.

Pero aquí los terrores del criado Frycollin volvieron a asaltarle de nuevo, y con más razón, pues las sombras aquéllas habían continuado en pos de ellos hasta el puente del Schuylkill River. Así es que tenía la pupila de sus ojos tan atrozmente dilatada, que se agrandaba hasta la circunferencia del iris. Y a la vez, todo su cuerpo disminuía, se retiraba como si estuviera, dotado de esa contractilidad especial de los moluscos y de ciertos animales articulados.

Es que el criado Frycollin era un cobarde consumado.

Era un verdadero negro de la Carolina del Sur, con una cabeza de tonto sobre un cuerpo de alfañique. Tenía justo veinte años, es decir, que jamás había sido esclavo, ni siquiera de nacimiento; pero no valía más por ello. Gesticulante, goloso, holgazán, y sobre todo de una cobardía estúpida, hacía tres años que estaba al servicio de Uncle Prudent. Cien veces había estado a punto de ser despedido; pero fue conservado por temor de tomar otro peor. Y, sin embargo, al servicio de un amo siempre dispuesto a lanzarse a las más audaces empresas, Frycollin debía en varias ocasiones ser puesto a prueba. Pero existían también compensaciones. No le fastidiaban mucho sobre su gula y todavía menos sobre su pereza. ¡Ah, Frycollin! ¡Si hubieras podido leer el porvenir!

¿Pero por qué Frycollin no se había quedado en Boston al servicio de cierta familia Sneffel que, estando a punto de emprender un viaje a Suiza, había desistido de él por causa de los desplomes de nieve? Esa era la casa que le convenía a Frycollin, y no la de Uncle Prudent, en donde la temeridad estaba a la orden del día.

En fin, allí estaba, y su amo había concluido por acostumbrarse a sus defectos. Tenía una cualidad, es verdad. Aunque era negro de origen, no hablaba como los negros, lo cual debe de tenerse en cuenta porque no hay nada más desagradable que esa odiosa jerigonza, en que el empleo del nombre posesivo y el de los infinitivos se lleva hasta el abuso.

Por consiguiente, está bien probado que el lacayo Frycollin era cobarde, y como se dice vulgarmente, cobarde como una gallina.

Sea como quiera, a esa hora, casi las doce, el creciente de la pálida Luna comenzaba a desaparecer en el oeste, detrás de los altos ramajes del parque. Sus rayos, pasando a través de las ramas, iluminaban algunos trechos del suelo; así es que el bosque parecía menos sombrío.

Esto permitió a Frycollin dirigir una mirada más inquisitiva.

-¡Brrr!, -exclamó-. ¡Están siempre ahí esos bribones! ¡No cabe duda que se acercan!

-Ya no pudo más, y dirigiéndose hada su amo le dijo:

-¿Master Uncle?...

Así era como le llamaba, y cómo quería el presidente del Weldon Institute que él lo llamase.

En este momento la disputa entre los dos rivales había llegado a su más alto grado. Y como se mandaban recíprocamehte a paseo, Frycollin fue bruscamente invitado a tomar parte en este paseo.

Y mientras hablaban mirándose fijamente, Uncle Prudent se internó en las praderas desiertas del Fairmont Park, alejándose siempre del Schuylkill River, y del puente que había que volver a tomar para entrar en la ciudad.

Los tres se encontraron entonces en el centro de unos árboles centenarios, cuya cima se impregnaba de las últimas claridades de la Luna. En lo último del centro se abría un largo sitio claro, un óvalo maravillosamente dispuesto para la lucha de un ring. No había ningún accidente del terreno que pudiera molestar el galope de los caballos, ningún árbol que hubiera estorbado la vista de los espectadores; era, en realidad, una pista circular de muchas millas.

Sin embargo, si Uncle Prudent y Phil Evans no hubieran estado ocupados en aquella disputa, si hubieran mirado atentamente, no hubiesen encontrado a ese sitio su aspecto habitual. ¿Era acaso un gran almacén de harinas para exportación, fundado todo aquello en la víspera? Verdaderamente, parecía un establecimiento de harinas para exportación, con el conjunto de sus molinos de viento, cuyas alas inmóviles entonces, susurraban en la sombra.

Pero ni el presidente ni el secretario del Weldon Institute notaron aquella extraña mudanza que presentaba el paisaje de Fairmont Park. Frycollin tampoco notó nada. Le parecía que los espías se acercaban, se juntaban como cuando van a hacer una mala partida. Había llegado Frycollin al miedo convulsivo; tenía los miembros paralizados, los cabellos erizados, en una palabra, estaba en el colmo del espanto.

Sin embargo, aunque se le doblaban las rodillas, tuvo todavía fuerzas para gritar por última vez:

-¡Master Uncle!... ¡Master Uncle!

-¡Eh! ¿Qué sucede? - respondió Uncle Prudent.

De seguro, Phil Evans y él se hubieran alegrado de zurrar al infeliz criado. Pero no les dio tiempo, ni Frycollin pudo contestarles. Se oyó un silbido al interior del bosque. Enseguida se encendió una especie de estrella eléctrica.

Sin la menor duda, ello indicaba que había llegado el momento de ejecutar alguna acción violenta o abominable.

En menos tiempo del preciso para pensarlo, seis hombres salieron de detrás de los árboles: dos se echaron sobre Uncle Prudent, dos sobre Phil Evans, y otros dos sobre el criado Frycollin; estos últimos sobraban evidentemente, pues el negro no se hallaba en estado de defenderse.

El presidente y el secretario del Weldon Institute, cogidos de improviso, quisieron resistir. No tuvieron tiempo ni fuerzas. En pocos momentos quedaron silenciosos a causa de la mordaza que se les puso, y ciegos por la venda con que les taparon sus ojos; así fueron rápidamente transportados a través del bosque. ¿Qué debían pensar sino que habíanse encontrado con esa clase de hombres poco escrupulosos que no tienen reparo en despojar a las personas que han permanecido hasta muy tarde en los bosques? Pero nada de esto sucedió. Ni siquiera se les registró, y eso que Uncle Prudent tenía siempre sobre sí, según costumbre, unos miles de dólares en billetes.

Para abreviar; un minuto después de la agresión, sin que los agresores hubieran cambiado una palabra entre sí, Uncle Prudent, Phil Evans y Frycollin sintieron que se les dejaba con sigilo, no sobre la hierba de aquel claro, sino sobre una especie de suelo de madera que el peso de sus cuerpos hizo crujir. Ahí los colocaron juntos los unos de los otros, y cerraron la puerta. Oyeron el ruido del pestillo, que les probó que estaban prisioneros.

Entonces hubo un zumbido continuo, parecido a un estremecimiento, como unas frrr, cuyas erres se prolongaban indefinidamente, sin que se oyera ningún otro ruido en medio de aquella noche llena de paz.

………………………………………………………………………………………………………………………….

¡Qué alarma al día siguiente en Filadelfia! Desde las primeras horas se conoció lo que había sucedido en la sesión del Weldon lnstitute, la aparición de un misterioso personaje, un ingeniero llamado Robur (Robur el Conquistador), la lucha que pareció querer trabar con los globistas, y, por fin, su inexplicable desaparición.

Pero todo ello no era nada comparado con lo que sucedió cuando se supo en la ciudad, que el presidente y el secretario del club habían desaparecido también en la noche del 12 al 13 de junio.

Se buscó por toda la ciudad y sus inmediaciones, pero inútilmente. Los periódicos de Filadelfia, los de Pennsylvania y hasta todos los de América se hicieron eco del acontecimiento y lo explicaron de mil modos, los cuales ninguno debía ser verdad. Se prometieron grandes cantidades por medio de anuncios y carteles, no solamente a quien encontrara a los desaparecidos, sino también a cualquiera que diera algún indicio para encontrar la pista. Nada sirvió. Aunque se hubiera abierto la tierra para comérselos, no hubieran sido por eso mejor suprimidos de la superficie del Globo el presidente y el secretario del Weldon Institute.

A este propósito, los periódicos del Gobierno pidieron que el personal de policía se aumentara notablemente, puesto que se podían producir semejantes atentados contra los mejores ciudadanos de los Estados Unidos; y tenía razón...

Es verdad que los periódicos de oposición pidieron que aquel personal se licenciara como inútil, ya que podían ocurrir semejantes atentados, sin que fuera posible hallar a los autores, y, ciertamente, no podía negarse que les sobraba motivo.

En suma, la policía quedó como estaba, como lo estará siempre en el mejor de los mundos; que no es perfecta, ni lo será nunca.

Примечания

  1. Julio Verne resucita aquí la teoría del primer viaje de Américo Vespucio en 1497. Se ha dicho que acompañó a Solís y Vicente Yañez Pinzón en un supuesto viaje que éstos hicieron, en el que tocaron en las costas de la actual Norteamérica. No hay aún la menor confirmación de ello. El primer viaje comprobado de Vespucio, fue en (1499-1500) acompañado de Ojeda y Juan de la Cosa. Fue Juan Cabot, en unión de sus hijos, entre los que estaba Sebastián, quien visitó las costas norteamericanas y canadienses en 1497. ↩

Телеграмма

Отправная станция: Всемирная паутина · Место назначения: борт «Наутилуса»

0 слово · тариф: 0 крейцер (точки заменяются на СТОП)