Robur el conquistador

Capítulo XIII

En el cual Uncle Prudent y Phil Evans atraviesan todo el Atlántico sin marearse

En efecto, ¡sobre el Atlántico! Los temores de ambos globistas se realizaron, al paso que no parecía que Robur experimentase la más leve inquietud al aventurarse a pasar sobre aquel vasto Océano. Esto no era para preocupar, ni aún a sus hombres, quienes debían tener la costumbre de realizar semejantes travesías. Ya habían penetrado todos tranquilamente en sus camarotes, y ningún incidente pudo turbar su sueño.

¿Adónde iba el Albatros? Como lo había dicho el ingeniero, ¿trataría de dar la vuelta al mundo? En todo caso, por necesidad convenía, que aquel viaje terminase en alguna parte. Que Robur pasase su vida en los aires, a bordo de la aeronave y que nunca se decidiera saltar en tierra; esto no podía admitirse. ¿Cómo hubiera podido renovar sus provisiones de víveres y de municiones, sin contar las substancias necesarias para el funcionamiento del aparato? Era, pues, indudable, que había algún retiro, un puerto de arribada, si se quiere llamar así, algún paraje ignorado e inaccesible del Globo, donde el Albatros se pudiera aprovisionar. Que hubiera roto toda relación con los habitantes de la tierra, convenido, pero con toda la superficie terrestre, no.

Si esto era así, ¿cuál sería aquel punto? ¿Qué había hecho Robur para escogerlo? ¿Le esperaba, quizás, alguna pequeña colonia de la cual él era el jefe? ¿Reclutaría allí una nueva tripulación? Y a bordo, ¿por qué aquellos hombres, de orígenes diferentes, se habían adherido a su suerte? Además ¿con qué recursos contaba para haber podido crear un aparato tan costoso, cuya construcción se había hecho en el mayor secreto? Verdad que su mantenimiento no parecía ser muy caro. A bordo se sostenía una vida común, una vida de familia entre hombres felices, que no ocultaban serlo. Pero; en fin, ¿quién era Robur? ¿De dónde procedía? ¿Cuál era su pasado? Había que resolver otros tantos enigmas, y especialmente el del mismo Robur, y éste, sin duda, no consentiría jamás que se dijese una palabra.

No es de admirar, por tanto, que esta situación, formada de problemas insolubles, sobreexcitase a los dos yanquis, sentirse de aquel modo arrastrados a lo desconocido; no entrever la salida de semejante aventura; hasta dudar si tendría un término; verse condenados a un viaje perpetuo, ¿no eran estos motivos para que agotasen todos los recursos, por terribles que fuesen, el presidente y el secretario del Weldon Institute?

Entretanto, desde la tarde del 11 de julio, el Albatros caminaba sobre el Atlántico. Al día siguiente, cuando el Sol apareció, se levantó sobre esta línea circular donde viene a confundirse el cielo y el agua. Ya no se veía tierra, por extenso que fuese el campo de visión. África había desaparecido bajo el horizonte Norte.

Y cuando Frycollin se determinó a salir fuera de su camarote, cuando vio todo este mar debajo de él, le entró un miedo espantoso. Debajo, sin embargo, no es la palabra exacta: sería mejor decir en su derredor, pues para un observador colocado en estas zonas elevadas, el abismo parece que le cerca por todas partes, y el horizonte, elevado a su nivel, parece retroceder, sin que pueda esperarse jamás alcanzar las orillas.

Sin duda, Frycollin no se explicaba físicamente el efecto, pero lo sentía moralmente, esto bastaba para provocar en él «ese horror del abismo», del que ciertas naturalezas, por bravas que sean, no pueden desprenderse. De todas maneras, por prudencia, el negro no quiso reproducir sus recriminaciones. Con los ojos bien cerrados y cruzado de brazos, volvió a entrar en su camarote, dispuesto a permanecer allí mucho tiempo.

En efecto, sobre la superficie total de los mares, el Atlántico ocupa más de la cuarta parte. Ahora bien, no parecía que el ingeniero se dispusiese a ir más adelante. De otro lado, el Albatros no hubiese podido volver a encontrar la velocidad que le había llevado sobre Europa a razón de doscientos kilómetros por hora. En esta región donde dominan las corrientes del Sudoeste había viento constante, y aún cuando este viento fuese débil todavía, no por eso dejaba de ofrecerle resistencia.

En esta zona intertropical, los más recientes trabajos de los meteorólogos, apoyados por gran número de observaciones, han permitido conocer que existe una convergencia de alisios, bien hacia el Sahara, ya hacia el golfo de México. Fuera de la región de las calmas, o vienen del Oeste y se encaminan hacia el África o vienen del Este y se dirigen hasta el Nuevo Mundo, al menos durante la estación calurosa.

El Albatros no procuró, pues, luchar contra las brisas contrarias con toda la potencia de sus propulsores; se limitó a un andar moderado, que sobrepujaba, no obstante, al de los más rápidos transatlánticos.

El día 13 de julio la aeronave atravesó la línea equinoccial, hecho que se anunció a todos los de a bordo.

Por eso Uncle Prudent y Phil Evans supieron que acababan de dejar el hemisferio boreal, por el hemisferio austral. Aquel paso de la línea no los obligó a ninguna de las ceremonias que acompañan a bordo de ciertos buques de guerra o mercantes.

Solamente Tapage se contentó con derramar una pinta de agua sobre el cogote de Frycollin; pero como este bautizo fue seguido de algunos vasos de ginebra, el negro se declaró dispuesto a pasar la línea tantas veces como se quisiera, con tal que no fuese sobre el lomo de un ave mecánica, que no le inspiraba confianza.

En la mañana del día 15 el Albatros enfiló entre la isla de la Ascención y la de Santa Elena, siempre más cerca de la última, cuyas altas tierras se mostraron en el horizonte durante algunas horas.

Ciertamente, en la época en que Napoleón se hallaba en poder de los ingleses, si hubiese existido un aparato análogo al del ingeniero Robur, Hudson Lowe, a despecho de sus insultantes precauciones, hubiera podido ver a su ilustre prisionero fugado por la vía de los aires.

Durante las noches de los días 16 y 17 de julio, un curioso fenómeno de luces crepusculares se produjo a la caída de la tarde. Bajo una latitud más elevada, habríase creído en la aparición de la aurora boreal. El Sol, al ponerse, proyectó una serie de rayos multicolores, de los cuales algunos se impregnaban de un ardiente color verde.

¿Era aquello tal vez una nube de polvos cósmicos que atravesaba la tierra en aquel momento, y que reflejaba sobre los últimos rayos del Sol? Algunos observadores han dado esta explicación a las luces crepusculares. Pero tal explicación no hubiera podido darse ahora, si estos sabios se hubieran encontrado a bordo de la aeronave.

Hecho el examen, se vio comprobado que había en suspensión en el aire pequeños cristales de piróxeno, glóbulos vidriosos, finas partículas de hierro magnético, análogas a las materias que desprenden algunas montañas ignívomas. Desde entonces no hubo duda de que un volcán en erupción había proyectado sobre el espacio una nube, cuyos corpúsculos cristalinos producían aquel fenómeno observado, nubes que las corrientes aéreas tenían entonces en suspensión encima del Atlántico.

Aparte de éste, durante esta parte del viaje, otros fenómenos fueron observados. En distintos períodos de tiempo, ciertas nubes daban al cielo un tinte ceniciento de un aspecto singular; después, si se traspasaba por esta cortina de vapores, su superficie aparecía apezonada de volutas deslumbradoras de un blanco opaco, sembradas de pequeñas lentejuelas solidificadas, lo que bajo tal latitud no puede explicarse más que por una formación idéntica a la de una granizada.

En la noche del 17 al 18 vino la aparición de un arco iris lunar de un color amarillo verdoso, por consecuencia de la posición de la aeronave entre el plenilunio y una lluvia menuda que se volatilizaba antes de haber tocado al mar.

De esos diversos fenómenos ¿se podía deducir un próximo cambio de temperatura? Quizá. De cualquier manera que fuese, el viento que soplaba del Sudoeste después de la partida de la costa de África, había comenzado a calmar en las regiones del Ecuador. En aquella zona tropical hacía un calor extremado. Robur, pues, fue a buscar el fresco de las capas más elevadas. Todavía era necesario abrigarse contra los rayos del Sol, cuya directa proyección no habría sido soportable.

Tal modificación en las corrientes aéreas hacía verdaderamente presentir que otras condiciones climatológicas se presentarían más allá de aquellas regiones equinocciales. Es menester, por otra parte, observar que el mes de julio del hemisferio austral es el mes de enero del hemisferio boreal, es decir, el corazón del invierno. El Albatros, si descendía al Sur, iba muy pronto a experimentar sus efectos.

Por lo demás, el mar «sentía esto», como dicen los marinos. El 18 de julio, más allá del tropico de Capricornio, se manifestó otro fenómeno, que para un buque hubiese tenido algo de espantoso.

Una extraña serie de ráfagas luminosas se propagaba en la superficie del Océano, con una rapidez, que no se podía estimar en menos de sesenta millas por hora. Estas ráfagas cruzaban a una distancia de ochenta pies la una de la otra, trazando largos surcos de luz. Con la noche, que comenzaba a presentarse, un intenso reflejo subía hasta el Albatros. Esta vez se le hubiera podido tomar por un bólido inflamado. Jamás tuvo Robur la ocasión de caminar o mecerse sobre un mar de fuego, fuego sin calor, que no hubiera tenido necesidad de evitar elevándose a mayores alturas.

La electricidad debía ser la causa de aquel fenómeno, pues no podía atribuirse a la presencia de un banco de freza de peces o de una capa peñascosa donde anidan los animálculos cuya aglomeración produce la fosforescencia.

Esto hacía suponer que la tensión eléctrica de la atmósfera debía ser considerable.

Y en efecto, en el día siguiente, 19 de julio, un buque cualquiera tal vez se hubiera perdido sobre este mar.

Pero el Albatros se burlaba de los vientos y de las ráfagas, semejante a la poderosa ave de la cual llevaba el nombre. Si no le agradaba pasearse sobre su superficie como los petreles, podía, como las águilas, encontrar en las altas capas la calma y el Sol.

En tal momento, el paralelo 47 Sur había sido traspasado; el día no duraba ya más que siete u ocho horas. Debía de disminuir a medida que se aproximaba a las regiones antárticas.

Cerca de la una de la tarde el Albatros había descendido sensiblemente para buscar una corriente más favorable. Volaba a menos de cien pies de la superficie del mar.

El tiempo estaba en calma. En el cielo, gruesas nubes negras, aglomeradas en su parte superior, terminaban en una línea rígida, absolutamente horizontal. De aquellas nubes se escapaban largas protuberancias, cuya punta parecía atraer violentamente el agua, que hervía bajo ella.

De pronto, esta agua se lanzó, afectando la forma de una enorme ampolla.

Al instante, el Albatros viose envuelto en el torbellino de una gigantesca tromba, a la cual unas veinte más, negras como la tinta, vinieron a formar séquito. Por fortuna, el movimiento giratorio de esta trompa era inverso del de las hélices suspensivas, sin las cuales no hubiera ya tenido acción, y la aeronave hubiera sido precipitada en el mar; pero giró sobre sí misma con admirabie rapidez.

Sin embargo, este peligro era inmenso, y tal vez imposible de conjurar, porque el ingeniero no podía desprenderse de la tromba, cuya aspiración le detenía a pesar de los propulsores. Dos hombres, empujados por la fuerza centrífuga en los dos extremos de la plataforma, debieron sujetarse a los montantes para no ser precipitados.

-¡Sangre fría! - exclamó Robur.

Se necesitaba, y también paciencia.

Uncle Prudent y Phil Evans, que acababan de dejar su camarote, fueron rechazados hacia la popa, a riesgo de ser lanzados por encima de las barandas.

Al mismo tiempo que se volvía, el Albatros seguía el camino de aquellas trombas que se movían con una rapidez tal, que habrían podido comprometer la seguridad de las hélices, pues si escapaba de una, se veía atacada por alguna otra, con amenaza de dislocarse y ser convertidas en pedazos.

-¡Pronto! ¡Un cañonazo! - ordenó.

Esta orden se dio a Tom Turner. El contramaestre se acercó a la pequeña pieza de artillería montada en medio de la plataforma, donde los efectos de la fuerza centrífuga eran poco sensibles. Comprendió el pensamiento de Robur. En un instante bajó hasta la recámara del cañón, en la cual colocó un cartucho que extrajo del cajón adosado a la cureña. Partió el disparo, y de repente se realizó la destrucción de las trombas con el desvanecimiento de las nubes que parecían declarar la derrota.

El estremecimiento del aire bastó para romper aquel meteoro, y la enorme nube, resolviéndose en lluvia, rayó el horizonte de chorros verticales, inmensa cortina líquida tendida desde el mar al cielo.

El Albatros, libre al fin, se apresuró a elevarse algunos centenares de metros.

-¿No se ha roto nada a bordo? - preguntó el ingeniero.

-Nada -respondió Tom Turner-, pero aquí tenemos un juego de trompo holandés y de raqueta que no conviene que vuelvan a funcionar.

En efecto, durante unos doce minutos, la aeronave había estado perdida. De no haber sido por su extraordinaria solidez, hubiese perecido en el torbellino de trombas.

Continuaron volando. Durante la travesía del Atlántico, ¡cuán largas eran las horas cuando algún fenómeno no venía a romper aquella monotonía! Por otra parte, los días amenguaban sin cesar, y el frío llegaba a ser bastante vivo. Uncle Prudent y Phil Evans veían poco a Robur. Encerrado en su camarote, el ingeniero se ocupaba en arreglar su itinerario, y en apuntar sobre sus cartas la dirección seguida; en reconocer su posición, siempre que podía; en anotar las indicaciones de los barómetros, termómetros y los cronómetros; y por último, consignar en su cuaderno de bitácora todos los incidentes del viaje.

Con respecto a los globistas, bien abrigados procuraban incesantemente distinguir tierra hacia el Sur.

Por su lado, obedeciendo a la expresa recomendación de Uncle Prudent, Frycollin se esforzaba en sonsacar al cocinero para descubrir quién era el ingeniero. Pero ¿cómo creer nada de lo que decía aquel gascón de Tapage? Tan pronto Robur era un antiguo ministro de la República Argentina, un jefe del Almirantazgo, un presidente de Estados Unidos, un general español dispuesto a todo, o un virrey de las Indias, que buscaba una posición más elevada surcando los aires. Tan pronto poseía millones merced a las correrías verificadas con su aparato, como era señalado por la vindicta pública. Y tan pronto se había arruinado a fin de construir la aeronave, que se veía precisado a hacer ascensiones públicas para recobrar su dinero. Respecto a la cuestión de saber si alguna vez se detendría en alguna parte, imposible averiguarlo. Únicamente afirmó Tapage, muy serio, que abrigaba el propósito de ir a la Luna, y, si encontraba alguna localidad, fijaría allí su residencia.

-¿Qué te parece, Fry?... Amigo mío... ¿te gustaría ver lo que ocurre por allá arriba?

-¡Yo no iré!... ¡Me opongo!... - respondía el imbécil, que tomaba en serio todas las bromas.

-¿Y por qué, Fry, por qué? ¡Te casaríamos con alguna bella lunática! ¡Tú formarías allí el tronco de los negros!

Y cuando Frycollin llevaba estas respuestas extravagantes a su amo, éste conocía bien que no podía tener ninguna noticia sobre Robur. Ya no pensaba sino en vengarse.

-Phil, -dijo un día a su colega-, ¿os parece que la fuga es imposible?

-Imposible, Uncle Prudent.

-Pienso igual. Pero un hombre se pertenece siempre, y si es menester, sacrificando su vida...

-¡Si hay que realizar este sacrificio, hágase lo más pronto! - respondió Phil Evans, cuyo temperamento, por frío que fuese, no podía ya soportar más. ¡Sí, es tiempo de concluir!... ¿Dónde va el Albatros?... Ahora atraviesa oblícuamente el Atlántico, y si se mantiene en esta dirección, llegará al litoral de la Patagonia; después a las riberas de la Tierra del Fuego... y después... se lanzará sobre el Océano Pacífico, o se aventurará a irse hacia los continentes del Polo Sur. ¡Todo es posible con este Robur!... ¡Entonces estaríamos perdidos!... Hemos llegado al caso de una legítima defensa, y si debemos perecer...

-¡Que esto no suceda -respondió Uncle Prudent-, sin habernos vengado, sin haber destruido este aparato, con todo lo que contiene!...

Ambos colegas habían llegado al límite del furor impotente de rabia reconcentrada. Sí, pues que era preciso, se sacrificarían para destruir al inventor y su secreto. Algunos meses era todo lo que podía vivir la prodigiosa nave, cuya incomparable superioridad en locomoción aérea se veían obligados a reconocer.

Esta idea se había aferrado en su espíritu, hasta el extremo de no pensar más que en su ejecución. ¿Y cómo? Apoderándose de uno de los artefactos explosivos situados a bordo, con lo cual harían estallar el aparato. Pero era necesario poder penetrar en el departamento de las municiones.

Afortunadamente, Frycollin no sospechaba nada acerca de estos proyectos. Ante la idea de saber que el Albatros reventaría en los aires, habría sido capaz de denunciar a su amo.

El 23 de julio reapaereció la tierra en el Sudoeste, cerca del cabo de las Vírgenes, a la entrada del estrecho de Magallanes. Más allá del paralelo cincuenta y cuatro, en esta época del año, la noche duraba ya cerca de dieciocho horas, y la temperatura bajaba casi a los seis grados bajo cero.

El Albatros, en vez de sumergirse más al Sur, siguió las sinuosidades del estrecho como si hubiese querido llegar al Pacífico. Después de haber pasado sobre la bahía de Lomas, y dejado atrás el monte Gregory en el Norte y el monte Brecknock en el Oeste, reconoció Punta Arenas, pequeño pueblo chileno en el momento que la iglesia repicaba su campana, y luego, unas horas más tarde, el viejo establecimiento de Port-Famine.

Si los patagones, cuyas fogatas se veían acá y allá, tienen una estatura superior a la mediana, los pasajeros de la aeronave no pudieron juzgarla bien, porque la altura los convertía en enanos.

Pero durante las cortas horas del día austral, ¡qué espectáculo! Montañas abruptas, picos eternamente nevados, con esos bosques extendidos sobre sus flancos, mares interiores, bahías formadas entre las penínsulas y las islas del arphipiélago, reunión de las tierras de Clarence, Dawson, Desolación; canales y pasos, innumerables cabos y promontorios, todo aquel follaje impracticable, cuyos hielos convertían aquello en una masa sólida; luego el cabo Forward, que pone término al continente americano, hasta el cabo de Hornos, donde concluye el Nuevo Mundo.

Sin embargo, una vez llegado a Port-Famine, se pudo confirmar que el Albatros iba a emprender de nuevo su camino al Sur. Pasando entre el monte Tarn, de la península de Brunswick, y el monte Sarmiento, pico enorme, cubierto de nieves, que domina el estrecho de Magallanes, a dos mil metros sobre el nivel del mar19.

Este era el país de los pescadores o fueguinos, esos indígenas que habitan la Tierra del Fuego.

Seis meses antes, en pleno estío, cuando los días tienen quince o dieciséis horas, ¡cuán bella y fértil se hubiera ofrecido esta tierra, sobre todo en su parte meridional! Entonces se hubieran visto por todas partes valles y praderas que podían alimentar a millares de animales, con bosques vírgenes de árboles gigantescos, abedules, hayas, fresnos, cipreses, helechos arborescentes, unas llanuras que recorren las manadas de guanacos, vicuñas y avestruces; después, ejércitos de periquitos y millares de volátiles. Así que, cuando el Albatros puso en actividad sus fanales eléctricos, unas y otras aves acudieron a lanzarse a bordo, en cantidad bastante para llenar la cocina de Tapage.

De aquí un exceso de trabajo para el cocinero, que sabía aderezar aquella caza de una manera especial para despojarla de su gusto aceitoso. Un exceso de trabajo igual para Frycollin, que no pudo negarse a desplumar docenas y más docenas de aquellos exquisitos volátiles.

Aquel día, en el momento en que iba a ponerse el Sol, a eso de las tres de la tarde, apareció un vasto lago, encajonado en una explanada de soberbios árboles. Aquel lago estaba a la sazón enteramente helado, y algunos indígenas, con sus largas raquetas en los pies, se deslizaban rápidamente por su superficie.

En realidad, a la vista del aparato, estos fueguinos, en el colmo del asombro, huían en todas direcciones; y cuando no podían huir, se ocultaban y se introducían dentro de las cuevas como los animales.

El Albatros no cesó de marchar hacia el Sur, más allá del canal de Beagle y de la isla de Navarino, cuyo nombre griego denota alguna semejanza entre los nombres rudos de estas tierras lejanas, a más distancia de la isla de Wollaston, bañada por las últimas aguas del Pacífico. En fin, después de haber atravesado siete mil quinientos kilómetros desde la costa del Dahomey, pasó a los extremos islotes del archipiélago de Magallanes; luego al más avanzado de todos al Sur, cuya punta parece carcomida por una eterna resaca, y que era el terrible cabo de Hornos.

Notas de la fuente

19. Su altura correcta es 2.330 m.

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