Capítulo X
En el cual se verá, cómo y por qué Frycollin fue puesto en remolque
Lejos estaba de la intención del ingeniero pasear su aparato por encima de aquellas maravillosas comarcas del Indostán. Si había atravesado el Himalaya, era sólo para demostrar cuán admirable era la ingeniosa máquina de locomoción de que era dueño, para convencer a los que no habían querido convencerse; no pretendía ninguna otra cosa. ¿Era esto decir que el Albatros fuese perfecto, a pesar de que la perfección no existe en el mundo? Ya lo veremos.
En todo caso, si en su fuero interno Uncle Prudent y su compañero no podían por menos que admirar la potencia de semejante obra de la locomoción aérea, hacían lo posible por no demostrarlo. No buscaban otra cosa que la ocasión de poder fugarse. Ni siquiera admiraron el soberbio espectáculo que se presentaba a su vista, en tanto que el Albatros seguía las pintorescas márgenes del Penjab.
Existe en la base del Himalaya una extensión de terrenos cenagosos donde brotan vapores insalubres; ésta es Tehri, en la cual la fiebre permanece en estado endémico. Pero aquello no podía perturbar ni comprometer la salud de su tripulación. Subió, sin apresurarse mucho, hacia el ángulo que forma el Indostán en el punto de enlace del Turquestán y de la China. El 29 de junio, desde las primeras horas de la mañana, apareció ante sus ojos el incomparable valle de Cachemira.
¡Ah! ¡Pero cuán incomparable es esta garganta que dejan en medio, el grande y el pequeño Himalaya! Surcada por innumerables contrafuertes que forman la enorme cordillera y que concluyen en el paraje del Hidaspe, está regada por las caprichosas ondulaciones del río que vio luchar a los ejércitos de Poros y de Alejandro, es decir, la India y Grecia en las guerras del Asia central. Allí se encuentra siempre este Hidaspe aunque las dos ciudades fundadas por el Macedonio en recuerdo de su victoria, han desaparecido también, ya que ni aún se sabe en la actualidad en qué sitio estuvieron edificadas.
Durante la mañana, el Albatros voló sobre Srinagar, más conocido bajo el nombre de Cachemira. Uncle Prudent y su compañero vieron una magnífica ciudad extendida sobre las dos márgenes del río, sus puentes de madera tendidos como unos hilos, sus casas de recreo adornadas con ventanas rasgadas, sus vergeles sombreados por altos y copudos árboles, sus múltiples canales, con barcas como cáscaras de nueces y remeros como hormigas, sus palacios, templos, kioscos, mezquitas, sus bungalows a la entrada de los barrios, todo aquel panorama envuelto por la reverberación de las aguas; además, su antigua ciudadela de Hari Parvati, situada sobre una colina, como el más importante de los fuertes de París enfrente del Monte Valeriano.
-Esto se llamaría Venecia -dijo Phil Evans-, si estuviéramos en Europa.
-Y si estuviésemos en Europa -agregó Uncle Prudent-, sabríamos también hallar el camino de América.
El Albatros no tardó en situarse encima del lago que cruza el río, y emprendió su vuelo a través del valle del Hidaspe.
Durante media hora, habían descendido a diez metros del río, en donde quedó estacionado. Luego, merced a un tubo de goma que sacaron fuera de la aeronave, Tom Turner y sus agentes se ocuparon en aprovisionarse de agua, que fue aspirada por una bomba movida por las corrientes de los acumuladores.
Durante esta operación, Uncle Prudent y Phil Evans se lanzaron mutuas miradas. Un mismo pensamiento había cruzado por sus cerebros. Se hallaban a pocos metros de altura de la superficie del Hidaspe, al alcance de las orillas. Ambos eran buenos nadadores, y una inmersión podía devolverles la ansiada libertad; y cuando hubieran desaparecido entre dos aguas ¿cómo podía Robur aprisionarlos de nuevo? Para dejar sus propulsores la posibilidad de obrar, era necesario que el aparato se mantuviese por lo menos a dos metros encima del lago.
En un instante se ofrecieron a sus mentes todas las posibilidades en pro y contra. En un instante lo pensaron todo. Pero cuando al fin se disponían a lanzarse, muchas manos cayeron sobre sus hombros.
Se les vigilaba. No tenían, pues, la posibilidad de huir.
No se rindieron sin resistencia; quisieron rechazar a quienes los sujetaban; pero los hombres del Albatros eran fuertes y robustos.
-Señores -se limitó a decir el ingeniero luego que los yanquis fueron dominados-, cuando se tiene el gusto de viajar en la compañía de Robur el Conquistador, como vosotros le habéis tan justamente calificado; y a bordo de su admirable Albatros, ¡no se le abandona de esa manera, a la inglesa! Añadiré también que no se le abandona jamás.
Phil Evans pudo contener a su compañero, que parecía dispuesto a ejercer algún acto de violencia. Los dos entraron en su camarote, pero ahora más resueltos aún a fugarse, aunque debiera costarles la vida, y sin que importara dónde fueran a caer.
El Albatros tomó nuevamente su dirección hacia el Oeste. Durante este día, con una rapidez mediana, cruzó el territorio de Cabulistán, cuya capital se distingue al momento; después, la frontera del reino de Herat, a 1.100 kilómetros de Cachemira.
En aquellas comarcas, tan disputadas todavía en el camino abierto a los rusos hacia las posesiones inglesas de la India, aparecieron grandes masas de hombres, columnas de convoyes, en una palabra, todo lo que constituye las fuerzas y material de un ejército en marcha. Se oyeron también cañonazos y el fuego graneado de la fusilería. Pero el ingeniero no se mezclaba jamás en asuntos que no le incumbían, a menos que se tratase de alguna cuestión de honor o humanitarismo. Si Herat, como se dice, es la llave del Asia Central, y esta llave estaba en un bolsillo inglés o en una bolsa moscovita, le tenía sin cuidado. Sus intereses terrestres no se relacionaban más que con los audaces que hacen del aire su único dominio.
Por otra parte, el país no tardó en desaparecer debajo de un desatado huracán de arena, como acontece a menudo en aquellas regiones. Este viento, que se llama teblad, contiene elementos deletéreos entre la immensa polvareda que levanta a su paso. ¡Y cuántas caravanas perecen en estos torbellinos!
En cuanto al Albatros, con el fin de escapar de esta polvareda que habría podido alterar la delicadeza de sus engranajes, se levantó para buscar a dos mil metros una zona más limpia.
De esta forma desapareció la frontera de Persia, y sus extensas llanuras llegaron a quedar invisibles. El andar era muy moderado, aunque no había motivo para temer ningún escollo. En efecto, aunque el mapa indica algunas montañas, éstas tan solo alcanzan una altura mediana; sin embargo, en las cercanías de la capital convenía evitar o apartarse del Demavend, cuyo pico nevado alcanza cerca de 6.600 metros; luego sigue la cordillera de Elburz, al pie de la cual se halla edificado Teherán.
Desde las primeras horas del 2 de julio, surgió el Demavend, como si brotase de entre la tempestad de arena.
El Albatros se dirigió por encima de la ciudad, a la que el viento envolvía en una nube de finísimo polvo.
Sin embargo, a eso de las diez de la mañana, se pudieron distinguir los anchos fosos que rodean el recinto, y en el centro el palacio del Shah, de murallas revestidas de placas de porcelana, sus surtidores que parecían tallados en enormes turquesas de un azul brillante.
Esto fue solo una rápida visión. A partir de este punto, el Albatros, modificando su marcha se encaminó casi directamente al Norte. Algunas horas después se encontraba dominando una pequeña ciudad, edificada en un ángulo septentrional de la frontera persa, sobre las márgenes de una vasta extensión de agua, cuyo límite no se podía distinguir ni al Norte, ni al Este.
Era el puerto de Ashurada, la estación rusa más avanzada en el Sur. Esa extensión de agua era un verdadero mar: el mar Caspio.
Surgieron más torbellinos de polvo. Filas de casas a la europea, establecidas a lo largo de un promontorio, con un campanario que las domina.
El Albatros descendió sobre este enorme lago, cuyas aguas se encuentran a unos trescientos pies sobre el nivel del mar. Por la noche se dirigía a la costa turquestana unas veces, y otras a la costa rusa, que asciende hacia el golfo de Balkan; y en la mañana del 3 de julio se mecía a cien metros sobre el mar Caspio.
No se divisaba tierra ni por la parte de Asia ni por la de Europa. En la superficie del mar veíanse velas blancas, henchidas por la brisa. Eran embarcaciones indígenas; conocidas por su forma; berebeys, de dos mástiles; kayuks, antiguos bajeles piratas de un solo palo, y simples canoas de servicio público o pesca. Acá y allá, se elevaban hasta el Albatros algunas columnas de humo, expelidas por las chimeneas de diversos barcos con base en Ashurada, que Rusia sostiene para vigilar las aguas turcomanas.
Esa misma mañana, el contramaestre Tom Turner hablaba con el cocinero Tapage, y a una pregunta de éste dio la siguiente respuesta:
-Sí; permaneceremos aproximadamente cuarenta y ocho horas encima del Caspio.
-Bien -respondió el cocinero-. ¿Seguramente nos permitirán pescar?
-¡Ya lo creo!...
Puesto que debían emplearse cuarenta y ocho horas para recorrer las seiscientas veinticinco millas que mide este mar de largo, por doscientas de anchura, la velocidad del Albatros tenía que ser muy moderada, y hasta nula durante la pesca.
Ahora bien; aquella respuesta de Tom Turner fue escuchada por Phil Evans, quien se hallaba entonces en la proa.
En aquel instante, Frycollin se obstinaba en fatigarle con sus incesantes quejas, rogándole al mismo tiempo que interviniera con su amo para que buscase la forma de llevarle a tierra.
Phil Evans -dijo de pronto Uncle Prudent, que se había acercado a su compañero-; pienso que no debemos de hacernos ilusiones sobre las intenciones de este miserable respecto a nosotros.
-Ninguna -contestó Phil Evans-. ¡Nos devolverá la libertad cuando se le antoje, y puede ser que no nos la devuelva nunca!
-¡En ese caso, debemos intentarlo todo para dejar el Albatros!
-El cual es preciso confesar que es un famoso aparato.
-Convengo en ello -exclamó Uncle Prudent-; pero es el aparato de un bribón que nos aprisiona con el menosprecio de todo derecho. Además, este aparato constituye para nosotros y los nuestros un peligro latente, a no ser que logremos destruirle...
-Comencemos por salvarnos -respondió Phil Evans-. Luego veremos.
-Sea -contestó Uncle Prudent-, y aprovechemos las ocasiones que se presenten. Evidentemente, el Albatros atravesará el mar Caspio; luego se lanzará sobre Europa, bien por el Norte encima de Rusia, o por el Oeste encima de los países meridionales.
Pues bien, en cualquier lugar que pongamos el pie, nuestra salvación está asegurada hasta el Atlántico. Conviene encontrarse dispuestos para aprovechar la ocasión.
-Pero -preguntó Phil Evans-, ¿cómo huir?
-Escuchadme -respondió Uncle Prudent-. Sucede algunas veces, durante la noche, que el Albatros vuela a algunos centenares de pies solamente. Pues bien; a bordo hay muchos cables de esta longitud, y con algo de audacia tal vez pudiéramos escurrirnos.
-Sí -respondió Phil Evans-; si el caso se presenta, yo no vacilaré...
-Ni yo tampoco -dijo Uncle Prudent-, y añado que por la noche, excepto el timonel apostado en la popa, nadie vigila. Precisamente uno de estos cables se halla colocado en la proa, y sin ser vistos ni vigilados, no será difícil desenrollarlo.
-Muy bien -dijo Phil Evans-. Veo con placer, Uncle Prudent, que os halláis muy tranquilo. Así debe ser. Pero en este momento nos hallamos sobre el Caspio. Muchos buques están a la vista. El Albatros va a descender y detenerse durante la pesca. ¿No podríamos aprovechamos de esta circunstancia?
Se nos vigila mucho, aunque a nosotros se nos figura que no somos vigilados -hizo saber Uncle Prudent-. Bien lo viste cuando intentamos precipitamos en el Hidaspe.
-¿Y quién asegura que no seamos también vigilados en la noche? -replicó Phil.
-Es necesario, sin embargo, que esto termine -admitió Uncle Prudent-. Sí; acabar con este Albatros y con su dueño lo antes posible.
Bien se ve que ambos colegas continuaban llenos de furor; Uncle Prudent, sobre todo, que podría ejecutar actos temerarios, y tal vez opuestos a su propia seguridad.
El sentimiento de su impotencia, el desdén irónico con que los trataba Robur, las secas respuestas que les daba, todo contribuía a crear una situación cuya gravedad era cada vez más manifiesta. Este mismo día debía producirse una escena de las más desagradables que engendraría una mayor animosidad entre Robur y los dos colegas. Frycollin iba a ser el provocador de ello.
Viéndose encima de este mar sin límites, el miedoso criado se encontró acometido de un nuevo espanto. Como un niño, comenzó a gimotear y gritar con sendos gestos y contorsiones.
-¡Yo quiero irme! ¡Yo quiero irme! -gritaba- ¡Yo no soy pájaro!... ¡Yo no he nacido pata volar!... ¡Yo quiero que me dejen en tierra!... ¡Y pronto!...
Ocioso será decir que Uncle Prudent no procuraba de ninguna manera calmarlo, al contrario. De suerte que estos aullidos concluyeron por impacientar singularmente a Robur.
Como Tom Turner y sus compañeros se disponían a pescar, el ingeniero, a fin de desembarazarse de Frycollin, ordenó que le encerrasen en su gatita. Mas una vez allí, el negro siguió dando gritos, y golpeando la puerta cada vez con más desesperación.
Eran las doce del día. En aquel momento el Albatros se encontraba a cinco o seis metros solamente del nivel del mar. Algunas embarcaciones, asustadas a su vista, habían huido a toda prisa. Aquella parte del Caspio no debía tardar mucho tiempo en verse desierta.
Como puede imaginarse, en estas condiciones, en que sin demasiados esfuerzos hubieran podido huir, los dos colegas debían ser, y lo eran, en efecto, objeto de una vigilancia especial. Admitiendo que se hubiesen arrojado desde lo alto, se los hubiera podido recoger con la canoa de caucho del Albatros. No debía hacerse nada durante la pesca, a la cual Phil creyó deber asistir, en tanto Uncle, completamente dominado por el furor, se retiraba a su camarote.
Sábese que el mar Caspio es una depresión volcánica. En este depósito afluyen las aguas de los grandes ríos: el Volga, el Ural, el Kur, el Kuma, el Emba y otros. Sin la evaporación que le arranca una enorme cantidad de agua, este agujero, de una superficie de diecisiete mil leguas cuadradas, y de escasa profundidad (comprendida entre sesenta y cuatrocienos pies), hubiera inundado las costas del Norte y del Este, bajas y cenagosas. Aún cuando esta cuenca no se halla en comunicación con el mar Negro ni con el mar Aral, cuyos niveles son muy superiores al suyo, alimenta gran número de peces, pero de las especies que pueden soportar sus aguas, sumamente amargas, debido al petróleo que vierten los manantiales de su extremo meridional.
El personal del Albatros, imaginando la diversión que podría proporcionar la pesca a la vida ordinaria del aparato, no podía disimular el placer que iba a experimentar.
-¡Atención! - exclamó Tom Turner, que acababa de arponear a un pez de grandes dimensiones, casi semejante a un raquín.
Era un magnífico esturión de unos siete pies de largo, de la especie Belonga de los rusos, cuyos huevos, mezclados con sal, vinagre y vino blanco, forman el caviar. Es posible que los esturiones pescados en los ríos resulten mejores que los de mar; pero éstos fueron bien acogidos a bordo del Albatros.
Sin embargo, lo que contribuía a que la pesca fuese todavía más fructífera, fue el rastreo de las redes, que recogían entremezclados, carpas, bremas, salmones, sollos de agua salada, y sobre todo gran cantidad de esterletos de regulares dimensiones, que los más ricos gastrónomos hacen venir vivos desde Astrakán a Moscú y a San Petersburgo. Aquéllos iban a pasar inmediatamente desde su elemento natural a los estómagos de la tripulación, sin gastos de transporte.
Las gentes de Robur movían gozosamente las redes, después que el Albatros las paseó bastantes millas. El gascón Tapage, aullando de placer, justificaba su nombre. Una hora de pesca bastó para llenar de provisiones a la aeronave, que enfiló hacia el Norte.
Durante todo este tiempo, Frycollin no había cesado de gritar, o mejor dicho, de escandalizar.
-¡Este maldito negro no se calla! - dijo Robur, ya harto de soportarlo.
-¡Me parece que tiene derecho a lamentarse! -protestó Phil Evans.
-Sí, como yo tengo el derecho de librar mis oídos de este suplicio -replicó Robur.
-¡Ingeniero Robur! -dijo Uncle Prudent, que acababa de aparecer en la plataforma.
-¡Presidente del Weldon Institute!
Ambos se adelantaron el uno hacia el otro, y se miraron con furor. Pero en seguida, Robur se encogió de hombros.
-¡Cuerda! - dijo. Tom Turner comprendió y Frycollin fue sacado de su encierro. ¡Qué gritos lanzó cuando el contramaestre y uno de sus camaradas le cogieron, y le ataron a una especie de tonel, al cual fijaron sólidamente la punta de un cable! Era precisamente uno de aquellos cables de los que Uncle Prudent había querido poder hacer empleo para conseguir su fuga. El negro creyó al principio que le iban a ahorcar... Pero se equivocaba. Únicamente debía ser suspendido para escarmentarle un tanto. En efecto, este cable fue desenrollado hacia afuera en una longitud de cien pies, y Frycollin se encontró balanceado en el espacio. Ahora podía gritar a su completa satisfacción. Pero el miedo le oprimía la laringe, y enmudeció.
Uncle y Phil quisieron oponerse a esta ejecución, pero fueron rechazados.
-¡Eso es una infamia!... ¡Es una cobardía! - exclamó Uncle Prudent, que no podía dominar su cólera.
-Es verdad - respondió Robur.
-Es un abuso de la fuerza, contra el cual protestaré de otra forma que por palabras.
-Protestad.
-¡Me vengaré, ingeniero Robur!
-iVengaos, presidente del Weldon Institute!
-¡De usted y de los vuestros! Las gentes del Albatros se aproximaron en disposición agresiva; pero Robur les hizo una seña y se alejaron.
-¡Sí! ¡De usted y los vuestros! - repitió Uncle, a quien vanamente procuraba calmar su compañero.
-¡Cuando queráis! - le desafió el ingeniero.
-¡Y por todos los medios posibles!
-¡Basta! -dijo entonces Robur con un tono amenazador. ¡Basta! ¡Hay más cables a bordo! ¡Callaos, porque de lo contrario puede acontecerle al amo lo que a su criado! Uncle Prudent guardó silencio, no por miedo, sino porque fue tan vivo su arrebato, que Phil Evans tuvo que llevarlo a su camarote. Sin embargo, una hora después se había modificado el tiempo de forma particular. Se notaron síntomas que no podían mirarse con indiferencia, ya que amenazaba una tormenta. La saturación eléctrica de la atmósfera había llegado a tal punto, que a eso de las dos y media Robur fue testigo de un fenómeno que jamás había observado. Hacia el Norte, de donde la tormenta procedía, subían columnas de vapores casi luminosos, debidos ciertamente a la diferencia de carga eléctrica de las diversas capas de nubes.
El reflejo de estas bandas hacía correr en la superficie del mar miles de luces, cuya intensidad llegaba a ser tanto más viva, cuanto que el cielo comenzaba a sombrearse. El Albatros y el meteoro no debían tardar en encontrarse, puesto que caminaban el uno hacia el otro.
¿Y Frycollin? Pues bien; Frycollin iba siempre remolcado (esta es la acepción de la palabra), pues el cable formaba un ángulo bastante abierto con el aparato lanzado a una velocidad de cien kilómetros, lo cual contribuía a dejar la maroma a gran distancia de la popa. ¡Júzguese su espanto cuando los relámpagos comenzaron a surcar el espacio a su derredor, mientras el trueno resonaba en las profuncfidades del cielo! Todo el personal a bordo se ocupaba en maniobrar en vista de la tempestad, ora para elevarse más alto que ella, ora para tomar distancias, lanzándose a través de las capas inferiores. El Albatros se encontraba entonces a una altura media, a mil metros más o menos, cuando estalló un rayo con una extremada violencia. La llamarada se elevó de súbito, y durante algunos segundos, las oeladas de fuego se precipitaron sobre la aeronave. Phil Evans vino a interceder en favor de Frycollin para que se le traslade a bordo. Pero Robur no había oido la petición. Sus órdenes estaban dadas. Ya se ocupaban en subir la cuerda sobre la plataforma, cuando de repente se notó un estremecimiento inexplicable en la rotación de las hélices suspensoras del aparato. Robur dio un salto hacia la garita central.
-¡Dad toda la fuerza! -exclamó dirigiéndose al mecánico. Es menester subir rápido, y más alto que la tormenta.
-¡Imposible, señor!
-¿Qué pasa?
-¡Las corrientes están perturbadas! ¡Observo intermitencias!...
Y, en efecto, el Albatros descendía ostensiblemente. Sucedía que las corrientes de los hilos telegráficos, durante los truenos y el movimiento eléctrico, operaban de una manera incompleta en los acumuladores de la aeronave. Pero lo que no es más que un inconveniente cuando se trata de los despachos, aquí era un grave peligro; era el aparato precipitándose al mar sin que se pudiera remediar el fracaso.
-¡Dejadle bajar -gritó Robur-, y salgamos de la zona eléctrica! ¡Firme amigos míos, mucha sangre fría!
El ingeniero estaba encima de un banco para dominar la maniobra y los tripulantes cada uno en su lugar, dispuestos a ejecutar las órdenes.
El Albatros, aún cuando había bajado algunos centenares de pies, se encontraba todavía envuelto entre las nubes, en medio de los relámpagos, que se cruzaban como las piezas de los fuegos artificiales. Había probabilidades de un siniestro. Las hélices se detenían todavía, y lo que no había sido hasta aquel entonces sino un descenso suave, amenazaba llegar a ser una caída.
En menos de un minuto, era evidente que llegaría a ponerse al nivel del mar, y una vez sumergido, no habría poder humano que pudiese arrancar al Albatros del abismo.
De repente, la nube eléctrica apareció encima, y el Albatros se encontraba entonces a unos setenta pies de la cresta de las olas. En dos o tres segundos, éstas inundarían la plataforma. Pero Robur, aprovechando el momento propicio, se precipitó a la garita central, cogió las palancas del movimiento, y lanzó la corriente de las pilas que no neutralizaba ya la tensión eléctrica de la atmósfera ambiente. En un momento devolvió a las hélices su rapidez normal, detuvo la caída, y en tanto sostenía el Albatros a una pequeña altura, dejaba que sus propulsores le llevaran lejos de la tormenta, de la que pronto logró escapar.
Inútil será decir que Frycollin había tomado un baño forzoso por espacio de algunos segundos solamente. Cuando le subieron a bordo, se le vio mojado como si se hubiese sumergido en lo más profundo del mar. Se creerá sin trabajo que no volvió a gritar.
Al día siguiente, el 4 de julio, el Albatros había atravesado el límite septentrional del mar Caspio.