El faro del fin del mundo

II

LA ISLA DE LOS ESTADOS.

La Isla de los Estados, llamada también Tierra de los Estados, está situada en el extremo sudeste1 del nuevo continente. Es el último y más oriental fragmento de este archipiélago magallánico que las convulsiones de la época plutónica lanzaron sobre estos parajes del quincuagésimo quinto paralelo, a menos de siete grados del círculo polar antártico. Bañada por las aguas de dos océanos, es buscada por los navíos que pasan de uno a otro, ya vengan del nordeste, ya del sudoeste, después de haber doblado el cabo de Hornos.

El estrecho de Le Maire, descubierto en el siglo XVII por el navegante holandés de este nombre, separa la Isla de los Estados de la Tierra del Fuego, distante de 252 a 30 kilómetros. Ofrece a los buques un paso más corto y más fácil, evitándoles los formidables oleajes que baten el litoral de la Isla de los Estados. Ésta lo limita al este en una longitud de unas diez millas, del cabo San Antonio al cabo Kempe, y los navíos de vapor o de vela están menos expuestos allí que pasando al sur de la isla.

La Isla de los Estados mide treinta y nueve millas de oeste a este desde el cabo San Bartolomé hasta el cabo San Juan, sobre once de anchura entre los cabos Colnett y Webster.

El litoral de la Isla de los Estados es extremadamente recortado. Es una sucesión de golfos, bahías y calas cuya entrada está a veces defendida por cordones de islotes y arrecifes. Así, ¡cuántos naufragios se han producido en estas costas, aquí amuralladas por acantilados a pico, allá bordeadas de enormes rocas contra las que, incluso con tiempo calmado, el mar rompe con una incomparable furia!

La isla estaba deshabitada, pero quizás no hubiera sido inhabitable, al menos durante la buena estación, es decir, durante los cuatro meses de noviembre, diciembre, enero y febrero, que comprende el verano de esta alta latitud. Incluso rebaños hubieran encontrado suficiente alimento en las vastas llanuras que se extienden en el interior, más particularmente en la región situada al este de Puerto Parry y comprendida entre la punta Conway y el cabo Webster. Cuando la espesa capa de nieve se ha derretido bajo los rayos del sol antártico, la hierba aparece bastante verdeante, y el suelo conserva hasta el invierno una saludable humedad. Los rumiantes, hechos al hábitat de las comarcas magallánicas, podrían prosperar allí. Pero, llegados los fríos, sería necesario devolver los rebaños a las campiñas más clementes, sea de la Patagonia, sea incluso de la Tierra del Fuego.

Sin embargo, se encuentran allí en estado salvaje algunas parejas de esos guanacos, especie de gamos de naturaleza muy rústica, cuya carne es bastante buena, cuando está convenientemente asada o a la parrilla. Y, si estos animales no mueren de hambre durante el largo período invernal, es porque saben encontrar bajo la nieve las raíces y los musgos con los3 que su estómago debe contentarse.

A ambos lados de las llanuras se extienden en el centro de la isla algunos bosques que despliegan sus magras ramas y muestran efímeros follajes más amarillentos que verdosos. Son principalmente hayas antárticas, con tronco a veces de unos sesenta pies de alto, cuyas ramas se ramifican horizontalmente, luego agracejos de esencia muy dura, cortezas de Winter, que tienen propiedades análogas a las de la vainilla.

En realidad, la superficie de estas llanuras y de estos bosques no comprende la cuarta parte de la superficie de la Isla de los Estados. El resto no es más que mesetas rocosas donde domina el cuarzo, gargantas profundas, largas hileras de bloques erráticos, que se desparramaron a raíz de erupciones muy antiguas, pues, ahora, se buscarían vanamente cráteres de volcanes extintos en esta parte de la Fuegia o de la Magallanía. Hacia el centro de la isla, las llanuras ampliamente desarrolladas toman apariencias de estepas, cuando, durante los ocho meses del invierno, ninguna irregularidad altera la uniformidad de la capa de nieve que las recubre. Luego, a medida que se avanza hacia el oeste, el relieve de la isla se acentúa, los acantilados del litoral son más altos y más escarpados. Allí se alzan conos ceñudos, picos cuya considerable altitud alcanza hasta tres mil pies sobre el nivel del mar, y que permitirían a la mirada abarcar la isla entera. Son los últimos eslabones de esta prodigiosa cadena andina que, de norte a sur, constituye como la gigantesca osamenta del nuevo continente.

Ciertamente, en semejantes condiciones climatéricas, bajo el soplo de los ásperos y terribles huracanes, la flora de la isla se reduce a raros especímenes, cuyas especies apenas se aclimatan en la vecindad del estrecho de Magallanes o en el archipiélago de las Malvinas distante de la costa fueguina unas cien leguas marinas. Son calceolarias, codesos, pimpinelas, bromos, verónicas, estipas en las que la materia colorante solo se forma en bajo grado. Bajo la cubierta de los bosques, entre las hierbas de las praderas, estas pálidas florecillas muestran sus corolas casi tan pronto marchitas como abiertas. Al pie de las rocas litorales, en sus declives donde se aferra un poco de humus, el naturalista podría aún recoger algunos musgos, y, al abrigo de los árboles, ciertas raíces comestibles, las de una azalea, por ejemplo, de la que los pecherais se sirven a guisa de pan, pero todas poco nutritivas en suma.

Se buscaría vanamente un curso de agua regular en la superficie de la Isla de los Estados. Ni río, ni arroyo que brote de este suelo pedregoso. Pero la nieve se acumula allí en capas espesas; persiste durante ocho meses de doce, y, en la época de la estación cálida —menos fría sería más exacto— se derrite bajo los oblicuos rayos del sol, y mantiene una humedad permanente. Entonces se forman aquí y allá pequeñas lagunas, estanques, cuya agua se conserva hasta las primeras heladas. Es así como, en el momento en que comienza esta historia, masas líquidas caían de las alturas vecinas del faro e iban a perderse rebotando en la pequeña cala de la bahía de Elgor o en el Puerto San Juan.

En cambio, si la fauna y la flora están apenas representadas en esta isla, abunda la pesca en todo el litoral. Así, a pesar de los peligros muy serios que corren sus embarcaciones al atravesar el estrecho de Le Maire, los fueguinos vienen a veces a realizar fructíferas pescas. Las especies son muy variadas, merluzas, tiburones, eperlanos, lochas, bonitos, doradas, gobios, mújoles. La gran pesca podría incluso atraer allí numerosos navíos, pues, en aquella época al menos, los cetáceos, ballenas, cachalotes, y también focas y morsas, frecuentaban gustosos estos parajes. Estos animales marinos han sido perseguidos con tal imprevisión que se refugian actualmente en los mares antárticos donde las campañas son tan peligrosas como penosas.

Se comprenderá sin dificultad, en todo el perímetro de esta isla, donde se suceden las playas, las ensenadas, los bancos rocosos, las conchas hormiguean no menos que los moluscos, bivalvos u otros, mejillones, bígaros, ostras, lapas, fisurelas, bocinas, y es por millares que los crustáceos se deslizan entre los arrecifes.

EL MAR ROMPE CON UNA FURIA INCOMPARABLE.

En cuanto a las aves, están innumerablemente representadas por los albatros de blancura de cisne, las agachadizas, los chorlitos, los archibebes, las alondras marinas, las gaviotas ruidosas, los gaviones chillones, los págalos ensordecedores.

Sin embargo, no habría que concluir de esta descripción que la Isla de los Estados fuera de naturaleza tal que excitara las codicias de Chile o de la República Argentina. No es en suma más que una enorme roca, casi inhabitable. ¿A quién pertenecía en la época en que comienza esta historia?... Todo lo que se puede decir es que formaba parte del archipiélago magallánico, entonces indiviso entre las dos Repúblicas del extremo continente americano.

Durante la buena estación, los fueguinos o pecherais hacen allí raras apariciones, cuando el mal tiempo les obliga a hacer escala allí. En cuanto a los buques mercantes, la mayor parte prefiere entrar en el estrecho de Magallanes, trazado con extrema precisión en las cartas marinas, y que pueden seguir sin peligro, vengan del este o del oeste, para ir de un océano a otro, gracias a los progresos de la navegación a vapor. Solo vienen a avistar la Isla de los Estados los buques que se preparan a doblar o que han doblado el cabo de Hornos.

Conviene señalarlo, la República Argentina había mostrado una feliz iniciativa al construir este Faro del Fin del Mundo, y las naciones deben agradecérselo. En efecto, ninguna luz iluminaba, en aquella época, estos parajes de la Magallanía desde la entrada del estrecho de Magallanes en el cabo Vírgenes, sobre el Atlántico, hasta su salida en el cabo Pilar, sobre el Pacífico. El faro de la Isla de los Estados iba a1 rendir servicios indiscutibles a la navegación en estos malos parajes. No existe ninguno ni siquiera en el cabo de Hornos, y este podía evitar muchas catástrofes, asegurando a los navíos procedentes del Pacífico más seguridad para embocar el estrecho de Le Maire.

El gobierno argentino había decidido pues la creación de este nuevo faro, al fondo de la bahía de Elgor. Después de un año de trabajos bien dirigidos, su inauguración acababa de realizarse en esta fecha del 9 de diciembre de 1859.

A ciento cincuenta metros de la pequeña cala que termina la bahía, el suelo presentaba un promontorio de una superficie de cuatrocientos a quinientos metros cuadrados, y de una altura de treinta a cuarenta metros aproximadamente. Un muro de piedra seca cercaba este rellano, esta terraza rocosa que debía servir de base a la torre del faro.

Esta torre se alzaba en su centro por encima del conjunto del anexo, alojamientos y almacenes.

El anexo comprendía: 1º la habitación de los guardianes, amueblada con camas, armarios, mesas, sillas, y que calentaba una estufa de carbón, cuyo tubo conducía el humo por encima del tejado; 2º la sala común igualmente provista de un aparato de calefacción y que servía de comedor, con mesa en el centro, lámparas colgadas del techo, armarios que contenían diversos instrumentos, tales como catalejo, barómetro, termómetro, y también las lámparas destinadas a reemplazar las de la linterna en caso de accidente, en fin un reloj de pesas dispuesto contra el muro lateral; 3º los almacenes donde se conservaban las provisiones para un año, aunque el reabastecimiento y el relevo debieran efectuarse cada tres meses, conservas de tipos variados, carne salada, corn-beef, tocino, legumbres secas, galletas de mar, té, café, azúcar, barriles de whisky y de aguardiente, algunos medicamentos de uso corriente; 4º la reserva de aceite necesaria para el consumo de las lámparas del faro; 5º el almacén, donde estaba depositado el combustible en cantidad suficiente para las necesidades de la2 guardia durante toda la duración de los inviernos antárticos.

Tal era el conjunto de las construcciones formando un edificio que se redondeaba sobre el rellano.

La torre era de extrema solidez, construida con los materiales suministrados por la Isla de los Estados. Las piedras de gran dureza, mantenidas por tirantes de hierro, aparejadas con gran precisión, encajadas unas en otras a cola de milano, formaban un muro capaz de resistir a las violentas tempestades, a los terribles huracanes que se desencadenan tan frecuentemente sobre este lejano límite de los dos más vastos océanos del globo. Así como lo había dicho Vásquez, el viento no se la llevaría, esta torre. Sería un fanal que mantendrían sus camaradas y él, ¡y lo mantendrían bien a pesar de las tormentas magallánicas!

La torre medía treinta y dos metros de altura, y, añadiendo la elevación del rellano, la luz se encontraba situada a doscientos veintitrés pies sobre el nivel del mar. Habría podido ser vista pues desde alta mar a la distancia de quince millas, distancia que franquea el rayo visual a esta altitud. Pero, en realidad, su alcance no era más que de diez millas.

En aquella época, todavía no se hablaba de faros que funcionaran con gas hidrógeno carburado o con luz eléctrica. Además, en esta isla alejada, de difícil comunicación con los Estados más cercanos, se imponía el sistema más simple y que necesitara el mínimo de reparaciones. Se había adoptado pues la iluminación de aceite, dotándola de todos los perfeccionamientos que la ciencia y la industria poseían entonces.

En suma, esta visibilidad de diez millas era suficiente. Quedaba a los navíos procedentes del nordeste, del este y del sudeste un amplio margen para alcanzar el estrecho de Le Maire o tomar dirección por el sur de la isla. Todos los peligros serían evitados observando puntualmente las instrucciones publicadas por cuidado de la autoridad marítima: mantener el faro al nornoroeste en el segundo caso, y al sudsudoeste en el primero. El cabo San Juan y la punta Several o Fallows serían franqueados dejándolos, aquel por babor, esta por estribor, y a tiempo para no ser abatidos hacia ellos por el viento, ni por las corrientes.

Además, y para las ocasiones muy raras en que un buque se viera obligado a refugiarse en la bahía de Elgor, guiándose por el faro, tendría todas las probabilidades de ganar su fondeadero. A la vuelta, el Santa Fe podría pues fácilmente dirigirse a la pequeña cala, incluso durante la noche. Teniendo la bahía unas tres millas de longitud hasta el extremo del cabo San Juan, y siendo el alcance de la luz de diez, el aviso tendría todavía siete por delante antes de haber llegado sobre los primeros veriles de la isla.

Antiguamente los faros estaban provistos de espejos parabólicos, que tenían el grave inconveniente de absorber al menos la mitad de la luz producida. Pero el progreso había dicho su palabra en esta materia como en todas las cosas. Se empleaban desde aquella época lentes dióptricas, que no dejan perder más que una débil parte de la claridad de las lámparas.

Huelga decir que el Faro del Fin del Mundo poseía una luz fija. No era de temer que el capitán de un navío pudiera confundirla con otra luz, puesto que no existía ninguna en estos parajes, ni siquiera, se repite, en el cabo de Hornos. No había parecido pues necesario diferenciarla, sea por eclipses, sea por destellos, lo que permitía suprimir un mecanismo siempre delicado, y cuyas reparaciones hubieran sido difíciles en esta isla únicamente habitada por los tres guardianes.

La linterna estaba pues provista de lámparas de doble corriente de aire y de mechas concéntricas. Su llama, produciendo una intensa claridad bajo un pequeño volumen, podía desde entonces ser colocada casi en el foco mismo de las lentes. El aceite les llegaba en abundancia por un sistema análogo al de Carcel. En cuanto al aparato dióptrico dispuesto en el interior de la linterna, se componía de lentes escalonadas, comprendiendo un cristal central de forma ordinaria, que rodeaba una serie de anillos de mediocre espesor y de un perfil tal que todos resultaban tener el mismo foco principal. En estas condiciones, el haz cilíndrico de rayos paralelos producido detrás del sistema de lentes era transmitido al exterior en las mejores condiciones de visibilidad.

Al dejar la isla con tiempo bastante claro, el comandante del aviso pudo, en efecto, constatar que nada había que objetar en la instalación y el funcionamiento del nuevo faro.

Es evidente que este buen funcionamiento no dependía más que de la exactitud, de la vigilancia de los guardianes. A condición de mantener las lámparas en perfecto estado, de renovar las mechas con cuidado, de supervisar la introducción del aceite en la proporción debida, de regular bien el tiro alargando o acortando los manguitos de los tubos de cristal que las rodeaban, de encender y apagar la luz al ponerse y al salir el sol, de no apartarse jamás de una vigilancia minuciosa, este faro estaba llamado a rendir los mayores servicios a la navegación en estos lejanos parajes del océano Atlántico.

No había, por otra parte, que poner en duda, la buena voluntad y el celo de Vásquez y de sus dos camaradas. Designados tras una selección rigurosa entre un gran número de candidatos, habían dado los tres, en sus funciones anteriores, pruebas de conciencia, valor y resistencia.

No es inútil repetir que la seguridad de los tres guardianes parecía ser completa, por muy aislada que estuviera la Isla de los Estados, a mil quinientas millas de Buenos Aires, de donde únicamente podían venir el reabastecimiento y los auxilios. Los pocos fueguinos o pecherais que se transportaban allí a veces durante la buena estación no hacían una larga estancia, y esta pobre gente es, por lo demás, totalmente inofensiva. Terminada la pesca, tenían prisa por volver a cruzar el estrecho de Le Maire y regresar al litoral de la Tierra del Fuego o a las islas del archipiélago. Otros extranjeros, jamás se había tenido ocasión de señalar su presencia. Las costas de la isla eran demasiado temidas por los navegantes para que un buque se viera tentado a buscar allí un refugio que habría encontrado más seguramente y más fácilmente en varios otros puntos de la Magallanía.

Sin embargo, todas las precauciones habían sido tomadas en previsión de la llegada de gente sospechosa a la bahía de Elgor. Los anexos estaban cerrados con puertas sólidas que se cerraban con cerrojo por dentro, y no se habrían podido forzar las rejas de las ventanas de los almacenes y del alojamiento. Además, Vásquez, Moriz y Felipe poseían carabinas, revólveres, y las municiones no les faltarían.

El Faro del fin del mundo tenía una luz fija.

En fin, al fondo del pasillo que desembocaba al pie de la torre, se había establecido una puerta de hierro que hubiera sido imposible romper o forzar. En cuanto a penetrar de otro modo en el interior de la torre, ¿cómo hubiera sido posible a través de las estrechas saeteras de la escalera, defendidas por sólidos barrotes, y cómo alcanzar la galería que rodeaba la linterna, a menos de elevarse por la cadena del pararrayos?

Tales eran los trabajos de tan gran importancia que acababan de ser llevados a buen término en la Isla de los Estados por cuidado del gobierno de la República Argentina.

Телеграмма

Отправная станция: Всемирная паутина · Место назначения: борт «Наутилуса»

0 слово · тариф: 0 крейцер (точки заменяются на СТОП)