El pais de las pieles · Parte 2

XXII

LOS CUATRO DÍAS SIGUIENTES

La noche, es decir, una hora apenas de crepúsculo y de alba, fue tranquila. Levantóse el teniente Hobson, y, decidido a ordenar que embarcase aquel mismo día la colonia, dirigióse hacia la laguna.

La niebla era aún espesa; pero, por encima de ella, sentíanse ya los rayos del sol. La tempestad de la víspera había despejado el cielo, y el día prometía ser cálido.

Cuando llegó Jasper Hobson a la orilla de la laguna, no pudo distinguir su superficie, que se hallaba velada todavía por densas brumas.

En aquel mismo momento, Paulina Barnett, Madge y algunas otras personas aproximáronse a él.

La niebla comenzaba a disiparse, alejándose hacia el fondo del pequeño lago y descubriendo cada vez mayor porción dé su superficie. La balsa, sin embargo, no se divisaba aún.

Por último, una racha de viento barrió por completo la niebla...

¡La balsa no estaba allí! ¡El lago ya no existía! ¡Sólo la inmensidad de los mares extendíase ante las miradas atónitas de aquellos desventurados!

Jasper Hobson no pudo reprimir un gesto de desesperación; y, cuando sus compañeros y él recorrieron con la vista el horizonte, un grito se escapó de sus pechos... ¡La isla no era ya más que un islote!

Durante la noche, las seis séptimas partes del antiguo territorio del cabo Bathurst, socavado ya por las olas, habíase hundido en el. mar, sin ruido, sin convulsiones, y la balsa, al quedar en libertad, había sido arrastrada por las olas, sin que los húmedos ojos de los que en ella cifraban sus últimas esperanzas pudieran distinguirla siquiera sobre la superficie de aquel desierto océano.

Los desdichados náufragos, suspendidos sobre un abismo que amenazaba tragárselos, sin recursos ni medio alguno de salvación, quedaron sobrecogidos de espanto. Algunos soldados quisieron arrojarse al mar, enloquecidos; pero Paulina Barnett se interpuso, y desistieron de su idea, retrocediendo llorosos.

¡Juzgúese cuál era ahora la situación de los náufragos y si podían conservar un átomo de esperanza! ¡Considérese la situación de Jasper Hobson en medio de aquellos desdichados que parecían atacados de demencia! ¡Veintiuna personas sobre un islote de hielo, que no podía tardar en abrirse debajo de sus pies!

Con la parte de la isla hundida habían desaparecido las colinas cubiertas de bosques, de suerte que ya no quedaban árboles, ni había más madera que las escasas tablas que formaban el alojamiento, insuficientes a ojos vistas para la construcción de una nueva balsa que pudiese recibir a su bordo a la colonia. La vida de los náufragos se hallaba, pues, estrictamente limitada a la duración del islote, es decir, a algunos días a lo sumo; porque corría ya el mes de julio y la temperatura media era superior a 68° Fahrenheit, equivalente a 20° centígrados sobre cero.

Durante aquella jornada, Jasper Hobson creyó conveniente reconocer el islote. Tal vez fuese conveniente refugiarse en otro punto cuyo espesor le asegurase más larga duración. Paulina Barnett y Madge acompañáronle en esta exploración.

– ¿Conservas esperanzas todavía? — preguntó Paulina Barnett a su fiel compañera.

– ¡Jamás perderé la esperanza! — contestóle Madge.

Paulina no respondió. Jasper Hobson y ella marchaban con rápido paso, recorriendo el litoral. Toda la costa había sido respetada desde el cabo Bathurst hasta el cabo Esquimal, es decir, en una longitud de ocho millas. En este último cabo era donde se había operado la fractura, siguiendo una línea curva que, pasando por la punta extrema de la laguna dirigíase hacia el interior de la isla. A partir de esta punta, el nuevo litoral hallábase formado por la orilla misma de la laguna, bañado ahora por las aguas del mar. Hacia la parte superior de aquélla, prolongábase otra fractura hasta el litoral comprendido entre el cabo Bathurst y el antiguo puerto Barnett. El islote presentaba, pues, la forma de una faja prolongada, cuya anchura media era sólo de una milla.

¡De las 140 millas cuadradas que medía en otro tiempo la superficie de la isla, no quedaban ni veinte!

Jasper Hobson reconoció con sumo cuidado la nueva formación del islote, comprobando que su parte más espesa seguía siendo el lugar que ocupara la antigua factoría; así que juzgó conveniente no abandonar el campamento actual, que era también el sitio donde los animales habían permanecido por instinto.

Observóse, no obstante; que una notable cantidad de rumiantes y roedores, así como la mayoría de los perros que erraban a la ventura, habían desaparecido con la parte más importante de la isla; pero quedaban aún cierto número de ellos, en especial de roedores. El oso erraba, alocado, por el pequeño islote, dándole incesantes vueltas, como fiera encerrada en una jaula.

Hacia las cinco de la tarde, Jasper Hobson y sus compañeras regresaron al alojamiento común, donde encontraron reunidos y silenciosos a los hombres y mujeres, que ya no querían oir ni ver cosa alguna. La esposa de Joliffe preparaba algunos alimentos. El cazador Sabine, menos abatido que los otros, iba y venía tratando de procurarse un poco de carne fresca. Por lo que respecta al astrónomo, habíase sentado aparte y dirigía hacia el mar una mirada vaga y casi indiferente. ¡Parecía que nada le asombrase!

Jasper Hobson manifestó a sus compañeros el resultado de su expedición. Díjoles que el campamento actual ofrecía mayor seguridad que ningún otro punto de la isla; y les recomendó que no se alejaran, porque se observaban ya síntomas de una nueva rotura a la mitad de la distancia existente entre el campamento y el cabo Esquimal, siendo probable que la superficie del islote no tardase en reducirse considerablemente. ¡Y pensar que no era posible hacer absolutamente nada!

El día fue realmente caluroso. Los témpanos desenterrados para obtener agua potable, derretíanse sin neces udd de recurrir al fuego. En las partes acantiladas de la orilla, la capa congelada deshacíase en delgados chorros de agua, que caían al mar. Era palpable que el nivel medio del islote había descendido. Las aguas cálidas desgastaban incesantemente su base.

Durante la noche siguiente, nadie pegó los ojos. ¿Quién hubiera sido capaz de conciliar el sueño sabiendo que, de un momento a otro, el abismo podía abrirse y tragárselos, aparte de aquella infeliz criatura, que sonreía a su madre, la cual no se separaba de él ni un solo instante?

Al día siguiente, 4 de junio, volvió a brillar el sol en un cielo sin nubes. Ningún cambio se había producido durante la noche. La forma del islote nó se había modificado.

Aquel día, una zorra azul se refugió, espantada, en el alojamiento, negándose a salir. Las martas, los armiños, las liebres polares, las ratas almizcleras y los castores hormigueaban en el sito de la antigua factoría. Parecían un rebaño de animales domesticados. Sólo faltaban los lobos, porque como erraban dispersos por la parte opuesta de la isla, habían evidentemente desaparecido con ella. Como si tuviese algún presentimiento siniestro, el oso no se alejaba del cabo Bathurst, y, presas de gran inquietud, los animales de piel valiosa no parecían advertir siquiera su presencia. Los mismos náufragos familiarizados ya con el gigantesco animal, le dejaban ir y venir, sin preocuparse de él. El peligro común, presentido por todos, había nivelado los instintos y las inteligencias.

Algunos momentos antes de mediodía experimentaron los náufragos una viva emoción, que debía trocarse en desengaño.

El cazador Sabine que, subido en el punto más alto del islote, escudriñaba el horizonte hacía algunos instantes, gritó con inmenso júbilo:

– ¡Un barco! ¡Un barco a la vista!

Todos al punto, como galvanizados, corrieron hacia el cazador, y el teniente le interrogó con la mirada.

Sabine señaló entonces una especie de blanca nubécula en el horizonte del Este. Todos dirigieron sus miradas hacia el punto indicado, sin despegar los labios, y todos creyeron ver aquel barco cuya silueta acentuábase cada vez más.

Era un buque, en efecto; un ballenero, sin duda. No había medio de engañarse, y, al cabo de una hora, se hizo visible su casco.

Por desgracia, dicho buque divisábase por el Este, es decir, en la parte opuesta al punto adonde la balsa, arrastrada por la corriente, había debido dirigirse. La casualidad era, pues, la única que le traía por aquellos parajes; y, supuesto que no había podido ver la balsa, no era posible admitir que fuese en busca de los náufragos, ni que sospechase siquiera su presencia.

Ahora bien, ¿divisaría el islote, cuya elevación sobre la superficie del mar era tan escasa? ¿Lo aproximaría hacia ellos el rumbo que llevaba? ¿Distinguiría las señales que se hiciesen? En pleno día y con aquel espléndido sol era poco probable. Cuando llegase la noche, podría encenderse una hoguera, visible a gran distancia, quemando las pocas tablas que formaban el alojamiento. Pero, ¿no desaparecería el buque antes de que llegase la noche, que sólo duraría una hora apenas? Por si acaso, se hicieron numerosas señales y se dispararon petardos.

Entretanto, aproximábase el buque, viéndose perfectamente que era un hermoso velero de tres palos, evidentemente un ballenero de Nuevo Arcángel, que, después de haber remontado la península de Alaska, dirigíase hacia el estrecho de Behring. Hallábase a sotavento del islote, y, con las velas bajas, los juanetes y los sobres amurados a estribor, dirigíase hacia el Norte. Cualquier marino hubiera conocido en seguida, al ver su orientación, que aquel buque no se dirigía hacia el islote. Pero, ¿lo vería al menos?

– Si lo ve —murmuró el teniente Hobson, al oído del sargento Long—, huirá de él rápidamente.

Jasper Hobson tenía razón al expresarse así. No hay nada, en estas regiones, que tanto tema el marino como la vecindad de los icebergs y de las islas de hielo. Son escollos errantes contra los que teme siempre estrellarse, sobre todo de noche; y por eso se apresuran a cambiar de rumbo en cuanto los distinguen. ¿No procedería de igual modo aquel buque tan pronto diese vista al islote? Parecía lo probable.

Imposible pintar las alternativas de desesperación y esperanza por que pasaron los náufragos. Hasta las dos de la tarde creyeron que la Providencia se apiadaba al fin de ellos, que los socorros venían, que la salvación se acercaba. El buque se había aproximado, siguiendo una línea oblicua, y ya sólo distaba seis millas del islote. Multiplicáronse las señales, disparáronse numerosos petardos, y hasta produjeron una gran humareda quemando alguna tablas del alojamiento...

¡Todo en vano! O el buque no vio nada, o se apresuró a alejarse del islote en cuanto le dio vista.

A las dos y media, orzó ligeramente, y se alejó del islote con rumbo al Nordeste.

Una hora después, era sólo una nubécula blanca en el remoto horizonte, y pronto desapareció por completo.

Entonces el soldado Kellet prorrumpió en espantosas carcajadas, y empezó a revolcarse por el suelo, creyendo todos que se había vuelto loco.

Paulina Barnett miró a Madge de hito en hito, como para preguntarle si seguía esperando aún.

Madge volvió la cabeza...

En la noche de aquel día funesto oyóse un crujido terrible producido por la parte mayor del islote al desprenderse y sumergirse en el mar, escuchándose al mismo tiempo aullidos espantosos de animales. ¡El islote había quedado reducido a la punta que se extendía desde el emplazamiento de la casa tragada por el mar hasta el cabo Bathurst!

¡No era ya más que un sencillo témpano!

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