El pais de las pieles · Parte 2
XI
UNA COMUNICACIÓN DE JASPER HOBSON
Tal era la situación. La isla había fondeado sus anclas, según la expresión del sargento Long, y, habiéndose detenido, permanecía estacionaria, como en la época en que se hallaba unida al continente americano; pero la separaban más de 600 millas de las tierras habitadas, y esta enorme distancia sería necesario recorrerla en trineos, sobre la superficie solidificada del mar, en medio de las montañas de hielo que iba el frío a acumular, siendo preciso realizar este viaje en los meses más crudos del invierno ártico.
Era una empresa terrible, y, sin embargo, no se podía vacilar. El invierno, por quien tanto había suspirado Jasper Hobson, había llegado al fin, deteniendo la funesta carrera emprendida hacia el Norte por la isla, e iba a tender un puente de 600 millas entre ella y los continentes vecinos. Era, pues, necesario aprovechar estas nuevas circunstancias para repatriar a toda aquella colonia perdida en las regiones hiperbóreas.
En efecto, como el teniente Hobson había explicado a sus amigos, no era posible aguardar a que la primavera inmediata provocase el deshielo, porque ello equivaldría a abandonarse de nuevo a los caprichos de las corrientes del mar de Behring. Tratábase, pues, solamente de esperar que la superficie del mar se encontrase suficientemente sólida, lo cual ocurriría al cabo de tres o cuatro semanas. Entretanto, pensaba el teniente Hobson realizar reconocimientos frecuentes a través del campo de hielo que aprisionaba la isla, a fin de determinar su estado de solidificación, las facilidades que ofrecería al resbalamiento de los trineos, y qué camino ofrecería mayores facilidades, si el de las costas asiáticas o el de las americanas.
– No hay para qué decir —añadió el teniente Hobson, conversando acerca de todo esto con Paulina Barnett y el sargento Long— que preferiremos siempre las costas de la Nueva Georgia a las asiáticas, y que, por consiguiente, en igualdad de circunstancias, encaminaremos nuestros pasos hacia la América rusa.
– Kalumah, en este caso, podrá sernos de suma utilidad —respondió Paulina Barnett—; porque, en su calidad de indígena, conoce perfectamente estos territorios de la Nueva Georgia.
– Muy útil, en efecto —dijo el teniente Hobson—; su llegada hasta nosotros ha sido realmente providencial. Gracias a ella, nos será fácil llegar a los establecimientos del fuerte Miguel, en el golfo de Norton, o bien a la ciudad de Nuevo Arcángel, situada más al Sur, en donde pasaremos el resto del invierno.
– ¡Pobre fuerte Esperanza! —exclamó Paulina Barnett—. ¡Construido con tantas fatigas, y con tantas ilusiones dirigido por usted, señor Hobson! ¡Me partirá el corazón el tener que abandonarlo en esta isla, en medio de estos campos de hielo, más allá quizá del infranqueable banco polar! ¡Sí! ¡Cuando llegue la hora de partir, derramará mi corazón lágrimas de sangre al darle el postrer adiós!
– No será menor mi pesar, señora — respondió Jasper Hobson—; tal vez supere al de usted. ¡Era la obra más importante de mi vida! Había puesto a contribución toda mi inteligencia y todas mis energías para construir este fuerte, en mal hora bautizado con el nombre de Esperanza, y jamás podré consolarme de tenerlo que abandonar Además, ¿qué dirá la Compañía que me había confiado esta empresa?
– Dirá, señor Hobson —exclamó Paulina Barnett—, que ha cumplido usted con su deber; que no puede usted ser responsable de los caprichos de la Naturaleza, más poderosa siempre y en todas partes que la mano y la inteligencia del hombre. Comprenderá que usted no podía prever lo que ha ocurrido, porque estaba fuera de las previsiones humanas. Sabrá, en fin, que, gracias a la prudencia y energía moral por usted desplegadas, no tendrá que lamentar la pérdida de uno siquera de los seres que le había confiado.
– Gracias, señora —respondió el teniente Hobson estrechando la mano de Paulina Barnett—; le agradezco en el alma esas lisonjeras palabras que le inspira la nobleza de su corazón; pero conozco un poco a los hombres, y, créame usted a mí, vale mil veces más un éxito que un fracaso. En fin, ¡Dios sobre todo!
Deseoso el sargento Long de alejar de la mente del teniente aquellas tristes ideas, trajo la conversación otra vez a las circunstancias presentes. Habló de los preparativos que era preciso hacer para la próxima marcha, y preguntó a Jasper Hobson si pensaba, por fin, revelar a sus compañeros la situación real de la isla Victoria.
– Esperemos aún —respondióle el teniente—. Nuestro silencio ha evitado hasta ahora numerosas inquietudes a esas pobres gentes; aguardemos a que el día de la marcha esté definitivamente fijado, y entonces será ocasión de decirles la verdad toda entera.
Una vez acordado esto, prosiguieron los trabajos ordinarios de la factoría durante las siguientes semanas.
¿Cuál era, un año antes, la situación de los entonces felices y satisfechos habitantes del fuerte Esperanza?
Un año antes, los primeros síntomas de la estación invernal presentáronse como entonces. Los nuevos hielos formáronse poco a poco en el litoral. La laguna, cuyas aguas estaban más tranquilas que las del mar, congeláronse antes que éstas. La temperatura se conservaba durante el día a uno o dos grados por encima del punto de fusión del hielo, y descendía durante la noche dos o tres por debajo de él. Jasper Hobson comenzaba a hacer que sus hombres se vistiesen de invierno, colocándose las pieles y los trajes de lana. Se instalaban los condensadores en el interior de la casa. Se limpiaba el depósito de aire y las bombas de ventilación. Se construían trampas alrededor de la empalizada, en las proximidades del cabo Bathurst, y Marbre y Sabine envanecíanse con los triunfos que obtenían como cazadores. En resumen, tocaban a su fin los trabajos que se estaban realizando en el interior de la casa principal con objeto de prepararla para el invierno.
Este año, aquellas animosas gentes procedieron de idéntica manera. Aunque el fuerte Esperanza ocupase una latitud superior en dos grados a la que tenía al principio del invierno anterior, esta diferencia no debía producir una modificación sensible en el estado medio de la temperatura. En efecto, entre los paralelos 70 y 72 la distancia no es lo bastante considerable para que la temperatura media varíe de un modo apreciable. Más bien parecía que el frío era menos intenso que al principio del invierno anterior; pero esto era debido, sin duda, a que los invernantes se habían familiarizado ya con aquel clima tan rudo.
Es preciso observar, sin embargo, que la mala estación no se presentó con su acostumbrado rigor. El tiempo estaba húmedo, y la atmósfera se cargaba diariamente de vapores que se resolvían una veces en lluvia, otras en nieve; pero no hacía tanto frío como hubiese deseado Jasper Hobson.
Por lo que al mar respecta, congelábase alrededor de la isla; mas no de una manera continua y regular. Amplias manchas negruzcas, diseminadas por la superficie del nuevo campo de hielo, indicaban que los témpanos no se hallaban aún entre sí muy bien acoplados. Oíanse casi incesantemente retumbantes ruidos debidos a la fractura del gran banco polar, que se hallaba formado de un número infinito de trozos imperfectamente soldados, y cuyas aristas superiores disolvía la lluvia. No se sentía esa enorme presión que de ordinario se produce cuando los hielos nacen rápidamente bajo la influencia de un frío sumamente intenso, y se acumulan los unos sobre los otros. Los icebergs eran raros y la gran barrera de hielos no se elevaba todavía en el horizonte.
– He aquí un invierno ideal para los exploradores del paso del Noroeste y para los descubridores del Polo —repetía el sargento Long con frecuencia—; pero en extremo desfavorable para nuestros proyectos, y perjudicial en extremo para nuestra repatriación.
Este estado de cosas prolongóse durante todo el mes de octubre, pudiendo comprobar Jasper Hobson que la temperatura media no pasó de 32° Fahrenheit, que corresponden al cero del termómetro centígrado, y sabido es que hace falta que la temperatura descienda a siete u ocho grados bajo cero y se mantenga así durante varios días para que el mar se congele.
Además, una circunstancia que no pasó inadvertida para el teniente Obson, ni tampoco para Paulina Barnett, demostraba de una manera evidente que el campo de hielo no estaba todavía practicable.
Los animales presos en la isla, lo mismo los dotados de pieles valiosas que los renos, lobos, etc., se habrían indudablemente marchado a otras latitudes más bajas si les hubiese sido posible, es decir, si el mar solidificado hubiérales ofrecido un camino seguro. Pero lejos de ello, pululaban alrededor de la factoría, y buscaban cada vez con más insistencia la vecindad del hombre. Hasta los mismos lobos se acercaban a tiro de fusil de la empalizada para devorar a las martas y las liebres polares que constituían su única alimentación. Los renos, impulsados por el hambre, careciendo de hierba y de musgo que pacer, erraban formando rebaños por los alrededores del cabo Bathurst. Un oso, sin duda alguna aquel con quien Paulina Barnett y Kalumah habían contraído una deuda de gratitud, pasaba frecuentemente entre los árboles del bosque que había a la orilla del lago. Por consiguiente, el hecho de que aquellos animales, y en especial los rumiantes que precisan una alimentación exclusivamente vegetal, permaneciesen aún en la isla Victoria durante el mes de octubre, era señal evidente de que no podían huir.
Se ha dicho ya que la temperatura media era de cero grados centígrados; pues bien, cuando Jasper Hobson consultó su diario, vio que el invierno anterior, por aquellos mismos días, el termómetro marcaba 20° Fahrenhteit bajo cero, que equivalen a 10° centígrados bajo cero también. ¡Qué diferencia tan grande, y de qué caprichosa manera se distribuye el calor en estas regiones polares!
Los invernantes no sentían verdadero frío, de suerte que no se vieron obligados a encerrarse en la casa. Sin embargo, la humedad era grande, porque cellisqueaba con frecuencia, y el descenso del barómetro ponía de manifiesto que la atmósfera se hallaba saturada de vapores.
Durante todo aquel mes de octubre Jasper Hobson y el sargento Long realizaron frecuentes excursiones con objeto de reconocer el estado en que se hallaba el campo de hielo alrededor de la isla. Fueroa un día al cabo Miguel; otro al ángulo de la antigua bahía de las Morsas, deseosos de saber si el paso estaba ya practicable, bien hacia el continente americano, o bien hacia el asiático, y si podía fijarse el día de la marcha.
Pero la superficie del campo de hielo hallábase sembrada de charcas, y, en determinados lugares, llena de grietas que hubieran indudablemente detenido la marcha de los trineos. Ni aun siquiera un viajero solo hubiera sido posible que se aventurase a pie a través de aquel desierto casi tan líquido como sólido. La multitud de puntas, de cristales, de prismas, de poliedros de todas clases que erizaban la superficie del campo de hielo, dándole la apariencia de una amplia concreción de estalactitas, demostraba de una manera evidente que un frío insuficiente y mal regulado, que una temperatura intermitente había producido aquella solidificación incompleta. Parecía más bien un ventisquero que un campo de hielo, lo cual hubiera hecho la marcha excesivamente penosa, caso de ser practicable.
El teniente Hobson y el sargento Long, aventurándose en el campo de hielo, avanzaron hacia el Sur una o dos millas; pero a costa de infinitas fatigas y de emplear en ello un tiempo considerable. Convenciéronse, pues, de que era necesario aguardar más todavía, y regresaron al fuerte Esperanza abatidos por un gran desaliento.
Llegaron los primeros días de noviembre. La temperatura descendió solamente algunos grados, lo cual no era bastante. Espesas y húmedas nieblas envolvían la isla Victoria, haciéndose preciso mantener todo el día las luces encendidas en el interior de la casa cuando precisamente debía economizarse el aceite, toda vez que las existencias no habían sido repuestas por el convoy del capitán Creventy, y la caza, por otra parte, de las morsas habíase hecho imposible, supuesto que estos anfibios no frecuentaban ya la isla errante. De suerte que, si se prolongaba la invernada en aquellas condiciones, no tardarían los Habitantes del fuerte en verse precisados a emplear la grasa de los animales o la resina de los pinos para procurarse la luz.
Ya en esta época se habían hecho los días excesivamente cortos, y el sol, que no era más que un disco pálido, sin calor y sin brillo, sólo se paseaba algunas horas por encima del horizonte. Sí, sí; aquello era verdaderamente el invierno con su acompañamiento de brumas, lluvias, nieves... ¡pero un invierno sin frío!
El 11 de noviembre fue un día señalado para los habitantes del fuerte Esperanza, y la señora Joliffe uo dejó de festejarlo sirviendo a sus comensales algunos extraordinarios en la comida del mediodía. En efecto, era el natalicio de Miguelito Mac-Nap, que cumplió en dicho día su primer año de edad. Gozaba de excelente salud y era el encanto de todos, con sus cabellos rubios y ensortijados y sus ojos azules. Tenía con su padre una extraña semejanza, de la que el honrado carpintero mostrábase en extremo orgulloso. A los postres pesaron al pequeño. ¡Era cosa de ver cómo se agitaba en la balanza y qué gritos lanzaba de alegría! ¡Pesaba 34 libras! ¡Qué éxito para la señora Mac-Nap! ¡Con qué hurras fue acogido aquel peso soberbio y qué de enhorabuenas recibió la excelente mujer, como nodriza y como madre! Pero, aunque parezca extraño, el cabo Joliffe consideró como dirigidas a su persona una parte no escasa de aquellas congratulaciones, no se sabe si en su calidad de padre nutricio o de niñero. El digno militar había tantas veces mecido, paseado y dormido en sus brazos al niño, que creía, tal vez con razón, haber contribuido al aumento de su peso.
Al día siguiente, 12 de noviembre, dejó el sol de mostrarse por encima del horizonte. Comenzaba la noche polar, y por cierto 9 horas antes que el invierno anterior lo cual era debido a la diferencia en latitud existente entre el lugar que ocupaba actualmente la isla y el de su emplazamiento en el continente americano.
La desaparición del sol no produjo cambio alguno en el estado de la atmósfera. La temperatura permaneció lo mismo que hasta entonces, caprichosa e indecisa. El termómetro bajaba un día para subir de nuevo al siguiente. Llovía y nevaba alternativamente. La brisa era suave y no se fijaba nunca en ningún punto determinado del horizonte, pasando en un solo día muchas veces por todos los rumbos de la aguja. Era temible la constante humedad de aquel clima, pues podía determinar afecciones escorbúticas entre los invernantes. Afortunadamente, aunque si bien es cierto que, a causa de no haber llegado el convenido convoy empezaban a escasear el zumo del limón y de lima y las pastillas de cal, al menos las cosechas de acederas y coclearias habrían sido abundantes, y, siguiendo las recomendaciones del teniente Hobson, hacíase de ellas un uso cotidiano.
Era, sin embargo, preciso intentarlo todo para salir del fuerte Esperanza. En las condiciones en que se hallaban, tal vez no bastasen tres meses para llegar al continente más próximo, y no era posible exponer la expedición a que la sorprendiese el deshielo en medio de los témpanos antes de llegar a la tierra firme. Era, pues, necesario, partir antes que finalizase noviembre, si se decidían a partir.
Acerca de esta cuestión no había la menor duda; pero si durante un invierno riguroso, que hubiese endurecido bien todas las partes del campo de hielo, el viaje habría sido difícil, juzgúese su gravedad con aquel tiempo indeciso.
El 13 de noviembre, Jasper Hobson, Paulina Barnett y el sargento Long reuniéronse para fijar el día de la partida. El sargento era de opinión de que se abandonase la isla lo más pronto posible.
– Porque —decía— debemos contar con todos los retardos que pueden presentarse en una travesía de seiscientas millas. Es necesario que antes del mes de marzo hayamos sentado el pie en el continente americano, porque, de le contrario, nos exponemos a que comience el deshielo y a encontrarnos en este caso en una situación peor aún que en nuestra isla.
– Pero, ¿está el mar por ventura —preguntó Paulina Barnett— lo bastante solidificado para que sea posible viajar sobre su superficie?
– Sí, señora —replicó el sargento Long—, y cada día se irá espesando más el hielo. Además, el barómetro sube lentamente, y esto es un indicio de descenso de temperatura, de suerte que de aquí al momento en que estén terminados todos los preparativos que tenemos que ejecutar para ponernos en marcha, calculo han de embargarnos al menos una semana, espero que el tiempo se habrá puesto completamente frío.
– ¡No importa! —exclamó Jasper Hobson—; el invierno se presenta mal; y todo, verdaderamente, parece conspirar contra nosotros. Hay precedentes de inviernos muy extraños en estos mares, y de balleneros que han podido navegar por parajes donde, ni aun durante el verano, hubieran encontrado otros años ni una sola pulgada de agua debajo de su quilla. De cualquier modo que sea, no hay que perder ni un día. Siento sólo que la temperatura habitual de estos climas no nos haya ayudado.
– Ya nos ayudará —dijo Paulina Barnett—. En todo caso, es preciso estar preparados para aprovechar las circunstancias favorables que puedan presentarse. ¿Cuál es la fecha extrema en que se cree usted que puede emprenderse la marcha, señor Hobson?
– A fines de noviembre, lo más tarde — respondió el teniente Hobson—; pero si de aquí a ocho días, hacia el 20 de este mes, nuestros preparativos estuviesen terminados y se pudiese caminar sobre el hielo, consideraría en extremo favorable esta última circunstancia y partiríamos al punto.
– Bien dicho —exclamó el sargento—. Debemos, pues, prepararnos sin desperdiciar un instante.
– Entonces, señor Hobson —preguntó Paulina Barnett—, ¿va usted a revelar a nuestros compañeros la situación en que nos encontramos?
– Sí, señora. Ha llegado el momento de hablar, toda vez que el de obrar se ha presentado.
– Y, ¿cuándo piensa usted revelarles lo que ignoran?
– Ahora mismo, sargento Long —añadió el teniente Hobson, dirigiéndose a su subordinado, que se cuadró militarmente en el acto—, mande usted que se reúnan todos nuestros hombres en el salón principal para recibir mis órdenes.
El sargento Long giró automáticamente sobre sus talones, y salió con paso rítmico, después de saludar militarmente.
urante algunos minutos, Jasper Hobson y Paulina Barnett permanecieron solos, sin despegar los labios.
El sargento volvió al poco tiempo y anunció al teniente Hobson que sus órdenes habían sido ejecutadas.
En seguida, Jasper Hobson y la viajera penetraron en el salón principal. Todos los habitantes de la factoría, hombres y mujeres, hallábanse allí reunidos, vagamente alumbrados por la incierta luz de las lámparas.
Avanzó Jasper Hobson hasta colocarse en el centro de sus compañeros, y, con acento grave, les dijo:
– Amigos míos, hasta ahora, y con el fin de evitaros inütiles inquietudes, he creído deber mío el ocultaros la situación en que se encuentra nuestro establecimiento del fuerte Esperanza... Un terremoto nos ha separado del continente... El cabo Bathurst ha sido descuajado de la costa americana... Nuestra antigua península no es ahora más que una isla de hielo, una isla errante...
En este preciso momento, avanzó Marbre hacia Jasper Hobson, y, con acento firme, le dijo: — ¡Lo sabíamos, mi teniente!