El pais de las pieles · Parte 1

XXIII

EL ECLIPSE DEL 18 DE JULIO DE 1860

Las brumas, entretanto, no acababan de disiparse. El sol sólo se mostraba a través de una opaca cortina de vapores, lo que no dejaba de atormentar al astrónomo, acordándose de su eclipse. La niebla era a menudo tan intensa que desde el patio del fuerte no se alcanzaba a ver la cumbre del promontorio.

La inquietud del teniente Hobson era cada vez mayor, y no dudaba ya de que el convoy salido del fuerte Confianza se había extraviado en el desierto. Su espíritu se sentía agitado por vagas aprensiones y tristes presentimientos. Aquel enérgico ser miraba el porvenir con ansiedad. ¿Por qué? El mismo no hubiera sabido explicarlo.

Todo, no obstante, parecía salir bien. A pesar de los rigores de aquel invierno cruel, su pequeña colonia gozaba de excelente salud. Entre sus compañeros no existía el menor desacuerdo, cumpliendo cada cual su cometido con intachable celo. El territorio era abundante en caza. La recolección de pieles había sido magnífica, y la Compañía no podría menos de mostrarse satisfechísima de los resultados obtenidos por su agente. Y, aún admitiendo que el fuerte Esperanza no fuese abastecido de nuevo, ofrecía el país los suficientes recursos para que pudiese afrontarse sin temor la perspectiva de una segunda invernada. ¿Por qué el teniente Hobson perdía, pues, la confianza?

Más de una vez Paulina Barnett y él conversaron acerca de este asunto, tratando la primera de tranquilizarle, haciéndole ver las razones arriba enumeradas. Aquel día, paseándose con él por la playa, defendió con más insistencia que nunca la causa del cabo Bathurst y de la factoría fundada a costa de tantos trabajos.

– Sí, señora, sí; tiene usted mucha razón — le respondió Jasper Hobson—; pero los presentimientos no dependen de la voluntad. No crea usted, por eso, que yo sea un visionario. Veinte veces, en mi larga carrera de soldado, me he visto en circunstancias muy críticas sin haberme conmovido un solo instante; y, sin embargo, ahora, por primera vez en mi vida, me inquieta el porvenir. Si viera frente a mí un peligro cierto, no lo temería: se lo aseguro a usted; pero se trata de un peligro indeterminado, vago, que no hago más que presentir...

– Pero, ¿qué peligro? —preguntó Paulina Barnett. ¿Teme usted a los hombres, a los animales o a los elementos?

– ¿A los animales? De ninguna manera — respondió Jasper Hobson—. Ellos son los que han de temer a los cazadores del cabo Bathurst. ¿A los hombres? Tampoco. Estos territorios sólo son frecuentados por los esquimales, y los indios se aventuran en ellos raras veces...

– Y fíjese usted señor Hobson —añadió Paulina Barnett—, que esos canadienses, cuya visita hubiera usted podido temer durante la buena estación, no han venido siquiera...

– Bastante lo siento, señora.

– ¡Cómo! ¿siente usted que no hayan venido esos competidores cuyas intenciones hacia la Compañía son hostiles sin género de duda?

– Señora —respondió el teniente—, lo siento, y no lo siento, a un tiempo mismo... Esto es bastante difícil de explicar. Observe usted que el convoy del fuerte Confianza debía haber llegado y no ha llegado. Lo mismo ocurre con los agentes de las Peleterías de San Luis, que podían venir y no han venido. Ni un esquimal siquiera ha visitado esta parte del litoral durante todo el verano...

– ¿Y qué deduce usted de ahí, señor Hobson? — preguntó Paulina Barnett.

– Que no se llega tal vez al cabo Bathurst y al fuerte Esperanza con la facilidad que se quisiera, señora.

La viajera miró al teniente Hobson, cuya frente se hallaba evidentemente ensombrecida, y que había subrayado con singular acento la palabra facilidad.

– Teniente Hobson —le dijo—, puesto que no teme usted nada de los hombres ni de los animales, preciso será que crea que son los elementos...

– Señora —respondió Jasper Hobson—, no sé si tengo la razón perturbada, si mis presentimientos me ciegan; pero creo que nos hallamos en un país muy extraño. Si lo hubiera conocido mejor, me parece que no me habría establecido en él. Le he hecho observar a usted ya ciertas particularidades que me han parecido inexplicables, tales como la falta absoluta de piedras en todo eL territorio, y el corte del litoral, tan limpio y tan marcado. La formación primitiva de este extremo del continente no me parece muy clara. Sé muy bien que la vecindad de un volcán puede producir ciertos fenómenos... ¿Recuerda usted lo que le he dicho acerca de las mareas?

– Perfectamente, señor Hobson.

– En un lugar donde el mar, según las observaciones practicadas por los exploradores de estas regiones, debería elevarse de quince a veinte pies, apenas si se eleva uno solo.

– Sin duda —respondió Paulina Barnett—; pero ya explicó usted esta anomalía por la configuración especial de las costas, la falta de amplitud de los estrechos...

– He tratado de explicarlo nada más — respondió el teniente Hobson—; pero anteayer observé un fenómeno todavía más inverosímil, que no sabré explicar, y dudo que puedan hacerlo las personas más doctas e ilustradas.

– ¿Qué fenómeno es éste? — preguntó Paulina Barnett, contemplando al teniente con curiosidad no exenta de inquietud.

– Anteayer, señora, correspondió el plenilunio, y la marea, según el calendario, debía ser muy viva: Pues bien, el mar no se ha elevado ni un pie siquiera, como otras veces. ¡No ha sufrido la menor elevación!

– ¿No se habrá usted equivocado? — preguntó Paulina al teniente.

– No; no, señora; la he observado yo mismo. Anteayer, 4 de julio, la marea ha sido nula, ¡absolutamente nula en el litoral del cabo Bathurst!

– Y, ¿qué deduce usted de ello, señor Hobson?

– Deduzco, señora —respondió el teniente—, que, o las leyes de la naturaleza han cambiado, o que este país se encuentra en una situación especial... O, mejor dicho, yo no deduzco nada... yo no comprendo nada... yo no sé explicar nada... pero... ¡siento una gran inquietud!

Paulina Barnett no quiso insistir más.

Evidentemente, aquella ausencia total de marea era inexplicable, extranatural, como lo sería la ausencia del sol en el meridiano a mediodía. A menos que el terremoto no hubiese modificado por completo la configuración del litoral y de las tierras árticas... Pero esta hipótesis no podía satisfacer a ningún observador serio de los fenómenos terrestres.

En cuanto a suponer que el teniente se hubiese equivocado en sus observaciones, no era en modo alguno admisible; y además, aquel mismo día, 6 de julio, Paulina Barnett y él comprobaron, por medio de señales practicadas en el litoral, que la marea, que un año antes subía un pie por lo menos, era en la actualidad nula, ¡completamente nula!

Acerca de esta extraña observación guardóse el mayor secreto. Jasper Hobson no quería, y con razón, despertar la menor inquietud en el ánimo de sus compañeros; pero éstos le veían con frecuencia solo, inmóvil, silencioso, en la cumbre del promontorio, observando el mar, libre a la sazón, que se extendía ante sus ojos.

Durante aquel mes de julio hubo de suspenderse la caza de los animales de piel de abrigo, porque las martas, las zorras y otros varios habían perdido ya su pelo de invierno. Fue preciso limitarse a perseguir la caza comestible, como los caribúes, las liebres polares y otros animales análogos, que, por un capricho cuando menos extraño, como observó la misma Paulina Barnett, pululaban materialmente en los alrededores del cabo Bathurst, a pesar de que los tiros parecía natural que los hubiesen ido ahuyentando lentamente.

El día 15 de julio la situación no había cambiado. Seguíase sin noticias del fuerte Confianza. El anhelado convoy no acababa de presentarse. Jasper Hobson resolvió poner en práctica su proyecto, e ir al capitán Craventy, ya que el capitán Craventy no venía a él.

Como era natural, el, jefe del pequeño destacamento no podía ser otro más que el sargento Long. Bien hubiera deseado éste no separarse de su teniente. Tratábase, en efecto, de una ausencia bastante prolongada; porque no era posible volver al fuerte Esperanza antes del verano próximo, y el sargento tendría necesidad de pasar la mala estación dentro del fuerte Confianza. Era, pues, una ausencia de ocho meses por lo menos.

Cierto que Rae o Mac-Nap habrían podido reemplazar al sargento Long; pero estos dos bravos hombres eran casados. Además, MacNap, como carpintero, y Rae, como herrero, eran necesarios en la factoría, donde no era posible prescindir de sus servicios.

Tales fueron las razones que le expuso el teniente Hobson al sargento, y ante las cuales éste tuvo que capitular. Para acompañarle fueron designados los soldados Belcher, Pond, Petersen y Kellet, quienes manifestaron que se hallaban dispuestos a partir.

Preparáronse para emprender el viaje cuatro trineos con sus correspondientes tiros, los cuales debían conducir los víveres necesarios y las pieles más valiosas que había almacenadas, como martas, armiños, zorras, cisnes, linces, ratas almizcleras y glotones.

Para fecha de partida fijóse la mañana del 19 de julio, es decir, el mismo día siguiente al eclipse. No es necesario decir que Tomás Black acompañaría al sargento Long, y que uno de los trineos serviría para transportar su persona e instrumentos.

Precisó es confesar que el digno astrónomo padeció extraordinariamente durante los días que precedieron al fenómeno tan anhelado por él. Las intermitencias de buenos y malos tiempos; la frecuencia de las brumas; la atmósfera unas veces cargada de lluvia, otras, de niebla; la inconstancia del viento, que no acababa de fijarse en ningún punto preciso del horizonte inquietábale con razón. No comía, ni dormía, ni vivía. Si durante los escasos minutos que había de durar el eclipse el cielo se cubría de vapores; si el astro de la noche y el del día se ocultasen {ras un opaco velo; si él, Tomás Black, enviado expresamente para observar la corona luminosa y las protuberancias rojizas, no lograse cumplir su cometido, ¡qué contrariedad! ¡qué chasco! ¡qué lástima de fatigas tan infructuosamente sufridas! ¡qué dolor de peligros con tanta intrepidez desafiados! —¡Venir tan lejos para ver la Luna —exclamaba con acento cómico—, y tenerse que marchar sin verla!

¡No! ¡no podía acostumbrarse a semejante idea! En cuanto obscurecía, trepaba el digno sabio a la cumbre del promontorio y escudriñaba el cielo. No tenía ni siquiera el consuelo de poder contemplar la rubia Febé en aquellos momentos; porque sólo faltaban tres días para el novilunio, y acompañaba, por consiguiente, al Sol en sus revoluciones alrededor de la Tierra, no permitiendo ver su melancólica faz los deslumbrantes fulgores del astro rey.

Tomás Black desahogaba con frecuencia sus penas en el corazón de Paulina Barnett. La bondadosa señora no podía menos de compadecerle, y un día le tranquilizó lo mejor que pudo asegurándole que el barómetro mostraba cierta tendencia a subir, y repitiéndole que se hallaban precisamente en el centro de la buena estación.

– ¡La buena estación! —repitió Tomás Black, encogiéndose de hombros—; ¿existe por ventura ninguna estación buena en semejante país?

– Pero, en fin, señor Black —respondió Paulina Barnett—, aun admitiendo que tuviese usted la desgracia de que se le escapase este eclipse, supongo que ocurrirán otros. ¡El 18 de julio no es el último del siglo!

– No, señora —respondió el astrónomo—. Después de éste se verificarán todavía cinco eclipses totales de aquí al año de 1900; el primero, el 31 de diciembre de 1861, que será total para el Océano Atlántico, el mar Mediterráneo y el desierto de Sahara; el segundo, el 22 de diciembre de 1870, total para las Azores, España meridional, Argelia, Sicilia y Turquía; el tercero, el 19 de agosto de 1887, total para el Nordeste de Alemania, Rusia meridional y Asia central; el cuarto, el 9 de agosto de 1896, visible en Groenlandia, Laponia y Siberia, y, en fin, el quinto, el 28 dé mayo de 1900, que será total para los Estados Unidos, España, Argelia y Egipto.

– Pues bien, señor Black —replicó Paulina Barnett—, si pierde usted el eclipse del 18 de julio de 1860, se puede consolar con el del 31 de diciembre de 1861. ¿Qué son diecisiete meses?

– Para consolarme, señora —respondió gravemente el astrónomo—, no son diecisiete meses, sino treinta y seis años los que tendré que aguardar. —Y, ¿por qué?

– Porque de todos estos eclipses, sólo el del 9 de agosto de 1896 será total para lugares situados en altas latitudes, tales como Laponia, Siberia o Groenlandia.

– Pero, ¿qué interés tiene usted en efectuar una observación de un eclipse en latitudes tan altas? — preguntó Paulina Barnett.

– ¿Que qué interés, señora? —exclamó Tomás Black—. Un interés científico de la más trascendental importancia. Rara vez han sido observados los eclipses en regiones cercanas al Polo, donde el Sol, tan poco elevado sobre el horizonte, presenta, en apariencia, un disco considerable. Lo mismo ocurre con la Luna que lo oculta, y es posible que en estas condiciones el estudio de la corona luminosa y de las protuberancias pueda ser más completo. He aquí, señora, el motivo de que haya venido a operar más arriba del paralelo de 70°. Ahora bien, estas condiciones no volverán a reproducirse hasta el año de 1896, y, ¿me asegura usted, señora, que viviré para entonces?

Ante esta argumentación, nada había que responder. Tomás Black siguió estando de un humor insoportable, porque la inconstancia del tiempo amenazaba jugarle una mala pasada.

El 16 de julio hizo un tiempo magnífico; pero, en cambio, al siguiente día, permaneció el cielo cubierto de espesas brumas. ¡Era para perder la paciencia!

Tomás Black estuvo enfermo realmente todo el día. El estado febril en que pasaba la vida desde algún tiempo atrás, amenazaba degenerar en una verdadera enfermedad. Jasper Hobson y Paulina Barnett procuraban en vano calmarle. En cuanto al sargento Long y sus otros compañeros no podían comprender que el amor a la Luna hiciese tan desgraciado al astrónomo.

Llegó, por fin, el gran día, ¡el 18 de julio! El eclipse total debía durar, según los cálculos de los almanaques, cuatro minutos treinta y siete segundos, es decir, desde las once cuarenta y tres minutos y quince segundos, hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos de la mañana.

– Pero, ¿tanto es lo que pido? —exclamaba con lastimero acento el astrónomo, mesándose las cabellos—; pido tan solamente que un pedazo de cielo, nada más que el pequeño rincón donde se ha de verificar el eclipse, quede limpio de nubes. ¿Y por cuánto tiempo lo pido? ¡Durante cuatro tristes minutos! ¡Y después que nieve, que truene, que se desencadenen todos los elementos! ¡Todo me importará un bledo!

Tomás Black tenía algunas razones para desesperar por completo. Parecía probable que la observación no pudiera efectuarse. Al amanecer, los horizontes estaban cubiertos de brumas. Elevábanse espesas nubes por la parte del Sur, precisamente en la región del cielo en que el eclipse debía verificarse. Pero, sin duda alguna, el dios de los astrónomos tuvo piedad de Black; porque, a eso de las ocho de la mañana, saltó una brisa bastante fresca del Norte que barrió todas las brumas y despejó el firmamento.

¡Ah! ¡qué gritos de gratitud! ¡qué exclamaciones de júbilo se escaparon del pecho del abnegado sabio! En medio de un cielo puro resplandecía un magnífico sol esperando que la Luna, cuya faz eclipsaba aún sus rayos, lo fuese obscureciendo poco a poco.

Lleváronse en seguida a la cumbre del promontorio los instrumentos <le Tomás Black, quien después de instalarlos debidamente, dirigió sus objetivos hacia el horizonte del Sur, y esperó.

Había recuperado toda su acostumbrada paciencia, toda la sangre fría necesaria para su observación. ¿Qué podía temer ahora? Nada, a no ser que el cielo se desplomase sobre su cabeza. A las nueve, no había ni una sola nube, ni el más ligero vapor del horizonte al cénit. ¡Jamás una observación astronómica habíase presentado en condiciones más favorables!

Jasper Hobson, Paulina Barnett y todos los habitantes del fuerte habían querido presenciar la operación. La colonia entera hallábase reunida sobre el cabo Bathurst, alrededor del astrónomo. El Sol se elevaba lentamente, describiendo un arco muy amplio sobre la inmensa planicie que se extendía hacia el Sur.

Nadie se atrevía a hablar, esperando todos con solemne ansiedad la realización del fenómeno.

A eso de las nueve y media comenzó la ocultación. El disco de la Luna mordió el disco del Sol; pero el primero no debía cubrir por completo al segundo más que desde las once, cuarenta y tres minutos y quince segundos; hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos, que era el tiempo señalado por el almanaque para el eclipse total; y nadie ignora que no puede haber ningún error en estos cálculos hechos, comprobados y revisados por los astrónomos de todos los observatorios del mundo.

Tomás, Black había traído en su equipaje cierta cantidad de cristales ennegrecidos que distribuyó entre sus compañeros, de suerte que todos pudieron seguir los progresos del fenómeno sin detrimento de su vista.

El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente. Ya los objetos terrestres adquirían un tinte especial anaranjado. La atmósfera en el cénit había cambiado de color. A las diez y cuarto, la mitad del disco solar hallábase obscurecido. Algunos perros, que gozaban de libertad, iban y venían de un lado para otro, dando muestras de cierta inquietud y ladrando en ocasiones de un modo lastimero. Los patos, inmóviles en las orillas del lago, gritaban como en la hora del crepúsculo y buscaban un lugar a propósito para entregarse al sueño. Las madres llamaban a sus pequeñuelos, que se refugiaban debajo de sus alas. Para todos aquellos animales se aproximaba la noche, y con ella la hora del sueño.

A las once, las dos terceras partes del disco solar hallábanse cubiertas. Los objetos habían adquirido un tinte vinoso. Reinaba entonces una semiobscuridad que debía hacerse completamente durante los cuatro minutos que el eclipse total iba a durar. Pero ya se distinguían algunos planetas, como Mercurio y Venus, y las principales estrellas de ciertas constelaciones, sobresaliendo entre ellas las del Toro y Orion. Las tinieblas aumentaban de minuto en minuto.

Tomás Black, sin apartar la pupila del ocular de su potente anteojo, seguía los progresos del fenómeno inmóvil y silencioso. A las once y cuarenta y tres los dos discos debían encontrarse colocados exactamente el uno delante del otro.

– ¡Las once y cuarenta y tres! — dijo Jasper Hobson, que observaba atentamente el segundero de su cronómetro.

Tomás Black, inclinado sobre el instrumento, no se movía en absoluto. Transcurrió medio minuto.

Tomás Black enderezóse con los ojos desmesuradamente abiertos. Colocóse en seguida otra vez delante del ocular durante otro medio minuto, y, enderezándose de nuevo, gritó con voz ahogada:

– ¡Se va! ¡Se va! ¡La Luna! ¡La Luna se marcha! ¡Huye! ¡Desaparece! Y, en efecto, el disco lunar deslizábase sobre el del Sol sin haberlo cubierto todo entero. ¡Solamente las dos terceras parte habían sido obscurecidas!

¡Tomás Black se había quedado estupefacto! Los cuatro minutos habían transcurrido ya. La luz iba aumentando. ¡La corona luminosa no se había producido!

– Pero, ¿qué ocurre? — preguntó Jasper Hobson.

– ¡Que qué ocurre! —exclamó el astrónomo—. ¡Ocurre que el eclipse no ha sido total para este lugar del Globo!

¿Me entiende usted? ¡Que no ha sido total!

– En ese caso, las indicaciones de su almanaque de usted son falsas.

– ¡Falsas! ¡Vamos, hombre! ¡A otro con ese cuento, señor Hobson!

– Pero, entonces... — exclamó Jasper Hobson, cuya fisonomía modificóse de súbito.

– Entonces —respondió Tomás Black—, es que no nos hallamos en el paralelo de 70°.

– ¡Cómo es posible eso! — exclamó Paulina Barnett.

– ¡Pronto saldremos de dudas! —exclamó el astrónomo, cuyos ojos respiraban a la vez ira, rabia y decepción—. Dentro de algunos minutos el sol pasará por el meridiano... ¡Mi sextante! ¡pronto! ¡pronto!

Corrió un soldado a la casa, y no tardó en regresar con el instrumento pedido.

Tomás Black dirigió el anteojo hacia el astro del día, esperó que pasase por el meridiano, y, abandonando en seguida su sextante y efectuando con rapidez algunos cálculos en su libro de memorias, preguntó:

– ¿Cuál era la latitud del cabo Bathurst cuando, hace un año, a nuestra llegada a este sitio, calculamos sus coordenadas geográficas?

– 70° 44' y 37" — respondió el teniente Hobson.

– Pues bien, señor teniente, ahora su latitud es de 73° 1' y 20". ¡Ya ve usted cómo no estamos en el paralelo de 70º!

– Mejor haría usted en decir que ya no estamos — murmuró el teniente Hobson.

Una revelación repentina se había verificado en su mente. Todos los fenómenos hasta entonces inexplicables se explicaban ahora de la manera más clara...

El territorio del cabo Bathurst había derivado tres grados hacia el Norte desde la llegada a él del teniente y sus compañeros.

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