El pais de las pieles · Parte 1
I
UNA FIESTA EN EL FUERTE CONFIANZA
Aquella noche —17 de marzo de 1859— el capitán Craventy daba una fiesta en el fuerte Confianza.
Que la palabra fiesta no evoque en la mente del lector la idea de un sarao grandioso, de un baile de corte, de una zambra ruidosa o de un festival a gran orquesta. La recepción del capitán Craventy era mucho más modesta, a pesar de lo cual no había perdonado sacrificio para darle la mayor brillantez posible.
En efecto, bajo la dirección del cabo Joliffe, el espléndido salón del piso bajo habíase transformado. Aún se veían las paredes de madera, hechas con troncos apenas labrados, horizontalmente dispuestos; pero, disimulaban su tosca desnudez cuatro pabellones británicos, colocados en los cuatro ángulos, y panoplias formadas con armas tomadas del arsenal del fuerte.
Si las largas vigas del techo, rugosas y ennegrecidas, descansaban sobre sus estribos groseramente ajustadas, en cambio, dos lámparas, provistas de sus reflectores de hoja de lata, se balanceaban como dos arañas al extremo de sus cadenas, y proyectaban una luz muy suficiente a través de la atmósfera cargada de la sala.
Las ventanas eran estrechas; algunas parecían troneras; sus vidrios, blindados por una espesa escarcha, desafiaban la curiosidad de la vista; pero dos o tres trozos de percalina encarnada colocados con gusto, llamaban la atención de los invitados. El piso estaba formado por pesados maderos yuxtapuestos que el cabo Joliffe había barrido con esmero en gracia a la solemnidad.
Allí no había butacas, ni divanes, ni sillas, ni otros muebles modernos; unos bancos de madera, medio empotrados en la anchurosa pared, unos taburetes macizos, hechos de troncos de árboles cortados a hachazos, y dos mesas de gruesos pies, constituían todo el mobiliario del salón; pero la pared medianera, a través de la cual daba acceso a la pieza contigua una puerta de una sola hoja, estaba adornada de un modo rico y pintoresco a la vez. De sus vigas pendían, colocadas en orden admirable, pieles extraordinariamente valiosas formando un surtido tan abundante y variado como no habría sido posible encontrar en los lujosos escaparates de la Regent-street o de la perspectiva Niewski. Habríase dicho que toda la fauna de las regiones árticas se había hecho representar en aquella decoración por medio de una muestra de sus más bellas pieles.
La mirada vacilaba entre las pieles de lobo, de osos grises, de osos polares, de nutrias, de glotones, de bisontes, de castores, de ratas almizcleras, de armiños y de zorras plateadas.
Sobre esta exposición, leíase un lema con letras primorosamente recortadas de un trozo de cartón pintado; el lema de la célebre Compañía de la Bahía de Hudson:
PROPELLE CUTEM
– En verdad, cabo Joliffe —dijo el capitán Craventy a su subordinado—, habéis realizado un esfuerzo superior a vuestras fuerzas.
– Ya lo creo, mi capitán, ya lo creo; pero hay que hacer justicia a todo el mundo. Una parte de esos elogios corresponden a la señora Joliffe, que me ha ayudado a disponerlo todo.
– Es una mujer muy habilidosa, cabo.
– No existe en el mundo otra igual, mi capitán.
En el centro del salón había instalada una estufa enorme, mitad de ladrillo, mitad de loza, cuya gruesa chimenea de palastro, atravesando el techo, vertía al exterior torrentes de humo negro. Esta estufa se encandalizaba y rugía bajo la influencia de las paletadas de carbón que el fogonero, un soldado especialmente encargado de este servicio, metía sin cesar en ella.
A veces, un remolino de viento obstruía la boca de la chimenea exterior, y entonces un humo espeso, retrocediendo a través de la estufa, invadía el salón; largas llamas lamían sus paredes de ladrillo, una nube opaca velaba la luz de la lámpara y tiznaba las vigas del techo. Pero este ligero inconveniente no importaba gran cosa a los invitados del fuerte Confianza.
La estufa les calentaba, y bien se podía perdonar el bollo por el coscorrón, porque, fuera, hacía un frío espantoso, avivado por un fuerte viento Norte que redoblaba su intensidad.
Se sentía rugir la tempestad alrededor de la casa. La nieve, que caía ya casi solidificada, chocaba contra la escarcha de los vidrios. Ciertos silbidos agudos, al entrar por las rendijas de las puertas y ventanas, elevábanse a veces hasta el límite de los sonidos perceptibles. Después se hacía un gran silencio. La naturaleza parecía tomar aliento, y de nuevo se desencadenaban las ráfagas con una fuerza imponente. Se sentía la casa temblar sobre sus pilares, crujir las alfajías, gemir las tablas. Un extranjero, menos acostumbrado que los invitados del fuerte a estas conmociones de la atmósfera, habría temido que la tempestad se llevase aquel conjunto de vigas y tablones. Pero los huéspedes del capitán Craventy se preocupaban muy poco de la borrasca, y, aunque se hubiesen encontrado al aire libre, tampoco se habrían asustado, a semejanza de esos petreles satánicos que se burlan de las tempestades.
Respecto a los invitados, es necesario hacer algunas observaciones. Componían la reunión un centenar de individuos de ambos sexos; pero sólo dos de ellos, dos mujeres, no pertenecían al personal afecto al fuerte Confianza.
Este personal lo formaban: el capitán Craventy, el sargento Long, el teniente Jasper Hobson, el cabo Joliffe y unos sesenta soldados v empleados de la Compañía. Algunos eran casados, contándose entre éstos el cabo Joliffe, feliz esposo de una canadiense muy lista y vivaracha; un escocés llamado Mac-Nap, casado con una escocesa, y Juan Rae, que había tomado esposa, en época reciente, entre las indias de la comarca. Toda esta gente, sin distinción de clases, oficiales, empleados y soldados, eran aquella noche obsequiados por el capitán Craventy.
Conviene hacer constar que no era sólo el personal de la Compañía el que había aportado su contingente a la fiesta. Los fuertes vecinos habían aceptado también la invitación del capitán Craventy, y hay que tener en cuenta que, en estas apartadas regiones, se consideran vecinos los que habitan a cien millas de distancia.
Buen número de empleados y factores habían venido del fuerte Providencia y del fuerte Resolución, pertenecientes a la circunscripción del lago del Esclavo, y hasta del fuerte Chipewan y del fuerte Liad, situados más al Sur. Era una diversión rara, una distracción inesperada que debían acoger con entusiasmo aquellos prisioneros, aquellos desterrados, medio perdidos en las solitarias regiones hiperboreales.
Por último, algunos jefes indios habían aceptado también la invitación que recibieran.
Estos indígenas, en constante relación con las factorías, suministraban en gran parte, y a cambio de otros objetos, las pieles con que la Compañía traficaba. Eran generalmente indios chipewayos, hombres vigorosos, admirablemente constituidos, vestidos con chaquetones y capas de pieles de pintoresco efecto. Sus rostros, de un color entre negro y encarnado, presentaban esa máscara especial que la costumbre ha impuesto en Europa a los diablos de los cuentos de hadas. Sobre sus cabezas erguíanse hermosos penachos de plumas de águila desplegadas en forma de abanico que oscilaban a cada movimiento de sus negras cabelleras.
Estos jefes, cuyo número ascendería a una docena, no habían traído a sus esposas, desdichadas squaws que apenas se elevaban de la condición de esclavas.
Tal era el personal que componía la reunión a la que el capitán Craventy hacía los honores de la casa en el fuerte Confianza.
No se bailaba por carecerse de orquesta; pero la abundancia de platos y licores exquisitos compensaba con creces la ausencia de los músicos. Sobre la mesa, alzábase un budín piramidal que la señora Joliffe había confeccionado con sus propias manos; era un enorme cono truncado, hecho de harina, manteca de reno y de buey almizclero, al que faltaban tal vez los huevos, la leche y el limón, recomendados por los tratados de cocina, pero cuyas gigantescas proporciones hacían olvidar este defecto.
La señora Joliffe no cesaba de cortar de él tajadas, a pesar de lo cual la enorme masa se mantenía siempre firme. Figuraban también sobre la mesa enormes pilas de emparedados, en los que las finas rebanadas de pan inglés con mantequilla, habían sido reemplazadas por no muy tiernas galletas, entre cada dos de las cuales habían sido colocadas con ingenio delgadas tajaditas de carne en conserva que reemplazaban el jamón de York y la gelatina trufada que se emplean en el viejo continente. Es de advertir que las galletas, a pesar de su dureza, no resistían al diente de los chipewayos.
Por lo que hace a las bebidas, la ginebra y el whisky circulaban profusamente en vasitos de estaño, sin hablar de un gigantesco ponche con que debía dar fin aquella fiesta, de la que hablarían los indios largo tiempo en sus miserables wigwames.
¡Cuántas felicitaciones recibieron los esposos Joliffe durante aquella velada! Pero, en cambio, ¡qué actividad y qué agrado desplegaron! ¡Cómo se multiplicaban! ¡Con qué amabilidad presidían la distribución de las bebidas! Adelantábanse a los deseos de todos. No había tiempo de pedir, ni aun siquiera de desear. ¡A los emparedados sucedían las rebanadas del inagotable budín! ¡Al budín, los vasos de ginebra o de whisky!
– No, gracias, señora Joliffe.
– Es usted demasiado amable, cabo; déjeme respirar.
– Señora Joliffe, le aseguro que ya no puedo más.
– Cabo Joliffe, usted hace de mí cuanto quiere.
– ¡No; esta vez, no, señora! ¡Me es completamente imposible!
Tales eran las respuestas que la feliz pareja escuchaba casi siempre. Pero el cabo y su esposa insistían con tanto interés, que los más recalcitrantes acababan por ceder, y se comía sin descanso y se bebía sin tino.
El tono de las conversaciones se iba haciendo cada vez más elevado. Soldados y empleados animábanse por igual. Aquí se hablaba de caza, poco más allá de tráfico. ¡Cuántos proyectos forjábanse para la estación venidera! La fauna entera de las regiones árticas no bastaría para satisfacer la codicia de aquellos empedernidos cazadores. ¡Los osos, los bueyes almizcleros, las zorras caían ya bajo sus balas! ¡Cogían por millares en sus trampas los castores, las ratas, los armiños, las martas y bisontes! Las pieles más estimadas acumulábanse en los almacenes de la Compañía, que, aquel año, obtenía inesperados beneficios.
Y mientras los licores, abundantemente distribuidos, inflamaban aquellas imaginaciones europeas, los indios, silenciosos y graves, demasiado altivos para demostrar admiración por nada, demasiado circunspectos para empeñar promesa alguna, dejaban hablar a aquellos charlatanes, absorbiendo, entretanto, en altas dosis, el aguardiente del capitán Craventy.
Gozoso éste de contemplar tanta algazara, satisfecho del placer que experimentaban aquellas pobres gentes, relegadas, por decirlo así, más allá de los límites del mundo habitable, paseábase alegre entre sus convidados, respondiendo a todas las preguntas que le dirigían acerca de la fiesta.
– ¡Pregúntenselo a Joliffe! ¡Pregúntenselo a Joliffe!
Y, en efecto, todos iban a formular preguntas a Joliffe, quien tenía siempre una palabra de agrado para contestar a cada uno.
Entre las personas agregadas a la guardia y al servicio del fuerte Confianza, había algunas que merecen especial mención, porque van a ser juguete de circunstancias terribles que la perspicacia humana no podía prever de ningún modo. Conviene, pues, citar, entre otros, al teniente Jasper Hobson, al sargento Long, a los esposos Joliffe y a dos forasteras en cuya obsequio daba el capitán la reunión.
Era el teniente Jasper Hobson un hombre de cuarenta años de edad, corto de talla, delgado, que si no poseía gran fuerza muscular, su energía moral, en cambio, le hacía superior a toda clase de pruebas y acontecimientos. Era, por decirlo así, un hijo de la Compañía. Su padre, el comandante Hobson, un irlandés de Dublín, muerto hacía ya algunos años, había ocupado, con su esposa, por espacio de largo tiempo, el fuerte Assiniboina, donde había nacido Jasper Hobson.
Allí, en la misma falda de las Montañas Rocosas, transcurrieron libremente su infancia y su juventud. Severamente educado por el comandante Hobson, se hizo un hombre por su serenidad y valor, cuando no era, por su edad, más que un adolescente. Jasper Hobson no era un cazador sino un soldado; un oficial inteligente y bravo.
Durante las luchas que la Compañía hubo de sostener en el Oregón contra las compañías rivales, distinguióse por su celo y su audacia, y conquistó rápidamente el grado de teniente; y, a consecuencia de su bien reconocido mérito, acababa de ser designado para el mando de una expedición en el Norte, que tenía por objeto el explorar las partes septentrionales del lago del Oso Grande, y establecer un fuerte en los límites del continente americano. La partida del teniente Jasper Hobson debía tener efecto en los primeros días de abril.
Si el teniente era el tipo perfecto del oficial modelo, el sargento Long, hombre de cincuenta años, cuya ruda barba parecía hecha de fibras de coco, era a su vez modelo de soldados, valiente por naturaleza y obediente por temperamento; fiel siempre a la consigna, nc discutía jamás una orden, por extraña que ella fuese; no razonaba siquiera cuando se trataba del servicio; era una verdadera máquina con uniforme, pero una máquina perfecta que nunca se desgastaba, funcionando siempre sin fatigarse jamás.
Tal vez fuese el sargento Long algo duro con sus soldados, como lo era consigo mismo; no toleraba la menor infracción de la disciplina, y los arrestaba por la falta más insignificante, sin dar motivo jamás para que lo arrestasen a él. Tenía que mandar, porque su grado de sargento le obligaba a ello; pero, en realidad, el dar órdenes no le proporcionaba ninguna satisfacción. Era, en una palabra, un hombre nacido para obedecer, y esta anulación de sí mismo cuadraba perfectamente con su naturaleza pasiva. Con estas gentes es con quienes se forman los ejércitos formidables: son brazos al servicio de una sola cabeza. ¿No es ésta, por ventura, la verdadera organización de la fuerza? Dos tipos ha imaginado la fábula: Briareo, con sus cien brazos, y la Hidra, con sus cien cabezas. Si se entablase entre ambos monstruos un combate, ¿quién obtendría la victoria? Briareo.
Ya conocemos al cabo Joliffe. Era tal vez el moscardón de la sala, pero a todos agradaba el oírle zumbar. Más bien hubiera servido para mayordomo que no para soldado, y comprendiéndolo así, solía titularse a sí mismo el cabo encargado del detall; pero en estos detalles se hubiera extraviado cien veces si la recortada señora Joliffe no le hubiese guiado con mano segura. De donde se deduce que el cabo obedecía a su mujer, sin querer confesárselo a sí mismo, diciéndose, sin duda, como Sancho, el filósofo: «El consejo de la mujer no vale gran cosa; pero, ¡se necesita estar loco para no hacerle caso!»
El elemento extraño en el personal de la reunión estaba representado, como hemos dicho ya, por dos mujeres de unos cuarenta años.
Una de estas mujeres merecía con justicia figurar en primera línea entre los viajeros célebres. Rival de los Pfeiffer, de los Tinné, de los Haumaire de Hell, Paulina Barnett, pues éste era su nombre, fue honrosamente citada en más de una ocasión en las sesiones de la Real Sociedad de Geografía.
Paulina Barnett, remontando la corriente del Bramaputra hasta las montañas del Tíbet, y atravesando un rincón ignorado de Australia, de la bahía de los Cisnes al golfo de Carpentaria, había demostrado ser una insigne exploradora.
Era una mujer de elevada estatura, viuda hacía quince años, a quien la pasión por los viajes arrastraba sin cesar a través de los países ignotos. Su cabeza, rodeada de largas trenzas, encanecidas ya en algunos lugares, demostraba una energía real. Sus ojos, un poco miopes, ocultábanse tras unos lentes con montura de plata, que se apoyaban sobre una nariz larga y recta, cuyas móviles ventanillas parecían aspirar el espacio. Su manera de andar, preciso es confesarlo, era un poco varonil, y toda su persona respiraba menos gracia que energía moral.
Era una inglesa del condado de York, poseedora de cierta fortuna, cuya parte más saneada se gastaba en expediciones aventureras; y si en aquellos momentos se encontraba en el fuerte Confianza, era porque los deseos de una nueva expedición la habían conducido hasta allí. Después de haberse lanzado a través de las regiones equinocciales, quería penetrar, sin duda, hasta los últimos límites de las comarcas hiperboreales. Su presencia en el fuerte era un acontecimiento. El director de la Compañía habíala recomendado, por medio de una carta especial, al capitán Craventy, quien, siguiendo las instrucciones que en ésta se le daban, debía facilitar a la célebre exploradora el proyecto que había concebido de visitar las orillas del mar polar.
¡Magna empresa era ésta! Era preciso reanudar el itinerario de los Hearne, los Mackenzie, los Rae y los Franklin. ¡Cuántas penalidades, fatigas y peligros entrañaba aquella lucha con los terribles elementos de los climas árticos! ¿Cómo osaba una mujer aventurarse en lugares donde tantos exploradores habían tenido que retroceder, y tantos otros perecido? Pero la forastera que en aquellos momentos se albergaba en el fuerte Confianza no era una mujer cualquiera: era Paulina Barnett, condecorada por la Real Sociedad.
La célebre exploradora traía en su compañía a Madge, quien, más que una criada, era una amiga abnegada y cariñosa, que sólo vivía para ella; una escocesa chapada a la antigua con quien hubiera podido casarse un Caleb sin el menor desdoro.
Tenía Madge algunos años más que su señora, cinco aproximadamente, y era alta de estatura y poseía una constitución vigorosa. Madge tuteaba a Paulina y Paulina tuteaba a Madge a quien consideraba como una hermana mayor, mientras que Madge trataba a Paulina como si fuera hija suya. En suma, aquellos dos seres no eran, en realidad, más que uno solo.
Y para decirlo todo, si el capitán Craventy festejaba aquella noche a sus empleados y a los indios chipewayos, era sólo en honor de Paulina Barnett. En efecto, la ilustre exploradora debía agregarse al destacamento del teniente Jasper Hobson en su exploración hacia el Norte. Así, pues, la alegre algazara que reinaba en el amplio salón de la factoría a ella sola era debida.
Y si durante aquella memorable velada la estufa consumió un quintal de carbón, fue porque en el exterior reinaba una temperatura de 24° Fahrenheit bajo cero (32° centígrados por debajo del punto de congelación del agua destilada), y porque el fuerte Confianza está situado a 61° 47' de latitud Norte, o sea a menos de 4o del círculo polar.