Familia sin nombre · Parte 2
III
LA CASA CERRADA
En el condado de San Jacinto, que confina con el de Montreal, y a seis leguas de San Dionisio, se halla situado el burgo de San Carlos, en la orilla Norte del Richelieu.
Bajando este río, uno de los mayores afluentes del San Lorenzo, se llega a la pequeña ciudad de Sorel, en donde el Champlain había hecho escala durante su última campaña de pesca.
En la época en que pasa nuestro relato, una casa aislada se elevaba a algunos centenares de pasos antes del recodo que da de pronto nueva dirección a la calle principal de San Carlos, antes de llegar a las primeras casas.
Era una modesta y triste habitación, que no se componía más que de un piso bajo, el cual no tenía más aberturas que una puerta y dos ventanas. Un patio pequeño se encontraba delante de la fachada principal; pero estaba tan descuidado, que las hierbas crecían en él a su antojo, haciéndole poco menos que intransitable:
Por lo regular, la puerta estaba cerrada, y las ventanas no se abrían nunca. Si la luz del día penetraba en el interior de aquella casa, era únicamente por otras dos ventanas abiertas en la fachada opuesta y que daban a un jardín reducidísimo, cercado de alta pared, cubierta por largas plantas parietarias, y en uno de cuyos ángulos se veía un pozo con brocal de mampostería.
En aquel jardín crecían diversas verduras, entre las que vegetaban árboles frutales, perales, avellanos y manzanos, sin más cuidados que los de la naturaleza.
Un corralito, tomado del jardín y contiguo a la casa, encerraba cinco o seis gallinas, que daban la cantidad suficiente de huevos para el consumo diario.
El interior de aquella morada no contenía más que tres habitaciones con gran modestia amuebladas, sin otra cosa que lo más estrictamente necesario. Una de aquellas piezas, la primera o, la izquierda de la entrada, servía de cocina, y las demás, a la derecha, eran los cuartos de dormir. El estrecho corredor que las dividía establecía una comunicación entre el patio y el jardín.
¡Sí! Aquella casa era humilde y miserable, pero se conocía que sus moradores querían vivir en tales condiciones de miseria y humildad. Los habitantes de San Carlos no se equivocaban pensándolo así; pues si algún mendigo llamaba a la puerta de la Casa Cerrada (así la llamaba el pueblo), jamás sucedía que se fuera sin recibir una corta limosna. La Casa Cerrada hubiera podido llamarse Casa Caritativa, porque se ejercía allí la caridad a todas horas.
¿Quién vivía allí?
Una mujer, siempre sola, siempre vestida de negro, y cubierta con el largo velo de crespón de las viudas. Raras veces dejaba su casa, como no fuera los domingos, para asistir a los oficios, o si alguna compra indispensable la obligaba a salir, en cuyo caso esperaba, para verificarlo, que anocheciese, se dirigía por las calles más oscuras, siguiendo a lo largo de las casas, entraba en la tienda, hablaba en voz baja muy pocas palabras, pagaba sin regatear, y volvía a su morada con la vista fija en el suelo e inclinando la cabeza como una pobre criatura que tuviera vergüenza de que la vieran.
Cuando iba a la iglesia, era a la misa del alba, colocándose en el rincón más oscuro; allí se arrodillaba, y reconcentrándose en sí misma, debajo de los pliegues de su velo negro, su inmovilidad era espantosa, y hubiérasela podido creer muerta si dolorosos suspiros no se hubieran escapado de su pecho.
Que aquella mujer no padeciera los horrores de la mise-ria, ya se comprendía; pero era, con seguridad, un ser muy desgraciado.
Una o dos veces, algunas buenas almas se habían acercado a ella para ofrecerle sus servicios, dirigiéndole palabras de simpatía; pero ella, recogiendo más estrechamente contra su cuerpo su traje de luto, se echaba vivamente hacia atrás, como si temiera inspirar horror a aquellas personas compasivas.
Nadie conocía, pues, en San Carlos a la extranjera, mejor pudiera decirse a la reclusa. Doce años antes había llegado allí para ocupar aquella casa que habían comprado para ella a muy bajo precio, pues el Municipio, a quien pertenecía, deseaba vender tal inmueble, y hasta entonces no había encontrado comprador.
Un día se supo en el pueblo que la nueva propietaria había llegado de noche a su morada, en la que nadie la había visto entrar.
¿Quién la había ayudado a transportar su modesto mobiliario?
Nadie lo sabía.
Tampoco tomó sirvienta para el cuidado de la casa.
Su vida cenobítica no había variado en lo más mínimo desde su aparición en San Carlos. Las paredes de la Casa Cerrada eran las de un claustro, cuya entrada estaba prohibida a todos.
Los habitantes del pueblo no procuraron tampoco penetrar los secretos de la existencia de aquella mujer. Durante los primeros días que siguieron a su instalación, se admiraron, sí, de su modo de vivir; algunas suposiciones se hicieron respecto a la dueña de la Casa Cerrada, pero luego dejaron de ocuparse de ella; y como se mostraba siempre caritativa con los pobres del país, esto le valió la estimación general.
Alta, encorvada más bien por el dolor que por la edad, la forastera podría tener en la actualidad unos cincuenta años. Debajo del velo, que la envolvía medio cuerpo, se ocultaba una cara que debía de haber sido bella, una frente despejada, y grandes y rasgados ojos negros. Sus cabellos eran completamente blancos, y su mirada como impregnada por las huellas de lágrimas, largo tiempo detenidas.
En lo presente, el carácter de aquella fisonomía, en otro tiempo dulce y sonriente, presentaba una energía sombría y una implacable voluntad.
Sin embargo, si la curiosidad pública se hubiera aplicado con más cuidado a vigilar la Casa Cerrada, hubiera adquirido la prueba de que no estaba prohibida la entrada a toda visita, pues tres o cuatro veces al año, siempre de noche, la puerta se abría tan pronto para uno como para dos forasteros, que no descuidaban ninguna precaución para llegar o para marcharse sin que nadie los viera.
¿Quedaban allí algunos días, o solamente algunas horas?
Nadie lo hubiera podido decir.
Partían antes del amanecer, y ninguno de los vecinos del pueblo pudo sospechar nunca que aquella mujer tuviese relaciones fuera del lugar.
Esto fue lo que precisamente sucedió hacia las once de la noche del 30 de Septiembre de 1837.
La carretera que después de atravesar el condado de San Jacinto de Oeste s Este, pasa por San Carlos, y sigue más allá, estaba desierta a aquella hora avanzada. Una profunda oscuridad reinaba en el pueblo, cuyos vecinos, descansaban de las faenas diarias, y, por lo tanto, ninguno de éstos pudo ver a dos hombres bajar por el camino en dirección a la Casa Cerrada, levantar el picaporte de la reja que daba al patio, y llamar a la puerta de un modo que debía de ser una señal de reconocimiento.
Esta se abrió, y se cerró en seguida.
Ambas visitas entraron en la primera habitación de la derecha, alumbrada solamente por una mariposa, cuya débil luz no podía filtrarse al exterior.
La mujer no dio a conocer que se sorprendía por la llegada de aquellos dos hombres, que la apretaron entre sus brazos, besándola en la frente con afecto filial.
Eran Juan y Joann, y la indicada mujer su madre, Bridget Morgaz.
Doce años antes, después de la expulsión de Simón Morgaz, echado de Chambly por sus compatriotas, nadie dudó de que aquella desgraciada familia hubiese abandonado el Canadá, expatriándose, bien sea en alguna de las provincias de la América del Norte o del Sur, o en cualquier punto lejano de Europa. El dinero percibido por el traidor le permitiría vivir cómodamente, sea el que fuera el sitio escogido para su residencia, y de este modo, mudando de nombre, no sería en lo sucesivo el blanco del desprecio general.
Mis lectores saben que las cosas no habían sucedido así. Una noche Simón Morgaz se hizo justicia, y nadie sabía que sus restos descansaban en un sitio oculto de la ribera septentrional del lago Ontario.
Bridget Morgaz y sus hijos habían comprendido todo el horror de su situación; si bien ellos eran inocentes del crimen de su esposo y de su padre, las preocupaciones son tales, que en ninguna parte podían esperar ni piedad ni perdón. En el Canadá, como en cualquier punto del globo, su nombre sería objeto de una reprobación universal. Resolvieron, pues, despojarse de él, sin pensar siquiera en tomar otro. ¡Qué necesidad tenían de ello aquellos míseros, para quienes la vida no podía ser ya sino una serie de vergüenzas!
Sin embargo, ni la madre ni los hijos se expatriaron; antes de dejar para siempre el Canadá, les quedaba que llenar una misión, y aun cuando hubieran de sacrificar a ella su vida, resolvieron cumplirla los tres juntos.
Lo que querían aquellos tres generosos seres era reparar el mal que Simón Morgaz había hecho a su país. Sin la traición provocada por el odioso agente Rip, la conspiración de 1825 hubiera tenido grandes probabilidades de éxito; porque después de apresar al Gobernador general y a los jefes del ejército inglés, las tropas no hubieran podido resistir el empuje de la población franco-canadiense, que se hubiera levantado en masa. Pero una delación infame había entregado el secreto de la conspiración, y el Canadá permaneció en poder de sus opresores.
Pues bien: Juan y Joann prosiguieron la obra interrumpida por la traición de su padre: Bridget, cuya energía hizo frente a su espantosa situación, les demostró que éste era y debía ser el único objeto de su existencia, y así lo comprendieron aquellos dos hermanos, que no tenían entonces más que diecisiete y dieciocho años respectivamente, consagrándose desde aquel momento a ese trabajo de reparación.
Bridget, resuelta a vivir con lo poco que la quedaba de su perdido patrimonio, no quiso guardar el dinero encontrado en la cartera del suicida, que no podía ni debía emplearse sino en las necesidades de la causa nacional. Se depositó en secreto en manos del notario Nick, de Montreal, en las condiciones que ya sabemos. Juan, sin embargo, conservó una parte para distribuirla directamente entre los reformistas.
Así es como en 1831 y en 1835 los comités recibieron las cantidades necesarias para la compra de armas y municiones; en 1837, el resto de aquel depósito, considerable todavía, acababa de entregarse al Comité de la villa Montcalm, que tenía por presidente al señor de Vaudreuil.
Esto era ya cuanto quedaba del precio de la traición.
Sus hijos venían de vez en cuando, y siempre sigilosamente, a ver a Bridget. encerrada en la casa de San Carlos, pues hacía algunos años que cada cual había escogido una vía diferente para llegar al mismo objeto.
Joann, el mayor de los dos, habíase dicho que todas las felicidades de la existencia le estaban para siempre prohibidas, y por la influencia de ideas religiosas, desarrolladas todavía más por la amargura de su situación, quiso ser sacerdote, pero sacerdote militante. Entró en la Orden de los Sulpicianos, con la intención de apoyar con su palabra los imprescriptibles derechos de su país. Una elocuencia natural, sostenida por el más ardiente patriotismo, le atraía las simpatías de los habitantes de las ciudades y del campo; en los últimos tiempos su fama se había engrandecido mucho, estando ya en todo su apogeo.
Juan trabajaba en pro del partido reformista, no con la palabra, sino con sus actos.
Aun cuando las rebeliones de 1831 y de 1835 no habían tenido feliz éxito, no por eso se amenguó su reputación de ardiente patriota. Las masas le consideraban como el jefe misterioso de Los Hijos de la Libertad, que no aparecía más que en el momento en que tenía que pagar con su persona, desapareciendo después para proseguir su obra.
Ya sabemos a qué altura había llegado en el partido de la oposición liberal; parecía que la causa de la independencia estaba en las manos de un solo hombre, de aquel JuanSin-Nombre, como se llamaba él mismo, y que únicamente de él esperaban los patriotas la señal de una nueva insurrección.
La hora se aproximaba, y por tal motivo ambos hermanos, a quienes la casualidad acababa de reunir en Chambly, vinieron a la Casa Cerrada para abrazar a su madre, quizá por última vez.
Y ahora estaban sentados a su lado; los tres, agarrados de las manos, hablaban en voz baja; Juan y Joann le decían todo cuanto habían hecho, y que la lucha sería terrible, como lo es siempre toda lucha suprema.
Bridget, entregada por completo a los sentimientos que desbordaban de su corazón, se dejaba mecer por la esperanza de que el crimen del padre sería, por fin, redimido por sus hijos, y entonces tomó la palabra.
-Hijos queridos, dijo, necesito participar de vuestra esperanza, y creer en el éxito...
-Sí, madre, tengamos confianza, respondió Juan. Dentro de pocos días el movimiento se iniciará...
-¡Quiera Dios concedernos el triunfo debido a las causas santas! añadió Joann.
-¡Ojalá Él nos ayude, repuso Bridget, para que pueda tener el derecho de rogarle por!...
Nunca, no, nunca los labios de esta desgraciada mujer habían podido formular una plegaria para el alma del que fue su esposo.
-¡Madre mía, dijo Joann, madre mía!
-Y tú, hijo mío, repuso Bridget, ¿has rezado por tu padre; tú, sacerdote del Dios misericordioso?
Joann inclinó la cabeza sin responder.
Bridget repuso:
-Hijos míos: hasta aquí ambos habéis cumplido con vuestro deber; pero, no lo olvidéis; sacrificando hasta vuestra vida, si es preciso no habréis hecho más que lo que debéis, y si nuestro país os es deudor algún día de su independencia, el nombre que llevábamos antes, ese nombre de Morgaz...
-No puede existir ya, madre mía, replicó Juan; no hay rehabilitación posible para él. Es tan imposible devolverle su honra, como la vida a los patriotas que la traición de mi padre llevó al cadalso. Lo que Joann y yo hacemos no es para borrar la infamia unida a nuestro nombre. ¡Eso es imposible! No es este trato el que hemos hecho. Nuestros esfuerzos no tienden más que a un objeto, y éste es reparar el daño hecho a nuestro país, no el que se nos ha hecho a nosotros mimos. ¿No es así, Joann?
-Sí, respondió el joven sacerdote. Si Dios puede perdonar, sé que eso está prohibido a los hombres; pues mientras la honra sea una de las leyes humanas, nuestro nombre será siempre objeto de pública reprobación.
-¡Jamás podrán olvidar!... dijo Bridget, besando a sus dos hijos en la frente, como si quisiera borrar una señal indeleble.
-¡Olvidar! exclamó Juan. Vuelve a Chambly, madre mía, y verás si, el olvido...
-Juan, interrumpió Joann con viveza;¡cállate!
-¡No, hermano mío! Es preciso que nuestra madre sepa... Tiene la suficiente energía para saberlo todo; no es conveniente dejarla con la esperanza de una habilitación que es de todo punto imposible.
Y Juan, en voz baja y con palabras entrecortadas por la emoción, contó a su madre lo que había presenciado en Chambly, cuna de la familia Morgaz, delante de las ruinas de la casa paterna.
Bridget escuchaba sin que una, lágrima brotase de sus ojos; la infeliz mujer ni siquiera podía llorar ya.
¿Era verdad, pues, que semejante situación no tenía salida? ¿Era posible que aquella traición, aunque horrible, no podría olvidarse, y que la responsabilidad de dicho crimen cayera sobre unas cabezas inocentes? ¿Estaba escrito en la conciencia humana que semejante mancha, impresa en el nombre de una familia, no podría borrarse jamás?
Durante algunos instantes no se oyó palabra alguna en aquella triste estancia. Madre e hijos no se miraban siquiera; sus manos se había desunido, sufrían horriblemente pensando que, lo mismo que en Chambly, serían en todas partes, y siempre, unos parias, unos outlaws, rechazados por la sociedad entera.
A las tres de la madrugada Juan y Joann pensaron ya en despedirse de la infeliz reclusa, porque no querían exponerse a ser vistos; ni convenía tampoco que nadie supiera que la puerta de la Casa Cerrada se había abierto aquella noche para las únicas personas que habían pisado su umbral. La intención de ellos era la de separarse a la salida del pueblo, porque importaba que no los viesen juntos por el camino que tenían que seguir para recorrer el condado.
Ambos hermanos se levantaron de su asiento; en el momento de una separación que podía ser eterna, conocían cuan fuerte era el lazo que los unía unos a otros. Felizmente, Bridget ignoraba que habían puesto precio a la cabeza de Juan; si bien su hermano lo sabía, tan terrible noticia no había llegado todavía a la Casa Cerrada. Juan, por no aumentar las penas de su madre, no quiso decírselo; y además, ¿necesitaba acaso saberlo para temer no volver a ver a su hijo?
El instante tan temido por cada uno de aquellos tres desgraciados seres, había llegado.
-¿Adónde vas, Joann?... le preguntó Bridget.
-A las parroquias del Sur, respondió el joven sacerdote; allí esperaré que llegue el momento de reunirme con mi hermano cuando esté a la cabeza de los patriotas canadienses.
-¿Y tú, Juan?
-Voy al cortijo de Chipogán, en el condado de Laprairie, contestó el valiente reformista. Allí es donde volveré a encontrar a mis compañeros para que tomemos las últimas disposiciones... en medio de una de esas fiestas de familia que nos están prohibidas, madre mía; esas buenas gentes me han acogido como si fuese su hijo; darían basta su vida por mí; y, sin embargo, si supieran quién soy yo, que nombre es el mío... ¡Ah! ¡Cuán míseros somos, pues nuestro solo contacto es una mancha! Pero ni ellos, ni nadie, sabrán nunca...
Juan cayó de nuevo en su asiento, ocultó la cara en las manos, agobiado por la vergüenza que se le hacía cada día más pesada.
.-¡Alza, hermano! dijo Joann. ¡Esta es la expiación! ¡Cobra ánimo para sufrir! ¡Levántate y partamos!
-¿En dónde volveré a veros, hijos míos? preguntó la pobre madre.
-Aquí ya no, respondió Juan. Si triunfamos, dejaremos los tres el país. Iremos lejos... muy lejos, a un sitio en el que no podamos ser conocidos. ¡Si devolvemos al Canadá su perdida independencia, que no sepa nunca que lo debe a los hijos de un Simón Morgaz! ¡No, que no lo sepa nunca!
-¿Y si todo se pierde? repuso Bridget.
-En ese caso, madre mía, no nos veremos ni aquí ni en ninguna parte. ¡Habremos muerto!
Ambos jóvenes abrazaron por última vez a su madre, y la puerta se abrió, volviéndose a cerrar enseguida.
Juan y Joann anduvieron juntos un centenar de pasos, y después se separaron, mas no sin echar una postrera mirada hacia la Casa Cerrada, en donde la pobre madre rogaba a Dios por sus hijos.