XXIV
LOS FENIANOS
Para comprender a qué grado de empobrecimiento y de miseria había llegado el país, bastará consignar que de cinco millones de hectáreas laborables, millón y medio estaban convertidas en eriales, abandonadas completamente por falta de recursos.
O'Connell murió en 1847, antes de haber podido concluir su obra, sin entrever siquiera el éxito de un porvenir más o menos lejano. Sin embargo, los esfuerzos individuales continuaron manifestándose, y en 1867 el gobierno del Reino Unido encontrose frente a una nueva sublevación, que estalló, no en una ciudad de Irlanda, sino de Inglaterra. Manchester vio alzarse por primera vez la bandera de los fenianos, que ondeó por la causa de la independencia.
Esta revuelta fue reprimida, como lo había sido la primera, y con el mismo implacable rigor. La policía se apoderó de sus principales jefes, Allen, Kelly, Deary, Laskin, Gorld. Prisioneros y procesados, los tres primeros sufrieron la pena capital el 23 de noviembre en Manchester.
En aquella época se preparó otra tentativa, debida a la enérgica tenacidad de Burke y de Casey, los cuales, presos en Londres, fueron encerrados en la prisión de Clerckenwell. Sus amigos, sus cómplices no habían de abandonarles. Resueltos a salvarles, hicieron saltar los muros de la prisión el 13 de diciembre —explosión que costó unas cuarenta víctimas entre muertos y heridos—. Burke, que no pudo escapar, fue condenado a quince años de trabajos forzados por crimen de alta traición.
Siete fenianos fueron presos: William y Timothy, Desmond, English, O'Keeffe, Michel Baret y una mujer, Anna Justice.
Los rebeldes tuvieron por defensor al célebre Bright, leader de los derechos de Irlanda en el Parlamento británico.
Los esfuerzos del gran orador fracasaron en parte. En abril de 1868 comparecieron los acusados ante el tribunal central. Michel Baret fue condenado a muerte el 27, y Bright no pudo impedir la ejecución.
Si desde la explosión de Clerckenwell el fenianismo había perdido mucho ante la opinión pública, las persecuciones hacían esperar nuevas represalias. Era de temer que la causa de Irlanda promoviese alguna nueva tentativa desesperada por los hombres que la sostenían. Gracias a la energía de Bright, se promulgó el bill de 1869. Este bill equiparaba las Iglesias irlandesa y anglicana, esperando una ley relativa a la propiedad territorial, inspirada en un espíritu de equidad que justificase el nombre de Reino Unido que llevan Inglaterra, Escocia e Irlanda.
La policía continuó vigilando a los fenianos, que fueron tratados sin piedad. Consiguió descubrir varios complots, los autores de los cuales fueron perseguidos y condenados a deportación.
Los irlandeses O'Brien y Macarthy prepararon una nueva tentativa en Dublín, en 1879.
Los rebeldes fueron denunciados, y la policía les prendió antes de que pudieran poner en ejecución sus proyectos.
O'Brien y Macarthy no quisieron nunca comprometer a sus cómplices, y asumieron toda la responsabilidad de aquella conspiración. El tribunal fue excesivamente severo con ellos, condenándoles a deportación perpetua en la penitenciaría de Puerto Arturo.
Eran, por lo tanto, dos condenados políticos; pero de esta clase de presidiarios tenía ya Puerto Arturo cuando en 1840 lo visitó Dumont d'Urville, que, justamente indignado, protesta contra el bárbaro régimen en los siguientes términos: «Las penas infligidas a los ladrones, a los falsificadores, no son bastante duras para aplicarlas a los condenados políticos; juzgándoseles indignos de vivir entre esta gente, se les arroja entre los asesinos, entre los miserables de la peor estofa declarados incorregibles».
Los irlandeses llevaban ya ocho años de presidio, sufriendo el régimen penitenciario en todo su rigor, en medio de aquella turba inmunda.
O'Brien era un antiguo contramaestre de una fábrica de Dublín; Macarthy un obrero del puerto. Los dos eran hombres de extraordinaria energía y habían tenido cierta instrucción. Los lazos de familia, los recuerdos, el ejemplo de los suyos les alistaron en la bandera del fenianismo. Habían arriesgado su vida y perdido su libertad. ¿Podrían esperar que pudiera tener término su condena, que un indulto les permitiese dejar el presidio? No, no alimentaban tan grata esperanza, y estaban convencidos de que habían de arrastrar hasta la muerte aquella espantosa existencia si no lograban escapar.
¿Produciríase una eventualidad favorable? ¿No son casi imposibles las evasiones en la península de Tasmania?…
Hacía ya años que los fenianos de América venían combinando diversos medios para arrancar a sus hermanos a los horrores de Puerto Arturo.
O'Brien y Macarthy acababan de tener noticia de la tentativa que preparaban los amigos de San Francisco. Cuando llegase el momento preciso, recibirían un nuevo aviso para que estuviesen preparados para la evasión.
¿Cómo había podido llegar la primera noticia a la penitenciaría?… ¿Por qué medios llegaría a su conocimiento el siguiente aviso?… ¿Y cómo se valdrían para burlar la vigilancia de sus guardianes, que ni de día ni de noche les perdían de vista?
Había entre estos últimos un irlandés que estaba en relación con sus compatriotas. Por devoción a la causa del fenianismo, por salvar las dos últimas víctimas, este irlandés, llamado Farnham, había entrado al servicio de la penitenciaría de Puerto Arturo con el objeto de colaborar en la evasión de los prisioneros. No cabe duda de que arriesgaba mucho si la tentativa fracasaba, si se descubría que estaba en connivencia con O'Brien y su compañero de desgracia. Pero entre los fenianos la abnegación es un hábito; la solidaridad entre ellos llega hasta el sacrificio de la vida. Algunos años antes, seis de estos deportados políticos se habían evadido de Australia, gracias a los diversos tiros de caballos establecidos de distancia en distancia, que les permitieron ganar la costa y embarcar en el Catalpa, el cual, después de un combate con el barco de la policía, les trasladó a América.
Hacía año y medio que Farnham desempeñaba las funciones de constable a satisfacción de sus jefes, cuando sus compatriotas llevaban ya seis años de deportación. Farnham se las arregló de manera que le destinasen a la vigilancia de la escuadra de O'Brien y Macarthy, para estar siempre en contacto con ellos. Lo que le costó más trabajo fue inspirarles confianza, pues, como no le conocían, le tomaron al principio por un fingido correligionario que quería tenderles un lazo. Pero al fin logró que le creyesen, y se estableció entre los tres un perfecto acuerdo.
El gran cuidado de Farnham fue no dar lugar a que sospechasen; así es que tuvo que mostrarse con sus protegidos tan severo como lo eran los otros guardianes. Nadie hubiera podido advertir que trataba a O'Brien y Macarthy con cierta indulgencia. Verdad es que los dos se sometían sin protestar a la dura disciplina de la penitenciaría, y Farnham no se vio nunca en la dura necesidad de tener que maltratar a sus dos compatriotas.
No había pasado inadvertido para los hermanos Kip que este constable se distinguía de los otros por sus maneras menos vulgares, menos groseras. Pero esta observación no les llevó a adivinar el papel que Farnham estaba representando. Por otra parte, ellos no habían pertenecido a la escuadra que aquél vigilaba, y desde su entrada a las oficinas no le veían más que de tarde en tarde.
Como los documentos personales y el historial de los presidiarios pasaba por sus manos, pudieron enterarse de todo lo concerniente a O'Brien y Macarthy. Así es como supieron que aquellos dos hombres estaban allí por un delito puramente político, que les imponía la abominable promiscuidad de los más viles criminales.
Y entonces Karl Kip, cuando supo la condición de los dos irlandeses, le dijo a su hermano:
– ¡Ya está explicado por qué rehusaron estrechar la mano que les tendíamos!…
– ¡Y lo comprendo! —contestó Pieter.
– Sí, hermano…, nosotros no somos para ellos más que dos asesinos, dos condenados a muerte que por casualidad se han librado de la horca.
– ¡Pobres! —repuso Pieter Kip, pensando en los dos irlandeses tan inicuamente encerrados en aquel infierno.
– ¡También estamos aquí nosotros!… —exclamó Karl Kip en uno de esos arranques de cólera que no podía contener, y las consecuencias de los cuales siempre temía su hermano.
– Sin duda —contestó Pieter—; pero nosotros somos víctimas de un error judicial, que será reparado algún día, en tanto que estos hombres están condenados a perpetuidad por querer la independencia de su país.
Si es cierto que Farnham, por las funciones que desempeñaba en el penal, podía facilitar la evasión de los dos fenianos, nada indicaba que el momento propicio estuviese próximo a presentarse. Hacía un año que los dos irlandeses sabían por él que los amigos de América se ocupaban en preparar su evasión, pero después no habían recibido aviso alguno. O'Brien y Macarthy empezaban a perder la esperanza cuando en la noche del 20 de abril Farnham les comunicó lo siguiente:
Venía de Puerto Arturo al penal cuando un individuo se aproximó a él, le llamó por su nombre y le dio el suyo —Walter—, y la palabra convenida entre los fenianos de San Francisco y él. Luego le dijo que la tentativa de evasión iba a verificarse en las siguientes condiciones: antes de quince días el vapor Illinois saldría de San Francisco para Tasmania, entraría en Hobart Town, permaneciendo en la rada. Allí esperaría circunstancias favorables para atravesar Storm Bay y aproximarse a la península. El día y el punto de la costa donde habían de esperar la embarcación se señalarían en un aviso posterior. Este aviso, en caso de que Farnham y su interlocutor no se pudieran hablar, estaría en un papelito envuelto en una hoja verde que Walter dejaría caer al pie de un árbol, donde Farnham podría recogerlo sin ser visto. No habría que hacer más que seguir estrictamente las indicaciones que se consignaran en dicho papel.
Ya puede el lector imaginarse cuán grande sería la emoción y el contento de los dos irlandeses al escuchar tan gratas nuevas. ¡Con qué impaciencia iban a esperar la llegada del Illinois a la rada de Hobart Town, haciendo votos por que no se retrasase la travesía!… En el hemisferio meridional, abril no es el mes en que las tempestades del Pacífico se desencadenan con violencia: Una quincena de días había dicho Walter que tardaría el vapor en llegar. ¡Y qué eran dos semanas de paciencia para quienes llevaban años en aquel infierno de Puerto Arturo!
Ya se ha visto cómo Walter, no pudiendo franquear los muros de la penitenciaría, esperó fuera a poder comunicar con Farnham, quedando citado con él para prevenirle el día en que los fugitivos debían dejar el presidio y el sitio en que había de esperarles el bote del Illinois. Tal vez aquel día, en el momento en que la escuadra, ocupada en los trabajos exteriores, se dispusiese a regresar al penal, conseguirían ganar el litoral. Ya se vería; ya se procedería con arreglo a las circunstancias… Lo importante era que Farnham fuese prevenido a tiempo, que de una manera o de otra llegase a sus manos el aviso… Aunque no había visto a Walter más que una vez, le reconocería seguramente. Durante los días sucesivos debía permanecer muy alerta, y si Walter no conseguía comunicar directamente con él, vigilar su llegada para sorprender el menor signo… Luego, cuando hubiese dejado caer el papel al pie del árbol, ¡qué de precauciones para recogerlo y comunicar su contenido a los dos irlandeses!
– ¡Venceremos! —añadió él después de las anteriores reflexiones—. Todas las medidas han sido bien combinadas…
La llegada del Illinois no puede suscitar sospechas… Fondeará en Hobart Town como uno de tantos barcos que hacen allí escala, y cuando se haga a la mar, a través de la bahía, las autoridades marítimas no tendrán motivo para desconfiar… Una vez en alta mar…
– Estaremos salvados, Farnham —exclamó O'Brien—; salvados por ti, que vendrás con nosotros a América…
– Hermanos —contestó Farnham—, no habré hecho por vosotros más que lo que intentabais hacer por Irlanda.
Transcurrió una semana sin que apareciese Walter, que sin duda esperaba en Hobart Town la llegada del vapor americano.
Los hermanos Kip, por su parte, no oían hablar de Hawkins. Su pensamiento estaba fijo constantemente en la revisión del proceso, la posibilidad de la cual les había hecho ver su generoso protector, y no hacían más que preguntarse en qué podía basarse un hecho tan trascendental. Estaban convencidos del papel que Flig Balt —y acaso Vin Mod, su instigador— había representado en el drama de Kerawara, la parte que habían tomado en el asesinato del capitán Harry Gibson… Pero aquellos dos miserables no estaban en Hobart Town y nadie conocía su paradero.
Así es que cuando consideraba que su situación no llevaba trazas de mejorar, Karl Kip se abandonaba a irresistibles impaciencias. Pensaba en la evasión y proponía a su hermano arriesgarlo todo para huir. Pero sin el auxilio del exterior toda tentativa era una locura.
Era el 3 de mayo, y habían transcurrido quince días desde que Walter se avistó con Farnham. Estos dos hombres no se habían vuelto a ver. A menos que hubiera ocurrido algún accidente, el Illinois debiera ya encontrarse en la rada de Hobart Town, y seguramente que en tal caso los irlandeses estarían ya prevenidos.
¡En qué ansiedad vivían! Y cuando su escuadra se aproximaba al litoral, ¡con qué avidez sus ojos se dirigían hacia el mar buscando entre los barcos que cruzaban Storm Bay el que había de llevarles lejos de aquella tierra maldita!
Y permanecían inmóviles, mirando la nubecilla de humo que, impulsada por el viento sudeste, señalaba la proximidad de un vapor antes de que su silueta se proyectase en el horizonte. Luego aparecía el barco, y doblaba el cabo Pillar para entrar en la bahía.
– ¿Será ése? ¿Será ése? —repetía O'Brien.
– Tal vez —contestaba Macarthy—; y en todo caso no se pasarán cuarenta y ocho horas sin que Farnham reciba aviso. Y se quedaban los dos pensativos.
Entonces la ruda voz del jefe de los constables les llamaba al trabajo, y para no despertar sospechas, su compatriota procuraba no disculparles.
En cuanto el irlandés terminaba su servicio, dejaba el penal y se dirigía a la población, errando a través de las calles y del puerto con la esperanza de encontrar a Walter, que no aparecía por parte alguna. Después de todo, no era en Puerto Arturo, sino en Hobart Town, donde aquél había de esperar al Illinois, y no reaparecería por los alrededores de la penitenciaría hasta después de la llegada del vapor, a fin de dar las últimas instrucciones a Farnham.
La tarde de aquel día varias escuadras —entre ellas la de los dos hermanos
– fueron enviadas a cinco millas en dirección sudoeste. En la linde del bosque estaba haciéndose una gran tala de árboles, para establecer una granja a una media milla de la costa.
Como se trataba de señalar el emplazamiento, los hermanos Kip fueron agregados a la escuadra, encargados de vigilar la ejecución de los planos, en cuya confección habían trabajado en las oficinas.
Unos cien forzados marchaban bajo la vigilancia de veinte constables y su jefe. Como era de rigor, los presidiarios llevaban la cadena sujeta al pie y recogida a la cintura. Desde su ingreso en las oficinas, Karl y Pieter Kip estaban exceptuados de esta pesada traba, y no tenían del forzado más que la amarilla vestimenta de Puerto Arturo.
Desde el día que se despidieron de O'Brien y Macarthy dándoles las gracias, rara vez habían tenido ocasión de encontrarlos. Ahora que conocían la historia de los fenianos, deportados por causa política, llegaban a olvidarse de su propia situación para compadecerse de la suerte de estos patriotas irlandeses.
En cuanto el grupo de presidiarios estuvo sobre el terreno, comenzaron inmediatamente los trabajos. Karl y Pieter Kip, bajo la vigilancia de uno de los guardianes, fueron a señalar los árboles que habían de ser talados, siguiendo las indicaciones del plano.
Hacía un tiempo bastante fresco. El invierno se aproximaba y las ramas y las hojas secas cubrían ya el suelo. Solamente los árboles de hoja perenne, los robles y los pinos marítimos, conservaban su frondosidad. El aire, embalsamado por las substancias resinosas, mezclábase a los potentes olores marinos. Oíase el rumor de la resaca al chocar contra las rocas del litoral, sobre el cual aleteaban bandadas de pájaros nocturnos.
Seguramente que O'Brien y Macarthy pensaban que en estas condiciones ningún bote podría atracar a la costa. En cuanto a Farnham, después de haber examinado el horizonte desde una altura, pudo comprobar que no había señales de vapor alguno por aquella parte de Storm Bay. O el Illinois no había llegado todavía, o encontrábase fondeado en la rada.
Hacía algunos meses, en previsión de los trabajos que iban a emprenderse, habíase abierto un camino entre Puerto Arturo y aquella parte de la península; camino bastante frecuentado, pues ponía en comunicación otros establecimientos agrícolas. Los que por él pasaban deteníanse a mirar cómo trabajaban los forzados, con quienes no les estaba permitido comunicarse.
Entre los transeúntes llamó la atención de O'Brien y Macarthy un individuo que subió y bajó por el camino varias veces… ¿Era Walter?… Ellos no le conocían, pero Farnham le reconoció; y evitando cometer la menor imprudencia, no le perdió de vista. Al mismo tiempo un imperceptible signo hecho a sus amigos dio a comprender a los fenianos que se trataba del hombre esperado. ¿Qué venía a hacer allí? ¿Por qué trataba de aproximarse a Farnham sino para comunicarle la llegada del vapor, y convenir el día y lugar en que había de efectuarse la evasión?…
El jefe que dirigía las escuadras era un hombre brutal, receloso, de una extrema severidad para el servicio. Farnham no hubiera podido entablar una conversación con Walter sin hacerse sospechoso. Éste lo comprendió así, y después de varias tentativas inútiles, se decidió a proceder según lo de antemano convenido.
Un papel ya preparado contenía todas las indicaciones necesarias. Lo sacó del bolsillo, y, habiéndoselo mostrado de lejos a Farnham, se fue hacia uno de los árboles que bordeaban el camino, a unos cincuenta pasos de donde el constable estaba, y envolvió el papel en una hoja, depositándola al pie del árbol.
Walter hizo entonces un último gesto, que fue comprendido por Farnham, y aquél echó a andar, desapareciendo en dirección de Puerto Arturo.
Los fenianos no habían perdido ni uno solo de los movimientos de este hombre… Pero ¿qué hacer?… No podían recoger el papel sin arriesgarse a ser vistos.
Era, pues, necesario que Farnham maniobrase con toda clase de precauciones. Había que esperar a que los forzados acabasen los trabajos en aquella parte.
Por su mala suerte, el jefe acababa de enviar allí a una de las escuadras que no era la de Farnham.
Imagínese cuál no sería la inquietud de sus compatriotas. Encontrábanse a más de doscientos pasos del camino cuya linde ocupaban otros forzados.
Entre ellos, Karl y Pieter Kip procedían a marcar los árboles que habían de ser cortados, siendo uno de ellos aquel cerca del cual se había detenido Walter un momento. Había motivo para temer que se descubriese el papel, que sería entregado al jefe.
Inmediatamente se daría la voz de alarma… En cuanto regresasen las escuadras a Puerto Arturo, se organizaría una severa vigilancia en el interior y exterior del penal…, y la tentativa de evasión fracasaría. Cuando el Illinois echase al agua su bote para recogerá los dos fenianos, no encontraría a nadie en el lugar convenido… Después de una espera de algunas horas, el vapor no tendría más remedio que hacerse nuevamente a la mar… El sol empezó a declinar, y a las seis el jefe dio la señal de partida, a fin de que las escuadras estuviesen en Puerto Arturo antes de la noche. No bastaba que Farnham pudiese llegar hasta el árbol; era necesario que lo hiciese con luz bastante para poder distinguir la hoja arrollada alrededor del papel. Si no lograba cogerla antes de alejarse de allí, luego ya no sería posible. El viento y la lluvia que amenazaban barrerían del suelo las hojas caídas.
Los irlandeses no separaban la vista de Farnham.
– ¿Quién sabe? —murmuró O'Brien al oído de su compañero—. ¿Quién sabe si no es esta noche misma cuando nuestros amigos proyectan salvarnos?
¿Aquel mismo día? No era probable. Lo natural era dejar a Farnham algún tiempo para que él tomase sus medidas y los irlandeses pudieran ganar el litoral. Pero antes de cuarenta y ocho horas el bote del Illinois les esperaría en la costa.
Los últimos rayos del sol rozaban el suelo. Si Farnham podía aproximarse al árbol, la luz solar le permitiría aún recoger la hoja depositada al pie. Se las compuso hábilmente para llegar al sitio donde se había detenido Walter, y esto no fue notado por nadie más que por los irlandeses, que apenas se atrevían a volver la cabeza hacia esta parte.
Una vez cerca del árbol, Farnham se bajó. Entre las hojas amarillas que llenaban el suelo, distinguió una verde: la que debía contener el papel depositado por Walter…
El papel no estaba allí… Tal vez el viento se lo había llevado… Acaso se había descubierto, y estaba ya en poder del jefe.
Cuando Farnham se incorporó a su escuadra, O'Brien y Macarthy le interrogaron con la mirada, y comprendieron que había fracasado en su intento… Y cuando entraron en la penitenciaría, ¡cuál no sería su desconsuelo al saber por boca de Farnham que el papel de Walter había desaparecido!…