Los hermanos Kip

II

EL BERGANTÍN «JAMES COOK»

El bergantín James Cook, de 250 toneladas, era un sólido navío de fuerte velamen, de amplia eslora, lo que aseguraba su estabilidad; la popa saliente, la proa bastante levantada, la arboladura poco inclinada. De excelente aspecto, muy ligero, respondía perfectamente a la maniobra, evitaba con rápidas viradas los golpes de mar, y hacía normalmente sus once nudos con brisa fresca.

Su personal —lo conocemos ya después de la conversación relatada en el capítulo anterior— lo constituía un capitán, un contramaestre, siete hombres de tripulación, un cocinero y un grumete. Navegaba con pabellón británico, y era de la matrícula de Hobart Town, capital de Tasmania, que depende del continente australiano, una de las colonias más importantes de Gran Bretaña.

Diez años aproximadamente llevaba el James Cook haciendo cabotaje en gran escala en el oeste del Pacífico, entre Australia, Nueva Zelanda y Filipinas; viajes felices y lucrativos, gracias a la habilidad maniobrera y comercial de su capitán, buen marino e inmejorable traficante.

El capitán Harry Gibson, que tendría en aquella época unos cincuenta años, no había dejado el bergantín desde que salió de los astilleros de Brisbane. Estaba interesado en una cuarta parte del negocio, perteneciendo las tres restantes a Hawkins, armador de Hobart Town. Los negocios prosperaban, y los comienzos de este viaje eran feliz anuncio de grandes beneficios.

Harry Gibson había navegado siempre por cuenta de la casa Hawkins, y las familias del capitán y del armador estaban, desde hacía mucho, unidas por vínculos de la más estrecha amistad, y vivían en Hobart Town en el mismo barrio.

Los esposos Hawkins no tenían hijos. Gibson, uno de veinte años, que destinaba al comercio.

Las dos mujeres se veían a diario, lo que hacía menos penosa la separación, pues el armador se encontraba a la sazón en Wellington, donde acababa de fundar un comptoir con Nat Gibson, el hijo del capitán.

Desde allí había de llevarles el James Cook a Hobart Town, después de haber completado el cargamento en los vecinos archipiélagos de Nueva Guinea, al norte de Australia.

Inútil es explicar, con los antecedentes que ya tiene el lector, cuáles eran los proyectos que meditaba el contramaestre Flig Balt, y el grado moral de este bandido. A sus criminales instintos, que le impulsaban hacia el mal, a la envidia que tenía al capitán, uníase la refinada hipocresía con la que se enmascaraba, apareciendo tal cual quería mostrarse. Gracias a dos certificados, que parecieron auténticos, fue admitido a bordo del bergantín con la categoría de contramaestre, al mismo tiempo que Vin Mod embarcaba como marinero. Estos dos hombres se conocían de hacía tiempo y habían recorrido juntos los mares, pasando de uno a otro barco, desertando cuando veían la imposibilidad de llegar a conseguir sus fines por medio de alguna fechoría, como la que esperaban llevar a cabo durante la última travesía del James Cook, antes de su regreso a Hobart Town.

En efecto, Flig Balt había logrado inspirar confianza absoluta al capitán Gibson, engañándole con su afectado celo y las protestas de adhesión hacia su persona.

En contacto inmediato con la tripulación, se había ingeniado hábilmente para ejercer ascendiente sobre el personal de a bordo. En lo referente a la navegación y a la parte comercial, Harry Gibson no delegaba en nadie sus funciones, pues no habiéndose presentado ocasión de prueba, no sabía si Flig Balt era tan buen marino como él pretendía, aunque aseguraba haber navegado en calidad de segundo.

Es de creer que el capitán Gibson tenía alguna duda acerca de este punto; pero, después de todo, el servicio no dejaba nada que desear y nunca tuvo que reprender a su contramaestre.

Así es que el viaje del bergantín se hubiese hecho probablemente en las mejores condiciones del mundo, si la deserción de los cuatro marineros no le hubiera retenido una quincena de días en Dunedin.

Los hombres que no habían seguido el ejemplo de sus camaradas, Hobbes, Wickley y Burnes, eran buenos muchachos, disciplinados y valientes, en los cuales podía tener entera confianza un capitán. En cuanto a los desertores, no se les hubiera echado de menos seguramente, de no haber sido reemplazados por los bribones que Vin Mod acababa de reclutar en la taberna de Las Tres Urracas. Ya sabemos quiénes son, y les iremos conociendo más a fondo.

El grumete Jim era un mozalbete de catorce años, de una familia de honrados obreros que vivía en Hobart Town. Sus padres le habían confiado al capitán Gibson. Era un buen chico, amante del oficio, ágil y servicial, que prometía ser un excelente marino; el señor Gibson le trataba paternalmente, sin pasar, no obstante, por movimiento mal hecho, y Jim le quería entrañablemente. Por el contrario, el grumete experimentaba instintivamente una invencible repulsión hacia el contramaestre, y éste, que lo había advertido, procuraba constantemente cogerle en falta, lo que dio lugar en más de un caso a la intervención del capitán.

En cuanto al cocinero Koa, era de ese tipo de indígenas que pertenecen a la segunda raza de los zelandeses, individuos de mediana talla, rostro de mulato, robustos, musculosos y ágiles, de cabellos rizados, individuos que constituyen la clase ínfima de los maoríes.

Al terminar el viaje, el primero que hacía a bordo del bergantín en calidad de cocinero, Harry Gibson pensaba despedir a este ser cazurro, vengativo, perverso, torpe y sucio además, en quien las reprimendas y los castigos no producían efecto alguno. Flig Balt tenía razón al contarle en el número de los que no vacilarían en sublevarse contra el capitán. Vin. Mod se las entendía con él perfectamente. El contramaestre procuraba cubrir todas sus faltas, no castigándole más que cuando no podía pasarse por otro punto. Koa sabía lo que le esperaba al llegar a Hobart Town, y más de una vez había crispado los puños en señal de amenaza.

Por lo tanto, Flig Balt, Vin Mod y él, ayudados por los cuatro nuevos que ya estaban a bordo, eran siete hombres contra el capitán, los otros tres marineros y el grumete. Verdad es que el armador Hawkins y Nat Gibson debían tomar pasaje en el bergantín al llegar a Wellington, y la proporción sería menos desigual, pero era posible que Flig Balt lograra apoderarse del barco entre Dunedin y Wellington, a pesar de la corta duración de la travesía. Si la ocasión se presentaba, Vin Mod no la desperdiciaría.

El James Cook, en curso de cabotaje desde hacía cuatro meses, había sido consignado para diferentes puertos, en los cuales embarcó y desembarcó sus cargamentos con ventajosos fletes. Después de haber tocado sucesivamente en Malikolo, Merèna y Eramonga, arribaría a Wellington, donde el armador y su hijo le esperaban.

Después tomarían el rumbo de los archipiélagos de Nueva Guinea, bien provisto de objetos de pacotilla para los indígenas, tomando en cambio nácar y copra por valor de diez o doce mil dólares. Desde allí efectuarían el regreso a Hobart Town, con escalas en Brisbane o en Sydney, si las circunstancias lo exigían. Dos meses más, y el bergantín entraría en su puerto de matrícula.

Se comprenderá, pues, hasta qué punto habían contrariado a Gibson los retrasos sufridos en Dunedin.

El armador sabía a qué atenerse respecto a este extremo, gracias a las cartas y telegramas cambiados entre Dunedin y Wellington, en algunos de los cuales apremiaba al capitán para que completase la tripulación. Hablaba también de ir a Dunedin si Gibson juzgaba que era necesario, a pesar de que los negocios reclamaban su presencia en. Wellington. Como ya se ha visto, Gibson no había dejado nada por hacer, apresurándose a satisfacerle, orillando todo género de dificultades que embarazaban, no sólo a él, sino a otros muchos capitanes detenidos forzosamente en Dunedin al mismo tiempo que el James Cok.

Al fin, Flig Balt tuvo éxito en sus pesquisas, y cuando los cuatro marineros de la taberna de Las Tres Urracas estuvieron a bordo, mandó izar los botes para que no pudieran marcharse durante la noche.

Antes de acostarse, el contramaestre contó al capitán cómo habían sucedido las cosas; de qué manera habían aprovechado una colisión entre marineros para sustraer a Len Cannon y sus tres camaradas a la persecución de la policía. Pronto había de verse lo que valían… Generalmente las malas cabezas se sientan en cuanto el barco se hace a la mar… Los camorristas de tierra firme suelen hacer excelentes marineros… En suma, el contramaestre había hecho cuanto humanamente había podido.

– Mañana les veré —dijo el capitán.

– Sí…, mañana —contestó Balt—; más vale dejarles que duerman la mona hasta la madrugada.

– Por supuesto. Por otra parte, los botes están en los pescantes, y a menos que no se escapen a nado…

– Imposible, capitán… Los tengo encerrados en la bodega, de donde no saldrán hasta el momento de zarpar…

– ¿Pero cuando amanezca, Balt?…

– ¡Oh! Cuando vean la luz, el miedo de caer en manos de los policemen los retendrá a bordo.

– Hasta mañana, pues —contestó Gibson.

Nada más inútil que encerrar a Len Cannon y sus camaradas. No les cruzó por la mente la idea de volver a tierra, y pasaron la noche durmiendo ruidosamente su pesado sueño de borrachos.

Al día siguiente, en cuanto despuntó el alba, el capitán Gibson hizo sus preparativos para zarpar sin perder un minuto. Sus papeles estaban en regla y no tenía necesidad de volver a tierra. Había llegado el momento de llamar a los recién reclutados.

Vin Mod abrió la escotilla y los cuatro marineros subieron para la maniobra, completamente serenos, sin manifestar deseos de abandonar el barco.

Cuando comparecieron ante el capitán, Gibson fue lo suficientemente dueño de sí mismo para ocultar la mala impresión que la vista de aquellos hombres le produjera, y después de observarlos atentamente les preguntó sus nombres a fin de inscribirlos en el rol de la tripulación.

Indicaron además su nacionalidad: dos ingleses, un irlandés y un americano. En cuanto a domicilio, no conocían otro que las tabernas del puerto. Sus prendas y efectos habíanse quedado en el saco de marinero, que no habían podido llevar consigo a bordo. Pero Flig Balt ponía a su disposición los vestidos, ropa y utensilios que los desertores no habían nunca de reclamar. No había, pues, necesidad de enviar en busca de los sacos, y ellos no insistieron.

Cuando Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce hubiéronse alejado hacia proa, el capitán Gibson dijo moviendo la cabeza:

– Mala traza tienen, Balt; creo que no ha tenido usted buena mano…

– Eso está por ver, capitán… Es preciso esperar a que se metan en faena.

– ¡Hum!… Hay que vigilarlos, y muy de cerca.

– Desde luego, señor Gibson. Pero no le quepa a usted duda que saben el oficio, a juzgar por lo que me ha dicho un oficial del West Pound, que está aquí de escala.

– ¿De modo que ya les había usted echado el ojo?

– Si, señor; desde hace algunos días.

– ¿Y ese oficial les conocía?

– Han navegado con él, y los tiene por buenos marinos.

El contramaestre mentía descaradamente. Nadie le había hablado de semejante gente; pero su afirmación no podía ser comprobada, y Gibson no tenía razón alguna para dudar de sus palabras.

– Habrá que tener cuidado de que no entren juntos de cuarto —dijo el capitán—; los dos ingleses con Hobbes y Wickley; el irlandés y el americano con Burnes y Vin Mod… Esto será lo más seguro.

– Comprendido, capitán; pero ya verá usted cómo en la mar se agarran al trabajo… En las escalas, especialmente en Wellington, será donde haya que vigilarles… Nada de permisos, si quiere usted creerme; pudiera suceder que no regresaran a bordo.

– No importa, Balt; no me inspiran confianza, y en Wellington les reemplazaré si puedo.

– Se les reemplazará —contestó el contramaestre.

Flig Balt no quiso insistir más para no hacer sospechosa la defensa de sus marinos de ocasión.

– Después de todo —concluyó—, he procurado hacerlo lo mejor posible, capitán, y ya sabe usted que no hay dónde escoger.

Gibson se dirigió a popa, en tanto que Flig Balt iba a proa a fin de hacer virar el anda y recogerla en su sitio en el momento que las velas estuviesen orientadas.

El capitán miró el compás de la bitácora colocada delante del timón, luego la veleta del extremo del palo mayor, después el pabellón británico que flameaba al viento en constantes ondulaciones.

El James Cook se balanceaba en medio del puerto. La brisa noroeste debía favorecer su salida.

Después de bajar por el canal hasta Port Chalmers, encontraría viento favorable para remontar de la costa oriental de Nueva Zelanda hasta el estrecho que separa las dos islas. Antes de encontrar camino franco tenía que describir una curva, para evitar algunos barcos que interceptaban en cierto modo la entrada del canal, y pegarse al muelle de la derecha del puerto.

El capitán dio sus órdenes. Las dos gavias, la mesana, los foques y la cangreja quedaron establecidas rápidamente. Durante esta maniobra pareció comprobarse que Len Cannon y sus camaradas conocían el oficio, y cuando tuvieron que subir a las jarcias lo hicieron como hombres que del servicio de gaviero no tienen nada que aprender.

El ancla fue izada en el momento que todo estaba dispuesto para poner la proa del bergantín en dirección.

Flig Balt y Vin Mod pudieron cambiar algunas palabras durante la maniobra.

– ¡Eh! —dijo este último—. Nuestros hombres se portan bien.

– Bastante bien, Mod.

– Tres más como éstos y tendríamos la tripulación que necesitamos.

– Y el barco que nos hace falta… —añadió Flig Balt en voz baja.

– Y el capitán que nos convendría… —repuso Vin Mod, llevándose la mano a la gorra como si estuviese ante su jefe. Flig Balt le detuvo con un gesto, temiendo que sus imprudentes palabras pudiesen ser oídas por el grumete, ocupado en amarrar un cabo. Vin Mod le preguntó qué le habían parecido a Gibson los cuatro parroquianos de Las Tres Urracas.

– Parece que no le han gustado mucho —contestó Flig Balt.

– ¡La verdad es que los nuevos marineros tienen cara de pocos amigos! — repuso Vin Mod.

– No me sorprendería que quisiera desembarcarlos en Wellington.

– Para desembarcar en Wellington —dijo Vin Mod encogiéndose de hombros— es preciso ir a Wellington… Pero yo espero que no iremos, y, por consiguiente, que allí no desembarcará nadie.

– Cuidado con las imprudencias, Mod.

– En fin, Flig Balt, ¿el capitán no está contento?

– No.

– ¡Qué importa, si lo estamos nosotros!

El contramaestre se dirigió hacia la popa.

– ¿Está todo dispuesto? —le preguntó Gibson.

– Todo, capitán.

El James Cook evolucionó aproximándose al muelle, cuyo extremo había de doblar al entrar en el canal.

Se había formado un grupo de marinos y desocupados a quienes la marcha de un barco de vela interesa siempre, y entonces mucho más, porque el forzado descanso de las naves en el puerto había privado de este espectáculo durante algunas semanas.

En el grupo de referencia veíanse algunos policemen, a quienes el James Cook parecía interesar mucho, a juzgar por la viva atención con que lo miraban. Además, sus gestos y actitud lo confirmaban.

Dos o tres de aquellos agentes se destacaron hacia el extremo del muelle, por donde había de pasar rasando el bergantín.

Precisamente —ni Flig Balt ni Vin Mod podían equivocarse— aquéllos policemen eran los que habían entrado la víspera en la taberna de Adam Fry. Len Cannon y sus camaradas estaban, pues, expuestos a ser reconocidos, y quién sabe si el James Cook, llamado al pasar y recibiendo orden de detenerse, no se vería obligado a entregar a los cuatro marineros.

Después de todo, al capitán Gibson, dispuesto a vigilarles muy de cerca, le convenía conservarlos, porque le permitían hacerse a la mar, y se hubiese visto muy apurado de haberlos tenido que entregar a la policía.

Así es que cuando Flig Balt le puso al tanto de lo que ocurría, el capitán accedió a que Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce, abandonaran la cubierta del barco antes de que pudieran ser reconocidos por los agentes.

– ¡Abajo!… ¡Abajo! —les dijo Vin Mod.

Ellos echaron una rápida mirada al muelle, comprendieron, y se deslizaron por la escotilla.

Por otra parte, su presencia no era indispensable, pues el timonel bastaba para dirigir el James Cook hacia la entrada del canal, sin que fuera necesario bracear las velas.

El brick continuó aproximándose a la punta del muelle más de lo que ordinariamente lo hacen los barcos, pues tuvo que evitar un vapor americano que pasaba desgarrando el aire con sus agudos silbidos.

Los policemen pudieron entonces observar a cuantos iban sobre cubierta, y seguramente que, de no haberse escurrido Len Cannon y los otros, no se hubieran escapado al ojo perspicaz de los policías, que tantas ganas tenían de echarles la mano encima.

Pero los agentes no pudieron verles, y el barco pudo entrar en el canal en cuanto el vapor le dejó el paso libre.

Ya no había nada que temer y los cuatro marineros volvieron a subir al puente. Su concurso se imponía. El canal, que va del sudoeste al nordeste, es bastante sinuoso, y a cada uno de los recodos hay necesidad de maniobrar con las velas.

El James Cook, con brisa favorable, navegó sin dificultad entre las orillas cubiertas de vegetación, sembrados de «villas», puestas en comunicación por el tranvía que hace el trayecto de Dunedin a Port Chalmers.

Apenas eran las ocho cuando el bergantín pasó por delante de este puerto, y un momento después estaba en alta mar. Luego, el cordaje a babor, remontó a lo largo de la costa, dejando en el sur el faro de Otago y el cabo Saunders.

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