Un drama en Livonia

CAPÍTULO XIV

GOLPE TRAS GOLPE

E

RA de toda evidencia que el proceso estaba limitado al posadero Kroff y al profesor Nicolef. El fragmento de billete recogido en el fondo del hogar descartaba la hipótesis de que el crimen pudiera haberse cometido por uno de los malhechores que a la sazón merodeaban por aquella parte de la provincia livoniana.

¿Cómo era posible que uno de estos bandidos se hubiera podido introducir, después del crimen, en la habitación del viajero para depositar el atizador y arrojar sobre las cenizas del hogar el billete quemado?

¿Cómo aquella operación iba a pasar inadvertida para Kroff y Nicolef, por profundo que fuese su sueño…?

¿Y cómo, en fin, se le iba a ocurrir a este malhechor hacer que recayera la responsabilidad del crimen sobre el viajero? Una vez realizado el crimen y el robo, su única preocupación hubiera sido huir, para que el nuevo día le hubiese cogido lejos del kabak de la Cruz Rota.

Estas consideraciones estaban dictadas por el buen sentido, y la instrucción tenía que circunscribirse a estos dos hombres de tan diferente posición social, y pronunciarse entre ellos.

Y, sin embargo, lo que no dejaba de sorprender, aun a los espíritus más reposados, es que, después de los días transcurridos, no se hubiese dictado mandamiento de prisión contra uno ni contra otro.

A raíz de nuevos reconocimientos practicados en el lugar del crimen, la pasión de los partidos se desencadenó violentamente. El proceso excitaba la animosidad pública existente entre los dos campos, no solamente en Riga, sino en los tres gobiernos de las provincias bálticas.

Nicolef era eslavo, y los eslavos le defendían, no sólo en interés de la causa, sino porque en realidad le consideraban incapaz del crimen.

Kroff era de origen germánico y los alemanes le defendían, más bien por combatir a Nicolef que por interés hacia la causa de un miserable posadero.

Los periódicos lucharon con artículos sensacionalistas, siguiendo la opinión del partido que defendían. Se discutía en las casas de la nobleza, en las casas de los burgueses, en los despachos de los comerciantes, en las viviendas de los obreros.

Es preciso convenir en que la situación del gobernador general se complicaba.

Las elecciones municipales estaban próximas; y los eslavos seguían proclamando con más entusiasmo candidato suyo a Nicolef, en oposición a Johausen, qué lo era de los alemanes.

La familia del rico banquero, sus amigos, sus clientes, lejos de abandonar la lucha, combatían por todos los medios posibles. Tenían la poderosa palanca del dinero, y no lo escatimaban. Las autoridades y los magistrados oían acusaciones de debilidad y hasta de parcialidad. Exigíase la prisión de Nicolef, y los más moderados pedían que, al menos, se prendiese al profesor y al ventero.

Era necesario que este proceso tuviera un desenlace, cualquiera que fuese, antes de que los partidos se encontrasen en el terreno electoral.

Y en medio de este conflicto, ¿qué era de Kroff?

El ventero no se separaba de su casa, donde dos agentes ejercían una severa vigilancia.

El hombre continuaba su vida normal. Todas las noches sus clientes, campesinos y leñadores, se reunían, como de costumbre, en el piso bajo. Pero se veía que la situación no dejaba de inquietarle; desde el momento en que el profesor, estaba libre, él corría peligro de ser preso. Más insociable que nunca, bajando los ojos a las miradas demasiado fijas en él, acusaba sin cesar a Nicolef, con una tenacidad, una cólera que agolpaba la sangre en su rostro, que se enrojecía, hasta el punto de hacer pensar que iba a darle una congestión.

En una casa donde se hacen preparativos de boda suele haber gran alegría. Toda la familia está de fiesta. Se deja entrar el aire y la alegría. Su felicidad resplandece en todas partes. No sucedía así en el hogar de Nicolef. Tal vez pudiera alejar de sí el pensamiento de la fatalidad que tan profundamente había turbado su vida; ¿pero no tenía motivo para temerlo todo de sus despiadados acreedores, sus enemigos más encarnizados?

Siete días habían transcurrido desde el último interrogatorio en el despacho del juez.

Era el 13 de mayo. Al día siguiente vencían las letras suscritas por Nicolef. Si a la mañana siguiente no se presentaba en la caja Johausen hermanos con los dieciocho mil rublos que importaba la deuda, sería demandado. Pero esta suma no la tenía el profesor, lo que ignoraban sus hijos. Después de pagar una parte de las deudas paternas, a fuerza de trabajos y economías, esperaba poderse librar del resto, y he aquí que el vencimiento cogíale desprovisto…

Era el momento esperado por los banqueros Johausen, y un dilema terrible se elevaba contra su deudor.

O Dimitri Nicolef no estaba en situación de pagar, o lo estaba. En el primer caso, si el proceso de la Cruz Rota se desenvolvía en favor suyo, si la información judicial descubría nuevos cargos contra el posadero, si, en fin, la culpabilidad de Kroff aparecía patente y era preso, juzgado y condenado, si la inocencia del profesor resplandecía en toda su plenitud por la condenación del verdadero culpable, los señores Johausen le tenían todavía cogido con aquella deuda que no podía reembolsar. Y ejecutándole judicialmente sin piedad, haríanle pagar la sangre del joven Karl y todo lo que habían sufrido en su interés y amor propio por causa de aquel rival, que levantaba sobre el elemento germánico la bandera del paneslavismo.

En el segundo caso, si Nicolef tenía los fondos necesarios para el reembolso, es que procedían del robo. Los señores Johausen sabían que sólo merced a un gran esfuerzo, sacrificando sus últimos recursos, había podido el profesor satisfacer los siete mil rublos que hasta entonces tenía pagados. ¿Dónde iba a haber encontrado los dieciocho mil restantes mas que procurándoselos por un acto criminal? Y entonces, al aportar aquella suma el día del vencimiento, como Nicolef ignoraba que la casa de banca conservaba los números de los billetes robados, él mismo se denunciaría, y esta vez, ni la protección de las autoridades ni la intervención de sus amigos podría interponerse; estaba perdido, perdido irremisiblemente.

La mañana del día siguiente transcurrió sin que Nicolef se presentase en la caja de los señores Johausen hermanos.

A las cuatro de la tarde se recibió en casa del profesor una citación judicial.

La desgracia hizo que fuese Vladimir Yanof quien la recibiera. Sí, la desgracia, como vamos a ver.

Vladimir leyó la citación reveladora de la embarazosa situación de Nicolef por las deudas paternas. Vladimir comprendió la noble conducta del profesor, haciéndose cargo, a pesar de su modesta posición, de los descubiertos de su padre. Comprendió que si no había querido hablar a su familia, a sus hijos, era por no añadir esa preocupación a tantas otras que pesaban sobre ellos, esperando concluir de saldar la deuda a fuerza de economías y trabajo.

Sí, Vladimir vio claramente todo esto, comprendiendo cuál era su deber.

Su deber era salvar a Nicolef, puesto que podía hacerlo.

¿No poseía él una suma más que suficiente, los veinte mil rublos procedentes del depósito dejado por Jean Yanof entre las manos del profesor, y del que Nicolef le había hecho entrega íntegra en Pernau…?

Pues bien, tomaría de esta suma los dieciocho mil rublos necesarios para pagar la deuda, y reembolsando a los hermanos Johausen, salvaría al padre de su prometida, a su segundo padre, de esta última catástrofe.

Eran las cinco de la tarde y la casa de banca se cerraba a las seis.

Vladimir Yanof no tenía un instante que perder. Resolvió no decir una palabra de lo que iba a hacer, entró en su habitación, y después de tomar el número de billetes suficiente para la suma necesaria, se dirigió hacia la calle sin haber visto a nadie.

En aquel momento abríase la puerta y Jean e Ilka entraron juntos.

– ¿Sales, Vladimir? - dijo la joven tendiéndole la mano.

– Sí, querida Ilka; una diligencia que no me retendrá mucho tiempo. Estaré de vuelta antes de la hora de cenar.

Por un instante tuvo la intención de poner a los dos hermanos al corriente de lo que sucedía, pero se contuvo. Si afín incidente no le obligaba a declararlo, quería que el hecho pasara inadvertido hasta después de su boda. Luego, cuando la joven fuese su mujer, se lo confesaría todo, y estaba seguro de que aprobaría haber salvado a su padre, aun comprometiendo su porvenir.

– Adiós, pues, Vladimir, y vuelve pronto - dijo Ilka- . Estoy mucho más tranquila-cuando estás aquí… Temo siempre que mi padre…

– Está más triste, más aplanado que nunca - afirmó Jean, cuyos ojos brillaban de cólera. Estos miserables acabarán por matarlo; está enfermo, más enfermo de lo que parece…

– Exageras, Jean - repuso Vladimir- , tu padre tiene una resistencia moral de la que no han de triunfar sus enemigos.

– ¡Dios lo quiera! - contestó la pobre Ilka.

Vladimir le estrechó la mano, y añadió:

– Hay que tener confianza; dentro de unos cuantos días habrán concluido todos sus quebrantos.

Se lanzó a la calle, y en veinte minutos llegó a la casa de banca Johausen hermanos. La caja estaba abierta y Vladimir dirigióse a la ventanilla del cajero.

Éste le hizo observar que aquel asunto había que solventarlo directamente con los jefes de la casa, y le invitó a pasar a su despacho.

Los señores Johausen estaban allí, y en cuanto les hubieron entregado la tarjeta de Vladimir, exclamó uno de ellos:

– ¡Vladimir Yanof…! Seguramente viene de parte de Nicolef a pedirnos un plazo o una renovación de las letras.

– Ni un día, ni una hora - contestó Frank Johausen con despiadado acento- . Desde mañana mismo procederemos contra él judicialmente.

Un ordenanza salió del despacho, y dirigiéndose a Vladimir le dijo que podía pasar.

La conversación se entabló en los siguientes términos:

– Señores - dijo Vladimir- , vengo a propósito del crédito que esta casa tiene contra Dimitri Nicolef, el cual vence hoy…

– Efectivamente, caballero - respondió Frank Johausen.

– Este crédito constituye un total de dieciocho mil rublos entre el capital y los intereses.

– En efecto, dieciocho mil.

– Y este crédito salda los compromisos de Nicolef con esta casa desde la muerte de su padre…

– Exactamente, pero no podemos admitir plazo alguno de demora.

– ¿Quién se lo pide a ustedes? - replicó Vladimir en tono altanero.

– ¡Ah! - dijo el mayor de los hermanos- . Como debíamos ser reembolsados antes de mediodía…

– Lo serán ustedes antes de concluir el día, y no creo que la casa haya estado a punto de declararse en suspensión de pagos a causa de este retraso.

– ¡Caballero! - exclamó Frank Johausen, a quien la cólera hacía más fríamente irónico-

. ¿Trae usted, pues, la suma de dieciocho mil rublos…?

– ¡Aquí están! contestó Vladimir, tendiendo a los banqueros un fajo de billetes- .

¿Dónde está la obligación?

Los señores Johausen, no menos sorprendidos que irritados, no contestaron. Uno de ellos se dirigió hacia la caja de caudales, abrió una cartera, de la cual sacó un papel que puso encima de la mesa.

Vladimir lo tomó, lo examinó atentamente para convencerse de que era la escritura firmada por Nicolef declarándose deudor de los señores Johausen y, entregando el fajo de billetes, dijo:

– Cuenten ustedes.

Frank Johausen habíase puesto pálido, en tanto que Vladimir le envolvía en una mirada de desprecio. Su mano temblaba, arrugando los billetes.

De pronto animáronse los ojos del banquero. Una alegría feroz iluminó su rostro, y con voz impregnada de odio exclamó:

– Éstos, señor Yanof, son los billetes robados…

– ¿Robados…?

– Sí, robados de la cartera del desgraciado Poch.

– ¡No…! Estos billetes son los que Nicolef me dio en Pernau cuando me entregó el depósito que le había confiado mi padre.

– ¡Todo se explica! - afirmó Frank Johausen- . Nicolef no estaba en condiciones de poderle devolver a usted el depósito, y entonces, aprovechando una ocasión que se le presentaba…

Vladimir retrocedió un paso.

– Aquí tiene usted la lista de los números que conservábamos - añadió el banquero, sacando del cajón de la mesa un papel cubierto de cifras.

– ¡Dios mío! - balbució Vladimir, aterrado, no pudiendo pronunciar más frases.

– Sí, y puesto que estos billetes los trae usted de parte del señor Nicolef, él es quien los ha robado a nuestro dependiente, después de haberle asesinado en el kabak dé la Cruz Rota.

Vladimir no sabía qué contestar. Sentía que su cabeza se le iba, que su razón le abandonaba… A través de la turbación de sus pensamientos, comprendió que Nicolef estaba irremisiblemente perdido. Se diría que, disipado el depósito que se le confiara, había salido de Riga, al recibir la carta de Yanof, para implorarle, no para devolverle un dinero que no tenía, que la casualidad había hecho que se encontrase en la diligencia con Poch, portador de aquel dinero, que le había robado y matado, y que eran los mismos billetes de los señores Johausen los que había entregado al hijo de su amigo Yanof, despojado por un indigno abuso de confianza.

– ¡Dimitri…! - repetía Vladimir- . ¡Dimitri habrá sido capaz…!

– A menos que haya sido usted - repuso Frank Johausen.

– ¡Miserable…!

Pero Vladimir tenía que hacer otra cosa que vengar el insulto personal. No tenía por qué preocuparse de que se creyera en su culpabilidad. No pensaba más que en Nicolef.

– Al fin - dijo Frank Johausen, después de guardar el fajo de billetes robados- , tenemos ya cogido a ese bribón. ¡Ya no se trata de presunciones, sino de certidumbres, de pruebas materiales! El señor Kerstorf hizo muy bien al aconsejarme que guardase el escrito de la numeración de los billetes. Tarde o temprano el asesino se haría prender, ¡y así ha sucedido! Voy a ver al juez, y antes de una hora Nicolef estará preso.

Entretanto Vladimir Yanof marchaba con pasos precipitados, pasos de loco, hacia la casa del profesor. Esforzábase en despejar su espíritu de los tumultuosos pensamientos que lo asaltaban. No quería creer que Nicolef no pudiera justificarse e iba en busca de aquella justificación. Aquéllos eran los billetes que había recibido de sus manos en Pernau, y hasta entonces no los había tocado. Vladimir llegó ante la casa y abrió la puerta.

En el piso bajo no estaban, afortunadamente, Ilka ni Jean. La presencia de Yanof les hubiera revelado que un nuevo desastre se abatía sobre la familia y que esta vez no había remisión…

Vladimir subió la escalera que conducía al despacho del profesor.

Nicolef estaba sentado ante su mesa de trabajo, con la cabeza entre las manos. Se levantó al sentir que llegaba Vladimir, que permaneció en el umbral de la puerta.

– ¿Qué ocurre? - preguntó Nicolef, dirigiéndole una mirada llena de tristeza.

– ¡Dimitri! - exclamó Vladimir- . ¡Hábleme usted, dígamelo todo…! Yo no sé…

¡Justifíquese usted…! ¡No, no es posible! Explíquese… Mi razón se extravía.

– ¿Qué ocurre…? ¿Alguna desgracia que viene a aumentar las anteriores?

Y pronunció estas desesperantes palabras como hombre que lo espera todo y a quien ningún golpe de la fatalidad puede cogerle desprevenido.

– Vladimir - repuso Nicolef- , soy yo quien te ordena hablar… Justificarme, ¿y de qué…? ¿Por ventura tú también crees que yo soy…?

Vladimir no le dejó concluir, y dominándose por un esfuerzo de voluntad sobrehumano, le interrumpió diciendo:

– Hace dos horas llegó una citación…

– Sí, a nombre de los hermanos Johausen… Entonces ya sabes mi situación… Yo no puedo reembolsarles; es una deuda que recaerá sobre los míos… Ya ves, Vladimir, que ahora no puedes ser mi hijo.

Yanof no contestó a esta última frase, dicha con la más grande amargura.

– Yo creí, Dimitri, que estaba en el deber de resolver esa triste situación…

– ¿Tú?

– Tenía a mi disposición la suma que me entregó usted en Pernau…

– Ese dinero te pertenece, Vladimir… Procede de tu padre… Es un depósito que yo te he devuelto..

– Sí… ya sé… ya sé, y puesto que me pertenecía, estaba en mi derecho al disponer de él. Tomé los billetes, los que usted me entregó y los llevé a la casa de banca.

– ¡Tú has hecho eso… tú has hecho eso! - exclamó Nicolef, abriendo los brazos a Vladimir- . ¿Por qué lo has hecho? ¡Era tu única fortuna…! ¡Tu padre no te la dejó para pagar las deudas del mío…!

– Dimitri… - - contestó Vladimir, bajando la voz- , estos billetes que yo he entregado a los señores Johausen son los mismos robados en la cartera de Poch en la venta de la Cruz Rota, y de los cuales conservaban los números…

– ¡Los billetes… los billetes…!

Y al repetir estas palabras, Nicolef se levantó como impulsado por un resorte, lanzando un grito terrible, que se oyó en toda la casa.

Pocos instantes después aparecían en la puerta del despacho Ilka y su hermano.

Al ver el estado en que se encontraba el desventurado, sus hijos precipitáronse hacia él, en tanto que Vladimir manteníase aparte, ocultando el rostro entre sus manos.

Ni Jean ni su hermana pensaron en pedir una explicación, no cuidándose más que en socorrer a su padre, que se ahogaba. Consiguieron al fin que se tranquilizara un tanto, y desfallecido, destrozado por el golpe, escapábanse de su boca, con voz débil, estas palabras:

– ¡Billetes robados… billetes robados!

– Padre ¿qué ocurre? - preguntó la joven.

– Vladimir, ¿qué ha sucedido? - añadió Jean.

Nicolef se levantó, y yendo hacia Vladimir, le retiró las manos de la cara. Luego, con voz estrangulada, con gesto trágico, después de obligarle a que le mirase cara a cara, dijo:

– ¿Los billetes que tú has recibido de mí, los billetes que tú has llevado a casa de los Johausen, esos billetes son los robados de la cartera de Poch… de Poch el asesinado?

– Sí - dijo Vladimir.

– ¡Estoy perdido, perdido! - exclamó Nicolef.

Y rechazando a sus hijos, antes de que hubiesen podido impedirlo, se precipitó fuera del despacho y subió a su habitación; pero no se encerró como de costumbre. Un cuarto de hora después abría la puerta de la calle y huía, a través del barrio, en medio de la oscuridad.

Jean e Ilka no habían comprendido nada de esta terrible escena. Las palabras «¡billetes robados…! ¡billetes robados…!» no podían hacerles comprender que esta vez su padre iba a ser aplastado por la evidencia.

Se volvieron hacia Vladimir, que con los ojos bajos, la voz desgarrada, refirió lo que acababa de suceder, cómo queriendo salvar a Nicolef, arrancarle de las manos de los Johausen, le había perdido irremisiblemente. ¿Quién podría sostener su inocencia, ahora que los billetes robados a Poch habían sido encontrados, si no en su poder, en manos de Vladimir Yanof? ¿No había éste confesado a los banqueros que los billetes procedían del depósito que le había restituido Nicolef?

Jean e Ilka, aterrados por esta revelación, prorrumpieron en amargo llanto.

En aquel momento la criada les advirtió que dos agentes de policía preguntaban por el señor Nicolef. Enviados por el juez, que no tuvo más remedio que extender el mandamiento de prisión ante la denuncia de los señores Johausen, iban a prender al asesino de la Cruz Rota.

La sensacional noticia no se había esparcido aún por la ciudad. Ignorábase que el proceso hubiese entrado en esta fase, la última, sin duda, y el desenlace de lo cual tan próximo estaba.

En tanto que los agentes registraban la casa para asegurarse de que Nicolef no estaba en ella, Vladimir, Jean e Ilka, sin concertarse de antemano, movidos por un mismo sentimiento, lanzáronse a la calle.

Querían unirse al desgraciado; no abandonarle más… Y a pesar de tantos testimonios aplastantes, a pesar de tantas pruebas acumuladas, rebelábanse contra la creencia de su culpabilidad. Estos pobres corazones, tan unidos, rechazaban la idea, y, sin embargo, la últimas palabras pronunciadas por Nicolef: «¡estoy perdido!»… ¿no eran como una confesión salida de su boca?

La noche había caído. Alguien indicó haber visto a Nicolef calle arriba, y los tres atribulados seres corrieron en aquella dirección, hasta llegar a las afueras de la población.

El campo, sumido en una densa oscuridad, extendíase ante ellos. Tomaron el camino de Pernau, abandonándose, por decirlo así, al instinto que los empujaba hacia aquella parte.

A doscientos pasos de allí los tres se detuvieron ante un cuerpo tendido en el camino.

Era Dimitri Nicolef. Cerca de él había un cuchillo ensangrentado…

Ilka y Jean se arrojaron sobre el cuerpo de su padre, en tanto que Vladimir corría en busca de auxilio a la casa más próxima.

Llegaron unos cuantos campesinos, y Nicolef fue transportado a su casa, donde el doctor Hamine, llamado a toda prisa, sólo pudo certificar el fallecimiento.

Dimitri Nicolef había caído muerto por un golpe semejante al que recibiera el pobre Poch, una puñalada en el corazón, habiendo dejado el cuchillo la misma huella que ofreciera la herida del asesinado en la Cruz Rota.

¡El miserable, sintiéndose perdido, se había suicidado para escapar al castigo de su crimen!

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