La caza del meteoro

CAPÍTULO X

EN EL QUE SE LE OCURREN HASTA DOS IDEAS A ZEPHYRIN XIRDAL

SE solía decir en el lenguaje familiar: «¿Quién? ¿Zephyrin Xirdal…? ¡Qué tipo!» Tanto en lo físico como en lo moral era, en efecto, Zephyrin Xirdal un personaje muy singular.

Un cuerpo largo, desmadejado; camisa frecuentemente sin cuello, y siempre sin puños; pantalón en forma de tirabuzón; chaleco al que faltaban dos botones de cada tres;

chaquetón inmenso, con los bolsillos llenos de objetos diversos; todo ello muy sucio y cogido al azar de un montón de trajes sueltos; tal era el aspecto general de Zephyrin Xirdal y tal su manera de comprender la elegancia. De sus espaldas, encorvadas como el techo de una cueva, pendían brazos kilométricos, terminados por enormes manos velludas —de una prodigiosa destreza, sin embargo—, a las que su propietario no ponía en contacto con el jabón más que a intervalos indeterminados.

Si la cabeza, como en todo el mundo, era el punto culminante de su persona, era porque no había podido ser de otro modo.

Pero este ser original se vengaba y resarcía ofreciendo a la admiración pública una cara cuya fealdad llegaba hasta la paradoja. Nada, empero, más sugestivo que aquellos rasgos contradictorios. Mentón grueso y cuadrado; boca grande, de labios gordos, bien amueblada con magníficos dientes; nariz ancha; orejas mal formadas, que parecían huir con horror el contacto del cráneo; todo ello sólo de un modo muy indirecto evocaba el recuerdo de Antínoo. Por el contrario, la frente, grandiosamente modelada, de una admirable nobleza de líneas, coronaba aquel semblante extraño, como un templo corona una colina, templo a la altura de los más sublimes pensamientos. Finalmente, para acabar, Zephyrin Xirdal, por debajo de esta amplia frente, abría a la luz del día dos grandes ojos saltones, que expresaban, según la hora y el minuto, la más maravillosa inteligencia o la más prodigiosa estupidez a veces en rápido contraste.

No se apartaba con menos violencia en lo moral de la vulgaridad de sus contemporáneos.

Refractario a toda enseñanza regular, había decretado desde su más tierna edad que se instruiría completamente solo, y sus padres se habían visto obligados a acatar su indomable voluntad; lo cual, al fin y al cabo, no les había resultado del todo mal. A una edad en que uno se arrastra todavía por los bancos de los liceos, Zephyrin Xirdal había concurrido —por divertirse, según él decía —a todas las grandes escuelas, una tras otra; y en esos concursos había obtenido invariablemente el primer puesto.

Esos éxitos, sin embargo, se olvidaban apenas conquistados. Las grandes escuelas habían debido ir borrando sucesivamente de las listas a aquel alumno, que se olvidaba de presentarse a las clases.

Muertos sus padres cuando tenía dieciocho años, quedando así dueño de sus acciones y rico, con unos quince mil francos de renta, Zephyrin Xirdal se apresuró a dar todas las firmas que le pidió su tutor y padrino, el banquero Robert Lecoeur, a quien llamaba «su tío» por una costumbre de la infancia. Libre después de toda clase de cuidados, se instaló en dos habitaciones minúsculas de un sexto piso de la calle Cassette, en París, Allí permanecía aún a los treinta y un años.

Desde que había instalado allí sus penates, el local no se había agrandado y, no obstante, era prodigiosa la cantidad de cosas que había ido almacenando. Todo mezclado y confundido, distinguíanse máquinas y pilas eléctricas, dínamos, aparatos de óptica, retortas y otros cien aparatos diversos. Montañas de folletos, de libros, de papeles se elevaban desde el suelo hasta el techo, amontonándose a la vez sobre la mesa y sobre la única silla, cuyo respectivo nivel iban elevando simultáneamente, de tal suerte que nuestro erudito no se daba cuenta del cambio cuando sentado sobre la una escribía sobre la otra.

Por lo demás, cuando se hallaba demasiado molesto por los papelotes, sin gran fatiga ponía remedio a ese inconveniente; de un revés lanzaba algunos libros al centro de la habitación; luego, tranquilo ya, se ponía a trabajar sobre una mesa perfectamente en orden, toda vez que no quedaba ya en ella nada absolutamente y se hallaba dispuesta, por consiguiente, para ser objeto de nuevas invasiones.

¿Qué era, pues, lo que hacía Zephyrin Xirdal?

Por regla general, debe reconocerse así, se contentaba con seguir sus ensueños envuelto en el aromático humo de una pipa inextinguible. Pero muchas veces, con intervalos variables, acudía a él una idea. Entonces arreglaba él la mesa a su manera, es decir, desembarazándola de un puñetazo, y se instalaba en ella para no abandonarla hasta terminar el trabajo, durase lo que durase, cuarenta minutos o cuarenta horas. Luego, una vez puesto el punto final, dejaba el papel que contenía el resultado de sus investigaciones sobre la mesa, en la cual ese papel constituía una parte de otra futura pila, que sería destruida como la precedente, cuando llegase la nueva crisis de trabajo.

En el transcurso de esas crisis sucesivas e irregularmente espaciadas, había tocado él un poco de todas las cosas. Matemáticas trascendentales, física, química, fisiología, filosofía, ciencias puras y aplicadas, habían solicitado a su turno su atención. Cualquiera que hubiese sido el problema, habíale abordado siempre con la misma violencia y el mismo frenesí, y sólo lo había abandonado cuando lo había resuelto, a menos que… A menos que otra idea no le atrajese con igual fuerza.

¡Cuántas observaciones ingeniosas o profundas, cuántas notas definitivas sobre las dificultades más arduas de las ciencias exactas o las experimentales, cuántas invenciones prácticas dormían en el montón de papelotes que Zephyrin Xirdal revolvía con un pie, desdeñosamente! Jamás había pensado en sacar partido de aquel tesoro, si no era cuando alguno de sus raros amigos se lamentaba ante él de la inutilidad de una investigación en un sentido cualquiera.

– Esperad —decía entonces Xirdal—; Yo debo de tener algo de eso por aquí encima.

Al mismo tiempo alargaba la mano, y del primer golpe, con un maravilloso acierto, cogía de entre todos aquellos papelotes aquel de sus estudios relativo a la cuestión que se trataba y lo entregaba a su amigo, con el permiso de usar de él a su antojo. Ni una sola vez se le ocurrió la idea de que al obrar así obraba contra sus intereses.

¿Hacer dinero…? ¿Para qué? Cuando necesitaba dinero se iba a casa de su padrino, Monsieur Robert Lecoeur, el cual, si bien había dejado de ser su tutor, continuaba siendo su banquero. Desde que vivía en la calle de Cassette había procedido así. Tener deseos sin cesar renacientes y ser capaz de realizarlos es evidentemente una de las formas de la felicidad, pero no es la única; sin la sombra del más mínimo deseo, Zephyrin Xirdal era completamente feliz.

Aquella mañana del 1.° de mayo, este hombre feliz, sentado con comodidad sobre su única silla, descansando los pies, algunos centímetros más altos que la cabeza sobre el alféizar de la ventana, fumaba una pipa particularmente agradable, distrayéndose en descifrar charadas impresas en un papel en forma de bolsa que le había entregado el tendero envolviendo alguna sustancia alimenticia. Terminada esta operación, y una vez arrojado el papel al montón, tendió indolentemente su mano izquierda del lado de la mesa con el objeto de coger alguna cosa, fuera la que fuese.

Lo que esa mano izquierda halló fue un montón de periódicos. Zephyrin Xirdal cogió al azar uno de esos periódicos, que resultó ser un número del Journal de hacía ocho días. Esa antigüedad no era para espantar a un lector que vivía fuera del espacio y del tiempo.

Dirigió las miradas sobre la primera página; pero, naturalmente, no la leyó; de igual manera recorrió la segunda y todas las demás, hasta llegar a la última, en la que se detuvo interesándose mucho en los anuncios; después, creyendo pasar a la página siguiente, volvió inocentemente a la primera.

Sin darse cuenta, sus miradas cayeron sobre el epígrafe del artículo de redacción, y un destello de inteligencia brilló en sus pupilas, que hasta ese momento sólo habían expresado la más perfecta imbecilidad.

El destello se acentuó hasta convertirse en llamarada a medida que proseguía y se terminaba la lectura.

– ¡Toma…! ¡Toma…! ¡Toma! —murmuró en tres tonos diferentes Zephyrin Xirdal, que se creyó en el deber de proceder a una segunda lectura.

Tenía la costumbre de hablar en voz alta, y hasta de hablar en plural en la soledad de su gabinete; pero esta vez se limitó a su triple exclamación. Poderosamente interesado por la prosa del Journal, continuó en silencio su lectura.

¿Qué era, pues, lo que leía con tanto y tan evidente apasionamiento ?

El último ser de todo el mundo descubría sencillamente entonces el bólido de Whaston y aprendía al propio tiempo su insólita composición, habiendo dado la casualidad de que sus miradas cayeran sobre un artículo que hablaba de aquella fabulosa bola de oro.

– ¡Vaya una cosa extraña! —declaró para sí mismo, una vez terminada su segunda lectura.

Permaneció algunos instantes soñando; luego sus pies abandonaron el alféizar de la ventana y se acercó a la mesa. La crisis de trabajo era inminente.

Sin vacilar encontró en medio de todas las demás la revista científica que deseaba, y la abrió en la página que era preciso.

Una revista científica tiene el derecho de ser más técnica que un gran diario; y así, en aquélla aparecían todos los elementos del bólido; trayectoria, velocidad, volumen, masa, naturaleza; con todos los pormenores y el tecnicismo científico correspondiente.

Zephyrin Xirdal se asimiló sin esfuerzo aquel alimento intelectual de naturaleza, sin embargo, bastante indigesta, tras lo cual lanzó una mirada sobre el cielo, comprobando que ninguna nube manchaba su azul.

– Vamos, pues, nosotros a verlo… —murmuró, sin dejar de efectuar con una mano impaciente rápidos cálculos.

Hecho esto, introdujo su brazo bajo un montón de papeles acumulados en uno de los rincones, y con un movimiento al que sólo una larga práctica podía dar tan gran precisión, envió el montón a otro rincón.

– ¡Es admirable el orden que tengo! —dijo con evidente satisfacción al ver que, conforme a sus previsiones, quedaba al descubierto un anteojo astronómico, tan cubierto de polvo como una botella centenaria.

Conducir el anteojo ante la ventana, dirigirle hacia el punto del cielo que acababa de determinar por el cálculo, aplicar su ojo al ocular, todo eso no necesitó sino un instante.

– Perfectamente exacto —dijo, tras algunos minutos de observación.

Algunos otros instantes de reflexión, y luego cogió deliberadamente su sombrero y comenzó a bajar sus seis pisos en dirección a la calle de Drouot, a la casa de banca Lecoeur, de la que esa calle se enorgullecía con justicia.

Zephyrin Xirdal sólo conocía una manera de hacer sus trayectos; jamás ómnibus, tranvías ni coches; cualesquiera que fuesen las circunstancias que tenía que recorrer, recorríalas invariablemente a pié.

Pero hasta en este ejercicio, el más natural y el más práctico de todos los deportes, no era posible que dejase de mostrarse original. Con los ojos bajos, balanceando sus anchas espaldas de derecha a izquierda, marchaba a través de la ciudad lo mismo que si hubiese estado en un desierto; con igual seguridad avanzaba, sin fijarse en vehículos ni peatones.

Así, ¡cuántas exclamaciones de «bruto», «mal educado», «grosero», proferidas por los paseantes atropellados! ¡Qué de injurias más enérgicas, vociferadas por los cocheros obligados a detener sus carruajes para no atropellarle!

De nada de eso se cuidaba Zephyrin Xirdal. Sin darse cuenta del concierto de maldiciones que se alzaba tras él, como la estela que forma detrás de un buque en marcha, proseguía imperturbable su camino a grandes pasos, iguales y firmes.

Veinte minutos le bastaron para llegar a la calle Drouot, a la banca Lecoeur.

– ¿Está mi tío? —preguntó al ordenanza, que se había levantado al acercarse él.

– Sí, señor Xirdal.

– ¿Sólo?

– Sí, señor.

Zephyrin Xirdal empujó la puerta y penetró en el despacho del banquero.

– ¡Toma! ¿Eres tú? —preguntó maquinalmente Monsieur Lecoeur al ver aparecer a su sobrino.

– Toda vez que estoy aquí en carne y hueso —respondió Zephyrin Xirdal— me atrevo a afirmar que la pregunta es ociosa y que la respuesta sería superfetatoria.

Monsieur Lecoeur, habituado a las singularidades de su ahijado, a quien consideraba, con razón, como un desequilibrado, aunque en ciertos aspectos genial, echóse a reír de muy buena gana.

– ¡Efectivamente! —reconoció—. Pero el haber respondido sí habría sido más breve. Y el objeto de tu visita, ¿tengo derecho de preguntarlo? —Sí, porque…

– ¡Inútil! —interrumpió Monsieur Lecoeur—. Mi segunda pregunta es tan superflua como la primera, habiéndome enseñado la experiencia que te veo únicamente cuando tienes necesidad de dinero.

– ¡Eh! —objetó Zephyrin Xirdal—. ¿No es usted mi banquero?

– Cierto —concedió Monsieur Lecoeur—; pero tú eres un cliente bien singular. ¿Me permitirás a este propósito que te dé un consejo?

– ¡Si eso le resulta agradable…! —Ese consejo es que seas un poco menos económico.

¡Qué diablo!, mi querido amigo, ¿qué haces tú de tu juventud? ¿Tienes idea siquiera del estado de tu cuenta en mi casa? —Ni la más mínima.

– Tu cuenta… es monstruosa sencillamente. Pero, hombre, te dejan tus padres más de quince mil francos de renta, ¡y no llegas a gastar ni cuatro mil!

– ¿Sí? —dijo Xirdal, muy sorprendido, al parecer, con la noticia que oía por la vigésima vez.

– Así es; de tal modo que tus intereses van acumulándose; no conozco exactamente tu crédito actual, pero con toda seguridad pasa de cien mil francos. ¿En qué vamos a emplear ese dinero?

– Estudiaré la cuestión —afirmó Zephyrin Xirdal muy seriamente—. Por lo demás, si no sabe usted qué hacer de ese dinero, no tiene que hacer sino desembarazarse de él.

– ¿Cómo?

– Dándolo; es muy sencillo.

– ¿A quién?

– A cualquiera; ¿qué me importa a mí y qué quiere usted que yo haga?

Monsieur Lecoeur alzó los hombros.

– En fin, ¿qué necesitas hoy? —preguntó—. ¿Doscientos francos, como de costumbre?

– Diez mil francos —respondió Zephyrin Xirdal.

– ¿Diez mil francos? —repuso Monsieur Lecoeur, sorprendido—. ¡He ahí una cosa bien rara, hombre! ¿Qué es, pues, lo que quieres hacer tú con diez mil francos? —Un viaje.

– Excelente idea. ¿A qué país?

– No sé nada —declaró Zephyrin Xirdel. Monsieur Lecoeur, muy divertido, miró burlonamente a su ahijado y cliente.

– Es ése —dijo muy serio— un hermoso país. He ahí tus diez mil francos. ¿Es eso todo lo que deseas? —No; necesitaría también un terreno. —¿Un terreno? —repuso el banquero, que iba, como suele decirse, de sorpresa en sorpresa.

– Un terreno como todos los terrenos; dos o tres kilómetros cuadrados, por ejemplo.

– Un pequeño terreno —afirmó fríamente Monsieur Lecoeur, que preguntó en tono de broma—; Boulevard des Italiens?

– No —respondió Zephyrin Xirdal—. No en Francia.

– ¿Dónde, entonces? Habla.

– No sé nada —dijo por segunda vez Zephyrin Xirdal, sin conmoverse lo más mínimo.

Monsieur Lecoeur retenía a duras penas la risa.

– Así al menos hay donde elegir —dijo—. Pero, dime, mi querido Zephyrin, ¿no estarás tú un poco… chiflado, por casualidad? ¿A qué demonios viene todo eso?

– Tengo un negocio en perspectiva —declaró Zephyrin Xirdal, mientras su frente se plegaba bajo el esfuerzo de la reflexión.

– ¡Un negocio! —exclamó su tío en el colmo de la extrañeza.

Que aquel loco soñase en negocios era, en efecto, cosa de confundir a cualquiera. —Sí — afirmó Zephyrin Xirdal. —¿Importante?

– ¡Bah…! De cinco a seis mil millares de millones de francos.

Esta vez no pudo Monsieur Lecoeur dejar de mirar con inquietud a su ahijado; si no bromeaba, era que estaba loco de veras.

– ¿Has dicho…? —preguntó.

– De cinco a seis mil millares de millones de francos —repitió Zephyrin Xirdal, muy tranquilamente.

– ¿Estás en tu juicio, Zephyrin? —insistió Monsieur Lecoeur—. ¿Sabes tú que no hay sobre la tierra bastante oro para hacer la centésima parte de esa suma fabulosa?

– Sobre la tierra es posible —dijo Xirdal—; pero en otra parte ya es cosa distinta. —¿En otra parte?

– Sí; a cuatrocientos kilómetros de aquí, según la vertical.

Un rayo de luz atravesó el espíritu del banquero. Informado, como todo el mundo, por los periódicos, que durante tan largo tiempo habían tratado el mismo asunto, creyó haber comprendido. Había comprendido, en efecto.

– ¿El bólido? —balbució, palideciendo levemente.

– El bólido —repuso Xirdal tranquilamente.

Si otro que su ahijado se hubiese expresado en aquellos términos, era indudable que Monsieur Lecoeur le habría hecho poner inmediatamente a la puerta; los instantes de un banquero son demasiado preciosos para que le sea permitido gastarlos inútilmente en escuchar locuras. Pero Zephyrin Xirdal no era como todo el mundo. Harto cierto era que la cabeza de éste no se hallaba muy bien equilibrada y que le faltaba algún tornillo, mas no por eso dejaba de contener un cerebro de genio para el que nada era imposible a priori.

– ¿Quieres tú explotar el bólido? —preguntó Monsieur Lecoeur, mirando a su ahijado cara a cara con profunda curiosidad.

– ¿Por qué no? ¿Qué hay de extraordinario en ello?

– Pero ese bólido se halla a cuatrocientos kilómetros del suelo, según acabas de decir tú mismo. Supongo que no tendrás la pretensión de elevarte hasta allá…

– ¿Para qué, si puedo hacerle caer?

– ¿El medio?

– Yo lo tengo; eso basta.

– ¡Lo tienes…! ¡Lo tienes…! ¿Cómo podrás tú obrar sobre un cuerpo tan distante?

¿Dónde tomarás tu punto de apoyo? ¿Qué fuerza pondrás en juego?

– Sería muy largo el explicarle a usted esto —respondió Zephyrin Xirdal—, y, por lo demás, bien inútil; no comprendería usted una palabra.

– Muy bondadoso —dijo sin enfadarse y dando las gracias Monsieur Lecorue.

A su instancia, consintió, no obstante, su ahijado en dar algunas sucintas explicaciones; explicaciones que el narrador de esta singular historia va a resumir, sin declararse en pro ni en contra de ellas.

Para Zephyrin Xirdal, la materia no es más que una apariencia, y pretende demostrarlo fundándose en ia imposibilidad de conocer su constitución íntima. Puede descomponérsela en partículas, moléculas, y átomos, pero siempre quedará algo, una última fracción respecto de la cual se planteará íntegramente el problema; y o habría que proceder hasta el infinito, o tendría que llegarse a un principio primero que no fuera materia; este primer principio inmaterial es la energía.

¿Qué es la energía? Zephyrin Xirdal confiesa que no sabe nada acerca de eso. No hallándose el hombre en relación con el mundo exterior más que por medio de los sentidos, y siendo los sentidos del hombre sensibles exclusivamente a las excitaciones de orden material, todo lo que no es materia permanece ignorado de él. Si por un esfuerzo de la razón pura puede admitir la existencia de un mundo inmaterial, es imposible que conciba su naturaleza o que se la imagine al menos.

La energía, según Zephyrin Xirdal, llena el Universo y oscila eternamente entre dos límites: el equilibrio absoluto, que solamente podría obtenerse con la repartición uniforme en el espacio, y la concentración absoluta en un solo punto, que se vería en ese caso rodeado de un vacío perfecto.

En oposición con el axioma clásico «nada se crea y nada se pierde», proclama Xirdal que todo se crea y todo se pierde. La sustancia, eternamente destruida, se recompone eternamente; cada uno de sus cambios de estado va acompañado de una irradiación de energía y de una destrucción de sustancia correspondiente.

Esta destrucción existe, aun cuando no pueda ser comprobada. El sonido, el calor, la electricidad, la luz, son una prueba indirecta de ello. Esos fenómenos son materia irradiada, y por medio de ellos se manifiesta la energía liberada, aun cuando bajo una forma grosera aún y semimaterial. La energía pura, sublimada en cierta suerte, sólo puede existir más allá de los confínes de los mundos materiales. La manifestación de esa energía y de su tendencia a una condensación siempre mayor es la atracción.

Tal es la teoría que Zephyrin Xirdal exponía.

– Sentado esto —concluyó diciendo Xirdal, como si acabase de emitir las proposiciones más sencillas—, basta con que yo liberte una pequeña cantidad de energía y la dirija sobre tal o cual punto del espacio que me convenga, para que sea dueño de ejercer una influencia sobre un cuerpo próximo, sobre todo si ese cuerpo es de poca importancia, que también él tenga una cantidad considerable de energía. ¡Esto es elemental!

– Y ¿tienes tú el medio de liberar esa energía? —preguntó Monsieur Lecoeur.

– Tengo, lo cual viene a ser lo mismo, el medio de abrirle un paso, quitando ante él todo lo que es sustancia y materia.

– ¡En ese caso —exclamó Monsieur Lecoeur— podrías trastornar tú toda la mecánica celeste!

No pareció Zephyrin Xirdal turbado ante la enormidad de semejante hipótesis.

– Actualmente —reconoció con una modesta sencillez—, la máquina que yo he construido no puede darme más que resultados mucho más débiles. Es, no obstante, suficiente para dar movimiento e impulso a un bólido de algunos millares de toneladas.

– ¡Amén! —terminó diciendo Monsieur Lecoeur, que conmenzaba a sentirse conmovido

– . ¿Pero, ¿dónde piensas hacer caer a tu bólido?

– En mi terreno.

– ¿Qué terreno?

– El que habrá de comprarme usted cuando yo haya hecho los cálculos necesarios. Ya le escribiré acerca de este particular. Por supuesto, elegiré, en lo que posible sea, una región casi desierta en que esté barato el suelo; y puede ocurrir que haya dificultades para el acta de venta; no soy completamente libre en la elección, y puede suceder que el país no sea de muy cómodo acceso.

– Eso es asunto mío —dijo el banquero—. Yo respondo de todo a este respecto.

Con esta seguridad y con los diez mil francos puestos en un paquete en su bolsillo, volvióse a grandes pasos a su casa Zephyrin Xirdal, y una vez encerrado en ella, sentóse a su mesa, previamente desembarazada, de un revés, como siempre.

La crisis de trabajo se hallaba indudablemente en su período decisivo.

Toda la noche se la pasó encarnizado en sus cálculos, pero al llegar la mañana estaba descubierta la solución. Había determinado la fuerza que era necesario aplicar al bólido, las horas en las que debía aplicarse esta fuerza, las direcciones que convenía darle, el lugar y la fecha de la caída del meteoro.

Tomó en seguida la pluma, escribió a Monsieur Lecoeur la carta prometida, bajó a depositarla en el buzón y volvió a encerrarse en su habitación.

Cerrada la puerta, aproximóse a uno de los rincones, al mismo donde había arrojado la víspera con tan admirable precisión el montón de papeles que cubría el anteojo. Tratábase a la sazón de llevar a cabo la operación inversa. Metió el brazo en el montón de papelotes y los envió, al sitio de donde habían llegado.

Tuvo esto como resultado el hacer aparecer a la luz del día una caja negruzca, que Xirdal levantó sin esfuerzo, transportándola al centro de la habitación, frente a la ventana.

Nada de particular había en el aspecto de aquella caja, un sencillo cubo de madera pintado de color oscuro. En el interior sólo había carretes intercalados entre una serie de ampollas de vidrio, cuyas agudas extremidades estaban unidas de dos en dos por hilos de cobre.

Sobre la caja, al aire libre, se descubría un reflector metálico con una última ampolla doblemente fusiforme, que ningún conductor material unía a las demás.

Con ayuda de instrumentos de precisión, orientó Zephyrin Xirdal el reflector metálico en el sentido riguroso que le indicaban sus cálculos de la noche anterior; luego, habiendo comprobado que todo se hallaba en orden, colocó en la parte interior de la caja un tubito que brillaba con vivos destellos. A medida que iba realizando esas operaciones, hablaba, según su costumbre, como si hubiera querido hacer admirar su elocuencia a un imponente auditorio.

– Esto, señores —decía—, es el Xirdaliwn, cuerpo cien mil veces más radiactivo que el radio. Advertiré, dicho sea entre nosotros, que si yo uso este cuerpo es un poco para la galería. No es que perjudique, pero la tierra irradia bastante energía para que resulte superfluo añadirle nada. Es un grano de sal en el mar. Sin embargo, un poco de mise en scéne no sienta mal, a mi juicio, en una experiencia de esta naturaleza.

Mientras hablaba, había cerrado la caja, unida por medio de dos cables con los elementos de una pila colocada sobre un estante.

– Las corrientes neutras helicoidales —continuó—, por ser neutras, tienen naturalmente la propiedad de rechazar todos los cuerpos sin excepción, hállense esos cuerpos más o menos electrizados. Por otra parte, siendo helicoidades, adoptan una forma helicoidal; hasta un niño comprendería esto…

Cerrado el circuito, dejóse oír un suave rumor en la caja, y una luz azulada brotó de la ampolla exterior. Casi en seguida tomó esta ampolla un movimiento de rotación, que, lento al principio, fue acelerándose de segundo en segundo hasta llegar pronto a ser absolutamente vertiginoso.

Zephyrin Xirdal contempló durante algunos momentos aquella ampolla y después, su mirada, siguiendo una dirección paralela al eje del reflector metálico, se perdió en el espacio.

A primera vista no parecía que la acción de la máquina se revelase por ningún signo material; pero observando atentamente, habría podido notarse un fenómeno bastante singular. Las tenues partículas de polvillo en suspensión en la atmósfera se habían puesto en contacto con los bordes del reflector metálico, y giraban con violencia, formando un cono truncado, cuya base se apoyaba sobre la circunferencia del reflector, y a los dos o tres metros de la máquina este cono se convertía en un cilindro de algunos centímetros de diámetro, y ese cilindro de polvo persistía en el exterior, al aire libre, a pesar de una brisa bastante viva, hasta el momento en que desaparecía en las lejanías.

– Tengo el honor, señores, de anunciaros que todo marcha perfectamente —formuló Zephyrin Xirdal, sentándose sobre su única silla y encendiendo una gran pipa.

Media hora más tarde detenía el funcionamiento de la máquina, que volvió a poner en marcha muchas veces en aquel día y en los siguientes, teniendo cuidado de dirigir el reflector en cada una de las experiencias hacia un punto diferente del espacio. Durante diecinueve días procedió de esta suerte con absoluta precisión.

Acababa el día vigésimo de poner su máquina en acción y de encender su fiel pipa, cuando el demonio de las invenciones se apoderó una vez más de su cerebro. Una de las consecuencias de esa teoría de la destrucción perpetua de la materia, que sucintamente había expuesto a Monsieur Robert Lecoeur, se impuso a su espíritu De repente, como le acontecía de ordinario, acababa de concebir el principio de una pila eléctrica capaz de regenerarse a sí misma por virtud de reacciones sucesivas, la última de las cuales reduciría los cuerpos descompuestos a su estado primitivo. Semejante pila funcionaría evidentemente hasta la desaparición total de las sustancias empleadas, y hasta su transformación íntegra en energía. Era prácticamente el movimiento continuo.

– ¡Canario…! ¡Pero…! ¡Canario! —balbució Zephyrin Xirdal, presa de gran emoción.

Reflexionó, como él sabía reflexionar, es decir, proyectando sobre un solo punto toda la fuerza vital de su organismo.

– Basta de objeciones —dijo al fin, traduciendo en voz alta el resultado de su esfuerzo interior—. Preciso es ensayar al instante.

Zephyrin Xirdal cogió su sombrero, bajó sus seis pisos y se precipitó en casa de un carpintero, a quien explicó de un modo claro y terminante lo que deseaba.

Dada la explicación con orden de que lo ejecutaran sobre la marcha, fuese a casa de un fabricante de productos químicos, donde era muy conocido; eligió allí veintisiete botecillos, que el empleado envolvió en un paperfuerte, atando el todo con una cuerda resistente.

Terminado el embalaje, disponíase Zephyrin Xirdal a penetrar en su casa, con el paquete en la mano, cuando a la puerta misma de la tienda hallóse frente a frente con uno de sus raros amigos, bacteriólogo de positivo mérito. Xirdal, abstraído en sus sueños, no vio al bacteriólogo, pero éste vio a Xirdal.

– ¡Hola, Xirdal! —exclamó, entreabiertos los labios, con una alegre sonrisa—. ¡Vaya un encuentro!

A esta voz bien conocida, el interpelado consintió en abrir los ojos sobre el mundo exterior.

– ¡Hola! —repitió como un eco—. ¡Marcel Leroux!

– El mismo, amigo Xirdal.

– ¿Y qué tal…? Contentísimo de verle, ya lo sabe.

– Pues estoy como un hombre que se halla a punto de tomar el tren. Tal y como usted me ve, con este saquito en bandolera, en el cual llevo tres pañuelos y varios otros artículos por el estilo, corro a la playa a darme un hartazgo de aires puros por ocho días. —¡Muy bien hecho! —exclamó Zephyrin Xirdal.

– De usted depende hacer lo mismo. —Tiene usted razón.

– A menos que no se halle en este momento retenido en París.

– En manera alguna.

– ¿No tiene usted nada que hacer? ¿No hay ninguna experiencia pendiente…?

Xirdal buscó con la mejor buena fe en sus recuerdos.

– Nada absolutamente —contestó.

– En ese caso, véngase usted; no le vendrá mal ocho días de vacaciones; ¡qué bien lo pasaríamos!

– Sin contar —interrumpió Xirdal— que podría aprovecharme de ello para dilucidar un punto que me preocupa, a propósito de las mareas. Hállase esto ligado con problemas generales que tengo en estudio. En ello precisamente estaba yo pensando en el momento de encontrarnos —afirmó con la mayor sinceridad. —¿Viene usted entonces? —Sí.

– En marcha, pues… Pero ahora pienso que tendríamos que pasarnos antes por su casa…, y no sé si la hora del tren…

– Es inútil; yo tengo aquí todo lo que me hace falta.

Y el distraído mostraba con la mirada el paquete de los veintisiete botecillos.

– ¡Perfectamente! —dijo alegremente Marcel Leroux.

Ambos amigos se pusieron en marcha a grandes pasos, en dirección de la estación del ferrocarril.

– Usted comprende, mi querido Leroux; yo supongo que la tensión superficial…

Unas personas que se cruzaron con ellos obligaron a ambos amigos a separarse uno de otro, y el resto de la frase de Xirdal se perdió en el barullo de los carruajes.

Importábale esto muy poco a Zephynn Xirdal, que prosiguió imperturbable su explicación, dirigiéndose sucesivamente a una serie de transeúntes, quienes le miraban con gran sorpresa. No se daba de ello cuenta el orador, y persistía en discurrir con elocuencia, sin dejar de hender las olas humanas del océano parisiense.

Y durante este tiempo, mientras que Xirdal, abstraído en su nueva chifladura, se alejaba a grandes pasos hacia el tren, que le llevaría lejos de la ciudad, en la calle Cassette, en una habitación de sexto piso, una caja negruzca, de aspecto inofensivo, continuaba moviéndose discretamente; un reflector metálico continuaba proyectando su luz azulada, y el cilindro de polvillo continuaba arrollándose, tan rígido y tan frágil, en el espacio desconocido.

Abandonada a sí misma la máquina, que Zephiryn Xirdal había olvidado detener, ignorando a la sazón hasta su existencia, proseguía ciegamente su oscuro y misterioso trabajo.

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