César Cascabel · Parte 3
CAPÍTULO V
EN LAS ISLAS LIAKHOFF
xisten en aquellos parajes del mar ÁrE tico tres archipiélagos, designados con el nombre genérico de Nueva Siberia, que comprenden las islas Lizig, las de Anjou y las de Liakhoff. Este último, el más próximo al continente asiático, está formado por un grupo situado entre los 73° y 75° de latitud Norte, y los 135° 140° de longitud Este, en una extensión de cuarenta y nueve mil kilómetros cuadrados. Entre las principales islas pueden citarse las de Kotelnyï, Bliyni, Malyi y Belaoff.
Territorios áridos, sin árboles, sin producciones del suelo, apenas se descubre una vegetación rudimentaria durante las pocas semanas del verano; nada más que huesos de cetáceos y de mamuts, aglomerados desde el período de la formación geológica, y madera fósil en gran cantidad; tales son los archipiélagos de Nueva Siberia.
Las islas Liakhoff fueron descubiertas en los primeros años del siglo XVIII.
El personal de la Belle Roulotte había venido a tomar tierra después de haber derivado durante cuarenta días y un recorrido de tres mil a tres mil quinientos kilómetros, en Kotelnyï, la más importante y la más meridional del grupo, a cuatrocientos kilómetros aproximadamente del continente. Al Sudoeste, sobre el litoral siberiano, se abría la vasta bahía del Lena, ancha cortadura por la cual las aguas de este río, uno de los más caudalosos del Asia septentrional, se precipitan en el mar Ártico.
Como se ve, el archipiélago de las Liakhoff es la última Thule de las regiones polares de esta longitud. Más allá, hasta el infranqueable límite del banco de hielo, los navegantes no han reconocido tierra alguna.
Quince grados más arriba está el Polo Norte.
Los náufragos habían sido, pues, arroja dos a los confines del mundo, aunque fuese en una latitud menos elevada que las del
Spitzberg y los territorios septentrionales de
América.
En suma: la familia Cascabel había hecho hacia el Norte más camino que el que comprendía su primer itinerario; se había acercado constantemente a la Rusia europea. Aquellos centenares de kilómetros franqueados desde Port Clarence le habían ocasionado menos fatigas que peligros. La deriva que hicieron en aquellas condiciones, era otro tanto camino ahorrado a través de regiones casi impracticables durante el invierno.
Y quizá no habría motivo para quejarse, si por una última fatalidad el señor Sergio y sus compañeros no hubiesen caído en manos de los indígenas de las Liakhoff. ¿Obtendrían su libertad, o la recobrarían por la fuga? Era dudoso. Poco tardarían en saberlo, y cuando supieran a qué atenerse, sería tiempo de tomar un partido según las circunstancias.
La isla Kotelnyï está habitada por una tribu de origen finés que cuenta doscientas cincuenta o trescientas almas, entre hombres, mujeres y niños.
Los indígenas, de aspecto repugnante, son de los menos civilizados entre aquellos pueblos del litoral, Chukchis, lukaguirs y samoyedos. Su idolatría sobrepuja a cuanto pueda imaginarse, a despecho de la abnegación de los hermanos moravos, que no han podido nunca triunfar de las supersticiones de aquellos neosiberianos, ni de sus instintos naturales de rateros y ladrones.
La principal industria del archipiélago de las Liakhoff es la pesca de los cetáceos que frecuentan en gran número aquellos lugares del mar Ártico, y la de las focas, que son casi tan abundantes como en la isla de Behring durante la estación del calor.
El invierno es muy duro en aquellas latitudes de Nueva Siberia. Los indígenas habitan o más bien se entierran en el fondo de oscuros agujeros abiertos bajo el montón de las nieves. Aquellos agujeros están a veces divididos en cámaras donde no es fácil mantener una temperatura bastante alta. Queman madera fósil, que puede compararse con la hulla, de la que estas islas poseen yacimientos considerables, sin contar las osamentas de cetáceos, empleadas igualmente como combustible. Una abertura hecha en el techo de aquellos trogloditas, sirve de salida a los humos de sus hogares. Así es que a primera vista parecen salir del suelo los vapores semejantes a los que se escapan de las solfataras
La carne de reno forma principalmente la base de su alimentación. Estos rumiantes habitan los islotes y las islas del archipiélago, en rebaños considerables. Además, las antas entran por mucho en su consumo alimenticio, así como el pescado seco, del que se hacen provisiones antes del invierno. Resulta de ahí que los neosiberianos no deben temer los ataques del hambre.
En el grupo de las Liakhoff reinaba entonces un jefe, llamado Tchu Tchuk, y gozaba de un poder omnipotente sobre sus súbditos. Sometidos al régimen de la monarquía absoluta, difieren esencialmente éstos de los esquimales de la América rusa, que viven en una especie de igualdad republicana. Y se alejan todavía más de aquéllos por sus costumbres salvajes, su carácter inhospitalario, del que los balleneros han tenido a menudo motivo para quejarse. En efecto: ¡más de una vez habrían de echar de menos nuestros amigos a las honradas gentes de Port Clarence!
Lo cierto es que la familia Cascabel no había podido caer en peores manos. ¡Después de la catástrofe del estrecho de Behring, ir precisamente a abordar en el archipiélago de las islas Liakhoff, y encontrarse en contacto con tribus tan poco sociables, era verdaderamente traspasar los límites de la mala suerte!
Cascabel no ocultaba la contrariedad que sufría al verse rodeado de unos cien naturales del país, aullando, gesticulando y amenazando a los náufragos que los azares de aquel viaje habían puesto en su poder.
– ¡Eh! ¿Qué es lo que quieren estos monos?– gritó después de haber rechazado bruscamente a los que le asediaban más de cerca.
– ¡A nosotros, padre! –respondió Juan.
– ¡Vaya una manera de acoger a los viajeros...! ¿Tendrán acaso intención de devorarnos?
– No; pero probablemente querrán tenernos prisioneros en su isla.
– ¿Prisioneros?
– ¡Sí, como lo han hecho con dos marineros que han llegado antes que nosotros...!
Juan no pudo dar explicaciones más completas. Una docena de indígenas acababa de coger al señor Sergio y sus compañeros. Fue necesario, de buena o de mala gana, seguirles al pueblecito de Turkef, capital del archipiélago.
Mientras tanto, otros veinte se dirigían a la Belle Roulotte, de la que se escapaba una ligera humareda, que un resto de luz permitía distinguir hacia el Este.
Un cuarto de hora después, los prisioneros habían llegado a Turkef y fueron introducidos en el interior de una grosera excavación abierta bajo la nieve.
– La prisión de la localidad, sin duda – observó César Cascabel, cuando los dejaron solos alrededor de un hogar encendido en el centro de aquel reducto.
Lo primero que se hizo fue escuchar la narración que Juan y Kayette hicieron de sus aventuras.
El bloque de hielo que les llevaba había seguido la dirección del Oeste, después de haber desaparecido detrás de los bloques que derivaban. Juan tenía a la india entre sus brazos, temiendo que fuese derribada por los choques. Carecían de víveres, iban a verse sin abrigo durante algunas horas, pero al menos se encontraban juntos. Acurrucados el uno junto al otro, tal vez no sentirían ni el frío ni el hambre. Llegó la noche. Si no podían verse, podían oírse. Las horas transcurrieron en angustias continuas, con el temor de verse sumergidos a cada paso.
Después reaparecieron los pálidos rayos del día, en el momento en que acababan de chocar con el icefield.
Juan y Kayette se aventuraron a través del inmenso campo de hielo; marcharon largo tiempo, y habiendo llegado a la isla de Kotelnyï, cayeron en manos de los indígenas.
– ¿Y dices, Juan –preguntó el noble ruso–, que hay otros náufragos prisioneros?
– Sí, señor –respondió Juan.
– ¿Los habéis visto?
– Señor Sergio –terció aquí Kayette–, he podido comprender a estos indígenas, porque hablan el ruso y han hecho alusión a los marineros que están detenidos en su aldea.
El lenguaje de las tribus septentrionales de la Siberia es con corta diferencia el de Rusia, y el noble ruso podría entenderse fácilmente con los habitantes de las Liakhoff. Pero, ¿qué podría esperar de aquellos rateros que, rechazados de las provincias, bastante pobladas, de la desembocadura de los ríos, se han refugiado en el fondo de los archipiélagos de Nueva Siberia, donde no tienen nada que temer de la Administración moscovita?
César Cascabel no cesaba de renegar desde el momento en que había perdido la libertad de ir y venir donde quería. Temía, no sin razón, que la Belle Roulotte sería descubierta, asaltada por aquellos tunantes, robada, destruida quizá. Verdaderamente no valía la pena de haber escapado al deshielo del estrecho de Behring para venir a ser presa de aquella gusanera polar.
– ¡Vamos, César –le conminó Cornelia–, tranquilízate! ¡Aún podrían ocurrirnos mayores desgracias!
– ¿Peores, Cornelia?
– ¡Sin duda, César! ¿Qué dirías si no hubiéramos encontrado a Juan y a Kayette? Pues bien; ahí están los dos, y todos estamos vives... ¡Piensa en los peligros que hemos corrido, y de los que afortunadamente hemos escapado por milagro! Yo creo que en lugar de encolerizarse, hay que dar gracias a la Providencia
– ¡Y se las doy, Cornelia; se las doy desde el fondo de mi alma! ¡Pero creo tener el derecho de maldecir del diablo que nos ha arrojado entre las uñas de estos miserables! ¡Parecen más bien bestias que criaturas humanas!
Cascabel tenía razón, pero a Cornelia tampoco se le podía negar su parte. No faltaba ni uno de los huéspedes de la Belle Roulotte; los mismos que habían partido de Port Clarence se encontraban en la aldea de Turkef.
– ¡Sí, en el fondo de un agujero de lobos o de topos! –murmuró papá Cascabel–. ¡Una fosa que no querría para madriguera de un oso bien educado!
– ¡Calla...! –exclamó de pronto Sandre–. ¿Y Clou?
En efecto, ¿qué había sido del pobre mozo, a quien dejaron al cuidado de la Belle Roulotte? ¿Habría arriesgado su vida intentando defender la propiedad de su amo? ¿Estaría ya en poder de los salvajes?
Y después que Sandre recordó a la familia al pobre Clou:
– ¿Y Jako...? –dijo Cornelia.
– ¿Y John Bull...? –añadió Napoleona.
– ¿Y nuestros perros...? –continuó Juan.
Pero su inquietud tenía por principal objeto a Clou de Girofle. El mono, el papagayo, Wagram y Marengo sólo ocupaban un lugar secundario.
En aquel momento se oyó fuera un gran tumulto.
Era una mezcla de exclamaciones, a las cuales se unían los ladridos de los dos perros. Casi al mismo tiempo el orificio que daba entrada a la excavación se abrió bruscamente. Wagram y Marengo saltaron al interior, y detrás de ellos apareció Clou de Girofle.
– ¡Heme aquí, patrón –gritó el pobre diablo–, a menos que no sea yo..., porque no sé ya en dónde estoy!
– Precisamente en donde nosotros estamos
– replicó Cascabel, tendiéndole la mano.
– ¿Y la Belle Roulotte...? –preguntó vivamente Cornelia.
– ¿La Belle Roulotte? –respondió Clou–. Bien; esos caballeros la han descubierto bajo la nieve, se han enganchado como bestias, y la han conducido a su aldea.
– ¿Y Jako? –preguntó Sandre.
– Jako también.
– ¿Y John Bull? –añadió Napoleona.
– ¡John Bull lo mismo!
Menos mal; puesto que la familia Cascabel estaba detenida en Turkef, valía más que su casa también lo estuviese, aunque corriera el peligro de ser saqueada.
Entretanto, el hambre comenzaba a hacerse sentir, sin que los indígenas diesen señales de preocuparse por la alimentación de los prisioneros. Felizmente, el previsor Clou había tenido la precaución de llenarse los bolsillos. Sacó de ellos algunas latas de conservas que debían bastar para las primeras comidas, y después de haberse arrollado bien en sus abrigos, cada cual se durmió como pudo en medio de una atmósfera que el humo del hogar volvía casi irrespirable.
Al siguiente día el conde ruso y sus compañeros fueron extraídos de su reducto, y por más que el frío fuese extremadamente vivo, aspiraron el aire exterior con placer inexplicable.
Enseguida se vieron conducidos a presencia de Tchu Tchuk. Este personaje, de fisonomía astuta y poco seductora, ocupaba una especie de habitación subterránea más vasta y cómoda que las madrigueras de sus súbditos. Esta cabaña estaba abierta al pie de una roca cubierta de nieve, cuyo vértice representaba con bastante exactitud la cabeza de un oso.
Tchu Tchuk podía tener unos cincuenta años. Su rostro imberbe, iluminado por ojos pequeños, vivos como ascuas, estaba animalizado, si podemos servirnos de esta expresión, por los agudos colmillos que levantaban sus labios. Sentado sobre un montón de pellejos, vestido de pieles de reno, calzado con botas de cuero de foca y cubierto con un capuchón de pelo, balanceaba lentamente la cabeza.
– Tiene el aire de un viejo marrullero – murmuró César Cascabel.
A su lado se mantenían dos o tres notables de la tribu. Fuera, aguardaban unos cincuenta indígenas vestidos sobre poco más o menos como su jefe, y cuyo sexo no podía reconocerse bajo sus vestiduras, tanto en los hombres como en las mujeres de Nueva Siberia.
Y, desde luego, adivinando, sin duda, la nacionalidad del señor Sergio, se dirigió a él en idioma ruso muy comprensible:
– ¿Quién sois?
– Un súbdito del zar –respondió el conde, pensando que aquel título imperial tal vez impusiera a aquel soberano del archipiélago.
– ¿Y esos otros? –añadió Tchu Tchuk, señalando a los miembros de la familia Cascabel.
– Franceses –hizo saber Sergio.
– ¿Franceses? –replicó el jefe, como si nunca hubiera oído hablar de un pueblo o de una tribu de aquel nombre.
– Sí, sí, franceses... Franceses de Francia, ¡canalla! –gritó papá Cascabel.
Pero dijo esto en su propia lengua, y con la libertad de palabra de un hombre que está seguro de no ser comprendido.
– ¿Y aquélla...? –preguntó Tchu Tchuk, señalando a Kayette, porque no se le había escapado que la joven debía ser de otra raza.
– Una india –respondió ahora el señor Sergio.
Y entonces se entabló una conversación muy animada entre el conde y él; conversación de la que aquél tradujo los principales pasajes a la familia Cascabel.
En definitiva, el resultado de la entrevista fue que los náufragos debían considerarse como prisioneros y que permanecerían en la isla Kotelnyï hasta tanto que hubiesen pagado en buena moneda rusa un rescate de tres mil rublos.
– ¿Y dónde quiere que pesquemos esa cantidad, hijo de la Osa Mayor? –gritó César Cascabel– Los tunantes han debido robar todo lo que quedaba de vuestro dinero, señor Sergio.
Tchu Tchuk hizo una señal, y los prisioneros fueron reconducidos al exterior. Estaban autorizados para pasearse por la aldea, a condición de no alejarse demasiado, y desde el primer día se dieron cuenta de que se les vigilaba muy de cerca. Por otra parte, de aquella época, en pleno invierno, les hubiera sido imposible huir para ganar el continente.
El señor Sergio y sus compañeros se dirigieron inmediatamente a la Belle Roulotte. Allí se apretaban unos contra otros un gran número de indígenas, extasiados delante de John Bull, que les gratificaba con sus mejores muecas. No habiendo visto nunca monos, se figuraban, sin duda, que aquel cuadrúmano de pelo rojo formaba parte de la raza humana.
– ¡Ellos sí que son unos micos! –increpó Cornelia.
– Sí, pero deshonran la raza –gruñó, furioso también, el buen Cascabel.
Y, después de reflexionar un rato, añadió:
– ¡Me he equivocado al decir que estos salvajes eran monos! Les son inferiores en todos aspectos, y te pido perdón, mi pequeño John Bull.
Y John Bull respondió dando una voltereta. Pero cuando uno de los indígenas quiso cogerle la mano, le mordió hasta hacerle saltar sangre.
– ¡Bravo, John Bullí ¡Duro, duro, muerde firme! –gritó Sandre.
Sin embargo, aquello pudo haber concluido mal para el pobre mono, que hubiera pagado caro su mordisco si la atención de los naturales no hubiese sido atraída por la aparición de Jako, cuya jaula había sido abierta, y que se paseaba balanceándose sobre sus patas.
Los papagayos tampoco eran conocidos en los archipiélagos de Nueva Siberia. Nadie había visto jamás un volátil de aquella especie, con los vivos colores en su plumaje, sus ojos redondos en forma de antiparras y su pico encorvado como un garabato.
¡Y qué efecto tan sorprendente produjo Jako cuando salieron de su pico algunas palabras claramente articuladas!
Con gran estupor de los indígenas, el locuaz animal desplegó todas las galas oratorias de su repertorio.
¡Un pájaro que hablaba...! Y he aquí que aquellos supersticiosos salvajes se arrojaron a tierra, tan espantados como si aquellas palabras se hubieran escapado de la boca de sus divinidades.
César Cascabel, que se divertía en excitar al loro, le gritaba, colmándole de caricias:
– Anda, Jako, anda, no te cortes; diles zut a estos imbéciles.
Y Jako decía zut con una voz tan parecida al sonido de una corneta, que los indígenas concluyeron por escapar, dando muestras del más vivo terror.
La familia no cesaba de reír, a despecho de sus vivas inquietudes.
– Vamos, vamos –añadió Cascabel recobrando un poco de su buen humor–, el diablo ha de andar en ello si no logramos escapar de este rebaño de brutos.
Los prisioneros quedaron solos, y puesto que parecía que Tchu Tchuk dejaba la Belle Roulotte a su disposición, no podían hacer otra cosa mejor que reintegrarse a su morada habitual. Sin duda aquellos neosiberianos la encontraban muy inferior a sus agujeros abiertos en la nieve.
A decir verdad, el vehículo no había sido despojado sino de ciertos objetos sin importancia, aparte del dinero que aún quedaba al conde ruso, dinero que César Cascabel se prometía no abandonar, ni aun bajo la forma de rescate.
Era para ellos una suerte volverse a ver en el salón, el comedor y demás habitaciones de la Belle Roulotte, en lugar de habitar las infectas madrigueras de Turkef.
Nada faltaba. Los colchones, mantas, almohadas, utensilios y provisiones de conservas no habían tenido, según parece, el honor de agradar a los señores y señoras de la isla.
Si había forzosamente que invernar, espiando siempre la ocasión de escaparse de la isla de Kotelnyï, en ninguna parte podrían pasarlo mejor.
Entretanto, puesto que se les dejaba entera libertad de ir y venir, el señor Sergio y sus compañeros resolvieron ponerse en relación con los dos marineros, que sin duda un naufragio había arrojado al archipiélago de las Liakhoff.
Tal vez, concertándose con ellos, podrían engañar la vigilancia de Tchu Tchuk y huir cuando se presentase una circunstancia favorable.
Se empleó el resto del día en poner en orden el interior de la Belle Roulotte. Trabajo ímprobo que hizo quemarse la sangre a la cuidadosa Cornelia, que ocupó en la operación, durante el resto del día, a Kayette, Napoleona y Clou.
El buen Cascabel, desde que tomó la resolución de jugar una mala partida a Su Majestad Tchu Tchuk, había recobrado su antiguo buen humor, tan comprometido por los últimos reveses de la suerte.
Al día siguiente, el señor Sergio y él marcharon en busca de los dos marineros. Éstos debían gozar probablemente de la misma libertad que ellos.
En efecto, así era, y el encuentro tuvo lugar a la puerta del reducto que ocupaban a la extremidad del lugar, sin provocar oposición de los indígenas.
Estos marineros, de treinta y cinco años de edad el uno, y de cuarenta el otro, eran de origen moscovita.
Sus facciones consumidas, su rostro famélico, sus vestidos de marinos, forrados de pieles hechas pedazos, atormentados por el hambre tanto como por el frío; la cara apenas visible bajo una espesa cabellera y una barba en desorden, todo contribuía a darles el aspecto más miserable.
Eran, sin embargo, hombres recios, vigorosamente constituidos y que, llegando la ocasión, podrían ser excelentes auxiliares. Pero no parece que tenían muchos deseos de entrar en relaciones con aquellos extranjeros, de cuya llegada a la isla de Kotelnyï habían ya tenido conocimiento, por más que la identidad de situación y el deseo común de salir de ella, hubiera debido acercarles a la familia Cascabel.
El señor Sergio interrogó a aquellos dos hombres en ruso.
El de más edad declaró llamarse Ortik, y el más joven, Kirschef. Después de cierta vacilación, se decidieron a contar su historia.
– Somos marineros del puerto de Riga –dijo Ortik–. Hace un año nos embarcamos a bordo del ballenero Seraski para una campaña de pesca en el mar Ártico. Por desgracia, al fin de la estación, nuestro buque no pudo llegar a tiempo al estrecho de Behring, y fue cogido por los hielos, quedando aplastado al Norte de las islas Liakhoff. Toda la tripulación pereció, a excepción de Kirschef y yo, que, después de meternos en una embarcación, fuimos arrojados por la tempestad contra las islas de Nueva Siberia, donde caímos en poder de los indígenas.
– ¿En qué época fue eso? –preguntó el noble ruso.
– Hará unos dos meses.
– ¿Y qué acogida os dispensaron?
– La misma que a vosotros, sin duda – respondió Ortik–. Somos prisioneros de Tchu Tchuk, que no nos dará la libertad sin rescate.
– ¿Y de dónde nos lo proporcionaremos? – añadió Kirschef.
– A menos –sugirió Ortik con brusco tono – que vosotros tengáis dinero para todos, porque, según creo, somos compatriotas...
– En efecto –asintió el noble–; pero el dinero que poseíamos ha sido robado por los indígenas, y nos encontramos tan faltos de recursos como vosotros.
– ¡Tanto peor! –barbotó Ortik.
Después dieron algunos detalles sobre su manera de vivir. Aquella cavidad estrecha y oscura les servia de morada, y, aunque sin cesar de vigilarlos, se les dejaba cierta libertad. Sus vestidos estaban hechos jirones, no tenían otro alimento que el habitual de los indígenas, y apenas si bastaba para sostenerlos. Además, creían que la vigilancia sería mucho más severa a la vuelta de la buena estación, cuando fuera más fácil evadirse.
Como bastaría apoderarse de una canoa para pasar el continente, es seguro que los indígenas desconfiarían más, y hasta llegarían a encerrarlos.
– Pero la buena estación –dijo el señor Sergio– no vendrá antes de cuatro o cinco meses, y continuar prisioneros hasta entonces...
– ¿Tenéis, pues, algún medio de escapar? – preguntó, vivamente, Ortik.
– Por el momento, no –respondió el noble ruso–. Entretanto, es lo más natural que nos ayudemos mutuamente. Parece que habéis sufrido mucho, amigos míos, y si podemos seros útiles...
Los dos marineros dieron gracias a su compatriota, sin demostrar gran entusiasmo por su ofrecimiento. Si de vez en cuando, dijeron, quería procurarles algún alimento un poco mejor que el que tenían, se lo agradecerían. No pedían más, a menos que no quisiera regalarles algunas pieles para abrigarse. En cuanto a vivir juntos..., ¡no! Preferían habitar su agujero, prometiendo ir algunas veces a visitar a la familia.
El señor Sergio y Cascabel, que había comprendido algunas palabras de aquella conversación, se despidieron de los dos marineros.
Aunque aquellos hombres tuviesen una fisonomía poco simpática, no era esto una razón para no acudir en su ayuda. Los náufragos se deben entre sí socorro y asistencia. Se les aliviaría, pues, en lo posible, y, si se presentaba alguna ocasión de huir, el noble ruso no les abandonaría. Eran compatriotas suyos... ¡Eran hombres como él!
Quince días transcurrieron, durante los cuales se fueron acostumbrando a su nueva situación.
Cada mañana tenían la obligación de comparecer ante el soberano indígena y sufrir sus reclamaciones sobre el rescate que se les exigía. Se ponía furioso, los amenazaba. Ponía a los ídolos por testigos de que no era para él, sino para ellos, el tributo que por su libertad reclamaba.
– ¡Viejo maula! –gritaba Cascabel–. ¡Empieza por devolver el dinero que nos has robado...! ¡Después veremos...!
En resumen, el porvenir no dejaba de ser inquietante.
Siempre era de temer que pusiese en ejecución sus amenazas aquel Tchu Tchuk o más bien Chu-Chu, como le llamaba César Cascabel, por más que aquel nombre amistoso «le sentase como un sombrero de pastor a un english de cabellos amarillos».
Y continuamente se ingeniaba por encontrar el medio de jugarle alguna de las suyas. ¿Pero cuál...? Buscaba, y no encontraba. Así es que se preguntaba si su saco estaría vacío; y por el tal saco entendía su cerebro.
En verdad el hombre que se había permitido tener la hermosa idea, tan atrevida como desgraciada, de volver de América a Europa por el camino de Asia, tenía razón en decirse que no era más que un animal al ver su carencia de iniciativa.
– ¡No, César, no! –le repetía Cornelia–. ¡Al fin concluirás por imaginar algo bueno...! ¡Ya verás cómo se te ocurre cuando menos lo pienses...!
– ¿Lo crees así?
– ¡Estoy segura!
¿No era conmovedor ver la imperturbable confianza que mamá Cornelia tenía en el genio de su marido, a pesar de su desventurado proyecto de viaje?
Por lo demás, el señor Sergio estaba allí para dar ánimos a todos; pero las tentativas que hacía con el objeto de convencer a Tchu Tchuk para que cediera en sus pretensiones, no tenían ningún éxito. Tampoco había motivo para mostrarse impaciente, pues aunque Tchu Tchuk hubiera consentido en devolverles la libertad, la familia Cascabel no hubiera podido abandonar la isla Kotelnyï en pleno invierno y con una temperatura que oscilaba entre treinta y cuarenta grados bajo cero.
Llegó el 25 de diciembre. Cornelia quiso que la Navidad se celebrase con algún esplendor. Este sería sencillamente ofrecer a sus comensales una comida más delicada, más abundante que de costumbre en la que las conservas habrían de hacer el gasto. Además, como no faltaba ni harina ni arroz, la excelente mujer puso todo su cuidado en hacer un gigantesco pastel, cuyo éxito estaba asegurado de antemano.
Los dos marineros rusos fueron invitados a aquella comida, aceptando la invitación. Era la primera vez que penetraban en el interior de la Belle Roulotte.
Al hablar uno de ellos, el llamado Kirschef, el sonido de su voz llamó la atención de Kayette, pareciéndola que no le era desconocida; pero le hubiera sido imposible decir dónde la oyera.
Ni Cornelia, ni Napoleón, ni el mismo Clou simpatizaron con aquellos dos hombres, que parecían cohibidos en presencia de sus semejantes.
Hacia el fin de la comida, a petición de Ortik, el señor Sergio refirió las aventuras de la familia Cascabel en la región de Alaska. Contó cómo había sido recogido por ella, medio muerto, después de la tentativa de asesinato cometida en su persona por la banda de Karnof.
Si su rostro hubiera estado en plena luz, habríase podido ver que aquellos dos marineros cambiaban una singular mirada en el momento en que se trató del crimen. Pero aquel detalle pasó inadvertido, y después de haber tomado su buena parte del pastel, que fue copiosamente regado con vodka, Ortik y su compañero abandonaron la Belle Roulotte.
Apenas se encontraron fuera, uno de ellos dijo:
– ¡Vaya un encuentro...! Este es el ruso que atacamos en la frontera y que aquella condenada india nos impidió acabar...
– ¡Y robar! –replicó el otro.
– ¡Sí...! ¡Los millares de rublos que están ahora en manos de Tchu Tchuk!
De modo que los dos pretendidos marineros eran malhechores que formaban parte de la banda de Karnof, cuyos desmanes habían sembrado el espanto en el Oeste de América. Después de haber errado el golpe contra el señor Sergio, a quien no habían podido reconocer en medio de la oscuridad, lograron llegar a Port Clarence.
Algunos días después, con ayuda de una barca robada por ellos, habían intentado atravesar el estrecho de Behring; pero, arrastrados por las corrientes, después de haber estado a punto de perecer cien veces, habían venido a naufragar sobre la isla principal del archipiélago de las Liakhoff, donde habían sido hechos prisioneros por los indígenas.