Los quinientos millones de la begun

CAPÍTULO XIII

MARCELO BRUCKMANN AL PROFESOR SCHULTZE, STAHLSTADT

Me parece conveniente informar al Rey del Acero de que, afortunadamente, pasé anteayer la frontera de sus posesiones, prefiriendo mi salvación a la del modelo del cañón Schultze.

»Al formularle mi despedida, faltaría a todos mis deberes si no le hiciese conocer, a mi vez, mis secretos; pero esté usted tranquilo, pues no pagará ese conocimiento con la vida.

»No me llamo Schwartz ni soy suizo. Soy alsaciano. Mi nombre es Marcelo Bruckmann. Soy un ingeniero aceptable, si se le ha de creer a usted, y, ante todo, soy francés. Se ha constituido usted en el enemigo implacable de mi país, de mis amigos y de mi familia. Abriga odiosos proyectos contra todo lo que yo amo. Me he atrevido a todo y lo he arriesgado todo por conocerlos, y haré todo lo posible porque fracasen.

»Me apresuro a hacerle saber que su primer disparo no ha logrado su objeto, a Dios gracias, y no lo ha conseguido porque no podía ser. Su cañón no es, ni mucho menos, archimaravilloso, y los proyectiles que arroja, con semejante carga de pólvora, y los que pueda arrojar, no harán mal a nadie. No caerán nunca en ninguna parte. Lo había presentido, y ahora, para mayor gloria de usted, estoy convencido de que Herr Schultze ha inventado un cañón terrible..., enteramente inofensivo.

»Así, pues, tengo la satisfacción de comunicarle que anoche vimos pasar su magnífico obús a las once horas, cuarenta y cinco minutos y cuatro segundos por encima de nuestra ciudad. Se dirigía hacia el oeste, se perdió en el vacío, y continuará gravitando así hasta la consumación de los siglos. Un proyectil animado de una velocidad inicial veinte veces superior a la velocidad actual, es decir, con una velocidad de diez mil metros por segundo, no puede «caer». Su movimiento de traslación, combinado con la atracción terrestre, hace de él un móvil destinado a circular siempre alrededor de nuestro globo.

»No debería usted ignorarlo.

»Espero, además, que el cañón de la Torre del Toro habrá quedado absolutamente deteriorado a causa de ese primer ensayo; pero no resulta demasiado caro pagar un millón de pesetas por darse el gusto de haber dotado al sistema planetario de un nuevo astro y a la tierra de un segundo satélite.

«MARCELO BRUCKMANN.»

Un mensajero partió inmediatamente de France-Ville para Stahlstadt. Se perdonará a Marcelo que no se negara la burlona satisfacción de hacer que llegase sin demora la precedente carta a poder de Herr Schultze.

Marcelo tenía razón, en efecto, cuando decía que el famoso obús, animado de aquella velocidad y traspasando Ja capa atmosférica, no caería sobre la superficie de la tierra; y tenía razón también cuando suponía que, ante aquella enorme carga de piróxilo, el cañón de la Torre del Toro debería quedar inutilizado.

La recepción de aquella carta constituyó para Herr Schultze un golpe terrible en su indomable amor propio. Mientras la leía, se quedó lívido, y, después de haberla leído, dejó caer la cabeza sobre el pecho, como si hubiese recibido un mazazo. No salió de aquel estado de postración hasta que hubo transcurrido un cuarto de hora, y entonces se entregó a un arrebato de ira. ¡Sólo Arminio y Sigimer podrían decir cómo fueron aquellas explosiones!

Sin embargo, Herr Schultze no era hombre que se diese por vencido. Una lucha sin tregua iba a entablarse, pues, entre él y Marcelo. ¿No le quedaban sus obuses cargados de ácido carbónico líquido, que podían ser disparados a corta distancia por unos cañones menos potentes y más prácticos...?

Apaciguado mediante un súbito esfuerzo, el Rey del Acero entró de nuevo en su despacho y reanudó el trabajo.

Estaba bien claro que France-Ville, más amenazada que nunca, no debía descuidarse en lo más mínimo para ponerse a la defensiva.

Телеграмма

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