Un billete de loteria

Capítulo VII

Hasta el día siguiente por la tarde, no debía regresar Joel de Dal, después de haber acompañado hasta la carretera que conducía a Hardanger, al turista a quien servía de guía.

Hulda, sabiendo que su hermano volvería siguiendo las mesetas del Gusta, por la orilla izquierda del Maan, había ido a esperarle al paso del impetuoso río. Se sentó cerca del pequeño pontón que servía de embarcadero del pequeño bote, sumida en sus reflexiones. A la gran inquietud que le causaba el retraso del Viken se añadía ahora una mayor ansiedad. Esta ansiedad había sido causada por la visita de este Sandgoist y por la actitud de su madre hacia él. ¿Por qué, cuando descubrió su nombre, su madre había roto la cuenta y rehusado cobrarle lo que debía? Era un secreto, grave sin duda, que ella ignoraba.

La llegada de Joel sacó a Hulda de sus reflexiones. Lo percibió en seguida, apareciendo y desapareciendo a través de los claros de la montaña, por entre los árboles caídos o quemados. Tan pronto desaparecía bajo las ramas de los pinos, abedules y hayas, como asomaba por entre las hierbas, de los setos. Al fin llegó a la orilla opuesta y subió al bote. Con cuatro golpes de remo franqueó los violentos remolinos del curso de agua, y de un salto alcanzó la orilla, al lado mismo de su hermana.

-¿Ha regresado ya Ole? -le preguntó.

Fue en Ole en quien había pensado antes que nada. Sin embargo, su pregunta quedó sin respuesta.

-¿Ni una carta de él?

-¡Ni una!

Y Hulda irrumpió en sollozos.

-No -exclamó Joel-; no llores, querida hermana, no llores…¡Tus lágrimas me hacen daño…! ¡No puedo consentir que llores… ¡Veamos! ¡Dices que no ha habido carta…! Desde luego, esto empieza a ser inquietante. ¡Pero no es para desesperarse! Mira, si quieres, iré a Bergen. Me informaré…Veré a los señores Help Hermanos. Quizá ellos tengan noticias de Terranova. ¿Por qué el Viken no puede encontrarse anclado en algún puerto a causa de averías o por la necesidad de huir del mal tiempo? Es cierto que el tiempo sopla en borrascas hace más de una semana. Muchas veces se ha visto que buques de Terranova se han refugiado en Islandia o en las Feroe. A Ole mismo le ocurrió, hace dos años, cuando se hallaba a bordo del Strenna. ¡Y no se dispone de correo todos los días para escribir! Te lo digo tal como lo pienso, hermanita. ¡Cálmate…! Si me haces llorar a mí también, ¿qué es lo que vamos a hacer?

-¡Es más fuerte que yo, Joel!

-¡Hulda…! ¡Hulda…! ¡No te descorazones…! ¡Te aseguro que yo, por mi parte, no desespero!

-¿Debo creerte, Joel?

-¡Sí, debes creerme! Pero, para tranquilizarte, ¿quieres que vaya mañana a Bergen…? ¿Esta noche, si quieres?

-¡No quiero que me dejes…! ¡No…! ¡No lo quiero! -contestó Hulda, abrazándose a su hermano como si no tuviera a nadie más en el mundo.

Los dos tomaron el camino de la hostería, pero empezó a llover y el viento era tan violento, que tuvieron que refugiarse en la cabaña del barquero, a un centenar de pasos de la orilla del Maan.

Allí, esperaron que la tempestad se calmara un poco. Joel tenía necesidad de hablar. El silencio le parecía más desesperante de lo que él podía decir, aún cuando no fueron palabras alentadoras.

-¿Y nuestra madre? -dijo.

-¡Cada día más triste! -contestó Hulda.

-¿No ha venido nadie durante mi ausencia? -preguntó Joel.

-Sí, un viajero, que ya se ha marchado.

-Entonces, ¿en este momento no tenemos ningún turista en la hostería y nadie ha pedido por un guía?

-No, Joel.

-Mejor, pues prefiero no dejarte ahora. Por otra parte, si continúa el mal tiempo, me temo que este año los turistas renunciarán a recorrer el Telemark.

-¡Sólo estamos en abril, hermano!

-Sin duda, pero tengo el presentimiento de que la temporada no será buena para nosotras. ¡En fin, ya lo veremos! Pero, dime, ¿fue ayer cuando este viajero se marchó de Dal?

-Sí, por la mañana.

-Y, ¿quién era?

-Un hombre que venía de Drammen, donde vive, al parecer, y que se llama Sandgoist.

-¿Sandgoist?

-¿Lo conoces?

-No -contestó Joel.

Hulda se había preguntado si explicaría a su hermano todo lo que había pasado en la hostería durante su ausencia. Cuando Joel supiese con qué desfachatez se había comportado aquel hombre, como parecía calcular el valor de la casa y del mobiliario, la actitud que la señora Hansen había tomado al respecto, ¿qué se imaginaría? ¿No pensaría que su madre debía tener razones muy fuertes para comportarse como lo había hecho? Y, ¿cuáles eran estas razones? ¿Qué podía haber en común entre ella y aquel Sandgoist? En todo ello existía un secreto amenazador para toda la familia. Joel querría conocerlo, interrogaría a su madre, la colmaría de preguntas…La señora Hansen, tan poco comunicativa, tan refractaria a las efusiones, querría guardar silencio tal como lo había hecho hasta entonces. La situación entre ella y sus hijos, ya bastante triste, volveríase más penosa todavía.

Pero, ¿podía Hulda tener secretos para Joel? Hubiera sido como una paja en la amistad de hierro que los unía el uno al otro. ¡No! Nada podía hacer que esta amistad se rompiera.

-¿Tú no oíste nunca hablar de este Sandgoist, cuando ibas a Drammen? -prosiguió ella.

-Nunca.

-Pues bien, debes saber, Joel, que nuestra madre lo conocía ya, al menos de nombre.

-¿Conocía a Sandgoist?

-Sí, hermano.

-¡Pero, si nunca le he oído pronunciar este nombre!

-Pues lo conocía, aún cuando no lo había visto antes de su visita de anteayer.

Y Hulda le contó todos los incidentes que habían marcado la permanencia del viajero en la hostería, sin olvidar el acto singular de la señora Hansen en el momento de la partida de Sandgoist. Y al finalizar su relato se apresuró a añadir:

-Pienso, Joel, que es mejor no preguntar nada a nuestra madre. Ya la conoces. Esto lo haría más desgraciada aún. El tiempo nos dirá, sin duda, lo que esconde en su pasado. ¡Que el cielo nos devuelva pronto a Ole, y si existe alguna aflicción que amenace nuestra familia, que al menos seamos tres a compartirla!

Joel había escuchado a su hermana con profunda atención. ¡Sí! Entre la señora Hansen y aquel Sandgoist debían de existir razones graves que ponían a la una merced del otro. ¿Podía dudarse que aquel hombre había venido a inventariar la hostería de Dal? ¡Por supuesto que no! Y la cuenta rota en el momento de su marcha -que a él le había parecido la cosa más natural- ¿que podía significar?

-Tienes razón, Hulda -dijo Joel-, no hablaré de nada con nuestra madre. Quizá se arrepienta de no haberse confiado a nosotros. ¡Mientras no sea demasiado tarde! ¡Cómo debe sufrir, pobre madre! ¡Pero es obstinada! ¡No comprende que el corazón de sus hijos está hecho para recibir sus penas!

-Un día llegará a comprenderlo, Joel.

Sí. Por esto debemos esperar. ¡Pero entonces, nadie me impedirá que averigüe quién es este individuo! ¿Quizá el señor Helmboe lo conoce? Se lo preguntaré la primera vez que vaya a Bamble y, si es necesario, llegaré hasta Drammen. Allí, no me será difícil saber al menos lo que hace este hombre, a qué genero de negocios se dedica, qué piensa la gente de él.

-Nada bueno, estoy segura -contestó Hulda-. Tiene una expresión maligna en su cara, su mirada es perversa. Me sorprendería mucho que tuviera un alma generosa bajo su aspecto grosero.

-Vamos -repuso Joel-, no debemos juzgar a las gentes por su apariencia. Me parece que si lo contemplaras cogida del brazo de Ole, le encontrarías una cara más agradable a este Sandgoist.

-¡Mi pobre Ole! -murmuró la muchacha.

-¡Volverá, ya vuelve, ya está en camino! -exclamó Joel-. Has de tener confianza, Hulda. Ole ya no está muy lejos ahora, y le reñiremos cuando regrese por haberse hecho esperar tanto.

La lluvia había cesado. Los dos hermanos salieron de la cabaña y subieron por el sendero hacia la hostería.

-A propósito -dijo entonces Joel-, mañana me vuelvo a marchar.

-¿Vuelves a marcharte?

-Sí, a la madrugada.

-¿Tan pronto, hermano?

-Es preciso, Hulda. Al salir de Hardanger uno de mis camaradas me ha avisado que un viajero venía del Norte a través de las altas mesetas del Rjukanfos, donde debe llegar mañana.

-¿Quién es este viajero?

-A fe mía, que ignoro su nombre. Pero es necesario que esté allí para traerlo a Dal.

-¡Vete, pues, ya que no puedes hacer otra cosa! -contestó Hulda dando un hondo suspiro.

-Mañana, a punta de día, me pondré en camino. ¿Te apena esto, Hulda?

-Sí, hermano. ¡Estoy mucho más tranquila cuando me dejas…aunque sea sólo por algunas horas!

-¡Pues bien, esta vez, para que lo sepas, no me iré solo!

-¿Y quién te acompañará?

-¡Tú, hermanita, tú! Debes distraerte, y voy a llevarte conmigo.

-¡Oh, gracias, querido Joel!

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