Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XXIV

CURSO DE COSMOGRAFÍA POLAR

O es necesario decir que, para comer,

N los viajeros se sentaban en el suelo. –Pero

– decía Clawbonny–, ¿quién no daría todas las mesas, todos los comedores del mundo por comer a los 89° 59' 15" de longitud boreal?

Todos los pensamientos se referían, en efecto, a la situación presente, estando los ánimos subordinados a la predominante idea del Polo Norte. Los peligros que se habían arrostrado para alcanzarlo y los que había que arrostrar para el regreso a Inglaterra se olvidaban, al considerar aquel éxito sin precedentes que se había obtenido. Lo que ni los antiguos ni los modernos, lo que ni los europeos, ni los americanos ni los asiáticos habían podido hacer hasta entonces, acababa de llevarse a cabo.

Así es que el doctor fue escuchado con mucha atención por sus compañeros cuando les contó todo lo que la ciencia y su inagotable memoria había podido recoger, de lo que podía referirse a su situación actual.

Fue acogida con verdadero entusiasmo su proposición de brindis a la salud del capitán.

– ¡A la salud de John Hatteras! –dijo.

– ¡A la salud de John Hatteras! –contestaron unánimemente sus compañeros.

– ¡Brindo por el Polo Norte! –respondió el capitán con un acento de entusiasmo que parecía extraño en aquel ser hasta entonces tan frío y tan contenido, y a la sazón dominado por una sobreexcitación imperiosa.

Las tazas se chocaron y siguieron a los brindis calurosos apretones de manos.

– ¡He aquí, pues –dijo el doctor–, el hecho geográfico más importante de nuestra época!

¡Quién había de decir que este descubrimiento precedería a los del centro de África o de Australia! En verdad, Hatteras, estáis muy por encima de los Sturt y de los Livingstone, de los Burton y de los Barth. ¡Gloria a vos!

– Tenéis razón, doctor –respondió Altamont–, pues parece que, por las dificultades de la empresa, el Polo Norte debía ser el último punto de la tierra que se descubriese. El día en que un gobierno hubiese querido conocer a toda costa el centro de África, lo hubiera conseguido inevitablemente a fuerza de hombres y de dinero; pero aquí no hay nada más inseguro que el éxito, y podían presentarse obstáculos absolutamente insuperables.

– ¡Insuperables! –exclamó Hatteras con vehemencia–. ¡No hay obstáculos insuperables!

¡Hay voluntades más o menos enérgicas, y he aquí todo!

– En fin –dijo Johnson–, ya hemos llegado, lo que no es poco. Pero ahora, señor Clawbonny, ¿queréis decirme lo que tiene de particular este Polo?

– Tiene de particular, amigo Johnson, que es el único punto inmóvil del globo, en tanto que todos los demás puntos giran con una rapidez suma.

– Pero yo no noto –respondió Johnson– que estemos aquí más inmóviles que en Liverpool.

– Porque en Liverpool no notáis vuestro movimiento, y esto depende de que, en ambos casos, participáis vos mismo del movimiento o de la inmovilidad. Pero el hecho es cierto. La tierra está dotada de un movimiento de rotación que se consuma en veinticuatro horas, y se supone que este movimiento se verifica alrededor de un eje, cuyas extremidades pasan por el Polo Norte y por el Polo Sur. Pues bien, nosotros nos hallamos en una de las extremidades de este eje necesariamente inmóvil.

– Así, pues –dijo Bell–, mientras nuestros compatriotas giran rápidamente, ¿nosotros estamos quietos?

– No del todo, porque no estamos absolutamente en el Polo.

– ¡Tenéis razón, doctor! –dijo Hatteras con tono grave y sacudiendo la cabeza–. ¡Nos faltan aún cuarenta y cinco segundos para llegar al punto preciso! Ya lo veis, su movimiento de traslación es, por lo tanto, de siete leguas seis décimas por segundo, cosa bien distinta del desplazamiento de los puntos del Ecuador.

– ¡Diablo! –exclamó Bell–. ¡Lo que decís parece increíble, señor Clawbonny! ¡Más de siete leguas por segundo, cuando tan fácil hubiera sido permanecer inmóviles, si Dios hubiese querido!

– ¿Sabéis lo que decís, Bell? –dijo Altamont– . En la tierra, según vuestros deseos, no habría ni día, ni noche, ni primavera, ni otoño, ni verano, ni invierno.

– Y sucedería, además, una cosa horrible – repuso el doctor.

– ¿Qué sucedería? –preguntó Johnson.

– ¡ Una friolera! ¡ Caeríamos sobre el sol!

– ¡ Sobre el sol! –replicó Bell con sorpresa.

– Sin duda. Si este movimiento de traslación se detuviese, la tierra se precipitaría sobre el sol en sesenta y cuatro días y medio.

– ¡Una caída de sesenta y cuatro días! – replicó Johnson.

– Ni más ni menos –respondió el doctor–, porque hay que recorrer una distancia de treinta y ocho millones de leguas.

– ¿Cuál es, pues, el peso del globo terrestre?

– preguntó Altamont.

– El globo terrestre pesa cinco mil ochocientos ochenta y un cuatrillones de toneladas.

– ¡Caramba! –exclamó Johnson–. ¡Esos números nada me dicen al oído! ¡ No los alcanzo!

– Por lo mismo, querido Johnson, voy a daros dos términos de comparación que os quedarán en la memoria. Procurad recordar que se necesitarían setenta y cinco lunas para constituir el peso de la tierra, y trescientas cincuenta mil tierras para constituir el peso del sol.

– ¡Todo eso asombra! –dijo Altamont.

– Decís bien, asombra –respondió el doctor– . Pero volvamos al Polo, puesto que nunca habrá sido más oportuna una lección de cosmografía en esta parte de la tierra, en el supuesto de que el cuento no os parezca fastidioso.

– ¡Seguid, doctor, seguid! –dijo Altamont.

– Os he dicho –repuso el doctor, el cual tenía tanto gusto en enseñar como sus compañeros en instruirse–, os he dicho que el Polo era un punto inmóvil, relativamente a los demás puntos de la tierra. Pues bien, lo que he dicho no puede ser enteramente exacto.

– ¿Cómo? –dijo Bell–. ¿Será menester rebajar algo?

– Sí, Bell, el Polo no ocupa siempre exactamente el mismo sitio. En otro tiempo, la estrella polar se hallaba más lejos que en la actualidad del polo celeste. Nuestro Polo, por consiguiente, está dotado de cierto movimiento; describe un círculo en unos veintiséis mil años, lo que depende de la precesión de los equinoccios, de que os hablaré luego.

– Pero –dijo Altamont–, ¿no podría suceder que el desplazamiento del polo fuese mayor algún día?

– Mi querido Altamont –respondió el doctor–, tocáis una gran cuestión que los sabios dilucidaron por espacio de mucho tiempo, a consecuencia de un singular descubrimiento.

– ¿Qué descubrimiento?

– Helo aquí. En 1771 se encontró el cadáver de un rinoceronte en las orillas del mar glacial, y en 1799 el de un elefante en las costas de Siberia. ¿Cómo aquellos cuadrúpedos de los países cálidos se encontraban en una latitud semejante? De aquí nacieron varias controversias entre los geólogos, que no eran tan sabios como lo fue después un francés, monsieur Elie de Beaumont, el cual demostró que aquellos animales vivían en latitudes ya elevadas, y que los torrentes y los ríos habían conducido sus cadáveres donde se les había encontrado. Pero como esta explicación no se había emitido aún, ya podéis figuraros lo que inventó la imaginación de los sabios.

– Los sabios son capaces de todo –dijo Altamont riendo.

– Sí, de todo, para explicar un hecho. Pues bien, supusieron que el Polo de la tierra se hallaba en otro tiempo en el Ecuador, y el Ecuador en el Polo.

– ¿De veras?

– Como con toda seriedad os lo digo. Pero si así hubiese sido, como la tierra tiene en el Polo un aplastamiento de más de cinco leguas, los mares, transportados al nuevo Ecuador por la fuerza centrífuga, habrían cubierto montañas dos veces más altas que el Himalaya, y todos los países próximos al círculo polar, Suecia,

Noruega, Rusia, Siberia, Groenlandia, y Nueva Bretaña, habrían sido sepultadas debajo de cinco leguas de agua, al paso que las regiones ecuatoriales, rechazadas al Polo, habrían formado montañas de cinco leguas de altura.

– ¡Qué trastorno! –exclamó Johnson.

– El trastorno no asustaba a los sabios.

– ¿Y cómo lo explicaban? –preguntó Altamont.

– Por el choque de un cometa. El cometa es el Deux ex machina; cuantas veces hay en cosmografía alguna dificultad, se recurre a su cometa para allanarla. Es el astro más complaciente que conozco, y a la menor señal de un sabio, se desarregla él para arreglarlo todo.

– Entonces, señor Clawbonny –dijo Johnson–, es, según vos, imposible semejante trastorno.

– Imposible.

– ¿Y si sobreviniese?

– Si sobreviniese, el Ecuador se helaría en veinticuatro horas.

– ¡Pues estaríamos apañados, si sobreviniese en la actualidad! –dijo Bell–. ¡Capaz sería la gente de decir que no hemos estado en el Polo!

– Tranquilizaos, Bell. Volviendo a la inmovilidad del eje terrestre, resulta lo siguiente, y es, que si estuviésemos durante el invierno en este lugar, veríamos las estrellas describiendo a nuestro alrededor un círculo perfecto. En cuanto al sol, el día del equinoccio de la primavera, el veintitrés de marzo, nos parecería (no tengo en cuenta la refracción), nos parecería exactamente cortado en dos por el horizonte, y subiría poco a poco formando curvas muy prolongadas; pero aquí lo que hay de notable es que desde que aparece no se pone, y permanece visible durante seis meses; después su disco roza de nuevo el horizonte en el equinoccio de otoño, el veintidós de setiembre, y desde que se pone ya no se le vuelve a ver en todo el invierno.

– Habéis hablado del aplastamiento de la tierra en los polos –dijo Johnson–; ¿queréis explicármelo, señor Clawbonny?

– Sí, Johnson. Siendo la tierra fluida en los primeros días del mundo, ya comprenderéis que entonces su movimiento de rotación debió arrojar una parte de su masa movible al Ecuador, donde la fuerza centrífuga se hacía sentir más vivamente. Si la tierra hubiese estado inmóvil, hubiera quedado una esfera perfecta;

pero a consecuencia del fenómeno que acabo de describir, presenta una forma elíptica, y los puntos del Polo están cosa de cinco leguas y un tercio de legua más cerca del centro de los puntos del Ecuador.

– Así, pues –dijo Johnson–, si nuestro capitán quisiera conducirnos al centro de la tierra,

¿tendríamos que andar para llegar a él cinco leguas menos?

– Tal como suena, amigo mío.

– Pues bien, capitán, tenemos ya andada una parte del camino. He aquí una ocasión que no debemos desperdiciar...

Hatteras no respondió. Evidentemente, no estaba en la conversación, o bien escuchaba sin oír. –¡A fe mía! –respondió el doctor–, al decir de ciertos sabios, éste sería tal vez el caso de intentar la expedición.

– ¡Ah! ¿De veras? –dijo Johnson.

– Pero dejadme concluir –dijo el doctor–, y os hablaré de eso más adelante. Quiero ahora explicaros cómo el aplastamiento de los polos es la causa de la precesión de los equinoccios, es decir, porque cada año el equinoccio de primavera llega un día antes de lo que llegaría si fuese la tierra perfectamente redonda. Eso procede simplemente de que la atracción del sol se verifica de una manera diferente en la parte henchida del globo, situada en el Ecuador, que experimenta entonces un movimiento retrógrado. Por consiguiente, eso es lo que disloca un poco este Polo, como os he dicho antes. Pero independientemente de este efecto, el aplastamiento debería tener otro más curioso y más personal, del que nos apercibiríamos si estuviésemos dotados de una sensibilidad matemática.

– ¿Qué efecto es ése? –preguntó Bell.

– Que somos aquí más pesados que en Liverpool.

– ¿Más pesados?

– Sí; nosotros, nuestros perros, nuestros fusiles, nuestros instrumentos.

– ¿Es imposible?

– Es indudable, por dos razones; la primera, es que nos hallamos más cerca del centro del globo, el cual, por consiguiente, nos atrae más, y esta fuerza atractiva no es otra cosa que el peso. La segunda es que la fuerza de rotación, nula en el Polo, es muy marcada en el Ecuador;

los objetos tienen en este último lugar una tendencia a separarse de la tierra, y son, por lo tanto, menos pesados.

– ¡Cómo! –dijo Johnson–. ¿No tenemos el mismo peso en todas partes?

– No, Johnson. Según la ley de Newton, los cuerpos se atraen en razón directa de las masas, y en razón inversa del cuadro de las distancias.

Aquí yo peso más porque estoy más cerca del centro de atracción, y en otro planeta pesaría más o menos, según la masa del planeta.

– ¡Cómo! –exclamó Bell–. ¿En la luna...?

– En la luna, mi peso, que es de doscientas libras en Liverpool, no sería más que treinta y dos.–¿Y en el sol?

– ¡Oh! En el sol pesaría más de cinco mil libras.–¡Gran Dios! –exclamó Bell–. Se necesitaría entonces una máquina para levantar vuestras piernas.

– ¡Probablemente! –respondió el doctor, riéndose de la salida de Bell–. Pero aquí la diferencia no es sensible, y desplegando un esfuerzo igual de los músculos de la pantorrilla, Bell saltará a tanta altura aquí como en los malecones del Mersey.

– Sí, pero ¿y en el sol? –replicó Bell, que no volvía en sí de su asombro.

– Amigo mío –le respondió el doctor–, la consecuencia de todo es que estamos bien donde estamos y que es inútil ir a otra parte.

– Habéis dicho antes –repuso Altamont– que el caso en que nos hallamos sería tal vez el más propio para intentar una excursión al centro de la tierra; ¿ha pensado alguien alguna vez en emprender semejante viaje?

– Sí, y con eso termina lo que tengo que deciros relativo al Polo. No hay punto del mundo que haya dado origen a más hipótesis y quimeras. Los antiguos, muy ignorantes en cosmografía, situaban aquí el jardín de las Hespérides.

En la Edad Media se supuso que la tierra descansaba sobre muñones o quicios colocados en los polos, a cuyo alrededor giraba; pero cuando se vio que los círculos se movían libremente en las regiones circumpolares, fue preciso renunciar a semejante género de sustentáculo. Más adelante se encontró a un astrónomo francés,

Bailly, el cual sostuvo que el pueblo civilizado y perdido de que habla Platón, la Atlántida, vivía aquí mismo. En fin, en nuestros días se ha pretendido que existía en los polos una inmensa abertura, de donde se desprendía la luz de las auroras boreales, y por las cuales se podía penetrar en el interior del globo; después, en la esfera hueca se imaginó la existencia de dos planetas, Plutón y Proserpina, y un aire luminoso a consecuencia de la fuerte presión que experimentaba.

– ¿Todo eso se ha dicho? –preguntó Altamont.

– Y se ha escrito muy formalmente. El capitán Synnes, uno de nuestros compatriotas, propuso a Humphry Davy, a Humboldt y a Arago intentar el viaje. Los tres sabios se negaron.

– Y creo que hicieron perfectamente.

– Creo lo mismo. Comoquiera que sea, ya veis, amigos míos, que la imaginación ha hecho de las suyas respecto del Polo, y que es preciso, tarde o temprano, volver a la simple realidad.

– Además, allá veremos –dijo Johnson, que no abandonaba su idea.

– Pues bien, guardemos las excursiones para mañana –respondió el doctor, sondándose al ver al viejo marino poco convencido–, y si hay una abertura para ir al centro de la tierra, iremos juntos.

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