Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XV

EL PASO DEL NOROESTE

L día siguiente, Bell, Altamont y el A doctor se trasladaron al Porpoise. La madera no escaseaba. La antigua lancha de la fragata, abierta por el choque de los témpanos, podía aún si ministrar las partes principales de la nueva. El carpintero se puso a trabajar inmediatamente. Se necesitaba una embarcación capaz de resistir el oleaje, y bastante ligera al mismo tiempo para poder transportarla en el trineo.

La temperatura se elevó durante los últimos días de mayo; el termómetro subió al grado de congelación; la primavera volvió de buena fe, y los invernadores tuvieron que aligerarse de ropa y dejar sus abrigos. Las lluvias eran frecuentes, y la nieve empezó luego a aprovecharse de los menores declives del terreno para convertirse en saltos y cascadas.

Hatteras no pudo contener su satisfacción al ver los campos helados dar las primeras señales de deshielo. Para él la libertad era el mar libre.Pronto iba a saber si sus predecesores se engañaron c no acerca de la gran cuestión del golfo polar, de lo que dependía todo el éxito de la empresa.

Una noche, después de un día bastante caluroso, durante el cual los síntomas de descomposición de los hielos se manifestaba más claramente, hizo girar ¿a conversación sobre el mar libre, que era para él el más interesante de los objetos.

Repitió la serie de argumentos que le eran familiares, y halló como siempre en el doctor un acérrimo partidario de su doctrina. Sus conclusiones no dejaban de ser justas.

– Es evidente –dijo– que si el Océano se libra de sus hielos delante de la bahía Victoria, su parte meridional será igualmente libre hasta Nuevo Cornualles y hasta el canal de la Reina.

Así lo han visto Penny y Belcher, y lo han visto sin duda alguna.

– Creo lo mismo que vos, Hatteras – respondió e! doctor–, y no hay nadie autorizado, para poner en duda la buena fe de tan ilustres marinos. Se ha querido suponer que se habían dejado engañar por un efecto de espejismo; pero se mostraban demasiado afirmativos para no estar seguros del hecho.

– Yo he opinado siempre del mismo modo – dijo Altamont, que tomó entonces la palabra–;

el mar polar se extiende no sólo hacia el Oeste, sino también hacia el Este.

– Así es de suponer, en efecto –respondió Hatteras.

– Es de suponer –repuso el americano–;

porque el mar libre, que los capitanes Penny y Belcher vieron cerca de las costas de la Tierra de Grinnell, Morton, el teniente de Kane, lo percibió igualmente en el estrecho que lleva el nombre del atrevido sabio.

– No estamos en el mar de Kane –respondió con sequedad Hatteras–, y, por consiguiente, no podemos cerciorarnos del hecho.

– Es de suponer, al menos –dijo Altamont.

– Seguramente –replicó el doctor, que quería evitar una discusión inútil–. Lo que piensa Altamont debe de ser verdad. No oponiéndose a ello disposiciones particulares de los terrenos circundantes, los mismos efectos se producen bajo las mismas latitudes. Así, pues, yo creo en el mar libre en el Este lo mismo que en el Oeste.

– ¡De todos modos, poco nos importa! –dijo Hatteras.

– No digo yo lo mismo, Hatteras – respondió el americano, a quien la indiferencia afectada del capitán empezaba a exasperarle–, la cosa podrá tener para nosotros cierta importancia.

– ¿Cuándo?

– Cuando pensemos en la vuelta.

– ¡En la vuelta! –exclamó Hatteras–. ¿Y quién piensa en ella?

– Nadie –respondió Altamont–, pero supongo que al fin nos detendremos en alguna parte.– ¿Dónde? –preguntó Hatteras.

Por primera vez se dirigía al americano esta pregunta categórica. El doctor hubiera dado uno de sus brazos para detener aquella discusión.Viendo que Altamont no respondía, el capitán renovó su pregunta.

– ¿Dónde? –dijo con insistencia.

– Donde vayamos –respondió tranquilamente el americano.

– ¿Y quién lo sabe? –preguntó el doctor, con acento conciliador.

– Yo sostengo –repuso Altamont– que si queremos aprovecharnos del mar polar para regresar, podremos intentar ganar el mar de Kane, que nos conducirá más directamente al mar de Baffin.

– ¿Lo creéis? –dijo irónicamente el capitán.

– Lo creo, como creo que si alguna vez estos mares boreales se hacen practicables, se llegará a ellos por el camino de Kane, que es el más directo. ¡Oh! ¡Qué gran descubrimiento el del doctor Kane!

– ¿De veras? –dijo Hatteras mordiéndose los labios.

– Sí –dijo el doctor–, no se puede negar, y es preciso dejar a cada cual su mérito.

– Sin contar que antes de este célebre marino –repuso el obstinado americano– nadie había avanzado tanto hacia el Norte.

– Me complazco en creer –dijo Hatteras– que en la actualidad le han dejado atrás los ingleses.

– ¡Y los americanos! –dijo Altamont.

– ¿Los americanos? –interrogó Hatteras.

– ¿Qué soy yo, pues? –respondió Altamont con altanería.

– Vos sois –respondió Hatteras con una saña difícilmente contenida–, vos sois un hombre que pretende otorgar a la casualidad y a la ciencia una misma parte de la gloria. Vuestro capitán americano avanzó mucho hacia el Norte, pero la casualidad...

– ¡La casualidad! –exclamó Altamont–. ¿Os atrevéis a decir que Kane no debe a su energía y su saber este gran descubrimiento?

– Digo –replicó Hatteras– que el nombre de Kane no es un nombre que merezca ser pronunciado en un país esclarecido por los Parry, los Franklin, los Ross, los Belcher, los Penny, en estos mares que han franqueado el paso del Noroeste al inglés McClure...

– ¡McClure! –respondió el americano–. ¿Citáis a McClure, y os subleváis contra los beneficios de la casualidad? ¿No es acaso la casualidad, y no más que la casualidad, quien le ha favorecido?

– ¡No –respondió Hatteras animándose–, no! Es su valor, su obstinación en pasar cuatro inviernos en medio de los hielos...

– Ya lo creo –respondió el americano–. ¡Estaba cogido, no podía regresar, y concluyó por abandonar su buque Investigator para volver a Inglaterra!

– Amigos... –dijo el doctor.

– Además –repuso Altamont, interrumpiéndole–, dejemos al hombre y vamos al resultado. Habláis del paso del Noroeste; pues bien, no se ha encontrado aún este paso.

Al oír esta frase, Hatteras dio un salto;

nunca entre las nacionalidades rivales se había suscitado una cuestión más irritante.

El doctor trató nuevamente de intervenir.

– No tenéis razón, Altamont –dijo.

– La tengo y me afirmo en mi opinión – repuso obstinadamente–. ¡No se ha encontrado aún, no se ha salvado el paso del Noroeste!

¡McClure no lo remontó, y hasta hoy ningún buque salido del estrecho de Behring ha llegado al mar de Baffin!

El hecho era cierto, hablando de una manera absoluta. ¿Qué se podía responder al americano?Hatteras, sin embargo, se levantó y dijo:

– ¡Yo no sufriré que en mi presencia la gloria de un capitán inglés sea por más tiempo atacada!

– ¡Vos no lo sufriréis –respondió el americano levantándose igualmente–, pero los hechos son ciertos! Vuestro poder no alcanza a destruirlos.

– ¡Caballero! –dijo Hatteras, pálido de cólera. –¡Amigos –dijo el doctor–; un poco de calma! ¡Discutimos un punto científico!

El buen Clawbonny no quería ver más que una discusión de ciencia donde el odio de un americano estaba en pugna con el de un inglés.

– ¡Los hechos! Voy a exponerlos –repuso Hatteras en son de amenaza y sin querer oír nada.–¡Y yo también! –respondió el americano.

Johnson y Bell no sabían qué actitud tomar.

– Señores –dijo el doctor con energía–; permitidme tomar la palabra. Quiero tomarla. Conozco los hechos tan bien como vosotros; mejor que vosotros, y no os atreveréis a dudar de mi imparcialidad.

– ¡Sí! ¡Sí! –dijeron Bell y Johnson, a quienes alarmaba el giro que había tomado la discusión, y crearon una mayoría favorable al doctor.

– Hablad, señor Clawbonny –dijo Johnson–.

Esos señores os escucharán y nos instruiremos todos.

– ¡Hablad, pues! –dijo el americano.

Hatteras volvió a sentarse, haciendo un ademán de aquiescencia, y se cruzó de brazos.

– Quiero contar los hechos tal como han pasado –dijo el doctor–, sin omitir ni alterar ninguno.

– Os conocemos, señor Clawbonny – respondió Bell–, y sabemos que no sois capaz de faltar a la verdad a sabiendas.

– He aquí la carta de los mares polares – repuso el doctor, que se había levantado para ir a buscar las piezas del proceso–. Fácil os será seguir la navegación de McClure, y podréis juzgar con conocimiento de causa.

El doctor extendió sobre la mesa una de las excelentes cartas publicadas por orden del Almirantazgo, la cual contenía los descubrimientos más modernos hechos en las regiones árticas, y luego se expresó en los siguientes términos:–En 1848, dos buques, de los cuales, como sabéis, uno era el Herald, al mando del capitán Kellet, y el otro el Plover, mandado por el comandante Moore, fueron enviados al estrecho de Behring para averiguar el paradero de Franklin. Sus investigaciones fueron infructuosas.

En 1850, se les unió McClure, que mandaba el Investigator, buque en el que acababa de hacer la campaña de 1849 a las órdenes de James Ross. Seguía a éste el capitán Collinson, su jefe, que mandaba el Enterprise; pero James Ross le ganó la delantera y llegando al estrecho de Behring declaró que no aguardaría ya más tiempo, que partiría solo bajo su propia responsabilidad, y (oídme bien, Altamont) que descubriría el paradero de Franklin o el paso.

Altamont permaneció silencioso.

– El 5 de agosto de 1850 –siguió el doctor–, después de haberse puesto por última vez en comunicación con el Plover, McClure penetró muy adentro en los mares del Este por un camino casi desconocido. Mirad, apenas en esta costa se ven indicadas algunas tierras. El 30 de agosto, el joven oficial doblaba el cabo Bathurst;

el 6 de setiembre descubría la Tierra de Behring, que después vio que formaba parte de la Tierra de Banks, y luego la Tierra del Príncipe Alberto, y entonces entró resueltamente en el prolongado estrecho que separa las dos grandes islas, dándole el nombre de estrecho del Príncipe de Gales. Entrad mentalmente en él con el valeroso navegante. Él espera, y no sin razón, poder desembarcar en el golfo de Melville, que nosotros hemos atravesado: pero en la extremidad del estrecho los hielos le opusieron una barrera infranqueable. Entonces, detenido en su marcha, McClure inverna desde 1850 hasta 1851, y durante la invernada atraviesa el banco para asegurarse de la comunicación del estrecho con el golfo de Melville.

– Sí –dijo Altamont–, pero no lo atravesó.

– Aguardad –respondió el doctor–. Durante la invernada, los oficiales de McClure recorren las costas circundantes: Creswell, la Tierra de Behring; Haswell, la Tierra del Príncipe Alberto al Sur, y Wynniat el cabo Walter al Norte. En julio, a los primeros deshielos, McClure procura de nuevo arrastrar el Investigator al golfo de Melville, del cual se aproxima a la distancia de 20 millas, no más que 20 millas; pero los vientos le lanzan irresistiblemente al Sur, sin que pueda vencer el obstáculo. Entonces se decide a volver a bajar por el estrecho del Príncipe de Gales y a rodear la Tierra de Banks para intentar por el Oeste lo que no ha podido conseguir por el Este. Vira en redondo, y el 18 dobla el cabo Kellet, el 19 el cabo del Príncipe Alberto, dos grados más arriba, y, después de una tremenda lucha con los icebergs, queda como incrustado en el paso de Banks, a la entrada del aquel laberinto de estrechos que conducen al mar de Baffin. –Pero no pudo pasarlos –respondió Altamont.

– Aguardad aún, y tened la paciencia de McClure. El 2 de setiembre tomó sus posiciones de invierno en la bahía de Mercy, al norte de la Tierra de Banks, y permaneció allí hasta 1852.

Al llegar abril, McClure no tenía provisiones más que para dieciocho meses. Sin embargo, no quiere regresar; y parte. Y atraviesa en trineo el estrecho de Banks, y llega a la isla de Melville.

Sigámosle. Él tenía la esperanza de encontrar en aquellas costas los buques del comandante Austin enviados a su encuentro por el mar de Baffin y el estrecho de Lancaster. El 28 toca en Winter-Harbour, en el mismo punto en que Parry había invernado treinta y tres años antes;

pero no vio buque alguno y solamente descubrió en un cairn un documento por el cual supo que McClintock, el teniente de Austin, había pasado por allí el año precedente y se había marchado. Donde se hubiera desesperado cualquier otro, McClure no se desesperó. Coloca, por lo que pudiera valer, en el cairn un nuevo documento, en que anuncia su intención de volver a Inglaterra por el paso del Noroeste que ha encontrado, ganando el estrecho de Lancaster y el mar de Baffin. Si no se oye hablar más de él, es porque ha sido arrastrado al Norte o al Oeste de la isla de Melville. Después, sin desalentarse, vuelve a la bahía de Mercy para una tercera invernada, desde 1852 a 1853.

– Yo no he puesto en duda su valor – respondió Altamont–, sino su éxito.

– Sigámosle aún –replicó el doctor–. En marzo, reducido a dos terceras partes de ración, a consecuencia de un invierno muy riguroso en que faltó la caza, McClure determinó enviar a Inglaterra la mitad de su tripulación; ya fuese por el mar de Baffin, ya por el río Mackenzie y la bahía de Hudson. La otra mitad debía reconducir el Investigator a Europa. Escogió a los hombres más achacosos, a quienes hubiera sido más funesta una cuarta invernada, y todo estaba dispuesto para su partida, que se había fijado para el 15 de abril, cuando el 6, mientras se paseaba por los hielos, con su teniente Creswell, McClure vio venir hacia él, de la parte del Norte, a un hombre, y aquel hombre era el teniente Pim, del Herald, el teniente de aquel mismo capitán Kellet, a quien, como os he dicho al empezar, había dejado dos años antes en el estrecho de Behring. Kellet, al llegar a Winter-Harbour, había encontrado el documento que había dejado McClure, por el cual se informó de su situación en la bahía de Mercy, y le envió su teniente Pim. Seguía a éste un destacamento de marineros del Herald, entre los cuales se hallaba el alférez de navío francés, M. de Bray, el cual sirvió voluntariamente en el estado mayor del capitán Kellet. Supongo que no dudáis de este encuentro de nuestros compatriotas...

– De ninguna manera –respondió Altamont.

– Pues bien, veamos lo que sucedió después, y si el paso del Noroeste ha sido salvado.

Notad que si se eslabonasen los descubrimientos de Parry con los de McClure, hallaríamos que se ha dado la vuelta entera a las costas septentrionales de América.

– Pero no la ha dado ningún buque – respondió Altamont.

– No, pero la ha dado un hombre. Prosigamos. McClure fue a la isla de Melville para visitar al capitán Kellet, y en doce días anduvo las 70 millas que separan la bahía de Mercy de Winter-Harbour. Convino con el comandante del Herald en enviarle sus enfermos, y volvió a su buque. Otro, en lugar de McClure, hubiese creído haber hecho ya bastante, pero el intrépi-do joven quiso aún probar fortuna. Entonces, y sobre eso llamo particularmente vuestra atención, entonces su teniente Creswell, acompañando a los enfermos e inválidos del Investiga- tor, salió de la isla de Mercy, ganó Winter- Harbour, y después de un viaje de 470 millas entre los hielos, alcanzó el 2 de junio la isla Bechey, y algunos días después, con doce hombres, pasó a bordo del Phoenix.

– Donde yo servía entonces –dijo Johnson– con el capitán Inglefield, y regresamos a Inglaterra.–Y el 7 de octubre de 1853 –prosiguió el doctor–, Creswell llegaba a Londres después de haber salvado todo el espacio comprendido entre el estrecho de Behring y el cabo Farawell.

– Pues bien –dijo Hatteras–, haber llegado por un lado y salido por otro es lo que se llama haber pasado.

– Sí –respondió Altamont–, pero atravesando 470 millas sobre los hielos.

– ¿Y eso qué importa?

– Importa mucho –respondió el americano– . ¿Fue el buque de McClure el que hizo la travesía? –No –respondió el doctor–, porque después De una cuarta invernada, McClure tuvo que abandonarlo en medio de los hielos.

– Pues bien, en un viaje marítimo quien ha de pasar es el buque y no el hombre. Si alguna vez se dice que la travesía del Noroeste es practicable será por haber hecho esta travesía en buque y no en trineos. Es preciso que sea el buque el que lleve a cabo el viaje, o, a falta del buque, la lancha.

– ¡La lancha! –exclamó Hatteras, que vio una intención evidente en las palabras del americano.

– Altamont –dijo al momento el doctor–, hacéis una distinción pueril, y, respecto del particular, decimos todos que no tenéis razón.

– Fácil os es quitármela –respondió el americano–, sois cuatro contra uno. Mas no por eso dejaré de conservar mi opinión.

– Conservadla en buena hora –exclamó Hatteras–, pero procurad conservarla de modo que nadie la conozca.

– ¿Y con qué derecho me habláis así? –dijo el americano, enfurecido.

– ¡Con mi derecho de capitán! –respondió Hatteras con cólera.

– ¿Estoy, pues, bajo vuestras órdenes? – replicó Altamont.

– ¡Sin duda alguna! ¡Desgraciado de vos si...! El doctor, Johnson y Bell intervinieron. Ya era tiempo; los dos enemigos se medían con la mirada. El doctor estaba muy afectado.

Sin embargo, después de algunas palabras conciliadoras, Altamont fue a acostarse, silbando el canto nacional del Yankee Doodle. No podemos asegurar si se durmió, pero lo cierto es que no dijo una sola palabra.

Hatteras salió de la tienda y se paseó a paso acelerado por espacio de una hora, después de la cual volvió a entrar y se acostó sin despegar tampoco los labios.

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