Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XIII

LA MINA

A noche llegó y la lámpara del salón L empezaba ya a amortiguarse en aquella atmósfera pobre de oxígeno.

A LAS OCHO SE HICIERON LOS ÚLTI- MOS PREPARATIVOS. SE CARGARON CON CUIDADO LAS ARMAS, Y SE PRAC- TICÓ UNA ABERTURA EN LA BÓVEDA DE LA SNOW-HOUSE.

Hacía ya algunos minutos que se estaba trabajando, y Bell daba nuevas pruebas de su destreza cuando Johnson, saliendo del dormitorio, en que estaba de observación, se dirigió rápidamente a sus compañeros. Estaba inquieto. –¿Qué tenéis? –le preguntó el capitán.

– ¿Yo? ¡Nada! –respondió con voz balbuciente el viejo marino–. Y sin embargo...

– ¿Pero qué sucede? –preguntó Altamont.

– ¡Silencio! ¿No oís un ruido singular?

– ¿Hacia qué lado?

– ¡Allí! ¡Algo pasa en la pared del dormitorio...!Bell suspendió su trabajo, y todos escucharon. Se percibía un ruido lejano, que parecía producido en la pared lateral, siendo evidente que se estaba abriendo un agujero en el hielo.

– ¡Escarban! –dijo Johnson.

– ¡Nada más cierto! –respondió Altamont.

– ¿Los osos? –preguntó Bell.

– ¡Sí! Los osos.

– Han tomado otra táctica –repuso el viejo marino–, renuncian a ahogarnos.

– O nos creen ya ahogados –dijo el americano, cuya cólera iba en aumento.

– Vamos a ser atacados –dijo Bell.

– ¡Y qué! –respondió Hatteras–. Lucharemos cuerpo a cuerpo.

– ¡Más vale así! –exclamó Altamont–. ¡Lo prefiero! ¡Estoy cansado de enemigos invisibles! ¡Nos veremos y nos batiremos!

– Sí –respondió Johnson–, pero no a tiros; a tiros es imposible en un espacio tan estrecho.

– ¡Nos batiremos con el hacha y con el cuchillo!El ruido aumentaba, se oía distintamente la escarbadura de las garras; los osos habían atacado la pared en el ángulo mismo en que se juntaba la escarpa de nieve apoyada en el peñasco.

– El animal que escarba –dijo Johnson– no está a seis pies de nosotros.

– Tenéis razón, Johnson –respondió el americano–; pero tenemos tiempo para prepararle la acogida que merece.

El americano cogió una hacha con una mano y con la otra su cuchillo, y apoyado en su pie derecho, con el cuerpo inclinado hacia atrás, tomó la actitud de ataque. Hatteras y Bell le imitaron. Johnson preparó su escopeta para el caso en que hubiese necesidad de usar arma de fuego.

El ruido era cada vez más fuerte; el hielo arrancado rechinaba bajo la violenta incisión de las garras de acero.

Ya sólo separaba al sitiador de sus adversarios una delgada capa. Esta capa se hendió de pronto, como el aro de papel tirante bajo el esfuerzo del volatinero, y apareció en la estancia casi oscura un cuerpo negro, enorme.

Altamont contuvo rápidamente su mano armada para herir.

– ¡Deteneos! ¡Por el cielo! –dijo una voz bien conocida.

– ¡El doctor! ¡El doctor! –exclamó Johnson.

Era el doctor, en efecto, que arrastrado por su mole, cayó rodando en medio del cuarto.

– ¡Buenos días, mis valientes amigos! –dijo levantándose al momento.

Sus compañeros quedaron atónitos; pero a su asombro sucedió la alegría, todos quisieron abrazar al digno hombre; Hatteras, muy conmovido, le tuvo abrazado mucho tiempo. El doctor le contestó con el más afectuoso apretón de manos.

– ¡Vos aquí, señor Clawbonny! –dijo el contramaestre.

– Sí, mi querido Johnson, y vuestra suerte me tenía tan alarmado como a vosotros la mía.

– Pero ¿cómo habéis sabido que estábamos sitiados por una chusma de osos? –preguntó Altamont–. Temíamos que volvieseis tranquilamente al Fuerte Providencia sin sospechar el peligro.

– ¡Oh! Yo lo había visto todo –respondió el doctor–; vuestros disparos me pusieron alerta;

me hallaba en aquel momento junto a los restos del Porpoise; me he encaramado hasta la cima de un hummock; he percibido los cinco osos que os perseguían de cerca, y he tenido miedo, miedo por vosotros. Pero, en fin, vuestras volteretas desde lo alto de la colina y la vacilación de los animales me han tranquilizado momentáneamente, y he comprendido que habíais tenido tiempo de parapetaros en la casa. Entonces, poco a poco, me he acercado, ya a rastras, ya deslizándome entre los témpanos; he llegado junto al fuerte y he visto a esas enormes bestias que, trabajando así, duramente, como gigantescos castores, arrancaban el hielo, amontonaban témpanos, y, en una palabra, os enterraban vivos. Buena fortuna ha sido que no les haya pasado por el magín arrojar moles de hielo desde el vértice del cono, en cuyo caso os hubieran aplastado.

– Pero –dijo Bell– vos no estabais a salvo, señor Clawbonny. ¿No podían abandonar el asedio y lanzarse contra vos?

– No pensaban en eso. Los perros groenlandeses, soltados por Johnson, han estado muchas veces a muy poca distancia de ellos, y no les han hecho caso; estaban seguros de una caza más sabrosa.

– Gracias por el cumplimiento –dijo Altamont riendo.

– ¡Oh! No hay que envanecerse por ello.

Cuando comprendí la táctica de los osos, determiné unirme a vosotros. La prudencia aconsejaba aguardar la noche, y así es que, a las primeras sombras del crepúsculo, me deslicé sin ruido hacia la escarpa, por el lado del polvorín. Al escoger aquel punto llevaba mi idea;

quería abrir una galería. He empezado, pues, a trabajar, y he atacado el hielo con mi cuchillo de nieve, que es una herramienta que no tiene precio. He estado tres horas escarbando, ahuecando, trabajando, y aquí me tenéis hambriento, quebrantado, molido; pero, en fin, estoy aquí.–¿Para participar de nuestra suerte? –dijo Altamont.

– Para salvarnos todos... Pero dadme un poco de galleta y de carne; estoy desfallecido.

Un instante después el doctor hincaba sus blancos dientes en una respetable tajada de cecina. Mientras comía, contestaba a la granizada de preguntas que se le hacían.

– ¡Salvarnos a todos! –repitió Bell.

– Sin duda –respondió el doctor, apoyando su respuesta con una aspiración de aire que hinchó su pecho.

– La verdad es –dijo Bell– que nada nos impide escabullimos por el mismo camino que el doctor utilizó para entrar.

– ¡Eso es! –respondió el doctor–. ¡Y dejar el campo libre a esa picara chusma, que acabará por descubrir nuestros almacenes y saquearnos!–Es menester permanecer aquí –dijo Hatteras. –Sin duda –respondió el doctor–, y librarnos al mismo tiempo de los animales.

– ¿Hay, pues, un medio? –preguntó Bell.

– Un medio infalible –respondió el doctor.

– ¡No lo decía yo! –exclamó Johnson frotándose las manos–. Con el señor Clawbonny no hay nada desesperado; tiene siempre en sus alforjas de sabio algún medio de salir del paso.

– ¡Oh! ¡Oh! Mis pobres alforjas están bien desprovistas, pero registrándolas con cuidado...

– Doctor –dijo Altamont–, ¿no pueden los osos penetrar por la galería que habéis abierto?

– Buen cuidado he tenido yo en tapar sólidamente la abertura, y ahora podemos ir desde aquí al polvorín sin que ellos lo noten.

– ¡Bueno! ¿Nos diréis ahora qué medio pensáis emplear para librarnos de esas incómodas visitas?

– Uno muy sencillo, y para el cual está ya hecha una parte del trabajo.

– ¿Cómo es eso?

– Ya lo veréis. Pero ahora recuerdo que no he venido aquí solo.

– ¿Qué queréis decir? –preguntó Johnson.

– Que tengo que presentaros un compañero. Y así diciendo, el doctor sacó de la galería el cuerpo de una zorra recién muerta.

– ¡Una zorra! –exclamó Bell.

– Mi caza de esta mañana –respondió modestamente el doctor–, y ya veréis cómo nunca se ha muerto una zorra de más provecho.

– Pero, en fin, ¿cuál es vuestro plan? – preguntó Altamont.

– Tengo la pretensión –respondió el doctor– de volar todos los osos a la vez con cien libras de pólvora.

Miraron todos al doctor con sorpresa.

– Pero ¿y la pólvora? –le preguntaron.

– Está en el polvorín.

– ¿Y el polvorín?

– Por este agujero se va a él. No sin intención he abierto una galería de cien toesas de longitud. Podía haber atacado al parapeto más cerca de la casa; pero tenía una idea.

– En fin, ¿dónde pretendéis establecer la mina? –preguntó el americano.

– En el frente mismo de nuestra descarga, es decir, en el punto más lejano de la casa, del polvorín y de los almacenes.

– Pero ¿cómo atraeréis allí todos los osos a la vez?

– Yo me encargo de ello –respondió el doctor–, basta de conversación y manos a la obra.

Tenemos que abrir durante la noche cien pies de galería, y éste es un trabajo penoso, pero siendo cinco, no nos cansaremos demasiado.

Nos iremos relevando. Bell va a empezar, y entretanto nosotros descansaremos un poco.

– Cuanto más pienso en él –exclamó Johnson–, tanto mejor me parece el medio del señor Clawbonny.

– Es un medio seguro –respondió el doctor.

– ¡Oh! Cuando vos lo decís, ya pueden los osos darse por muertos, y ya me parece que tengo su piel puesta en los hombros.

– ¡A la obra, pues!

El doctor, seguido de Bell, se metió en la galería. Por donde él pasaba, bien podían pasar holgadamente sus compañeros. Los dos marineros llegaron al polvorín; y fueron a salir en medio de los barriles colocados en buen orden.

El doctor dio a Bell las instrucciones necesarias.

El carpintero atacó la pared opuesta en que se apoyaba la escarpa, y su compañero volvió a la casa.Bell trabajó por espacio de una hora, y abrió un conducto subterráneo que tendría de largo unos diez pies, por el cual podía pasar un hombre arrastrándose. Altamont le remplazó, y en el mismo tiempo hizo a poca diferencia un trabajo equivalente. La nieve sacada de la galería era trasladada a la cocina, donde, para que ocupase menos sitio, el doctor la hacía derretirse al calor de los hornillos.

Al americano sucedió el capitán, y a éste Johnson. En diez horas, es decir, a cosa de las ocho de la mañana, la galería estaba enteramente abierta.

A los primeros resplandores de la alborada, el doctor examinó los osos por una aspillera que practicó en el polvorín.

Los pacientes animales no se habían movido de su sitio. Allí estaban, yendo, viniendo, gruñendo, pero siempre en guardia, con una perseverancia ejemplar, y sin dejar de rondar alrededor de la casa, que desaparecía bajo los témpanos amontonados. Pero hubo, no obstante, un momento en que al parecer se había agotado su paciencia, pues el doctor les vio de pronto separar las moles de hielo que habían acumulado.

– ¡Está bien! –dijo el doctor al capitán, que se hallaba junto a él.

– ¿Qué hacen? –preguntó Hatteras.

– ¡Se me figura que quieren demoler su obra y llegar hasta nosotros! Pero tengan la bondad de aguardar aunque no sea más que un momento, y veremos quién mata a quién. No perdamos tiempo.

El doctor se deslizó hasta el punto en que debía practicarse la mina, hizo ensanchar la galería hasta la altura de la escarpa, y bien pronto no quedó en la parte superior más que una espesa costra de hielo que tenía todo lo más un pie de grueso, y que fue preciso sostener para que no se viniese abajo.

Una estaca sólidamente apoyada en el suelo de granito hizo el oficio de pie derecho, y en su extremidad superior fue atado el cadáver de la zorra. Una larga cuerda, atada a la parte inferior, se fue extendiendo a lo largo de la galería hasta llegar al polvorín.

Los compañeros del doctor seguían sus instrucciones sin comprenderlas enteramente.

– He aquí el cebo –dijo mostrando la zorra.

Al pie de la estaca hizo colocar un barril que contenía unas cien libras de pólvora.

– Y he aquí la mina –añadió.

– Pero –preguntó Hatteras–, ¿no volaremos nosotros al mismo tiempo que los osos?

– ¡No! Nosotros estamos suficientemente distantes del lugar de la explosión, y, además, nuestra estancia es sólida. Si se produce alguna grieta, tendremos tiempo de repararla.

– Bien –respondió Altamont–, ¿pero cómo pretendéis operar?

– Muy fácilmente. Tirando de esta cuerda, caerá la estaca que sostiene el hielo encima de la misma, aparecerá súbitamente encima de la escarpa el cadáver de la zorra, y vos admitiréis sin dificultad que animales hambrientos no vacilarán en precipitarse sobre esta presa inesperada.

– Convenido.

– Pues bien, en aquel momento, prendo fuego a la mina y hago que vuelvan a la vez el cebo y los convidados.

– ¡Bien! ¡Bien! –exclamó Johnson, que seguía la conversación con el más vivo interés.

Hatteras, teniendo en su amigo una confianza absoluta, no pedía ninguna explicación.

Aguardaba. Pero Altamont quería saberlo todo.

– Doctor –dijo–, ¿cómo calculáis la duración de vuestra mecha con una precisión tal que la explosión sobrevenga en el momento oportuno? –Muy sencillamente –respondió el doctor–, no calcularé nada.

– ¿Tenéis, pues, una mecha de cien pies de longitud?

– No.

– ¿Haréis, pues, simplemente un reguero de pólvora?

– ¡Tampoco! El reguero podría fallar.

– ¿Será, pues, preciso que alguno se sacrifique y prenda fuego a la mina?

– Si hace falta un voluntario –dijo Johnson al momento–, yo me ofrezco con mucho gusto.

– No es necesario, mi digno amigo – respondió el doctor tendiendo la mano al viejo contramaestre–; nuestras cinco vidas son preciosas; y, Dios mediante, las conservaremos por ahora!

– Entonces –dijo el americano– renuncio a adivinar.

– Veamos –respondió el doctor sonriéndose–; si en circunstancias como ésta no supiese un hombre salir de apuros, ¿de qué le serviría haber estudiado física?

– ¡Ah! –exclamó Johnson con entusiasmo–.

¡La física!

– ¡Si! ¿No tenemos aquí una pila eléctrica, con hilos de una longitud suficiente, los mismos que servían para nuestro faro?

-¿Y qué?

– Pues bien, prenderemos fuego a la mina cuando nos plazca, inmediatamente y sin peligro. –¡Hurra! –exclamó Johnson.

– ¡Hurra! –repitieron sus compañeros, sin cuidarse de si les oían o no sus enemigos.

Los hilos eléctricos fueron inmediatamente tendidos a lo largo de la galería desde la casa hasta la mina. Una de sus extremidades quedó enrollada a la pila, y la otra se hundió en el centro del barril, quedando colocados los otros dos extremos a poca distancia uno de otro.

A las nueve de la mañana todo quedó terminado. Ya era tiempo; los osos se entregaban con furor a su ansia destructora.

El doctor juzgó llegado el momento. Johnson se colocó en el polvorín, y se encargó de tirar de la cuerda atada a la estaca. Ocupó su puesto.

– Ahora –dijo el doctor a sus compañeros–, preparad las armas para el caso de que los sitiadores no mueran de pronto, y colocaos junto a Johnson; inmediatamente después de la explosión, echaos fuera.

– Comprendido –respondió el americano.

– Y ahora, nosotros hemos hecho todo lo que es dado hacer a hombres. Nos hemos ayudado. ¡Que el cielo nos ayude!

Hatteras, Altamont y Bell se trasladaron al polvorín. El doctor se quedó solo junto a la pila.

Oyó luego la voz lejana de Johnson que gritaba:

– ¡Atención!

– Todo va bien –respondió el doctor.

Johnson tiró vigorosamente de la cuerda, y derribó la estaca; después se precipitó a la aspillera y atisbo.

La superficie de la escarpa se había derrumbado.

El cuerpo de la zorra aparecía encima de los témpanos de hielo. Los osos, sorprendidos en un principio, no tardaron en precipitarse en grupo hacia aquella nueva presa.

– ¡Fuego! –gritó Johnson.

El doctor estableció inmediatamente entre sus hilos la corriente eléctrica; se produjo una explosión formidable; la estancia vaciló como en un terremoto; las paredes se hundieron. Hatteras, Altamont y Bell se precipitaron fuera del polvorín, dispuestos a hacer fuego.

Pero sus armas fueron inútiles. De los cinco osos, cuatro, envueltos en la explosión, cayeron a pedazos, despedazados, mutilados, carbonizados, en tanto que el otro, medio asado, huía precipitadamente.

– ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! –exclamaron los compañeros de Clawbonny, mientras éste les iba abrazando a todos sonriéndose.

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