Segunda patria

VI

DESPUÉS DE LA PARTIDA - LO CONOCIDO DE LA NUEVA SUIZA - LA FAMILIA WOLSTON - PROYECTO DE NUEVAS INSTALACIONES - CONSTRUCCIÓN DE UN CANAL ENTRE EL ARROYO DE LOS CHACALES Y EL LAGO DE LOS CISNES - FIN DEL, AÑO 1816.

Durante los primeros días que siguieron a la partida de la Licorne, profunda tristeza reinó en Felsenheim. ¿Cómo no? Parecía que la mala suerte había caído sobre aquel modesto rincón, colmado hasta entonces de los favores de la providencia. Monsieur y madame Zermatt no se consolaban de haber dejado partir a sus dos hijos, provecto que, sin embargo, no hubiera sido razonable rechazar, que exigían las circunstancias y cuya realización nada permitía suspender o retardar.

Pero no se puede pedir al corazón de un padre o de una madre lo que no puede dar. Fritz, el atrevido joven, no estaba allí; Fritz, el brazo derecho de la familia, que veía en él a su futuro jefe. Ausente también François, que seguía los pasos de su hermano mayor. Verdad que quedaban Ernest y Jack. El primero no había abandonado el estudio, y merced a excelentes lecturas, su instrucción era tan seria como práctica. El segundo participaba de las aficiones de Fritz, la caza, la pesca, la equitación y la navegación, y deseoso de descubrir los últimos secretos de la Nueva Suiza, reemplazaría a su hermano en sus aventuradas excursiones. En fin, tampoco estaba allí la encantadora y adorada Jenny Montrose, cuya ausencia Betsie lamentaba como la de una hija. Hería el corazón ver sus cuartos vacíos, vacíos también sus puestos en la mesa, en la sala donde se reunían todas las noches. ¡Parecía que todas las dichas de aquel bogar, enfriado por la separación, se habían extinguido como fuego que no anima el soplo familiar!

Todos volverían, sin duda, y entonces se olvidarían el disgusto de la partida y las tristezas de la ausencia. Volverían, y nuevos amigos con ellos; el coronel Montrose, que no querría separarse de su hija después de habérsela dado como esposa al que la salvó; Doll Wolston, su hermano James, su mujer y su hijo, que sin pena se instalarían con los suyos en aquella tierra, y, en fin, algunos emigrantes no tardarían en poblar la lejana colonia de la Gran Bretaña.

Sí; transcurrido un año a lo más, un hermoso día, a lo lejos del cabo de la Esperanza Perdida, aparecería un navío viniendo del oeste y no para desaparecer al norte o al este. Maniobraría en forma de entrar en la bahía del Salvamento. Este barco sería probablemente la Licorne, pero fuera el que fuera, traería a bordo al coronel Montrose y a su hija, a Fritz y François, y a los hijos de mister y mistress Wolston.

Así pues, la situación había cambiado en un todo. Los huéspedes de la Nueva Suiza no eran ya aquellos náufragos del Landlord que habían encontrado refugio en una costa desconocida, sin más esperanza que la casualidad de recibir un socorro que a menudo no viene jamás. La situación geográfica de esta tierra era ahora conocida en longitud y latitud. El teniente Littlestone poseía los datos precisos y los comunicaría al almirantazgo, que dictaría las órdenes necesarias para la toma de posesión. Había un lazo de miles de leguas que se extendía desde la popa de la corbeta y que unía la Nueva Suiza al antiguo continente; lazo que nadie podría romper.

Cierto que no se conocía aún más que una parte de su costa septentrional, todo lo más 15 o 16 leguas del litoral comprendido entre la bahía de Licorne y los parajes situados al este de la Roca Humeante. Ni la pinaza ni el kayak habían recorrido en toda su extensión las tres profundas bahías del Salvamento, los Nautilos y las Perlas.

Durante los once años transcurridos, monsieur Zermatt y sus hijos no habían pasado más allá del murallón de rocas del desfiladero de Cluse, limitándose a seguir el valle Grünthal sin franquear las alturas opuestas.

Se recordará que la partida de la Licorne no había disminuido el número de los huéspedes de Felsenheim, gracias a la presencia de la familia Wolston.

Mister Wolston, de cuarenta y cinco años de edad, era hombre de fuerte constitución. Debilitado por unas fiebres adquiridas en Nueva Gales del Sur, en Australia, la salubridad del clima de la Nueva Suiza y los cuidados que se le prodigarían le harían recobrar pronto la salud. Sus conocimientos y experiencia como mecánico constructor serían de gran utilidad, y monsieur Zermatt se proponía mejorar los trabajos en proyecto. Pero antes de emprenderlos se esperaría a que mister Wolston se restableciese. Ernest se sintió atraído hacia mister Wolston por cierta conformidad de gustos y caracteres.

Mistress Merry Wolston era algo más joven que Betsie Zermatt. Estas dos mujeres debían simpatizar, y su amistad debía aumentar con el trato. Nada de frivolidad en sus almas, los mismos instintos de orden y actividad, igual cariño por sus maridos e hijos. Los cuidados de la casa las ocuparían en Felsenheim, y ellas se distribuirían el trabajo durante las visitas a las granjas de Waldegg, de Eberfurt y de Zuckertop.

Annah Wolston era una joven de diecisiete años. Su salud estaba quebrantada como la de su padre, y la estancia en la Tierra Prometida le haría seguramente mucho provecho, robusteciendo su cuerpo y dando color a sus mejillas, algo pálidas. Rubia, bonita, de ojos azules y aspecto elegante, prometía convertirse en una robusta y agradable joven. ¡Qué contraste entre ella y su hermana Dolí, de catorce años y risa fresca y sonora que hubiera alegrado todos los cuartos de Felsenheim! Siempre cantando, siempre hablando… ¡Pero ya volvería aquel pajarillo encantado tras algunos meses, muy largos sin duda, y toda aquella gente se contagiaría con la alegría de la jovenzuela!

En fin, dejando a un lado la natural tristeza de la separación, convenía ocuparse en ensanchar la casa de Felsenheim, casa que resultaría insuficiente al regreso de la Licorne. No contando más que con el coronel Montrose y Jenny, con Fritz, François, con James Wolston, su hermana y su hijo, no podrían alojarse allí a menos de hacer grandes modificaciones. Si les acompañaban algunos colonos sería preciso construir alojamientos nuevos, para lo que no faltaría espacio, ya en la orilla izquierda del arroyo de los Chacales o en el litoral, subiendo hacia la bahía de los Flamencos, ya a lo largo del sombrío camino que iba de Felsenheim a Falkenhorst.

Entre monsieur Zermatt y mister Wolston hubo con este motivo frecuentes conversaciones, en las que Ernest tomaba siempre parte, siendo sus proposiciones dignas de ser atendidas.

Durante este tiempo, Jack, encargado él solo de las funciones que en otra época desempeñaba con su hermano mayor, no cesaba de trabajar. Seguido de sus perros Braun y Falb recorría diariamente los bosques y llanuras donde abundaba la caza de pelo y pluma. Registraba los pantanos donde los ánades y chochas permitían variar la comida habitual, sin hablar de las aves de corral. Coco, el chacal de Jack, rivalizaba con los perros, de los que era compañero en estas excursiones cinegéticas. El joven cazador cabalgaba ya sobre su onagro, que justificaba de maravilla su nombre de Pieligero, ya en su avestruz Brausewind o en el búfalo Sturm, que pasaba como el huracán a través de los bosques. Se le había recomendado que jamás se aventurase fuera de los límites de la Tierra Prometida, ni franquease el desfiladero de Cluse, donde podría exponerse a algún encuentro congas fieras. A instancias de su madre, el audaz cazador había prometido no prolongar su ausencia más que durante el día y estar de regreso para la comida de la noche.

Pero, no obstante tal promesa, Betsie no disimulaba sus temores cuando le veía desaparecer con la rapidez de una flecha tras los primeros árboles de Felsenheim.

Ernest prefería a los ejercicios de la caza las tranquilas ocupaciones de la pesca. Instalábase, ya en las orillas del arroyo de los Chacales, ya al pie de las rocas de la bahía de los Flamencos. Los crustáceos, moluscos y peces variados abundaban allí, como salmones, cangrejos, ostras, langostas y otros. Algunas veces, Annah Wolston le acompañaba, lo que no agradaba mucho al joven.

Annah Wolston cuidaba del cormorán y del chacal de la Roca Humeante que Jenny, al partir, le había confiado, y puede decirse que estaban en buenas manos. A su regreso, Jenny encontraría en perfecto estado de salud a sus dos compañeros, que tenían libertad completa para andar a su placer por todo el cercado de Felsenheim. Verdad es que si el cormorán había acabado por entendérselas bien con sus compañeros del corral, no le sucedía lo mismo al chacal con el de Jack, a pesar de los esfuerzos de éste para que fueran amigos. Mostrábanse celosos el uno del otro y no economizaban sus coces.

– ¡Renuncio a ponerlos de acuerdo —dijo un día a Annah— y os los abandono!

– Contad conmigo —respondió Annah—. Con un poco de paciencia tal vez conseguiré inspirarles mejores sentimientos.

– Ensayadlo, pues, mi querida Annah… Entre chacales se debería ser buenos camaradas…

– Me parece también, Jack, que vuestro mono…

– ¿Knips II…? ¡Oh…! Éste no desea más que morder al protegido de Jenny…

Knips II parecía efectivamente mostrar malas disposiciones por el recién venido, y por domesticadas que estas bestias estuvieran, la armonía entre ellas sería difícil.

Así transcurrían los días. Betsie y Merry no tenían momento libre. En tanto que madame Zermatt repasaba la ropa, mistress Wolston, habilísima modista, confeccionaba trajes nuevos con las telas conservadas cuidadosamente desde el naufragio del Landlord.

El tiempo era magnífico; aún soportable el calor. El viento venía de tierra por la mañana; de la mar por la tarde. Las noches seguían tranquilas y frescas. La última semana de octubre, el abril de las latitudes septentrionales, iba a dejar el campo al mes de noviembre, mes de primavera en el otro hemisferio.

Las visitas a las granjas, ya a pie, ya en el carro arrastrado por búfalos, eran frecuentes. Generalmente Ernest montaba en el asno y Jack en el avestruz. Estos paseos eran muy beneficiosos para la salud de mister Wolston. Los accesos de fiebre sólo de tarde en tarde reaparecían y con poca intensidad. Para ir desde Felsenheim a Falkenhorst se seguía el hermoso camino plantado desde hacía diez años y sombreado por los castaños, nogales y cerezos. A veces la parada en la casa aérea se prolongaba durante veinticuatro horas, con gran contentamiento de ambas familias. La casa quizás era algo pequeña al presente, pero en opinión de mister Wolston no se debía pensar en ensancharla. Monsieur Zermatt le respondió un día:

– Tenéis razón, mi querido mister Wolston. Habitar entre las ramas de un árbol es bueno para Robinsones, que en primer lugar tienden a buscar refugio contra las fieras; y esto es lo que nosotros hicimos al principio de nuestra estancia en la isla. Pero, al presente, somos colonos… verdaderos colonos…

– Además —respondió mister Wolston— es preciso pensar en el regreso de nuestros hijos, y no tenemos más tiempo que el preciso para poner Felsenheim en estado de albergar a todos.

– Sí —dijo Ernest—. Si hay que agrandar algo es Felsenheim. ¿Dónde podríamos hallar más segura morada durante la estación de las lluvias?

Soy de la opinión de mister Wolston. Falkenhorst ha llegado a ser insuficiente, y en el verano creo que convendría más instalarse en Waldegg o en Zuckertop.

– Yo preferiría Prospect-Hill —dijo madame Zermatt—. Llevando allí lo necesario sería fácil…

– ¡Excelente proyecto! —exclamó Jack—. En Prospect-Hill el paisaje es delicioso y la vista se extiende sobre la mar hasta la bahía del Salvamento… Esta colina está indicada para construir una quinta.

– O un fuerte —respondió monsieur Zermatt—. Un fuerte que dominaría esta punta de la playa.

– ¿Un fuerte? —respondió Jack.

– ¡Ah, hijo mío! Es preciso no olvidar que la Nueva Suiza va a convertirse en posesión inglesa, que los ingleses tendrán interés en fortificar. La batería del islote del Tiburón es insuficiente para defender la futura ciudad, que probablemente será fundada entre la bahía de los Flamencos y Felsenheim. Me parece, pues, indispensable que la colina de Prospect-Hill sirva en tiempo muy próximo para el establecimiento de un fuerte.

– Prospect-Hill… o algo más adelante, sobre el cabo de la Esperanza Perdida — dijo entonces mister Wolston—. En este caso la quinta podría ser conservada…

– Preferiría eso —declaró Jack.

– Y yo —añadió madame Zermatt—. Procuremos guardar los recuerdos de nuestros primeros días… ¡Qué disgusto si Prospect-Hill o Falkenhorst desaparecieran!

El sentimiento de Betsie era muy natural, pero la situación había cambiado. Mientras la Nueva Suiza no pertenecía más que a los náufragos del Landlord, no se había tratado nunca de ponerla en estado de defensa. Pero cuando perteneciera a Inglaterra, sería preciso establecer baterías en la costa. En suma: las consecuencias del arribo de la Licorne a la Nueva Suiza ¿eran de lamentar por los primeros ocupantes de ésta?

– No —concluyó madame Zermatt—; y dejemos que el porvenir traiga las modificaciones que deba traer.

Otros trabajos había más importantes que las reparaciones de Falkenhorst y Prospect-Hill. Se acercaba la época de entrojar las cosechas, sin hablar del cuidado de los animales de Waldegg, Eberfurt y Zuckertop.

Entre paréntesis. En su primera visita al islote de la Ballena, monsieur Zermatt y mister Wolston quedaron sorprendidos del extraordinario número de conejos que encerraba. Veíanse por centenares. Afortunadamente el islote producía bastantes plantas herbáceas y raíces para asegurar la alimentación de aquellos roedores. Puesto que monsieur Zermatt había donado aquel islote a la hija del coronel Montrose, ésta, a su regreso, lo encontraría en plena prosperidad.

– Habéis procedido cuerdamente encerrando aquí vuestros conejos —había dicho mister Wolston—. Algún día habrá millares de ellos y os hubieran destrozado los campos de la Tierra Prometida. En Australia, de donde yo vengo, estos animales amenazan con llegar a ser un azote peor que la langosta en África, y si no se toman las más severas medidas contra ellos, la tierra australiana será roída en toda su superficie. [3]

En los últimos meses de aquel año de 1816 se notó más de una vez la falta de Fritz y François, aunque la familia Wolston no regatease su trabajo. La época de la recolección era siempre de gran faena; era preciso emplear grandes esfuerzos para la conservación del maíz y de la yuca, de considerable rendimiento, lo mismo que para el arrozal situado más allá del pantano vecino a la bahía de los Flamencos. También la recolección de los árboles europeos e indígenas, tales como los bananos, guayabos, cacaos, canelos y otros exigían una labor continua, así como la extracción y la manipulación del sagú, y, en fin, la recolección de los cereales, trigo, cebada, arroz, alforfón, y la corta de las cañas de azúcar, tan abundante en la granja de Zuckertop.

Era gran trabajo para los cuatro hombres, a los que las tres mujeres ayudaban animosamente. Y dentro de algunos meses sería preciso volver a empezar, pues el poder vegetativo de aquel suelo era tan grande, que dos cosechas al año no lo quebrantaban.

Por otra parte, era preciso que madame Zermatt, mistress Wolston y Annah no abandonasen sus ocupaciones del interior, limpieza, lavado, preparación de las comidas, etc., razón por la cual, mientras mister Wolston, monsieur Zermatt y sus dos hijos iban a trabajar al campo, ellas trabajaban en Felsenheim.

Por mucha que fuera la fertilidad del suelo de Tierra Prometida, podía, sin embargo, acontecer que la cosecha se comprometiese por exceso de sequedad durante el verano. Faltábale un sistema de riego bien dispuesto.

No existían más cursos de agua que los arroyos de los Chacales y de Falkenhorst al este, y al oeste el río Oriental, que desembocaba en el extremo sur de la bahía de los Nautilos. Esta falta de agua había llamado la atención de mister Wolston, y un día, el 9 de noviembre, después de la comida del mediodía, llevó la conversación a tan importante asunto.

– Nada más fácil —dijo— que establecer una rueda hidráulica, utilizando la cascada del arroyo de los Chacales, a media legua más arriba de Felsenheim. En el material que habéis retirado del Landlord están las dos bombas del barco. Una vez establecida la rueda, podrían imprimirle movimiento con fuerza bastante y elevar las aguas a un depósito, extendiéndolas por conductos hasta los campos de Waldegg y de Zuckertop.

– Pero ¿cómo fabricar esos conductos? —preguntó Ernest.

– Haríamos en grande lo que ya habéis hecho en pequeño para conducir las aguas del arroyo de los Chacales a la huerta de Felsenheim —respondió mister Wolston—.

En vez de emplear los bambúes emplearíamos troncos de sagú vacíos, y tal instalación no sería cosa superior a nuestras fuerzas.

– Perfectamente —dijo Jack—. Pero cuando hayamos hecho más fértiles nuestras tierras, éstas producirán más, y no sabremos qué hacer con nuestras cosechas, pues aún no hay mercado en Felsenheim.

– Habrá uno, Jack —respondió monsieur Zermatt—, como más tarde habrá una ciudad, y después varias, no solamente en Tierra Prometida sino en toda la Nueva Suiza. Es de esperar, hijo mío.

– Y cuando hay ciudades —añadió Ernest—, es que hay habitantes, a los que es preciso asegurar el sustento. Conviene, pues, obtener del suelo cuanto puede dar.

– Lo obtendremos —dijo mister Wolston— gracias a ese sistema de riego, que yo estudiaré con el debido detenimiento.

Jack guardó silencio sin quedar convencido. Le agradaba poco que la colonia inglesa contase algún día con numerosa población, indudablemente de origen diverso; y al leer en el fondo del corazón de madame Zermatt, tal vez se hubiera visto igual disgusto que en el de su hijo.

Fuera como fuera, en las escasas horas de vagar que les dejaban los trabajos del campo, mister Wolston, monsieur Zermatt y Ernest estudiaron la cuestión del riego, cuya idea había emitido el mecánico. Después de haber trazado las líneas y niveles, se reconoció que la disposición del suelo se prestaba al establecimiento de un canal.

Efectivamente; a un cuarto de legua al sur de Waldegg estaba el lago de los Cisnes, que las lluvias llenaban en la mala estación, pero cuyo nivel descendía hasta ser inutilizable durante la época de sequía. Los regatos que entonces se practicaran no hubieran permitido la corrida de las aguas demasiado bajas. Pero si mediante un préstamo, por así decirlo, del arroyo de los Chacales se conseguía mantener el lago en constante lleno, sería fácil verter las aguas por las tierras vecinas, llevando a ellas, con un sistema de derivación bien entendido, nuevos elementos de fertilidad.

Verdad es que la distancia entre la cascada y el extremo sur del lago era de más de una legua, y significaba gran trabajo extender un conducto por toda esta extensión. ¡Cuántos troncos de sagú hubiera sido preciso derribar!

Por fortuna, un nuevo estudio del terreno hecho por Ernest y mister Wolston demostró que se podía reducir mucho la longitud de los conductos.

He aquí lo que una noche dijo Ernest estando reunidas las dos familias en la sala después de un día bien empleado, tanto fuera como en el interior de la casa.

– Padre, mister Wolston y yo hemos determinado la disposición del terreno. Bastará con elevar las aguas del arroyo de los Chacales a una altura de 30 pies para conducirlas por un espacio de 200 toesas al sitio en que el suelo empieza su pendiente hacia el lago de los Cisnes. Desde este sitio una zanja canalizará el agua y la verterá directamente en el lago.

– Bien —dijo monsieur Zermatt—. En esas condiciones se simplificará mucho el trabajo.

– Y entonces —añadió mister Wolston— el lago de los Cisnes servirá de depósito para regar los campos de Waldegg, de Zuckertop y aun los de Eberfurt. Además, no enviaremos más que el agua precisa para el riego, y en caso de que rebasase se llevaría fácilmente hacia la mar.

– Comprendido —dijo monsieur Zermatt—, y terminado el canal tendremos derecho al agradecimiento de los futuros colonos.

– Pero no al de los antiguos, que se contentaban con lo que les daba la naturaleza

– observó Jack—. ¡Pobre arroyo de los Chacales! Se le va a robar parte de su caudal…, ¡y todo esto para enriquecer a gentes a quienes ni aun conocemos!

– Decididamente, Jack no está por la colonización —dijo mistress Wolston.

– ¿Qué podríamos desear más que ver a nuestras dos familias instaladas en este distrito con su existencia asegurada?

– ¡Bien! Ya se modificarán las ideas de Jack con las mejoras que vais a implantar

– dijo Annah Wolston.

– ¿Y cuándo comenzará ese gran trabajo? —preguntó Betsie.

– Dentro de unos días, querida mía —respondió monsieur Zermatt—. Terminada nuestra primera recolección, tendremos tres meses disponibles.

Desde el 15 de noviembre hasta el 20 de diciembre hubo, pues, laboriosa ocupación. Fue preciso hacer numerosos viajes a Prospect-Hill para derribar varios centenares de sagúes de los bosques vecinos. No fue difícil vaciarlos, y su sustancia se recogía cuidadosamente en barriles de bambú. El acarreo de estos troncos constituyó realmente la parte más penosa del trabajo, que tocó a monsieur Zermatt y a Jack, ayudados por los dos búfalos, el onagro y el asno, que arrastraban una especie de carro del género de los que más tarde se debía hacer uso en toda Europa. Ernest fue el que tuvo la idea de suspender las pesadas piezas en el eje de las ruedas del carro desmontadas. De este modo los troncos sólo por uno de sus extremos rozaban el suelo y su transporte se efectuó en buenas condiciones.

Todos, incluso los búfalos, onagro y asno, tuvieron que trabajar de firme, tanto, que un día Jack dijo:

– Es lástima, padre, que no dispongamos de un par de elefantes. ¡Cuántas fatigas se economizarían a nuestras pobres bestias!

– Pero no a esos dignos paquidermos, que a su vez se convertirían en nuestras pobres bestias —respondió monsieur Zermatt.

– ¡Bah! Los elefantes tienen gran vigor y arrastrarían esos troncos como si fueran cerillas… Puesto que en la Nueva Suiza existen, podríamos…

– No deseo yo que esos animales penetren en nuestro distrito de Tierra Prometida. ¡Pronto pondrían nuestros campos en tristísimo estado…!

– Sin duda, padre; pero si se presentase la ocasión de encontrarlos en las llanuras de la bahía de las Perlas o en el valle de Grünthal…

– La aprovecharíamos —respondió monsieur Zermatt—. Sin embargo, no hagamos nada por buscar esa ocasión… Es lo más prudente.

Mientras monsieur Zermatt y su hijo se dedicaban a estos numerosos acarreos, mister Wolston y Ernest se ocupaban en instalar la máquina elevadora. En la fabricación de la rueda hidráulica desplegó el mecánico gran habilidad. Ernest, entusiasta aficionado a la mecánica, siguió aquellas operaciones con gran interés, aprovechando las lecciones de mister Wolston.

La rueda fue instalada al pie de la cascada del arroyo de los Chacales, de forma que pusiera en movimiento las bombas del Landlord. El agua, elevada a 30 pies, sería almacenada en un depósito abierto entre las rocas de la orilla izquierda, en el que embocarían los conductos de sagú; los primeros no tardaron en ser colocados.

El trabajo se hizo con regularidad y método, y el 20 de diciembre estaba terminado, comprendida la zanja abierta en el suelo hasta el extremo sur del lago de los Cisnes.

– ¿Haremos fiesta inaugural? —preguntó aquella noche Annah Wolston.

– Así lo creo —respondió Jack—. ¡Lo mismo que si se tratase de inaugurar un canal en nuestra vieja Suiza! ¿No es verdad, madre?

– Como queráis, hijos míos —respondió Betsie.

– Así será —dijo entonces monsieur Zermatt—. La fiesta comenzará mañana, poniendo en movimiento nuestra máquina.

– ¿Y cómo terminará? —preguntó Ernest.

– Con una excelente comida en honor de mister Wolston.

– Y de vuestro hijo Ernest —dijo mister Wolston—, que sólo elogios merece por su celo e inteligencia.

– Vuestras alabanzas me producen extraordinario placer —respondió el joven—; pero yo tenía buen maestro.

Al siguiente día, a las diez, y en presencia de las dos familias, reunidas junto a la cascada, se efectuó la inauguración del canal. La rueda, movida por el agua, dio vueltas con regularidad; las dos bombas funcionaron, y el agua penetró en el depósito, que se llenó en hora y media. Levantadas las compuertas, el agua corrió por el conducto en una distancia de 200 toesas.

Las dos familias se dirigieron a este sitio, y cuando los primeros chorros de agua inundaron el canal, los espectadores batieron palmas. Después que Ernest arrojó una pequeña boya, las dos familias subieron en el carro que esperaba en aquel sitio, y que tomó el camino del lago de los Cisnes precedido por Jack, que montaba en su avestruz.

Marchó el carro a tan buen paso, que aunque tuvo que dar alguna vuelta, llegó a la extremidad del canal en el mismo instante en que la boya derivaba a la superficie del lago.

Grandes vivas la saludaron. El trabajo estaba terminado. Bastaría practicar algunas brechas en las orillas para que el agua, aun en las épocas de mayor sequía, regase todo el campo vecino durante el verano.

Tres meses habían transcurrido desde la partida de la Licorne. Si no sobrevenía algún retraso, el navío debía reaparecer dentro de nueve meses. Ni un día había pasado sin que se hablase de los ausentes. Se les seguía en su viaje. En tal fecha habrían llegado al cabo de Buena Esperanza, donde James Wolston esperaba a su hermana Dolí… En tal otra la corbeta remontaba el Atlántico a lo largo de la costa africana… Hoy llegaba a Portsmouth… Jenny, Fritz y François desembarcaban y llegaban a Londres… En este punto el coronel Montrose recibía en sus brazos a la hija que no esperaba volver a ver, y con ella al que la había recogido en la Roca Humeante…, y al que recibía como hijo…

Nueve meses más, y todos estarían de vuelta… Ninguno de los suyos faltaría a las dos familias… que tal vez estarían reunidas por lazos más estrechos.

Así terminó el año 1816, en el que habían ocurrido acontecimientos importantes, cuyas consecuencias debían modificar profundamente la situación de la Nueva Suiza.

Telegrama

Estação de origem: a rede mundial · Destino: o convés do Nautilus

0 palavras · tarifa: 0 kreuzer (os pontos tornam-se STOP)